2- Problemas estructurales de la economía europea

La situación de crisis histórica que atraviesa la Unión Europea en la era de la competencia entre Estados Unidos y China, el ascenso de la extrema derecha y la crisis del orden imperialista clásico.

El problema más visible e inmediato de la economía europea es harto conocido y lo hemos tratado en múltiples oportunidades: el bajísimo índice de crecimiento económico –aun más bajo si se lo mide per cápita–, aparejado con el también muy débil crecimiento de la productividad (medida en producto por trabajador). Sin embargo, eso es sólo el comienzo de las tribulaciones que aquejan al cuerpo económico del Viejo Continente.

Al estancamiento en el crecimiento se le suma un lento pero continuo deterioro de dos pilares tradicionales de la economía europea (y de cualquier latitud): la infraestructura energética, de transportes, etc., por un lado, y el “estado de bienestar”, que bien podría la “infraestructura humana” en el sentido económico. Dos ejemplos muy representativos bastarán aquí de botón de muestra: el cada vez más penoso estado de las rutas y vías férreas alemanas y la decadencia del Servicio Nacional de Salud británico (sigla inglesa NHS). Ambas instituciones supieron ser el orgullo de sus países y de toda Europa. Hoy, en cambio, son objeto público de escarnio, vergüenza no disimulada y promesas apresuradas por parte de los respectivos gobiernos de enmendar la situación. En este último aspecto incide también el impacto específicamente europeo de un fenómeno global, a saber, el declive demográfico, el envejecimiento de la población y el retroceso incluso absoluto de la población en edad laboral.[1]

El resultado de estos factores –sin duda, junto con otros tanto endógenos como exógenos– es que la economía, la industria y la tecnología europeas muestran una distancia creciente respecto de las dos mayores potencias económicas, EEUU y China. En todos los rubros importantes –para no mencionar la cuestión geopolítica y militar, que recibirán tratamiento por separado en este trabajo–, la UE y sus miembros (incluido el ex miembro Reino Unido) están perdiendo la carrera de competitividad, influencia tecnológica, escala y potencial de desarrollo.

El estancamiento en crecimiento y productividad, por un lado, y el deterioro infraestructural en recursos físicos y humanos, por el otro, son procesos profundos pero bien conocidos en lo que va del siglo. A ambos elementos se han agregado recientemente otros dos que profundizan el panorama de “policrisis”: el salto en la crisis fiscal de los estados europeos –en parte como resultado de la pandemia– y la combinación explosiva de la “amenaza rusa” tras el estallido de la guerra en Ucrania con el chantaje/ultimátum de Trump respecto de la necesidad de que Europa aumente sustancialmente su presupuesto de defensa (sobre el fondo muy real, aunque también a veces exagerado, de la sombra de Putin). Precisamente la invasión rusa a Ucrania reveló una serie de vulnerabilidades de la economía europea que habían sido normalizadas o incluso exhibidas como ventajas en el período inmediato anterior.

El gran dilema, o más bien suma de dilemas, para la economía europea es que de estos cuatro factores que requieren urgente tratamiento,[2] dos de ellos requieren, para empezar a intentar su resolución, de las mismas medidas que resultarían catastróficas para los otros dos. Sencillamente, no es posible reimpulsar el crecimiento y la productividad –lo que incluye reparar los agujeros en infraestructura– sin una vigorosa intervención estatal con financiamiento, créditos, ayudas regulatorias y otros instrumentos, aprendiendo la lección de China.[3] Pero todo lo que se haga en ese sentido sería un tiro en el pie del control del gasto necesario para poner en caja los crecientes déficits fiscales y la incrementada carga de la deuda pública, en un contexto de tasas de interés (¡y de inflación!) que hace tiempo abandonaron el cuasi cero que había sido la norma financiera de los últimos años pre pandemia, y que continúan en línea ascendente.

Ahora bien, si las elites europeas no tienen forma de esquivar el aumento del gasto en defensa, y a la vez apenas pueden hacer equilibrio entre la contención del déficit y alguna forma de impulso fiscal al crecimiento, queda claro cuál será el pato de la boda: el gasto social, esto es, el “estado de bienestar” que hizo de Europa la envidia del resto del mundo y la meca social de millones de inmigrantes.

Por lo tanto, el saldo político y social de estos desafíos económicos insolubles sin contradecir sus propias premisas sólo puede ser un ahondamiento de los conflictos que hoy recorren Europa. La imposibilidad de conciliar el aumento del gasto en los rubros que interesan a la clase capitalista con ajuste al welfare state que protege a millones derivará inevitablemente en la erosión del contrato social europeo –está por verse con qué profundidad– que, con idas y venidas, se ha mantenido vigente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Las primeras reacciones ya han empezado, desde el rechazo en Francia al intento de Macron de aumento de la edad jubilatoria –¡e incluso a la eliminación de feriados!– hasta las huelgas generales que, recuperando largas tradiciones, vuelven a sacudir a países como Grecia o Italia.

