«Chicas muertas»: del “crimen pasional” al Femicidio

A 11 años del Ni Una Menos, la batalla por las palabras continúa. Frente a los discursos nefastos y odiantes de la derecha y sus seguidores, desde Las Rojas y el Nuevo Mas decimos bien fuerte ¡Ni Una Menos, vivas nos queremos!

Desde hace años, los medios de comunicación narraron el asesinato de mujeres con una serie de expresiones que hoy resultan incómodas: «crimen pasional», «drama de celos», «tragedia amorosa». Esas palabras construían una escena particular. Había un hombre que amaba demasiado, una relación que terminaba mal y un desenlace desafortunado. La violencia aparecía diluida entre emociones privadas. Lo que desaparecía, en definitiva, era la violencia patriarcal detrás del asesinato de una mujer por el hecho de ser mujer.

Nombrar nunca es inocente. El lenguaje no constituye un mero reflejo de la realidad, sino el sistema a través del cual la organizamos y le otorgamos sentido. Las palabras permiten agrupar experiencias dispersas bajo una misma categoría y hacerlas inteligibles para una comunidad. En este sentido, la aparición y difusión del término «Femicidio» significó mucho más que la incorporación de una nueva palabra al vocabulario público. La categoría fue una conquista del movimiento feminista que permitió reconocer una serie de crímenes que, hasta entonces, aparecían como hechos aislados, excepcionales o privados, reuniéndolos bajo una misma estructura de significado. Allí donde antes había casos inconexos, comenzó a percibirse el fenómeno de la violencia contra las mujeres, que es estructural en el capitalismo patriarcal. Nombrar, entonces, no solo implica describir el mundo: también supone establecer las condiciones desde las cuales podemos comprenderlo.

Cuando el movimiento “Ni una menos” irrumpió en las calles el 3 de Junio del 2015, no solo puso en agenda una problemática histórica, sino una realidad que se intentaba invisibilizar: que a las mujeres se nos mata por el hecho de ser mujer, que no es un problema individual sino social y político, del cual el Estado burgués es responsable. Con el Ni Una Menos se pusieron las cartas sobre la mesa; con miles de mujeres, saliendo a las calles con una fuerza feroz, se logró que la sociedad no continuara girando la vista hacia otro lado, era necesario poder nombrar la violencia, la opresión y las muertes de miles de mujeres, era necesario la palabra Femicidio.

La incorporación y defensa de la importancia de este término no es por mero capricho. Nombrar los asesinatos a mujeres como Femicidios, permitió reconocer que estas agresiones expresan relaciones opresivas de poder que atraviesan a toda la sociedad y no pueden comprenderse solamente desde lo individual de cada caso. La palabra Femicidio hizo visible la problemática que permanecía oculta bajo discursos moralizantes o patológicos que justificaban al agresor y señalaban, en muchos casos, con un dedo acusador a la verdadera víctima.

Antes del femicidio: las consecuencias del no nombrar

Como mencionamos en notas anteriores, el arte y la cultura no están exentos a las condiciones y sucesos de su época. Veamos el ejemplo Chicas Muertas de Selva Almada, escritora argentina que publicó esta novela en el 2014, un año antes de la masiva primera movilización del Ni Una Menos.
La novela reconstruye tres asesinatos de jóvenes ocurridos en distintas provincias argentinas durante la década de 1980: Andrea Danne en Entre Ríos, María Luisa Quevedo en Chaco y Sarita Mundín en Córdoba. Ninguno de los casos fue resuelto. Ninguno obtuvo una reparación para las víctimas. Ninguno logró permanecer de manera estable en la memoria pública.

Una novela polifónica que muestra los rumores pueblerinos, cómo la gente opinaba con impunidad construyendo relatos en torno a los crímenes en los que muchas veces se juzgaba más a la víctima que al agresor, rumores en torno a si las jóvenes tenían amantes o el cuestionamiento sobre qué habrían hecho para terminar así, como si ellas lo hubieran buscado. La desinformación, los abusos, la misoginia y la impunidad atraviesan transversalmente estos relatos, construyendo de manera magistral la novela que excede a la ficción, exponiendo cómo parte de la sociedad comprendía y razonaba los casos de asesinatos a mujeres.

Sin embargo, el interés del libro no radica únicamente en reconstruir esos crímenes. Almada se pregunta por las condiciones que hicieron posible su olvido. A medida que avanza la narración, emerge una inquietud más profunda: ¿qué ocurre cuando una sociedad carece de las herramientas políticas, jurídicas y simbólicas para reconocer una violencia como parte de un fenómeno colectivo?

Las jóvenes asesinadas aparecen atrapadas en una zona de indeterminación. Sus historias sobreviven dispersas entre expedientes judiciales incompletos, recuerdos fragmentarios, rumores de pueblo y coberturas periodísticas marcadas por el sensacionalismo o la indiferencia. La investigación de Almada revela que no solo faltaron respuestas judiciales; faltó también un lenguaje capaz de explicar aquello que había sucedido. Las muertes eran percibidas como tragedias aisladas, desgracias individuales o episodios desafortunados. Todavía no existía una categoría socialmente extendida que permitiera leerlas como parte de una misma estructura de violencia.

