La situación de crisis histórica que atraviesa la Unión Europea en la era de la competencia entre Estados Unidos y China, el ascenso de la extrema derecha y la crisis del orden imperialista clásico.
Desde el origen de la actual guerra en Ucrania, disparada con la invasión militar rusa en febrero de 2022, desde la Corriente Internacional Socialismo o Barbarie dejamos muy clara la posición sobre su carácter y sentido: “A pesar de las inmensas contradicciones que existen, la resistencia ucraniana libra una guerra justa contra el invasor, que debemos defender aún si no se trata de darle ni un gramo de apoyo político a su conducción pro capitalista y pro imperialismo tradicional de Zelensky. Sin embargo, y en segundo lugar, no puede soslayarse que el conflicto ucraniano está en gran medida sobredeterminado por otro conflicto, mayor, entre potencias imperialistas. Ninguno de los actores geopolíticos (…) está jugando en el terreno ucraniano en función de cualquier derecho a la autodeterminación del pueblo ucraniano, sino en función de áreas de influencia geopolíticas” (Roberto Sáenz, “Sobre el carácter de la guerra en Ucrania”, izquierda web, marzo 2022.
Esa tensión entre el absolutamente legítimo derecho del pueblo ucraniano a su autodeterminación –de la que se deriva, además, la absoluta ilegitimidad de la invasión ordenada por Putin– y el hecho de que la conducción formal de la defensa de Ucrania esté a cargo de un elenco político completamente entregado a los intereses de la clase capitalista ucraniana y se inscriba en el bando imperialista de EEUU, la UE y la OTAN continúa hasta hoy.
Son señal de una completa desorientación las elaboraciones “marxistas” que o bien ignoran la orientación proimperialismo “occidental” de Zelensky (y de casi toda la burguesía ucraniana, agreguemos) con la excusa de “frenar a Putin”, o, desde el ángulo opuesto pero igualmente equivocado, le lavan la cara al “imperialismo en reconstrucción” que, como proyecto para Rusia, encarna Vladimir Putin.
Con todas las dificultades y contradicciones que lastra el conflicto –que, en términos históricos, está muy lejos de haber nacido en 2022, y se remonta a la compleja y sangrienta relación entre Ucrania y Rusia–,[1] no hay ubicación marxista coherente en el conflicto sin partir de la necesidad de una postura independiente de ambos “polos geopolíticos”, que tienen en común el pasar por encima de los derechos y aspiraciones de los pueblos; el ucraniano, a su autodeterminación; el ruso, a escapar al control opresivo y autocrático de Putin y su régimen.
El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca complica todo el panorama, en la medida en que, a clara diferencia de lo que sucedía con Biden –que buscaba una reafirmación de los “valores occidentales” del imperialismo tradicional hegemonizado por EEUU–, Trump se desentiende de todo lo que no sea la búsqueda de “hacer grande otra vez a EEUU”. El caso es que el significado real de ese slogan, en cada caso concreto, sólo es conocido y definido por el propio Trump, cuya admiración por Putin –entre otros– como “hombre fuerte de su país” es harto conocida.
EL devenir propiamente militar de la guerra en Ucrania es conocido: luego de un ataque fulminante en los primeros días que hacían temer una “marcha hacia Kiev” y una rápida caída del gobierno de Zelensky, el frente se estabilizó largamente alrededor de una línea de frente que ha sufrido muy pocas modificaciones desde mayo de 2022. Tanto la contraofensiva ucraniana en 2023 como las sucesivas oleadas de ataques rusos han dejado el saldo de territorio ucraniano en manos rusas en algo menos del 20%, apenas algo más del 18% de 2022, a un costo gigantesco en vidas, como veremos enseguida.
El desgaste sufrido por el ejército y –sobre todo– la población civil ucranianos no puede ser compensados hoy por las cuantiosas bajas rusas y la presión que la guerra ejerce sobre las decisiones económicas en Moscú. El cuasi retiro de Trump como principal proveedor externo de financiamiento, armas y municiones para Ucrania, agujero que no puede ser tapado en lo inmediato por la UE, está dejando muy vulnerable la posición militar de Ucrania. Es en ese marco –y el del interés de Trump de aparecer como “el gran pacificador”, con más guiños a Putin que a Ucrania y la UE– que en los últimos meses de 2025 se vienen dando sondeos formales e informales de negociaciones de paz, en las que Ucrania parece llevar la peor parte, ante la mirada tan atónita como impotente de la Unión Europea.
De modo que, más allá de cómo se desenvuelvan los acontecimientos diplomáticos, políticos y, especialmente, militares, está muy claro que la parte más agraviada de este conflicto, la población civil ucraniana y su derecho a la autodeterminación, no es considerada más que como moneda de cambio en la mesa geopolítica de las grandes potencias, los “líderes de Occidente”, Trump, Putin y Zelensky. Ninguna solución justa ni de fondo puede surgir de cualquiera sea la componenda que se termine negociando a espaldas de los pueblos.
4.1 Una guerra-carrera de desgaste humano, económico y militar
El secretario del Tesoro de EEUU (y de Argentina, agregarían algunos malintencionados), Scott Bessent, resumió así la visión del gobierno estadounidense sobre la guerra: “Estamos en una carrera: cuánto puede aguantar el frente militar ucraniano versus cuánto puede aguantar la economía rusa”. Si ésa es la opción, la ventaja está del lado ruso. Es verdad que no hay economía sometida a más sanciones, y que el sorprendente “verano económico” de 2023 y 2024 ha terminado, con una perspectiva de crecimiento para este año de menos del 1% del PBI. Pero, parafraseando a Mark Twain, los rumores de colapso de la economía rusa han sido visiblemente exagerados.
Las sanciones pesan, pero no hacen naufragar a un movimiento económico que se ha acostumbrado a encontrarles atajos y minimizar sus daños. El índice de “sentimiento del consumidor” en Rusia está en sus máximos desde 2007; los salarios reales crecen moderadamente y el desempleo está por el piso, también como resultado de las necesidades de reclutamiento, La nafta del estímulo fiscal ya no sobra como antes, pero no se ha agotado.
