“El principio nacional es inevitable en la historia de la sociedad burguesa, y, teniendo presente la existencia de esta sociedad, el marxista reconoce por entero la legitimidad histórica de los movimientos nacionales. Más, para que este reconocimiento no se transforme en una apología del nacionalismo, es preciso que se limite rigurosa y exclusivamente a lo que hay de progresivo en tales movimientos a fin de que no contribuya a ofuscar la conciencia del proletariado con la ideología burguesa (…) De ahí, la obligación indiscutible para todo marxista de defender la democracia más resuelta y más consecuente en todos los aspectos del problema nacional. Esta es una tarea negativa en lo fundamental. El proletariado no puede apoyar el nacionalismo más allá de ese límite, pues más allá empieza la actividad “positiva” de la burguesía en su empeño por consolidar el nacionalismo. Una obligación indiscutible del proletariado como fuerza democrática es poner fin a toda opresión feudal (colonial o imperialista y)* a toda opresión de las naciones y a todo privilegio para una de las naciones o para uno de los idiomas; en ello están los intereses indiscutibles de la lucha de clase del proletariado, lucha ensombrecida y entorpecida por las discordias nacionales. Pero apoyar el nacionalismo burgués más allá de estas fronteras, firmemente delimitadas y encuadradas en un determinado marco histórico, significa traicionar al proletariado y pasarse al lado de la burguesía. Aquí hay un límite, a menudo muy sutil, del que se olvidan por completo los social nacionalistas (…)”
(Notas críticas sobre el problema nacional, 1913, Lenin)
Nuestro siglo trae consigo el planteo de grandes preguntas, nuevas y viejas. Preguntas estratégicas que no estaban presentes en la vida cotidiana de las generaciones que habitamos el mundo dominado por el capitalismo neoliberal, y que reaparecen bajo la fuerza y la violencia de los hechos internacionales que marcan el inicio de una transición sin resultado final.[1] Un cruce entre el recomienzo de la experiencia histórica de los explotados y oprimidos bajo el capitalismo[2] y el ingreso a una nueva etapa donde el orden mundial conquistado tras la Segunda Guerra Mundial y la caída del muro de Berlín, es puesto en cuestión desde la extrema derecha con Trump como punta de lanza, y desafía a las potencias imperialistas a un nuevo reparto del mundo y el reordenamiento geopolítico.
Reaparecen, entonces, las características territorialistas clásicas de los imperialismos como la ocupación y la guerra como medio para la apropiación de porciones de tierras y recursos y el impulso de una nueva etapa de “acumulación originaria” (Marx) o “por desposesión” (Harvey); la delimitación de áreas de influencia como la “reactivación” de la doctrina Monroe bajo el gobierno de Trump[3], y del redoblamiento de las condiciones de coloniaje sobre los países atrasados por parte de Estados Unidos, China, los principales países de la UE y Rusia[4]. Pero a su vez, sobre la base del desarrollo de las potencias destructivas (y potencialmente liberadoras bajo control de los explotados y oprimidos) de las nuevas tecnologías como la IA, que hablan del trasvasamiento de las fronteras de la experiencia humana en su relación consigo mismo y con la naturaleza.
En definitiva, asistimos a un reinicio de la experiencia histórica de la humanidad bajo un capitalismo que trasvasa en algunas áreas las fronteras de lo conocido, en el tránsito hacia una nueva etapa de “Crisis, guerras, barbarie y revoluciones”[5]. Este escenario reintroduce viejos y nuevos problemas bajo formas renovadas: crisis ecológicas, los nuevos umbrales tecnológicos y sus usos, el derecho a la identidad, la defensa de las libertades democráticas, los derechos de las personas migrantes, el ser trabajador bajo el capitalismo del siglo XXI y, fundamentalmente el balance y las perspectivas revolucionarias para superar la experiencia estalinista de Estado burocráticos sin transición al socialismo.[6]
Dicho en términos políticos presenciamos una disputa permanente sobre el sentido, el significado, la representación de los hechos y las soluciones a los problemas estratégicos, en la que intentan imponer su mirada la extrema derecha, el centro político, el reformismo, y todos los sectores capitalistas en sus distintas variantes internacionales y nacionales, además la izquierda revolucionaria. Una guerra de interpretaciones que se vuelven rápidamente discusiones de masas en la que el anticapitalismo debe intervenir aportando claridad y disputando un sentido socialista de los grandes asuntos que conmueven al mundo, como punto de partida para la intervención en la lucha de clases.
