Apuntes sobre América Latina en la era de la combustión

Presentación realizada en la charla “Internacionalismo y anticapitalismo en el siglo XXI” el pasado 14 de febrero en el marco del 6° Campamento Anticapitalista Internacionalista del ¡Ya Basta!

Buenas tardes a todas las personas presentes. Es un enorme placer participar nuevamente como expositor en el Campamento Anticapitalista Internacional. La verdad que es un lujo este evento y la mesa en particular. No todos los días se puede reunir un panel de tanta calidad con compañeros de diferentes países.

Yo suelo decir que el internacionalismo no es solamente un “principio” abstracto; es ante todo un ejercicio militante. Por principio, somos solidarios con las luchas de los sectores explotados y oprimidos en el mundo. Ahora, el ejercicio nos remite a otro plano: invertimos energías y recursos militantes para estudiar el mundo, darle seguimiento a los debates internacionales y procesar esa información en un sentido estratégico, con la finalidad de construir nuestra corriente internacional.

Lo anterior es fundamental para poner en pie una corriente contemporánea del siglo XXI, como lo es Socialismo o Barbarie (SoB). Basta con ver los rostros del público de este Campamento Anticapitalista Internacionalista, para confirmar que cuenta con más futuro que pasado.

Mi objetivo con esta charla es trazar una diagonal entre las definiciones de SoB sobre la nueva etapa internacional y la situación de la región. Dicho en otras palabras, entender a la América Latina en la era de la combustión. Esto es fundamental en la actual coyuntura, pues desde hace unos meses somos testigos de una feroz ofensiva neocolonial por parte de la Casa Blanca. Los hechos recientes en Venezuela y Cuba son muestra de ello.

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Desde SoB planteamos que ingresamos a una nueva etapa de crisis, guerras, barbarie y, potencialmente, el retorno de las revoluciones. Es una “era de la combustión”. Con esta definición pretendemos capturar una idea muy simple, pero que no por ella deja de ser compleja al mismo tiempo, a saber: estamos en un mundo en el que se rompió el equilibrio internacional e impera un “caos sin orden a la vista”.

Atrás quedó la etapa del “orden consensual hegemónico” y, en contraposición, actualmente las potencias imperialistas se pelean como “matones” por el reparto de territorios para expoliar. Basta ver las noticias para percibir que estamos en un mundo más muscular; se impone el más fuerte.

Al imperialismo de la globalización y del libre comercio sin fronteras, se le impuso el imperialismo de la territorialización, cuyo objetivo es garantizar la depredación de los recursos existentes de una región por parte de una potencia, y de paso avasallar la autodeterminación de las naciones.

En otras palabras, se reabrió una nueva repartición del planeta manu militari y retornó el debate sobre las esferas de influencia.

En 2003, se estrenó una película alemana muy premiada cuyo título era “Good bye Lenin!”, que trata sobre los meses previos e inmediatamente posteriores a la caída del Muro de Berlín. Pues bien, la era de la combustión pareciera ir en un sentido inverso y hoy toca hacer una nueva película que se llame “Welcome, Lenin!”, porque se instaló nuevamente el debate sobre el imperialismo, el estatus de las naciones (imperialistas, dependientes o semicoloniales) y el derecho a la autodeterminación de las naciones.

Por último, hay otro elemento novedoso de la etapa que no podemos dejar de lado: nos referimos al ascenso de la extrema derecha a nivel internacional. No se trata de un fenómeno pasajero, sino que parece orgánico y que se sostiene en el tiempo, aunque por ahora son fenómenos esencialmente electorales.

En este sentido, las extremas derechas actuales aún no se equiparan al fascismo del siglo XX, el cual se caracterizaba por ser un movimientos de masas que empleaba métodos de guerra civil contra los partidos de izquierda y las organizaciones de la clase obrera (el bolsonarismo sí moviliza masas en Brasil, pero no aplica métodos de guerra civil). No obstante, son un peligro y, además del ajuste económico, atacan derechos y conquistas democráticas. Además, no se puede descartar que en el futuro se radicalicen.

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En este marco, América Latina se posicionó nuevamente como una región central para la agenda del imperialismo norteamericano. Esto se hizo explícito con la publicación de la Estrategia de Seguridad Nacional de la Casa Blanca. Cito textualmente lo que dice:

“Queremos garantizar que el Hemisferio Occidental permanece lo suficientemente bien gobernado y razonablemente estable para impedir y desalentar la migración masiva a Estados Unidos; queremos un Hemisferio en el que los gobiernos cooperen con nosotros contra los narcoterroristas, los carteles y otras organizaciones criminales transnacionales; queremos un hemisferio que se mantenga libre de incursiones hostiles extranjeras y de posesión foránea de activos clave, y que apoye las cadenas de suministros fundamentales; y queremos garantizar nuestro acceso continuado a localizaciones estratégicas clave”.

No en balde es conocida como la “Doctrina Donroe” (Monroe+Donald), pues tiene como eje central exigir que América sea para los “americanos” (es decir, para los estadounidenses). La militarización del Caribe y los bombardeos de supuestas embarcaciones de “narcoterroristas”, fueron las primeras medidas para hacer valer esa nueva doctrina.

