Apuntes sobre la situación en América Latina – Segunda parte: entre el malestar social y la polarización política

Cada día que transcurre, el capitalismo del siglo XXI se torna más hostil para los sectores explotados y oprimidos. Crisis económica, pandemia, migraciones masivas, catástrofe ecológica, pugnas inter-imperialistas, guerras y rebeliones; esas son las palabras más apropiadas para describir la dinámica del mundo en la actualidad.

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Favela, por Patrick Bornemann.

II PARTE. ELEMENTOS COYUNTURALES

  1. Entre el malestar social y la polarización política

Lo anterior, explica la creciente inestabilidad que impera en una región sometida a una serie de factores –internos y externos- que, al cabo de varios años, desgastaron los pilareseconómicos y políticos sobre los que se edificó su “modelo de desarrollo” neoliberal, tanto en el sentido económico como el político. América Latina enfrenta una crisis que, amén del deterioro de sus indicadores estadísticos, por el fondo expresa una ruptura de los consensos sociales que determinaron la política regional en las últimas décadas.

Durante los años ochenta y noventa imperó un ciclo político neoliberal, durante el cual la derecha tradicional fue hegemónica a partir de implementar el Consenso de Washington –el famoso “decálogo” del neoliberalismo estadounidense- y prometer un ascenso social a partir de la estimulación del libre mercado y la democracia liberal.Eso no sucedió y, por el contrario, durante esos años se incrementó la pobreza y miseria social, al grado que la regiónactualmente es la más desigual del planeta.

Por eso, en las últimas décadas crecieron los cuestionamientos al estatus quo derivado del consenso neoliberal. Primeramente,se expresó con la ola de rebeliones populares a inicios del siglo, de las cuales emergieron una serie de gobiernos “progresistas” –sociales liberales unos, nacionalistas burgueses otros- que, aunque aplicaron reformas y planes asistencialistas para redistribuir la riqueza y disminuir los niveles de desigualdad social, no implementaron medidas anticapitalistas ni revirtieron el carácter semi-colonial de sus países, por lo cual persistieron -aunque levemente atenuadas- las causas estructurales de la desigualdad.

Por ese motivo, los pequeños avances sociales alcanzadospor los gobiernos reformistas o nacionalistas burgueses, rápidamente fueron reabsorbidos por los efectos de las crisis económicas internacionales que se sucedieron desde el 2008 hasta la actualidad (como explicamos en la primera parte del artículo). Eso provocó el desgaste del ciclo progresista y, en consecuencia, facilitó el retorno de la derecha en la mayoría de gobiernos, aunque con rasgos reaccionarios más acentuados producto del malestar social acumulado y la instalación de un clima de polarización política.

Quizás el caso más emblemático sea el de Brasil, donde el ciclo de cuatro gobiernos consecutivos del PT terminó abruptamente con el impeachment que destituyó a DilmaRoussef en 2016, una medida reaccionaria que colocó en la presidencia a Michel Temer (entonces vicepresidente de Dilma), un político burgués tradicional que se enfocó en aprobar una serie de medidas de ajuste draconiano contra la clase trabajadora, algo insólito considerando que su “elección” fue decretada desde arriba por los partidos burgueses que querían enterrar al PT, es decir, no contó con ningún tipo de legitimidad desde los criterios de la democracia burguesa. Por eso, el impeachment dio paso una escalada autoritaria entre sectores de la burguesía y los militares, propiciando la emergencia del gobierno ultraderechista de Bolsonaro, que, además de reivindicar la dictadura militar que controló el país entre 1964-1985, insiste con sus amenazas golpistas y su cuestionamiento a las elecciones del próximo dos de octubre, todo como parte de su aspiración por refundar el país en un sentido reaccionario y autoritario.

