Sylvia Iparraguirre es autora de libros como “La tierra del fuego”, “La Orfandad” y “La vida invisible” entre otros. Dirigió con quien fuera su compañero de vida, Abelardo Castillo, revistas como “El escarabajo de oro” y “El Ornitorrinco”, es además egresada de la carrera de Letras de la Universidad de Buenos Aires e investigadora del CONICET. Foto: Radio Provincia.


Creo que era Dostoievski quien decía que se escribe sobre lo que más se sabe, o sea, sobre uno mismo. Hegel y Marx agregarían que ese uno mismo “es un yo que es un nosotros, no un ser abstracto agazapado fuera del mundo”. Esta novela se mantiene enteramente fiel a dichas premisas histórico sociológicas.

El encuentro casual (o como dice la protagonista que dice Bajtín: “la casualidad es una forma de la necesidad”) entre dos viejas amigas que compartieron la adolescencia en el Buenos Aires de fines de los sesenta, es el disparador para iniciar uninterminable deja vú.

Lucía (Sylvia) y Clara, de ellas se trata, recobran aquel tiempo que las reunió en un pensionado religioso de la zona de Congreso junto a otras chicas que procedentes del interior venían también a estudiar a la “gran ciudad”. Si bien la primera es el personaje central, aquellas y aquellos que la acompañan terminan conformando un fresco de época entrañable. Y no es cualquier época: la convulsionada Filosofía y Letras ubicada en donde hoy se encuentra Psicología con su centro de estudiantes clandestino y el requerimiento de mostrar documentos para poder ingresar, los servicios infiltrados, la militancia política que bulle por todos lados, las luchas obreras presentes y el Cordobazo como gran corolario de las mismas. Sacerdotes tercermundistas y artistas vanguardistas que planean su viaje iniciático a Parísque vive su glorioso Mayo obrero estudiantil y la no menos fascinante revisita a las clases de literatura anglosajona que un Borges que comenzaba a ser famoso, supo dictar allí. Sin embargo, lo que lxslectorxs encontramos no es un documental, sino una novela de notable espesor literario.

Diálogos que fluyen naturalmente en donde se suceden como en un caleidoscopio,cuestiones (¿epocales, universales?) que van desde la posibilidad (o no) de sostener una relación de pareja más o menos duradera, de cómo leemos y cómo podemos llegar a escribir si sentimos esto como una vocación irrenunciable, las disputas entre la izquierda marxista y la izquierda (y no) peronista, el descubrimiento de una ciudad atrapante para los ojos vírgenes de aquellxs que la visitan por primera vez. Y nuevamente esto del tiempo recobradoque hace que las protagonistas de 2021 vivan en tiempos paralelos y 1969 se corporice en cada encuentro que las reúne en un bar hasta altas horas de la noche.

Lectura que atrapa y que lejos de sumirnos en la nostalgia nos invita a pensar (y confirmar) que miles de Lucía, Clara, Gabriel y Martín proyectan también hoy, desde aquel tiempo y naturalmente desde más atrás aún, la lucha y la esperanza en busca de un tiempo mejor, búsqueda que la ficción literaria convierteasimismo enun balsámico placer, como sólo el arte sabe brindar.


Desde Izquierda Web y el Nuevo Mas, agradecemos sinceramente la amabilidad y la buena onda enormes que tuvo Sylvia al concedernos este breve reportaje, el cual transcribimos a continuación:

IW: Me gustaría comenzar con el título de la novela ya que uno comprueba que está extraído de una sugerente cita de Katherine Mansfield: En una novela sólo cabe un número de cosas, siempre hay que sacrificar algo. Es una especie de carrera para decir cuanto se pueda, antes que desaparezca. ¿Podés volver sobre esa definición y vincularla a tu novela?

