Apuntes sobre la política y el partido en Gramsci y Lenin

La conceptualización del "Príncipe Moderno" como aporte al marxismo revolucionario y la especificidad de la filosofía política en la lucha por el socialismo.

“Croce se ha basado sobre su distinción de los momentos del espíritu y sobre la afirmación de un momento de la práctica, de un espíritu práctico, autónomo e independiente, aunque ligado circularmente a la realidad entera por la dialéctica de los distintos.” (Gramsci,1988:22)

Partiendo de la idea del partido político como motor de la revolución y organizador moral e intelectual de la clase obrera, profundizaremos en la relación entre las concepciones del mundo, la conciencia de clase y el papel de los llamados intelectuales orgánicos. Gramsci, como dirigente partidario que fue,[1] tuvo entre sus  preocupaciones centrales la compleja relación entre la conciencia de la clase obrera, la política y el partido revolucionario.

Hay que recuperar el filo revolucionario de Gramsci, que nada tiene que ver con las concepciones y deformaciones a la que llevaron las interpretaciones de corrientes del reformismo y el estalinismo.

La política como filosofía en estado práctico: el partido como intelectual colectivo

“Todos los hombres son filósofos, en tanto que la filosofía es una concepción del mundo” (Gramsci, 1988: 7)[2]

¿Si todos los hombres son filósofos, por qué entonces es tan importante la reflexión sobre los intelectuales y las concepciones del mundo que llevan adelante las clases sociales?

Para responder esta pregunta podemos apoyarnos en nuestros clásicos. Como escribían Marx y Engels en La ideología Alemana, “las ideas de la clase dominante, son en cada época, las ideas dominantes; es decir, la clase que es la fuerza material dominante de la sociedad es, al mismo tiempo, su fuerza espiritual dominante”.[3]

Dicho de otro modo, si todos los hombres y mujeres son efectivamente filósofos, ya que participan de concepciones del mundo, el peligro que se corre es que, las concepciones del mundo sean las de los enemigos de clase – y no las concepciones propias de nuestra clase-.

Este hacer filosófico es en parte el sentido común de cada época que guía nuestras acciones. En Gramsci hay una reflexión muy aguda de que en la acción (praxis) pueden modificarse estas concepciones del mundo que son impuestas por las clases dominantes.

Pero esto no es mecánico: no está dado solo en la acción sino que surge de una compleja relación dialéctica entre la acción y la intervención organizada de una voluntad colectiva (la forma más refinada del pensamiento). En determinado momento y como producto de una voluntad consciente, se transforma en partido: “«El moderno Príncipe […] no puede ser una persona real, un individuo concreto; sólo puede ser un organismo, un elemento de sociedad complejo en el cual comience a concretarse una voluntad colectiva reconocida y afirmada parcialmente en la acción. Este organismo está ya dado por el desarrollo histórico y es el partido político: la primera célula en la que se sintetizan los gérmenes de voluntad colectiva que tienden a convertirse en universales y totales.»Cuadernos de la cárcel, Cuaderno 13 (C13, §1)”.

Aquí es donde adquiere valor la idea del intelectual orgánico, ya que es necesario pensar, sistematizar, y darle coherencia y cohesión a las concepciones del mundo que son practicadas por las clases subalternas. Es decir, la existencia del intelectual orgánico tiene fundamento en tanto es una herramienta para darle forma a la voluntad colectiva: el partido, como formación especial de la clase, para la toma de conciencia política.

Como diría Lenin en el célebre libro “¿Qué Hacer?”, la clase obrera puede elaborar exclusivamente por su propia fuerza una conciencia tradeunionista/sindicalista. Pero el pasaje de lo económico/reivindicativo a lo político -al problema del Estado, la dominación de las clases enemigas, la adquisición de la conciencia “socialista”[4]– tiene que ser traído “desde fuera”.[5] Aquí es donde entra el partido de la clase actuando como un elemento específico, como “destacamento especial de la clase obrera”, en un doble sentido: desde adentro y desde afuera. “Desde adentro” porque es parte de la clase obrera; y “desde afuera” porque recoge los elementos más profundos de las vivencias de la clase y de la cultura en general, y desde ahí elabora teoría, programa y práctica. Para las tareas históricas de la clase obrera, hace falta, según Gramsci, la relación con el intelectual orgánico, que sistematiza la práctica y la teoría en Partido, el Principe Moderno.