Podemos contabilizar otros casos, como el de Ortega en Nicaragua que, ante las protestas masivas que exigían su salida del poder en 2018, mutó hacia una dictadura burguesa que mantiene una enorme cantidad de presos políticos, entre esos a la mayoría de candidatos y candidatas de oposición que eran sus rivales en las elecciones del año pasado. También es necesario mencionar el caso de El Salvador, donde el presidente NayibBukele acapara enormes cuotas de poder, debido a su control del Poder Ejecutivo y Legislativo, lo cual complementa con sus crecientes rasgos represivos y autoritarios, como las violaciones a los derechos humanos de los presos y la reciente militarización del país por varias semanas para “enfrentar” a las maras.  Por otra parte, emergen figuras de ultraderecha en otros países, como es el caso de José AntonioKast en Chile, hijo de un ex militar nazi y defensor de la dictadura de Pinochet, el cual ascendió meteóricamente en las últimas elecciones y disputó la segunda ronda contra Gabriel Boric; algo similar podemos indicar de Perú, donde Keiko Fujimori –heredera política del genocida clan familiar-perdió en el ballotage por un estrecho margen ante Pedro Castillo.

¿Cómo se explica ese giro a la derecha en la región a mediados de la década anterior? Por un lado, se enmarcó dentro de la situación internacional del momento, determinada por el ascenso de gobiernos reaccionarios en varios países imperialistas, particularmente de Donald Trump en los Estados Unidos y Boris Johnson en el Reino Unido. Asimismo, fue una consecuencia del desencanto con los gobiernos progresistas que no solucionaron los grandes problemas de los sectores trabajadores y explotados, lo cual fue capitalizado coyunturalmente por la derecha. Todo eso confluyó con la ruptura de los consensos sociales neoliberales y la crisis económica en curso, dando paso a una polarización política donde impera el repudio ante el status quoy crece un sentimiento anti-sistema. 

Lo anterior, tiene relación directa con el desencanto hacia la democracia burguesa en la región, cuyos índices de aprobación retroceden año con año. De acuerdo al Latinobarómetro, mientras en 1995 la satisfacción con la “democracia” era del 39%, en 2020 apenas fue del 25%; por otra parte, la insatisfacción pasó del 56% al 70% en el mismo período de tiempo. Algo similar aconteció con la confianza en las instituciones electorales, la cual retrocedió del 47% en 2006 al 31% en 2020. Sobre ese terreno se erigió la derecha reaccionaria en el último período, la cual supo aprovechar el momento destacando su perfil anti-sistémico.

Por otra parte, aunque en el contexto de polarización internacional la derecha es, por ahora, el polo más dinámico o visible, eso no significa que no haya expresiones desde abajo y por la izquierda, particularmente con lo que denominamos el retorno de las rebeliones populares. En el caso latinoamericano, la emergencia de Bolsonaro fue simultánea al estallido de nuevas rebeliones en el Cono Sur. Sin duda, el caso más significativo fue Chile en 2019, donde el estallido social se radicalizó, puso en jaque al gobierno de Sebastián Piñera y asumió como consigna de lucha la exigencia de una nueva Asamblea Constituyente, dejando claro el repudio generalizado contra el modelo de país neoliberal y autoritario legado por el pinochetismo. Esto último es de suma importancia, pues representó una traducción por la izquierda del sentimiento anti-sistema del momento, el cual se vinculó con la aspiración popular de refundar el país sobre nuevas bases sociales (el cual el gobierno de Boric está desmantelando en sus acuerdos con la derecha, sumando una nueva traición del reformismo latinoamericano como veremos más adelante).

Además, hubo otros casos de rebeliones regionales, como aconteció en Ecuador en 2019 contra el acuerdo con el FMI, las protestas masivas en Perú y, por supuesto, la rebelión colombiana en 2021 que puso en crisis al uribismo. Incluso, al momento de escribir este artículo se desarrolló una rebelión en Panamá y otra en Ecuador, ambas contra el aumento en el costo de la vida en el marco de la crisis inflacionaria internacional.