El reciente mundial de fútbol se destacó por concentrar la mirada de sectores de masas no sólo en el evento deportivo (cuestión que no es nueva), sino en aspectos políticos y sociales condensados por su realización en EE.UU bajo el gobierno de Donald Trump. Su agenda marcada por el ataque en el “frente interno” hacia la población inmigrante de Estados Unidos; las amenazas de ocupación y guerra arancelaria a distintos países; la invasión y posterior golpe de Estado en Venezuela para la apropiación de recursos petroleros en acuerdo/imposición con el régimen actual; la colaboración directa en el genocidio en Gaza junto con Israel; y la guerra en Irán, aún en desarrollo aunque con costos altísimos para Estados Unidos entre otros. Todos estos elementos, y otros presentes en el panorama internacional, han cobrado protagonismo politizando al evento deportivo “más mercantilizado y capitalista del que se tenga memoria”.
Entre otros puntos, se destacó el debate sobre el carácter imperialista de potencias como Inglaterra y Francia, el carácter colonialista de países como España (reavivado por la reciente ola migratoria marroquí de Ceuta, territorio conquistado por Portugal en el siglo XV y cedido a España en el siglo XVI que ejerce ocupación hasta la actualidad), y el rol de naciones políticamente independientes -carácter evidentemente mancillado por el gobierno de sumisión colonial de Milei- pero económicamente semicoloniales como la Argentina.
En esta nota intentaremos aportar algunos elementos claves para la comprensión y la disputa ideológico-política desde una perspectiva socialista revolucionaria sobre los derechos nacionales, el antiimperialismo, y el anticapitalismo.
Las tareas irresueltas de la revolución burguesa
La complejidad de los asuntos referidos a los temas ‘nacionales’ de los países semi-coloniales o coloniales (la finalización de la ocupación total o parcial como el caso de Malvinas; el derecho al libre desarrollo político y/o económico; el no avasallamiento de las fronteras; el derecho al uso propio de los recursos soberanos) se debe a que son reivindicaciones democráticas, progresivas, “transversales” y, en cierto modo, “policlasistas”, es decir que involucran a todas las clases sociales que viven en un mismo territorio bajo el dominio de Estados capitalistas. En ese sentido, comparten características con muchas luchas y reivindicaciones democráticas que abarcan sectores de clases más allá de la clase trabajadora, como por el ejemplo, la lucha por el derecho al aborto; el derecho a la identidad de las personas, y aquellas exigencias que refieren a la opresión (y no sólo a la explotación).
Los derechos nacionales son de orden democrático burgués y hacen al desarrollo del capitalismo sobre la base de fronteras determinadas, bajo las cuales la burguesía local ejerce su explotación y en el caso de los países-semi coloniales lo hacen en grados relativos de alianza con sectores del imperialismo.
