Como hemos señalado más de una vez, todo análisis de posibles perspectivas está condicionado a acontecimientos sobre los que nadie tiene pleno control –mucho menos en caso de guerra, como ahora–, y en consecuencia deben permanecer abiertos y asumir explícitamente un carácter tentativo. Dicho esto, por ahora, y en función tanto de las capacidades reales como de los intereses del imperialismo yanqui y del régimen iraní, el conflicto no pareciera encaminarse a una resolución drástica del estilo “todo a nada”. Tampoco parece lo más probable que la vía de negociación –algunos de cuyos obstáculos y tortuosidades hemos reseñado– desemboque rápidamente en un acuerdo de paz o de cese de fuego duradero que deje demasiado conformes a ambas partes.
Tal como están dadas las variables militares, políticas y económicas, es acaso más esperable que entre los posibles escenarios de salida de la guerra se dé alguna variante que implique una especie de reedición de lo sucedido tras la primera guerra del Golfo: un régimen (antes Irak, hoy Irán) que sigue en pie, más debilitado y sometido a alguna forma de sanciones o recortes de su soberanía. En el caso de Irán, debería involucrar algún tipo de compromiso respecto de su programa nuclear. Esta posibilidad puede no es incompatible, o incluso combinarse, con una fragilidad tal de la arquitectura diplomática de “cierre” del conflicto que habilite amagos de incumplimiento de parte de Irán y, llegado el caso, ataques esporádicos y/o limitados de EEUU bajo la forma de “guerra de baja intensidad”.
No hace falta decir que un “desenlace” nada concluyente de este tipo será en cierto modo decepcionante e incómodo tanto para EEUU como para Irán, teniendo en cuenta que desde el inicio de la guerra ambos han incurrido en retóricas triunfalistas poco realistas. Es probable, con todo, que sea a Trump a quien le resulte le resulte más difícil conciliar las pasadas hipérboles con los magros resultados del presente. Ese descontento no va a limitarse a los actores principales del conflicto: “Un temor cierto tanto en Israel como en el Golfo es que Trump resuelva el tipo de cese de fuego a medio hacer que promovió el año pasado en Gaza: un bosquejo sin terminar, con detalles clave pospuestos para futuras negociaciones. ‘Un cese de fuego que deje a Irán con su uranio no es un cese de fuego’, dice un diplomático de un país del Golfo” (“Bargain or bluff”, TE 9492, 28-3-26). Esta eventualidad no tiene nada de descabellado, pero las condiciones de esta guerra difícilmente provean alternativas que dejen muy satisfecho a nadie. Como observaba un análisis citado más arriba, puede haber guerras sin ganadores. Pero en este plano es donde más hay que seguir la marcha de los acontecimientos.
Se reanuda una carrera nuclear más rápida y con más competidores
Para Rafael Grossi, titular de uno de los pocos organismos internacionales del entramado institucional de la Guerra Fría que mantiene su función y su prestigio, la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), el riesgo mayor de esta guerra es que oficie de campana de largada de una nueva carrera internacional por armas nucleares. Hoy, las potencias nucleares son nueve: los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU (EEUU, China, Rusia, Reino Unido y Francia), India, Pakistán, Corea del Norte e Israel (el único que no admite tenerlas aunque todos saben que las tienen). Pero la lista de candidatos ya se ha ampliado, posiblemente sin retorno.
Entre los países que están debatiendo, o incluso dando discretamente pasos, en esa dirección hay tanto “viejas” potencias como potencias “emergentes”. Alemania y Japón, los grande perdedores de la Segunda Guerra Mundial y que durante más de medio siglo consideraron tabú no ya las armas nucleares sino incluso un ejército en regla, están enfrentando la realidad de que el “paraguas nuclear” que proveía y prometía EEUU no está garantizado. Lo mismo sucede con Corea del Sur y hasta con Polonia, cada cual con su propio vecino del cual preocuparse. De más está decir que si Irán avanza hacia la nuclearización, sus vecinos del Golfo, en primer lugar Arabia Saudita y los Emiratos, no querrán quedarse atrás, como tampoco países de peso geopolítico como Turquía o Indonesia. Grossi revela que la lista de países que estarían evaluando seriamente opciones nucleares con fines bélicos superan la docena.
Para darse una medida de cuánto ha cambiado el mundo, cualquier país que en el pasado reciente hubiera desafiado el Tratado de No Proliferación, firmado por 191 países, se habría transformado casi automáticamente en un paria (como ocurrió, por ejemplo, con Corea del Norte, la última incorporación al “club nuclear”). Hoy, es casi un lugar común en la diplomacia europea aceptar que “Ucrania jamás habría sido atacada si hubiera tenido armas nucleares”. En cuanto al resultado obtenido por los líderes de países con programas nucleares que negociaron su suspensión, es elocuente que todos ellos (Saddam Hussein, Muamar Gadafi, Ali Jamenei) fueron asesinados por “Occidente”; el único con vida, Kim Jong Un, es precisamente el que no renunció a las armas nucleares… La lección parece clara.
