Colombia define la presidencia en medio de la polarización e incertidumbre

El próximo 19 de junio se realizará el balotaje en Colombia, con el cual se definirá quien será el nuevo residente de la Casa de Nariño.

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Aunque el centroizquierdista Gustavo Petro ganó la primera ronda con una holgada ventaja al obtener el 40% de los votos, sus posibilidades de triunfo se ven seriamente amenazadas por Rodolfo Hernández, un multimillonario populista que, tras experimentar un ascenso meteórico en las últimas semanas, alcanzó el 28% de los sufragios, con lo cual superó a Fico Gutiérrez -otrora candidato de consenso de la derecha colombiana- que terminó relegado en el tercer lugar con el 24%. Por todo eso, las votaciones que se avecinan serán muy polarizadas y con un resultado incierto.

Lo que arrojó la primera ronda

Los resultados del 29 de mayo constataron los profundos cambios políticos que atraviesael país cafetero, debido a dos hechos de suma relevancia: primero, la firma de los acuerdos de paz en 2016, lo cual restó centralidad a los discursos de seguridad nacional y abrió espacio a nuevas agendas sociales; segundo, el estallido de la rebelión popular de 2021, un movimiento de masas esencialmente urbano que cuestionó el modelo de desarrollo del capitalismo neoliberal colombiano, a la vez que instaló a nivel nacionallas demandas sociales y económicas de amplios sectores de la población explotada y oprimida.

Lo anterior, explica la derrota electoral del “uribismo”, corriente que, durante dos décadas, se constituyó como la fuerza hegemónica de la derecha colombiana a partir de su virulento discurso contra la guerrilla, en torno al cual se articuló el conservadurismo, los paramilitares, la burguesía reaccionaria y el imperialismo. Eso cambió tras la firma de los acuerdos de paz con las FARC, pues el bloque hegemónico se desarticuló por el reacomodo de las fuerzas de derecha a la realidad posbélica, ante lo cual el uribismo no supo adaptarse y, en consecuencia, perdió fuerza como centro de gravedad reaccionario.

A eso se sumó el desprestigio del gobierno de Duque–la rebelión no alcanzó para sacarlo del poder, pero le propinó una derrota estratégica-, lo cual hundió las expectativas electorales del uribismo y, por ese motivo, navegó a “contracorriente” desde el principio de la campaña. Su candidato “orgánico” era Óscar Iván Zuluaga, el cual se retiró de la contienda después de las votaciones legislativas del 13 de marzo y, de inmediato,declaró su apoyo a Fico Gutiérrez, quien, en adelante,fue asociado como la nueva ficha de Uribe y continuismo del gobierno, un pesado fardo que le pasó factura en el cierre de la primera ronda. Esta será la primera ocasión en veinte años que, en una segunda ronda electoral, no competirá un candidato ungido directamente por Uribe, lo cual convierte al balotaje en un “barajar y dar de nuevo” en la configuración de las fuerzas políticas.

En ese marco irrumpió la candidatura de Petro, un centroizquierdista que se presentó como la alternativa de cambio ante el uribismo y la Colombia desigual de las derechas. El favoritismo lo acompañó durante toda la primera ronda, en gran medida porque logró posicionarse como la voz de los sectores que protagonizaron la rebelión popular, a pesar del carácter extremadamente moderado de su programa de reformas (el cual analizamos en un artículo anterior) y que maniobró para restringir la lucha contra el uribismo en el terreno electoral, una estrategia que conduce a la reabsorción institucional de la rebelión. Más allá de esas contradicciones, los 8,5 millones de votos que consiguió Petro reflejan un giro a la izquierda de amplios sectores de la población, particularmente concentrados en los grandes centros urbanos –con la excepción de Medellín- y en las costas Caribe y Pacífico, las cuales figuran entre las zonas más excluidas del país.

Por otra parte, la debacle del uribismo dejó un vacío en el campo de la derecha, el cual rápidamente fue copado por la candidatura de Hernández y su propuesta de “cambio” desde la anti-política, un discurso crítico hacia las estructuras tradicionales del poder burgués colombiano, pero enmarcado en los parámetros de un programa conservador. Esa es su principal fortaleza, pues se hizo de una trinchera desde la cual disparó contra todo el establishment político (del cual también hace parte Petro), por lo cual fue percibido por amplios sectores de la población como una alternativa moderada y sin relación con el uribismo.

En suma, la primera ronda demostró el peso del voto anti-uribista y el malestar generalizado con los partidos vinculados a las élites tradicionales. Por esa razón, el balotaje se resolverá entre dos candidaturas que pregonan el cambio, con la particularidad de que se ubican en el extremo opuesto del espectro político, síntoma inequívoco de la creciente polarización política que recorre el país.

