Apuntes sobre un país en crisis crónica

Todas las crisis de Argentina, aún en maduración, empiezan a alimentarse mutuamente.

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Argentina acumula una serie de elementos de crisis propia de una situación objetiva prerrevolucionaria (los elementos de potencial desborde y/o descontroles varios se disparan en varias direcciones) caracterizada por una situación inflacionaria que viene cobrando dimensión cada vez mayor y que comienza a poner en cuestión el funcionamiento regular de los distintos eslabones de la economía(aún de manera inicial pero con una dinámica que al momento parece imparable –el mayor elemento de desgobierno de la coyuntura-); con un impacto directo en la situación social, que tiene como víctimas a un amplio sector de trabajadores -que están entre la pulverización salarial y la caída a índices directamente de pobreza- y los sectores de desocupados cuyos planes se han derrumbado; y una fuerte crisis en las alturas, tanto a nivel de gobierno y de la figura presidencial en particular, como también crisis en la coalición gobernante. Entre el ajuste pactado del acuerdo con el FMI-que aún no comenzó del todo- y la situación actual, aflora una fractura en el gobierno entre un sector “opositor” a los términos actuales del acuerdo (las diferencias son reales, aunque por ahora no se avizora una ruptura abierta de la coalición oficialista), y Alberto Fernández como artífice del entendimiento.

Todos estos elementos de crisis, aún en maduración, empiezan a alimentarse mutuamente (volveremos a esto luego) en el marco de que el acuerdo con el FMI aún no ha comenzado a regir como realidad económica, lo cual pondrá las cosas en un nuevo nivel.

En este marco general, el elemento –fundamental, evidentemente- que aún no se ha desarrollado es el de la irrupción de la clase trabajadora más allá del importante acampe piquetero ocurrido días atrás (es decir: el movimiento de trabajadores desocupados no controlado por el oficialismo sí está irrumpiendo, lo que no es el caso de los trabajadores propiamente asalariados). De ingresar a la lucha mayores componentes de la clase trabajadora –de momento, contenidos por la burocracia sindical-, o de producirse un estallido social por la miseria,podría desestabilizar el muy inestable equilibrio político, algo que no ha ocurrido, repetimos, por el rol de la burocracia sindical como aparato de contención político-social-sindical, y del kirchnerismo con su influencia de masas, que juega de opositor a la vez que apuntala la gobernabilidad con su mera presencia (cabe insistir que están en contra de los términos del acuerdo con el Fondo, pero que no han roto la coalición oficial).

Esta contención aún no se ha roto y es uno de los motivos que evitan que la crisis pase a un plano más elevado, para lo cual se requeriría la irrupción masiva de los trabajadores.

Para obtener una pintura más precisa agreguemos que, a diferencia del 2001 donde la mayoría de la sociedad estaba corrida hacia la izquierda, hacia el progresismo, hoy la sociedad argentina podría hallarse al borde de unestallido social, pero con rasgos de polarización social y política, es decir, en una circunstancia menos homogénea con manifestaciones –en todo caso- a izquierda y derecha entre los planos político y social.

En todo caso, una suerte de mix entre las situaciones de 1989 y 2001 donde las tendencias, en definitiva, cristalizarán en la medida que se desencadenen desbordes o enfrentamientos mayores que todavía no están.

El país se encuentra en una situación de transición política que podría desembocar en una nueva crisis general; y las elecciones, elemento de contención y mediación clásica del régimen, están todavía demasiado lejos más allá de las posibilidades de eventuales maniobras como adelantamiento electoral u otros que no pueden descartarse.

Inflación y desgobierno

Como señalamos, el proceso inflacionario es dramático, el tercero del mundo. Una enseñanza de Alemania de la época de Weimar(años 1920) es que la inflación desbocada introduce cierta desesperación alrededor de qué hacer frente al aumento de precios, es decir, cuestiona los mecanismos tradicionales de arbitraje;pone en crisis los mecanismos tradicionales de mediación. Los arbitrajes tradicionales, las paritarias, los aumentos salariales,dan una estabilidad a la relación capital-trabajo. Cuando hay tanta inflación, ese arbitraje entra en crisis porque nada alcanza para nada, ningún porcentaje significa nada.