Históricamente, la burguesía desarrolló inicialmente un papel revolucionario derrocando al poder monárquico, clerical y oscurantista. Superó el atraso feudal y conquistó un sistema capitalista mundial mediante el desarrollo de las fuerzas productivas, la conquista y acumulación originaria, y la explotación del trabajo por la vía económica. Sin embargo, en la medida que la clase trabajadora se desarrolla en volumen y conciencia respecto de sus propios intereses de clases, el ímpetu revolucionario cede lugar al carácter reaccionario de la jóven clase capitalista. Las revoluciones de 1848 impulsadas por las burguesías europeas contra las monarquías gobernantes dejaron una lección histórica: aquel sujeto revolucionario encarnado por los capitalistas, cuyas transformaciones revolucionarias fueron ampliamente elogiadas por Marx y Engels en relación al atraso y el oscurantismo feudal, había perdido la capacidad de llevar adelante las tareas democrático burguesas propias de su revolución por el surgimiento y consolidación de la clase trabajadora[7].
A partir del 1848, cuando la burguesía emprendía sus tareas revolucionarias democráticas —como la unificación de las fronteras para la constitución del Estado burgués, la independencia nacional, el reconocimiento de las nacionalidades frente a las monarquías opresoras, la instauración de un regímenes democráticos, el fin del latifundio feudal y reparto de la tierra— se rompe el frente único con la clase trabajadora. Una clase que adquiere conciencia de sí y de sus intereses inmediatos (aún no históricos), y que había acompañado a la burguesía en su tarea revolucionaria contra el feudalismo y el clero hasta 1848, pero que no se conforma simplemente con conquistar las reivindicaciones democráticas para la burguesía y exige participación en sus beneficios.
Ante este hecho históricamente novedoso, las burguesías prefieren pactar con las monarquías y el oscurantismo y prevenir la amenaza proletaria. Dicho evento marca el fin del carácter revolucionario de la burguesía y la aparición de un nuevo sujeto revolucionario: la clase obrera. Sólo ella puede completar las tareas democrático burguesas irresueltas por el carácter contrarrevolucionario de dicha clase. Pero en la medida que encara la resolución de esos problemas de la cual es víctima junto a otros sectores oprimidos y fracciones de clase –a los cuales debe acaudillar y dirigir si pretende triunfar en su revolución–, no limita su revolución al carácter meramente democrático burgués y avanza hacia la resolución de sus propios problemas, es decir, poner fin a la explotación y a todo tipo de opresión. Una revolución socialista cuyo agente histórico es el sector más explotado y oprimido, que toma en sus manos las tareas de liberar a la humanidad de la opresión y la explotación histórica a la que está sometida. Su revolución es permanente, no se detiene en las tareas meramente democráticas irresueltas por la burguesía, sino que avanza hacia tareas socialistas que sólo pueden triunfar en una revolución de escala internacional, trasvasando las propias fronteras.[8]
Señala Milciades Peña en su estudio sobre la estructura social argentina que “la realización de las fundamentales tareas democráticas y nacionales (vale decir burguesas) de los países atrasados es inconcebible sin la movilización revolucionaria del proletariado. Pero esto es lo que más teme en el mundo la burguesía nacional (…) Desde el punto de vista de su posición ante la misión histórica revolucionaria de la Nación: expulsar al imperialismo, liquidar el problema agrario, unificar el continente, la ubicación de las burguesías latinoamericanas, la argentina tanto como cualquiera de las restantes, es contrarrevolucionaria [inconsecuente sería una definición más correcta y, por lo tanto, incapaz de realizar la tarea hasta el final]. No pueden ni quieren realizar esas tareas y se oponen a su solución. (…) De ahí que todos los roces entre la burguesía y el imperialismo, tienen un carácter ficticio [de vuelta, no son ficticios, pero en esos choque siempre cede la burguesía nacional que, por otra parte, en este siglo XXI ya no existe más], porque no se proponen liquidar al imperialismo, sino llegar a un acuerdo más provechoso con él y son, en esencia, la lucha del competidor más débil.”[9] Y agrega en otro texto: “Siendo grande la unidad de intereses económicos entre el capital imperialista y la burguesía en nacimiento su unidad de intereses es aún mayor. Para la burguesía argentina la metrópolis no son solo socios mayores, sino también ángeles tutelares de la propiedad privada capitalista”[10].