En otra escala temporal más de fondo, lo que está en juego es el lugar económico de Europa en el orden capitalista global. Desde el nacimiento mismo del capitalismo Europa estuvo en el centro de sus desarrollos; en último análisis, lo que se da en llamar “eurocentrismo” no es otra cosa que una manifestación de esa ubicación del continente en la historia universal desde los comienzos de la modernidad. Pues bien, el escalofrío que recorre a las elites europeas se debe a que están evaluando la posibilidad muy concreta de un deslizamiento histórico del continente hacia un segundo plano, en un escenario crecientemente ocupado por sólo dos actores, EEUU y China.

La idea de Europa como proyecto económico, en verdad, nunca terminó de cuajar, aquejada de una integración insuficiente de economías, empresas, cadenas productivas y marcos regulatorios.[4] En los hechos, lo que se llama “economía europea” sigue siendo una agregación de economías nacionales más que un bloque integrado. Situación que plantea límites insalvables para que la UE esté en condiciones de competir en economías de escala, desventaja crucial que EEUU y (sobre todo) China no dejan de aprovechar, como luego ampliaremos.

Pasaremos, entonces, a tratar en orden y más pormenorizadamente estos problemas centrales de la(s) economía(s) europeas(s), a fin de trazar un panorama inicial de en qué condiciones se encuentra para encarar una reorientación belicista –tema que en sí discutiremos en específico más abajo– como la que exigen tanto Trump como el contexto político y geopolítico actuales.

2.1 Algunos indicadores macroeconómicos básicos

Como para empezar a construir una mirada continental de la economía europea, comenzaremos haciendo un repaso por las cifras macroeconómicas del continente en su conjunto, para lo cual consideraremos los datos de 33 países europeos, de los 44 que según la ONU componen el continente.

Cabe explicitar los criterios de esa selección. Por lo pronto, sólo incluimos aquí los países de más de un millón de habitantes; eso deja fuera de la lista a los microestados que no alcanzan siquiera los 100.000 habitantes (Andorra, San Marino, Liechtenstein, Mónaco y el Vaticano), además de países como Islandia, Malta, Luxemburgo y Montenegro. Chipre, aunque supera el millón de habitantes, es un país de hecho partido en dos áreas de similar tamaño y población, la greco-chipriota y la turco-chipriota (y no figura en la lista de la ONU). Tampoco incluimos a países que si bien a veces se mencionan como parte de Europa, no son considerados tales por la ONU, a nuestro juicio con razón, ya que geográfica y políticamente están más cerca de Asia, como los del Cáucaso (Georgia, Armenia, Azerbaiyán). En cuanto a Kosovo, en razón de la oposición de Serbia (además de Rusia y China), no pertenece siquiera a la ONU.

Finalmente, argumentaremos la exclusión de los dos países bicontinentales. Turquía tiene la casi totalidad de su territorio formalmente en Asia, si bien su ciudad más poblada e importante, Estambul (sede de casi un tercio del PBI turco) está en Europa. En cambio, Rusia, más allá de que en términos geográficos tiene un 77% de su población en Europa –aunque también un 77% de su territorio en Asia–, la consideramos aquí fuera del espacio político europeo, en la medida en que resulta hoy el principal factor de amenaza al “proyecto Europa” (como iniciativa de Occidente). Belarús, que también se encuentra en territorio geográfico europeo, es desde el punto de vista geopolítico, sin duda, parte del hinterland ruso, en no menor medida por los tremendos lazos de dependencia económica, política y militar que unen al presidente “vitalicio” de la ex Rusia Blanca, Aleksander Lukashenko, con el régimen de Putin.

Hechas estas aclaraciones, pasemos a los datos de los 33 países europeos en cuestión, empezando por los más básicos, población y PBI; éste último, medido tanto en dólares nominales como por capacidad de compra real, o paridad de poder adquisitivo (PPA):

Para no perder la medida con Rusia, digamos que el gigante euroasiático tiene una población de 143 millones de habitantes –equivalente a las de Alemania e Italia sumadas– y un PBI ligeramente inferior al de Italia (aunque a paridad de poder de compra es incluso superior al de Alemania).

De esta tabla se infieren algunos patrones iniciales. Los cinco países de más población (Alemania, Reino Unido, Francia, Italia y España) están todos en Europa occidental y son, a la vez, las economías más importantes. Luego vienen Países Bajos y Polonia, que a su peso demográfico le agregó recientemente un fuerte impulso de crecimiento económico (cosa que no sucedió con Ucrania, y no sólo por la invasión rusa).

En contraste, los últimos 15 puestos de la lista se repiten regularmente, con escasas variaciones de ubicación entre ellos. Corresponde, por un lado a países con menos población –los bálticos y los balcánicos–, y por el otro, a los otros países más pequeños o pobres de Europa oriental, como Eslovaquia y Bulgaria. Entre el primer y el tercer grupo se hallan países de mediana población –entre 5 y 10 millones de habitantes–, en su mayoría de Europa Occidental o Europa Central.

