"Día de la militancia"

Alberto Fernández en Plaza de Mayo: una puesta en escena para intentar retomar la iniciativa

Un intento de relanzamiento del gobierno, cruzado por el FMI y la derrota del pasado domingo, hacia los próximos dos años.

Editor del Suplemento semanal de Izquierda Web.


La Plaza fue un mensaje: «pese a la derrota electoral, seguimos gobernando. No solo eso, somos la primera fuerza política organizada del país» parece haber querido decir Alberto con otras palabras.

“En esa lucha que yo contaba, muchos dejaron jirones, muchos perdieron su vida y no están con nosotros. A cada uno de ellos rindámosle un homenaje con un aplauso para todos los compañeros que no están” arrancó, en una reivindicación de la historia del peronismo.

La tónica de esa frase marcó todo el discurso y el mensaje que quiso dejar. «El comienzo de la segunda etapa».

Hubo algunas afirmaciones claras, varios eufemismos y unas cuantas omisiones. Las afirmaciones claras: la continuidad de la «unidad» del Frente de Todos y el peronismo y que son ellos y nadie más quien gobierna. Los eufemismos: el curso económico y el «crecimiento». La (gran) omisión: nombrar al FMI.

«Las urnas de las PASO nos dejaron un mensaje que escuchamos. Corregimos cosas y dictamos medidas». Reafirmó así que no contaría (por algún motivo) como derrota las elecciones de noviembre.

La «remontada» habría comenzado hace dos meses, continuaría hasta el 2023. «Tenemos que hacer lo necesario para que en 2023 aseguremos un triunfo rotundo y la victoria que merecen los argentinos». Lo dicho reagrupa a su base social, lograrlo depende de superar las dificultades. No son pocas.

En ese tono es que habló de la economía post pandemia. «Crecimiento» fue la palabra dominante, como lo fue a lo largo de los últimos dos años. Pero lo fue sobre todo en boca de Martín Guzmán, que dijo muchas veces la frase completa, no la recortada en Plaza de Mayo por Alberto: «crecer para pagar». ¿Qué significa, concretamente, eso? La búsqueda del «plazo de gracia» del FMI, pedirle (por favor) que deje tranquilas las agotadas cuentas nacionales por un par de años.

Hay que decir, sin embargo, que si hubo «crecimiento» en los últimos meses, las amplias mayorías no lo vivieron como tal. La vuelta del encierro no fue un regreso a la vieja vida. La gente salió de su casa, miró el mundo y lo encontró más difícil y hostil que antes. El regreso a la circulación y al trabajo fue en peores condiciones, con peores salarios, con trabajos más miserables.

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En Argentina hubo, si se quiere, dos crisis económicas superpuestas: los cierres por la pandemia y la arrastrada de los años anteriores. La primero empeoró la segunda. Se sale de la cuarentena y se vuelve la actividad, eso explica el «crecimiento del 9%» del que habla Alberto. Pero la otra crisis sigue pese a esa cifra; lo que solo puede augurar muy pocas buenas noticias en los próximos años.

Lo dijo sin decirlo: «somos la única fuerza política que puede gobernar el país». Se lo dijo a la clase capitalista, al FMI, a Juntos por el Cambio. Se los dijo sin decirlo: «somos los únicos que pueden cuidar sus intereses, pero tienen que negociar con nosotros y ceder cuando sea necesario». Hasta ahora, el caso más paradigmático de «ceder» bajo este gobierno lleva la marca «Vicentín» grabada. Que quien ceda sea otro está por verse.

Es curiosa su reafirmación del llamado al «diálogo». ¿Qué quiere dialogar? Los términos del pacto con el FMI. ¿Para qué? Para que trascienda a elecciones y gobiernos. Los gobiernos pasan, el Fondo se queda.

Aparentemente en contradicción con eso es que polarizó con la derecha del país: ”Si Macri no quiere hablar, que se quede con sus amigos solo, haciendo negocios; si Milei no quiere hablar, que se quede encerrado con aquellos compañeros que tiene, que niegan la diversidad y el terrorismo de Estado”. Esto último va en la misma línea que la afirmación que la conducción del país son él y «la vicepresidenta».

Llegar a un acuerdo con el FMI es, en definitiva, ajustar. Hacerlo «dialogando» con Juntos es, en definitiva, ajustar. No hay tal contradicción entre los dos términos del discurso. Ceden a acordar con el FMI, pero quieren poner alguna condición. El solo «acuerdo», sin embargo, implica aceptar, no importa todo lo demás, lo fundamental: al FMI se le paga dólar por dólar.

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La polarización con Macri, y con nadie más, no es casualidad: intenta meter el cuchillo en la interna de Juntos. El «diálogo» es con Larreta y Vidal que son, no Macri, quienes ganaron las pasadas elecciones.

El «progresismo» de lo dicho por Alberto es para agrupar a la «tropa»: asegurar (y mostrar) que es la principal fuerza política del país la que gobernará los próximos dos años. Y es, por lo tanto, la única que puede garantizar un acuerdo con el FMI que, además, se pueda aplicar sin que estalle todo por los aires.

Afinando con el tono «progresista» de una parte del discurso, dijo algo que a más de uno le llamó la atención. Fue la única «medida concreta» anunciada, pero poco tiene de concreta si desconfiamos de que vaya a hacerse: «lo más importante es que el salario de los que trabajadores no va a pagar más impuestos a las ganancias».

En sus momentos de mayor fortaleza, el kirchnerismo supo hacerse fuerte con medidas así. La nacionalización de las AFJP fue tal vez la de mayor alcance en su historia. Tomar semejante medida apuntaría a volver a ganarse a una parte importante de la clase obrera. Nos permitimos dudar que vayan a hacer algo así teniendo antecedentes como los (muy) fallidos «impuesto a las grandes fortunas», «prohibición de despidos», etc.

El margen es poco, las crisis acumuladas con muchas. ¿Quién pagará las cuentas? Para todas las fuerzas capitalistas, lo harán los trabajadores y las mayorías populares. El gobierno negocia con el FMI que sea en cuotas, lo más «cómodas» posible para poder venderlas en el 2023 a millones de trabajadores que arrastran día a día más dificultades en su lucha por la existencia con un salario.

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