Ciudad bajo asedio

Crónica de la resistencia civil en Minneapolis (diciembre 2025 – febrero 2026)

El 7 de enero de 2026, Renee Good salió de su casa en el sur de Minneapolis para llevar a cabo una tarea que seis semanas antes habría sido impensable: documentar las operaciones de agentes federales que patrullaban su barrio. Iba acompañada de su esposa, Rebecca, y su perro, en su camioneta Honda color vino. Juntas, formaban parte de una red de ciudadanos que se había convertido en algo que ningún funcionario en Washington había previsto.

Para las 9:38 a.m., Renee Good estaba muerta, con cuatro heridas de bala: dos en el lado derecho del pecho, una en el antebrazo izquierdo y otra en el lado izquierdo de la cabeza, cerca de la sien, con salida por el lado derecho del cráneo. El agente del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), Jonathan Ross, le había disparado a través del parabrisas mientras ella giraba el volante para alejarse. Los informes de los paramédicos, obtenidos por el Star Tribune, describen pupilas dilatadas y sangre saliendo de su oído izquierdo. Las llamadas al 911 captan a un testigo gritando: «¡Le dispararon porque no quiso abrir la puerta de su coche!».

Segundos antes, Renee le había dicho al agente: «Está bien, hombre, no estoy enojada contigo». Rebecca, fuera del vehículo, estaba grabando con su teléfono y dijo: «Ciudadana estadounidense. ¿Quieres venir por nosotros?». Luego volvió a subir al coche. El video grabado por el propio Ross muestra el momento en que el vehículo comienza a moverse, los disparos, la caída de la cámara y una voz masculina diciendo «puta perra» segundos antes de que la camioneta chocara contra un coche estacionado.

Dos semanas después, otro ciudadano estadounidense, Alex Pretti, moriría también a manos de agentes federales bajo circunstancias que aún se investigan. Y en una celda del edificio Whipple, en el mismo complejo de Fort Snelling donde el gobierno de EE. UU. había concentrado a la población Dakota en 1862, Clayton Kelly esperaba su liberación después de que unos agentes le rociaran gas pimienta directamente en el ojo, por debajo de sus gafas. Su delito: haber dicho a los agentes que eran una vergüenza y que deberían renunciar.

Lo que ocurrió en Minneapolis entre diciembre y febrero no fue una protesta. Fue la mayor ocupación militar de un territorio urbano desde la crisis de los derechos civiles, y fue también la respuesta comunitaria más sofisticada jamás documentada contra una operación de deportación masiva. En el corazón de ambos fenómenos se encontraba una pregunta que ningún manual de seguridad nacional había anticipado: ¿Qué sucede cuando una ciudad entera aprende a vigilar y se niega a apartar la mirada?

La Ola y la Brecha de Datos

La Operación Metro Surge comenzó en diciembre de 2025 con un comunicado del Departamento de Seguridad Nacional: tres mil agentes del ICE y la CBP desplegados en las Twin Cities para capturar a los «criminales más peligrosos», miembros de pandillas transnacionales y traficantes de drogas. Fue, según sus propios comunicados de prensa, la operación de control de inmigración más grande en la historia de la nación.

Para mediados de febrero, tras más de cuatro mil arrestos, el gobierno federal solo había logrado identificar exactamente a veinticuatro personas con presuntos vínculos con el crimen organizado. InSight Crime, un medio especializado en el estudio de redes criminales, revisó cada declaración oficial y cada informe de resultados. El hallazgo fue devastador para la narrativa oficial: menos del medio por ciento de los detenidos tenía conexión alguna con las organizaciones que supuestamente justificaban el despliegue masivo. El resto eran personas con antecedentes por robos menores, conducir bajo los efectos del alcohol o, simplemente, sin antecedentes penales.

Esta brecha entre la retórica y la realidad no fue descubierta por periodistas de investigación mucho después de los hechos, sino en tiempo real por los propios residentes de Minneapolis. Mientras el gobierno federal enviaba agentes con apenas cuarenta y siete días de entrenamiento —una fracción de los diez meses que recibe un recluta de la policía de Minneapolis—, la comunidad construía silenciosamente un sistema de contrainteligencia que resultaría más eficaz que cualquier informe oficial.

Treinta mil personas, según la organización Communities Organizing Latine Power and Action Minnesota, se integraron en redes de observación ciudadana. No treinta simpatizantes, ni trescientos activistas: treinta mil. Una cifra equivalente al número total de agentes del ICE y la CBP desplegados en todo el país. A cualquier hora del día, en cualquier cuadrante de la ciudad, había ciudadanos con teléfonos móviles y libretas registrando las matrículas de vehículos sospechosos, alimentando una base de datos colaborativa que les permitía identificar en segundos si un SUV oscuro pertenecía al Departamento de Seguridad Nacional o era simplemente una minivan familiar.