Esto no quiere decir que, en determinadas condiciones históricas no existan tensiones y disputas más álgidas entre las naciones oprimidas y sus “socios mayores” imperialistas, pero sí establece un límite respecto de la resolución hasta el final de los problemas nacionales, para los cuales la movilización revolucionaria de las y los trabajadores se transforman en una amenaza para el orden capitalista de los países semicoloniales.
Aún con esta aclaración, sorprende la falta de delimitación de la izquierda local frente al surgimiento de reivindicaciones nacionales genuinas como el reclamo sobre las Malvinas pero sin conectarlos en modo alguno con la perspectiva anticapitalista, que sería la única forma de resolverlos de manera consecuente.
El siglo XXI está viendo la emergencia de movimientos de independencia nacional progresivos, como la lucha del pueblo palestino. O el caso de Irán, a pesar de su régimen ultra regresivo. Es decir, hay que intervenir en la lucha nacional de manera independiente, anticapitalista, y no sin delimitación alguna, como pasándose sin armas ni bagajes a los símbolos nacionales.
En casos como Argentina, donde los temas vinculados a cuestiones nacionales aparecen aumentados por el mundial de fútbol, sobre la base de un mundo en combustión que le da base material a tales debates, el debate nacional es legítimo pero tiene que ser delimitado del debate nacionalista, que no es lo mismo. De ahí que la agitación de la bandera argentina o del himno argentino por parte de la izquierda mete confusión porque son elementos de unidad nacional de los cuales la única manera de delimitarse es vinculando la reivindicación antiimperialista al anticapitalismo.
Puntos de partida para el abordaje de la cuestión nacional
La cuestión nacional refiere al derecho de las naciones a no ser oprimidas política, económica y/o territorialmente por países imperialistas. Como tal, el abordaje desde la cuestión nacional establece una división geopolítica del mapa entre países opresores y países oprimidos, e incluso hecha luz respecto de nacionalidades oprimidas al interior de los Estados nacionales. Así, en el caso de los países sometidos dibuja un mapa geopolítico anti-imperialista, por lo que el elemento de dominio y explotación de clase ejercida por los capitalistas al interior de cada Estado queda borrado en un frente único sin limitaciones: todos bajo una bandera común contra el imperialismo opresor.
La absoluta mayoría de la izquierda argentina ha caído en esta trampa policlasista que pone en el mismo lado de la vereda a la clase trabajadora, los sectores oprimidos y la burguesía nacional junto a personajes incluso de extrema derecha nacionalista como Victoria Villaruel o Alejandro Biondini. Y no nos referimos simplemente a posteos o declaraciones de redes sociales, sino al impacto sobre las acciones políticas como la que llevaremos adelante el próximo 6 de agosto contra la Ley de Tierras y el proyecto de Inviolabilidad de la propiedad privada impulsada por el gobierno pro imperialista de Milei, respecto de lo cual la izquierda revolucionaria debe intervenir y disputar la conciencia de franjas de vanguardia y de masas.
Entonces, ¿cómo deben abordar las nuevas generaciones anticapitalistas, surgidas en todo el globo y en los países oprimidos por el imperialismo, las cuestiones nacionales? Desde una mirada que vincule necesariamente antiimperialismo y anticapitalismo. Es decir, los anticapitalistas socialistas abordamos el tema nacional sin ningún sectarismo, pero, al mismo tiempo, sin perder las delimitaciones de clases, sin ocultar el hecho constante y sonante que al interior de nuestros países las burguesías locales en alianza con los imperialismos, explotan a las y los trabajadores, expolian los recursos naturales y las tierras, y oprimen a vastos sectores de la sociedad.
Es legítimo intentar “robarle” la bandera antiimperialista al peronismo, por ejemplo, que es un “antiimperialismo” de cartón pintado, pero esto no puede hacerse sin establecer las elementales delimitaciones de clase; es decir, abandonando la perspectiva anticapitalista.
