En un gesto muy aymara y altoandino, los combatientes bolivianos de entonces supieron convertir la derrota en victoria, la desgracia en ocasión de júbilo, usando esa misma táctica que los había derrotado, pero esta vez para dar la vuelta y apuntarla hacia al ‘enemigo interior

Silvia Rivera Cusicanqui, en referencia a la derrota en la guerra contra el Paraguay

A más de 60 años de los históricos días 9, 10 y 11 de abril de 1952, queremos reflejar la importancia y el legado de la revolución boliviana. Para entender este proceso que va a cambiar la política del país, tendremos que retroceder y entender las causas en las profundidades de las contradicciones que marcaron las décadas anteriores al 52.

El mito de la “revolución nacional”

La depresión de 1929 tendrá implicancias inmediatas en Bolivia; estas contradicciones se reflejaron en la Guerra del Chaco. Esta contienda sin mucho sentido para ninguno de los dos países más pobres de la región abrirá en Bolivia una desestabilización de la “Rosca”, como se llamaba a la oligarquía minera que gobernaría el país hasta 1952, que no podrá mantenerse por mucho tiempo. La guerra devendrá en una contradicción trágica para la clase oligárquica, abriendo la posibilidad de un cambio radical en la estructura de poder.

Al salir de la guerra la oligarquía empieza a perder su prestigio; lo único que le quedaba era gobernar con su brazo armado. Las dictaduras militares se turnarán en el gobierno. Pero cuando la clase obrera (ausente hasta estos tiempos) va a la guerra, vive una experiencia de lucha casi “fundacional”; se confronta con las clases que dirigen la guerra y comienza a hacer una experiencia con ellas. Años después toma un papel importantísimo tanto en la conformación de los sindicatos como en la derrota del ejército en los enfrentamientos de la semana de abril del 52.

Como señalaba el más importante sociólogo boliviano del siglo XX, René Zavaleta Mercado, fue en el Chaco donde Bolivia fue a preguntarse en qué consistía su vida. Aquí, donde el propio tuscal se retuerce cual si lo seco hubiera convertido en dolor, es donde ocurrió la guerra, punto de partida de toda Bolivia moderna. Boquerón, Nanawa, Kilómetro 7, Picuiba, Cañada Strongest”.

Esto sólo pueden ser topónimos que para los que no han vivido la guerra, sólo suman un nombre. Pero estos lugares hoy día perdidos en la sequedad del Chaco (en el cual la vida juega día a día con la muerte), están marcados por miles de muertos que en su gran mayoría eran indígenas. Los oficiales racistas no daban la menor importancia a sus soldados, haciendo que murieran de sed y otras plagas, lo que llevó a innumerables deserciones.

Estos acontecimientos derivarán un una sucesión de gobiernos militares por toda la década del 40. Para acentuar las contradicciones de la oligarquía, la crisis económica se refleja en una caída del precio del estaño, mineral con el que Bolivia se conectaba económicamente con el mundo. El estaño tendrá bajas de precio considerables cuando se termine la Segunda Guerra Mundial, sumado a que económica y políticamente el país había quedado muy deteriorado con la guerra.

Estados Unidos será el principal comprador de mineral, y dirigirá desde Washington los rumbos del país a través de los títeres que estarán en el gobierno. No obstante, gobiernos como el de Villarroel serán fundamentales para la conformación inicial de los organismos de la clase obrera y el aglutinamiento del partido nacionalista que, con corte bonapartista, dará algunas libertades democráticas.

Villarroel será depuesto por un golpe gorila en el que participó el Partido Comunista; militares emparentados con la rosca que veían con temor dar espacios a la clase obrera sacarán al presidente de la casa de gobierno y será colgado de un farol en la Plaza Murillo (sede del palacio presidencial).

Es así como se llega a la revolución proletaria del 52. Pero esta revolución hecha por los mineros y fabriles no pudo mantenerse. La falta del partido revolucionario fue determinante y costó históricamente muy caro haber perdido la oportunidad de la toma del poder.

