Artículo aparecido en Sin Permiso

Los «Gorillas» [nombre de la plataforma de reparto] ya han tenido bastante. En la mañana cálida de este jueves 24 de junio, en la Prenzlauer Allee [Importante avenida de Berlín] coreaban: «Trabajadores unidos, jamás serán vencidos» [«Die vereinten Arbeiter innen, die sich niemals besiegen lassen wollen»]. Los «trabajadores unidos» que jamás serán vencidos son jóvenes. En la acera hay alrededor de treinta. La mayoría son repartidores en bicicleta. Juntos, bloquean la entrada a la estación de reparto de Gorillas del barrio Prenzlauer Berg.

Pancartas y puños alzados, «¡Queremos que Santi vuelva!», y luego aplausos y aclamaciones. Un grupo de periodistas, casi tan numerosos como los manifestantes, se agolpaba alrededor de los jóvenes: la acción generaba un interés excepcional. El fundador de Gorillas, Kagan Sümer, difundió recientemente sus eslóganes publicitarios en muchos periódicos alemanes. Esa publicidad habla de la comunidad que su «unicornio» [término que designa a una startup con alto potencial de valoración bursátil] forma con los repartidores. Unos repartidores que están actualmente en huelga «salvaje», algo que rara vez ocurre, incluso en Berlín, donde las protestas son frecuentes.

Esta huelga tan particular ya había empezado el día anterior. En el centro de reparto de Charlottenstrasse, en Kreuzberg, un mensajero llamado Santiago, «Santi», había sido despedido durante su periodo de prueba, por haber llegado tarde una vez y sin avisar, según dijeron los huelguistas. La dirección dijo que era por una «falta grave», sin dar pruebas de la misma. Inmediatamente después del despido, los trabajadores de Gorillas en Charlottenstrasse fueron los primeros en parar, luego se les sumaron otros. Cuando la dirección llamó a la policía, los mensajeros se dirigieron a la Torstrasse de Berlín-Mitte y se sentaron frente a la entrada del centro de reparto, el que se vio obligado a interrumpir sus actividades.

Hay 14 centros de distribución de Gorillas en Berlín y siguen abriéndose otros. Son lugares imprescindibles para el modelo económico del servicio de entrega «instantánea». En estos centros se almacenan productos de uso cotidiano que los clientes pueden pedir a través de la app Gorillas. Los preparadores [pickers] recogen lo más rápidamente posible los pedidos y entregan las bolsas con las compras a los mensajeros, los que, a su vez, entregan los pedidos en diez minutos, según la promesa de Gorillas. Sin esos centros de reparto, ubicados en distintos puntos de la ciudad, el sistema no funcionaría, lo que representa una ventaja para los huelguistas: el bloqueo en la Torstrasse es eficaz y puede extenderse fácilmente a otros centros.

Esta huelga cuenta con un antecedente: en febrero, los repartidores pararon durante un breve periodo de tiempo porque las temperaturas bajo cero y las carreteras nevadas hacían imposible la entrega de los pedidos. La empresa trató de hacer creer que las operaciones habían sido suspendidas por razones de seguridad. Los mensajeros sabían que la explicación era falsa. A partir de entonces, se organizaron en el Colectivo de Trabajadores Gorillas, una especie de sindicato de base. Unos días antes de la huelga «salvaje», dieron el primer paso y eligieron un comité de empresa, un objetivo del colectivo de trabajadores, lo que fue motivo de tensiones con la dirección de la empresa.

Los trabajadores son conscientes de la posición peligrosa en que los coloca su lucha. Contrariamente a lo que afirma el fundador de Gorillas, Kagan Sümer, la situación de los trabajadores de Gorillas es precaria. Es cierto que no están obligados a trabajar como supuestos autónomos, como es el caso de muchos repartidores en la próspera economía «gig». Sin embargo, los salarios están por debajo de 10,50 euros la hora, las primas son opacas, y las horas extras, los equipos inadecuados y los despidos arbitrarios están a la orden del día. Gorillas fue fundada en mayo de 2020 y creció rápidamente en los últimos tiempos, por eso, la mayoría de los empleados, incluidos la mayoría de los huelguistas, están todavía en periodo de prueba, durante el cual hay poca protección contra los despidos, una trampa en la que cayó al parecer Santi, su compañero despedido.

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Además, muchos de ellos no tienen el permiso de residencia certificado y prácticamente no tienen otras perspectivas laborales, debido también al Covid-19. Sin embargo, están participando en una huelga que es ilegal según la legislación alemana sobre huelgas.

¿La manifestación es ilegal?

Da lo mismo Ilegal: una gran parte de los mensajeros y preparadores de pedidos, en su mayoría jóvenes, vienen de Italia, de España, de Chile, de Turquía y de otros países y hablan un «idioma» [el tipo de huelga] que incluso los sindicalistas y activistas de izquierda alemanes tienden a evitar, y no hablamos aquí del inglés que utilizan para comunicarse entre ellos. Para ellos, es una evidencia que son trabajadores y están seguros de sí mismos. «Gorillas puede despedir a un mensajero, a dos, o a tres, pero no a 50. Somos la base del valor que Gorilas ofrece a sus clientes. Sin nosotros, el negocio de Gorillas no funciona», decía Hueseyin, un mensajero, ante las cámaras de Prenzlauer Alle de Labournet TV el jueves pasado. «Somos nosotros los que hacemos que esto sea posible. Así que no vamos a perder».