Petro reorienta su campaña hacia el centro

A pesar de su cómoda victoria en la primera ronda, la campaña de Petro quedó desconcertada al conocerse que Hernández sería su contrincante para el balotaje. Todo estaba previsto para que el rival fuese Fico Gutiérrez, ante el cual bastaba con endilgarle que era la continuidad del uribismo para derrotarlo con tranquilidad. La estrategia de campaña era sencilla: cambio o continuidad; Petro o un nuevo delfín de Uribe.

Pero con Hernández ese “guión” no surte ningún efecto, pues, como apuntamos previamente, se posicionó como un enemigo de la política tradicional y un “outsider” del establishment, por lo cual es percibido por la población como un candidato sin vínculos con Uribe y las élites colombianas (aunque sea un magnate multimillonario).Eso, sin duda alguna, representa un desafío estratégico para la campaña de Petro, pues desplazó el debate electoral hacia otro terreno: ¿qué tipo de cambio precisa Colombia?

Debido a eso, Petro reorientó abruptamente el discurso de su campaña, pues moderó su llamado al cambio para alertar sobre el peligro de las transformaciones abruptas. Por ejemplo, en su discurso de la “victoria” en la noche del 29 de mayo, declaró que “puede haber cambios que son un tiro al pie. Hay cambios que son un salto al vacío, que son suicidios. Nosotros queremos convocar a toda la sociedad colombiana a hacer un cambio de verdad, hacia adelante, constructivo”. Es una ubicación tremendamente defensiva, con la cual Petro se muestra como un candidato que busca impulsar reformas mínimas en los marcos de la institucionalidad[1], a la vez que apela a generar temor en torno a los cambios “suicidas” que propone su contrincante; es decir, aplica la misma táctica que, hasta hace poco, la derecha utilizó en su contra.

Con este giro hacia el centro, Petro espera sumar un millón y medio de votos a los que obtuvo en primera ronda, con lo cual alcanzaría los diez millones y, según sus estimaciones, con eso le bastaría para ganar la presidencia. Para eso, procura ganar apoyo entre los abstencionistas, los votantes del centro y arañar un sector de quienes votaron de última hora por su contrincante. Es un cálculo muy arriesgado, porque Hernández obtuvo seis millones de votos y, posiblemente, se quede con gran parte de los cinco millones que sacó Fico –quien le dio su apoyo público-, por lo cual cuenta con un amplio espacio para atraer nuevos votantes.

También, en esta etapa tomó mayor protagonismo la candidata a la vicepresidencia Francia Márquez, la cual juega un papel clave para atraer el voto afrocolombiano y femenino, dos sectores que pueden volcar la balanza contra Hernández, conocido por declararse admirador de Hitler y sus comentarios abiertamente machistas.Además, la historia de vida de Márquez contrarresta el discurso anti-político de Hernández, pues es una lideresa social que financió sus estudios en Derecho trabajando como empleada doméstica y nunca ostentó ningún cargo en el gobierno.

Pero esos ajustes tácticos no resuelven el embrollo estratégico que enfrenta la campaña de Petro en el balotaje: perdió el monopolio del cambio, ante lo cual moderó su discurso y dejó de lado su perfil disruptivo, lo cual constituyó su punto fuerte durante la primera ronda. Así, contra todo pronóstico, ahora Petro -el ex guerrillero del M-19 que llamaba a transformar Colombia- se convirtió en el candidato “conservador”en contraposición a la propuesta anti-sistémica y populista de Hernández. A todo eso, es preciso añadir que su campaña no planteó la necesidad de retomar las luchas en las calles y limitó las posibilidades de “cambio” al terreno electoral, lo cual utilizará de excusa para no realizar transformaciones radicales en caso de resultar electo. Pero, además, no se puede descartar que en el balotaje triunfe la nueva derecha que encarna Hernández, lo cual podría generar la desmoralización entre las amplias masas que protagonizaron la rebelión popular el año anterior y allanar el camino para que la derecha profundice su plan de ajuste contra la población explotada y oprimida.

El “trumpismo” tropical de Hernández

Como explicamos en una nota anterior (la cual se puede acceder aquí), Hernández es un magnate del sector inmobiliario, cuyo ascenso en la primera ronda se cimentó en el perfil agresivo y anti-político de su campaña. Con sus 77 años, se presenta como un “abuelito” que dice groserías en videos de TikTok y da conferencias de prensa en pijamas, en las cuales asegura que es el hombre indicado para salvar el país. Aunque no cuenta con un programa fuerte, es hábil en colocar frases que conectan con amplios sectores de la población; por ejemplo, repite sin cesar que “Colombia está gobernada por ladrones”, un señalamiento que concentra el malestar social en la corrupción (un problema real), pero que oculta la exclusión estructural generada por el capitalismo colombiano (del cual él se beneficia).