Si bien el Partido Obrero Revolucionario tenía algún peso por la tradición y logros de los años recientes, no tuvo la fuerza ni la organización para conducir la revolución hacia la vía del socialismo, no supo sostener una orientación independiente.

Parte de la capitulación de este partido será dejar el poder al MNR (Movimiento Nacionalista Revolucionario, encabezada por el político patronal Paz Estensoro que hará toda una parábola del nacionalismo al neoliberalismo, pero siempre con buenas relaciones con los EE.UU.) con una política de “apoyo crítico”, que le costará muy caro no sólo a Bolivia sin a la clase obrera y el movimiento revolucionario de Latinoamérica.

Otra discusión es que hasta hoy se pretende mantener la idea de que la revolución fue “realizada por el MNR” desconociendo todo elemento proletario de aquella revolución. Que el MNR haya tomado la dirección de la revolución no significa en ningún modo que la haya realizado, o siquiera deseado. Pero quedó en la historia que la gesta habría sido realizada por los militantes del MNR.

Se trata esta de una confirmación de cómo la historia oficial está escrita por los vencedores (en este caso, los que no hicieron más que traicionar la revolución); versión que el gobierno actual de Morales y Linera no ha hecho más que reproducir interesadamente.

Al respecto, dice Mario Murillo en su crónica sobre los hechos del 52 que “en la construcción conceptual de la acción del MNR, tres grandes nociones se constituyeron en las dominantes: alianza de clases, nacionalismo y coloniaje, y vanguardia minera” (La bala no mata sino el destino).

Los desafíos que estuvieron planteados y las lecciones que la revolución dejó como la única revolución propiamente proletaria en Latinoamérica en las décadas inmediatas de la segunda posguerra tiene enorme valor ser rescatada como una experiencia histórica que puede servir de antecedente o “nexo” hacia las revoluciones proletarias que están en el porvenir en este siglo XXI. Esta revolución será acaudillada por la clase obrera, algo que no fue la característica de las otras revoluciones que se dieron en la posguerra como las de China o Cuba (de base social campesina y de las clases medias), más allá de que la revolución boliviana no alcanzó a llevar al poder a los trabajadores.

Esta tradición de alguna manera sigue presente en los organismos de la clase obrera de la Bolivia de hoy, y debe ser recuperada conscientemente para el relanzamiento de la lucha por el socialismo en el país del Altiplano. Esta tarea debe hacerse en dura lucha con el gobierno del Movimiento al Socialismo y lo que fue el Movimiento Nacionalista Revolucionario, que han tratado de esconder el verdadero carácter proletario de la revolución de 1952 en cuanto homenajes o recordatorio realiza.

Según ellos, se habría tratado de una “revolución nacional”. Su carácter proletario y la posibilidad de que si la clase obrera hubiera tomado el poder hubiera ido más allá del capitalismo quedan convenientemente opacados. Lo mismo que la tarea que asumió el gobierno nacionalista, que fue la de reconstruir el Estado burgués y sus fuerzas armadas, desarticuladas por la revolución, a punto tal que sus miembros fueron obligados a desfilar en condiciones degradantes frente a las milicias proletarias formadas durante la revolución.

De nada de esto habla el relato nacionalista, que hace décadas alimenta el mito de la “revolución nacional”, y que hoy el gobierno del MAS convenientemente recoge y desarrolla.

La revolución del 52 fue realizada por trabajadores con fusiles en mano y dinamita, derrotando al ejército en las calles y también dentro de sus cuarteles. Veremos después en detalle que hasta hubo ajusticiamientos de la oficialidad luego de haber tomado el cuartel Camacho de Oruro o el Estado mayor en La Paz.

Es decir, se trató de una revolución proletaria en regla que incluyó elementos de democracia obrera y que fue a contramano de las tendencias dominantes de la segunda posguerra, donde lo característico fue una base social campesina y el encuadramiento burocrático por arriba.

Esta revolución, de haber triunfado, hubiera significado la apertura de una vía obrera y realmente socialista frente al carácter anticapitalista limitado de revoluciones como la de China y Cuba.