Es verdad que resulta una incógnita cuál es la viabilidad de este esquema a largo plazo. El PBI ruso, que venía sorprendiendo con subas del orden del 4% anual, ralentizaría su crecimiento al 1,5% este año y el próximo. Las “transformaciones estructurales”, como las llamaba el Banco Central ruso, en el sentido de reorientar el gasto público al esfuerzo de guerra, ya tuvieron lugar, como el impacto en la inversión de capital fijo. A esto debe agregarse un panorama global más sombrío, incluyendo precios más bajos para el petróleo y el gas. Pero por ahora no hay razón para validar o reeditar el inicial optimismo de “Occidente” en cuanto a que el esfuerzo de guerra terminaría siendo insostenible para la economía rusa. Quizá el tiempo no le juegue a favor, pero lo importante es aquí cuánto daño relativo sufren sus rivales en el frente militar (Ucrania) y diplomático (la UE). Y ambos parecen más vulnerables al transcurrir del tiempo que Rusia.
En cuanto al saldo humano del conflicto, si suele decirse que la primera víctima de la guerra es la verdad, la primera verdad que desaparece en cualquier conflicto armado es el número real de bajas de los contendientes, ya que cada uno exagera las del enemigo y minimiza las propias. Aun así, estimaciones separadas basadas en métodos muy distintos terminan coincidiendo –con margen más o menos amplio, claro está– en que del lado ruso la cifra de bajas está cerca del millón, con unos 250.000 muertos y 750.000 heridos. La proporción es inusualmente alta, en parte por la baja prioridad que los mandos rusos le dan a la evacuación y tratamiento rápido de los heridos.
Si la cifra es razonablemente aproximada, equivale casi a la totalidad de muertos británicos en toda la Segunda Guerra Mundial y a casi cinco veces más muertos que los sufridos por EEUU a lo largo de una década de guerra en Vietnam. Las 68.000 bajas (muertos y heridos) soviéticas en Afganistán serían el último, y pálido, punto de referencia comparativo. Además, una característica de la guerra en Ucrania es la altísima proporción de militares caídos directamente en combate, y no como resultado de enfermedades, hambrunas, accidentes, etc. Este patrón no es el habitual; las bajas en guerras como la del Congo en 1998-2003 o las bajas soviéticas en la Segunda Guerra Mundial eran en su mayoría indirectas.
¿Cómo puede sostener Putin el tremendo desgaste humano que representan las continuas bajas? En parte, como dijimos, porque no hay una opinión pública activa que pueda hacerle rendir cuentas. La campaña de propaganda y de “militarización ideológica” de la sociedad rusa, a través de medios masivos férreamente controlados y censurados, también juega su rol.[2] Sin embargo, acaso lo más material de todo sea una especie de “contrato social militar” entre el régimen de Putin y la población, que se apoya en una sólida contraprestación del Estado ruso a los servicios militares de los soldados. Esa contraprestación es el dinero.
En efecto, el reclutamiento –que tiene lugar mayoritariamente en provincias rurales pobres, no en las grandes ciudades– parte de un bono inicial de unos 15.000 dólares, una paga anual por encima de los 50.000 dólares y una indemnización en caso de muerte de entre 150.000 y 200.000 dólares. En el medio social citado, esas cifras son no ya generosas, sino que pueden representar un cambio de vida y de status para los soldados y sus familias. Un estudio de una encuestadora rusa no putinista estima que un 40% de los rusos estaría de acuerdo en que un familiar directo o un amigo cercano se enrolen en el ejército. Incluso en Moscú, cuenta una periodista, se veía a hombres ya no tan jóvenes acercarse a los centros de reclutamiento no solos sino acompañados por sus esposas e hijos. En pueblos y ciudades pequeñas de toda Rusia se ven casas, autos y comercios nuevos como resultado de los salarios (o indemnizaciones) de los soldados en el frente.[3]
La periodista rusa Elena Racheva, investigadora en la Universidad de Oxford, sostiene que la sociedad rusa acepta masivamente este sistema, que cuesta al estado ruso cerca del 1,5% del PBI por año, como una alternativa viable a la movilización forzosa y la conscripción. Los pagos e indemnizaciones, dice, “alivian el dolor y el sentimiento de injusticia, y le permiten a la sociedad evitar la responsabilidad moral por los muertos y heridos” (“Vladimir Putin’s ‘deathonomics’”, TE 9451, 7-6-25).
Del lado ucraniano tampoco es fácil el cómputo de bajas. El presidente Zelensky admitió en febrero pasado 46.000 muertos y 380.000 heridos, pero pocos le creyeron; un informe filtrado de la inteligencia ucraniana estimaba ya en septiembre de 2024 entre 70.000 y 80.000 muertos en combate. Dado que la guerra se libra en territorio ucraniano, es más fácil para los defensores recuperar y tratar a los heridos. Además, a diferencia de Putin, las autoridades políticas y militares ucranianas tienen más presión social para reducir el número de caídos: aun en guerra, los reclamos políticos y sociales se hacen sentir de una manera incomparablemente más fuerte que en Rusia.
A la presión de la guerra se le suma el desgaste de un gobierno que, aunque electo democráticamente, gobierna bajo estado de sitio y que aprovecha el discurso de “unidad nacional ante la adversidad” para adquirir crecientes elementos bonapartistas y antidemocráticos. Ni hablar de los partidos de oposición; en el mismo partido oficialista los disensos se castigan con exposiciones públicas y persecuciones políticas o incluso judiciales. La erosión de la legitimidad democrática de Zelensky es indiscutible, aun cuando hoy probablemente sería reelecto si hubiera elecciones (cuyo horizonte y fecha nadie conoce más que Zelensky).
En ese sentido, los recientes escándalos de corrupción, que derivaron en crisis del gabinete y la renuncia del hombre de máxima confianza de Zelensky, su jefe de gabinete Andriy Yermak, revelaron profundas y crecientes fisuras tanto en el seno del gobierno como, sobre todo, entre éste y el conjunto de la sociedad, que asistía atónita al espectáculo de coimas por decenas o centenas de millones de dólares de parte de los mismos funcionarios que quieren exigir a la población que alimente el esfuerzo de guerra con los cuerpos de sus hijos.[4]
La economía ucraniana, totalmente distorsionada por el esfuerzo de guerra –un tercio del crecimiento económico deriva de las empresas vinculadas a la defensa y al área tecnológica… cuyo centro son las aplicaciones militares–, es cada vez más dependiente de la ayuda externa. Eso explica la temperatura que toma el debate de qué hacer con los 200.000 millones de euros de activos rusos congelados en bancos occidentales; es decir, cómo hacer para transferirlos a Ucrania sin sentar un peligroso precedente legal de violación de derechos de propiedad.
