Cada 10 de septiembre se conmemora el Día Internacional de Prevención del Suicidio, declarado en 2004 por la OMS como un problema de salud pública. Nos serviremos de esta efeméride para pensar el aumento de los casos de suicidio en la Argentina, principalmente entre los jóvenes, seguidos por los adultos mayores, y su relación con la subjetividad de la época y el capitalismo.
Nos aproximamos a esta problemática entendiendo que lo que se escucha en los consultorios, hospitales y escuelas, y lo que ocurre en la sociedad, no van por caminos paralelos, sino que se modifican mutuamente. Poder atrapar los efectos de la subjetividad de la época no es una tarea sencilla, aunque sí necesaria.
Datos alarmantes
Según estadísticas recientes del Ministerio de Salud, luego de la pandemia el suicidio pasó a ser una de las principales causas de muerte entre los jóvenes de 15 a 34 años, sin volver a los niveles anteriores y superando a los accidentes de tránsito. Por su parte, el Observatorio de Política Criminal (OPC) informa que en 2024 se registraron 4.249 suicidios y que en 2025 la cifra ascendió a 5.209, lo que representa un 22,6 % más que el año anterior. Mientras los suicidios consumados se registran mayoritariamente entre los varones, los intentos son más frecuentes entre las mujeres. Especialistas advierten que se trata de una tendencia al alza tanto en la Argentina como en la región. La tasa nacional alcanzó los 11,8 suicidios cada 100.000 habitantes, superando el promedio mundial de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que se ubica en 9,1.
El suicidio es un fenómeno complejo en el que intervienen múltiples factores. No podemos decir que exista una forma definitiva de prevenirlo. No existe una personalidad suicida, un gen o un biomarcador que nos advierta de esto. Podemos hablar de factores identificados que colocan a un sujeto en una situación de mayor riesgo, aunque solo una pequeña proporción de las personas que presentan estos factores acaba suicidándose. Entre ellos se incluyen padecimientos de salud mental, consumo problemático de sustancias, intentos anteriores, antecedentes familiares, abusos sexuales, impulsividad, agresividad, problemas económicos y dificultades en el acceso a tratamientos. El suicidio es relativamente infrecuente y, por lo tanto, difícil de predecir.

Pero los factores de riesgo no alcanzan para explicar por qué una persona se suicida y otra no. Hay también una dimensión singular del sujeto que no puede reducirse a esos factores. Ante este aumento de los casos de suicidio, ante esta “epidemia”, nos preguntamos: ¿qué empuja, principalmente, a los jóvenes al suicidio? ¿Qué efectos produce esta coyuntura sobre la subjetividad? ¿Y qué posición tomamos desde lo político, lo social y la cultura? Será necesario interrogar las formas particulares en las que el malestar se configura, sin por ello desconocer la singularidad psíquica de cada sujeto.
Detrás de las estadísticas
En una nota anterior, a propósito del intento de reforma de la Ley de Salud Mental, pelea que aún continúa, escribía sobre el padecimiento subjetivo. Decíamos lo siguiente: “Como trabajadora de la salud en un hospital público del conurbano bonaerense, veo cómo las guardias se colapsan con pacientes, principalmente jóvenes, donde el desamparo surgido de la ruptura de lazos sociales, la creciente vulnerabilidad psicosocial y la falta de expectativas de futuro arrasan con las vidas. Estas son hoy las condiciones de producción de subjetividad —entendida, como plantea Bleichmar (2005), como un producto histórico atravesado por variables sociales, políticas y económicas— y, por ende, del padecimiento subjetivo”.
Estas variables que nos atraviesan se hacen presentes erosionando algunas de las bases mínimas que se necesitan para la existencia: una soledad que aparece como marca de estos tiempos, un barrio que se vuelve hostil, una precariedad laboral cada vez mayor, miedo a la incertidumbre, endeudamiento y familias arrasadas por la precariedad y el desamparo. Son variables que nos atraviesan y que no podemos dejar de tener en cuenta. Veamos unas breves viñetas sobre dos personas que llegan a la guardia de un hospital.
Una mujer joven, inmigrante, con un trabajo precarizado en el sector de comercio, trabajaba sin francos junto a su marido. Madre de tres hijos, refería sentirse frustrada y una “mala madre” por dejar a sus hijos solos. Sentía, además, envidia de un vecino al que le iba un poco mejor, y ese sentimiento la hacía sentir que se “envenenaba”, sumando nuevos autorreproches. Había pensado en quitarse la vida y realizado algunos intentos. La angustia frente a estas ideas la llevó a la guardia. No se lo contó a nadie y fue sola: no quería quedar como una “loca”.
Otro joven había intentado matarse. Lo encontraron grave e inconsciente y lo llevaron a la guardia. Según se pudo reconstruir a través de su hermana, una semana antes había perdido un cargo laboral, a lo que se sumaban un consumo problemático de alcohol y un duelo del que aún no podía hablar. Cuando recuperó la lucidez, una de sus primeras reflexiones fue que no toleraría quedar inválido o padecer una enfermedad crónica: antes se mataría.
Podemos pensar que estas personas no han podido encontrar un refugio en las palabras. La mujer no le dijo a nadie acerca de sus ideas suicidas, ni que iría a una guardia, por temor a quedar como “loca”. El joven tampoco había podido hacer algo con sus pérdidas: ante la posibilidad de quedar “inválido”, la muerte aparecía como salida, sin poder vislumbrar otras posibles. Fajnwaks (2015) propone que este fue el siglo en el que la palabra fue víctima, cortocircuitada por el objeto de mercado impuesto por el capitalismo. La apuesta será poder alojar y nombrar aquello que no se puede decir.
Podemos también nutrirnos de una mirada sociológica y agregar que existen condiciones materiales de existencia que, como refería un joven Marx en un elocuente texto, Acerca del suicidio, constituyen formas de opresión que obligan a interrogar las condiciones sociales en las que los suicidios y los intentos tienen lugar.
Cabe aclarar, por otra parte, que existen fantasías de muerte, intentos de suicidio y suicidios consumados, así como distintos tipos de suicidios, distinciones que no abordaremos en esta oportunidad.
Lo político, lo social y lo cultural también están en juego
Avancemos un poco más. La OMS, en su apartado sobre el tema, propone cuatro intervenciones o coordenadas para prevenir el suicidio: limitar el acceso a los medios para el suicidio; interactuar con los medios de comunicación para promover una cobertura responsable; fomentar habilidades socioemocionales en los adolescentes; e identificar, evaluar, manejar y dar seguimiento de manera temprana a cualquier persona afectada por pensamientos y conductas suicidas.
En estos ejes vemos que nada se dice sobre la subjetividad de la época ni se interpela el discurso imperante: el del capitalismo.
Un discurso que circula de la mano de las tecnologías y las tecnociencias y que impone un imperativo de goce: hay que consumir, producir, disfrutar, mostrarse exitoso y estar siempre a la altura. Un imperativo distinto del deseo, que supone la falta y pone al sujeto en movimiento.
¿Qué promete este discurso? Que existe un objeto capaz de colmarnos: algo que podemos comprar, alcanzar o consumir y que vendría a completar aquello que nos falta. Pero ese objeto nunca alcanza y debe ser reemplazado por uno nuevo. La misma lógica se traslada a los sujetos: quien no produce, no consume, no alcanza el éxito o no logra responder a esos ideales puede sentirse él mismo un resto. Desechable.
No se trata de establecer una relación directa entre esta lógica y el suicidio, sino de preguntarnos qué efectos produce sobre la subjetividad una época que, al mismo tiempo que exige cada vez más de los sujetos, debilita los lazos y espacios colectivos capaces de alojar el malestar.
Comenzamos señalando que en 2004 el suicidio fue proclamado como un “problema de salud pública”, a partir de lo cual comenzaron a desarrollarse estudios y acciones destinadas a su prevención y detección temprana, como ocurre ante otros problemas de salud pública. Pero, en esta formulación, el problema corre el riesgo de quedar reducido a un solo dominio: el de la salud.