En la parte de los enfrentamientos de tres días que sucedieron en abril del 52, nos detendremos a dar algunos detalles. Hoy día es poco contado (a ningún Estado le gustaría contar esto) que el pueblo salió a las calles en armas destruyendo al ejército.

Este poder que se alzó en las calles y derrotó al ejército oligárquico de aquel entonces es orgullo de todo revolucionario y tiene que estar presente en el día a día.

El doble poder que había sido creado por los trabajadores en armas y que constituyó la Central Obrera Boliviana (COB) se va disipando y el MNR va haciéndose de la revolución que le era ajena y nunca pretendió hacer.

Esta revolución que va perdiendo sus conquistas tiene su mecanismo de cooptación, y es el MNR junto con la nueva burocracia de Juan Lechín al frente de la COB (Central Obrera Boliviana) el que termina de sacar todo elemento obrero a la revolución.

Cuando el “cogobierno” del MNR junto con la COB, Lechín era el dirigente de este organismo de representación obrera recién fundado, que fue puesto al servicio del nuevo gobierno burgués del MNR. Lamentablemente, el POR boliviano le capitula a este gobierno, aconsejado por la dirección oportunista de ese entonces en la IV Internacional, encabezada por Michel Pablo.

Planifican la disolución de las milicias obreras y conforman el nuevo ejército; esto determina el principio del fin y la gran pérdida de la oportunidad de conformar una Bolivia socialista.

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En lo que sigue, recapitularemos entonces la historia de la enorme revolución obrera de 1952 y de cómo fue traicionada por la dirección nacionalista.

Una historia de saqueo

Mas allá de que la crisis de 1929 tuvo como epicentro los países del Norte, sus efectos se sintieron en todo el resto de los países. Esto va en contraposición de quienes dicen que Bolivia tiene ciertas “particularidades” que no terminan afectándole las crisis económicas mundiales, por su aislamiento económico. Podemos decir que la crisis de 1929 repercutió en Bolivia dada su extrema fragilidad económica; la exportación de materias primas, específicamente los minerales, trajo aparejada una larga sucesión de crisis políticas con golpes de estados, surgimiento de las masas a la vida política y la guerra del Chaco.

Bolivia miraba al mundo a través del estaño. El poder de las compañías estañíferas era incuestionable; tres empresas familiares controlaban el 80% de una industria que, a la vez, tenía a su cargo el 80% de las exportaciones nacionales y proporcionaba al Estado una base impositiva segura y un ingreso garantizado de divisas. En 1945 los “tres grandes” produjeron 35.000 toneladas finas de mineral, cuando ninguna otra empresa en Bolivia producía más de 400 toneladas (James Dunkerley, Rebelión en las venas. Plural, 2003). Esta riqueza era repartida de la manera menos equitativa posible, pero la vinculación con el mercado mundial la hará extremadamente vulnerable a la crisis. Los minerales y sobre todo el estaño serán el bien más preciado para los países imperialistas, en el marco de la guerra que se preparaba en el hemisferio norte.

“En el período de 1926-1929, como consecuencia directa de la depresión, aumentaron las dificultades financieras del Estado y hubo la necesidad de contraer grandes prestamos. A partir de 1927, los precios de los minerales caerán constantemente; en ese año la tonelada de estaño estaba en 917 dólares, en 1929 bajaría a 794” (Virreira, 1979). Los altos costos de la producción provocarán el cierre de muchas minas y el consiguiente desempleo. Salamanca (presidente boliviano de aquel entonces) es obligado a cancelar el pago de la deuda externa cuando el precio de la tonelada de estaño bajó hasta 385 dólares.

Sumado a esto, la política de los gobiernos de entonces era cobrar lo menos posible para la exportación; sólo el 5% se pagaba de impuestos al Estado a este respecto. La historia del saqueo es la propia historia de Bolivia.

En el giro del siglo XIX al XX, la oligarquía se había reorientado hacia la extracción de estaño; el cambio de la producción de la plata al estaño había traído nuevos sujetos sociales. Esta oligarquía naciente se fundará con tres personajes provenientes de diferentes sectores de la sociedad. Patiño, Hoschild y Aramayo serán llamados los “Barones del estaño”.