Ucrania ya sufre hasta punto tal la penuria de reclutamiento que ha empezado a recurrir a la contratación de mercenarios. Las primeras campañas de reclutamiento de “voluntarios” ofrecen una paga de 3.000 dólares mensuales más bonos, aunque no siempre incluyen el pasaje aéreo a Ucrania, algo muy necesario teniendo en cuenta que por ahora los esfuerzos se concentran en Latinoamérica (“Foreign fighters welcome!”, TE 9453, 21-6-25). Mientras que al ejército ucraniano le cuesta llegar a los 27.000 reclutamientos mensuales, Rusia supera holgadamente los 40.000. El objetivo es llegar este año a 1,5 millones de soldados activos.
Otra razón para las dificultades de reclutamiento en Ucrania es, sencillamente, que la población total se ha reducido drásticamente. La mayoría de los más de 5 millones de ucranianos que abandonaron el país desde febrero de 2022 probablemente no regresen: luego de casi cuatro años, muchos han echado raíces en otra parte.[5] En cuanto a los que permanecieron, su moral está en un permanente subibaja atado a las novedades en el frente, pero la tendencia es clara: el agobio por la guerra lleva a que casi un 60% de la población, según un sondeo del Ukraine Rating Group de septiembre pasado, esté dispuesta a aceptar un compromiso que traiga una paz o cese del fuego más o menos duraderos, incluso si implican cesión de parte del territorio a Rusia.
Esta resignación no viene sola, sino con una buena dosis de resentimiento contra “Occidente”, en particular EEUU y Trump, vistos como responsables de abandonar a Ucrania. Como dijo el historiador británico Niall Ferguson, “Trump sacó a EEUU del guión. [Ahora] la guerra es asunto europeo”. De allí que “el sentimiento de los ucranianos está cambiando. Cuatro años de guerra le han dado más confianza y confirmación de su identidad, abriendo paso a la idea de Ucrania como una nueva potencia mediana, cercana a Occidente pero no alineada con él. El 52% de los ucranianos prefiere [que la ayuda externa sea] financiamiento y armamento del ejército ucraniano antes que el despliegue de tropas extranjeras en su territorio, opción que sólo apoya el 35%. ‘Con los cambios continuos de alianzas, no deberíamos estar en la frontera de nadie, sino cuidar de nuestros intereses no como un proyecto anti Rusia, sino como un proyecto Ucrania’, dice Yulia Mostovaya, editora de ZN.ua, un diario online” (“After the war”, TE 9467, 27-9-25).
Por esta razón, y si bien Trump parece ser el único capaz de intentar sentar a Putin en una mesa de negociación, desde el punto de vista de la ayuda económica e incluso militar (en el sentido económico, ya que no el técnico), Ucrania deberá depender cada vez más de la UE, ante la anunciada defección de EEUU. Para el gobierno de Zelensky la situación financiera puede volverse realmente desesperada al fin del invierno boreal (marzo 2026). Los aportes de EEUU hace rato que cesaron, el déficit fiscal oficial es del 20% del PBI, la deuda pública se duplicó en términos de porcentaje del PBI, al 110%, y las opciones de financiamiento se acaban. La UE ni siquiera fue capaz de encontrar un mecanismo de emergencia para que Ucrania recibiera los más de 160.000 millones de dólares de activos rusos congelados en bancos europeos e instituciones de clearing. El procedimiento tenía el acuerdo de la UE en general, pero la transferencia se empantanó en los detalles, como la emisión de un bono, rechazado por Bélgica por razones de “riesgo legal” que el resto de Europa no se atrevió a cubrir.
Incluso en caso de que la UE termine resolviendo la cuestión de los “fondos rusos para Ucrania”, todavía le quedará pendiente el debate de qué hacer con ellos. Por ejemplo, Merz sostiene que la totalidad de los recursos debe destinarse al equipamiento de guerra; el gobierno ucraniano considera que esa exigencia es insostenible, en momentos en que Ucrania presenta agujeros fiscales en todos los terrenos además del militar. Pero tampoco terminaría allí la cuestión: suponiendo que haya consenso en el monto a destinar al armamento, faltaría resolver en qué armas (y proveedores) se debería gastar.
Mientras tanto, si la UE no consigue alguna vía de financiamiento para Ucrania, el riesgo es que no ya la economía sino todo el frente de batalla con Rusia colapse y le brinde a Putin una victoria mucho más completa de lo esperado, escenario que es la pesadilla no sólo de Kiev sino de Bruselas. Por ahora, el pesado elefante europeo sigue sin encontrar la manera de proveer dinero y armas a una Ucrania que puede declararse en desastre económico, logístico y militar como resultado de la “guerra de desgaste” que apuntábamos más arriba. Cálculos independientes relativamente coincidentes estiman que la cuenta de gastos de guerra solamente asciende a unos 50.000 millones de dólares, que en caso de un prolongamiento del conflicto deberán ser aportados exclusivamente por Europa. En verdad, estamos aquí ante un punto que pone a prueba si la declamada vocación de “autonomía estratégica” europea y su capacidad-necesidad de recortar su dependencia del paraguas militar de EEUU tienen algún viso de realidad.
4.2 Un nuevo modelo tecnobélico para la primera guerra del siglo XXI
La guerra de Ucrania ya está cambiando muchos patrones de batalla largamente establecidos, empezando por el rol absolutamente protagónico de los drones. En 2022, eran responsables por el 10% de las bajas; en marzo de este años, según el Royal United Services Institute, un think tank británico, la mitad de las bajas de ambos bandos en el frente–y el 70% de los daños a instalaciones rusas– fueron causadas por drones, que han vuelto casi inutilizables las ofensivas terrestres con tanques o con infantería tradicional. Un asesor del gobierno ucraniano, Oleksander Kamyshin, define así el conflicto: “Estamos en la primera guerra de drones de la historia”. Las trincheras que cavaron ambos bandos al inicio de la guerra han prácticamente desaparecido, por ser demasiado vulnerables a los ataques con drones, al igual que los tanques y hasta la flota de guerra rusa del Mar Negro. En consecuencia, la infantería ha cambiado de organización, con grupos muy pequeños (no más de tres o cuatro soldados) esparcidos en pequeñas cuevas.