Esas líneas del Diario de KM tienen un doble vínculo con la novela. Por una parte, como novelista no puedo dejar de sentir la sabiduría de esas palabras de enunciado tan simple que parece obvio, pero que hablan no sólo de la literatura, sino del arte en general. En un cuadro, en una película, en una novela no es posible poner todo, la realidad es infinita, hay que seleccionar lo que uno o la historia desea o necesita contar. Y en esa elección está la intención del autor y, en definitiva, el sentido de esa obra. La película que finalmente vemos pasó antes por el montaje, donde se desechan partes; pasa con un cuadro, en el que el pintor selecciona un fragmento sea realista o abstracto, que es lo que finalmente vemos. Por otro lado, la cita tiene una relación más profunda y directa con mi novela ya que habla de la memoria, habla de ir hacia nuestros recuerdos antes que se desvanezcan, antes de que no podamos recuperarlos o reconstruirlos.

IW: Sylvia (¿o Lucía?), la protagonista, en un momento afirma que la literatura “accede a otro plano de la verdad, una verdad parcial y sin embargo, muchas veces más profunda y abarcadora”. Me gustaría desarrolles esa idea.

Tiene que ver con el otro acápite de la novela, que es de Úrsula K. le Guin y que dice. “La verdad nace de la imaginación”. Esta idea está también en el libro de Abelardo Castillo, mi compañero de toda la vida, El oficio de mentir, en el que dice que el escritor miente para decir una verdad menos evidente, más honda. En el uso común, la palabra mentir tiene una connotación negativa fuerte, pero en este caso tiene un sentido positivo: se trata de imaginar, de completar. En la escritura de esta novela, voy a la memoria autobiográfica, alcanzo apenas el hilo de un recuerdo que por alguna razón para mí fue importante y necesario para lo que estoy narrando, y lo reconstruyo, lo amplío. Desde el aquí y ahora le doy el sentido que sin duda tuvo para mí, ya que perduró en el tiempo. Uno reinventa y ordena esa materia autobiográfica que se va transformando, lentamente, en ficción. Y que tiene sus propias leyes, que no son, por supuesto, las de la realidad. Por ejemplo, necesitaba un compañero de facultad que hablara con Lucía y debí imaginar a Gabriel, porque Gabriel también soy yo, si queremos ver todo en clave autobiográfica. Pero el personaje le da cuerpo y realidad a las ideas que quiero transmitir, las ideas que circulaban por la facultad en aquellos años.

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IW: Leída la novela hoy, en donde las universidades llevan cerradas ya dos años, uno siente la nostalgia y comprueba la importancia de esa socialización necesaria, ahora ausente, y eso queda magníficamente “demostrado” con múltiples escenas que se suceden en el marco de una efervescencia política que existía entre la juventud. Contanos algo de aquel fin de la década del sesenta.