Lo que comenzó como grupos de vecinos preocupados se convirtió en una operación de vigilancia descentralizada con protocolos, códigos de alerta y líneas de comunicación encriptadas. Aprendieron a distinguir las diferentes agencias federales por las insignias de sus vehículos, a anticipar las rutas de los convoyes por los patrones de movimiento y a desplegarse rápidamente cuando alguien informaba de un arresto en curso. Sin formación militar, sin presupuesto, sin más recurso que la determinación colectiva, habían construido un sistema de alerta temprana que rivalizaba con el de muchas agencias de seguridad.

Los «Commuters»

Se hacían llamar commuters (viajeros cotidianos). Salían de sus casas por las mañanas con el mismo propósito con el que otros salen hacia sus oficinas: patrullar sus propios barrios. Iban en bicicleta, en coche y a pie. Seguían a los convoyes a una distancia prudente, documentando cada movimiento. Cuando los agentes se detenían frente a una casa o un negocio, los observadores se situaban en las esquinas, grabando con sus teléfonos, anotando nombres, horas y circunstancias. No interferían en las operaciones, no obstruían el paso ni agredían a los agentes. Simplemente vigilaban. Y al hacerlo, hacían visible lo que el gobierno federal quería mantener en las sombras.

El gobierno respondió con una escalada que pocos previeron. A finales de enero, tras los asesinatos de Renee Good y Alex Pretti, el presidente Trump nombró a Tom Homan, su zar de la frontera, para tomar el control directo de la operación en Minnesota. Homan anunció una reducción de setecientos agentes y declaró a la prensa que la desescalada estaba en marcha. En privado, según documentos internos filtrados a The Intercept, su equipo había diseñado una nueva estrategia: si no podían operar con impunidad bajo el diluvio de cámaras y denuncias, atacarían directamente a quienes empuñaban esas cámaras.

El viernes 6 de febrero, en un lapso de treinta minutos, tres observadores legales fueron arrestados en diferentes partes de la ciudad. Uno fue sacado de su vehículo por agentes que rompieron las ventanillas con porras a pesar de que las puertas estaban sin seguro. Otro fue detenido durante diez horas en el edificio Whipple, donde los agentes anunciaron que revisarían el contenido de su teléfono antes de devolvérselo. Las pruebas que había documentado sobre el asesinato del ciudadano guatemalteco Julio César Sosa-Celis desaparecieron con el dispositivo.

El costo del «Destino Vinculado»

En febrero de 2026, mientras el gobierno federal anunciaba el fin formal de la Operación Metro Surge, la ciudad de Minneapolis se enfrentaba a una verdad más compleja que cualquier narrativa de victoria o derrota. Los agentes empezaban a retirarse, sí, pero dos mil de ellos permanecían desplegados, trece veces más que antes de diciembre. Homan declaró que la operación era un éxito y que Minnesota era ahora «menos un santuario». El gobernador Tim Walz respondió con escepticismo y prometió una verificación.

Mientras tanto, en las escuelas primarias de Columbia Heights y Fridley, decenas de niños no habían regresado a clase desde las vacaciones de invierno. Seis estudiantes fueron detenidos por el ICE de camino a la escuela, incluido un niño de cinco años con una mochila de Spider-Man. En la escuela ambiental Garlough Magnet, más de cincuenta pupitres permanecían vacíos. El pastor Sergio Amezcua contó a los reporteros cómo sus hijos pequeños confundían los camiones de reparto con vehículos del ICE y corrían a esconderse bajo la mesa. Una niña hondureña de siete años, cuya familia sufrió una redada, le dijo a una trabajadora social que ya no quería ser abogada en Estados Unidos. Quería que su familia regresara a Honduras. «Esta no es la América que yo pensaba que era», dijo.

Los psicólogos entrevistados por ABC News explicaron que el fenómeno tenía un nombre: destino vinculado (linked fate). Es la certeza internalizada de que lo que le ocurre a un vecino le podría ocurrir a cualquiera. No era paranoia; era una evaluación realista del entorno. Y tenía consecuencias fisiológicas documentadas: alteraciones en el eje hipotálamo-hipofisario-adrenal en niños expuestos a un estrés tóxico prolongado, deterioro de la memoria y del desarrollo del lenguaje, y un elevado riesgo cardiovascular en la edad adulta temprana. El trauma no fue un efecto colateral de la operación; fue la operación misma manifestándose en los cuerpos de la comunidad.

