3- Trump: ¿de la Furia Épica al Fracaso Épico?

Impacto, lecciones y perspectivas (provisorias) de la tercera guerra del Golfo.

3.1 El impacto económico en EEUU: inflación y malestar en la base MAGA

Una economía que acusa recibo de la guerra y desacelera

Hemos visto que los países con más para perder, desde el punto de vista económico, con la continuidad de la guerra son los emergentes, especialmente los asiáticos. Pero aunque EEUU sea quizá el más “blindado” entre todos los desarrollados –por el tamaño de su economía, por sus ingentes reservas y capacidad productiva de hidrocarburos, por su mucha menor dependencia del suministro de commodities del Golfo–, de ninguna manera está inmune. Y ese impacto puede ser tanto más doloroso si se da en medio de la campaña de las elecciones de medio término de noviembre de este año.

Según Goldman Sachs, la guerra en Irán reducirá el crecimiento del PBI de EEUU este año del 2,5 al 2,2%; para el FMI la desaceleración podría llegar al 2%. Pero esta reducción relativamente modesta esconde fuertes disparidades regionales. De los 11 grandes sectores de la economía incluidos en el índice S&P 500, el único que crece es el energético. Las compañías petroleras, en particular, se están llevando la parte del león de un botín de guerra que se construye con las pérdidas de todos los demás. Con el galón de combustible en 4 dólares, y perspectivas de 5 dólares si el estrecho de Ormuz no se abre pronto, el deterioro político-electoral de Trump no hará más que crecer. De modo que no es tan descabellado este cínico pronóstico: “Los ganadores más claros de la guerra puede que no sean ni EEUU ni Irán, sino una curiosa pareja de compañías petroleras y diputados del Partido Demócrata” (“Disunited petrostates of America”, TE 9491, 21-3-26). Veremos enseguida el panorama electoral; en cuanto al beneficio de las grandes petroleras, está fuera de duda; para el marxista británico Michael Roberts “se aprestan a recibir un regalo del cielo de más de 60.000 millones de dólares este año si los precios del crudo se mantienen en los niveles alcanzados desde el comienzo de la guerra en Irán” (“Iran and the US economy”, 19-3-26).

Es sabido que una de las palancas más poderosas de Trump en la política interna estadounidense es su control y capacidad de veto casi absoluto en el Partido Republicano, vía su capacidad de galvanizar al sector trumpista más militante, el del movimiento MAGA (Make America Great Again). Quizá la definición más sintética (¿y precisa?) del carácter de la base MAGA la haya hecho el propio Trump: “MAGA ama todo lo que hago. MAGA soy yo”, declaró en modo Luis XIV el presidente de EEUU cuando le señalaron la contradicción entre el credo no intervencionista de MAGA y la decisión de secuestrar a Nicolás Maduro.

Pero cuando sube el precio del galón de nafta –desde principios de año, de 3,17 a 4 dólares, con buenas chances de seguir subiendo mientras el barril de petróleo no baja de los 110 dólares–, los cultores menos acérrimos de la personalidad de Trump empiezan a dudar. Es verdad que la base MAGA es notablemente tolerante a las contradicciones más brutales entre los discursos de Trump y la realidad; todos están acostumbrados a las idas y venidas de su gurú infalible. Pero un flanco más débil es el impacto de la guerra en la economía de EEUU en general y en la economía cotidiana en particular. Una cosa es aceptar una guerra que, según promete el líder, terminará pronto; otra que empieza a ser distinta es que la inflación, lejos de bajar, se acelere, y que sea cada vez más oneroso llenar el tanque del auto o pagar la cuenta de electricidad.

Cuando eso pasa, la guerra a decenas de miles de kilómetros de distancia deja de ser un tema para responder en encuestas y se convierte en motivo de discusión en la mesa de la cocina. Y ni hablar si llega a haber un lanzamiento de operaciones terrestres a mayor escala que aumente el saldo de muertos en combate (algo para lo que Trump ya está sondeando a su electorado).

De allí que el salto en los precios del combustible sea un factor electoral de primer orden, y es más notorio precisamente en los estados que votaron por Trump en 2024: en 15 de los 17 estados donde más subió el combustible ganó el candidato republicano. No es un dato anecdótico, sino un rasgo tradicional de la cultura política estadounidense: Gerald Ford (en 1976), Jimmy Carter (en 1980) y George Bush (en 1992) perdieron la posibilidad de reelección luego de una suba importante del precio del petróleo. En EEUU el auto, y el combustible, son herramienta de trabajo, centro del presupuesto familiar e ícono cultural, todo al mismo tiempo.