El antiimperialismo no anticapitalista —enfermedad oportunista de la izquierda argentina— infunde en las nuevas generaciones que se suman a la lucha falsas expectativas sobre la capacidad de las burguesías locales para concretar las tareas democráticas nacionales pendientes, desarmándolas así en el plano estratégico. En palabras de Trotsky: “en muchos países latinoamericanos, la ascendente burguesía nacional, buscando mayor participación en el botín y esforzándose por aumentar la medida de su independencia -es decir por conquistar la posición dominante en la explotación de su propio país- trata de utilizar las rivalidades y conflictos imperialistas extranjeros con ese fin. Pero su debilidad general y su retrasada aparición les impide alcanzar un nivel más alto de desarrollo que el de servir a un amo imperialista contra otro. No pueden lanzar una lucha seria contra toda dominación imperialista y por una auténtica independencia nacional, por temor a desencadenar un movimiento de masas de los trabajadores del país, que a su vez amenazaría su propia existencia.” (Trotsky, “La política de Roosevelt en América Latina”, 1938, en Escritos Latinoamericanos).
Al respecto el marxista peruano Mariategui, en debate con el APRA, hace alusión al debate sobre antiimperialismo señalando con claridad el confusionismo estratégico de quienes intentan asimilar el antiimperialismo a ser de izquierda en sentido revolucionario: “«Somos de izquierda o socialistas porque somos antiimperialistas». El antiimperialismo resulta así elevado a la categoría de un programa, de una actitud política, de un movimiento que se basta a sí mismo y que conduce, espontáneamente, no sabemos en virtud de qué proceso, al socialismo, a la revolución social. Este concepto lleva a una desorbitada superestimación del movimiento anti-imperialista, a la exageración del mito de la lucha por la «segunda independencia», al romanticismo de que estamos viviendo ya las jornadas de una nueva, emancipación.”[11]
Estas advertencias hechas por Mariategui en la década del 20 cobran vigencia frente a corrientes como el PTS que afirma a través de su principal referente política: “Ni olvido ni perdón para Margaret Thatcher, ni para ninguna de las acciones coloniales que están vigentes en el mundo, ni para los indignos cómplices locales. La izquierda será antimperialista, o seguramente, no será.”[12]
Efectivamente: la izquierda debe tomar las banderas antiimperialistas en sus manos, pero esto tiene que ser de manera consecuente. Y hacerlo de manera consecuente es vinculando el antiimperialismo con el anticapitalismo y no como lo señala Bregman de manera confusionista o electoralista. Mezclar las banderas con el peronismo -inconsecuentemente nacional; pasado ya al bando del imperialismo aunque no deje de tener contradicciones- es una apuesta político-electoral que desdibuja completamente las fronteras de clase y se suma a una algarabía nacional que puede mezclarse fácilmente con nacionalista.
Al respecto, el marxista peruano insistía en que: “ Sin prescindir del empleo de ningún elemento de agitación anti-imperialista, ni de ningún medio de movilización de los sectores sociales que eventualmente pueden concurrir a esta lucha, nuestra misión es explicar y demostrar a las masas que sólo la revolución socialista opondrá al avance del imperialismo una valla definitiva y verdadera (…) En conclusión, somos anti-imperialistas porque somos marxistas, porque somos revolucionarios, porque oponemos al capitalismo el socialismo como sistema antagónico, llamado a sucederlo, porque en la lucha contra los imperialismos extranjeros cumplimos nuestros deberes de solidaridad con las masas revolucionarias de Europa.”[13]
Así, la igualación del PTS y otros sectores de la izquierda argentina sobre que “ser de izquierda” es ser “antiimperialista” no sólo es inconsecuentemente antiimperialista sino que puede terminar transformándose en una apología del nacionalismo a secas que ensombrezca y entorpezca la lucha de las y los trabajadores, es decir, el abordaje de las propias tareas antiimperialistas desde un punto de vista de clase, anticapitalista y socialista.
