Artemis II: una nueva frontera para la humanidad

“Cómo se comportan las lágrimas en ausencia de la gravedad no está pensado para ser parte de la agenda investigativa de la tripulación, pero el mensaje que le transmitieron a la humanidad [de nombrar a un cráter lunar como “Carrol”, por la fallecida esposa del comandante de la misión Reid Wiseman, Carrol Taylor Wiseman] muestra claramente que ellos lo descubrieron” (The Economist, 9/04/26)

 

“Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más elevadas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado dentro de la propia sociedad antigua. Por eso, la humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, porque, mirando mejor, se encontrará siempre que estos objetivos solo surgen cuando ya se dan o, por lo menos, se están gestando, las condiciones materiales para su realización” (Karl Marx, “Prólogo” de la Contribución a la Crítica de la economía política, 1859)

La noticia más inspiradora a nivel internacional de las últimas semanas es sin dudas la misión Artemis II. Hay que diferenciar dos planos del análisis. Uno, y el más importante, es tomarlo desde el punto de vista de las potencialidades de la humanidad. La misión fue al lado oscuro de la Luna –recuerden a Pink Floyd, The dark side of de moon–, cosa que, en realidad, ya había ocurrido en cierto modo con Apolo 8 en 1968, en cuya misión uno de sus tripulantes, Anders, tomó espontáneamente la icónica foto “Earthrise” donde se ve la “salida” de la Tierra, en vez de la del Sol o la Luna como ocurre diariamente en nuestro globo.

La misión Apolo terminó en 1972 con la Apolo 17, porque se comía una parte desproporcionada del PBI estadounidense, y no había todavía mucha más tecnología que para tomar piedras lunares y volver. Ahora, 50 años después, sería realista creer que la humanidad, si no se autodestruye antes vía EEUU y China, pueda a mediano plazo establecer bases permanentes en la Luna sobre la base del agua acumulada, congelada en la parte no visible de nuestro satélite. La idea es que, a partir de esa radicación lunar permanente, se pueda en décadas posteriores “saltar” de ahí a Marte (además de extraer de ella minerales y otros recursos naturales).

Este acontecimiento, potencialmente y desde el punto de vista de la civilización humana, abre un nuevo horizonte para la humanidad. Raya Dunayevskaya, a comienzos de la década de 1960, publicó un artículo citando a Trotsky donde este negaba razones para el escepticismo en los tiempos aciagos del estalinismo (la medianoche del siglo XX como la calificó Víctor Serge, él sí, en cierto modo, un ser humano excepcional pero algo escéptico en ese momento): “No veo fundamento para el pesimismo. Hay que tomar la historia como es. La humanidad avanza como lo hacen algunos peregrinos: dos pasos adelante y uno atrás. Durante el movimiento hacia atrás todo parece perdido para los escépticos y pesimistas. Pero es un error de visión histórica. Nada está perdido. La humanidad se ha desarrollado del mono a la Komintern. Avanzará de la Komintern al verdadero socialismo (…)” (Trotsky citado por Raya Dunayevskaya en nota aparecida en Asahi Shumbun, “Subjetivismo y política”, 15/12/65). (¡Apreciemos cómo Trotsky habla de “verdadero socialismo” diferenciándolo del estalinismo en tiempo real! Trotsky fue un verdadero gigante.)

Como señalábamos en Engels antropólogo, que la humanidad haya sido capaz de elevarse desde los homo sapiens primigenios 200.000 años atrás hasta plantearse una humanidad potencialmente extra-terráquea es una expresión de auto-elevación universal descomunal: “El tema de la expansión de los homínidos y humanos a lo largo del globo en los tiempos prehistóricos es otra rama de la investigación que, dadas las condiciones rudimentarias de la existencia de nuestros antepasados, se nos presenta como una hazaña tan increíble como la conquista de las galaxias en las películas de ciencia ficción [Luego de la misión Apolo 50 años atrás, y de la misión Artemis ahora, no tan de «ciencia ficción»]: ¡un logro humano inconmensurable! Un trabajo de auto-elevación humana desde cero que parece desafiar todas las «leyes de la gravedad» [¡y todo objetivismo!], por así decirlo” (Engels antropólogo, izquierda web).