Un funcionario europeo del área reconoce que el desarrollo de la guerra en Irán representa argumentos a favor, no en contra, de la carrera nuclear. Reconoce que “no me gustaría ver nunca una Alemania con bombas nucleares, pero un día la va a querer y la va a obtener porque ya no puede confiar en EEUU, y no puedo creer que estoy diciendo esto”. Para Grossi, la opción de aniquilar el programa nuclear iraní a fuerza de bombardeos sencillamente no es viable; la única solución, a su juicio, es un acuerdo. Pero el panorama general puede resumirse como lo hace el columnista geopolítico del Economist: “Las fichas de dominó de la proliferación nuclear se están tambaleando. Un empujón más y pueden tumbarse todas” (“If it starts, a nuclear-arms race will be unstoppable” (TE 9495, 18-4-26).
Hacia un mayor desorden global con más polarización, militarización… ¿y resistencia?
La tercera guerra del Golfo, decíamos al inicio, se inscribe en un contexto de un mundo que ha perdido el ordenamiento institucional, geopolítico y hasta ideológico en que se encuadraron las últimas décadas desde la caída del Muro de Berlín en 1989. Lo que no significa que no quede nada en pie del antiguo orden, sino que conviven de manera inarmoniosa y contradictoria jirones y tradiciones de éste con tendencias de un “nuevo orden” que todavía no ha nacido y está en construcción caótica.
Caracterizan a esta etapa lo que hemos llamado “combustión”: una aceleración y exacerbamiento de contradicciones, una polarización social, económica política, geopolítica e ideológica no vistas quizá desde los años 30. Es imposible abstenerse de hacer una analogía con las famosas líneas del Manifiesto Comunista en que Marx y Engels describen las arrolladoras convulsiones que genera el desarrollo de la modernidad capitalista. Bien podríamos hablar ahora de que este momento de la historia del mundo se distingue por “una perturbación ininterrumpida de todas las condiciones sociales, una agitación e incertidumbre constantes”. Así, “prejuicios antiguos y venerables” como el “orden internacional basado en reglas” quedan revolcados por los suelos. Las “reglas internacionales de guerra” ya no son líneas rojas sagradas sino negociables y profanadas. Las instituciones “viejas y osificadas” como la ONU y en especial la OTAN pierden súbitamente su carácter “sólido” acumulado durante décadas y están bajo amenaza de “desvanecerse en el aire”, o en el ciberespacio de los tuits de Trump.
Una expresión del canciller alemán Merz que disgusta a Trump hace que éste, de un plumazo, ordene la evacuación de 5.000 soldados yanquis de las bases de la OTAN en Alemania; Merz responde llamando a Europa a redoblar sus esfuerzos para limitar su dependencia de la protección nuclear de EEUU. La “santidad” del Tratado de No Proliferación es “profanada” por el frío cálculo geopolítico de las potencias capitalistas o aspirantes a serlo. La Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), otra de las instituciones “venerables” del orden global, fundada en 1960, ve cómo uno de sus miembros más importantes, los Emiratos Árabes, se retiran casi sin aviso previo, citando escuetamente las necesidades de su interés particular como país. Japón tira por la borda su antimilitarismo tradicional desde la segunda posguerra, abraza la doctrina del rearme y se prepara para abandonar definitivamente el tabú de las armas nucleares. La Unión Europea, supuestamente el último bastión del “orden democrático liberal”, vende su defensa de los derechos humanos a Turquía a cambio de un muro contra inmigrantes, y cuestiona su modelo de “estado de bienestar” en aras de la necesidad de aumentar el gasto de defensa. Podríamos continuar los ejemplos ad infinitum.
En la OTAN, en la UE, en las alianzas del Pacífico y hasta en los tratados bilaterales, el egoísmo nacional reemplaza a la cooperación; las viejas alianzas cuestionan sus compromisos anteriores, tambalean o desaparecen; otras nuevas se forjan no a partir de elevados ideales como la “confianza recíproca” o los “valores compartidos”, sino atendiendo al transaccionalismo más pragmático y de vuelo bajo.
Ni hablar de la nueva lógica económica: la prioridad del gasto militar en detrimento del gasto social y las necesidades de amplias masas que miran con incertidumbre y temor el futuro del trabajo en tiempos de inteligencia artificial. Alemania rompe con el tabú del déficit fiscal… pero exclusivamente para permitir el vuelco de ingentes recursos a la industria de defensa, mientras baraja, junto con varios otros países europeos, el regreso de la conscripción masiva para nutrir su ejército regular.
Mientras tanto, los coletazos de la guerra en el terreno económico, que ya se estaban haciendo sentir, podrían ser más destructivos si el conflicto no se encamina rápidamente y a satisfacción de “Occidente”. Es cierto que por ahora los grandes inversores, a juzgar por los índices de riesgo, estiman una desaceleración del crecimiento, no una recesión. Pero eso depende de que se cumpla la expectativa de una relativa normalización a más tardar para mayo, y muchos efectos secundarios se van a extender varios meses más.