Y esto porque desconoce los peligros contra los que advirtió Lenin en dos sentidos. Por un lado porque, a diferencia de las causas nacionales que son legítimas para la lucha anticapitalista y socialista, el nacionalismo, como tal, es de unidad nacional, tiene el peligro de someter a la clase trabajadora al dominio político de la burguesía. Y junto con esto, porque en sus excesos, reafirma las fronteras nacionales a contramano del internacionalismo de clase necesario para superar al capitalismo (ver al respecto el ultimo DNU de Milei subiéndose a la “causa nacional”).
La “izquierda” pro imperialista
Nuestra política es socialista, precisamente, porque nuestro antiimperialismo, anticapitalismo y nuestro clasismo no invisibilizan el hecho de que en el concierto internacional existen potencias imperialistas y naciones semicoloniales o coloniales. A diferencia de los “economistas imperialistas” del siglo XXI —que niegan la dominación, explotación y expoliación sobre la base del argumento simplista de que “todos los países son capitalistas”—, nuestra posición no elude la cuestión nacional. En esta trampa caen tanto los reformistas como Yanis Varoufakis (exministro de finanzas de Grecia del gobierno entregador de Tsipras) o Bhaskar Sunkara (fundador de Jacobin y expresidente del DSA estadounidense), como la propia izquierda marxista europeísta, que infecta a la clase trabajadora de sus países con su chovinismo nacional-imperialista.
La distinción entre países imperialistas y dependientes o semicoloniales hace a la complejidad del asunto nacional. Evidentemente no es lo mismo la reafirmación nacional (nacional imperialista) de un país imperialista que exige su derecho a pisarle la cabeza a países semicoloniales o coloniales —reafirmación nacional imperialista que como tal es retrógrada y reaccionaria—, que la reafirmación nacional de aquellos países que reivindican su derecho a la independencia política y al desarrollo sin explotación ni expoliación por parte del imperialismo o sus instituciones, como el FMI.
En ese sentido, Lenin demostró una gran sensibilidad por los asuntos democráticos irresueltos por las revoluciones burguesas reafirmadas bajo la etapa imperialista del capitalismo, e impulsó el derecho a la autodeterminación de las naciones como una de las primeras medidas de la Revolución Rusa de octubre de 1917. Tanto los textos de Lenin como las medidas del gobierno bolchevique fueron impulsadas con la conciencia del rol opresor que jugó Rusia respecto de otras nacionalidades (Ucrania, Polonia, Lituania, etc) bajo el imperio de los zares. Su internacionalismo no era abstracto, por el contrario fue consciente del carácter opresor que ha jugado la Rusia bajo el imperio zarista, y por tanto, sólo podía ser reparado (aún siendo el derecho nacional uno policlasista) con medidas de autonomía. Es decir, reconocía el rol opresor de Rusia sobre otros pueblos y puso en marcha políticas remediales contra esa opresión histórica, cuidando particularmente de no suponer resuelta esa opresión histórica por el hecho de la toma del poder por la clase obrera rusa y su revolución socialista. Cuidaba particularmente el aspecto socialista de la revolución, cuyo estandarte universal es la lucha por el fin de la opresión, y no sólo el fin de la explotación capitalista. Una mirada completamente ajena al objetivismo que detentan la absoluta mayoría de las corrientes trotskistas, que igualan el socialismo a la mera expropiación de la propiedad privada.[14]
Por su parte, el desconocimiento de la opresión imperialista, enfermedad que aqueja a la mayoría de las corrientes de izquierda europea —y de la que parece no estar exento Jacobin y el DSA de EEUU— es anticapitalismo economicista o nacionalista pro-imperialista, que envenena a las y los trabajadores de los países imperialistas en la insensibilidad ante los problemas democráticos y nacionales de los paises oprimidos, y quiebra la posibilidad del internacionalismo proletario alimentando, aquí y allá, la desconfianza mutua: niega la premisa de que un pueblo que oprime a otro pueblo no puede ser libre.