Por eso, la pregunta que atraviesa el libro no es solamente quién las mató, sino por qué sus muertes pudieron ser olvidadas durante tanto tiempo. Almada parece sugerir que el olvido no es un accidente, sino un hecho que tiene lugar en una sociedad atravesada por relaciones de explotación y opresión. Cuando una experiencia carece de nombre, resulta más difícil reconocer sus patrones, establecer conexiones y reclamar justicia. Cada asesinato permanece encerrado en su singularidad; cada víctima aparece separada de las demás. Lo que hoy identificamos como violencia de género, en ese entonces se presentaba como una sucesión de casos inconexos.

Leída desde el presente, la obra parece señalar precisamente esa ausencia. No porque la violencia no existiera, sino porque todavía no contaba con una palabra capaz de volverla visible. En este sentido, Chicas muertas puede leerse como el relato de una época anterior a la irrupción del movimiento de mujeres con el Ni Una Menos y la consecuente consolidación del término Femicidio en el debate público argentino. El libro documenta un momento histórico en el que las mujeres eran asesinadas por razones que hoy reconoceríamos como vinculadas a la violencia patriarcal, pero en el que aún no existía un término para nombrar las muertes de ese modo.

La autora no se limita a recuperar historias olvidadas; intenta desentrañar los mecanismos sociales, político y culturales que hicieron posible ese olvido. Los silencios familiares, la ineficacia judicial, la indiferencia institucional y ciertas narrativas mediáticas aparecen entrelazados en una misma trama. La violencia no surge como una anomalía, sino como una realidad sostenida por relaciones de opresión que durante décadas permanecieron naturalizadas.

Por eso, Chicas muertas ocupa un lugar singular dentro de la literatura argentina contemporánea. Se sitúa en el umbral entre dos épocas: la de los crímenes narrados como tragedias individuales y la de una sociedad que, bajo el impacto del movimiento feminista en las calles, comenzó a reconocer la violencia contra las mujeres como un problema político. En cierto sentido, el libro anticipó las preguntas que luego Ni Una Menos convertiría en una demanda colectiva. Antes de que miles de personas tomaran las calles para exigir que esas muertes dejaran de ocurrir, Almada ya estaba preguntándose por qué tantas habían sido condenadas al silencio.

2026: Un gobierno de fachos que impulsa los discursos de odio

Actualmente, nos encontramos tanto en Argentina como en el mundo con una avanzada de la derecha que es negacionista del patriarcado y cómplice de la impunidad que corre para los femicidas.
Esta ofensiva reaccionaria quiere hacer retroceder el reloj de la historia, quiere desstimar todas las conquistas que conseguimos saliendo a luchar en las calles, pero no se puede tapar el sol con la mano: la realidad desborda a los discursos negacionistas. Por no irnos muy lejos en el tiempo, esta semana se conocieron los trágicos sucesos de Agostina, Noelia y Dulce. Los femicidios son cada vez más y la bronca que sentimos un conjunto de la sociedad no se acalla fácilmente.

Venimos de dos años y medio de un gobierno que, abiertamente, niega el patriarcado o vincula a la homosexualidad con la pedofilia, que, junto a su séquito de misóginos y odiantes ampara, legitima y potencia el odio.

Quieren modelar el “sentido común” de la sociedad intentando imponer la falacia de que el problema son las «falsas denuncias», apoyándose en proyectos nefastos como el presentado por la diputada Carolina Losada, diseñado explícitamente para disciplinar, deslegitimar y acallar reclamos urgentes, como el que sostiene la familia de Agostina.

Nombrar es otorgar existencia pública, porque aquello que no tiene nombre suele aparecer como difuso, difícil de identificar. En cambio, cuando un hecho encuentra una palabra que lo reúne y le da identidad permite transformarlo en objeto de denuncia, identificación y demanda política.

Por eso la lucha de las feministas socialistas fue, y continúa siendo, una lucha que aboga por ponerle nombre y apellido a la opresión que vivimos las mujeres y diversidades, apostamos a la organización y a la irrupción en las calles, denunciando que este sistema capitalista es una de las razones que habilita la explotación y opresión patriarcal y pidiendo justicia por cada compañera y compañere que matan por el hecho de ser mujer o lgbtq+.

Cuando cambian las formas de nombrar, también cambian las formas de mirar. Para que se produzcan estos cambios a escala social, es necesario la organización y lucha en las calles. Sólo así se vuelve posible imaginar otras maneras de intervenir sobre la realidad.

Ahora más que nunca, frente a los discursos nefastos y odiantes de la derecha y sus seguidores, desde Las Rojas y el Nuevo Mas decimos bien fuerte ¡Ni Una Menos, vivas nos queremos!

Seremos directos: Te necesitamos para seguir creciendo.

Manteniendo independencia económica de cualquier empresa o gobierno, Izquierda Web se sustenta con el aporte de las y los trabajadores.
Sumate con un pequeño aporte mensual para que crezca una voz anticapitalista.

Me Quiero Suscribir

Sumate a la discusión dejando un comentario:

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí