“—Amados oyentes míos —prosiguió—, si nos dejásemos convencer por ciertos talentos limitados (no quiero calificarlos de otra manera), la humanidad estaría encerrada en un círculo de Pompilio del que no podría salir, y quedaría condenado a vegetar en este globo sin poder lanzarse nunca a los espacios planetarios. No será así. Se va a ir a la Luna, se irá a los planetas, se irá a las estrellas, como se va actualmente de Liverpool a Nueva York, fácilmente, rápidamente, seguramente, y el océano atmosférico se atravesará como se atraviesan los océanos de la Tierra. La distancia no es más que una palabra relativa, y acabará forzosamente por reducirse a cero”.
De la Tierra a la Luna, Julio Verne
Recientemente, la NASA publicó las fotografías y videos de la superficie lunar captados por la misión espacial Artemis II. Las imágenes en alta definición son magníficas y cautivaron la imaginación de millones de personas en todo el planeta.
La perspectiva de que un grupo de seres humanos recorra 380.000 kilómetros en el espacio exterior hasta la Luna es, por sí misma, fascinante[1]. Para tener una idea de lo que significa esto, basta decir que en la Tierra la mayor distancia posible entre dos puntos es de 20.000 kilómetros, esto es, poco más del 5% del trayecto hasta nuestro satélite natural.
Si lo anterior no fuera suficiente, agreguemos que esta misión se realizó como preparación del alunizaje programado en 2028 con Artemis IV, cuyo objetivo será allanar el camino para establecer una base permanente en el Polo Sur de la Luna en 2032 (¡dentro de siete años!).
En vista de lo anterior, Artemis II se transformó en uno de los principales temas de conversación a nivel internacional. Transmitió una sensación de belleza y esperanza en la humanidad; fue como una “bocanada de aire fresco” para millones de personas que cotidianamente lidian con las miserias generadas por el capitalismo del siglo XXI.
A continuación, esbozaremos algunos datos y reflexiones en torno a esta conquista científica y tecnológica, con el fin de destacar lo que nos dice sobre el potencial de la humanidad para traspasar fronteras que, hasta hace poco, parecían imposibles.
Artemis: en los albores de una humanidad interplanetaria
La última vez que un ser humano pisó la Luna fue en 1972, cuando se produjo el alunizaje de la misión espacial Apolo 17 y los astronautas estuvieron en la superficie lunar por 72 horas. Desde entonces, no se llevó a cabo ningún viaje tripulado hacia nuestro satélite natural.
En total, el programa Apolo completó seis alunizajes, todos con el objetivo de recolectar muestras de rocas, realizar algunos experimentos y regresar de inmediato a la Tierra. Fue una conquista científica y tecnológica para la humanidad, pero no tuvo continuidad porque los Estados Unidos consideraron que ya habían ganado la carrera espacial con la URSS y, por tal motivo, no se justificaba -en su estrecha visión capitalista- invertir tantos recursos económicos en una empresa que no reportaba ningún rédito económico.
Por este motivo, el alunizaje estuvo por fuera de la imaginación de varias generaciones, para las cuales la misión espacial Apolo 11 y la frase que pronunció Neil Amstrong al pisar la Luna (“Es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad”-), fue un hecho histórico que tuvo lugar en algún momento de un cada vez más distante siglo XX.
Lo anterior da cuenta de la novedad que representa Artemis. Pero, agreguemos, en esta ocasión no se trata de viajar nuevamente a la Luna, sino que ahora el objetivo es establecer una base permanente que, a su vez, servirá como paso intermedio para un futuro viaje a Marte.
Este fue el anuncio que realizó hace unas semanas el administrador de la NASA, Jared Isaacman, quien detalló que la meta del programa Artemis es realizar un nuevo alunizaje en 2028 y, para 2032, establecer la primera colonia humana en la Luna. Asimismo, la agencia espacial pretende que, a partir de 2029, se realicen aterrizajes tripulados en la Luna de forma semestral y, desde 2027, aumentar exponencialmente la cantidad de expediciones robóticas a dicho astro.