En palabras de Lenin: “Los viejos ‘economistas’, que convertían el marxismo en una caricatura, enseñaban a los obreros que para los marxistas ‘sólo’ tiene importancia lo ‘económico’. Los nuevos ‘economistas’ piensan o bien que el Estado democrático del socialismo triunfante existirá sin fronteras (como un ‘complejo de sensaciones’ sin la materia), o bien que las fronteras serán determinadas ‘sólo’ de acuerdo con las necesidades de la producción. En realidad, esas fronteras serán determinadas democráticamente, es decir, de acuerdo con la voluntad y las ‘simpatías’ de la población. El capitalismo violenta estas simpatías, agregando con ello nuevas dificultades al acercamiento de las naciones. El socialismo, al organizar la producción sin la opresión clasista y asegurar el bienestar de todos los miembros del Estado, brinda por lo tanto plena posibilidad de manifestarse a las ‘simpatías’ de la población y, precisamente como consecuencia de ello, alivia y acelera de modo gigantesco el acercamiento y la fusión de las naciones.”[15]
Estas corrientes socialistas del norte del mundo confunden el carácter de los gobiernos con el carácter de la nación. Es obvio que el gobierno de Milei es grotesco y repudiable por ser un epígono de la extrema derecha. Pero es un error completo confundir el carácter del gobierno mileísta con el carácter de un país como la Argentina, sometido en estos momentos aún más a la bota imperialista.
El anticapitalismo socialista como estrategia
Si en lo general la ubicación marxista respecto de los derechos nacionales está unificada en la apuesta socialista revolucionaria, los peligros inmediatos a cuidar en cada contexto en particular son diferentes. En este momento en particular, la justa sensibilidad nacional que despertó el enfrentamiento futbolístico con Inglaterra hay que tener cuidado que no se desnaturalice de un sentimiento legítimo antiimperialista a un sentimiento nacionalista de unidad nacional; es decir, un sentimiento que no intente vincular antiimperialismo y anticapitalismo.
El alerta está en no quedar atrapados por el nacionalismo burgués luego de la campaña que se ha desatado en el país, impulsada por variopintos sectores políticos, que van desde el peronismo levantando las banderas de Malvinas (a la vez que garantiza la gobernabilidad de la extrema derecha) hasta el mismo Javier Milei, que intenta imponer el arancelamiento, la censura a la expresión y expulsión de los inmigrantes. Y en segundo lugar, en la formación de las nuevas generaciones sobre el abordaje socialista de los problemas nacionales, que combina los asuntos históricos referidos a las cuestiones nacionales con el fin de la explotación de las y los trabajadores (posición de clase); es decir, que coloca a la clase obrera como abanderada de los problemas democráticos y nacionales incorporados por el capitalismo dependiente en su funcionamiento como sistema, y que oprimen a la sociedad (estratificación social por color de piel, patriarcado, división entre países imperialistas y subordinados, etc).
Dejamos este aporte a las nuevas generaciones anticapitalistas como herramientas para la lucha ideológica y como guía para la acción revolucionaria que contribuya a la elevación de la clase trabajadora como dirigente histórica, y para transformar el país y luego el mundo en “la patria de la humanidad” que siempre soñamos.
[1] Los ataques de Estados Unidos contra Iran, la intervención directa en Venezuela, o Rusia contra Ucrania; la actualidad del genocidio en el siglo XXI con Gaza y Palestina impulsada por Israel ante la pasividad complice de la U.E, las amenazas de China contra Taiwan, las amenazas arancelarias mutuas entres las potencias, son sólo algunas de los ejemplos que han conmovido y conmueven la conciencia de millones en el mundo.