La Economía de Guerra

Johanna Rivera, dueña de la tienda de comestibles ecuatoriana La Perlita, empezó a recibir mensajes de familias confinadas que no podían salir de casa para comprar comida. Al principio eran dos o tres pedidos; luego quince, veinte entregas diarias. Organizó una recaudación de fondos y logró reunir más de doscientas cincuenta cajas de comida en un solo domingo. Modern Times Café, Smitten Kitten y otros pequeños negocios locales se convirtieron en centros de acopio improvisados. La ayuda mutua, esa palabra que había resonado durante la pandemia y las protestas de 2020, adquirió una nueva dimensión: no era una solidaridad ocasional, sino una economía de guerra.

Los sindicatos movilizaron a sus bases. La coalición Isaiah, una red de congregaciones religiosas, coordinó capacitaciones sobre derechos legales que llegaron a miles de personas. Las iglesias metodistas y luteranas abrieron sus sótanos para almacenar suministros. La red de defensa legal, alimentada por donaciones y trabajo voluntario de abogados locales, procesó cientos de casos en semanas.

Ninguna de estas estructuras fue diseñada para resistir una operación federal masiva; surgieron orgánicamente, a través del ensayo y error, por la urgencia del momento y la memoria de luchas pasadas. Los activistas que organizaron las protestas tras el asesinato de George Floyd en 2020 transfirieron sus conocimientos tácticos a esta nueva batalla. La ciudad se había estado entrenando para este momento sin saberlo.

Límites tácticos y fracturas

La pregunta que ningún analista ha podido responder satisfactoriamente es por qué el gobierno federal se retiró precisamente cuando lo hizo. Las versiones oficiales enfatizan la cooperación de las autoridades locales, pero los documentos internos sugieren que el costo político era insostenible. Cada día que un convoy era seguido por docenas de vehículos ciudadanos, y cada noche que las noticias nacionales abrían con testimonios de niños traumatizados, la base política de la operación se erosionaba.

Sin embargo, la violencia de una minoría proporcionó al gobierno el pretexto perfecto para enmarcar su retirada como una concesión condicional. Los cuarenta y dos arrestos del 7 de febrero por daños a la propiedad fueron mencionados por Homan en cada declaración como prueba de que el movimiento había cruzado la línea hacia la «ilegalidad». La fractura entre los negociadores institucionales —Walz, Frey, Ellison— y los sectores más confrontativos fue explotada con precisión quirúrgica. El mensaje federal fue implícito: Nos retiramos no porque ustedes hayan ganado, sino porque ustedes mismos nos dan la razón cuando rompen ventanas.

Esta tensión no resuelta sobre el uso de la fuerza es la herida más profunda en el movimiento. Por un lado, los líderes mantienen una posición estrictamente no violenta, argumentando que su fuerza reside en contrastar la brutalidad estatal con la disciplina. Por otro, los sectores radicalizados abogan por la acción directa. El movimiento carece de mecanismos para procesar esta fractura.

La Nueva Normalidad

Para mediados de febrero, mientras los titulares nacionales se desplazaban hacia otras crisis, Minneapolis comenzó el trabajo silencioso de procesar el trauma. Los treinta mil observadores no se desmovilizaron. Redujeron la actividad pública pero mantuvieron sus bases de datos y redes de confianza. La Perlita sigue entregando comida. Los pastores siguen recibiendo llamadas de feligreses aterrorizados. Los niños de Columbia Heights regresan a las aulas acompañados por voluntarios con chalecos reflectantes: observadores entrenados.

El edificio Whipple permanece en Fort Snelling, un sombrío recordatorio del campo de concentración Dakota de 1862. Algunos de los detenidos allí han comenzado a organizar visitas guiadas no oficiales como un ejercicio de memoria histórica. Quieren que la gente sepa que el campo de concentración nunca cerró realmente; solo cambió de administración y de poblaciones objetivo. Quieren que la próxima generación comprendea que la infraestructura del terror estatal no se desmantela sola.

Lo que ocurrió en Minneapolis fue un ensayo general. La administración ha declarado su objetivo de ampliar las deportaciones masivas. Pero Minneapolis demostró que treinta mil ciudadanos con teléfonos móviles pueden imponer costos insostenibles al aparato represivo más poderoso del mundo. La lección más profunda es existencial: la resistencia no termina cuando los convoyes se retiran. Continúa en cada niño que aprende a distinguir un camión de reparto de un vehículo del ICE, y en cada ciudadano que se niega a apartar la mirada.

En Minneapolis, treinta mil personas aprendieron a vigilar. Y ahora, miran hacia adelante.

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