Como venimos diciendo, los individuos de la clase trabajadora participan de ciertas concepciones del mundo, y por lo general, este siglo XXI está marcado por una evidente falta de alternativa al ultracapitalismo existente. Sin embargo, como dice Gramsci, en su “práctica” (en la producción, en el sufrimiento de la explotación, en las vivencias cotidianas) las concepciones del mundo son las que están ligadas a la clase. Es por esto que para el pasaje de la práctica proletaria a la teoría proletaria hace falta una formación especial que pueda darle forma, teorizar y ejecutar teórica y prácticamente las vivencias y el programa de la clase obrera: condensar la práctica en teoría.

Este ida y vuelta entre los intelectuales y la vivencia de la clase trabajadora es un claro antídoto contra el marxismo de biblioteca, pero también contra el empirismo vulgar. Lo que se intenta dar cuenta aquí, apoyandonos en Gramsci, es la idea de que el partido no es solamente una herramienta para la toma del poder sino que es el “intelectual colectivo” de nuestra clase: el que intenta conectar la experiencia proletaria con la tarea histórica de la clase, la revolución y la transición al socialismo, el acto revolucionario más consciente de la historia de la humanidad.

Por esto hay una relación entre el programa político, las tareas políticas y la clase que lo lleve adelante. En la composición del sujeto, la clase obrera como caudillo de la sociedad, con su vanguardia, su retaguardia; y el partido como motor de la vanguardia que arrastra a las masas al acto revolucionario y la transición a la sociedad sin clases.

El partido como intelectual colectivo cobra un rol preponderante para la pelea por las concepciones del mundo y para lograr una clase obrera cada vez más consciente de su rol histórico.

Desde este lugar nos parece determinante rescatar a Gramsci: por sus aportes en el terreno de lo político y de la problemática de la conciencia revolucionaria (tan pendiente hoy para la pelea por el socialismo en el siglo XXI).  Este rescate también sirve para pensar la experiencia del siglo pasado en clave antideterminista y antimecanicista, dando a la conciencia el lugar que merece en el acto revolucionario.

La concepción sobre la filosofía política en el autor italiano tiene que ver, en algún punto, con cómo pensar, sistematizar y organizar eso mismo: la visión del mundo que los sujetos sociales conllevan, que viene o deviene de una tradición específica.

Lenin, sobre todo en su ¿Qué Hacer?, inclina la vara para pensar la política y el partido revolucionario como organizador de los intereses históricos de la clase: un destacamento especial que agrupa a la vanguardia de la clase obrera y representa los intereses de la revolución socialista. En este sentido, la conciencia revolucionaria se diferencia de la conciencia sindicalista en que ésta es parte de la ideología dominante -aunque los revolucionarios, como planteaba Lenin, no somos sectarios con estas luchas-: lo que no se pone en cuestión es la sociedad dividida en clases en la que una oprime a la otra.

Volviendo a Gramsci, la filosofía política se crea o re-crea en la acción: la unidad entre la teoría y la práctica -que configura la filosofía de la praxis- vuelve al partido el espacio donde se unifican ambos elementos. Al mismo tiempo, es el partido el que “produce coherencia interna” en la clase obrera, ya que la realidad, según el autor, es caótica.
Lo novedoso/innovador es que para Gramsci la filosofía de la praxis comienza con dar cuenta de las contradicciones de este mundo caótico. Sí la filosofía en su estado “teórico” (por llamarlo de alguna manera) se entrecruza con las contradicciones prácticas que están en la sociedad civil. Desde este punto de vista, Gramsci se preocupa por la contradicción entre el actuar de la clase trabajadora y el pensar de la misma, como hablamos anteriormente, para el autor, la clase tendría una conciencia dividida en dos: “El hombre activo de masa trabaja prácticamente, pero no tiene una clara conciencia teórica de su trabajar, que sin embargo es un conocimiento del mundo en cuanto transforma el mundo. Su conciencia teórica puede estar incluso en contradicción con su trabajar. Se puede decir que él tiene dos conciencias teóricas (o una conciencia contradictoria): una implícita en su trabajar y que verdaderamente lo une a todos sus colaboradores en la transformación práctica de la realidad; y otra superficialmente explícita o verbal, que ha heredado del pasado y ha acogido sin crítica.” — Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, Cuaderno 11 (C11, §12)