Es innegable el carácter progresivo de todas estas rebeliones populares y, además, cada vez tienden a ser más radicalizadas, reflejo de la polarización y desesperación derivada por la crisis económica. Sectores enormes de la juventud y del movimiento de masas están desarrollando sus experiencias de lucha, donde se enfrentan las “plazas” –escenario simbólico de las rebeliones- y contra los “Palacios” –espacios del poder burgués-. Por otra parte, no podemos dejar de señalar sus límites, particularmente un rasgo común de estos procesos: la desigualdad entre los métodos de lucha radicales con la debilidad del factor subjetivo. Con esto nos referimos al plano de las representaciones políticas dentro del movimiento de masas, porque en la lucha entre la plaza y los Palacios todavía falta madurar el factor político, es decir, la alternativa a construir ante el poder burgués. Debido a eso, las rebeliones populares son cooptadas institucionalmente, particularmente por la vía electoral -incluso en los casos más radicales como en Chile- y, en razón de eso, el reformismo todavía logra maniobrar para desmontar las rebeliones prometiendo cambios cuando sean electos como gobierno.[9]

Para romper con esa dinámica de rebelión/cooptación hay que avanzar hacia revoluciones que apunten a destruir el Estado burgués, para lo cual es indispensable la maduración del factor subjetivo y, claro está, la centralidad de la clase obrera en unidad con el resto de sectores explotados y oprimidos.

La llegada de los gobiernos social-liberales

Actualmente, en América Latina hay 12 gobiernos considerados de “izquierda” por la prensa burguesa, aunque en nuestro caso preferimos calificarlos de social-liberales (más adelante profundizaremos sobre esa definición).  Las economías bajo su control totalizan el 60% del PIBdel área y, en caso de que Lula triunfe en Brasil en las próximas elecciones, adicionarán a la principal economía del subcontinente que representa el 31,9% del PIB regional (2021). Estos datos parecieran confirmar que está en curso una nueva “marea rosa” -como se llamó al anterior ciclo de gobiernos progresistas-, el cual iría desde Tierra del Fuego hasta la mismísima frontera con los Estados Unidos.

Pero es necesario ir más allá de esos datos cuantitativos y analizar las complejidades de la situación actual, que, como indicamos previamente, está determinada por la creciente polarización y la crisis económica, dos factores que empujan hacia la inestabilidad y dificultan la estabilización de ciclos políticos. Por ese motivo, en la región son cada vez más recurrentes los “cortocircuitos electorales” que interrumpen la continuidad de los gobiernos de turno –ya sean de derecha o izquierda-, por lo cual el péndulo a nivel gubernamental oscila entre ambos polos.

Para explicarnos mejor, es útil analizar la incapacidad de la derecha de consolidarse en el poder tras suceder a los progresistas, en gran medida porque su agenda consistió en rechazar al “populismo” de izquierda y, acto seguido, aplicar nuevos ajustes neoliberales (de la mano del FMI y otros organismos imperialistas), es decir, profundizaron los ataques contra los sectores explotados y oprimidos.Por eso mismo, fueron gobiernos efímeros que, en muchos casos, resultaron golpeados de muerte por las movilizaciones populares que provocaron sus políticas reaccionarias: en Argentina el gobierno de Macri fue derrotado por las jornadas de diciembre de 2018 contra la reforma de las jubilaciones; Piñera y Duque perdieron su capital político al reprimir las rebeliones y terminaron sus mandatos por la contención/traición del reformismo de las protestas[10]; las fuerzas golpistas en Bolivia no consolidaron su régimen debido a la resistencia popular contra el gobierno racista y conservador de Jeanine Añez, la cual ahora está enla cárcel tras el retorno del MAS al poder en las elecciones de 2020; etc.

Todo lo anterior explica los triunfos recientes de la centro-izquierda, pues capitalizaron el voto protesta contra los gobiernos de turno. Por eso,caracterizamos que no se abrió un nuevo ciclo progresista o reformista, pues posiblemente los nuevos gobiernos “izquierdistas” no logren consolidarse ni garantizar su continuidad en el poder ante su incapacidad de adoptar medidas radicales –es decir, anticapitalistas- para afrontar la profunda crisis económica y social que azota a los países de la región. Es más, ni siquiera califican como reformistas si los comparamos con la experiencia de sus antecesores progresistas -como Chávez o Evo Morales-, una valoración que se constata al evaluar su accionar cuando llegan al poder.

