“En pleno Mundial de Fútbol de 1978, dos periodistas desafiaron a la dictadura militar. Frits Jelle Barend y Jan Van der Putten se atrevieron a informar sobre los crímenes y violaciones de derechos humanos, con destacados reportajes y notas que pusieron en riesgo su vida. El 2 de octubre llegaron al país invitados por el Centro Ana Frank para América Latina (CAFA) para ser homenajeados en el 40° aniversario de democracia ininterrumpida en Argentina.” (Infobae, 5/10/23)
Los recuerdos se entrelazan en la cabeza, el pensamiento va en la búsqueda de un humilde testimonio que colabore en la pelea inmensa que ya han dado varias generaciones y que continúa. Es difícil centralizar los recuerdos, las ideas, las experiencias que emergen como un torbellino en la cabeza.
Las represiones brutales, como la desatada sobre los trabajadores y toda la población de Villa Constitución, ya habían sido una antesala de lo que vendría, junto con los secuestros y crímenes de las bandas profascistas durante el gobierno de Isabel Perón. El 24 de Marzo del 76 fue la culminación de esa escalada que se venía preparando desde hace años.
Recuerdo pedir una factura en el kiosco delante de la fábrica Alpargatas de Florencio Varela antes de entrar a trabajar y sentir la marcha militar desde la radio que estaba allí. No sé cómo pude llegar hasta el vestuario. Allí circulaba un rumor sordo, pero que atronaba: el golpe militar se había consumado.
A partir de allí empieza otra historia. La historia de la implementación de los mecanismos más perversos de tortura y muerte llevados adelante por los imperios del mundo, trasladados a la enseñanza masiva a las fuerzas armadas de nuestro país. Su intención era hacer callar “para siempre” los gritos y reclamos de los explotados y oprimidos.
Fue un antes y un después. Se reconfiguró un mapa político y social: la represión sistemática era el “pan de cada día”.
Del golpe del 24 de marzo a la incipiente resistencia
Las pioneras fueron las primeras Madres que se reunieron en la Iglesia de Santa Cruz, que empezaron a organizarse para ir a reclamar por sus hijos desaparecidos. Primero, a todos lados: autoridades militares del gobierno, cúpula eclesiástica. De todos fueron echadas sin conseguir ninguna respuesta.
Empezaron a ir a la Plaza de Mayo y a hacer la ronda porque las fuerzas represivas no las dejaban quedarse reunidas en la Plaza.
Esa primera acción fue pequeña en número pero inmensa contenido y valentía: fue el momento ezxacto del comienzo de la resistencia a la dictadura. La dictadura respondió con el secuestro de la referente primera de ese grupo de Madres, Azucena Villaflor, y las dos monjas francesas que oficiaban en la Iglesia de Santa Cruz.
Tiempo después se conoció el nombre del entregador de las referentes de ese primer inmenso ejemplo de resistencia y reclamo por los desaparecidos: Alfredo Astiz. Ni las Madres ni los posteriores luchadores lo olvidaron: se convirtió en el símbolo más atroz de la represión militar. Un espía entre las primeras luchadoras de una pelea emblemática contra la dictadura militar, de las que esas Madres fueron las pioneras indiscutidas.
La única lucha que se pierde es la que se abandona
Este dicho popular no es ingenuo ni fantasioso. Es la expresión más alta de la firmeza de las peleas en las cuales, a pesar de todos los tropiezos, está el convencimiento de ir hasta el final.
A pesar de las pérdidas sufridas, las Madres siguieron yendo a la Plaza y la concurrencia creció en número. Su reclamo fue calando en un sector sensible de la sociedad que, en las peores condiciones de clandestinidad y con el terror acechando, se solidarizaron con colectas y expresiones de apoyo. También hubo abogadoss. En un primer momento solo estaba Enrique Broquen, quien era el único que firmaba los hábeas corpus reclamando por los desaparecidos, luego se fueron sumando otros (algunos integrantes de la APDH y el CELS).
También eran parte de la resistencia los familiares de los presos, que poco podían hacer en público mientras tenán a sus hijos y hermanos de rehenes en manos de las fuerzas represivas. Pero sí realizaron colectas de alimentos y ropas, vendieron rifas solidarias. Y fundamentalmente, aquellos que tuvieron un lazo de contacto con la organización a la que pertenecía su familiar, le transmitían, además de la ayuda económica indispensable, el panorama político y social que se vivía afuera. Muchoss de ellos sobrevivieron al encierro y a las atroces condiciones de detención por ese nexo con la realidad.
Nos enterábamos, además, de acciones de lucha que realizaron desde las cárceles cuando pudieron contárnoslas. Innumerables, desde los que denominaban “jarreos” (golpes con las jarras en las rejas) hasta huelgas de hambre.
También hubo ejemplos tan aislados como heroicos, como con el que iniciamos esta nota.
El primer hilo conductor de la lucha contra la dictadura fue la solidaridad
Cuando empezó a existir un hilo conductor entre las Madres que luchaban en la Plaza, los familiares de los presos y los luchadores por los derechos humanos de partidos de izquierda como el Partido Socialista de los Trabajadores, entre muchos otros, se empezó a armar un tejido de resistencia subterráneo que no se doblegó.
Porque no se doblegó la solidaridad fundamental, la unidad de las víctimas, sus familiares, y el pueblo organizado.
El entramado de la primera resistencia a la dictadura fue dura, en la clandestinidad un sector y poniendo el cuerpo en la Plaza otro. Pero esa unidad fue crucial para resistir el peor momento: el del golpe en la nuca, del cual miles y miles no pudieron volver. Sin esa resistencia sorda, en las tinieblas, no se hubiera podido resistir y superar las terribles adversidades para poder alcanzar la etapa siguiente: la de la resistencia en las calles, cuando las Madres dejaron de estar solas.




