Este miércoles 22 de abril, las fuerzas navales de la GRI (Guardia Revolucionaria Islámica) atacó tres embarcaciones que circulaban por el estrecho de Ormuz. Se trata del Epaminondas (con bandera de Liberia y operado por una empresa griega), el MSC Francesca (con bandera panameña y perteneciente a la mayor empresa de transporte de contenedores del mundo) y del Euphoria (también con bandera de Liberia). Medios estatales iraníes reportaron que dos de dichos buques fueron además interceptados y conducidos a la costa iraní. Según la versión del gobierno persa las embarcaciones habían violado las restricciones y manipulado los sistemas de navegación.
Se trata de la primera intercepción iraní directa sobre embarcaciones en el estrecho de Ormuz desde el inicio de la guerra de Trump y Netanyahu contra el país persa. Pero el incidente marcha en consonancia con el empantanamiento de las negociaciones diplomáticas entre Washington y Teherán. Tras una nueva extensión del cese al fuego anunciada por Trump días atrás, queda cada vez más claro que un acuerdo definitivo para terminar las turbulencias en Ormuz está lejos de concretarse.
Esto es así en primer lugar por la orientación «anti-estratégica» del trumpismo. Tras iniciar una agresión imperialista sobre Irán y amenazar con «hacer desaparecer a una civilización entera», Trump anunció un alto al fuego y dio paso a sucesivas rondas de negociaciones con Teherán, todas fracasadas. Cuando el gobierno iraní accedió a levantar el bloqueo del estrecho, Trump tomó la muy estúpida decisión de imponer su propio bloqueo al estrecho, bloqueando la actividad en los puertos iraníes. Menuda diplomacia trumpista.
No es ninguna novedad que para Trump la negociación es una herramienta más del matonazgo geopolítico. Atropellar, para luego negociar, es el modus operandi trumpista por excelencia, como lo demostró la guerra arancelaria iniciada con el Liberation Day poco más de un año atrás. Pero el accionar trumpista en Irán ya expresa el fracaso de un método. Por no decir que expone la falta absoluta de todo método y estrategia.
TACO Tuesday y la incoherencia estratética de Trump
Tras el abordaje de las GRI hacia las tres embarcaciones portacontenedores, Trump declaró que «Estados Unidos tiene control total sobre el estrecho de Ormuz». También, agregó que el régimen iraní «se consume en peleas internas» y que está «al borde del colapso financiero». En esta época de presión inflacionaria y circuitos comerciales interrumpidos, delirar sigue siendo gratis. Horas antes, el propio Pentágono alertó en un mensaje al Parlamento estadounidense que, incluso en el caso de alcanzar un acuerdo de paz definitivo, limpiar de minas el estrecho de Ormuz podría tomar como mínimo seis meses.
El último martes 21 de abril, Trump anunció una nueva prórroga del alto al fuego en Irán. Lo que equivale a admitir una vez más su impotencia para resolver una crisis que mantiene a la economía mundial en vilo y sume a la región en un caos absoluto. Algunos periodistas estadounidenses titularon la jornada jocosamente con el lema Taco Tuesday. La referencia es al nuevo acrónimo adjudicado a Trump: TACO (Trump Always Chickens Out o «Trump siempre se acobarda») en vez de MAGA.
El primer anuncio de alto al fuego por parte de Trump ya implicaba admitir una fuerte derrota política para el ultraderechista estadounidense. Trump comenzó la guerra contra Irán como quien pretende llevarse el mundo por delante. A las pocas horas de iniciar la agresión militar, dijo que «la guerra ya estaba ganada». Un mes después, la guerra estaba lejos de terminar y los «objetivos estratégicos» estadounidenses (sea el cambio de régimen, sea la toma del uranio enriquecido o lo que se quiera) todavía lejos de cumplirse. Amenazó con incursiones terrestres, luego con un genocidio («esta noche morirá toda una civilización, para no volver jamás», fueron sus palabras el 7 de abril) y, pocas horas después, detuvo los bombardeos.