Al respecto Zavaleta Mercado dice lo siguiente: “Hoschild era típicamente el mundo viniendo no a Bolivia, sino al estaño. Es distinto recibir una fortuna, como Aramayo, que construirla. Pues bien, Patiño fue a la vez una expresión autóctona, porque todo lo aprendió aquí mismo y actual, o sea, originario (…) Patiño era como individuo un hombre de carácter burgués a plenitud. Algunas innovaciones técnicas a nivel mundial, como los motores Patiño, fueron inducidas por él y se las arregló para ‘trasnacionalizarse’ en un sentido que no es el habitual: es decir, de la periferia al centro” (Lo nacional-popular en Bolivia).

Estos tres hombres dirigirán los lineamientos económicos del país por décadas. Es importante entender estas particularidades de la economía boliviana porque de estos antecedentes nos llevará, en primera instancia, a lo que será la Guerra del Chaco y luego a la revolución del 52.

La oligarquía, llamada la “Rosca”, será la que dirija y comande a los militares de turno en el poder, pero con la flaqueza de que esa oligarquía sólo veía lucro a través de minerales y no le importaba en absoluto la vida del país. En parte fue esto lo que llevó a la revolución: el gran descontento que tenían los obreros y campesinos por sus condiciones de trabajo, y encima poner el cuerpo en guerras dirigidas por una oligarquía inútil en todo sentido. Esta oligarquía iría hacia un callejón sin salida cuando Bolivia entre en guerra con el Paraguay.

 

La Guerra del Chaco (o cuando el Estado organiza su propia derrota)

“No hay nada tan importante en la vida como determinar el punto preciso en que conviene ubicarse y mantenerse, para ubicar y apreciar las cosas a fin de no desorientarse y no contradecirse continuamente” (Karl Clausewitz, De la guerra.)

Es oportuna esta frase para comprender lo que hacía Bolivia entrando a la guerra con el Paraguay. La desubicación respecto de ese país y sus cambios son una expresión de lo errático de la oligarquía boliviana.

Ya a fines de julio de 1931, cuando se dan algunos enfrentamientos en la frontera, el gobierno de Salamanca decide desencadenar una guerra. La irrealidad y la falta de comprensión de las cosas le hacían creer que la guerra seria victoriosa, rápida y no traería consecuencias políticas. El ejército boliviano había sido entrenado por oficiales alemanes y las condiciones económicas eran algo superiores a las del Paraguay. La cuestión es que se entraría en contradicciones muy temprano.

El arbitraje hubiese podido ser una vía posible si no se hubiera tratado de países sometidos a una fuerte presión internacional y con una trayectoria de derrotas. Lo único que les quedaba era su honor…

Para tragedia, Bolivia tenía en Kundt un estratega militar alemán que decía que (para los sueños de la oligarquía que consistían en llegar hasta Asunción) se podría hacer la osadía con sólo 3.000 soldados.

Junto con Salamanca tenían la idea de una guerra barata y corta, una victoria a muy bajo precio. La superioridad tecnológica o política era elemento para ganar la guerra. Pero Paraguay demostrará que estaban totalmente equivocados: el territorio será determinante. Bolivia el precio de no tener población en los territorios que poseía.

Por otro lado, Paraguay no era cosa muy diferente: una sociedad totalmente arrasada por la Triple Alianza cincuenta años atrás. La diferencia es que quien comandó las fuerzas a confrontarse, el general Estigarribia, era muchísimo más racional en su poder, sabía lo que tenía y también conocía el territorio que se combatía.

Estos dos razonamientos entraran en conflicto: “Uno es el de Estigarribia, que sabía que Paraguay no podía vencer a Bolivia, pero también que podía resistir, en términos racionales, con éxito a Bolivia. El otro, Salamanca, que fantaseaba con una fácil victoria simbólica, victoria cartográfica que suponía nada menos que la conquista del Paraguay, o sea un fin posible contra un fin imposible, porque, como con Bolivia en el Pacífico, los chilenos lo advirtieron, era pensable vencer al Paraguay pero no incorporarlo. Plantearse fines imposibles en materia militar es, como está a la vista, convocar a la ruina (…) Los paraguayos estaban convencidos de que Bolivia se embarcaba en un conflicto en escala plena. Al inicio de la guerra, Paraguay movió a toda la población disponible en el país para vencer al enemigo y salvar a la República Paraguaya” (Zavaleta Mercado, Lo nacional-popular en Bolivia).