Tengo una sobrina que ingresó hace dos años a la facultad y no ha tenido la experiencia de encontrarse con compañeras o compañeros en clase o en un bar o de estudiar toda la noche en grupo: ha estado encerrada mirando una pantalla. La pandemia se llevó dos años de la vida comunitaria de la facultad. Y todavía más con los chicos y chicas que vienen del interior. Ese clima de mundo compartido, generacional, es el que viví e intenté contar. A fines de los sesenta ibas a la facultad y no sabías con qué te ibas a encontrar: una asamblea relámpago, la toma de la facultad por el centro clandestino de estudiantes, la interrupción de un teórico o de un práctico por una bomba de estruendo o, directamente, la facultad cerrada. O podía haber llegado la policía a llevarse gente. Había policías o gente de los servicios, no sé, encubiertos, que intentaban pasar desapercibidos en los prácticos, que no hablaban con nadie y que marcaban alumnos. La mayoría de los profesores se habían ido o los habían ido. La noche de la toma, el día del aniversario de la muerte del Che, el 8 de octubre del 68, yo estaba en la facultad; ese fragmento de la novela es literal y, como ya dije, ese encuentro directo con la violencia fue una marca muy temprana que pulverizó ciertas inocencias con las que yo estaba viendo el mundo. De hecho, fue una de las primeras cosas que escribí para esta novela, hace mucho tiempo. Por otro lado, había cierto clima “festivo”, si querés, de participación, de pegar carteles que duraban una hora, de discusiones exaltadas: pasaba de todo, en la música con los Beatles, en las costumbres, de lo que pasaba en Francia con el mayo francés, de la revuelta general, del peso que tenía el movimiento universitario, aunque yo no militaba lo sentía, se sentía en la calle. Era una avanzada, formaba parte de una corriente antiautoritaria extensa, que se daba en muchos países occidentales con un definitivo peso generacional: era un cambio cultural y lo protagonizábamos los jóvenes. Acá en la Argentina era todavía más complejo por la dictadura de Onganía. Me acuerdo mucho de la marcha de todas las facultades de la UBA contra Pinochet, en el 73. Los de Filosofía y Letras nos encontramos en Córdoba y Pueyrredón con los de Exactas y de ahí marchamos a reunirnos con las otras columnas. Te diré que fue una marcha con algo de épico. Y ahí estuve, junto a tantos otros miles a quienes nos tocó hacer esa Universidad.

IW: A medida que avanzamos en la lectura, vamos teniendo una fuerte empatía con la mayoría de los protagonistas, incluida la monja que comanda el Pensionado y su asistenta, las compañeras de Lucía y fundamentalmente Gabriel, ese militante socialista de “cabeza abierta”, no dogmático, que se suma con su organización a toda lucha obrera y que parece  bregar por un socialismo distinto a los “realmente existentes” ¿Coincidís con esa mirada como coincidía Lucía, que también piensa con su propia cabeza, a la vez que lo escucha con atención y reflexiona con él? ¿Lo ves viable hoy?

No sólo coincido, sino, como respondí a tu anterior pregunta, Gabriel también soy yo y esto me remite a la idea de Virginia Woolf sobre que la mente del escritor/ra es andrógina, o debe serlo. Y sí, coincido con lo que piensa Gabriel: un socialismo no dogmático, que recupere su originaria raíz humanista, no en el sentido renacentista, clásico, del término, sino en el sentido fuerte de cultura humana, que articule de manera amplia otros movimientos y luchas afines: la igualdad de género,  la ineludible y urgente lucha por detener la depredación del planeta, las reivindicaciones de los pueblos originarios, los migrantes y refugiados y, desde ya y en primer término, la lucha por los que no tiene nada, los que sobreviven sin ninguna oportunidad, que en nuestro país son millones, los que padecen esa violencia extrema de vivir sin ningún tipo de horizonte. Un discurso amplio, sin mezclarse con otras posturas aparentemente “progresistas” y lo pongo entre comillas porque no me gusta el término. Lo llamo así socialismo, como siempre se llamó. Vemos en el mudo crecer grupos de derecha y ultraderecha. El socialismo debería recrearse, unirse y enfrentar esa ola dentro de la democracia. El socialismo, en nuestro país, puede ejercer una fuerza crítica en el congreso apoyando las leyes que verdaderamente vayan a favor del trabajo, la educación y la salud de los más vulnerables, sin dádivas ni manipulaciones vergonzosas. Y esto, en primer lugar, porque para mí, si el socialismo no es una ética, no es nada.

