Cine: EAMI-Monte y mundo (o entre el Ayoreo y el Esperanto)

En esta nota te acercamos una breve crítica del film EAMI, de la realizadora paraguaya Paz Encina. Esta película fue proyectada en el pasado BAFICI y galardonada con el premio a mejor dirección en la categoría Vanguardia y Género.

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La tasa de deforestación más alta de todo el mundo es de 25.000 hectáreas por mes, en el Chaco paraguayo. En los últimos 20 años se perdieron superficies más grandes que todo el territorio de los Países Bajos, 4,8 millones de hectáreas. En esa región se sitúa la narración de EAMI, de la realizadora paraguaya Paz Encina, proyectada en el pasado BAFICI y galardonada con el premio a mejor dirección en la categoría Vanguardia y Género. El film toma el punto de vista de una deidad-ave para relatar el proceso de destierro que sufrió el pueblo Ayoreo Totobiegoso de, milenario poblador de la zona, a manos de la industria ganadera.

Hablar de narración o relato en EAMI no es lo más pertinente, al menos en el sentido más clásico del término. La película de Encina se vale más del uso de texturas y sonidos antes que de una historia lineal, se mueve en ese momento sensorial entre la duermevela y la vigilia, creando secuencias casi oníricas, de una forma similar a como lo hacen la argentina Lucrecia Martel o el tailandés Apichatpong Weerasethakul. El sonido en fuera de campo, dislocado de la imagen, es lo más espectacular de toda la película, redoblando lo hecho por la misma directora en su ópera prima Hamaca Paraguaya: una voz en off susurrante, el sonido del viento y el canto chirriante de los pájaros crean una atmósfera que es la razón de ser de gran parte de la cinta. No es casual que las únicas voces que escuchemos sincronizadas con la imagen sean la de lxs pobladorxs, mientras que lxs conquistadorxs, a quienes denominan coñone (insensato o de-pensamiento-incorrecto en lengua Ayoreo), permanecen con el diálogo dislocado. Es un gesto anticolonial, así se marca quién es nativo y quién usurpador, quién es la verdadera alteridad cultural.

Sin embargo, uno de los problemas que tiene EAMI se desprende de su forma y de su modo de producción. Uno de los muchos productores[1] del film es el director mexicano Carlos Reygadas, uno de los niños mimados de los festivales internacionales, que se encarga de realizar y producir un cine de la pasividad, la sordidez, que busca amoldarse a la ética y estética de dichos festivales. Y es que EAMI, ganadora del premio Tigre en el Festival Internacional de Rotterdam (un tanto irónico si tomamos en cuenta el dato anteriormente mencionado de la tierra deforestada del tamaño de los Países Bajos), pareciera estar constantemente en diálogo con ese idioma común, ese esperanto del cine-arte festivalero:

Largos planos fijos, narración mínima, uso experimental del sonido, un registro contemplativo, proveniencia de países poco usuales en el gran panorama del cine, etc. Otra película producida por Reygadas que arrasó escandalosamente (porque se llevó los 4 premios principales) en el Festival de San Sebastián en 2020 fue Beginning, de la georgiana Dea Kulumbegashvili, un film que no solo cuenta con todos los clichés anteriormente mencionados, sino que suma escenas de inusitada violencia y crueldad que son pura provocación vacua, también marca de la casa de muchos festivales de cine, y de la cual la película de Encina sabe demarcarse.

Es innegable el respeto con el que la directora filma a sus sujetxs, pero eso no evita que caiga en el pecado de mayormente retratarlxs como individuxs pasivxs, tristes, alienadxs. Una de las rupturas con respecto a este carácter, que es otro de los puntos álgidos del film, es el acercamiento – algo furtivo, pero real – hacia una dimensión material e histórica, a través de una imagen que simula ser de una grabadora en donde se puede ver una fecha concreta. La inclusión de esta imagen rompe con la estética general del film, para dejar claro la intención de la directora, difuminando el límite entre la ficción narrada y el registro documental y alejando al film de una mera ensoñación milenaria.

También hay pinceladas de rabia e indignación por miembros del lugar ante el asesinato de unx de sus compañerxs a manos de los coñone que lxs saca de ese lugar pasivo, llamando a la acción directa y al enfrentamiento con el conquistador. Y es que EAMI en Ayoreo significa monte, pero también mundo: lo material e inmediato para el pueblo Totobiegosode es el respeto de la tierra que ocuparon históricamente, y a la cual deben defender del capitalismo ganadero que viene arrasándola y masacrando a su gente ante la complicidad del Estado Paraguayo.

Igualmente, ¿son suficientes los gestos reivindicativos de Encina? En el marco del estreno de la película en el BAFICI, estuvo presente un miembro de la comunidad Ayoreo, gesto sin precedentes, pero ¿acaso alcanza la justicia poética? ¿Es realmente valioso y progresivo, si a la vez la película tiene una tendencia a enmarcarse en una estética hegemónica que es galardonada en los festivales europeos? ¿Qué tan novedosa es la dirección, si cumple con tantos clichés de la “división internacional del estilo”? ¿Qué tan nuevo es lo nuevo si ya empieza a envejecer? Eso me sigo preguntando luego de haber visto EAMI.

 


[1] Este es otro problema de las películas de regiones no-centrales, la casi obligación de recurrir a inversiones de todos lados del mundo para contar problemáticas nacionales.

 

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