La síntesis para “la reconexión” de la experiencia con la teoría, se da en el marxismo a través de la lucha de clases y el partido político, el Príncipe moderno. En este sentido es donde la experiencia cobra relevancia: no hay aprendizaje revolucionario sin pasar por la prueba de la experiencia. Es por eso que  el partido acompaña a la clase y pone a prueba su política con la realidad de la clase obrera. Al mismo tiempo, el partido es el organizador intelectual de la clase obrera, no como “partido educador”, sino como relación en el que ambos se necesitan.

Pero no puede existir un partido que aspire a dirigir la lucha contra el capitalismo si no  fusiona la teoría y la práctica (la praxis), en el quehacer cotidiano de la lucha de clases. Por ende, el rescate de Gramsci para esta tarea es fundamental para reflexionar sobre nuestra acción.

El partido en Gramsci como motor revolucionario

Gramsci es considerado como uno de los  filósofos políticos más importantes del marxismo. No tanto por la táctica y estrategia política cotidiana (de la cual también se preocupaba), sino y sobre todo, por su reflexión sobre la esfera de la política como un área específica de pensamiento e intervención. En este marco, el Príncipe Moderno es uno de los grandes aportes para el marxismo revolucionario.

La reflexión sobre el Príncipe Moderno tiene que ver no solo con la construcción partidaria en el sentido organizativo -y su reflexión leninista-, sino también con el partido político como dirección y coherencia hacia la voluntad colectiva: la formación de organización para la conquista del poder político y para la transición al socialismo. En otras palabras, el Príncipe Moderno no es solo una herramienta para la toma del poder, sino también para la construcción y puesta en pie de una nueva sociedad, como organizador moral e intelectual de la clase obrera.

El Príncipe Moderno

“Entre el ensayo El Príncipe moderno, de Gramsci, y Su moral y la nuestra, de Trotsky, existen vasos comunicantes relativos al abordaje de El Príncipe, de Maquiavelo, como un texto de ciencia política en el sentido de las condiciones o leyes objetivas que rigen la política en las sociedades de clase[6]

Fue un lugar común del estalinismo y el marxismo vulgar abordar los procesos políticos y sociales solamente desde el punto de vista económico. Es decir, evaluarlos casi exclusivamente como reflejos de la estructura económica. De este esquematismo/determinismo se aferró la academia y el posmodernismo antimarxista para sentenciar que todo el marxismo es esquemático y determinista.

Se han utilizado las categorías gramscianas para denostar al marxismo revolucionario,  también para justificar orientaciones de conciliación de clases y seguidismo al nacionalismo burgués, eliminando de su argumentación todo su filo revolucionario.

Estos apuntes son un intento de analizar críticamente los aportes de Gramsci y su tradición como revolucionario, dirigente partidario, pero también como el “filósofo político” del marxismo por excelencia, en el sentido de intentar entender: la “ciencia política en el sentido de las condiciones o leyes objetivas que rigen la política en las sociedades de clase”, como argumenta Sáenz.

Este debate entre conciencia, política y organización es un tema central para el marxismo revolucionario. En este marco, Roberto Sáenz en su obra “El Marxismo y la transición socialista” caracteriza que en la obra de la revolución “el partido revolucionario debe ganarse los favores de la clase obrera y arrastrar tras de sí grandes sectores de masas” (Sáenz, 2024:543). Esto nos lleva a afirmar con Gramsci, que para la tarea de la revolución y la transición al socialismo “lo político” debe estar en todo momento en el puesto de mando. Y ya que las decisiones se rigen por evaluaciones políticas, es central reflexionar sobre la esfera de la política como especificidad: consideramos que la especificidad de la política y su estudio -la filosofía política- está muy ligada al problema de la conciencia. Por ende si la política tiene que ver con representaciones del mundo, y la misma se expresa en una lucha de partidos políticos (revolucionarios o no), lo que se devela en dichas luchas de concepciones del mundo. Es por eso que la filosofía política merece un estudio específico, y desde ese lugar es que abordamos a Gramsci.

