Se aprobó en diputados

Alcances y límites de la Ley de Etiquetado, y el lobby de la industria alimenticia

Argentina se suma a la larga lista de países que aplican etiquetado frontal de alimentos, en pos de avanzar hacia una alimentación más saludable. A pesar de ello, el problema de fondo sigue siendo la producción capitalista.

Redacción de IzquierdaWeb.


Este martes la Cámara de Diputados aprobó Ley de Etiquetado Frontal de alimentos, que ya contaba con media sanción en Senadores, y por lo tanto ya es ley.

La aprobación logró concretarse luego de que el pasado 5 de octubre hubo un intento fallido de tratar el proyecto en la cámara baja, obstaculizado principalmente por la decisión del bloque de Juntos por el Cambio de no dar quorum.

En aquella primera sesión fallida tuvo mucho que ver el lobby de la industria alimenticia que busca a toda costa evitar que se apruebe el proyecto.

En esta ocasión, el quorum estuvo garantizado debido a que los dos bloques mayoritarios (FdT y JxC) acordaron la convocatoria a la sesión. Por amplia mayoría y a pesar de la oposición del bloque macrista, con excepción de algunos diputados de la UCR que se manifestaron a favor, el proyecto finalmente fue aprobado con 200 votos a favor. La mayoría de las bancas del oficialismo y el bloque de la izquierda apoyaron el proyecto.

Aprovechamos para compartir algunas breves líneas sobre los alcances y los límites del proyecto de ley de etiquetado desde nuestra perspectiva.

Derecho a la salud y a la información

El proyecto prevé un sistema de rótulos en los frentes de los envases de los alimentos que advierten de manera clara y concisa que la composición de dicho producto excede los valores recomendados en grasas saturadas, sodio y/o azúcares, principalmente.

Este sistema de etiquetado existe ya en numerosos países de la región, por ejemplo en Chile (adoptado en 2016), Uruguay (2018), Perú (2019) y México (2020). Por lo que Argentina ya está «corriendo detrás» de otros países en esta materia.

Más allá de que las empresas productoras ya están obligadas a detallar la composición de sus productos en los envases, el etiquetado permite que el consumidor vea y comprenda de manera clara las consecuencias para su salud que podría acarrear el consumo de productos excedidos de estos componentes. Se trata, nada más ni nada menos que de garantizar el derecho a la información sobre lo que comemos, por un lado, y hacer un aporte a la adopción de una dieta más saludable por parte de los consumidores, por el otro.

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Pero, ¿por qué es importante saber qué contienen nuestros alimentos? ¿puede esta ley realmente ser una solución hacia las consecuencias para la salud que tiene los productos que actualmente ofrece el mercado de la industria alimenticia?

Salud o ganancias

En este punto debe tenerse en cuenta que el modo capitalista de producción de alimentos conduce inevitablemente a un mercado dominado por productos de muy bajo valor nutricional, nocivos para la salud y, en algunos casos, con componentes químicos que ni siquiera pueden considerarse alimentos, como en el caso de los productos procesados y ultraprocesados.

¿Por qué esto es así? Por la sencilla razón de que producir alimentos de esta manera para las empresas es más barato, aumentando los márgenes de rentabilidad.

Es por eso que, contrario a lo que pregonan los profetas del libre mercado, la competencia entre las empresas no disminuye sino que acrecienta esta tendencia. Dicho en criollo, para las empresas es más rentable vendernos porquerías que pueden producir rápido y barato en vez de alimentos que realmente satisfagan las necesidades nutricionales y abogue por la salud de la población.

Esto significa que no alcanza simplemente con tener información clara. La Ley de Etiquetado es útil para sacar a la luz la problemática, pero no para resolverla. El problema de fondo es que los alimentos, en el capitalismo, son una mercancía.

El punto que queremos remarcar con esto es que una ley como la de etiquetado, aun jugando un papel progresivo, significaría establecer una base mínima para proteger la salud, pero que de ninguna manera cambiaría la oferta que brinda el mercado capitalista de alimentos, basado en las ganancias y en la competitividad a costa de la salud de la población.

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Según la OMS, en las últimas décadas ha ido en aumento la ingesta de alimentos hipercalóricos, ricos en grasas y azúcares pero carentes de minerales y vitaminas. Esto está directamente relacionado con la obesidad y con el crecimiento de los casos de enfermedades que le son atribuidas como consecuencia.

Se trata, por lo tanto, de un problema estructural del modo de producción capitalista, y no de la «malicia» de tal o cual empresa en particular. No obstante, sí es cierto que la ley de etiquetado tiene algunas consecuencias reales en el consumo: en Uruguay, un estudio de UNICEF comprobó que desde que se comenzó a etiquetar los alimentos un 18% de los consumidores optó por no comprar un producto que muestre los octógonos negros, y un 23% prefirió productos libres de advertencias. Estos efectos en las ventas también explica por qué las empresas se oponen tan furiosamente al etiquetado.

Estos datos muestran los alcances progresivos de la ley, pero muestra también sus límites: para cambiar la forma en que nos alimentamos no basta con establecer cambios en la esfera del consumo, son necesarios sobre todo en la esfera de la producción.

Por lo tanto, con lo anterior expuesto no queremos decir que la ley no tiene incidencia real. De hecho sí la tiene y debemos luchar por su implementación. Pero no queremos dejar de recalcar que nunca podrá solucionar el problema de fondo, sino tan sólo mostrarlo de manera clara.

La alimentación, demás está decirlo, es un derecho humano fundamental. Por lo tanto, no puede quedar a merced de las ganancias de los capitalistas. Los socialistas creemos que la producción debe estar subordinada a las necesidades sociales, es decir, exactamente lo opuesto a lo que sucede en el capitalismo.

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