Otros criterios tradicionalmente tenidos en cuenta para medir la salud de la economía dan señales no alarmantes pero sí preocupantes. Es verdad que los índices bursátiles parecen de amianto frente a cualquier tormenta geopolítica: el S&P 500 muestra una muy saludable performance en lo que va del año, y no exclusivamente en función de los anormales rendimientos de las “siete magníficas” (las grandes tecnológicas). Pero otros parámetros más terrenales y menos volátiles dan menos pasto para el optimismo.

Por lo pronto, una economía con inflación recalentada por encima de la meta de la Reserva Federal del 2% anual a casi el 3% no favorece las intenciones de Trump de que la la autoridad monetaria baje las tasas de interés, tema por el que ha librado memorables choques (y matoneadas) con su titular actual, Jerome Powell. Menos aún cuando el índice de confianza del consumidor en EEUU está cerca de sus mínimos históricos. Y si la economía yanqui no está pasando por un gran momento, menos aún es el caso de la industria manufacturera, precisamente una de las prioridades de Trump.

En efecto, la cantidad de trabajadores empleados aumentó en 200.000 desde la asunción de Trump, pero la industria perdió 100.000; el resto de la economía debió aportar los otros 300.000, que sigue siendo una cifra muy mediocre. Un parámetro muy consultado, el índice de gerentes de compras, señala que la industria en general estuvo en recesión durante 2025, y la producción de bienes está ahora al mismo nivel de hace unos años. También aquí la desigualdad es la norma: los sectores que sostienen las estadísticas son pocos y concentrados: electrónica, aeronáutica, farmacéutica.

Ocurre que, como casi todos preveían –salvo Trump y sus asesores–, los aranceles no sólo no generaron ningún “reshoring” (regreso de industrias desde el extranjero a EEUU) sino que complicaron más el panorama, especialmente para los sectores exportadores: “En todo caso, la mayoría de los industriales de EEUU parece ver la guerra comercial como un obstáculo a sortear, no como un triunfo para celebrar” (“The cruellest year”, TE 9493, 4-4-26).

La guerra con Irán, naturalmente, complica más las cosas. Un buen ejemplo de los problemas logísticos que acarrea es que Trump, tragándose su retórica nacionalista, debió suspender por 60 días la ley Jones, que desde hace un siglo estipula que todos los buques comerciales que transitan entre dos puertos en EEUU deben tener fabricación, tripulación y mando de EEUU. Esta ley brutalmente proteccionista (vaya con el “libre mercado” cuando se trata de intereses estratégico) tenía la intención de revivir los astilleros yanquis que estaban perdiendo la competencia con los europeos. Cosa que no ocurrió hasta hoy, ya que en 2024 EEUU representaba el 0,04% de una industria global dominada por sólo tres países: China, Japón y Corea del Sur, que se quedan con el 90%.

Los granjeros estadounidenses, otro sector abrumadoramente pro Trump, empiezan a preocuparse seriamente por el impacto de la guerra. El aumento del combustible y de los fertilizantes está reduciendo márgenes que ya eran estrechos: el 12% de los miembros de la National Corn Growers Association estaban evaluando retirarse o dejar el negocio. El problema para los republicanos es que, a diferencia de un shock de precios del petróleo, cuyos efectos se hacen visibles en una semana, las subas de precios de productos del campo llegan a los supermercados en un plazo de tres a seis meses… en plena campaña electoral.

Una buena síntesis de la sombra que despliega la guerra sobre la economía yanqui es que “va a ensanchar la tijera entre un crecimiento económico y del empleo ralentizados y una inflación en ascenso; en otras palabras, la estanflación está a la orden del día” (M. Roberts, “Iran and the US economy”, 19-3-26). Como dijo el (luego frustrado) candidato de Trump para dirigir la Oficina de Estadísticas Laborales de EEUU, el economista ultra conservador E- J. Antoni, “no creo que [la de EEUU] sea una economía que sea capaz de sobrellevar un barril de crudo a 100 dólares. No lo es. La economía es más débil de lo que creíamos, y la inflación es peor de lo que pensábamos” (Financial Times, 18-3-26). Queda poco que agregar a ese sobrio diagnóstico.

El ala nacionalista y aislacionista de MAGA recela de la guerra… y de Israel

Es significativo que la troupe MAGA sea la más proclive a sostener que la guerra va a durar poco: es la típica confusión entre creencia y expresión de deseo. El apoyo a la guerra con Irán en el ala MAGA de los republicanos sigue siendo abrumador, pero empieza a bajar: desde el 90% inicial pasó al 81%… y el peligro de que la tendencia se profundice crece con cada día de conflicto sin resolver.

Las mayores contradicciones que señalan algunos que se bajaron estruendosamente de la nave Trump son dos: la guerra con Irán se opone por el vértice a la promesa de no embarcar más a EEUU en “guerras eternas” –especialmente en Medio Oriente!– y, para colmo, la decisión de Trump es vista como demasiado teñida por la influencia de Israel.