Gramsci es uno de los escuderos del marxismo para el estudio de “lo político”, entendiendo este como la esencia del conflicto existencial que define a una comunidad mediante la distinción “amigo-enemigo” (Carl Schmitt). Desde el marxismo subordinamos esta distinción a la lucha entre las clases, pero también es una lucha de tendencias políticas revolucionarias, que expresa un conflicto sobre ciertas visiones del mundo. “De ahí que deban existir el partido y las tendencias revolucionarias a tales efectos el partido apoyado en el conjunto de las condiciones objetivas y subjetivas creadas por la revolución. Es necesario un partido que a los acontecimientos objetivos que se están procesando en las condiciones de la revolución les agregue un plus, que termina inclinando la balanza: que crea poder (Trotsky). Esto es, que en las circunstancias históricas dadas actúa como el factor creativo, fusionando los elementos objetivos y subjetivos como historia en acto” (Gramsci, en Sáenz, 2024: 546).

Siguiendo con este debate, sobre la relación entre la estructura económica, la sociedad y el Estado (política), es interesante la apreciación materialista que hace Gramsci en su apartado: Análisis de las situaciones. Correlaciones de Fuerza. Este análisis nos sirve para dar cuenta de la conformación de las clases sociales a partir de la estructura económica, que sin embargo el marxista italiano incorpora estos “tipos ideales weberianos” de la relación entre las representaciones del mundo a partir de la estructura, dicho de otra manera, de la relación entre lo objetivo y lo subjetivo para la acción.

En este sentido Gramsci caracteriza para el análisis de las situaciones que es importante distinguir los movimientos que son orgánicos de los movimientos que son de coyuntura.[7] Esto nos lleva a la idea de que en Gramsci no hay una separación mecánica entre la estructura y la superestructura, sino que hay una relación dialéctica entre ambas.  Es decir, entre la política y la economía hay una interrelación en la cual ambas se moldean; en palabras de Roberto Sáenz “al marxismo vulgar se le escapan las relaciones de ida y vuelta entre economía y política, el hecho de que la economía moldea al Estado tanto como este re-actúa sobre la economía”(Saenz, 2024:512).

En este marco, como una no puede pensarse sin la otra, es clave dar cuenta de que en los movimientos tanto orgánicos como de coyuntura intervienen las formaciones político-sociales, tanto de las clases burguesas para mantener su dominación, como también de las clases subalternas y/o partidos políticos revolucionarios.

Gramsci distingue diferentes grados de correlaciones de fuerza. Un primer momento es el de la composición misma de las clases sociales en la sociedad histórica en la que actúan, el de su peso económico objetivo heredado del pasado. En palabras del autor: “ligada a la estructura, objetiva, independiente de la voluntad de los hombres” (Gramsci, pág; 414).

Hay un segundo momento económico-corporativo y luego político. Primero, sectores de una clase social se reconocen en su sector específico dentro de la clase social fundamental, por ejemplo, el metalúrgico con el metalúrgico, el repartidor de APP con su homónimo y así sucesivamente. Luego, la clase social se empieza a reconocer como tal en el cual se plantea la unidad y la solidaridad, de todo el grupo/clase social, primero económicamente y luego reconoce tener intereses políticos propios. Aquí se empieza a plantear el problema del Estado, aunque en los márgenes de la igualdad político/jurídica con las clases dominantes, es decir, se reivindica el derecho a participar en la legislación, y la administración, e incluso el derecho a reformarla. Comienza en los marcos legales existentes para luego desbordarlos. Esta es la fase política por excelencia, es el momento en el cual se supera el corporativismo y se llega a una idea universal, de la cual como distingue Gramsci  “las ideologías que han germinado anteriormente, se convierten en partido”(Gramsci,pág;415), determinando una unidad entre la economía y la política, la unidad intelectual y moral (del grupo), el momento en el que el Estado en este caso, se concibe: “como un organismo propio del grupo, destinado a crear las condiciones favorables para la máxima expansión de dicho grupo” (Gramsci,pág;415).[8]  Luego, viene el momento del deborde de la legalidad establecida, y la correlación de fuerzas planteada es el de las armas.