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IW: Ya te la han formulado, pero me parece una pregunta válida ¿escribiste una novela feminista? Leí en un reportaje reciente que señalabas: “aprendí de las chicas del Ni una menos”? Me gustaría volvieras un poco sobre todo eso

No, no escribí una novela feminista. El panfleto mata la literatura. Si hay alguna idea o verdad parcial debe salir de los personajes, de los hechos mismos que narro. Por otra parte, la época que trato de recrear no era “feminista” no al menos en los términos que hoy lo entendemos; por supuesto que el feminismo era una fuerza desde mucho tiempo atrás, de larga tradición, que existían estudios críticos y el pensamiento fundamental de Simone de Beauvoir y de Virginia Woolf, pero lo que sucedía tenía más que ver en lo cotidiano, con el llamado movimiento de liberación femenina. Acá y ahora, como en el mundo en general, el movimiento NUM fue como un tsunami que llevó conciencia a toda una sociedad y del cual aprendí mucho, obtuve conocimiento. En el caso de Lucía, no se propone ser “feminista”, sería incongruente con el personaje y con la época. Sin embargo, creo que hoy se puede leer en esa clave en tanto es una chica que trata, siendo muy joven, de pensar y de actuar por sí misma, rechazando los condicionamientos que se le quieren imponer.

IW: Reconocés que tenías la novela en tu cabeza desde mediados de los noventa ¿ya incluía ésta las escenas con Abelardo? Secuencias que están muy bien logradas como la del Tortoni y sus asistentes, la primera cita, etc

Los apuntes de esta novela me acompañaron durante un tiempo muy largo; muchas veces fue postergada por otras novelas porque siempre me ha gustado más inventar historias que “contarme”. En el 2015, inesperadamente me encuentro con una antigua compañera de pensionado en las clases de literatura rusa que yo estaba dando en el Malba. Y encontré el comienzo de la novela.  A medida que avancé en la escritura, me di cuenta de que la estructura, por decirlo de algún modo ya que no hay capítulos, sino que intento que el texto fluya en un continuo, necesitaba de esos inserts o fragmentos breves como una especie de sostén, donde doy pantallazos de la vida cotidiana de una pareja de escritores.  Fragmentos que, a la vez que recuerdos personales y puntales de la trama, son un tributo a Abelardo.

IW: Por último, y dándote nuevamente las gracias por el tiempo que te quitamos: mundo de hoy, capitalismo voraz y depredador como nunca antes ¿se puede pensar en una confluencia del escritor y sus ficciones con la lucha de lxs trabajadores, las mujeres y la juventud por construir una sociedad socialista en la actualidad?

Es justamente el fracaso del capitalismo salvaje que puso a millones en la indigencia y al planeta al borde de sus recursos y del colapso lo que hace, hoy más que nunca necesaria esa construcción. El socialismo debe estar más que orgulloso en su lucha, porque todo lo que la gente trabajadora y necesitada de todos los tiempos ha conseguido de bueno se lo debe al socialismo. Vivimos una época compleja, de transición hacia el hombre tecnológico, hacia la diferencia abismal entre ricos y pobres, de corrupción generalizada. Cuando considerás todo esto e imaginás la vida de miles sometidos a la peor violencia que se puede ejercer, que es la violencia de la pobreza extrema, te das cuenta de que es necesario e imprescindible reconstruir una sociedad socialista acorde con un pensamiento amplio. Aunque no esté a nuestro alcance inmediato la solución compleja de estos problemas, debemos abrir ese espacio. Tengo esa convicción. Estos temas, aunque más no fuera en un sentido pedagógico, deben tener lugar hoy en el discurso del socialismo.  Parece idílico, parece ingenuo, parece imposible, puede ser, pero si no vamos hacia ahí, si no buscamos esa meta, ¿hacia dónde vamos? ¿Qué significa ser socialista si no es querer el bien común en un sentido extenso, el bienestar general, que todos tengan las oportunidades que yo tuve?  Esa es mi convicción. Y lo digo desde un lugar de pura observación, ya que no domino temas de macro y micro economía, de relaciones internacionales, de tácticas y estrategias políticas; no soy teórica ni política, soy una escritora.

Pero las ficciones son libres, deben serlo; no hay ni debe haber sujeción para la imaginación. En cuanto a mí como escritora, escribo lo que puedo lo mejor que puedo, y, cuando me preguntan, digo lo que pienso.

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