Al respecto, no ayudó nada a la causa de Trump que al propio secretario de Estado, Marco Rubio, se le escapara la frase de que EEUU decidió actuar militarmente contra Irán “porque si no Israel lo iba a hacer por su cuenta”. Un connotadísimo (y pionero) ahora ex miembro del clan MAGA, el periodista de derecha Tucker Carlson –una de las figuras más mediáticas del país, ex comentarista de Fox News–, ahora ventila su amargo arrepentimiento en cuanto foro puede, denunciando en términos crudos (y populares) la guerra, la “traición” de Trump a su propio programa y la influencia de Israel y el lobby sionista en la política exterior de EEUU. En un podcast seguido por decenas de millones de estadounidenses, Carlson afirmó: “Me cuesta decirlo, pero EEUU no tomó esta decisión [de ir a la guerra]: la tomó Benjamin Netanyahu”. Otra figura rutilante y muy mediática del trumpismo, la ex diputada republicana Marjorie Taylor Greene, se ha vuelto también furiosamente crítica de la guerra y de las decisiones de Trump.

Y no hay que creer que es sólo parte del ala política de MAGA la que se queja de la influencia de Israel sobre las decisiones de Trump. Un alto funcionario de carrera, el encargado de contraterrorismo Joe Kent, afirmó en su carta de renuncia al cargo que “Irán no planteaba ninguna amenaza inminente contra nuestra nación, y es claro que empezamos esta guerra debido a la presión de Israel”. Y la idea se vuelve de masas: una encuesta de la Quinnipiac University de principios de marzo mostró que un 44% de los votantes cree que EEUU apoya demasiado a Israel, con una clara línea divisoria partidaria, el 62% de los demócratas y sólo el 17% de los republicanos.

No hace falta caer en el conspirativismo de la derecha yanqui para entender la lógica del asunto. Más plausible (y simple) que la existencia de videos de Trump sexualmente comprometedores en manos del Mossad es la explicación de que Netanyahu supo apelar a la fibra economicista de Trump: infligirle a Irán una derrota decisiva “le permitiría a Israel liberarse de su abrumadora dependencia de la ayuda de EEUU”, lo que a su vez redundaría, lógicamente, en un importante ahorro de EEUU en asistencia militar a Israel (Peter Beaumont, “Was Trump seduced by Netanyahu’s promise of an easy war”; The Guardian Weekly, 10-4-26).

La cuestión de la relación entre EEUU e Israel ha cambiado decisivamente tanto en los partidos como en el electorado de EEUU. El apoyo incondicional a Israel había sido siempre materia de consenso bipartidario, reflejando también la opinión general. Desde el comienzo del genocidio en Gaza, agravado ahora por lo que muchos ven como una entrada en guerra en nombre de los intereses de Israel más que de EEUU, eso ya no es así.

Hoy son legión los senadores demócratas que acusan a Trump de “seguir a Israel” en vez de, como correspondió siempre a la relación entre una superpotencia y un estado cliente, obligar a Israel a seguir la política exterior de EEUU. Así, “la sospecha de que Israel arrastró a EEUU a la guerra ya no es un goteo, sino un torrente que está llenando el vacío que dejó la incapacidad de Trump para alinear a los estadounidenses detrás de los intereses nacionales clave. Y ya se ha convertido en tema de la cultura popular” (“The blame-Israel lobby”, TE 9490, 14-3-26). Un ejemplo es que un humorista de “Saturday Night Live”, probablemente el programa más famoso de la TV de EEUU, satirizara la idea de que Trump inició la guerra sin autorización (del Congreso yanqui o de la OTAN): “¡Claro que tenía autorización! Netanyahu le dio el OK”.

Este cambio de percepción, y de sentimiento popular, puede suponer un error estratégico para Netanyahu. Un conocido periodista israelí, Nadav Eyal, recuerda que “la cuestión más existencial para Israel y todos los primeros ministros anteriores, mucho más que el programa nuclear iraní, era mantener el apoyo bipartidario de EEUU”. La grosera apuesta de Netanyahu por Trump ha erosionado –¿sin retorno?– ese consenso, y ha transformado el respaldo a Israel en EEUU de indiscutida política de Estado en materia de riñas partidarias y especulaciones electorales encuestas en mano. Y no se trata sólo de la creciente simpatía por Palestina entre los demócratas, sobre todo los jóvenes. Si el rechazo a Israel o al menos la convicción de que los intereses del Estado sionista no están en alineación perfecta con los de EEUU se extienden en la propia base republicana, el daño reputacional estratégico para Israel puede terminar pesando mucho más que cualquier victoria militar o diplomática de hoy.

De todas maneras, acaso el mayor factor de desencanto y frustración, tanto entre la base de Trump como en el electorado en general, que no suele decidir su voto por temas de política exterior sino por el impacto local de ésta, sea la amplia percepción de que Trump está violando una promesa básica de su propia campaña, tanto de 2016 como especialmente de 2024: basta de guerras largas, inútiles y gravosas para el hogar estadounidense promedio.

Si se instala la sensación de que “sin hoja de ruta y sin autorización formal del Congreso, lo que se presentó como una guerra limitada está empezando a parecerse a una campaña interminable” (“The president’s big gamble, TE 9489, 7-3-26), a Trump le será muy difícil de revertirla, salvo con un anuncio creíble de “victoria total y definitiva” que sobre el terreno aparece como cada vez más incierta. La alternativa hoy más plausible no es que las tropas de EEUU regresen de Irán cubiertas de gloria tras haber infligido al enemigo una victoria aplastante, sino que Trump intente hacer pasar, cual vendedor de autos usados, una política de reducción de daños –bajo la forma de un acuerdo vidrioso y escaso de detalles, al estilo del cese del fuego en Gaza– como un “éxito tremendo y nunca visto”…

3.2 Se incuba una derrota electoral del Partido Republicano y Trump

Desde el punto de vista de la política exterior, la campaña contra Irán es la apuesta más fuerte de Trump desde que asumió por segunda vez. No sería la primera vez que Trump –entre otros presidentes de EEUU– toma decisiones internacionales con un ojo, o los dos, puestos en el frente interno. Pero en el marco de que “temas que alguna vez le dieron ventaja, como la economía y la inmigración, se han convertido en un problema” y de que “los republicanos enfrentan la perspectiva de una paliza en las elecciones de medio término”, resulta que “Trump está atando su legado, y quizá el destino de su partido, a un conflicto con objetivos vagos y riesgos muy concretos” (“The president’s big gamble, TE 9489, 7-3-26).

La habitual falta de claridad –o, más bien, las contradicciones flagrantes– de las comunicaciones públicas de Trump y el resto de su equipo de gobierno desesperan a los estrategas electorales del Partido Republicano. No ya en semanas o días, sino en el mismo discurso, Trump puede prometer que la guerra va a durar “como máximo cuatro o cinco semanas”, y minutos después, “mucho, mucho más, quizá años”. Pero los republicanos saben que cuanto más se extienda el conflicto, más difícil va a ser contener la inquietud de una base MAGA que fue galvanizada durante la campaña, entre otras consignas, con la del rechazo a las “guerras eternas”, en clara referencia al desastre de Biden en Afganistán.[1]

La tasa de aprobación entre los latinos de EEUU pasó del 48% en 2024 al 41% en febrero de 2025 y luego se derrumbó al 22% en febrero de este año, gracias a las deportaciones masivas, el racismo brutal desde el gobierno y las “hazañas” del ICE. Una encuesta de YouGov en marzo arrojó que el 68% de los hispanos desaprueban a Trump en el tema inmigración, y la mayoría respalda la abolición del ICE. Otra encuesta de Pew de noviembre pasado muestra que casi un tercio de los latinos evaluaron irse de EEUU en los seis meses anteriores, con la política de Trump como factor número uno.

Este giro puede costarle al Partido Republicano decenas de bancas en Diputados y acaso el mismo Senado. Después de todo, los escandalosos retrazados de distritos electorales (gerrymandering) a cargo de los estados gobernados por republicanos partían de asumir al menos el mismo nivel de apoyo de los electores hispanos; si éstos le dan la espalda a Trump, la maniobra habrá sido un tiro en el pie. Y por partida doble: por un lado, el gerrymandering republicano habilitó a que los demócratas, ni ledos ni perezosos, hicieran lo mismo en estados que controlan y que pueden darles diputados adicionales simplemente con la manipulación de las fronteras de distritos, como en California y Virginia. Por el otro, en los distritos que los republicanos llenaron artificialmente de electores latinos dando por sentado que serían votos propios, la elección se puede dar vuelta.

Las consecuencias pueden ir más allá de las elecciones de medio término de 2026: “Históricamente, cuando un partido se enajena un grupo demográfico íntegro, los efectos políticos permanecen. Los candidatos presidenciales republicanos ganaron en California en nueve de diez elecciones entre 1952 y 1988; nunca volvieron a ganar desde que un gobernador republicano [Pete Wilson] respaldó un referéndum en ese estado contra la inmigración [la Propuesta 187] en 1994” (“How to teach Donald Trump a Latin lesson”, TE 9490, 14-3-26).

Tampoco los demócratas necesitan tanto margen de victoria: la actual mayoría republicana en la Cámara baja es de apenas 4 diputados; en el Senado, de un solo legislador. Por ahora, encuestas como las de YouGov y otras le dan al Partido Demócrata chances muy altas –por encima del 80%– de conseguir mayoría en la Cámara de Diputados, incluso con cierta holgura, mientras que la disputa por el Senado está muy pareja, y probablemente gane quien gane tendrá una mayoría muy estrecha, de uno o dos senadores. Aunque en este último caso las elecciones son menos, más peleadas y con varias bancas propias a defender, no hace falta un aluvión histórico, sino una mejora en lugares estratégicos para quedarse con el premio mayor de las dos cámaras, lo que dejaría a Trump como un pato rengo… y bajo la seria amenaza de impeachment. Puede decirse que Trump está a medio papelón militar o diplomático de cavarse su propia fosa.

Es por eso que, aunque no lo dirán en público, en privado muchas figuras del Partido Republicano, dentro y fuera del gobierno, están echando humo ante la evidente incompetencia de Trump para el manejo de todo el conflicto, incluyendo la decisión de iniciarlo. Trump no prestó la menor atención a los estrategas del Pentágono y otros organismos de defensa que le advirtieron sobre la cuestión del estrecho de Ormuz. Trump se vio sorprendido –“nadie se lo imaginaba”, dijo– por las represalias de Irán contra los países del Golfo, cuando era una circunstancia obvia para cualquier analista no muy especializado.

Pero no es sólo enojo: es temor ante los demonios que puede desatar un presidente volátil poco acostumbrado a que las cosas le salgan mal y que siempre describe sus acciones, y sus resultados, en términos ridículamente hiperbólicos (“nunca visto”, “lo más grande de la historia”, etc.) El cierre de un editorial del Economist es muy atinado: “Es difícil ver cómo Trump puede terminar como ganador en Irán. Advertencia: es un muy mal perdedor” (“Operation Blind Fury”, TE 9491, 21-2-26).

El nivel de improvisación y falta de estrategia de Trump son tan pavorosos que les proveen a los demócratas con la munición más gruesa que nunca contra el presidente. El senador Chris Murphy declaró en sesión que “ésta es la guerra más incoherente e incompetente que EEUU haya peleado en los últimos 100 años, y eso no es poco decir”. El jefe del bloque demócrata en el Senado, Chuck Schumer, luego de conocer que Trump desoyó los informes que advertían sobre la ventaja que suponía para Irán aprovechar el estrecho de Ormuz, no pudo evitar la burla: “Un estudiante universitario con una comprensión básica de geopolítica le podía decir que la mayor ventaja de Irán era controlar ese estrecho”.

Los demócratas pisan terreno seguro: las encuestas de opinión en EEUU se han movido, desde el comienzo de la guerra, en una sola dirección: en contra. La aprobación neta (saldo de respuestas a favor y en contra) de toda la gestión Trump es del -20%. Y si la guerra se complica, que a Trump ni se le ocurra subir la apuesta con una intervención terrestre: el 62% se opone y sólo el 14% la respalda. En cuanto a la guerra en general, mientras que entre los demócratas las cifras de apoyo son mínimas, entre los republicanos cayeron del 73% a quince días de iniciada al 62% dos semanas después. Parte de ese escepticismo es que ya son más los estadounidenses que creen que el principal beneficiado de la guerra con Irán será Israel (55%) que los mismos EEUU (30%).

Al respecto, es ilustrativo dar cuenta de los cambios de orientación de la madre de todos los lobbies pro israelíes de EEUU y del mundo, el American-Israeli Public Affairs Committee (AIPAC). Es significativo que la intervención del AIPAC en las últimas elecciones parciales (primarias demócratas y republicanas en diversos estados) haya sido especialmente discreta a la hora de mencionar sus vínculos con a Israel. Las propagandas de campaña pagadas con los generosos fondos de AIPAC destinadas a promover candidatos amigos de Israel ahora se abstienen, prudentemente, de toda mención del estado sionista. Los spots hablan de Trump, de la ICE, de las “mujeres de Chicago”… pero no de Israel ni menos aún de su supuesta comunión de intereses con EEUU, un tópico habitual de otras campañas financiadas por AIPAC.

Mientras tanto, Trump no colabora con su propia causa cuando en medio de la preocupación general en los consumidores por la suba de precios se jacta en conferencia de prensa del mármol y el ónix de la futura sala de baile que está construyendo en la Casa Blanca, ante la mirada atónita de los corresponsales que esperaban definiciones por la guerra. Cada incidente por separado –los tuits absurdos y groseros, Trump como Jesucristo, las contradicciones verbales flagrantes, las improvisaciones, las frivolidades– puede pasar como anécdota superficial; tomados en conjunto, representan una imputación casi ilevantable para millones de electores que no estén fanatizados.