Muchos mensajeros no llevan mucho tiempo viviendo en Alemania y aún no han hecho suyas las relaciones laborales alemanas, que están muy reguladas. Algunos llegan con su experiencia de resistencia política o sindical de otras partes del mundo. Para ellos, no tiene sentido que en Alemania las huelgas que no son convocadas por un sindicato -como resultado de la «negociación colectiva»- no sean legales. «No entiendo por qué las huelgas espontáneas tienen que ser tan poco frecuentes en este país», dice un mensajero que participa en un bloqueo. «Realmente no es tan difícil de entender».

También hay un gran contraste con la retórica de startup que utiliza la dirección de Gorillas. En el lenguaje de la empresa, todos los mensajeros y preparadores son una «familia», una «comunidad» y parte de un «movimiento». Kagan Sümer dio un ejemplo de ello dos días después del inicio de la huelga, en una reunión sobre Zoom a la que había invitado previamente a todos los empleados de Gorillas por correo electrónico. Este hombre de 33 años dice no dará marcha atrás sobre el despido, pero que está «súper abierto» a las críticas constructivas sobre el proceso o la comunicación. Al mismo tiempo, aclara que no considera las acciones de los últimos días como una crítica «constructiva»: el 65% de los empleados están satisfechos y el conflicto está fomentado por «grupos de interés externos». A finales de junio, visitará todos los locales de Gorillas en Alemania, en bicicleta, para hablar con sus empleados. No dejó lugar para preguntas ni debates después de su discurso en Zoom.

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La intervención de Kagan Sümer hizo que los huelguistas se enfurecieran más. Pocas horas después de la reunión, volvieron a bloquear un centro de reparto, esta vez en la Muskauer Strasse de Kreuzberg. «Dice que el 65% de los trabajadores de Gorilas están satisfechos, pero ¿qué pasa con el otro 35%?», preguntó Zeynep, una repartidora miembro del núcleo duro de los huelguistas y que el día anterior ya había explicado en detalles las preocupaciones del Colectivo de Trabajadores a muchos periodistas. Mientras tanto, la lista de reivindicaciones sigue aumentando: además de la reincorporación de Santiago, los huelguistas reclaman el fin de lo que consideran despidos arbitrarios. «Si no se resuelven nuestros problemas, seguiremos luchando», dice Zeynep y sigue abierta la cuestión de si habrá más huelgas u otro tipo de acciones.

Ella y sus compañeros saben que el miedo de la dirección de Gorillas no quiere afectar su imagen y que eso juega a su favor. Gorillas se encuentra en una fase de crecimiento agresivo, como es habitual en el caso de un «unicornio», una empresa emergente con una valoración de mercado de más de mil millones de dólares. Sin embargo, al igual que otras startups, Gorillas no realiza beneficios. Es sólo una promesa de futuro, enriquecida por grandes cantidades de capital-riesgo. La empresa se concentra en el objetivo de seguir creciendo y de eliminar a todos los competidores del mercado. Actualmente crecen como hongos: Flink y Getir, también creadas en Berlín, aplican el mismo modelo de económico que Gorillas.

Los repartidores y los preparadores de pedidos tienen un gran poder: las huelgas, la organización y la posibilidad de denunciar públicamente las condiciones de trabajo, son hechos que pueden asustar a los inversores y a los clientes. Las acciones de protesta en Gorillas son seguidas de cerca por los periodistas. Los medios de comunicación cercanos a la empresa tratan de encontrar las razones del «gran malestar» de los mensajeros. «Pero es evidente: el vaso se desbordó masivamente en Gorillas», escribe el sitio Gründerszene. El autor, abogado laboral, aconseja a la empresa que hable con los trabajadores en lugar de despedirlos, pues de lo contrario corre el riesgo de no encontrar a los nuevos repartidores que necesita para su crecimiento.

Es cierto que los daños económicos inmediatos de la huelga y los bloqueos son limitados: si la empresa no obtiene beneficios, éstos no pueden reducirse. Probablemente, Gorillas va a tratar de no prolongar el conflicto, con la esperanza de que el interés público por el mismo se disipe rápidamente. Pero esta estrategia es como todo el modelo de negocio: una apuesta arriesgada por el futuro

Los huelguistas apuestan a la solidaridad y la unidad. El desafío es importante: su lucha es ya un ejemplo para todo el sector. Para el ejército de coloridos repartidores que recorren las calles de la capital con bolsas de comida, cerveza fría o pasta de dientes y que sigue aumentando -como los de Gorillas-, su futuro se está preparando. (Artículo publicado en Der Freitag, 25-6-2021, https://www.freitag.de/)

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