Dicho esto, la guerra tecnológica de drones por ahora se libra entre Ucrania y Rusia; los demás están muy lejos de alcanzar el volumen de producción y, sobre todo, la capacidad de actualización de sistemas operáticos, de protección y de ataque a otros drones de ambos países. Con la ventaja de aprender sobre el terreno, los ingenieros rusos y ucranianos generan cada pocos meses, y hasta semanas, nuevas generaciones de sistemas para drones y para contrarrestarlos. Por ejemplo, la tasa de éxito de los drones submarinos ucranianos contra la flota rusa del Mar Negro cayó del 85% a menos del 10% en cuestión de meses. De todos modos, incluso esa tasa sigue siendo suficiente para disuadir a los barcos rusos de alejarse mucho de sus bases en el Este, lo que permitió liberar bastante el flujo comercial ucraniano en el este del Mar Negro.
Para Ucrania, la utilización de drones (¡y robots!) se hace tanto más urgente cuanto que, como hemos visto y a diferencia de Rusia, la capacidad de reposición de tropas en el frente le resulta al país invadido mucho más difícil que a Putin. Como admite un fabricante ucraniano de vehículos no tripulados, “no tenemos hombres para contrarrestar las oleadas de carne rusa, así que enviamos nuestros zombies [mecánicos] contra los de ellos [de carne y hueso]”.[6] Más allá de la deshumanización brutal de la expresión, la fórmula resume en cierto modo las fortalezas y debilidades de ambos bandos, ya que es verdad que Putin parece no haber abandonado del todo la apuesta a la capacidad bruta de lanzar carne de cañón sobre los objetivos militares. Sin duda, la tecnología es central en reemplazo de la capacidad aérea tradicional, que ha jugado un rol muy limitado, pero la artillería, la logística y la capacidad de poner personal armado en el terreno siguen siendo irreemplazables.
Para tener una idea de lo significativa que es la ventaja de poner en pie la producción en el tiempo real del conflicto, adaptando tecnología y recursos a las necesidades sobre el terreno, basta un dato. Mientras que el Pentágono se propone todavía como meta tener disponibles 1.000 drones para cada una de sus doce divisiones, y llegar a las decenas de miles de drones operados con inteligencia artificial, Ucrania fabricó sólo en 2024 un millón y medio de drones. Para lo cual, a diferencia de EEUU, no tuvo reparos en recurrir a ventas y tecnología chinas (que también provee a Rusia). Para este año espera fabricar 5 millones de drones de “vista en primera persona” (sigla inglesa FPV), 30.000 drones de largo alcance y 3.000 misiles de crucero con un alcance de 1.000 km. La tecnología electrónica de guerra ucraniana es de calidad tal que según Nico Lange, ex funcionario del Ministerio de Defensa alemán, hoy está por encima no sólo de Rusia sino del resto de Occidente (“Make them yourself”, TE 9443, 12-4-25). Los ataques con drones FP-1, por ejemplo, con un alcance de 1.500 km, han golpeado de manera sistemática las refinerías de petróleo en territorio ruso, con el resultado estimado de una disminución de un 20% de la capacidad de refinación, luego de golpear 16 de las 38 refinerías rusas.
Hoy en Ucrania hay más de 800 empresas estatales y privadas de defensa que emplean más de 300.000 trabajadores, en su mayoría calificados. El hecho de trabajar bajo la presión de la guerra acelera los tiempos de desarrollo y producción de armas: la compañía que fabrica el nuevo misil FP-5 Flamingo, con un alcance de 3.000 km y una carga explosiva de más de una tonelada, logró entrar en línea de producción en 9 meses en vez de los diez años promedio que lleva en Occidente, y todo con un equipo gerencial sin experiencia previa en la industria de armas.
El desarrollo tecnológico tanto ucraniano como ruso, al calor de los bombardeos y ataques con drones, es tal que la antes indiscutida superioridad estadounidense en tecnología militar –al menos, la que hoy cuenta en los escenarios bélicos reales– está, en el caso de los UAV (sigla inglesa de vehículos aéreos no tripulados), completamente en cuestión. Cuando los drones Switchblade-300 de EEUU llegaron a Ucrania en 2022, eran el último grito en la materia. Pero hoy, no más del 20-30% de la tecnología bélica sobre el terreno es de origen occidental. Y con razón. Tanto por su agilidad y adaptabilidad a las condiciones de combate como por su versatilidad para esquivar la guerra electrónica antidrones, por su muy inferior costo y por su rápida disponibilidad para operar en el frente de batalla, los drones ucranianos (y rusos) están a años luz de distancia de todo el resto.
Como dice un empresario ucraniano del sector, la guerra ha abierto una caja de Pandora de tecnología barata “spam”, por analogía con las cataratas de correo electrónico basura. Sucede que la necesidad número uno de los drones en la guerra en Ucrania es, paradójicamente, su desechabilidad: la vida media de un dron de corta distancia es de una semana. Las cadenas de producción de armamento de EEUU y de todo Occidente se basan en el siguiente esquema: largos y costosos períodos de investigación y desarrollo, diseño ultra sofisticado y altísimos márgenes de ganancia sobre los costos para compensar la mala ratio entre alto costo de investigación y bajo volumen de producción.
Nada de eso tiene la menor utilidad en el frente ucraniano, donde lo urgente es producir mucho, rápido, a bajo costo y sacrificando detalles innecesarios de diseño. Los drones de EEUU cuestan decenas de miles de dólares y, para colmo, son de muy baja prestación: causan relativamente poco daño y son detenidos más fácilmente por las “telarañas electrónicas” que perturban los sistemas de guía y movimiento de los drones. Los drones ucranianos como el Blyskavka no ganarán ningún premio al diseño en ninguna feria militar, pero puede cargar y lanzar eficazmente 40 kg de explosivos a 40 km de distancia con un costo de… 800 dólares.
Algo similar sucede con los sistemas de control: los occidentales cuestan cientos de miles de dólares y requieren infinidad de pasos desde la autorización de la entrega hasta el entrenamiento de los operadores; sus pares ucranianos, menos sofisticados pero mejor adaptados al frente de guerra, se fabrican por 10.000-20.000 dólares. Algo muy similar puede decirse de los dispositivos rusos. De hecho, la principal fuente de información y de inspiración para mejorar el diseño tecnológico de ambos bandos son los equipos rivales: los rusos copian a los ucranianos, que luego chequean las modificaciones de los rusos, y así. En esta batalla de inteligencia y emulación, las otrora dominantes potencias tecnológicas occidentales quedaron muy por detrás de las necesidades.