El caso de Argentina es muy ilustrativo al respecto. Ante la grave crisis económica que atraviesa el país, el gobierno de Alberto Fernández optó por darle continuidad al acuerdo con el FMI con el resultado esperado, es decir, descargó el costo de la crisis sobre la clase trabajadora y los sectores populares, provocando el repudio de sectores que votaron por el Frente de Todos en rechazo de la gestión neoliberal del macrismo. El resultado de eso, es que Macrise perfila como el favorito para las próximas elecciones, además del fortalecimiento de la derecha extrema encarnada en personajes como Milei.

Otro caso es el de Gabriel Boric en Chile, cuya elección generó muchas expectativas de cambios que se extendieron hasta su toma de posesión en marzo anterior. Pero no tardó mucho tiempo para que el verdadero carácter de su gobierno quedará al desnudo, debido a su intento de combinar algunas reformas de bajísima intensidad y, al mismo tiempo, no romper con el modelo de capitalismo neoliberal heredado por la dictadura. Aunque otorgó un aumento salarial importante al inicio de su mandato, rápidamente fue devorado por la elevada inflación del 13,1% -la más alta en 28 años-, ante lo cual no tomó ninguna medida de emergencia para impedir la caída del poder adquisitivo de la población trabajadora, pues tendría que tocar los intereses de los empresarios imponiendo una escala salarial móvil según el costo de la vida. Peor aún, ante las protestas y exigencias del pueblo mapuche por recuperar sus tierras acaparadas por grandes empresas transnacionales y latifundistas, el gobierno de “izquierda” militarizó la Araucanía para preservar la “seguridad pública” -medida que aplicó su predecesor y que Boric criticó cuando era diputado de oposición-, demostrando en los hechos que no apoya la devolución de las tierras usurpadas a sus legítimos propietarios, para lo cual tendría que expropiar a un sector de la burguesía imperialista y chilena.

Debido a eso, el gobierno de Boric está cada vez más debilitado y su popularidad sufrió una caída estrepitosa, pues pasó del 56% de votos en la segunda ronda electoral en diciembre, a contar con un 38% de apoyo en la actualidad. Asimismo, todas las encuestas apuntan que el proyecto de nueva Constitución –bastante moderada con respecto a la radicalización y las demandas de la rebelión- no va ser aprobado en el próximo plebiscito de setiembre, lo cual podría redundar en una desmoralización de muchos sectores de la juventud y los sectores populares que protagonizaron las movilizaciones en 2019, además de acentuar la crisis del gobierno.

Visto lo anterior, surge la pregunta ¿por qué los nuevos progresismos no implementan reformas como sus antecesores y, por el contrario, aplican ajustes que no se quedan detrás de sus rivales neoliberales? La primera generación de gobiernos progresistas tuvo a su favor el boom de las comodities y, además, la situación económica internacional estaba dinamizada por el crecimiento estrepitoso de China y la estabilidad de los otros centros del capitalismo mundial. Eso les permitió hacer reformas para redistribuir la renta extractivista y, aunque tuvieron choques con el imperialismo y sectores de la burguesía local, lograron negociar con esos sectores y garantizar el lucro capitalista.

El escenario actual es muy diferente. Primeramente, porque hay recesión en los Estados Unidos y la Unión Europea, mientras que el crecimiento de Chinase desaceleró y, por ende, disminuyó su capacidad de tracción de la economía mundial. En segundo lugar, aunque las comidities aumentaron su valor a partir de la guerra en Ucrania, en esta ocasión los ingresos de la “renta extractvista” se contrarrestan con la abrupta espiral inflacionaria a nivel internacional, cuyo resultado es una depreciación acelerada de los salarios reales y, en consecuencia, del consumo entre las amplias mayorías trabajadoras y de los sectores populares.

En este contexto de crisis económica y polarización, los nuevos gobiernos progresistas no tienen margen para hacer reformas moderadas para redistribuir la riqueza y, al mismo tiempo, garantizar el enriquecimiento de la burguesía. Debido a eso, no tardan en ceder a las presiones del capital imperialista y local para aplicar los planes de ajuste, porque la otra alternativa sería apoyarse en la movilización social para avanzar hacia medidas radicales y anticapitalistas, tales como el no pago de la deuda, ruptura con el FMI, impuestos al gran capital y fortunas, reforma agraria radical contra los grandes terratenientes y latifundistas,entre otras.

