La era digital -entendida como el surgimiento del ciberespacio con la conexión a internet mediante dispositivos computarizados- empezó en la década de los noventa y se profundizó e instaló en nuestras vidas hace medianamente pocos años. En la Postmodernidad los avances tecnológicos modificaron radicalmente la vida de las personas y la omnipresencia de internet funciona como verdadero panóptico (Byung-Chul Han) donde toma consistencia y se apoyan las relaciones humanas. Las pantallas existen en casi todos los contextos de los cuerpos de las personas. Podríamos decir que el funcionamiento electrónico de las pantallas digitales nos acompaña y organiza la vida.
En un lapso de muy poco tiempo comenzamos a conectarnos a estos dispositivos tecnológicos para implementarlos como teléfonos móviles, computadoras y luego dándoles muchísimos otros usos, reemplazando objetos que formaban parte de los hábitos cotidianos como el reloj despertador, la agenda, la cámara de fotos, los mapas, la radio, televisión, equipo de música, calculadoras, anotadores, libros, etc. Estos elementos con pantallas planas, portátiles (o no), concentraron y absorbieron muchas otras funciones, actividades, contactos y formas de relación con nuestras propias destrezas y competencias humanas, como con demás objetos de uso frecuente. La diversa vida corporal de relación empezó a resumirse y reducirse a una sola cosa.
Con la aparición cada vez más avanzada de software y hardware accedemos a plataformas y contenidos virtuales tanto en buscadores, como en redes sociales obteniendo muchísima información y comunicación.

Estas tecnologías funcionan como verdaderos cerebros humanos que piensan, memorizan, buscan, resuelven, conquistan y atrapan nuestra atención. Poseen un magnetismo muy potente que nos hace estar cada vez más sumergidos en ellas.
En el desarrollo infantil cada vez más temprano se observan características de estos dispositivos electrónicos en distintos aspectos o zonas de los cuerpos.
A estas presentaciones corporales les podemos decir cuerpos robots porque si bien aprenden, carecen de espontaneidad, tienen muchísima rigidez y se automatizan con facilidad. Se encienden y también se apagan.
El cuerpocosa (Pereyra, 2017) es un concepto que se refiere a la materialidad del cuerpo con sus componentes reales tales como moléculas, átomos e iones, ligada a lo propio de las marcas relacionales, generando características y vicisitudes de una presentación particular y subjetiva. Según esta hipótesis los cuerpocosa se presentan según los distintos estados de agregación de la materia. Hay cuerpocosas que parecen líquidos, otros sólidos, otros gaseosos y otros plasmáticos.
Los cuerpocosas sólidos son duros, pasivos, inmóviles, que observan y se quedan ahí donde fueron puestos. Los líquidos se desparraman, se filtran, se vuelcan, se mueven constantemente y van por el piso. Los gaseosos son huidizos, se vuelan, van por las alturas, no se consisten tónicamente. Los plasmas se vuelan, se adhieren, se mueven constantemente y parecen que tienen electricidad.
Los cuerpos robots (sólidos y plasmáticos) tienen dificultades para salir de la rutina porque hacerlo les implica espacio libre para armar algo propio, flexibilizarse y disponerse hacia otras presencias, experiencias y realidades.
Los cuerpos robots necesitan seguir siéndolo para funcionar mecánicamente, electrónicamente, eléctricamente. Un cuerpo con estas características no tiene demasiada autonomía, necesita conectarse a otro objeto en forma constante.
El cuerpo robot tiene problemas para estar en presencia de otros cuerpos, por fuera de su medio familiar. En su hogar hasta pareciera no ser un robot, se muestra afectuoso, cálido y bastante cercano; pero si presta especial atención su voz se asemeja a las animaciones que se reproducen en los dispositivos electrónicos.
