Imperialismo y dependencia

América Latina: una nueva crisis de deuda asoma en el horizonte

La pandemia disparó y profundizó los niveles de endeudamiento que ya anteriormente venían en franco crecimiento. En una región históricamente subyugada por el imperialismo como América Latina, los organismos de crédito y acreedores privados ya muestran sus dientes ante economías débiles golpeadas por la pandemia y la crisis económica mundial.



Deuda externa América Latina

No es ninguna novedad decir que, a raíz de la Pandemia del Covid-19 la economía mundial en 2020 sufrió un duro revés. Según el Banco Mundial, en todo el mundo más de 100 millones de personas cayeron en la pobreza, y una de las zonas más afectadas al respecto es la de América Latina y el Caribe, donde a pesar de reunir al 8% de la población mundial, representa el 20% de los contagios a nivel global.

La crisis sanitaria sumada a la económica constituyó, para las economías capitalistas atrasadas latinoamericanas, un nuevo gran problema que se suma a los lazos de permanente dependencia económica que produce la deuda externa, un problema que venía agravándose en estos países desde la crisis financiera de 2008 y que la Pandemia empeoró aún más.

El endeudamiento en los países periféricos del sistema capitalista es un clásico mecanismo de dominación de los países del centro imperialista, que les asegura reproducir el carácter dependiente de los países más atrasados, subordinándolos a sus intereses económicos y geopolíticos. Obligados a llevar al mercado mundial sus productos de economías menos productivas y desarrolladas, y adquiriendo a cambio las mercancías más valorizadas de los países avanzados, esa relación desigual produce que los países de economías más débiles deban “suplir” esa diferencia resultante mediante el endeudamiento externo, lo que a su vez, reproduce y profundiza aún más esa relación de dominación.

Por supuesto que en distintos momentos del ciclo económico, los niveles de endeudamientos pueden llegar a ser relativamente bajos, pero tarde o temprano los números “no cierran”, las deudas se incrementan y se produce algo que en América Latina conocemos muy bien: las crisis de deudas, con países tan endeudados que ya no pueden pagar, cayendo en default y/o teniendo que reestructurar sus deudas –generalmente a cambio de más deuda para el futuro. Y así el mecanismo comienza una y otra vez. Los gobiernos capitalistas de los países endeudados, por su parte, son incapaces de romper con esta dinámica.

Estudios recientes prevén que se acerca nuevamente una crisis de deuda en Latinoamérica, a partir de considerar la situación económica de estos países en los últimos 20 años. Veamos de qué se trata.

Según el especialista Eric Toussaint1, mientras en el año 2000 la deuda externa pública total de los considerados “países en desarrollo” de Latinoamérica y Caribe era de 404 mil millones de Dólares, en 2019 ese número ascendió a 984 mil millones, lo que representa un crecimiento de 2,43 veces. Esto no se debe a que los países no hayan pagado mientras seguían contrayendo, todo lo contrario: entre 2000 y 2008 la transferencia neta de deuda externa fue negativa (es decir, los países pagaban más deuda de la que contraían). Sin embargo, el stock total de deuda (capital e intereses) sólo se redujo entre los años 2004 y 2006, y creciendo de manera muy significativa y permanente a partir de 2008.

Efectivamente, un rasgo característico de estos países es su extrema dependencia de los precios de las materias primas, cuya venta en el mercado mundial es la principal fuente de divisas para afrontar los pagos de deuda. Eso explica perfectamente que entre 2004 y 2006 haya habido un cierto desendeudamiento, coincidiendo con los récords en los precios de las commodities (la soja, en el caso de Argentina, llegó a tocar los 600 U$S la tonelada). Pero cuando los precios bajan, empiezan, o mejor dicho salen a la luz los problemas: falta de divisas, restricción externa, y endeudamiento para poder pagar la deuda anterior, y así la bola de nieve vuelve a crecer.