Por ese motivo, los nuevos gobiernos de “izquierda” son social-liberales, es decir, realizan algunas reformas moderadas y planes asistencialistas, pero sin atentar contra las bases estructurales del capitalismo neoliberal, extractivista y semi-colonial latinoamericano.[11]En realidad, son una variante “izquierdista” del ajuste neoliberal, al cual no cuestionan por el fondo y, a lo sumo, buscan aminorar su impacto cambiando algunos puntos (aunque eso no sirva para nada, como demostró la renegociación de Fernández con el FMI para el caso argentino). Eso hace que su “luna de miel” con los movimientos sociales y electorado de izquierda sea muy corta, perdiendo rápidamente su popularidad y minando sus posibilidades para reelegirse –directamente o por medio de una figura de relevo- y consolidar un ciclo político.

Otro aspecto por analizar, es que los nuevos gobiernos social-liberales retrocedieron en su capacidad de pensarse como parte de un proyecto regional/internacional, cosa que sí hizo el progresismo por medio de las plataformas regionales que articularon Chávez y Lula, a partir de las cuales transformaron a Venezuela y Brasil en dos polos de atracción para la izquierda reformista.[12]Ahora, por el contrario, los nuevos gobiernos “izquierdistas” destacan por su estrechez de perspectivas, pues se atrincheran en las negociaciones internas con sectores de la burguesía y, además, no tienen un proyecto de transformación reformista que exportar.

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A modo de cierre, punteamos algunos elementos generales de reflexión y orientación política.

  1. En América Latina la crisis capitalista se combina con la herencia de saqueo y explotación imperialista, primero bajo su faceta colonial y, actualmente, semi-colonial. Debido a eso, los países del área son profundamente vulnerables y dependientesdel mercado mundial, al cual se articulan mayormente como proveedores de materias primas.
  2. La reprimarización de la economía latinoamericana se profundizó en las últimas décadas, con el consecuente desarrollo del extractivismo en función de las necesidades de las potencias imperialistas, particularmente de China. Eso, a su vez, está asociado a la creciente destrucción de la naturaleza a manos de las empresas trasnacionales y con el beneplácito de los gobiernos locales.
  3. Aunado a eso, décadas de aplicación de políticas neoliberales dieron como resultado un aumento de la desigualdad social, cuya expresión más aguda es la miseria y hambre que afecta a cientos de millones de seres humanos en la región. Una consecuencia de eso son las crecientes olas migratorias, las cuales son verdaderas caravanas de seres humanos en busca de condiciones mínimas para no morirse de hambre.
  4. En consecuencia, hay un malestar social acumulado y una ruptura de los consensos sociales sobre los cuales se estructuró la economía y política latinoamericana en las últimas décadas. Crece el cuestionamiento al status quo, tanto desde la izquierda con las rebeliones populares, pero también desde la derecha con el fortalecimiento de la extrema derecha. Tras esa polarización está latente una disputa por el carácter de la refundación de los países de América Latina, es decir, si se realiza sobre nuevas bases sociales anticapitalistas o, por el contrario, en clave reaccionaria y autoritaria.
  5. Los nuevos gobiernos social-liberales son incapaces de garantizar una salida ante la crisis económica y la polarización política en curso. Su reformismo es de bajísima intensidad, al grado que tiene por objetivo administrar o “renegociar” los planes de ajuste neoliberal e imperialistas con el FMI. Eso los condena al fracaso desde el inicio, pues no cuentan con margen de maniobra para negociar con la burguesía y conceder algunas reformas significativas a los sectores explotados. En razón de eso, caracterizamos queno hay un nuevo ciclo progresista en la región; es muy probable que persista la oscilación electoral entre la derecha y la centro-izquierda.
  6. Eso no impide que los partidos y figuras de centro-izquierda jueguen un rol de contención en medio del estallido de movilizaciones o rebeliones populares, como los demostraron las experiencias de Chile y Colombia. De ahí que sea fundamental la lucha política y teórica contra la izquierda reformista, a la vez que sostener iniciativa de unidad de acción con esos sectores cuando sea necesario.
  7. Por todo lo anterior, sigue vigente la tarea estratégica de construir organizaciones sociales y revolucionarias en la región, las cuales luchen por la independencia de clase y una salida anticapitalista a la crisis. En medio de la coyuntura actual, es muy posibles que en el futuro se desarrollen nuevas rebeliones populares en el área, para lo cual será importantísimo contar con la mayor acumulación política y constructiva, en aras de incidir en la orientación de las luchas. Esa tarea la asumimos desde la corriente Socialismo o Barbarie (SoB), cuyo esfuerzo es construir partidos y corrientes en diferentes países del área (además de nuestro desarrollo en Francia y el Estado Español).