Es así como esa oligarquía dará su estocada que será el principio de su propia destrucción. Pero todavía quedaba cómo llevaría a cabo su suicidio. Y ahí es dónde entra la utilización de los elementos de esta guerra al hombre del Altiplano; trabajador que aprenderá, a fuerza de sed y hambre, las tácticas de la guerra para emplearlas en la revolución del 52. Pero esta vez será en contra del ejército que lo mandó a morir a los rincones del Chaco. Las contradicciones de clase serán tan visibles que a fin de la guerra la clase capitalista sólo podrá gobernar a través de militares.

Por otro lado, algunos historiadores indican que el conflicto se debe a intereses del petróleo que había en esta región, como justificando el inicio de la guerra. Tiempo después se comprobará que esto no era cierto. En primera instancia, porque en la región en conflicto había ínfimas cantidades de petróleo. Y, por otro lado, la empresa Standard Oil exportaba este producto vía un oleoducto clandestino a la Argentina (será argumento para nacionalizarla en 1937).

Pero veamos como esto se lleva a cabo en el Chaco: “A comienzos de octubre de 1932, cada país contaba con fuerzas de alrededor de 20.000 hombres. La diferencia vital estaba en su desplazamiento. En el teatro de operaciones, Bolivia tenía 5.500, con unos 2.000 que iban hacia allá, en tanto que Paraguay tenía ya 12.000 hombres” ( David Zook en The conduct of the Chaco war, en Zavaleta Mercado, cit.).

Esto determina los métodos. El tener territorios olvidados, sin conexiones con los grandes centros urbanos, será la muerte anticipada para Bolivia. En cambio, en el Paraguay la situación fue completamente distinta porque su territorio le era familiar.

Al respecto, “el indio andino era trasladado desde el Altiplano al Chaco como bestia y luego echado sin entrenamiento al combate. Rara vez fue utilizado en número suficiente en relación con un momento táctico dado. Aunque en el caso de la guerra Bolivia movilizó cerca de 250.000 hombres contra 140.000 paraguayos, sus fuerzas rara vez tuvieron superioridad numérica” (ídem).

Es en el extremo de circunstancias en que se encontraba Bolivia donde salen a relucir las contradicciones. Sigamos viendo en qué consistía el poder de Paraguay, que tenía mejores condiciones en comunicación y abastecimiento, elemento esencial para la guerra. Uno de los elementos que Estigarribia consideraba fundamental era el camión. Por otro lado, Salamanca dentro de su lógica de “guerra económica”, se niega a comprar 600 camiones en abril de 1932.

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Otro de los elementos que toma el Paraguay como esencial es el agua, el bien principal y, a la vez, el más escaso. Su suministro era estratégico, cosa que Bolivia no tiene en cuenta. La acumulación de estos elementos da pistas de por qué Bolivia terminó perdiendo la guerra.

Zavaleta explica el desprecio de las autoridades bolivianas por las vidas humanas y cómo Kundt reflejaba lo que pensaba la oligarquía en estos tiempos: “Se basaba en la subestimación del enemigo y el desprecio por las pérdidas humanas; en último termino, porque se trata de pérdidas de indios, es decir, de algo que se podía perder. Toda la guerra muestra esto: el anhelo consiente de cambiar vidas de indios por un fetiche particular, la grandeza concebida en términos territoriales” (cit.).

Por supuesto que esto trajo deserciones y hasta hubo amotinamientos que terminaron con la muerte de más de un oficial. También fue común el “emboscamiento”; era mejor ser prisionero que seguir peleando bajo los designios de una oligarquía a la que no le interesaba en lo más mínimo la vida de sus soldados.

