El último Informe de Desigualdad Mundial releva una aumento obsceno de la desigualdad social bajo el capitalismo contemporáneo. Mientras miles de millones sufren las consecuencias diarias de una época de guerras, crisis y barbarie, una ínfima minoría de grandes propietarios aumenta sideralmente su concentración de riquezas. Se impone la necesidad de un proyecto alternativo anticapitalista a nivel global.
En el 2025, 56.000 personas concentran el triple de riqueza que los 4.200 millones más pobres de la población global. Los niveles de desigualdad del capitalismo del siglo XXI son obscenos, asquerosos: la élite del planeta entra en una cancha de fútbol. Y la tendencia es a un aumento sideral de la desigualdad entre las enormes mayorías y las ínfimas élites burguesas. El porcentaje de riqueza correspondiente al 50% más pobre está estancado desde hace al menos 20 años en un 2% de la riqueza global. La porción de torta que se lleva el 0,001% aumentó un 50% en el mismo período, pasando del 4% al 6% en el mismo período. El 0,1% (unas 8 millones de personas) concentran casi la quinta parte de la riqueza mundial.
El 1% de la población mundial gana más que el otro 90%. Y el 90% de la población concentra menos del 10% de la riqueza. Son las proporciones de un capitalismo que fracasó históricamente como forma de organización humana en todas sus aristas: económica, social, política, ecológica. Y no se trata de una cuestión de distribución ni filantropía: es un problema de propiedad y poder político, del sistema social que rige el mundo. La única salida realista al problema de la desigualdad es terminar con el capitalismo que la fundamenta.
El capitalismo de la desposesión
Los voceros del capitalismo llevan unos doscientos años diciendo a viva voz que, la propiedad privada de los grandes medios de producción, trajo una nueva era de progreso y prosperidad para las sociedades humanas. Al día de hoy, todas las promesas del capitalismo aparecen revertidas. La propiedad privada de los medios de producción social está llevando los niveles de desigualdad a niveles distópicos, propios de un capitalismo decadente, predatorio y parasitario.
Ninguna estadística alcanza para graficar la obscenidad de la desigualdad contemporánea. Pero sirven para mostrar la irracionalidad absoluta del sistema capitalista. Durante los últimos 30 años, la economía mundial creció un promedio del 3% anual. En el mismo período, la riqueza de los multimillonarios creció un 8% anual.
Es innegable que la raíz profunda y evidente de la desigualdad global es la propiedad privada capitalista. El economista marxista Michael Roberts, destaca correctamente que no es una simple cuestión de «ingresos», sino de riqueza pre-existente, es decir, de propiedad.
«La riqueza genera más riqueza; más riqueza genera más ingresos. Una élite muy reducida es propietaria de los medios de producción y las finanzas, y así es como se apropia de la mayor parte de la riqueza y los ingresos. Y la concentración de la riqueza tiene que ver realmente con la propiedad del capital productivo, los medios de producción y las finanzas. Es el gran capital […] el que controla las inversiones, el empleo y las decisiones financieras del mundo. Un núcleo dominante de 147 empresas, a través de participaciones entrelazadas en otras, controla el 40 % de la riqueza de la red global, según el Instituto Suizo de Tecnología. Un total de 737 empresas controlan el 80 % de todo».
El control directo de las mega-corporaciones y monopolios capitalistas internacionales es inédito. La empresa Nvidia, tasada como nominalmente como la más valiosa del mundo, tiene un valor equivalente al PBI de Alemania (5 billones de dólares). En los últimos 30 años, «el patrimonio privado medido como porcentaje de la renta avanzó unos 150 puntos […], pasando de representar el 350% de los ingresos mundiales a más del 500%. La riqueza de los Estados, en cambio, se ha quedado estancada entre un 80%-90% [..]. Los multimillonarios son cada vez más ricos […] porque se han favorecido en los últimos años ‘de una ola de privatizaciones’ […]. Ese movimiento ha hecho que se acumule en manos privadas un dinero que antes era público. Además, el precio de los activos financieros, que poseen ellos y no el resto, ha crecido más deprisa que los ingresos de las familias'».
Como si no alcanzara, quienes más ganan son quienes menos aportan a la recaudación y el financiamiento de los bienes y servicios públicos. En las últimas décadas, las cargas impositivas «han aumentado de forma constante para la mayoría de la población, pero han descendido drásticamente para las y los multimillonarios y centimillonarios. Las élites pagan proporcionalmente menos que la mayoría de los hogares con ingresos mucho más bajos».
Este es el legado dejado por 3 décadas de neoliberalismo que se corona con la llegada del capitalismo en crisis del siglo XXI. Un largo proceso de regresión distributiva: lo ricos son cada vez más asquerosamente ricos, los pobres se hunden cada vez más en la miseria. La desposesión motorizada por las privatizaciones masivas de las ex propiedades estatales del Este y el desmantelamiento del Estado de bienestar en Occidente no terminó. Se está coronando con la llegada de un cambio de época, la aparición de un nuevo – viejo capitalismo. Su rostro es el de un puñado de magnates que expropian cotidianamente a miles de millones de personas.
Desigualdad entre países y desigualdad entre las clases
La desigualdad lleva todas las marcas del capitalismo moderno. Es una desigualdad entre millones y puñados, pero aumentada por la desigualdad entre Estados y regiones. Las estadísticos del Informe de Desigualdad Mundial señalan que «una persona media en América del Norte y Oceanía gana aproximadamente 13 veces más que alguien en el África subsahariana y tres veces más que la media mundial. Dicho de otro modo, los ingresos medios diarios en América del Norte y Oceanía son de unos 125 euros, frente a solo 10 euros en el África subsahariana. Y se trata de medias: dentro de cada región, muchas personas viven con mucho menos».