Bibliografía

“América Latina en la era Trump”, Wolf Grabendorff, en https://nuso.org/articulo/america-latina-en-la-era-trump/ (Consultada el 01 de julio de 2022).

“América Latina: no todo lo que brilla es un «ciclo»”. En ……(Consultada el 17 de julio de 2022).

“Las caravanas de migrantes, las economías de tráfico humano y el trabajo excedente”, Simón Pedro Izcara Palacios**, http://www.scielo.org.mx/pdf/anda/v18n45/1870-0063-anda-18-45-21.pdf

“¿De dónde vienen y hacia dónde van los migrantes en América Latina?” ,Por Sol Amaya, 26 Octubre, 2021 en https://cnnespanol.cnn.com/2021/10/26/migrantes-america-latina-vienen-van-orix/

“Emergencia ecológica en América Latina. Urgente de encarar”, en https://www.celats.org/23-publicaciones/nueva-accion-critica-10/295-emergencia-ecologica-en-america-latina-urgente-de-encarar(Consultada el 28 de junio de 2022).

“Latinoamérica ante la crisis ecológica global”, en https://rebelion.org/latinoamerica-ante-la-crisis-ecologica-global/(Consultada el 28 de junio de 2022).

“América del Sur: una periferia convulsionada”, en …… (Consultada el 17 de julio de 2022).

“La nueva nueva izquierda”. En NUSO Nº 299 / JUNIO – JULIO 2022NUSO Nº 299 / JUNIO – JULIO 2022 (Consultada el 06 de agosto de 2022).

“The jet set andtherest”. The Economist, AUGUST 13TH–19TH 2022, p. 34-36.

«Os riscos da ascensão da esquerda na América Latina». En https://www.estadao.com.br/internacional/os-riscos-da-ascensao-da-esquerda-na-america-latina/ (Consultado el 18 de agosto de 2022).

«‘Os governos de esquerda na América Latina estão com as mãos atadas’». En https://www.estadao.com.br/internacional/os-governos-de-esquerda-na-america-latina-estao-com-as-maos-amarradas-diz-cientista-politico/(Consultada el 18 de agosto de 2022).

«Esquerda ‘pós-moderna’ enfrenta choque de realidade no Chile». En https://www.estadao.com.br/internacional/esquerda-pos-moderna-enfrenta-choque-de-realidade-no-chile/(Consultada el 18 de agosto de 2022).


[9]Para profundizar sobre nuestro abordaje de las rebeliones populares, sugerimos la lectura de nuestro ensayo Rebeliones populares y tareas estratégicas, particularmente de la primera parte teórica donde problematizamos los alcances y límites de esos procesos.

[10] A propósito de la rebelión chilena y el proceso constituyente remitimos a nuestro artículo Chile: entre la rebelión popular, la Convención “mutilada” y la polarización electoral y, en el caso de Colombia a ¿Qué pasa en Colombia?.

[11]Incluso, es posible definirlos como liberales-sociales, una inversión de los factores que denota la transformación del producto político. Eso es muy evidente en el proyecto que actualmente encarna Lula que, como parte de la construcción de un frente amplio contra Bolsonaro, giró a la derecha e incluyó políticos burgueses tradicionales en su fórmula, como su candidato a la vicepresidencia Geraldo Alckmim.

[12] Aunque con diferencias marcadas entre ambos. Chávez encarnó un proyecto nacionalista burgués, mientras que Lula fue un gobierno social-liberal con amplios planes asistencialistas.

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