Por Mercedes García Carrillo

Mi primer acercamiento a la fascinante obra de Mark Fisher fue a través de la lectura del ahora célebre “Realismo Capitalista”. La editorial argentina Caja Negra acababa de editarlo y mi amiga Zoe había insistido durante meses para que lo leyese. Con velocidad, la idea de qué el capitalismo es el único modo- realidad- de vida posible, me atrapó de lleno. Ahora bien, es cierto que Fisher no es el primero en exponer este tipo de idea: Jameson y Zizek han planteado cosas bastante similares.

La originalidad de “Realismo capitalista” reside en la cantidad de ejemplos tomados de la vida cotidiana y la cultura popular qué dan cuenta de por qué la mayoría de la humanidad no ve salida alguna al capitalismo. Por ejemplo, Fisher da cuenta del éxito del neoliberalismo de haber internalizado la burocracia con el caso de los docentes ingleses, que son constantemente sometidos a evaluaciones estatales y qué han dejado de pensar en si sus estudiantes están aprendiendo o no, sino que más bien están interesados en obtener buenos puntajes con el fin de no perder sus empleos. Si tuviese que dar mi opinión sobre el libro, si bien concuerdo con el análisis sobre la época en la cual vivimos, difiero mucho en la creencia de qué lo que hay que impulsar es una nueva izquierda, una que use los métodos publicitarios del capitalismo para atraer gente a la causa de cambiar por completo el sistema. Claro está que yo provengo de una historia de larga militancia trotskista y activismo sindical mientras que Mark Fisher provenía más bien de una tradición marxista académica, aunque de características especiales (muy vinculada al mundo de los blogs y las nuevas redes sociales).

A pesar de que “Realismo capitalista” está repleto de cosas para analizar una y otra vez, no es en realidad la obra de Fisher que me motiva a escribir estas palabras. Esa obra es la serie de ensayos titulada “Los fantasmas de mi vida: Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos”, editada recientemente también por Caja Negra. El libro cuenta con un gran número de ensayos geniales que van desde hablar del proyecto de populismo modernista de la banda inglesa The Jam hasta otros que analizan películas ícono de la cultura popular como El Resplandor de Kubrick o Inception de Christopher Nolan.

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Un hecho que me parece meritorio mencionar es que mi lectura del libro se dio mayoritariamente mientras estuve internada en un neuropsiquiátrico ante un intento de suicidio, y una larga batalla que vengo dando contra el trastorno depresivo. Todavía me sorprende que el personal médico del lugar no me hubiese sacado el libro, tras enterarme que a otros pacientes les habían prohibido ingresar con obras tales como “El cuento de la criada” (la famosa obra distópica de Margaret Atwood que relata un futuro en donde las mujeres fértiles son usadas como esclavas para la procreación) o “Rayuela” de Julio Cortázar. Sin embargo, “Los fantasmas de mi vida” se quedaron allí durante mi internación en la clínica (¿o yo me quedé con ellos?).

El texto que me interesa discutir en este artículo es aquel que cierra “Los fantasmas de mi vida” llamado “Bueno para nada”. En el mismo, Fisher da cuenta de su experiencia personal con la depresión y relata experiencias tales como momentos de autolesión e internaciones en clínicas psiquiátricas. Además, nos dice que la frecuencia de sus episodios se vio reducida enormemente en su adultez gracias al entendimiento de qué más bien podían ser entendidas a través de marcos políticos y sociales que mediante explicaciones de tipo individual.

Mark Fisher describe como la causa de su depresión la sensación de ser “bueno para nada”. En una especie de síndrome de impostor, nos cuenta cómo se ha sentido fuera de lugar en todos los roles que ha ocupado: como estudiante, como trabajador, como paciente psiquiátrico. En este sentido, me puedo sentir interpelada en la idea de ser un fraude, una impostora. Más de una vez lo sentí. Por ejemplo, cuando obtuve mi beca doctoral de una sabiendo que gente con mejores calificaciones que yo no lo habían logrado en su primer intento. Muchas veces me sentí fuera de lugar.

Fisher saca de foco lo biológico/químico y el contexto familiar como causantes de la depresión y los sentimientos de inferioridad, y pone el centro en el poder social; sobre todo, en el poder de clase. Ciertamente, las asimetrías de clase son una causa de presión y depresión sobre todos aquellos miembros de la clase trabajadora (e incluso, sobre muchos de los que pertenecemos a una clase media empobrecida e inestable). El poder social nos atraviesa a todos los oprimidos, y es importante acá mencionar a otras formas de opresión como la de género y la de raza. Ninguno de nosotros nos sentimos capaces de ocupar lugares que el capitalismo (y también el patriarcado) nos ha dicho que somos incapaces de alcanzar.  Y cuando esto sucede, nos sentimos profundamente socavados, nos sentimos fraudes, sentimos que somos “nada” y que siempre lo seremos.

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Es por esto qué Fisher nos exhorta a retomar la idea de qué somos el tipo de personas capaces de actuar. Que nuestra depresión no se cura mediante un cambio actitudinal, sino que depende de la reconstrucción de la conciencia de clase. Para Fisher, la salida esta en inventar nuevas formas de involucramiento político. En mi opinión, los partidos leninistas-trotskistas tienen aún la oportunidad de lograr esta tarea, pero deben partir de un análisis actualizado de las condiciones de vida bajo esta forma de realismo capitalista. Y no debemos olvidar la chance de intervenir sobre los ámbitos de la salud mental, interpelando tanto a pacientes como a profesionales a pensar en nuevas prácticas terapéuticas que no se basen en la medicación excesiva y en el confinamiento, sino en prácticas que se abran a la comunidad, integren a los pacientes y contengan perspectivas de clase y de género. Este debería ser el legado de Fisher, un mundo en dónde podamos reconocer las causas sociales de la depresión y postular formas de lidiar con ellas. Se lo debemos.

En tanto que fue capaz de reflexionar y analizar con tanta lucidez sobre los problemas del capitalismo, Mark Fisher estuvo muy lejos de ser un bueno para nada. Y quiero pensar que yo tampoco lo soy, en el sentido de qué tengo la chance de escribir y de intervenir sobre todas las cosas qué me preocupan de este mundo y qué deseo cambiar de raíz. ¡Qué el capitalismo y el patriarcado caigan de una vez!

 

 

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