Que, en verdad, no son tantos. Sucede que el nivel de polarización de la política de EEUU es tan pavoroso que no debe admitir parangón con casi ningún otro país, aun en un período en que la división de la sociedad por líneas de falla política es casi una norma global. Por ejemplo, una encuesta de antes de comenzar la guerra contra Irán sobre el nivel de satisfacción con “el lugar y prestigio de EEUU en el mundo” mostraba una visión positiva del 80% de los republicanos y sólo el 7% de los demócratas. Es de imaginar lo que diría una encuesta sobre el tema hoy…

Eso se manifiesta también en la inmensa desconfianza en que los gobiernos en general y el de Trump en particular jueguen limpio en el sacrosanto ritual de la democracia, las elecciones. El 75% cree que en las elecciones parlamentarias de medio término van a tener algún grado de interferencia del poder político. Y la mayoría de los votantes de ambos partidos piensan que la otra fuerza es demasiado extrema. Más de la mitad creen que sus conciudadanos son “moralmente malos”, cuando sólo el 17% de los británicos y apenas el 7% de los canadienses es tan negativo.

El hecho de que Trump apueste siempre al máximo en las elecciones, que resultan invariablemente un “desafío existencial” donde todo está en juego no contribuye, ciertamente, a bajar la tensión. Lo mismo puede decirse de sus continuas denuncias de que los demócratas quieren perpetrar fraudes electorales, excusa para intentar intervenir federalmente las autoridades de los comicios, que siempre fueron estaduales.

Otra idea que flota en el mundo MAGA –aunque muchos republicanos temen que sea contraproducente– es la de enviar agentes de la infame policía migratoria, la ICE, a los centros de votación para “evitar que voten extranjeros ilegales” (es decir, para amedrentar a los votantes legales de origen inmigrante). El colmo es que, para Trump, las supuestas maniobras de “manipulación electoral” demócratas –¡un partido que no controla el gobierno federal ni ninguna de las dos cámaras del Parlamento!– justificarían lo que en el fondo es su pensamiento más íntimo: “Cuando uno lo piensa, ni siquiera deberíamos tener elecciones”, dijo a principios de año.

Esta frase no es uno más de los tantos exabruptos semanales, o diarios, de Trump, sino que hay que tomarla como indicativa de un pensamiento más profundo (en la medida en que ese término se le pueda aplicar al presidente yanqui). Si hay tema al que Trump se ha dedicado con una sistematicidad ajena a su temperamento habitual es a sembrar en su base MAGA y en todo el electorado estadounidense la desconfianza más profunda en las normas e instituciones de la democracia burguesa clásica. Sus arranques de elogio a las tiranías y su desdén olímpico por las normas y procedimientos de la venerable democracia estadounidense son, a no dudarlo, muestras sinceras de sus inclinaciones y tendencias reales.

También en el terreno del funcionamiento de las normas democráticas de una elección Trump se atiene a su credo de que “las reglas son cosa de perdedores”. Su impugnación del resultado de la elección de 2020 ha calado hondo en su partido: la mayoría de los republicanos cree que efectivamente a Trump le robaron esa elección presidencial. Si Trump se ve en apuros desde las encuestas, nadie debería descartar alguna forma de intervención que vaya más allá de la recomendación de Steve Bannon, otro gurú MAGA, de inundar los lugares de votación con agentes de ICE. Porque Trump no sólo es capaz de eso, sino que los votantes en general también lo creen de hacerlo.

Una encuesta reciente de YouGov sondeaba cuánta confianza tenían los ciudadanos respecto de que la elección fuera limpia y sin interferencias del gobierno federal o estadual. Ya en la elección de 2024, sólo un 44% confiaba en que no habría irregularidades orquestadas desde alguna autoridad. Para las elecciones de este año, ese índice de confianza cayó al 25%. Lo asombroso es que en este tema casi no hay división partidaria: 70% de los demócratas, el 75% de los republicanos y el 80% de los independientes (!) se mostraban resignados a que “los otros” –en el caso de los independientes, probablemente ambos partidos– iban a intentar jugar sucio con las elecciones.

Razón de más para estar atentos al circuito político de retroalimentación entre la marcha de la campaña electoral en territorio estadounidense y la marcha de las negociaciones en Pakistán… o la marcha de las acciones militares en el Golfo Pérsico. Hay que estar abiertos a acontecimientos inesperados en un lugar que puedan repercutir de manera insospechada en el otro. En cualquier caso, con resultados probablemente poco halagüeños para Trump.

3.3 Alcances y límites del “factor Trump” en la política yanqui y global

Dentro de las muchas asimetrías, paradojas, ironías y aporías que presenta el conflicto, se destaca en particular que a esta altura de la guerra, cualquier fin del conflicto, por más que Trump intente presentarlo en sus habituales términos hiperbólicos, difícilmente sea saludado como un éxito espectacular que le asegure a Trump una mejora sustancial en su imagen. Ante la casi certeza de que la continuidad de una guerra de desarrollo incierto y de impacto muy cierto en la economía puede dañar irreparablemente sus ya comprometidas chances electorales, la pregunta que muchos se hacen –dentro y fuera de EEUU, dentro y fuera del Partido Republicano–es si Trump aceptará un saldo mediocre y hasta moderadamente perjudicial o si intentará redoblar una apuesta ya demasiado riesgosa.

En todo caso, unos con fruición y otros con resignación, lo que muchos esperan es que, salvo un vuelco categórico en las relaciones de fuerza militares actuales, a lo más que puede aspirar EEUU y Trump es a un acuerdo con Irán en términos sin duda más desfavorables que el logrado por Obama en 2015, que Trump anuló en 2018 durante su primer mandato. Es decir, dar vueltas durante más de diez años, pasando por una guerra de miles de muertos, miles de millones de dólares malgastados y el prestigio político del “líder de Occidente” arrastrado por los suelos, para terminar no ya en el mismo lugar sino más atrás.[2]

Algunos sectores del gobierno de Trump especulan con la posibilidad de salir del pantano con una especie de Delcy Rodríguez iraní. Muy probablemente se vean decepcionados: los regímenes venezolano e iraní pueden admitir algunos paralelos, y sin duda que hay contradicciones y líneas internas dentro y fuera del CGRI, pero la organicidad y consistencia del gobierno iraní son incomparablemente superiores a los de un madurismo tan decadente que la segunda figura más importante del gobierno de Venezuela tardó menos de 24 horas para acomodarse sin mayores tropiezos a la situación de semicolonia yanqui de hecho.

Aquí es pertinente recordar que, con todo lo grotesco que es el personaje, Trump no será el primer ni el último presidente yanqui en cometer el elemental error de no entender con qué adversario está lidiando. Le ocurrió a John Kennedy y Lyndon Johnson con Vietnam, a Bill Clinton con Serbia, a casi todos los presidentes de este siglo con Afganistán e Irak. Suponer, como afirmó el vicepresidente yanqui J.D. Vance, que la meta de la guerra puede ser que Irán termine actuando “como un país normal”, es decir, como un país que abandona su identidad nacionalista e islámica para convertirse en el prosaico negociador de acuerdos comerciales que es el arquetipo de “estadista” para Trump, es no saber qué terreno se está pisando.

Por eso tiene razón el columnista de geopolítica del Economist cuando resume que “la forma de conducir la guerra de Trump incluye cometer todos los viejos errores de apreciación cultural de EEUU, con la única excepción del idealismo excesivo”, nombre que el columnista le da a la pretensión de “reconstruir los estados fallidos” a la usanza de Occidente, precisamente como en Afganistán e Irak (“The dangerous mistake in Donald Trump’s Iran strategy”, TE 9496, 25-4-26).

Así, a la arrogancia imperial habitual de los yanquis se le suma una concepción increíblemente estrecha y pedestre de la política internacional, concebida bajo criterios de contador público.[3] Aunque los funcionarios más profesionales del aparato de seguridad e inteligencia de EEUU hicieron bien su trabajo, los personajes que conducen efectivamente los destinos del país asombran por su falta de visión. Una pieza muy importante del equipo de política exterior de Trump, el cuasi embajador plenipotenciario Steve Witkoff (enviado a misiones diplomáticas con China, Rusia, Israel, Irán y sigue la lista), se mostró casi tan asombrado como su jefe de que “Irán no haya capitulado” después de los primeros ataques. Esto se debe en parte a que “Trump está demasiado seguro de que puede amedrentar a líderes extranjeros bajo la amenaza de bombardear sus países. Y tiene demasiada confianza en que los conflictos se pueden terminar rápido, una vez que los contendientes entiendan los beneficios económicos de la paz. Como dijo J.D. Vance, Trump no comprende por qué rusos y ucranianos se matan entre sí en vez de comerciar entre sí. A Trump siempre le ha costado entender que la gente pueda creer en algo que no sea hacer dinero” (“America’s failing gunboat diplomacy”, TE 941- 21-3-26).

Esta asombrosa limitación para el pensamiento estratégico y esta miopía cultural para todo lo que no sea ganar dinero explica en parte por qué en los mercados financieros, y no sólo en ellos, levantó y sigue levantando sospechas el curioso patrón temporal de los anuncios bélicos de Trump. Las amenazas y bravatas tienen lugar los viernes luego del cierre de operaciones de Wall Street, o los sábados; los anuncios de negociación o de alguna forma de alivio de la tensión del conflicto se concentran los lunes a la mañana. Alguien con información privilegiada –el propio Trump y sus allegados, aventuran los más audaces– bien puede hacer fortunas con las disparadas de precios de commodities y acciones en el curso de esas 72 horas. Pero esa conducta tiene costos, ya que aumenta la desconfianza de Irán de que las aperturas negociadoras de Trump sean meras jugadas para calmar a los mercados mientras gana tiempo para seguir moviendo recursos militares a la región (ya hay un cuarto portaaviones yanqui rumbo al Golfo Pérsico).