Pero detrás de esta faceta folclórica y cómica, su campaña contiene una apuesta profunda: traducir en “clave conservadora” las aspiraciones de cambio dominantes en la Colombia “posbélica”. Su campaña cuestiona por la derecha al régimen político -lo cual es mucho decir en un país tan derechizado como Colombia- y aspira a transformarse en una nueva variante reaccionaria que suceda al uribismo. Eso expresa Hernández con su estilo incorrecto y agresivo, lo cual fortalece con su imagen de empresario que sabe producir riqueza y generar empleos. No es necesario que lo diga en voz alta, pero resulta evidente que su objetivo es “tropicalizar” la fórmula que aplicó Donald Trump en su primera campaña.

Las similitudes no se limitan a los modales. Hernández se caracteriza por sus declaraciones denigrantes hacia sectores históricamente oprimidos; por ejemplo, se refirió a las personas migrantes venezolanas como “rateros y prostitutas”, y, recientemente, declaró que las mujeres no deberían participar en política, pues lo ideal es que se dediquen a la crianza de los niños en los hogares. También, hace unos años declaró su admiración por Hitler, aunque posteriormente se retractó alegando que se confundió.

Pero, como dice el refrán, “por la boca muere el pez”. Eso pareciera estarle sucediendo Hernández de cara al balotaje. Durante la primera ronda pasó inadvertido, pues todo el foco mediático estuvo puesto en la disputa entre Petro contra Fico, los principales aspirantes a la presidencia en ese momento. Su candidatura creció de forma subterránea e inesperada, por lo cual no estuvo bajo el escrutinio público. Ahora eso cambió, y sus declaraciones –antiguas y actuales- salieron a la luz e impactaron negativamente su imagen. Asimismo, se difundió masivamente la denuncia de corrupción en su contra, pues, cuando fue alcalde de Bucaramanga, incurrió en un conflicto de intereses que benefició a su hijo con dos millones de dólares tras otorgar una concesión a una empresa privada. Eso no resulta muy conveniente para alguien que se postula por un partido que se denomina “Liga de Gobernantes Anticorrupción”.

A raíz de eso, en los últimos días descendió en todas las encuestas, con lo cual perdió la tendencia de crecimiento exponencial que le permitió ingresar en el balotaje. Ante eso, recientemente anunció que no iba a realizar más apariciones públicas ni debatir con Petro, una maniobra para proteger su imagen en el cierre de la campaña y seguir en la disputa por la presidencia.

Voto ultra crítico por Petro

De acuerdo a los últimos sondes de opinión -RCN con fecha del 10 de junio-, actualmente hay un empate técnico entre ambos candidatos, pues Petro tiene un 48,1% de intención de voto, mientras que Hernández un 46,8%. Eso difiere del primer resultado arrojado por esa encuestadora a principios de junio, cuando el favorito era Hernández con un 52,5%, contra un 44,8% para Petro. Esa inversión se explica por el repudio que generaron las declaraciones misóginas de Hernández hace unos días –las cuales ya reseñamos- y la difusión de sus denuncias de corrupción.

Gran parte de la vanguardia y del movimiento de masas apoyaron a Petro en la primera ronda, con la expectativa de que un gobierno suyo representaría un cambio ante las brutales formas de explotación y opresión que imperan en el país, rasgos que se exacerbaron durante el ciclo de veinte años de hegemonía uribista. Asimismo, pareciera que un sector del voto afrocolombiano y femenino se decanta por apoyarlo en el balotaje, debido al creciente perfil que tuvo Francia Márquez en esta fase de la campaña y porque consideran que un eventual gobierno de Hernández profundizaría las formas de opresión que les aquejan históricamente.

Desde nuestra parte no confiamos en Petro y el proyecto que encarna Pacto Histórico. El contenido social-liberal de su programa no apunta a romper con el capitalismo neoliberal ni llama a movilizarse para imponer las reivindicaciones de los sectores explotados y oprimidos; en el mejor de los casos, aspira a lograr reformas mínimas que, aunque no cuestionen el estatus quo de la Colombia tradicional, serán difíciles de materializar debido a los rasgos conservadores y autoritarios de la burguesía colombiana, así como por el giro conservador de Petro a lo largo de la campaña electoral.

A pesar de eso, llamamos a un voto ultra crítico por Petro, a sabiendas del peligro que encarnaría un gobierno de Rodolfo Hernández, una variante reaccionaria que profundizaría las formas de violencia contra los sectores explotados y oprimidos, además de generar un sentimiento de desmoralización entre las masas que protagonizaron la rebelión popular. En esa línea, llamamos a las organizaciones de la clase trabajadora y los sectores populares a mantener la más férrea independencia política ante un eventual gobierno de Petro, a la vez que retomar las banderas de lucha plantadas por la rebelión popular, las cuales sólo serán posible materializar por medio de la movilización en las calles.

 


[1] Antes de la primera ronda, Petro declaró ante unnotario que no iba a realizar expropiaciones en caso de resultar electo, una táctica para apaciguar los temores de sectores empresariales. Asimismo, en una entrevista concedida al diario español El País, declaró que “Colombia no necesita socialismo, necesita democracia y paz”, una frase que resume el carácter ultra moderado de su programa de gobierno.

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