Esto caracteriza a la humanidad al lado de cualquier otra especie del reino animal: la capacidad de interacción consciente sujeto-objeto (humanidad-naturaleza). No hay determinismo mecánico posible ni mecanismo automático de “selección natural” que haya posibilitado esta auto-elevación, sino el papel del trabajo en el pasaje del mono al ser humano (Engels); el carácter de “tool-making animals” de los seres humanos (su carácter político y social). Una auto-elevación en condiciones materiales de necesidad (la naturaleza empuja y obliga, la primera necesidad es alimentarse), pero que, a su vez, tiene la reversión dialéctica del sujeto (seres humanos) sobre el objeto (la naturaleza): la capacidad del ser humano de imaginar en su cerebro la tarea necesaria a realizar (tal cual plantera Marx en El capital, donde también coloca a las máquinas –en este caso, Artemis II– como “órganos del cerebro humano producto de la mano humana”, superando en 20 años la definición genial de Engels en “El papel del trabajo en el pasaje del mono al hombre”).

Hay un umbral que se está comenzando a superar; que sale de la ciencia ficción. Un umbral que expresa –algo que señalaba también Engels– que la humanidad está marcada, genéricamente, por una doble tendencia dialéctica: una tendencia –rama– ascendente y otra descendente.

Acá cabe también una definición de Benjamin, definición dialéctica y reversible obviamente, que planteaba en medio del fascismo, en sus “Tesis del concepto de historia” (1940), que todo manifiesto de civilización es a la vez un manifiesto de barbarie. La dialéctica de progreso y regresión, por la obviedad de que todo desarrollo humano hasta nuestros días ha estado marcado por la sociedad de clases, por relaciones de explotación y opresión llamadas a ser abolidas en el comunismo.

Como expresa incluso The Economist, Artemis II, más allá de sus logros fácticos, es una expresión de esperanza en medio de un mundo capitalista en pleno caos y marcadas expresiones de barbarie. “En Navidad de 1968, un niño llamado Michael Collins junior le preguntó a su padre, que estaba al frente de los mandos de la Apolo 8, quién la estaba conduciendo. Collins padre, que además supervisaba las conversaciones con la nave, pasó la pregunta de su hijo a Bill Anders, un miembro de la tripulación. Entonces hubo una pausa. Luego Anders respondió: «Yo creo que Isaac Newton está realizando la mayoría de la conducción en estos momentos»” (The Economist, 9/04/26).

Y agrega TE: “Que la misión ha producido más en el terreno de la emoción que de la ciencia (…) no es una crítica (…) La experiencia de la tripulación es lo que ha pasado al frente. Incluso si sus expresiones de sobrecogimiento, humildad y conexión cósmica se han sentido un poco demasiado guionadas, han hecho posible no descubrimientos, sino un redescubrimiento: el recordatorio para los millones en la Tierra de que hechos como este pueden todavía movilizarlos e inspirarlos” (ídem, 9/04/26). (Aunque se ve a esta edición de la TE poco inspirada, con una cobertura demasiado rutinaria para la importancia del acontecimiento, de todos modos sus afirmaciones tienen elementos agudos.)

Luego, por supuesto, está la otra cara de las cosas. Los nuevos peligros que se ciernen sobre la humanidad producto de este sistema capitalista feroz y, en cierto modo, descontrolado. Thomas L. Friedman, en The New York Times, acaba de alertar sobre los nuevos desarrollos de la IA y la posibilidad materialmente cierta de que pueda escapar al control humano responsable. Otro manifiesto de barbarie en los últimos días fue Trump, declararando que iría a “arrasar con una civilización entera” en Irán, lo que creó el temor cierto de que, a pesar de ser Trump TACO (Trumps always chiken’s out) y de haber salido perdiendo en Irán, se lanzara al irresponsable paso de tirar una bomba atómica a dicho país... (el gobierno trumpista tuvo que hacer una desmentida oficial de esa posibilidad).

Utopía y distopía se dan la mano en este siglo XXI de una manera que jamás ocurrió antes. Y esto ocurre porque se combinan el máximo desarrollo de las fuerzas productivas con una etapa claramente regresiva del capitalismo (fuerzas productivas versus relaciones de producción, por decirlo en el estilo reduccionista del esquemático “Prólogo” a la Contribución a la Crítica de la economía política, Marx, 1859). Esto está vinculado a la utilización progresiva o regresiva de las fuerzas productivas conquistadas en el contexto de la degradación capitalista que estamos viviendo: “Se llega a una fase en la que surgen fuerzas productivas y medios de intercambio que, bajo las relaciones existentes, sólo pueden ser fuente de males, que no son ya tales fuerzas productivas sino más bien fuerzas destructivas (maquinaria y dinero) (…) que todas las anteriores revoluciones dejaban intacto el modo de actividad (…) al paso que la revolución comunista va dirigida contra el carácter anterior de actividad, elimina el trabajo y suprime la dominación de todas las clases, al acabar con las clases mismas (…)” (Marx, La ideología alemana, Nuestra América, 2010, 49). (Es interesante porque los editores dicen que existe una frase tachada en el original de Marx y Engels que decía “elimina el trabajo, una forma de actividad”, que nos recuerda nuestra reflexión sobre la dialéctica trabajo/actividad en el comunismo, pero este es otro tema.)