No sólo se cometían errores esporádicos o casuales, sino que era una generación de errores que obviamente sufrían los hombres que estaban en el terreno. En verdad, no se trata de que los dirigentes políticos y militares de Bolivia cometieran errores, sino de que Bolivia era una “sociedad en estado de error”. (Zavaleta Mercado)

Por alguna razón en esta guerra se hizo todo o casi todo mal; es una deuda que no se ha resuelto hasta el día de hoy. Hubo múltiples actos de indisciplina en el ejército boliviano: “El sentimiento de insubordinación era inevitable, y en la noche del 16 de marzo huyó el Regimiento 30 de infantería, disparando sobre sus oficiales”, cita Zavaleta Mercado para describir la batalla de Nanawa, en la que tras 10 días, morirían 2.000 hombres bolivianos y sólo 248 del lado paraguayo.

Era la decadencia de la oligarquía, podrida en todos sus cimientos. Para culminar la osadía, el derrocamiento de Salamanca se efectiviza cuando éste pretendía cambiar a los oficiales que dirigían la guerra.

Después de este acontecimiento, la pérdida del Chaco era cuestión de tiempo. Todo lo que se podía hacer mal en esa guerra fratricida entre naciones atrasadas y sin ninguna justificación se había hecho.

Otra clase social, la pequeña burguesía salida de militares de bajo rango, entrará en escena disputándole privilegios a la oligarquía, que no perdió en lo inmediato el control, pero sí abrió en los hechos posibilidades no sólo para esta clase, sino para la clase obrera, que tomará partido haciendo sus primeras experiencias.

En definitiva, la Guerra del Chaco será el principal antecedente histórico para la revolución de 1952, además de dejar algunas enseñanzas clásicas para el arte de la guerra; incluso fue estudiada internacionalmente por algunos aspectos modernos de la contienda.

De los primeros gobiernos nacionalistas a la masacre en Catavi

En este período es donde las contradicciones se hacen cada vez más fuertes. La oligarquía había tomado la opción de que la conducción del país tendría que ser militar. Pero no todos estaban de acuerdo en seguir los lineamientos que venían comandando el país: el ejército se divide entre nacionalistas y conservadores.

La guerra había realzado los sentimientos nacionalistas. Es en esta época que la pequeña burguesía toma las primeras experiencias en las decisiones del país. Al lado de la descomposición del Estado oligárquico, germina un movimiento de recomposición política y social en torno de nuevos núcleos obreros y de una pequeña burguesía urbana que despertaba. Éste es el inicio del surgimiento de las nuevas organizaciones políticas nacionalistas y de izquierda (Everaldo de Olivera Andrade, La revolución boliviana. UNESP, 2007).

En la primera etapa, los presidentes Toro y Busch serán contrarios a las ideas de la oligarquía, expresando un período de cierta radicalización nacionalista. Toro, presionado por militares nacionalistas, tiene que nacionalizar la Standard Oil y crear el Ministerio de Trabajo. Por otro lado, Busch será un momento de “inhibición” o contradicción de estas tendencias; su muerte (que nunca se supo si por fue por suicidio o asesinato) es producto de que sus anhelos nacionalistas chocaron con una oligarquía que seguía comandando los hilos del poder.

Luego, las presidencias de Quintanilla y Peñaranda, más conservadoras, responderían a los intereses de la oligarquía, o sea, la gran minería y los terratenientes.

Pero no queremos extendernos demasiado en este período de cierta radicalización nacionalista inicial; sólo la nombramos para tener conocimiento de cómo se llega a la masacre de Catavi el 21 de diciembre del 1942, que es donde el proletariado minero ve la realidad en carne propia.

Y es allí también que el MNR se liga con el proletariado minero; teniendo una acumulación de cuadros, ese partido dará una batalla denunciando el hecho.

El carácter irreconciliable entre las clases es tan importante como la propia Guerra del Chaco. Peñaranda es el responsable de la represión, que le costará el cargo un año después a manos de otros militares, que le darán paso a Villarroel-Paz Estenssoro.

El gobierno de Villarroel

“Después del derrocamiento de Villarroel, es ya muy evidente que el proletariado es el corazón del movimiento democrático. Toda la resistencia al régimen oligárquico, que dura de 1946 a 1952, gira en torno a la clase obrera” (R. Zavaleta Mercado, Clases sociales y conocimiento).