En comparación con esta conducta apenas más sofisticada que la de un agente de Bolsa, la visión aislacionista de “America First” del ex periodista de Fox News Tucker Carlson podrá ser controversial y de derecha imperialista, pero al menos tiene un sentido estratégico coherente, que es más de lo que puede decirse de Trump. Para Carlson, Trump cedió la decisión sobre la guerra a Israel y el lobby pro israelí; la lógica de Netanyahu, a su juicio, es que al advertir el desplome del apoyo a Israel en la sociedad estadounidense intenta apresurarse a obtener de EEUU todo lo que pueda, mientras pueda. Dicho esto, Carlson no pierde de vista el marco general y cuáles son los verdaderos protagonistas: “Es necesario que entendamos que ahora compartimos el mundo con China, que hay que tener un acuerdo de reparto del poder con ellos, y es obvio que debe basarse en la geografía. Eso implica aceptar que EEUU no va a defender y no puede defender a Taiwán, porque hemos alcanzado los límites de nuestro poder”, lo que significa, al mismo tiempo, reforzar la relación con Europa como contrapeso a China (“Conversation with an apostate”, TE 9491, 21-3-26). Pero un viraje estratégico de estas características en la política exterior de EEUU es algo que probablemente esté fuera de la capacidad de maniobra (¿y de comprensión?) de Trump.

En síntesis, uno de los mayores peligros para el imperialismo yanqui, para “Occidente”, para la estabilidad global y para el mundo a secas es el hecho de que Trump, como “estadista”, lo es todo menos lo que en la política anglosajona se llama a safe pair of hands, es decir, una persona confiable, competente y capaz de manejar situaciones difíciles.

Al respecto, una muestra representativa de cómo ve a Trump el establishment del capitalismo global es la angustia de la francesa Christine Lagarde, titular del Banco Central Europeo y ex directora del FMI), cuando se refirió al rol que está jugando EEUU, o más bien Trump, en el marco del desorden global. Comparando con la respuesta coordinada de las principales potencias agrupadas en el G-20 a la crisis financiera de 2008-2009, se pregunta: “¿Puede uno imaginarse eso ahora? La conducción del G-20 está en manos de EEUU. No voy a decir más (I’ll say no more)” (“Navigating a Trumpian world”, TE 9492, 28-3-26).

Esa desazón de Lagarde es plenamente justificada. Lo que no lo es tanto es la creencia ingenua de que este desorden obedece ante todo a lo idiosincrático de Trump, al peso de su personalidad y a sus evidentes carencias como líder global. La mexicana Martha Bárcena, ex embajadora en EEUU, se refirió en estos términos a los problemas que representa Trump para el tratado comercial USMCA entre los tres países de Norteamérica: “Siempre digo a la gente que no se engañe pensando que todo va a estar bien cuando Trump se vaya”.

Hay más verdad de lo que parece en esa definición, cuando se la considera como abarcando no sólo la política comercial de EEUU hacia sus vecinos sino toda la estrategia del imperialismo yanqui. Sería un error completo y una superficialidad suponer que tras su salida del poder las relaciones internacionales van a volver a la “normalidad” anterior. Los rasgos más grotescos y poco profesionales del manejo cotidiano de la política exterior podrán salir de escena, pero la orientación general y objetivos globales del imperialismo yanqui muy difícilmente den un vuelco tan grande que vuelvan irreconocible los de la “era Trump”. Los cambios serán más de estilo que de sustancia: las grandes líneas del orden capitalista global no dependen de una sola persona.


[1] Si alguien necesita más autoacusaciones anticipadas de Trump, no hay que retroceder siquiera hasta la campaña electoral: en mayo de 2025 Trump se burló de los “intervencionistas” militares, en obvia referencia a los demócratas y a Biden, por “querer intervenir en sociedades complejas que ni ellos mismos entienden”. ¡Vaya!

[2] El consenso entre analistas y gobiernos de países desarrollados (con la obvia excepción de Trump) de que, en ausencia de una derrota categórica o desaparición del régimen iraní, “cualquier acuerdo con el país persa terminará en condiciones peores a las que se podrían haber logrado antes del comienzo de la guerra” es realmente abrumador (“Advantage Iran”, TE 9492, 28-3-26).

[3] Cabe recordar aquí la igualmente obtusa concepción de Trump sobre el comercio exterior, al que sólo podía comprender en los términos más mercantilistas imaginables, expresados en la elemental ecuación “si exportamos más de lo que importamos, salimos ganando”.

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