El plan para lograr este ambicioso hito consta de tres fases. La primera es experimental, que consistirá en aumentar las actividades robóticas y humana en la superficie lunar. La segunda tendrá como eje iniciar con la construcción de infraestructura semi habitable y establecer la logística básica para el suministro de la futura base. Por último, se instalará la infraestructura más pesada en la Luna, la cual será transportada con cargueros especiales que aún están en desarrollo.
No hay duda de que Artemis es un proyecto de enormes proporciones, en el cual la NASA invirtió 93.000 millones de dólares desde 2012 hasta la fecha. Según los cálculos de la agencia espacial, en los próximos siete años invertirán alrededor de 20 mil millones de dólares para garantizar “docenas de misiones”.
Para tener una mejor idea de la magnitud del desafío técnico y energético que representa viajar a la Luna para establecer una colonia humana, dejemos anotados algunos datos sobre los dos primeros minutos del despegue de la última misión. La nave Orión (que fue utilizada en Artemis II) pesa 2600 toneladas, el equivalente a sesenta camiones completos. Para que una nave de tales dimensiones consiga “escapar” de la gravedad terrestre, la NASA desarrolló el Sistema de Lanzamiento Espacial (el más poderoso construido por la agencia espacial hasta el momento), el cual quema doce toneladas de combustible por segundo.
Así, en cuestión de dos minutos (¡120 segundos!), la nave Orión quemó la cantidad de energía que una familia consumiría en 300 años. Una cantidad que seguramente se incrementará cuando tengan que despegar los cargueros espaciales que llevarán los materiales para construir la infraestructura permanente en la Luna.
Esto abre una enorme oportunidad para el desarrollo del conocimiento sobre el universo y del planeta Tierra mismo. La Luna es considerada por la NASA como una “cápsula del tiempo de 4.500 millones de años de antigüedad”, que está sumamente preservada por el frío del espacio. Es un astro testigo de millones de años de actividad solar, por lo cual contiene pistas sobre la evolución de la vida en la Tierra, la formación de otros planetas, etc.
Otro dato a destacar, es que Artemis II estableció un récord histórico al convertirse en la misión tripulada que más se alejó del planeta Tierra: el 6 de abril arribó a los 406.771 kilómetros de la Tierra, superando la marca de 400.171 kilómetros establecida previamente por el Apolo 13.
Por último, pero no menos importante, la misión Artemis II también es histórica por su composición humana, porque contó con una tripulación bastante diversa (muy distante del “ideal” MAGA de Trump) y todos con edades cercanas a los cincuenta años, con la finalidad de alcanzar un equilibrio entre plenitud física, experiencia y madurez para la toma de decisiones. Estuvo integrada por una mujer, un hombre afroamericano y un no estadounidense: Reid Wiseman, de 50 años y comandante de la misión; Christina Kock, 47 años y que ostenta el récord del vuelo espacial individual más largo de una mujer (328 días en órbita); Víctor Glover, 49 años y ex piloto de combate, que se convirtió en el primer afroamericano en viajar a la cercanías de la luna; y Jeremy Hansen, un canadiense de 50 años que fue el primer no estadounidense en viajar más allá de la órbita terrestre baja.
Lo expuesto anteriormente justifica el asombro que provocó esta misión espacial, la cual despertó un sentimiento de esperanza entre millones de personas. En cuestión de siete años, la humanidad del siglo XXI puede materializar lo que Julio Verne imaginó en 1865 como una buena historia para un libro de ciencia ficción: transformarnos en una humanidad interplanetaria.
El “lado oscuro” de Artemis
Por otra parte, no podemos obviar que Artemis se inscribe en el proyecto de los Estados Unidos por revalidar su estatus como principal potencia imperialista, particularmente contra el desafío que representa China como un imperialismo en construcción. Dicho más claramente: el regreso a la luna y la instalación de bases espaciales, hace parte de una nueva carrera espacial entre ambas potencias capitalistas.
De hecho, Trump no perdió la oportunidad para tratar de “capitalizar” el éxito de la misión espacial y, poco antes del lanzamiento de la nave, publicó en sus redes sociales que iban ganando la “competencia”: “Estamos ganando: en el espacio, en la Tierra y en todas partes, económica, militarmente y ahora, más allá de las estrellas (…) ¡Nadie puede competir! Estados Unidos no solo compite, domina, y el mundo entero nos observa”.
