Adorni. Fin.

¿Por qué Milei quiso sostener a Adorni? Esa es la pregunta que casi todo el mundo se hacía. Empresarios, medios de comunicación, inversores internacionales, partidos políticos; todos tratan de dar una respuesta al aferramiento del presidente Javier Milei a su Jefe de Gabinete, acusado penalmente de enriquecimiento ilícito. En criollo, de ser un delincuente. Justo él, que desde el púlpito de vocero señalaba supuestos “privilegios” a diestra y siniestra.

Desde el 8 de marzo, cuando se descubrió que su esposa había viajado con él a Nueva York junto a la comitiva del gobierno a la reunión de la ONU, han transcurrido más de 100 días. Eso fue solo el comienzo. Después vinieron los vuelos privados, los departamentos y casas de country, las cascadas, los pendrives. Fueron meses de una sucesión obscena de hechos que mostró la distancia existente entre los que venían a combatir la casta y quienes viven las consecuencias de un modelo económico que genera desempleo, precarización, retroceso salarial y caída del consumo.

Sin embargo, el gobierno (y particularmente Javier Milei) lo sostuvo por largos meses. Hasta que finalmente cayó, lo que abre un interrogante sobre las consecuencias políticas. Entonces, ¿por qué eligieron someterse a ese grado de desgaste?

El régimen y la impunidad de Adorni

En el fondo, hasta ahora nunca terminó de abrirse una verdadera crisis política.[1] Más allá que varios sectores recomendaron su salida (para resguardar a Milei), y que dentro del gobierno existen posiciones que preferían desde mucho antes ver a Adorni fuera del gabinete, éste como tal no se dividió.

Quien más empujó públicamente por la salida del Jefe de Gabinete fue Patricia Bullrich. Ella cuenta con algunas particularidades: tiene una extensa (y zigzagueante) trayectoria política, fue una funcionaria importante del PRO y candidata presidencial en 2023, cuando se inclinó al apoyo a Milei en el ballotage. Como tal, cuenta con un perfil y caudal electoral propio. Pero además es apuntada por parte del establishment desencantado y/o crítico con Milei como eventual recambio en 2027. Desde este punto de vista, cuidó su perfil. Sin embargo, también es quien se encargó de rescatar a Adorni en el Parlamento. Bullrich se diferencia, pero no rompe.

Entran en juego también los aliados y colaboracionistas que vienen ampliando hace dos años el caudal de representación parlamentaria del gobierno: el PRO, la UCR y las fuerzas provinciales, mayoritariamente peronistas. Los dos primeros, que lograron ser parte de una coalición de gobierno, quedaron reducidos a enclaves provinciales sin peso nacional propio, y que finalmente le tributan al mileísmo. La UCR por lo menos empujó (mayoritariamente) la Ley de Financiamiento Universitario, pero el PRO tiene el récord absoluto de subordinación al haber votado prácticamente incólume todas las leyes al gobierno. Con el mismo espíritu actúan los caudillos peronistas, que gobiernan sus provincias separándose de cualquier proyecto nacional. Sin estos actores es imposible explicar que hace solo unos días en Diputados se dio media sanción al escandaloso Super RIGI y la sanción del pago de casi 200 millones de dólares a dos fondos buitres.

“Un condenado sin verdugo” graficaba con contundencia Jorge Liotti para hablar de la situación de Manuel Adorni: “todos piensan que debería irse, pero nadie quiere aparecer como responsable de ajusticiarlo” (La Nación, 21/6). A quien más le cabe esta responsabilidad es al peronismo que, más allá de la dinámica legislativa, no hizo absolutamente nada para poner en pie una movilización que logre unir la exigencia de la renuncia de Adorni con los cientos de pesares cotidianos que atraviesa la sociedad: la reforma laboral, el salario, los despidos.

Parte de esto es el escandaloso (con responsabilidad compartida entre el radicalismo y el peronismo) acuerdo de los rectores y las burocracias sindicales docentes y no docentes por el conflicto universitario. Es una traición a la lucha de la comunidad universitaria y del conjunto de la sociedad en los últimos dos años. El reciente fallo de la Corte Suprema hace un poco de justicia al disponer el pago de las actualizaciones salariales desde 2023 y el aumento de las becas Progresar para los estudiantes (los grandes excluidos del acuerdo previo), y demuestra que hay condiciones para seguir la pelea por la aplicación efectiva de la Ley de Financiamiento Universitario.

Un contexto internacional indefinido: el laberinto de la extrema derecha

Pero también, más allá de los factores estrictamente domésticos, parte de la explicación es el contexto internacional, en el que la situación bascula entre el interregno y la reacción.

En el interregno, el principal factor -que se suma a otros-, es la derrota de Trump en Irán, un golpe político y militar al imperialismo yanqui por parte de una nación independiente, aunque gobernada por el brutal régimen de los ayatolas. En el frente interior, Trump y ICE fueron echados de Minneapolis a principios de año por la movilización y la organización popular contra las redadas migratorias, y todavía no se recuperan. El mundo mira expectante el 3 de noviembre, fecha de las elecciones de medio término en Estados Unidos, a las que Trump llega con sus índices más bajos de aprobación de sus dos mandatos.

Estos movimientos ponen un límite a la extrema derecha, que duda de si va a lograr afirmarse gubernamentalmente.

Sin embargo, en la región, hubo novedades electorales que oscilan para el otro lado y apuntalan a la reacción.

El triunfo de Keiko Fujimori en Perú (por menos de 45 mil votos) y el de de la Espriella en Colombia (por 250 mil) tienen diferencias y similitudes.