Un cuerpo robot está reducido y limitado en su despliegue creativo: repite, emite, copia lo que otros programaron para él, espera que le digan qué hacer o qué responder, no crea sus propios programas. Fue diseñado para seguir y ejecutar acciones de contenidos visuales y sonoros, entonces no sabe cómo entrar en contacto sin ese formato digital de por medio, porque además el medio que lo rodea es como un Gran Robot. Su contexto social próximo también es un dispositivo tecnológico, porque es como una pantalla que mira y controla, capturando la atención y automatizándose a los modos de funcionamiento que le dieron resultado para lograr cierto equilibrio tensional. En algunos aspectos acciona de la misma manera, reproduce un funcionamiento idéntico por mucho tiempo y es como si necesitara que se apretara algún botón para salir de lo automático. Este contexto que lo rodea tampoco puede improvisar, pareciera regirse por algún tipo de guion y frente a situaciones de incertidumbre recurren a manuales de instrucciones.
Un cuerpo robotizado no puede dejar de serlo a no ser que se encuentre con otro u otros cuerpos que lo hagan salir, soltarse y dejarse llevar hacia otra manera de estar, ser y hacer con él mismo, con los espacios, los tiempos, los objetos, el mundo; sin necesidad de enchufarse, conectarse y reproducirse solo en lo que ya tiene y es, sino en lo que podría llegar a ser.
Un cuerpo robot tiende a querer seguir siendo un aparato porque es su materialidad, es lo que insiste, es lo que armó, pero cuando puede toparse con otros modos de funcionamiento y dejarse jugar con los otros, para identificarse, humanizarse, diversificarse, ampliarse, descontrolarse, empieza a dejar de ser una única cosa, para ser un cuerpo que se puede jugar, relajar, mover, apropiar, moldear, simbolizar, habilitar, disfrutar, abrir, probar, fluctuar, aprender, inventar, pensar, construir y de-construir.
Porque un cuerpo robot puede “jugar al robot” que podría ser jugar a que es una pantalla, o a que mira una tv, o a que usa un teléfono celular, o a lo que se le ocurra. Pero si en lugar de jugar espontáneamente o hacer “como si”, sigue siendo una cosa automática y eléctrica literalmente no va a poder mirarse, escucharse, sentirse, palparse, olfatearse, saborearse, imaginarse, organizarse, sostenerse, pensarse, desplegarse, constituirse, consistirse, diferenciarse, escribirse como cuerpo propio, humano, social y singular. Porque sin jugar no hay manera de subjetivarse por más que se entrene, eduque, condicione el comportamiento o el funcionamiento por medio de ejercicios, consignas y repeticiones que le hagan hacer otros cuerpos también programados como dispositivos electrónicos.
Entonces si los cuerpos sociales también se presentan como robots ¿cuál será la intervención?
¿Habrá manera de producir movimientos subjetivos en vivencias de cuerpos robotizados, automatizados, rigidizados?
Desde el rol del estado ¿cuáles serán las políticas públicas intersectoriales de cuidado de las infancias y adolescencias, que delimiten las condiciones de uso de estas tecnologías, tanto en los ámbitos públicos como en los privados?
Si en este sistema capitalista global que deshumaniza vamos tomando las características de las cosas, donde el consumo, el individualismo y el mercado se exacerban arrasando a los cuerpos, al deseo y al sujeto. ¿Dónde se produce el encuentro social y propio desde la espontaneidad, reciprocidad del intercambio con los otros en lo común y diverso de la mirada, el gesto, la escucha, el ritmo, el movimiento, etc. en la presencia, la emoción e integración de las distintas esferas de la vida en relación?
Si nuestros cuerpos se van reduciendo, limitando o materializando en las cosas inanimadas y de alguna manera pierden su materia simbólica, accionar en nuestra vida cotidiana recuperando y cuidando las experiencias sensibles en la interacción, resulta ser una primera e importante elección.
Empezando por apagar, distanciar, limitar o silenciar estos dispositivos, saliendo y resistiendo el magnetismo, el impulso, automatismo, reproducción, para reencontrar la vida, el juego, la voz, el cambio de posición, pensamiento, reflexión, acción, creación, producciones propias de nuestra condición.
Bibliografía
Byung-Chul Han, Psicopolítica, Barcelona, Ed. Herder, 2014.
Patricia A. Pereyra, El cuerpocosa, Buenos Aires, Letra Viva, 2017.
Patricia A. Pereyra, La función del cuerpo parental, Buenos Aires, Corpora Ediciones, 2023.
Patricia A. Pereyra, Limitaciones corporales en el desarrollo de las infancias, España, Revista EntreLíneas, Nro. 54, 2024.