[2] Definición que acuñamos desde la corriente Socialismo o Barbarie a inicios del siglo, en relación a la experiencia con el capitalismo mundial reabierto para las masas con la caída del Muro de Berlín, sin el lastre del estalinismo que fue no sólo fue un enorme chaleco de fuerzas, sino que además ensució el termino “socialismo”. Hecho contra el que nuestra corriente combate delimitando el carácter anticapitalista pero no socialista de las revoluciones del siglo XX, a diferencia de la mayoría de las corrientes trotskistas actuales.
[3] La doctrina Monroe, reactivada por Donald Trump bajo el nombre “Donroe” fue formulada en 1823 por James Monroe, y establecía que cualquier intervención en los asuntos políticos en el continente de América por parte de potencias extranjeras de otros continentes es un acto potencialmente hostil contra Estados Unidos. Motivo que explica la redoblada presión sobre el continente por parte del imperialismo yanqui en su disputa con China y la U.E en menor medida.
[4] Al respecto de Rusia y su guerra contra Ucrania, cobra absoluta importancia en problema del derecho a la autodeterminación de las naciones. Asunto despreciado por partidos locales como el PO, que ven en esa guerra sólo una disputa proxy con la OTAN. Ver “Sobre el carácter de la guerra en Ucrania” el texto de Roberto Saenz acá.
[5] Recomendamos al respecto los textos de Roberto Saenz, “¿Hacia una nueva era de los extremos? acá, y “La era de la combustión” acá.
[6] referencia
[7] Ver al respecto el Manifiesto Comunista.
[8] Para el desarrollo de los límites históricos de la revolución burguesa a partir de 1848, sobre las que se fundan las características permanentes de la revolución socialista, recomendamos los textos “Resultados y perspectivas” y “Teoría de la Revolución Permanente” de León Trotsky.
[9] Milciades Peña en “Industria, burguesía industrial y liberación nacional”.
[10] Milciades Peña en “La clase dirigente argentina frente al imperialismo”.
[11] Mariategui, “Punto de vista antiimperialista” acá.
[12] Pueden ver acá el largo posteo de Miryam Bregman en nombre del PTS.
[13] Mariategui, “Punto de vista antiimperialista”.
[14] Al respecto recomendamos la obra Roberto Sáenz “El Marxismo y la Transición Socialista” publicada en español, portugués e inglés por prestigiosas editoriales. El principal dirigente de nuestra corriente internacional SoB y de nuestro partido Nuevo MAS, ha hecho un aporte fundamental para las generaciones revolucionarias que debe ser estudiada en profundidad para las tareas del futuro.
[15] Lenin, “El socialismo y la autodeterminación de las naciones”. Por su utilidad y claridad agregamos otra cita de Lenin del mismo texto, en debate con el economismo imperialista: “En el capitalismo no es posible suprimir la opresión nacional ( y política, en general). Para conseguirlo es imprescindible abolir las clases, es decir, implantar el socialismo. Pero, basándose en la economía, el socialismo no se reduce íntegramente a ella, ni mucho menos. Para eliminar la opresión nacional hace falta una base: la producción socialista; más sobre esa base son precisos, además, la organización democrática del Estado, el ejército democrático, etc. Transformando el capitalismo en socialismo, el proletariado abre la posibilidad de suprimir por completo la opresión nacional ; esta posibilidad se convierte en realidad “sólo” ¡sólo !”— con la aplicación completa de la democracia en todos los terrenos, comprendida la determinación de las fronteras del Estado en consonancia con las “simpatías” de la población, comprendida la plena libertad de separación. Sobre esta base se desarrollará, a su vez, la eliminación prácticamente absoluta de los más mínimos roces nacionales, de la más mínima desconfianza nacional; se producirán el acercamiento acelerado y la fusión de las naciones, que culminarán en la extinción del Estado. Tal es la teoría del marxismo, de la que se han apartado erróneamente nuestros colegas polacos.”




