Brasil

24J: Miles en las calles exigieron «¡Fuera Bolsonaro!»

¿Y ahora? ¿Qué hacer para retomar la dinámica ascendente de las movilizaciones, masificar y radicalizar el proceso de lucha contra Bolsonaro?



                                                                              Traducido del portugués por Luz Licht

Presentamos un balance del 24J y los desafíos del movimiento para derrotar a Bolsonaro. Es preciso ir a las bases, organizar comités unificados por el Fuera Bolsonaro para hacer avanzar al movimiento, construir jornadas de paralizaciones de actividades nacionales para ir hacia una huelga general que pare la producción nacional y cambie de una vez por todas la correlación de fuerzas con el gobierno genocida de Bolsonaro, posibilitando que la clase trabajadora pase a la ofensiva.

El último sábado, día 24 de julio, nuevas movilizaciones se convocaron en las principales ciudades del Brasil por el Fuera Bolsonaro. Se registraron actos en al menos 120 municipios en los 26 estados y la capital, pero también hubo protestas en ciudades de países como Japón, Alemania y Portugal. Aunque parece, hubo una leve disminución en términos del tamaño y alcance de las movilizaciones debido a algunas cuestiones políticas que intentaremos abordar aquí.

La reducción del tamaño y de la extensión de los actos callejeros es una primera señal que puede indicar un reflujo que precisa ser cuidadosamente analizado e interpretado para volver a cargar energía en los sectores que protagonizan la lucha en las calles y para ampliar a otras franjas sociales y capas de trabajadores, superando así el carácter de actos de amplia vanguardia hacia actos de masas. Como ya dijimos, en la lucha de clases es natural que el movimiento tienda a ascender, estabilizarse para, después, presentar un reflujo en determinado momento, pudiendo ascender nuevamente. Cansancio, desgaste, represión y derrotas, muchas veces, retraen al movimiento y su composición, pero este no nos parece ser el caso.

 

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El caso es que hay una cuestión subjetiva que no puede ser obviada para construir los próximos pasos de la movilización, que es la falta de apuesta por parte de la burocracia a la derrota categórica de Bolsonaro en las calles. A partir de ahí, todas las tácticas deben estar puestas en sentido de esa tarea histórica de derrotar a este gobierno fascista. Pero, como este no parece ser el caso, las direcciones del movimiento de masas apuestan a la estrategia electoralista de derrotar a Bolsonaro recién en las elecciones de octubre del próximo año, una irresponsabilidad infinita con respecto al destino de los trabajadores y de los oprimidos.

Hay una relación dialéctica en la lucha de clases que se da a través del horizonte estratégico. Esto es, hay una combinación vital entre la lucha más inmediata, la tarea número uno de cada momento, con las tareas históricas. Se parte siempre de las condiciones objetivas (sus necesidades más inmediatas) y subjetivas (de la consciencia de las masas, de su disposición a luchar), sin embargo, estas condiciones no son algo rígido, inalterable.

La consciencia de clase, la posibilidad de victoria, por más parcial que sea, no prescinde de un elemento fundamental, que es la construcción permanente desde las bases de la discusión política y de la organización de los explotados y oprimidos. Esta es la tarea estratégica fundamental, lo que puede ligar la situación actual con los objetivos históricos de los explotados y oprimidos. Es justamente lo que la izquierda del orden (el lulopetismo) no hace, al contrario, actúa para volver las movilizaciones formales y, consecuentemente, imponerles un techo, un límite donde la iniciativa política no caiga en manos de las masas, pues para la burocracia y sus intereses es suficiente que quede en manos de pocos y en las cúpulas. Como fue cuando negoció el itinerario y recorrido de los últimos actos con la Policía Militar sin haberlo discutido con el movimiento. Un ejemplo que evidencia la preferencia sistemática por las instituciones del estado burgués, incluso las fuerzas represivas, en detrimento de la discusión política desde las bases y del debate entre militantes y las direcciones que construyen los actos.