Las fuerzas armadas rusas habían abrazado el concepto típico post Guerra Fría de fuerzas armadas profesionales, escasas en número y con fuerte impronta tecnológica, pero esto ha sido, hasta ahora, desmentido sobre el terreno, lo que obligó a una rápida readaptación. De allí que Rusia vaya a fondo con la producción de municiones: 250.000 proyectiles por mes, además de 1.400 misiles balísticos Iskander y 500 misiles crucero Kh-101 por año. En cambio, la capacidad rusa de fabricación de tanques parece mucho más limitada: unos 1.500-2.000 por año, de los cuales sólo el 15% son nuevos; el resto son reciclado de los viejos tanques de la era soviética.[7] Más dudas todavía genera la necesidad de reemplazar los soldados caídos: aun sin considerar el creciente costo económico directo, no faltará mucho para que la actual tasa de reclutamiento, que duplica por ahora la de bajas gracias a medidas que ya hemos mencionado, encuentre un límite en una población en retroceso y envejecimiento.
Es por eso que para la ofensiva rusa haya resultado my efectiva la creciente utilización de drones de todo tipo en la campaña de desgaste sobre la población civil urbana. Entre 2024 y 2025, Rusia pasó de una capacidad de producción de 300 drones Geran-2, clon ruso de los drones Shahed iraníes por mes a más de 3.000. Así, los drones son el centro de la ofensiva aérea rusa contra Kiev y otras ciudades e infraestructura ucranianas. Aunque la mayoría de ellos son derribados, su número es tan grande que con que un 10-15% atraviese las defensas alcanza para ejercer presión psicológica sobre una población agobiada. Además, al ser muy baratos, ayudan a agotar munición de defensa que resulta mucho más cara que los drones interceptados. Lo que obliga a los ingenieros ucranianos a buscar formas de intercepción más baratas y eficaces, renovando así una carrera de tecnología militar en la que por ahora hay sólo dos contendientes.[8]
Además, el uso de drones le permite a Rusia testear la capacidad de respuesta militar pero, sobre todo, la cohesión política de la OTAN a partir de provocaciones como la invasión del espacio aéreo de Polonia a principios de septiembre, en lo que fue definido como la incursión más seria en territorio de la OTAN desde su fundación en 1949. Cuando 19 drones rusos entraron dos veces en horas en el espacio aéreo polaco, el gobierno de ese país inmediatamente invocó el artículo 4 de la OTAN, que abre una consulta inmediata entre los aliados ante una eventual amenaza exterior.[9] Por parte de Rusia, parece ser una escalada respecto de maniobras anteriores como breves violaciones del espacio aéreo de Finlandia y Estonia en mayo y septiembre de este año, respectivamente (la última también motivó la invocación del artículo 4 por parte de Estonia).
Salvo que sobrevenga un colapso de la línea de frente ucraniana –algo que no puede descartarse, menos por razones estrictamente militares que de presupuesto–, el esfuerzo de guerra le rinde muy poco a Putin. En lo que va del año ha perdido cientos de miles de soldados para terminar ocupando apenas un 1% adicional de territorio al que ocupaba en 2024. De modo que, con llegada del invierno, la estrategia parece menos la de intentar continuar un avance difícil y costosísimo en bajas que la de hacer literalmente la vida imposible a la población civil, sobre todo en el este del país. La perspectiva es la de atacar la infraestructura civil de energía para extender la baja del sistema de electricidad, condición indispensable para sobrevivir al invierno. Si eso sucede, porciones enteras del país se volverían inhabitables y forzarían la emigración de la población civil.
Esta posibilidad vuelve urgente la decisión del establishment europeo, que deberá escoger entre el menor de dos males. Uno es aflojar los cordones de su bolsa de dinero para ayudar a Ucrania de manera mucho más vigorosa, a fin de convencer a Putin de que la continuación de la guerra, a la larga, terminará desgastándolo más a él que a Ucrania. Ya hemos visto los obstáculos políticos, institucionales, financieros y militares para que la UE juegue esa carta con independencia y sin la asistencia de EEUU. La otra decisión posible en realidad no se tomaría, sino que llegaría por defecto: si la ayuda europea no llega, o no es suficiente, o llega demasiado tarde, el tiempo juega a favor de Rusia y contra Ucrania, con el posible saldo de que Trump fuerce un final rápido del conflicto en una mesa bilateral con su par ruso a expensas de Ucrania.
De todas maneras, la cuestión de cómo queda la conjunción de variables como los realineamientos geopolíticos, los grados diversos posibles de autodeterminación nacional para Ucrania y el rol de Europa y EEUU en la reconstrucción post conflicto dependerán en primera instancia del eventual desenlace bélico, que abre una serie de escenarios que trataremos a continuación.
4.3 Escenarios ¿de posguerra?
Precisamente, uno de los grandes interrogantes respecto de un eventual acuerdo entre Ucrania y Rusia es qué papel jugará la UE… si es que tendrá alguno, porque Trump puede encargarse de resolver que el trato es un asunto exclusivamente ruso-americano, sin que la UE (¡y Ucrania!) tengan margen para decidir mucho, con el territorio y la soberanía ucranianas –incluyendo la perspectiva de ingreso a la UE, mucho menos a la OTAN– pagando los costos últimos de una paz a la medida de Putin mientras Trump levanta triunfante su ansiado premio Nobel de la Paz. Un desenlace así sería la peor opción para la UE, ya que dejaría a Europa más desguarnecida y cargando a la vez con los riesgos y con los costos, además de sufrir una humillación que dejaría al desnudo su irrelevancia geopolítica.