Esto no debe dar paso a posiciones sectarias que desprecien los alcances de la exploración espacial y la eventual instalación de una colonia en la Luna, que de materializarse sería una conquista colosal para la humanidad. Pero es un error no dar cuenta de la contradicción latente en los programas espaciales que, desarrollados a partir de los criterios mezquinos de las potencias imperialistas, replican la tendencia inherente del capitalismo de transformar las fuerzas productivas en fuerzas destructivas.
¿Qué tiene que ver eso con Artemis y los viajes a la Luna? De acuerdo a los analistas, Estados Unidos y China compiten por llegar primero al Polo Sur lunar que, con una edad estimada de 3,85 millones de años o más, alberga varias de las partes más antiguas de la Luna. El borde de uno de sus cráteres es el lugar más codiciado para instalar una base espacial, porque permitiría a sus ocupantes acceder a recursos valiosos como depósitos de hielo y sectores elevados bastante iluminados por la luz del Sol. Es decir, se trata de una ubicación estratégica para acceder a fuentes de agua, instalar paneles solares y tener mejores ubicaciones para las comunicaciones.
En otras palabras, al desafío de viajar hasta la Luna y construir una instalación espacial permanente, se le suma la presión por ser el primero para posicionarse en las regiones con más recursos disponibles. Esto está dando paso a discusiones legales, pues existen muchas “zonas grises” en los tratados internacionales sobre la exploración espacial que, aunque dicen que ningún país puede apropiarse de territorio lunar, dejan abierto el portillo para que las grandes potencias imperialistas instalen sus bases de forma indefinida y extraigan todos los recursos que se les antoje.
En 1967, en plena Guerra Fría, los Estados Unidos y la Unión Soviética firmaron el Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre, que también fue suscrito por decenas de países. Hasta la fecha es el marco jurídico que regula la actividad en el espacio, pero tiene muchos vacíos legales para el mundo del siglo XXI, pues fue diseñado en un momento en que los viajes a la Luna eran de días y no se proyectaba que fueran permanentes, como sucede en la actualidad.
Por ejemplo, el artículo I indica que todos los Estados tendrán derecho a la exploración y utilización de la Luna, así como que habrá “libertad de acceso a todas las regiones de los cuerpos celestes”. En un sentido similar se expresa el artículo II, según el cual el “espacio ultraterrestre, incluso la Luna y otros cuerpos celestes, no podrá ser objeto de apropiación nacional por reivindicación de soberanía, uso ni de ninguna otra manera”.
Pero ya en su artículo VIII dice que cada Estado tendrá jurisdicción y control sobre los objetos que lancen al espacio. Es decir, si se establece una colonia espacial, Estados Unidos o China tendrán la potestad de decidir quién ingresa a la zona donde están sus instalaciones, un tema central tratándose de un astro cuya mayor parte del territorio es inutil para establecer una colonia humana.
La ONU trató de subsanar estos vacíos legales con el Acuerdo de la Luna, aprobado por su Asamblea General en 1979. Es más explícito al señalar que los recursos lunares son patrimonio común de la humanidad y no podrán ser objeto de apropiación nacional. Además, indica que la instalación de bases espaciales no creará derechos de propiedad sobre el suelo ni el subsuelo. Pero no fue ratificado por Estados Unidos, China y Rusia, que son los Estados con los programas espaciales más desarrollados y con la capacidad de contar con una estación lunar en el futuro inmediato.
En suma, la regulación internacional sobre la exploración espacial es muy ambigua en cuanto a los derechos de apropiación de los recursos en la Luna y otros astros. El Tratado de 1967 está vigente y prohíbe la apropiación, pero no define bien el término y deja muchos portillos abiertos. El Acuerdo de la Luna, por su parte, dice explícitamente que las bases no crean derechos de propiedad sobre la superficie, pero ningún Estado importante -en términos de programas espaciales- lo suscribió.
Esto nos lleva a los acuerdos diseñados por los Estados Unidos y China con sus respectivos bloques de aliados, en los cuales cada potencia diseña reglas a su conveniencia y avanzan con los hechos en sus intenciones por saquear los recursos naturales lunares.
Estados Unidos, por ejemplo, desde 2020 impulsa el Acuerdo de Artemis que, a la fecha, fue suscrito por más de 50 países. Se sustenta en un modelo de cooperación internacional con reglas comunes y la participación de empresas privadas, como Space X de Elon Musk y Blue Origin de Jeff Bezos.