Vamos a las calles cada 15 días cada un mes que esta encrucijada la resolvemos nosotros, los dirigentes, en 2022 – así se podría resumir la estrategia de la burocracia. Dejen en nuestras manos la solución, aunque esto cueste centenas de millares de vidas y la pérdida de los derechos democráticos. En resumen: dirigen actos formales para solo sangrar a Bolsonaro hasta 2022 – como si fuese posible congelar la lucha de clases y esperar las mismas condiciones políticas de aquí a más de un año . Limitan la organización de los actos a las cúpulas de las centrales y movimientos y no organizan desde las bases las acciones para que sectores más amplios no tengan contacto con la vanguardia de las luchas y no puedan, así, crear las condiciones de unidad por abajo. Y, muchos menos, para organizar procesos más radicalizados de lucha, como la huelga general de los trabajadores/as. En cuanto a eso, por fuera, construyen y articulan alianzas con sectores de la burguesía responsables de la ofensiva reaccionaria y no consideran las amenazas golpistas y el potencial político que las últimas manifestaciones expresan. O sea, repiten y repiten el pasado y su estrategia de conciliación para que una movilización decisiva para derrotar a Bolsonaro no ocurra.

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¿Será que daremos cuenta de que intentar derrotar a Bolsonaro y su gobierno con actos formales comienza a mostrar una tendencia de reflujo – algo que es natural en el movimiento de la lucha de clases cuando no se va a un salto en calidad – debido a una dirección burocrática que no toma ninguna iniciativa para que la clase trabajadora y otros sectores pasen a la ofensiva, creando condiciones para así construir una huelga general? La respuesta resulta bastante evidente. Recordemos el 2017 y al gobierno de Temer. Luego de la ofensiva reaccionaria de 2016 que destituyó ilegalmente a la presidenta Dilma, el entonces Presidente del MDB contaba con solo el 4% de aprobación, el peor índice en la historia de la frágil democracia burguesa brasileña y se mantuvo en el poder, pasó la reforma laboral, aprobó la criminal Enmienda Constitucional 95 del techo a los gastos estatales y entregó la banda a Bolsonaro en 2018, para después, caer en el olvido público. Este hecho se debe en gran parte a la traición de los dirigentes políticos y sindicales del lulopetismo que demoraron meses en convocar nuevas movilizaciones. En verdad, recularon después de la huelga general de abril de 2017 y llamaron a un día nacional de paralización de actividades que estuvo lejos de hacer frente a la agenda de Temer y sus contrarreformas.

Las condiciones para una ofensiva de los de abajo para derrotar al gobierno de la época después del primer día de huelga general eran extremadamente favorables. Al perderse esa posibilidad, se abrió más espacio después del impeachment para que Lula fuese inhabilitado para las elecciones de 2018, consolidando el actual cuadro de situación reaccionaria y peligrosa que atravesamos. Pero, contradictoriamente, dentro de esta situación llena de contradicciones están surgiendo coyunturas más favorables para las luchas que posibilitan un cambio en la correlación de fuerzas con el gobierno.

En síntesis, hay una coyuntura cargada de elementos explosivos. Tanto por la superestructura cuanto por las cuestiones objetivas de vida de los explotados y oprimidos que contribuyó al descontento popular y que, a partir de la acción de una amplia vanguardia, ponen la lucha en las calles a la orden del día, superando así el calendario y la política desmovilizadora de la burocracia. Fue lo que ocurrió el día 13 de mayo, un acto en respuesta la masacre de  Jacarezinho en que la izquierda del orden y las centrales sindicales no estuvieron presentes. Este día marcó el inicio de un ascenso importante de la lucha que rompió con el inmovilismo de la izquierda del orden que, a pesar de hoy estar en las calles, aun apuesta todas sus fichas a una solución por arriba, en las elecciones de 2022. Mientras, sectores de la juventud, las mujeres, del movimiento negro y LGBTQI+ dejan en claro la necesidad de derrotar a Bolsonaro para este año.

Un escenario de inestabilidad, peligros y posibilidades

Estamos en una coyuntura de posibilidades y, también, de peligros. Como alertamos en nuestro último editorial “Las amenazas golpistas se intensifican”, a pesar de la caída de la popularidad de Bolsonaro (que aun ostenta un fiel 24% de apoyo social), de la división en la clase dominante con relación al gobierno y de los escándalos de corrupción que, a partir de la CPI (Comisión Parlamentaria de Investigación), van acorralando al gobierno cada vez más, Bolsonaro no puede ser considerado políticamente muerto.