Por ejemplo, Christine Lagarde, directora del Banco Central Europeo, no comparte esa visión casi rosada de los mercados financieros y bursátiles. Sin llegar a la ominosa expresión de su par del FMI, Kristalina Georgieva (prepararse para lo impensable”), la también ex directora del Fondo considera que las expectativas de un retorno rápido a la normalidad son “excesivamente optimistas”, porque “ya se ha hecho demasiado daño”; sucede que “no hay manera” de restaurar la capacidad de provisión de energía del Golfo en unos meses, sino que la disrupción puede durar “años” (“Navigating a Trumpian world”, TE 9492, 28-3-26).
Lagarde suena particularmente sombría en su evaluación de que esta guerra pone al descubierto las menguas e incapacidades de la UE como proyecto: frente al auge de los nacionalismos, nativismos y políticas aislacionistas, “los europeos ‘tendrán que decidir si quieren estar juntos o no’. Los compromisos compartidos de Europa, como el imperio de la ley, la democracia y los valores comunes están bajo asedio. ‘En lo que fracasamos completamente’, dice, es en descuidar la distribución, lo que dejó a amplias franjas de la sociedad con un sentimiento de abandono. Si eso no se arregla, la agenda económica de Europa puede importar menos que su supervivencia política” (ídem). Si tal es el lugar en que quedan la economía y la política europeas en el fragor de la guerra, con mucha mayor alarma deberían ver su panorama los países emergentes.
Antes de concluir, querríamos dejar sentado un alerta. A lo largo de este trabajo, hemos debido concentrarnos de manera acaso excesiva en lo que podríamos llamar el aspecto geopolítico del conflicto, en detrimento de lo que como marxistas consideramos el motor último de la historia humana: los conflictos sociales, las acciones de los pueblos, la lucha de clases.
Esta limitación del análisis obedece, en parte, a una limitación de este momento de la realidad. La guerra actual en Irán, como prácticamente cualquier otra guerra casi por definición, pone en primer plano a los Estados y su trayectoria histórica, a los gobiernos y sus decisiones, al arsenal militar y su capacidad de supremacía y destrucción. En contraste, los pueblos, las masas explotadas y oprimidas, sus luchas, tradiciones y acciones, quedan desplazadas de protagonismo y relegadas a veces al mero número, al lugar de carne de cañón.
Esto sucede sobre todo al comienzo de cualquier guerra: cuando habla la artillería, los pueblos deben callar. Pero no hay que confundir esa imagen inicial con el resultado. En muchas guerras, sus desarrollos y/o desenlaces pueden propiciar una entrada en escena independiente de esos mismos sectores sociales que habían parecido, durante el fragor de las batallas, meras masas de maniobra de decisiones tomadas desde las cúpulas políticas y los altos mandos militares.
Es pronto para saber si la guerra en Irán dará lugar a levantamientos contra un régimen iraní opresor y asesino, que no vaciló en intentar ahogar con decenas de miles de muertos las protestas populares legítimas contra la camarilla teocrática y militar que gobierna el país. En otro hemisferio, tampoco podemos saber si los aún mayores crímenes y canalladas del imperialismo yanqui y su actual gran aliado, Israel, abrirán paso a irrupciones de sectores de masas independientes, como ocurrió, por ejemplo, en Minneapolis en protesta contra la brutalidad infame de la policía migratoria de Trump. O si una conflagración mayor en Medio Oriente dará origen a movimientos de masas contra la guerra como en EEUU en los años 60 y 70 o en Europa en la primera década de este siglo.
No es lo que ocurre hoy, y no hay forma de saber qué ocurrirá mañana. Lo que sí sabemos es que esa posibilidad está completamente abierta; que no es verdad que los poderosos del mundo tengan siempre todos los triunfos en la mano para hacer lo que les venga en gana, y que, como marxistas, apostamos antes, ahora y siempre a la respuesta independiente, desde abajo y emancipadora de los pueblos que el imperialismo creía que eran meros objetos pasivos de sus decisiones. La creciente inestabilidad, incertidumbre y “combustión” del mundo también fogonean esa perspectiva.
Hoy, los gobiernos, los medios y también las masas, mientras miran llover misiles y drones, asumen que no hay mayor factor último de modificación de la realidad y de las relaciones de fuerza nacionales, o sociales, que la capacidad de destrucción. Mañana, esos gobiernos y esos medios pueden asistir incrédulos a otro espectáculo: el de los pueblos, los trabajadores, los sectores explotados y oprimidos, escribiendo la historia en las calles con sus propias manos y con su propia decisión independiente. Que así sea en Irán, en Palestina, en Medio Oriente, en EEUU y en todo el mundo.