Posteriormente, sobrevino el cerco y el ataque contra Venezuela. Trump dice sin tapujos que se trató de una operación para recuperar el petróleo. Independientemente del carácter autoritario y burgués del gobierno de Maduro, nos opusimos a esa intromisión imperialista, pues vulnera el derecho a la autodeterminación de las naciones, el cual defendemos de forma incondicional y no supeditado al tipo de gobierno que tengan.

Por otra parte, es necesario dar cuenta de la degeneración del chavismo que, ante la arremetida de Trump, demostró no tener disposición alguna de resistencia y, actualmente, es un gobierno colaboracionista de los Estados Unidos, que tratan a Venezuela como un país vasallo y totalmente dependiente de lo que se decida en la Casa Blanca.

La lección es simple: los progresismos o reformismos no rompen con el capitalismo y, por tanto, no representan una alternativa superadora ni son capaces de resistir los embates imperialistas en el largo plazo.

Otro caso es el de Cuba, que desde hace varias semanas está sometida a un feroz embargo petrolero por parte de la Casa Blanca, el cual agrava la difícil situación económica que ya atravesaba el país, derivada de los efectos del bloqueo con la gestión burocrática de la economía.

En promedio, la isla necesita 110 mil barriles de petróleo al día, de los cuales solamente produce 40 mil. Por ello, el corte del suministro proveniente de Venezuela (que representaba una tercera parte del total) y, posteriormente, de México, deja a la economía caribeña al borde del colapso. Ante el desabastecimiento de combustible, el gobierno decretó una serie de medidas de austeridad, las cuales se asemejan a las que se emplearon durante el “Período Especial” en los años noventa.

La Casa Blanca parece que no está interesada en promover cambios de regímenes, sino en presionar al máximo para someter a los gobiernos y transformarlos en vasallos. Esto fue lo que hizo el chavismo en Venezuela. Aún es prematuro para decir lo que va suceder en Cuba,  pero el gobierno cubano declaró que está dispuesto a negociar con Trump.

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A modo de conclusión, nos gustaría delinear algunos criterios centrales para desarrollar nuestra militancia en la actual situación internacional y en América Latina en particular.

1- No sobrestimar ni subestimar a la extrema derecha. No hay monstruos invencibles ante los cuales se justifique rendir las banderas de la independencia de clase (como argumenta Valerio Arcary de Resistência en Brasil), ni tampoco se deben banalizar los peligros caracterizándolos como “gatitos mimosos” inofensivos, con lo cual se desarma a la militancia y la vanguardia (Bregman dixit).

2- Tomar a fondo las consignas y luchas democráticas. La extrema derecha no es solo ajuste económico, también defiende un programa ultrarreaccionario. Por ello, las consignas democráticas juegan un papel central en este momento, a condición de que estén articuladas dentro de un programa anticapitalista de la clase trabajadora y los demás sectores explotados y oprimidos. Las corrientes de izquierda economicistas no logran comprender a fondo la nueva etapa y, por ende, sus programas se tornan estrechos y sectarios. Autodeterminación nacional, defensa de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, rechazo a los ataques contra las personas trans, son algunos ejes prioritarios en este momento.

3- Tener astucia para desarrollar la unidad de acción o frentes únicos para impulsar las luchas. Los ataques reaccionarios de la nueva etapa van a generar (o, mejor dicho, ya lo están haciendo) la indignación entre amplios sectores de los explotados y oprimidos, lo cual abre espacios para impulsar la movilización y dirigir o codirigir esas experiencias de movilización.

Al mismo tiempo, no se debe perder de vista que son un campo de disputa de tendencias donde hay que hacer valer los intereses de la construcción partidaria ante otras corrientes políticas. Unidad para luchar, pero manteniendo la identidad política de nuestros partidos y agrupaciones.

4- Luchar por la independencia de clase, no caer en el campismo. Para orientarse en medio de este mundo tan convulso desde el punto de vista geopolítico y no sucumbir ante las presiones campistas (pro-chinas, pro-rusas o pro-iraníes, por ejemplo), hay que tener a mano la brújula de clase, es decir, fundar nuestros análisis y políticas a partir de los intereses propios de la lucha de clases y no desde la lógica de los Estados en disputa. Solamente así es posible reafirmar la independencia de clase.

5- Es fundamental asumir con seriedad el estudio y la elaboración marxista, así como la difusión de las ideas anticapitalistas. En un mundo en combustión, se reabre la pelea por el futuro y, desde nuestra parte, queremos que sea anticapitalista y socialista. La extrema derecha reabrió el debate ideológico con sus ataques anticomunistas y contra la “ideología de género”. Ante esto, la izquierda anticapitalista y socialista revolucionaria tiene que ir a fondo con la lucha ideológica y no regalarse ese terreno a los reaccionarios. Nuestra corriente está conquistando un espacio en este campo, como lo demuestran los cruces en redes con Adorni en torno al Campamento Anticapitalista, el cual expresa el un debate más de fondo: la disputa entre el ultracapitalismo con el anticapitalismo.

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