Desde el comienzo del alto al fuego hasta el momento, todo fueron traspiés; desdichos y pequeños grandes fracasos para el trumpismo en Medio Oriente. Trump inició una guerra sin objetivos estratégicos claros. Ahora, encara sucesivas rondas de negociaciones que tampoco tienen objetivos claros. Pide la apertura del estrecho por parte de Irán, pero él mismo le impone un cierre comercial a los puertos iraníes. La táctica es irracional si lo que se pretende es llegar a un acuerdo: exige condiciones que el régimen iraní no tiene ningún incentivo para cumplir, sobre todo en la medida que Trump mismo las incumple. Al mismo tiempo, las exigencias trumpistas se basan en la pura amenaza, independientemente de las capacidades reales del ejército estadounidense para operar sobre la región. «Mientras que las fuerzas estadounidenses se han mostrado capaces de detener las embarcaciones provenientes de puertos iraníes, no han demostrado su capacidad para abrir el estrecho a embarcaciones provenientes de puertos aliados en los Estados del Golfo [pérsico]».
Tras la intercepción iraní de las embarcaciones, el precio del crudo se disparó en el índice Brent y volvió a superar los 100 dólares por barril.
Las consecuencias económicas globales se extienden hacia el futuro
La respuesta de Trump a las advertencias del Pentágono fueron en línea con su estilo habitual: pura amenaza. En un posteo de su red social Truth Social dijo que ordenaba a las fuerzas armadas yanquis «disparar a matar» a cualquier embarcación sospechosa de minar las aguas del estrecho de Ormuz. Cuando el reporte del Pentágono hace referencia justamente a minas que ya fueron colocadas.
Fatih Birol, el director de la Agencia Internacional de Energía, dijo hace poco que el mundo enfrenta ya «la mayor crisis energética de la historia». Esto independientemente de cuánto tarde en firmarse un alto al fuego definitivo o de las condiciones concretas de un eventual acuerdo entre Trump y el régimen iraní. En otras palabras: aún en el mejor de los casos, la crisis energética abierta por la interrupción del tráfico comercial en Ormuz ya supera todas las conocidas. Es mayor a la generada por la invasión rusa a Ucrania en 2022. En aquella ocasión, la perturbación del mercado energético bastó para disparar la inflación global. Hundió el poder adquisitivo en Europa y Estados Unidos. Esa carestía fue parte del desgaste político de más de un gobierno en el mundo.
El otro antecedente con el que se medía la crisis actual es el de la Crisis del Petróleo de 1973, también motorizado por conflictos bélicos en Medio Oriente. También, en ese caso el expansionismo sionista estaba en el centro del caos. Los efectos de la escasez energética desencadenaron una fuerte recesión, y es considerado como uno de los principales detonantes que pusieron fin a los Treinta Gloriosos de la posguerra.
No hace falta ser economista para imaginar lo que podría hacerle «la mayor crisis energética de la historia» a una economía global que no sobrepasa la línea de la mediocridad desde hace casi veinte años (cuando explotó la crisis del 2008). «La guerra con Irán no tiene precedentes y no hay perspectivas claras sobre el resultado final ni el calendario», dijo hace poco Jonathan Chapell, director de la financiera Evercore, que maneja unos 4 billones de dólares.
No se trata sólo de las minas plantadas en el estrecho de Ormuz. Desde el inicio de la guerra, los bombardeos cruzados destruyeron parte importante de la infraestructura petrolera en la región del Golfo. Países como Qatar y Arabia Saudita vieron inutilizadas importantes instalaciones, algunas entre las más importantes del mundo en envergadura y capacidad de producción. Y no solo las represalias de Irán afectan el tráfico energético. Los propios bombardeos de Trump y Netanyahu tomaron como objetivo instalaciones petroleras y gasíferas en Irán, que es también un gran productor de crudo. Estos daños requerirán largos meses de reparaciones, trastornando la oferta de crudo a largo plazo.
Hay que recordar, además, que la inflación de los precios de la energía se transmite de forma aumentada al resto de los precios de la economía, comenzando por el transporte. Por no mencionar que hay productos específicos (además del crudo y el gas) que tienen un pasaje privilegiado por Ormuz y que ya se dispararon en los mercados globales. Es el caso de los fertilizantes y de otros derivados del petróleo. El bloqueo trumpista sobre Ormuz agudiza la interrupción en el tráfico de estos productos.
Lo mismo sucede con la reimposición de las sanciones sobre el crudo iraní, que habían sido reducidas la semana pasada por Trump. En las últimas horas el ejército yanqui interceptó una embarcación supuestamente iraní en el Mar Índico. La resultante es la apertura de una dinámica de golpe y contragolpes tácticos (militar – económicos) en el marco de las negociaciones empantanadas.
El sionismo entre sueños de expansión y aislamiento internacional
Mientras Trump se hunde en el barro de la desorientación estratégica, el sionismo comandado por Netanyahu continúa la espiral de guerrerismo expansionista en la región. No sólo continúa la ocupación (maquillada de tregua) en el sur del Líbano, con una estrategia de limpieza étnica y voluntad de ocupación permanente. También profundiza sus intenciones de anexión del territorio de Cisjordania. Hace meses, Trump mismo había dicho que «no iba a permitir que Israel anexe Cisjordania». Hoy esas palabras son papel mojado, como muchas otras del ultraderechista.
Por otra parte, en las últimas horas, el ministro de Defensa del Estado sionista, Israel Katz, declaró abiertamente que «espera luz verde [de Trump] para reanudar la guerra contra Irán». Aclaró que «esta vez el ataque será distinto, y sumirá a Irán en la Edad de Piedra y en la oscuridad». Una nueva promesa de exterminio y violencia indiscriminada contra una población civil. Katz aclaró que, un eventual nuevo ataque, comenzaría destruyendo infraestructura civil, haciendo referencia evidentemente a la posibilidad de bombardear instalaciones energéticas claves para el funcionamiento de las concentraciones urbanas.
El gobierno de Netanyahu está aprovechando el caos regional para avanzar en sus intenciones de expansión bajo el ideario fascista del «Gran Israel». Recientemente varios analistas señalaron que la ocupación actual sobre el sur del Líbano (una franja de 10 kilómetros de ancho a lo largo de la borrosa frontera) le permitiría a Israel usufructuar explotaciones de gas natural en el Mar Mediterráneo que pertenecen por derecho a Líbano, tal como lo establecían los acuerdos de paz anteriores. Recordemos que Israel realizó al menos siete intervenciones militares sobre territorio libanés sólo desde 1979.
El raid genocida y colonialista de Israel está concretando su estatus de Estado paria a nivel internacional. No está de ninguna manera puesto en duda el apoyo estratégico de Trump y del establishment imperialista yanqui, que constituye su principal punto de apoyo internacional. Pero sucede que gran parte del establishment capitalista internacional, así como parte importante de la opinión pública (desde el periodismo a la academia, por no mencionar la diplomacia, la Iglesia y otras instituciones burguesas no estatales) son cada vez más reacios a apoyar el accionar del sionismo en la región.
La causa es bien concreta: el genocidio en Gaza y las incursiones bélicas del último tiempo desnudaron el carácter profundamente reaccionario y colonialista del Estado israelí ante los ojos de millones de personas en todo el planeta. Se trata de un proyecto de expansión colonial en Medio Oriente, que implica la limpieza étnica de millones de pobladores originarios (y su potencial exterminio físico, como demostró el genocidio en Gaza) con el único objetivo de satisfacer los anhelos expansionistas del sionismo y, de paso, enriquecer asquerosamente a una minúscula élite que, junto al conglomerado de monopolios y corporaciones capitalistas, lucran con la ocupación del territorio palestino (ver FROM ECONOMY OF OCCUPATION TO ECONOMY OF GENOCIDE, elaborado por Francisca Albanese en su calidad de relatora de la ONU).
Tal es así, que periodistas afines al sionismo con buenos modales (es decir, a favor de la ocupación colonial en el marco de los «dos Estados»), condenaron en estas semanas el accionar israelí en Líbano. Thomas Friedman, columnista del New York Times, publicó un artículo esta semana en el cual se lamenta de la «pérdida de rumbo» del gobierno israelí. «La estrategia de Netanyahu hacia el exterior se percibe como un intento de dejar el camino libre para una limpieza étnica en Cisjordania, lo que está erosionando el apoyo internacional a Israel» dice Friedman. Y agrega que «cada vez más estadounidenses […] ven al Israel de Netanyahu como un actor caprichoso y están perdiendo la paciencia».
El humor de la población estadounidense alrededor de la situación en Medio Oriente no es secundario. Sobre todo porque este año es electoral y Trump avanza hacia los comicios en su peor momento. Con una crisis abierta en Irán, que lleva a millones de personas a cuestionar su idoneidad e incluso su lucidez mental para seguir gobernando la principal potencia mundial.