El gobierno bonapartista de Villarroel (1943-1946) tendrá la difícil tarea de lidiar entre la oligarquía que no le perdía pisada y la clase obrera que surgía después de la masacre de Catavi. Villarroel venía de ser oficial en la guerra del Chaco. Había creando Radepa, un grupo de jóvenes oficiales que fueron prisioneros en el Paraguay; con ellos conformaría el gobierno de aquel entonces.

El grupo de militares nacionalistas sabía que debía tener alguna ligazón con los trabajadores o sus días estarían contados; es por esto que se realizan una serie de reformas que buscaban atraer a la clase obrera y el campesinado a sus filas. El gobierno adoptó una serie de medidas progresistas para aquel entonces, que van desde el establecimiento del fuero sindical y la abolición del pongueaje (forma de trabajo semifeudal) hasta la construcción de escuelas en los centros indígenas.

Por otro lado, en este gobierno se crea el sindicato más fuerte de toda Bolivia y uno de los más activos de América Latina, el que aglutinará a todos los trabajadores mineros. La fundación de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) en el Congreso Minero de Huanuni en 1944, será un acontecimiento sin precedentes y un triunfo para la clase obrera boliviana, que marcaría con su sello los acontecimientos del país hasta bien entrada la década de 1980.

Por supuesto que el MNR no hace esto sin tener respaldo. La federación será comandada desde el Ministerio de Trabajo; a pesar de ello, al final del gobierno de Villarroel se percibirían síntomas de independencia política. También se realiza el primer Congreso Indigenista en el país en mayo de 1945. Es reconocible el carácter bonapartista cuando Villarroel adopta como lema “no somos enemigos de los ricos, pero somos más amigos de los pobres”.

Por supuesto que estas medidas no resolvieron ningún problema de fondo. Los cambios radicales todavía no llegarían. Pero es un comienzo de experiencias que tuvo que transcurrir para que la clase obrera pudiera comprender su capacidad de lucha.

Más allá de las tibias medidas reformistas que tomó el gobierno para ligarse a los sectores populares, por otro lado ganaba enemigos de siempre como la oligarquía y sectores de la “izquierda”, específicamente el stalinismo, que veían en Villarroel una figura del “fascismo” (!).

Este último sector aglutinado, en el PIR, le hará el trabajo sucio a la oligarquía llevando a cabo una traición escandalosa; con esos presupuestos, no fue difícil convencer a algunos militares de cambiarse de bando. Es así como se da el golpe gorila de 1946, que termina con Villarroel colgado de un farol en la principal plaza del país después de sacarlo a empujones de la casa de gobierno (hay una versión de que ya estaba muerto cuando lo colgaron).

Como observa Zavaleta Mercado al respecto: “Ni la fracción radepista del ejército ni la oligarquía tienen la posibilidad de pronóstico de la situación revolucionaria que, sin embargo, se preparaba a la vista. Sabían, por ejemplo, esto es capital, que el nuevo personaje central era la clase obrera. Esto es importante: no era un conocimiento de la clase obrera por la vía del marxismo sino de la práctica política; es decir, la conocían no desde el punto obrero sino desde el punto de vista del proyecto burgués que contenían; como era un proyecto burgués mucho más avanzado que el prevaleciente en manos de la oligarquía, se daban cuenta de que o se daba un papel a los obreros o ellos se lo tomarían tarde o temprano” (Consideraciones generales sobre la historia de Bolivia 1932-1971). Ésta era la lógica del partido nacionalista: tender el puente entre los militares y la clase obrera. Sabían que sin esto, cualquier intento de poder sería efímero.

Uno de los problemas más trágicos de la revolución de 1952 fue que el POR vio esto en un principio, pero luego, en la propia revolución, cuando tenía que defender un curso independiente, terminó apoyando al partido nacionalista. Pero antes de avanzar a eso, queremos detenernos en el Congreso Minero de 1946, de donde saldrán las Tesis de Pulacayo.

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