Lógicamente, es casi imposible definir de antemano los eventuales escenarios de posguerra dada la cantidad de variables, pero algunas alternativas parecen más plausibles que otras. Por ejemplo, y salvo un vuelco en la dinámica de la relación de fuerzas actual, es muy probable que una paz o cese de fuego duraderos impliquen una cesión de territorio por parte de Ucrania a Rusia en buena parte del 19% de la superficie del país que hoy ocupan las tropas rusas. Esto incluye la totalidad de Crimea y Luhansk, así como cerca del 70% de los oblasts (provincias) de Donetsk, Zaporizia y Jersón (aunque Putin probablemente quiera reclamar incluso las porciones de terreno de esos oblasts que hoy no controla, en virtud del “referéndum” a punta de pistola que “legitimó” su ingreso a la Federación Rusa).[10]
La idea de que acciones bélicas modifiquen de manera automática las fronteras había sido considerada anatema por EEUU y la OTAN desde la segunda posguerra, pero, está a la vista que Trump tiene muchos menos remilgos en su visión del “derecho internacional”. En todo caso, la verdadera negociación no será tanto por el territorio en sí –que acaso tampoco sea el objetivo último de Putin, como veremos–, sino por las condiciones que Ucrania, Rusia y EEUU aceptarían como nuevo statu quo en la región. Esas condiciones pueden reducirse casi a una: qué relación tendrá Ucrania con la OTAN, o, lo que es casi lo mismo, cuáles “garantías de seguridad” puede ofrecer EEUU (y en mucho menor medida, Europa) que resulten aceptables tanto para Ucrania como para Rusia.
Evidentemente, la membresía plena de la OTAN para Ucrania es lo primero que está fuera de discusión. Pero las “seguridades” (assurances) tampoco aseguran mucho: el memorándum de Budapest de 1994 firmado por EEUU, Rusia y el Reino Unido prometía el “respeto a la integridad territorial de Ucrania” y preveía un sistema de “consultas” ante eventuales violaciones del acuerdo. No hace falta aclarar que nadie promueve una reedición de semejante fiasco.
Una de las propuestas más conversadas es la instalación de una fuerza militar europea (de la UE más los británicos, y acaso Australia) en territorio ucraniano, con apoyo logístico, de inteligencia y de eventual refuerzo de tropas de EEUU, lo que incluiría provisión adicional de armas, equipo y entrenamiento al ejército ucraniano. Pero esa “solución”, que es bien vista por las potencias europeas y –en menor medida– por Ucrania, todavía debe superar el veto de los dos principales interesados, Trump y Putin. Cada uno por sus razones, pueden hacer fracasar ese esquema y otros similares. El problema para Ucrania es que, como demostró la reciente cumbre Trump-Putin en Alaska, el supuesto líder del bando “occidental y democrático” tiene una estrategia, unos objetivos y un compromiso de provisión de recursos mucho menos claros y consistentes que los de su ¿enemigo? ruso, como veremos.
Es por eso que empieza a tomar cuerpo en la diplomacia europea –y probablemente estadounidense, aunque es sabido que Trump es mucho menos previsible–la idea de una solución “a la finlandesa”, es decir, el tratado que firmó Finlandia con la URSS en 1944 en virtud del cual Finlandia conservó su independencia a cambio de a) ceder Karelia, el 10% de su territorio, incluida la mitad del lago Ladoga, b) declararse “neutral” entre Occidente y la URSS, aunque a la vez permitiendo una base naval soviética en territorio finlandés, a 30 km de Helsinki (restituida a Finlandia en los años 50), así como una larga tradición de hacer la vista gorda a las operaciones políticas de la KGB y c) aceptar limitaciones a sus fuerzas armadas, pagar reparaciones de guerra y abstenerse de críticas o alineamientos explícitos contra la URSS. El acuerdo fue firmado, del lado finlandés, por Carl Gustaf Mannerheim, y aunque fue muy cuestionado en el exterior, el actual presidente finlandés, Alexander Stubb, sostiene que la mayoría de los finlandeses entiende que el acuerdo “fue la definición de Realpolitik en un momento en que el país no tenía elección”. Desde ya, esa “falta de elección” pasaba en primer lugar por el demasiado tibio apoyo de “Occidente” a Finlandia en su enfrentamiento con la URSS.
Significativamente, el discurso de Mannerheim en el que instaba al ejército finlandés tanto a mantener la resistencia como a aceptar la pérdida de territorio estuvo en el escritorio de Zelensky a comienzos de la guerra con Rusia. No es para descartar en absoluto que ahora, entre EEUU, la OTAN (incluida, irónicamente, Finlandia como flamante socia desde 2023) y Putin, a Zelensky y a Ucrania intenten administrarle una dosis similar de Realpolitik del siglo XXI.
Una muestra cabal de la volatilidad y crudeza de las relaciones internacionales en la era Trump 2.0 fue el intento de Trump y Putin por intermedio de sus respectivos enviados y negociadores, Steve Witkoff y Kirill Dmitriev, de cerrar una propuesta de cese de fuego a espaldas de Ucrania y la UE con una propuesta de 28 puntos que equivalía prácticamente a una capitulación para Ucrania y que concedía a Putin casi todas sus demandas. Entre ellas, la cesión de más territorio del que hoy ocupan las tropas rusas (el 19% de la superficie de Ucrania), la reducción en un 60% del ejército ucraniano, la interdicción para Ucrania de la posesión de armas de largo alcance, la prohibición del ingreso de tropas europeas en suelo ucraniano, una reforma constitucional que descarte definitivamente toda posibilidad de membresía de la OTAN, una amnistía para crímenes de guerra de las tropas rusas y otras de orden cultural particularmente humillantes, como la restauración de la actividad de la Iglesia Ortodoxa Rusa y la designación del ruso como segunda lengua del país. El sello trumpiano estaba, cuándo no, en el dinero: los famosos activos rusos congelados en bancos europeos, que se suponía debían ser direccionados a Ucrania como financiamiento o al menos indemnización para la reconstrucción, iban a recibir un recorte sustancial para “compensar” el nada desinteresado aporte de EEUU…[11]
En cuestión de una semana, hubo una rápida reacción de Europa, Canadá y Japón que forzó una nueva reunión en Ginebra, con la presencia de representantes de la Casa Blanca, que dio lugar a un nuevo documento, esta vez de 19 puntos, que eliminaba los elementos más irritantes pero que dejaba en suspenso las definiciones más importantes. El verdadero objetivo parece haber sido desactivar una movida subrepticia del Departamento de Estado para forzar una cuasi rendición de Ucrania, o en todo caso una “paz” muy a gusto del paladar de Putin.[12]
Los peligros de una reedición suavizada (¡o aumentada!) de este episodio son imposibles de exagerar. Como resume un análisis, “para que se incline hacia Occidente, Ucrania debe estar comprometida con los lazos políticos, económicos y militares de Europa. Pero si EEUU impone una paz injusta y Europa no puede proteger a su país, los ucranianos se van a sentir traicionados. (…) Europa podría ayudar a resolver esto [la carencia de hombres y armas por parte de Ucrania. MY] a través de un compromiso generoso y plurianual de fondos. Sus líderes entienden la amenaza, pero no están convirtiendo las palabras en acciones. (…) Si Europa sigue trabajando con los tiempos de Bruselas [es decir, los de la burocracia de la UE. MY], la ayuda llegará demasiado tarde para salvar a Ucrania” (“Ambush averted”, TE 9476, 29-11-25).