El contexto en el que existe Artemis II es el de un capitalismo ultra regresivo, voraz, de lucha geopolítica creciente al punto que se comienza a intuir la posibilidad de una tercera guerra mundial, de extrema precarización laboral, de dominio en el mundo del trabajo de los impersonales algoritmos, etc., es decir, el de una reversibilidad de fuerzas productivas en regresivas al tiempo que de potencialidades emancipatorias materiales crecientes.

Acá rige la dialéctica de la reversibilidad. En su momento, a Marx se lo acusaba de “prometeico” cuando daba cuenta en el Manifiesto comunista del carácter del capitalismo, que a diferencia de los modos de producción anteriores, genera un constante revolucionamiento del modo de producción –fuerzas productivas y relaciones sociales de producción– como producto de su lógica competitiva (competencia entre capitales por una productividad y una ganancia cada vez mayor; el proceso material de la producción, el proceso de trabajo, sometido al proceso de valorización del capital).[1]

Marx no era prometeico, aunque en sus iniciales textos sobre China, de 1851, cometiera algunos errores viendo solo el lado “civilizador” de la conquista del subcontinente por el Imperio Británico. Marx luego corrigió este tipo de apreciaciones, al tiempo que en ningún momento dejó de cuestionar las condiciones inhumanas mediante las cuales “la civilización británica sacaba a Asia de su atraso secular” –estamos parafraseando sin tener la cita a mano–.

La parte “chancha” del operativo Artemis es transformarlo en competencia geopolítica por el espacio (EEUU alunizaría en 2027/8 y China en 2030), una cosa tremenda: esta potencialidad de fuerzas productivas es potencialidad de fuerzas destructivas de manera simultánea.

Pero sería un error dejar todo avasallado por la parte capitalista del asunto; por lo demás, la tripulación es WOKE y no MAGA, y los y las astronautas le dieron cero bola a Trump cuando se “comunicó” con ellos (tan opacado quedó por sus desaguisados en Irán que difícilmente Trump haya podido capitalizar la misión).

Todo esto nos reenvía finalmente, y aunque parezca increíble, a los textos de Marx sobre maquinismo, a comenzar por el presciente “Fragmento sobre las máquinas” de los Grundrisse (1857/8) y los Manuscritos de 1861/3, donde anticipa en cierto modo la transformación del trabajo en actividad como producto del maquinismo (lo mismo hacía en La ideología alemana, 1846), ese increíble mix de naturaleza y cultura que es el “sistema de máquinas” propiamente dicho. En los mismos textos coloca como antecesor inmediato de las máquinas modernas al molino que muele el grano. La característica específica de la máquina no es el autómata, como podría creerse, aunque el autómata es una parte fundamental de ella, sino la máquina-herramienta que vence la resistencia del material, afirma Marx: “El maquinismo, en cualquiera de sus estadios, es una fusión entre naturaleza y cultura: leyes de la naturaleza «atrapadas» para la producción humana en el «sistema de máquinas». Es una rara síntesis entre naturaleza y cultura, un producto de la fusión orgánica entre ambas. Es la creación de algo donde anteriormente no había nada –salvo la materia prima natural–, como señalara el arqueólogo marxista Gordon Childe respecto de la industria de la alfarería: «Se ve cómo la industria y la existencia, que se ha hecho objetiva, de la industria [podríamos agregar la industria aeroespacial, así como cualquier otro desarrollo tecnológico de este siglo XXI], son el libro abierto de las fuerzas humanas esenciales (…)” (Marx citado por Dussel, Cuadernos tecnológicos-históricos de 1851, “Estudio preliminar de Enrique Dussel”, Universidad Autónoma de Puebla, México, 1984).


[1] Lo prometeico remite a la creencia de un progreso automático por el desarrollo de las fuerzas productivas o a la apreciación de las mismas sin consideración de la naturaleza, del metabolismo humano con ella. Los textos del propio Marx demuestran que no lo era más allá que capto la naturaleza dinámica intima del capitalismo -así como destructiva simultáneamente.

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