No fue sólo la baja de los precios de las materias primas la causante. En 2008, con la crisis financiera internacional, en el hemisferio norte, se produjo un movimiento de capitales financieros hacia el sur y un abaratamiento del crédito. Desde entonces el crecimiento del endeudamiento nunca se detuvo. Esto a pesar de que el servicio de la deuda (es decir el pago de capital mas intereses) prácticamente se duplicó. El mito de los gobiernos progresistas latinoamericanos de que pagando deuda se “compraba soberanía” (como solía decir en su momento la ex presidenta argentina y actual vice Cristina Fernández) se reveló como su opuesto: el sobreendeudamiento.

¿Pero qué representan estos números para países como el nuestro? Muy sencillo y terrible a la vez: que los Gobiernos dedican cada vez más partes de sus recursos al pago de la deuda y menos a Salud, Educación, Seguridad Social, etc. Es decir, el endeudamiento va de la mano de las políticas de ajuste. En 2019, el 43% de los países “en desarrollo” latinoamericanos, entre ellos Argentina, dedicaban más recursos al pago de la deuda que a la Salud, por ejemplo. No sorprende entonces que la Pandemia haya afectado especialmente a estos países. Otro dato significativo: en este lapso de 20 años, prácticamente todos los países latinoamericanos solicitaron algún tipo de ayuda al FMI. Entre los más afectados por estas “ayudas” del FMI se encuentran Ecuador y Argentina, que recibió el préstamo más grande en la historia de ese organismo bajo el gobierno de Macri y que ahora el gobierno de Fernández busca “renegociar”.

Aunque el estudio citado abarca hasta 2019, todo indica que en 2020, el año de la Pandemia y hasta la actualidad, la situación empeoró. Por ejemplo, la mayoría de los países sufrieron una fuerte contracción de su PBI (aumentando así el porcentaje de deuda en relación al producto), acompañada de una generalizada devaluación de sus respectivas monedas con respecto al Dólar y al Euro. Excepto Chile, todas las monedas de la región se depreciaron, incluyendo la de las tres economías más importantes: Brasil, Argentina y México.

Además, la pandemia requirió gastos extraordinarios para los Estados en programas sociales y estímulos económicos para evitar el cierre de empresas. Estos gastos fueron financiados la mayor parte con deuda externa. A esto se suma que con el acaparamiento de la mayor parte de las vacunas por los países del norte, la economía latinoamericana tardará más en “arrancar” en la medida que su porcentaje de población vacunada aumenta mucho más lentamente.

Ante toda esta situación, desde el Banco Mundial advierten que una crisis generalizada de la deuda en Latinoamérica puede estar a las puertas2. Lo que les preocupa no es tanto el ajuste y el deterioro del nivel de vida de las masas, de las cuales ellos mismos son promotores como una de las principales instituciones financieras del capitalismo internacional, sino las consecuencias políticas de ello: en un mundo atravesado por profundas rebeliones, algunas de ellas con epicentro en Latinoamérica (Chile y Ecuador, en 2019), una nueva explosión de crisis podría poner en jaque la estabilidad política capitalista en la región. En América Latina en general y en Argentina en particular sobran antecedentes de ello.

Mientras tanto, los gobiernos latinoamericanos, desde los más arrastrados al imperialismo (Bolsonaro, Piñera) hasta los que se pintan de “progres” (Fernández), hacen fila para cumplir religiosamente con las obligaciones de pago, sumiendo aún más a nuestros países en la pobreza y profundizando las políticas de ajuste sobre una situación social ya muy deteriorada por la pandemia. Ningún gobierno burgués puede ni quiere hacer lo necesario para romper con el pérfido mecanismo del endeudamiento externo. Sólo la acción independiente en las calles de la clase trabajadora latinoamericana puede imponer un verdadero programa de soberanía y de independencia del imperialismo, que arranca necesariamente por el no pago de la deuda, la única alternativa para que la crisis la paguen los capitalistas y no el pueblo trabajador.

 

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“(…) Marx era, ante todo, un revolucionario. Cooperar, de este o del otro modo, al derrocamiento de la sociedad capitalista y de las instituciones políticas creadas por ella, contribuir a la emancipación del proletariado moderno, a quien él había infundido por primera vez la conciencia de su propia situación y de sus necesidades, la conciencia de las condiciones de su emancipación: tal era la verdadera misión de su vida. La lucha era su elemento” Engels, “Discurso ante la tumba de Marx”, cementerio de Highgate, Londres, 17/03/1883   ...

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