Estos “momentos” son de suma importancia para el análisis de las coyunturas, ya que moldean a las clases sociales y su intervención, de todos modos estos análisis no son un fin en sí mismo, sino que adquieren toda su envergadura y significado si “sirven para justificar una actividad práctica, una iniciativa de voluntad” (Gramsci, pág.152). Dicho de otra forma, hay momentos en los cuales las crisis económicas, los desastres ecológicos, las guerras, generan inestabilidad o desequilibrios, y las clases dominantes son impotentes para dar respuesta a las demandas de la clase obrera y los sectores aliados.

Esas circunstancias son las que pueden parir situaciones revolucionarias. Sin embargo, si en estas crisis no hay un partido revolucionario que pueda dar respuesta política organizada, es muy difícil pasar de la mera crisis a la revolución. Esto es una contratendencia de lo que pregonan las corrientes facilistas, objetivistas, y catastrofistas, que ven en todas las catástrofes, revoluciones.

De todos modos llevar las crisis revolucionarias a una revolución propiamente dicha, implica al partido revolucionario como parte de la ecuación, donde el factor “subjetivo” tiene un papel predominante: “El elemento decisivo de toda situación es la fuerza permanentemente organizada y dispuesta desde hace tiempo que se puede hacer avanzar cuando se considera que una situación es favorable (y solo es favorable en la medida que esta fuerza exista y esté llena de ardor combativo); por esto la tarea esencial es la de procurar sistemática y pacientemente formar, desarrollar, hacer cada vez más homogénea, más compacta y más consciente de sí misma esta fuerza” (Gramsci, pág;152). Para ser más simples, Gramsci da cuenta de que sin la existencia de un partido político organizado, que se construye antes de la revolución  y que dirige las revoluciones, y que pueda dar unidad a la concepción política de la clase obrera para su empresa revolucionaria, es imposible que se llegue a la toma del poder y a la transición socialista. Es decir, sin concepción del mundo propia, no se puede crear una nueva sociedad a imagen y semejanza de nuestra clase, y para esto es fundamental “El Príncipe Moderno” para dar cierta coherencia a las concepciones propias del mundo, es decir sistematizarlas y transformarlas en programa y por ende en partido para la transformación revolucionaria de la sociedad.

Bibliografia


[1] Ver al respecto: https://izquierdaweb.com/gramsci-como-dirigente-partidario,  Federico Dertaube

[2] (1988). El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce. Buenos Aires, Editorial Nueva Visión.

[3] Capítulo 1; en (Marx-Engels-Gesamtausgabe) – https://www.marxists.org/espanol/m-e/1846/ideoalemana/feuerbach/1.htm

[4] En los textos de Lenin la conciencia socialista era la conciencia socialdemócrata.

[5] Lenin está hablando, que hace falta que esta sea traída desde afuera de la relación obrero-patrón, que termina siendo siempre, una relación sindicalista, meramente por problemas económicos, en esta instancia, no se plantea las tareas universales e históricas de nuestra clase, hace falta algo más, el partido político revolucionario.”Es decir, la definición de Lenin, en realidad, a lo que apuntaba, es a que la adquisición de la conciencia socialista debía provenir no desde afuera de la clase obrera como totalidad compleja (lo que incluye al partido), sino desde afuera de la mera lucha económica reivindicativa, lo que es algo muy distinto” Ver Sáenz, R., Lenin en el siglo XXI, Izquierda Web.

[6] https://izquierdaweb.com/los-fines-y-los-medios-o-las-leyes-de-toda-politica/- Roberto Sáenz

[7] Análisis de las situaciones. Correlaciones de Fuerza. EL Principe Moderno

[8] Existe para el autor un tercer momento de las correlaciones de fuerza, que tiene que ver con el orden específico de lo militar, para el cual, el segundo momento tiene que estar maduro, en todo caso no nos vamos a detener acá en esta cuestión.

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