Un tema controversial de Artemis, es que establece la creación de “zonas de seguridad” alrededor de una misión o instalación espacial, bajo el argumento de evitar accidentes por la interferencia de otros actores espaciales. Pero es interpretado como una forma de establecer derechos de “soberanía” temporal sobre las zonas circundantes a las misiones o instalaciones espaciales. Concretamente, si los Estados Unidos se instalan en una zona privilegiada del Polo Sur lunar, pueden “notificar” a China o cualquier otro país para que no se instalen a X cantidad de kilómetros de su base para evitar “accidentes”, limitando el acceso de otros Estados a los recursos necesarios para instalarse en el espacio.
Además, en 2015 los Estados Unidos aprobó la “Space Act”, una ley que reconoce el derecho de las empresas estadounidenses de poseer los recursos que extraigan de la Luna y asteroides. La lógica subyacente de esto es muy simple: la Luna es de “todos”, pero sus recursos (agua o minerales) pueden ser apropiados por empresas privadas.
China y Rusia se oponen a la creación de dichas “zonas de seguridad” y no firmaron los Acuerdos Artemis. En respuesta, conformaron la Estación Internacional de Investigación Lunar (ILRS por sus siglás en inglés) y, aunque no estipulan la creación de “zonas de seguridad”, sí se refieren a centros de comando, utilización de recursos, selección de sitios y creación de infraestructura permanente. Según los especialistas, es una formulación que en los hechos llega a la misma conclusión que Artemis, aunque empleando otras palabras.
En conclusión, ni Artemis ni la ILRS emplean la palabra soberanía, pero sus regulaciones dan paso a la conformación de territorios sobre la superficie lunar controlados por los Estados.
Más futuro que pasado
En El Capital (tomo I), Marx señalaba que “la suma mecánica de fuerzas de obreros aislados difiere esencialmente de la potencia social de fuerzas que se despliega cuando muchos brazos cooperan simultáneamente en la misma operación indivisa (…) El efecto del trabajo combinado (…) no podría lograrlo el trabajo de individuos aislados (…) No se trata aquí únicamente de un aumento de la fuerza productiva individual debido a la cooperación, sino de la creación de una fuerza productiva que en sí y para sí es forzoso que sea una fuerza de masas”.
La misión espacial Artemis II es un reflejo de esa potencia social de la humanidad, una “fuerza de masas” que nos posibilita traspasar fronteras que, hasta hace poco tiempo, parecían inimaginables.
Ciertamente, bajo el capitalismo el desarrollo de las fuerzas productivas es contradictorio, pues la ciencia, el “saber hacer social” y la tecnología son puestos en función de satisfacer los intereses de una minoría de explotadores y no para el desarrollo del conjunto de la humanidad.
Esta tendencia se aceleró exponencialmente en el siglo XXI, en el que la utopía y la distopía aparecen de forma simultánea: las hermosas imágenes de la Luna tomadas por Artemis II, son contemporáneas a la destrucción provocada por los bombardeos dirigidos con inteligencia artificial por los Estados Unidos e Israel contra Irán y el Líbano.
Por ello, en este siglo XXI tenemos colocado por delante el desafío de luchar contra el capitalismo y construir un mundo nuevo, libre de toda forma de explotación y en el que el conocimiento social y la tecnología estén en función de mejorar las condiciones de vida de la humanidad (en armonía metabólica con la naturaleza).
La misión espacial Artemis nos recuerda que la humanidad es capaz de realizar proezas impresionantes que pueden cambiar -y ampliar- nuestra visión del universo entero y de nuestra especie como tal. Es difícil asimilar en tiempo real que estamos a punto de transformarnos en una humanidad interplanetaria.
En suma, se trata de un hecho histórico e inspirador, que actualiza las frases finales del testamento de Trotsky: “La vida es hermosa. Que las futuras generaciones la libren de todo mal, opresión y violencia y la disfruten plenamente”.
[1] En realidad, la misión Artemis II recorrió más de un millón de kilómetros, pues su trayecto no fue lineal y orbitó varias veces sobre la Tierra y realizó otra a la Luna.