Keiko es la hija de Alberto Fujiumori, presidente que durante su década en el poder (1990-2000) impuso a sangre y fuego el neoliberalismo, disolvió el Parlamento e impuso un régimen de tutelaje militar que dejó un saldo de 70 mil personas asesinadas y desaparecidas (en su mayoría campesinos e indígenas). Posteriormente, fue condenado por delitos de lesa humanidad. Este es el currículum que reivindica Keiko, aunque trate de presentar un perfil de mayor apertura luego de haber perdido 3 balotajes previamente.

En Perú la crisis del sistema político es brutal: en ocho años hubo ocho presidentes, ninguno terminó su mandato, e incluso hubo un golpe de Estado en el 2022. En ese marco retorna el fujimorismo con un discurso de orden y seguridad, apoyándose sobre todo en Lima y en la zona costera del norte en un país fragmentado.

Por su parte, de la Espriella llega a la presidencia luego de las expectativas defraudadas del “izquierdista” Petro. El régimen político colombiano es bastante más estable que el peruano, aunque el uribismo se ha derrumbado y de esa base social se alimentó de la Espriella. Intenta sintonizar desde lo económico con Milei y desde lo político con Bukele. Como Keiko, su campaña se basó en el “orden” y la “seguridad” en un país todavía atravesado por la existencia de grupos armados y el incremento de la violencia en el país.

Si bien ambos son parte de la extrema derecha, nuestra hipótesis es que sus triunfos electorales se deben más bien a la disfuncionalidad del capitalismo autóctono que a la adhesión política activa de las mayorías. Pero, en este vaivén que es situación internacional, la reafirmación regional de gobiernos hacia la extrema derecha favorece también la intransigencia de Milei.

Si bien todas estas son circunstancias concurrentes, hay una que es clave: los gobiernos con personajes de extrema derecha operan con lógicas distintas a los de la democracia burguesa tradicional. Desde el comienzo de su mandato, Milei intentó horadar el régimen político desde la derecha. Recordemos la apertura del año legislativo en 2024 de espaldas al Congreso. Sus proyectos de Ley Ómnibus primero, y de Ley Bases después, intentaban limitar seriamente el régimen político y ciertas libertades democráticas. El protocolo antipiquetes iba en el mismo sentido. A comienzos de este año, decíamos que tenía un determinado grado de normalizacion para ser un gobierno de extrema derecha, que encontró límites en las relaciones de fuerzas históricas de este país, con las contradicciones que eso conlleva.

Sin embargo, si no puede llevar hasta el final su plan reformista, se esfuerzan por dejar planteadas una serie de hitos o banderas irrenunciables. Son menos permeables a la presión de la opinión pública y del juego democrático en general. Es una reafirmación ideológica más que puramente electoral. Es cierto que siempre hay un espacio para la negociación y retroceso, por algo se dice que la sigla de Trump es TACO (Trump always chickens out, “Trump siempre se echa para atras”). Pero en principio su lógica no se orienta por el consenso sino por el enfrentamiento.

Adicionalmente, el gobierno también se apoya en la economía, o en una parte de ella: la de los indicadores macroeconómicos y cierta bonanza financiera, aunque la repercusión en la vida cotidiana de los trabajadores sea nulo.

Y, por último, si bien la bronca contra el “deslomado” Adorni logró catalizar parte de la bronca por las desventajas económicas de las mayorías, por sí mismo el tema “corrupción” es un generador de desafección política, de sentimiento de rechazo de las más amplias masas por una vida completamente desligada de sus vivencias. La “aparición” de videos del vestidor de Insaurralde con fajos de dólares no tiene otra motivación que enchastar aún más las cosas.

La oportunidad histórica de la izquierda

Es difícil prever si la suma de estas circunstancias va a lograr encauzar electoralmente los desarreglos del país después del Mundial. Por lo pronto, desde el punto de vista de la lucha de clases, la situación política se procesa como un impasse a la espera de ver que sucede.

Mientras tanto, cada espacio político está ajustando sus internas para lanzarse a esa batalla. En el cuadrante de la derecha/extrema derecha, la duda es si hay continuidad de Milei por un periodo más mientras entran en juego Bullrich y Macri. En el peronismo escala la interna entre camporistas y kicillofistas, sin que la sociedad entienda sus motivos, fines y objetivo; por lo pronto absolutamente ajenos a las vivencias cotidianas de millones.

En la izquierda revolucionaria también se está procesando un debate: si frente al desastre mileísta, y la entrega y el desgaste del peronismo, la izquierda logra convertirse en una alternativa para millones y las vías para lograrlo.

Como señalamos en nuestra carta abierta, se está produciendo un intercambio entre los partidos del FITU, otras organizaciones e intelectuales de izquierda. Desde el Nuevo MAS queremos ser parte del debate, del cual hasta ahora venimos siendo excluidos. Nuestra propuesta es clara, y la venimos sosteniendo hace 15 años: para que la izquierda logre consolidarse como una opción debe unificarse.

El FITU por sí solo -y mucho menos el PTS- no tiene la capacidad de concretar esto. Si bien es cierto que hay una oportunidad electoral, el traslado a la construcción orgánica/estructural es un desafío. En este sentido, desde el Nuevo MAS y nuestra juventud anticapitalista, el ¡Ya Basta! aportamos desde la construcción en este sector, uno de los más dinámicos en el mundo, y estamos tendiendo a ocupar el espacio orgánico y de representación. Los plenarios que venimos realizando demuestran un avance en la construcción e instalación de una identidad anticapitalista de nuestra juventud que impacta en más amplios sectores.


[1] Con “crisis política” nos referimos a que nunca estuvo realmente cuestionado el gobierno como tal, ni la gobernabilidad.

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