El suicidio ha sido históricamente objeto de interrogación para filósofos, poetas, políticos, religiosos y pensadores de distintas disciplinas. Abordarlo recién cuando quienes padecen llegan a las guardias o los consultorios , en el mejor de los casos, es llegar tarde y, al mismo tiempo, dejar sin interrogar las condiciones sociales que participan en la producción de ese padecimiento y la tendencia mortífera de nuestra época.
Para finalizar: ¿Cómo generamos comunidad?
Lo que podemos percibir en los hospitales, las escuelas, los barrios y los lugares de trabajo nos pone ante la necesidad de tomar una posición: no podemos ser neutrales frente a las condiciones que producen sufrimiento, lo que no significa abandonar la abstinencia necesaria ante aquel que llega con un gran padecimiento. En ese encuentro habrá que poder escuchar la singularidad de cada uno, sin perder de vista los atravesamientos sociales, políticos y económicos que venimos señalando. Habilitar, en definitiva, un tiempo y un lugar de hospitalidad.
Pero para poder recibir a las personas en los hospitales, las guardias y los dispositivos territoriales, y para poder alojar esa demanda, será necesario también que haya presupuesto, personal suficiente y salarios dignos para los trabajadores de la salud mental. Será necesario, asimismo, contar con escuelas con recursos y con trabajos cuyos salarios permitan vivir dignamente. Si, como venimos planteando, el suicidio no puede pensarse únicamente como un problema individual ni como un asunto exclusivo de la salud mental, tampoco puede quedar solamente en manos de sus profesionales. Será necesario mejorar las condiciones de vida de la población y hacer de este un problema que la sociedad en su conjunto pueda debatir y tomar en sus manos.
Habrá que pensar cómo trabajar en pos de revitalizar la potencia de lucha de las comunidades, la solidaridad, los vínculos y la organización en las escuelas, los barrios, los clubes y los lugares de trabajo. Cómo pelearle al capitalismo la producción de nuestra subjetividad, construyendo otros lazos y relanzando causas colectivas que puedan orientarnos y producir un sentido de comunidad y pertenencia.
Se trata, quizás, de disputar también las condiciones en las que vivimos, organizándonos en cada lugar de trabajo, en cada escuela y en cada barrio, para que frente al sufrimiento haya otros, haya palabras y puedan abrirse futuros posibles.
Líneas de apoyo y orientación
Hospital Nacional Laura Bonaparte
Guardia telefónica adultos
4305–0091 al 96 — Interno 1155
Guardia telefónica de Niños, niñas y adolescentes
4912–3673 de lunes a viernes de 9 a 12 horas.
Hospital Elizalde (Atención hasta 18 años)
4363–2200 internos 6209–6057–6024
Lunes a viernes de 9 a 15 horas
Provincia de Buenos Aires
0800 222 5462
La línea es gratuita y funciona de lunes a viernes de 8 a 24h y los fines de semana de 10 a 22h.
SOS Un amigo anónimo
Teléfono de línea es (011) 5263–0583
De lunes a viernes de 10:00 a 19:00hs
Sábados de 10:00 a 16:00hs.
Bibliografía
Bleichmar, Silvia (2005). La subjetividad en riesgo. Buenos Aires: Topía Editorial.
Fajnwaks, Fabián (2015). “La relación entre el Uno y el cuerpo en el pase y en la civilización actual”. Enlaces. Psicoanálisis y Cultura, n.º 21, Buenos Aires: Grama, pp. 100-105.
Marx, Karl (2011). Acerca del suicidio. Edición y traducción de Ricardo Abduca. Buenos Aires: Las Cuarenta. [Texto original publicado en 1846].
Ministerio de Salud de la Nación. Dirección de Estadísticas e Información en Salud (DEIS) (2024). Estadísticas Vitales. Información Básica. Argentina, año 2024. Buenos Aires: Ministerio de Salud de la Nación.
Observatorio de Política Criminal (OPC). Datos sobre suicidios en la Argentina correspondientes a los años 2024 y 2025
Organización Mundial de la Salud (OMS) (2021). Vivir la vida. Guía de aplicación para la prevención del suicidio en los países. Ginebra: Organización Mundial de la Salud.