La complejidad del asunto habilita discernir líneas de falla ya no entre regiones y países sino al interior de éstos, con el reciente fortalecimiento de formaciones de derecha y extrema derecha que suelen ser amistosamente neutrales o simpatizantes de Putin, rara vez opositores. La cantinela de Bruselas, Von der Leyen y compañía sobre la “unidad europea” pasa por alto que esa unidad ha sido en muchos casos puramente superficial o, en el mejor de los casos, obligada por la circunstancia excepcional de la guerra. Si ese “factor unificador” desaparece, asomarán viejas y nuevas divisiones: “La guerra ha galvanizado al continente. Cuando la guerra termine, cuidado con los efectos de la desgalvanización. (…) La unidad (dejando de lado Hungría) ha sido inspiradora, pero difícilmente sobreviva intacta a un acuerdo de paz. Para los países en el flanco oriental del continente, como los bálticos, Finlandia y Polonia, un cese del fuego en Ucrania va a generar más ansiedad que alivio. Desde su punto de vista, el fin de la guerra va a liberar recursos rusos para otra campaña militar, posiblemente contra ellos. (…) Por esta razón, buena parte de la mitad oriental del continente quiere aislar aún más a Rusia. En cambio, en muchos países de la mitad occidental se aspira a la normalidad. (…) La paz, para ellos, ofrece la oportunidad de volver al status quo. No va a ser fácil que estas visiones coexistan”. (“The great de-galvanisation”, TE 9476, 29-11-25).
A este panorama se agrega Trump, que ya demostró con su fallido plan de 28 puntos que desea el regreso al redil internacional de Rusia, incluso reintegrándola al G-8 y, por supuesto, levantando las sanciones. En realidad, quizá uno de los mayores factores de desacuerdo en una Europa post guerra en Ucrania puede ser no sólo cómo tratar con Rusia, sino precisamente qué hacer con EEUU y con Trump, un debate europeo que quedó en suspenso mientras era necesario mostrar un frente unido contra Putin. El fin de la guerra caliente contra Rusia puede abrir, si no una guerra fría, al menos una paz incómoda con EEUU para una buena mitad de los miembros de la UE. En esa línea bien podrían estar varios países de Europa occidental, interesados en reanudar los lazos comerciales con Rusia y que todo quede en “business as usual”.[13]
Otro tema delicado es el costo (y el pagador) de la cuenta de la reconstrucción de Ucrania. ¿Se usarán, finalmente, los activos rusos congelados? ¿EEUU renunciará a su parte del botín a cambio de jugosos contratos para sus empresas? ¿Utilizará el gobierno ucraniano la moneda de cambio de esos contratos para intentar mejorar su posición relativa en la UE? Y si esa jugada no resulta, ¿puede abrirse una puerta para el ingreso de China, que se está relamiendo con esa posibilidad casi desde el inicio del conflicto? Preguntas que no tardarán en hallar respuesta en cuanto comience el proceso de reconstrucción.
Mientras tanto, el sonado acceso de Ucrania a la UE será parte de las condiciones de negociación de cualquier armisticio. Salvo una debacle de Rusia en el campo de batalla que por ahora nadie prevé, está claro que un ingreso formal de Ucrania a la UE está fuera de discusión, lo que ya está dando lugar a conversaciones en Bruselas en el sentido de “soluciones creativas”. Las variantes son múltiples, incluyendo, por ejemplo, una “asociación” económica al estilo de la que tiene la UE con Noruega o Suiza, con beneficios negociables en cuanto al acceso al mercado común y el movimiento de ciudadanos. Esta especie de “membresía de segunda categoría” puede no caer muy bien ni en la UE, ni en Ucrania, ni en Rusia –lógicamente, por distintas razones en cada caso–, pero parece una opción más flexible que abrir de par en par o cerrar violentamente las puertas de la UE a Ucrania. Otra opción es una membresía “transicional”, con una incorporación sucesiva de los “plenos derechos” de los demás miembros.
No obstante, como señalamos al comienzo de esta sección, ninguna de estas variantes u otras que se puedan cocinar diplomáticamente al compás de eventuales desarrollos en el plano puramente militar tendrá en cuenta los intereses más de fondo que la invasión de Putin puso en juego: los del derecho del pueblo y la nación ucranianas a su libre autodeterminación y hasta su subsistencia como tales. Esos derechos sólo podrán protegerse y afirmarse por fuera y en contra de los intereses geopolíticos de “gran nación” estadounidense o rusa que hoy sostienen, cada cual a su manera, Trump y Putin. El hecho de que la UE como institución, sus integrantes nacionales más importantes y sus líderes políticos no hayan sido más que convidados de piedra –o ni siquiera eso– en la “mesa grande” de las decisiones es una señal más, por si hacía falta, del lento declive europeo hacia una decadente irrelevancia, tema que pasaremos a tratar a continuación.
[1] “La lista de eventos catastróficos vividos en suelo ucraniano es tremenda: la colectivización forzosa estalinista, la ocupación militar nazi, la reocupación estalinista, la inhibición en todos los casos de los derechos de autodeterminación nacional, no solo bajo el zarismo sino también bajo el estalinismo, etc.. Todo esto llevó a Trotsky al extremo, en los años 30, de plantear como alternativa una Ucrania soviética independiente en la desesperación que no cayera bajo la influencia de Hitler. Es un espesor de cuestiones históricas que son una mélange en la cabeza de los ucranianos pero que los analistas, incluso de la izquierda, no suelen tener en cuenta” (“El pueblo ucraniano es el que tiene que decidir sobre las negociaciones de paz”, declaración de la Corriente Internacional Socialismo o Barbarie, 25-10-25).
[2] Una encuesta de opinión citada por el Economist compara posturas antes de la guerra y hoy: mientras que antes de la invasión a Ucrania el 60% de los rusos reclamaban como prioridad la suba del nivel de vida, en la actualidad son sólo el 41%; en cambio, para el 55% es más importante que Rusia sea respetada como potencia mundial (“What Putin wants”, TE 9447, 10-5-25).