Eso no quiere decir que transforme a la clase obrera en revolucionaria… Sabemos que no es así. Pero los mecanismos tradicionales reformistas entran –tienden a entrar- en crisis por la presión inflacionaria y no hay mecanismo tradicional que resuelva el problema: no hay dinero que te alcance. Claro está que aquí juega un papel destacado la burocracia sindical, que cumple el rol de agente del arbitraje, el cual puede entrar en crisis en caso que haya desborde desde las bases (por ahora estamos lejos de eso).

Hay contrapesos a esta tendencia al cuestionamiento a los mecanismos de arbitraje-además del rol de la burocracia- como lo es la fragmentación de las condiciones laborales (además de la precarización laboral). Hay sectores de trabajadores que ganan más,una capa media que gana pésimo, pero se mantiene por encima de la pobreza, y un vasto sector de trabajadores precarizados lisa y llanamente pobres. Unir a la clase obrera es muy difícil porque por abajo hay muchísima heterogeneidad y por arriba la burocracia no te convoca a nada (la heterogeneidad de la condición obrera es una herencia de las últimas décadas de transformaciones estructurales que a la Argentina llegan mediatizadas, pero llegan).

Todos esto no relativiza la enorme cantidad de dificultades que hay.La parte política no está en la cabeza de las y los trabajadores por ahora. Pero la vida cotidiana sí está presente. Y cuando no se puede vivir, los mecanismos tradicionales que tiene el movimiento obrero para hacer frente a la inflación vía aumento salarial u otros, entran en crisis.

Sería un error reducir la inflación a un mero dato economicista, porque la inflación también es un elemento de desgobierno. La moneda nacional es una herramienta económico-política, no solo económica; es la moneda de curso legal(es del Estado). Un gobierno débil, “licuado”, es incapaz de darle estabilidad a la moneda, incapaz de poner parámetros económicos que sean aceptados-dicho en general- por el conjunto de las clases sociales. A su vez, si se carecen de reservas que sustenten la ubicación del país en el concierto de la economía mundial, se diluye la moneda frente a la referencia mundial que es el dólar, el Estado frente a otros Estados, y junto con este el gobierno frente a la sociedad. Todo esto en el marco de un mundo con altos índices de inflación, para lo cual la guerra en Ucrania está llevando los precios de los combustibles y alimentos a niveles altísimos.

Con esto queremos dar cuenta de los vasos comunicantes que existen entre la economía y la política sobre todo en un momento de inflación como la actual, y que refuerza el hecho que los elementos de crisis de orden económico, social y político se alimentan mutuamente, algo que parece reforzarse en la medida que los elementos de crisis presentes se siguen desarrollando.

La debilidad del gobierno

Un dato significativo es que el gobierno acordó con el FMI una línea de supervivencia, pero con una debilidad pasmosa. Macri duró dos años, después fueron dos años de agonía, crisis, la asistencia del Fondo, etc., con unas jornadas de diciembre (2017) muy importantes que son las que finalmente le cortaron cualquier aspiración reelectoral. Alberto, por el contrario, siquiera necesitó unas jornadas de diciembre…su debilidad es descomunal.

Salvo porque todavía no hay un ascenso de la lucha de clases – fuera del movimiento piquetero–, lo que hay son elementos clásicos de una situación prerrevolucionaria, como ya hemos señalado, lo cual está lejos de significar que haya desenlaces anticapitalistas ni mucho menos socialista en el marco de en un escenario polarizado, no homogéneo.

Insistimos en la gravedad de la crisis para dejar asentado que puede haber en el horizonte un mayor descontrol y que eso no paró por el acuerdo con el Fondo. En lo inmediato evitó el default, pero suma presiones porque obliga al gobierno a tomar medidas que requieren una fortaleza de las cuales el gobierno carece por completo (no tiene el apoyo de la oposición para eso, “ustedes son los que gobiernan” y los k se delimitan todo el tiempo del ajuste, al menos verbalmente).

De fondo, persiste un problema mayor que aqueja tanto al gobierno como a la oposición: ¿quién se postula a lograr una derrota en Argentina que ponga al país en los parámetros del neoliberalismo rampante del mundo?

Entonces, se repiten las mismas preguntas estratégicas sin solución a la vista.  Con Macri fue el primer intento y fracasó. Con Alberto el intento centrista está fracasando. Y con el kirchnerismo situado en una semi oposición institucional sin ningún ánimo de a tomar medidas nacionalistas burguesas, que sería la salida por “izquierda” burguesa, pero con medidas progresistas (un curso utópico e imposible que no llevaron adelante ni en el mejor momento del relato –lo cual no quiere decir, insistimos, que no existan contradicciones que deban ser explotadas, ya lo veremos-).