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En las últimas semanas el tono golpista, no solo por parte del presidente genocida, sino también desde la alta cúpula de los militares, subió con la nota amenazante a la CPI del Covid después de la declaración de su Presidente sobre el involucramiento de jefes de las Fuerzas Armadas en escándalos de corrupción por las negociaciones en la compra de vacunas. No está cerrada la posibilidad de que parte de las fuerzas armadas y policiales se adentren en una aventura de cuño golpista en el país, algo que al menos en este momento no reúne las condiciones políticas para que puedan avanzar. Aun estando obligado a abrir más espacio para el bloque parlamentario conocido como el «Centrão» en su gobierno, cediendo al Gabinete Civil, lo que demuestra que pierde bases de sustentación entre las masas y sectores de la clase dominante, Bolsonaro continuará en esta provocación golpista hasta 2022, un peligro para los derechos democráticos y la libre organización política.

Por todo eso, no se puede definir con precisión un escenario futuro, hasta no constatarse que la tendencia es de intensificación de la polarización y de choques políticos más duros hasta 2022. Al mismo tiempo en que el gobierno va siendo encerrado, este viene contra-atacando e intentando construir condiciones políticas para un eventual cierre del régimen. O sea, un cuadro de peligros y posibilidades extremadamente dinámico que para nada está definido. ¿Quién dice que Bolsonaro en 2022, perdiendo las elecciones, entregará el poder? La respuesta a esta pregunta se materializara en la relación de fuerzas resultantes de la lucha de clases, algo que la dirección de nuestro partido (PSOL) y la izquierda del orden parecen haber dejado de lado, aun con todas las enseñanzas históricas de 2016, 2017 y 2018.

Organizarnos desde las bases, unificar las luchas y construir la huelga general     

Para nada los últimos actos perdieron su potencial político o relevancia en el marco de la lucha contra Bolsonaro, sin embargo, aun no cristalizan en un cambio efectivo en la correlación de fuerzas con el gobierno, fundamentalmente por ser aun movilizaciones de vanguardia y que pueden aproximarse eventualmente a un punto de inflexión, avanzando o retrocediendo, dependiendo de la evolución de los hechos y de la política de cara al movimiento.

Si, por un lado, sabemos que es preciso avanzar y utilizar herramientas históricas de lucha, por otro, sabemos lo que quiere la burocracia. Por eso, en este momento, es central que todas las organizaciones, movimientos, figuras, direcciones y parlamentarios de la izquierda socialista, dentro y fuera del PSOL, hagan sistemáticamente exigencias a las centrales sindicales, direcciones partidarias, movimientos y a Lula, que aparece con el 54% de intención de votos, para que organicen la lucha por el Fuera Bolsonaro desde las bases de los trabajadores.

Esta lucha no puede contar solo con la organización por arriba, precisa ser estructurada desde las bases a través de comités unificados de lucha con todos los sectores y convocada desde los lugares de trabajo, transporte, vivienda y estudio. Solo así elementos nuevos, pero creativos y osados, pueden surgir para crear una dinámica de masificación y radicalización de los procesos. De otra forma, es necesario que estas mismas direcciones, inclusive las de la izquierda socialista, tengan como consigna para sus bases la necesidad de organizar un plan de lucha unificando a los sectores en proceso de movilización con días de paralización de las actividades comunes para construir una huelga general para derrotar a este gobierno de una vez por todas.

Apostar a la caída de Bolsonaro por la lucha en las calles, por la organización de actos masivos desde la base y por la huelga general, es apostar por la autodeterminación de la clase trabajadora y de los oprimidos, en su ofensiva para que construyamos una salida por izquierda, que pueda encarar de hecho, a partir de un programa anticapitalista, medidas que pongan en el centro de la oposición a Bolsonaro los intereses de los explotados y oprimidos. Por eso, ningún paso atrás, absolutamente ningún paso atrás!

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