[3] Aun así, Putin tampoco la tiene tan fácil; de allí la sorprendente novedad de la contratación de trabajadores, y sobre todo jóvenes trabajadoras (de entre 18 y 22 años, y aun menores), provenientes del África subsahariana como mano de obra para la planta de fabricación de drones en Alabuga, Tartaristán. En la región, no tan lejana al teatro principal de operaciones militares de la guerra en Ucrania, no es tan sencillo encontrar trabajadores locales. El reclutamiento militar se hace sentir en el mercado laboral, y además las condiciones de trabajo en la planta son tan brutales que se sospecha que la razón por la cual se contratan más mujeres africanas es porque se las considera menos renuentes a aceptarlas.
[4] Es verdad que el episodio demostró también que, aun en el marco de crecientes tendencias autoritarias y bonapartistas de parte de Zelensky y de todas las distorsiones que engendra la situación de guerra, la sociedad civil ucraniana es un cuerpo mucho más vivo y resistente de lo que se ha visto hasta ahora en una Rusia donde la noción misma de libertades democráticas prácticamente ha perdido sentido.
[5] Por ejemplo, en Polonia, la proporción de refugiados ucranianos adultos –en su mayoría mujeres– que están trabajando o buscando trabajo supera los dos tercios. Un 72% de los refugiados ucranianos adultos en Alemania tiene título universitario, aunque trabajen en puestos de baja calificación. Y de los casi 1,2 millones de ucranianos en Alemania, más de 700.000 reciben un beneficio mensual de 563 euros, cifra que no sería fácil de superar con un trabajo asalariado incluso en una Ucrania de posguerra.
[6] Como escasean los hombres, el gobierno ucraniano está promoviendo el ingreso de mujeres al ejército, por ahora como voluntarias. De un personal militar total de cerca de un millón de personas, unas 100.000 son mujeres, de las cuales 5.500 combaten en la primera línea de frente. Aunque los institutos y universidades militares de Ucrania recién permitieron el ingreso de mujeres en 2018, hoy una de cada cinco estudiantes en esos establecimientos es mujer.
[7] Recordemos que la producción anual de tanques de EEUU es de 135 (no falta ningún cero), y que la actual producción de municiones rusa es el triple de la de EEUU y Europa sumadas.
[8] Mientras que el canciller alemán Merz promete hacer del ejército alemán, el Bundeswehr, “el ejército convencional más fuerte de Europa”, un ex funcionario del Ministerio de Defensa de ese país, Nico Lange, reconoce que el curso de la guerra en Ucrania muestra que en las futuras guerras de este siglo la victoria será para quien pueda “proveer a las fuerzas de la línea de frente con la tecnología más relevante posible, lo más rápido posible” (“Pumping iron”, TE 9477, 6-12-25).
[9] No confundir con el famoso artículo 5 del tratado, que estipula que un ataque abierto a uno de los aliados se considera un ataque a todos los miembros y dispara una respuesta conjunta. Hasta ahora, ese artículo fue invocado una sola vez, el 11 de septiembre de 2001 por EEUU. El artículo 4 ha sido invocado nueve veces desde 1949, todas en este siglo, y tres de ellas a partir de, e incluyendo, el inicio de la invasión rusa a Ucrania.
[10] Los lentos pero persistentes avances rusos en la línea de frente han alejado en la población de a pie rusa el temor a un desastre militar, lo que se manifiesta en que, según sondeos independientes de Putin, el 70% opina que Rusia está prevaleciendo en el campo de batalla. Pero, a la vez, el 60% está de acuerdo con que haya negociaciones de paz, lo que indica que el entusiasmo belicista es más bien moderado. Entre el desgaste humano por la cantidad de bajas y el impacto económico de la guerra que empieza a hacerse notar (este año sí se espera una recesión), un empresario resume así la opinión de la elite rusa, que probablemente no sea muy distinta de la del conjunto: “A nadie le importa un carajo cómo termine la guerra, mientras termine. Putin puede vender cualquier acuerdo como una victoria” (“Pretend to negotiate while grinding down the enemy”, TE 9462, 23-8-25).
[11] No por conocido y esperado dejó de hacer ruido lo burdo del enfoque transaccionalista de Trump expresado en el acuerdo firmado con Zelensky para la explotación de tierras raras y otros minerales en territorio ucraniano, para colmo cerrado muy poco después de la famosa humillación pública del presidente ucraniano por parte de Trump y sus acólitos en el Salón Oval de la Casa Blanca, en vivo y con la prensa mundial presente.
[12] Un ribete particularmente escandaloso del affaire –que está totalmente en línea con lo que conocemos de Trump, su entorno y sus inclinaciones– fue una llamada telefónica entre Witkoff, el enviado yanqui, y Yuri Ushakov, un asesor de Putin, y luego otra llamada entre Ushakov y Dmitriev, el enviado de Putin. Los diálogos, reproducidos por la agencia Bloomberg, muestran a Witkoff asesorando a Ushakov sobre ¡cómo Putin debería manejarse con Trump!, además de sugerir que Trump estaba muy dispuesto a respaldar el reclamo de Rusia de quedarse con el oblast de Donetsk íntegro (que hoy no ocupa en su totalidad). A diferencia de lo que ocurriría en cualquier país con un cuerpo diplomático coherente –ni hablar de la primera potencia mundial–, Witkoff no sólo no fue desmentido, ni mucho menos relevado, sino que Trump lo confirmó como enviado especial ante el Kremlin.
[13] En ese sentido, un premio gordo es la posición dominante de Rusia en el mercado global de uranio enriquecido: la empresa estatal Rosatom representa el 44% de la capacidad de enriquecimiento de uranio en el mundo, seguida a distancia por el consorcio europeo Urenco (29%), CNNC, de China (15%) y la francesa Orano (12%). En 2024, Europa compraba a Rusia la cuarta parte del uranio enriquecido que necesita para sus reactores nucleares (la mayoría en el Este europeo), la misma proporción que EEUU le compró a Rusia en 2023. Si algún movimiento va a haber en este escenario, será sólo en dirección a un lugar más prominente para China, cuya capacidad de construcción de reactores nucleares de uso pacífico es mucho mayor, y más rápida, que la de cualquier otro país.