También está la presión política por los extremos, que es electoral, pero que tiene su peso político: en el caso de Milei y Espert (con poco o nada de peso orgánico por el momento). El proyecto fascista del Movimiento Antipiquetero Argentino, lanzado en el marco del enorme acampe de los movimientos sociales busca ampliar la simpatía en un sector de clase media reaccionaria que teme perder sus “privilegios” en el marco de la crisis económica en desarrollo. Un proyecto que por ahora no ha trascendido de las meras palabras, pero que no deja de ser un llamado de atención que no puede pasarse por alto, ya que ante el aumento de las tensiones sociales y de primar los elementos de polarización podría ser masa de maniobra fascista para el choque en las calles.

En otro plano de la disputa política por el sentimiento reaccionario, Larreta salió a plantear la quita de planes sociales para aquellos que cortan las calles. Un intento de disciplinamiento social por la vía de la amenazar con sacar el único sustento de miles y miles de desocupados que explota los prejuicios retrógrados en un plano institucional, sin sacar los pies del régimen y con tufillo proselitista.

La izquierda debe ser alternativa ante la crisis

Ante esta situación lo primero es que debemos impulsar toda lucha que surja desde abajo tanto entre los trabajadores, del movimiento estudiantil u otros sectores progresivos que lleven los reclamos a las calles. La precarización laboral fue el motor de una serie de luchas durante el 2021 y también este año -que han contado con la participación y acompañamiento de la Corriente Sindical 18 de Diciembre-, y que en la medida que la crisis continúa su desarrollo y se lleve adelante el plan del FMI, podría aumentar en cantidad y en calidad.

Tampoco es descartable que ante la presión inflacionaria haya desbordes en los sectores de trabajadores que hoy aún conservan algunas ventajas económicas y de condiciones laborales. Algo que hoy en día no está como situación concreta por el chaleco que significa la burocracia pero que no se puede descartar de antemano que ocurra en los meses por venir.

Junto con la apuesta a acompañar todo proceso que surge desde abajo, la izquierda tiene como desafío tomar y desplegar una política que fue impulsada exclusivamente por nuestro partido hasta el momento, que es la combinación entre el diálogo/denuncia/embrete hacia los sectores de la base K y su dirección. Una política elemental que parte de reconocer que la única forma de derrotar el acuerdo con el Fondo y superar la crisis a costa de los capitalistas, es traccionando a un sector de vanguardia de masas que hoy responde al kirchnerismo. No desplegar una política que intente explotar las divisiones del gobierno y de mellar en la crisis del sector kirchnerista y cruzarse de brazos a la espera del 2023 -una actitud que ya parece un rasgo de personalidad política del FITU-, es de un oportunismo electoralista peligroso.

Parte de ese electoralismo se ha plasmado en la convocatoria de ese frente electoral al Primero de Mayo, mes en el que además se concretará la primera supervisión del FMI al país, dividiendo al conjunto de fuerzas políticas que hemos dado una pelea común contra el acuerdo con el Fondo. La política divisionista del FITU es funcional al kirchnerismo en tanto muestra a una izquierda que lejos de apostar a ser alternativa se divide justo en el momento que más se requiere un Frente Único contra el Fondo y de acciones comunes.

Desde el Nuevo MAS seguiremos impulsando la pelea por un Frente Único contra el FMI y batallando contra las mezquindades que son expresión del peligro de la adaptación parlamentaria. Y en la apuesta a que la eventualidad de una irrupción desde abajo contra el ajuste encuentre a la izquierda roja en condiciones de plantarse como alternativa.

Como parte de esa apuesta, la Corriente Sindical 18 de Diciembre llama a todos los trabajadores y trabajadoras a sumarse al plenario por una coordinadora de las luchas, de los sindicatos antiburocráticos y las agrupaciones clasistas que desarrollaremos el 23 de abril. Mientras tanto, el ¡Ya Basta! viene dando una gran pelea en las elecciones de la UBA, UNLP como también UNLAM, UNR y que nos colocan como una alternativa juvenil de la izquierda roja a nivel nacional para las y los jóvenes que quieren pelear contra el capitalismo.

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