La desigualdad de ingresos (y de riqueza) se refleja en la estructuraciones de cada formación social y de su respectivo Estado. En el capitalismo hiper – privatizado del siglo XXI, las clases trabajadoras no se empobrecen sólo salarial sino también públicamente. Una suerte de estatización de la pobreza. Así lo reflejan las diferencias en el financiamiento de los servicios públicos por región. «El gasto en educación por niño en Europa y América del Norte, por ejemplo, es más de 40 veces superior al de África subsahariana, una diferencia aproximadamente tres veces mayor que el PIB per cápita«.
Estas desigualdades internacionales no reflejan un mero atraso o subdesarrollo derivado de Estados más jóvenes. Se trata de una desigualdad sistemática, nacida del ordenamiento imperialista del planeta. Al igual que la desigualdad social, la desigualdad entre países se explica por la explotación de unos por otros.
«Aproximadamente el 1 % del PIB mundial fluye cada año de los países más pobres a los más ricos a través de transferencias netas de ingresos asociadas a altos rendimientos y bajos pagos de intereses sobre las deudas de los países ricos […]. La desigualdad también está profundamente arraigada en el sistema financiero mundial. La arquitectura financiera internacional actual está estructurada de manera que genera sistemáticamente desigualdad. Los países que emiten monedas de reserva pueden pedir préstamos de forma persistente a un coste menor, prestar a tipos más altos y atraer el ahorro mundial. Por el contrario, los países en desarrollo se enfrentan una situación inversa».
Una desigualdad que todos los gobiernos imperialistas del planeta se aprestan a agudizar. El viraje del trumpista y otras potencias hacia un capitalismo territorializado expresa esa tendencia. A las élites burguesas no les alcanza con la desigualdad económica entre naciones, necesita convertirla en una desigualdad militarizada para maximizar aún más sus ganancias.
Un capitalismo anti-moderno
El aumento sideral de la desigualdad no es un fenómeno meramente económico o dinerario. Se totaliza a todas las esferas de la vida social, fortaleciendo la influencia de todas las lacras arcaicas que el capitalismo arrastra como pilares de su matriz productiva.
La desigualdad entre los géneros sigue siendo abismal. En el 2025, las mujeres recibieron el 27% de los ingresos globales y sólo el 16% en las regiones de menores ingresos como Medio Oriente y África, siendo un 49,5% de la población global. «A nivel global, las mujeres trabajan más y cobran menos: concentran un 55% del tiempo de trabajo –doméstico y económico–».
La desigualdad en la riqueza se refleja también en la destrucción sistemática del medio ambiente. En un planeta dominado por el 0,001%, la única racionalidad que corre es la del desastre ecológico. «El informe muestra que la mitad más pobre de la población mundial representa solo el 3 % de las emisiones de carbono asociadas a la propiedad de capital privado, mientras que el 10% más rico representa alrededor del 77% de las emisiones […] El individuo medio del 1% más rico emite más de 25 veces más que el ciudadano medio». Una muestra más, por si hace falta, de que el ecocidio no es una obra de voluntades individuales, sino un factor sistemático del capitalismo moderno. Una pequeña minoría de la población decide unilateralmente hipotecar el futuro de miles de millones.
Anticapitalismo
Este mundo hiper-desigual pide a gritos una solución estructural. De lo contrario, se marcha no sólo a la miseria planificada sino al desastre ecológico y la barbarie industrializada.
Durante décadas, el establishment capitalista nos dijo que los grandes debates sociales y que la historia misma habían terminado; que el capitalismo era infinito e infinitamente perfeccionable; que los organismos internacionales comandados por las potencias imperialistas velaban por nuestra seguridad y que, tarde o temprano, solucionarían los pequeños desperfectos de la máquina del capital. Hoy, con la vuelta de las guerras, el genocidio y las crisis crónicas, ese relato está reducido al más miserable posibilismo. El capitalismo ya no se propone como la mejor opción, sino la única. El establishment burgués entró en una nueva era de la resignación.
Lo demuestran los ideólogos burgueses que vuelven a repetir las mismas recetas fallidas del último siglo: la redistribución keynesiana, el rezo a los impuestos progresivos, el tutelaje multilateral y tantas otras formas de maquillar la propiedad privada en lugar de abolirla. «A menudo se argumenta que es imposible y utópica la propiedad pública de las finanzas y los sectores clave de las principales economías del mundo, que nunca sucederá a menos que se produzca una revolución popular, lo que a su vez nunca sucederá […]. Mi respuesta sería que la adopción de políticas supuestamente menos radicales, como la fiscalidad progresiva y/o un cambio radical en la inversión pública, o la cooperación mundial para romper la transferencia de valor e ingresos del Sur Global a la élite rica del Norte Global, son igual de utópicas«.
La burguesía mundial dice que este es el único sistema posible. Que sólo resta resignarse y ver crecer la brecha de la desigualdad brutal. Su única fundamentación es su propio poder: para los magnates, la desigualdad es un accidente feliz de las inercias económicas. Puede que los 4.200 millones de trabajadores desposeídos opinen distinto. El capitalismo distópico exige ineludiblemente el regreso de las utopías realistas. No la mera redistribución nominal y migajera sino la abolición de la propiedad privada de los medios de producción y la reorganización estructural de la economía mundial según los intereses de las mayorías trabajadoras. En un presente barbáricamente desigual se impone como necesidad el regreso de las utopías emancipatorias, anticapitalistas.