Lo que sucede con el tamaño de la economía se confirma en parte y se hace aún más visible cuando comparamos el PBI per cápita, también aquí tanto a valores nominales como PPC:

Como es sabido, el PBI per cápita es un indicador aproximado de la riqueza relativa de un país respecto de otros, pero no nos dice nada sobre la distribución del ingreso, es decir, la desigualdad interna; también es un índice sujeto a distorsiones que enseguida veremos.

Con todo, algunos patrones emergen también aquí. La diferencia entre el oeste y el este de Europa en términos de PBI per cápita es notoria y puede cuantificarse, grosso modo, en 3 a 1. En efecto: si se consideran los 13 países de PBI p/c más alto y los 13 de PBI p/c más bajo (exceptuando los tres más altos y los dos más bajos, respectivamente, para minimizar desviaciones) la ratio entre la mediana de ambos grupos es 3,2; entre el promedio simple de ambos grupos, 2,9.

Es necesario aclarar que la presencia de Irlanda al tope de la lista obedece a una evidente distorsión en el tamaño de su PBI que obedece a la radicación legal de tres de las grandes tecnológicas estadounidenses en Irlanda por obvias razones de beneficios fiscales. Su política tributaria –gravar a las ganancias de las grandes empresas extranjeras con sólo el 12,5%– le ha valido la radicación de varios de los gigantes tecnológicos de EEUU como Apple o Microsoft, además de grandes laboratorios y otras compañías. Esta distorsión del PBI real irlandés –y por consiguiente, de todas las cuentas nacionales de ese país– es tan escandalosa que los propios economistas y funcionarios irlandeses están abandonando el criterio, hasta hoy universal, de referenciar el grueso de los indicadores contra el PBI del país.[5]

En menor medida, algo parecido puede decirse de Suiza, lo más parecido a un paraíso fiscal europeo de entre las economías importantes; el peso económico de las radicaciones de empresas en territorio suizo también afecta un análisis serio de los datos económicos reales.

El caso de Noruega es diferente: allí, el nivel altísimo de PBI per cápita remite a que, para una nación de cinco millones de habitantes de ya alto nivel de vida, la fuerte incidencia de la renta hidrocarburífera hace que se trate, si eliminamos las distorsiones ya señaladas de Irlanda y Suiza, del país proporcionalmente más rico de Europa.[6]

Por otro lado, posiblemente la economía europea que ha tenido mejor performance en los últimos años es la polaca. De hecho, es posible que Polonia nunca haya tenido la posición relativa en Europa que ocupa hoy. El PBI per cápita polaco –ajustado por el poder de compra (PPC), aclaración importante–[7] se triplicó entre 1995 y 2024, mientras que el de la UE en su conjunto aumentó sólo un 50%. Con bajo desempleo, un programa de subsidios a la niñez que redujo sustancialmente la pobreza y una deuda pública del 55% del PBI, ha logrado reducir drásticamente la distancia que la separaba de las economías de Europa occidental.

Es verdad que tiene un importante déficit fiscal del 6,6% del PBI y que su avance parece mayor en términos relativos por el estancamiento del PBI per cápita del resto, pero es innegable que es la primera economía de Europa oriental por tamaño y nivel de vida, y que es también la primera del ex bloque soviético en ponerse a una altura comparable, en estándares clave, de los países fundadores de la UE. Según el FMI, mientras que el PBI per cápita PPA polaco era en 2005 el 50% del promedio de la UE, hoy llega al 85%. Cifras que, reiteramos, dan cuenta no sólo del crecimiento de Polonia sino del retroceso relativo del resto. Hay nivelación hacia arriba, pero también hacia abajo.

2.2 Un crecimiento económico de anemia crónica

Esto nos conduce a uno de los problemas más notorios de la economía europea prácticamente en todo lo que va del siglo XXI, a saber, su bajísimo crecimiento; cuando se mide la performance global por regiones, como lo hacen, por ejemplo, los informes del Banco Mundial y el Panorama Económico Mundial del FMI, Europa aparece sistemáticamente como la región de menor crecimiento del planeta. Y dentro de Europa, los peores indicadores corresponden, precisamente, a los cinco países más grandes y ricos. Así, los países que supuestamente debieran traccionar al conjunto de la economía del continente (en la tabla, en negrita) son los que, por el contrario, ralentizan su crecimiento:

Como se ve, de las cinco mayores economías del continente, sólo la quinta, España, muestra un nivel de crecimiento aceptable en los últimos dos bienios, y la más importante, Alemania, está directamente estancada. Es una performance que incluso empeora la tendencia de los últimos 25 años: en lo que va de este siglo, la economía alemana sólo superó la línea del 3% de crecimiento anual del PBI en 2006, 2010, 2011 y 2021 (datos del Banco Mundial).

Y no se trata sólo de Alemania: el Reino Unido está en su período de estancamiento económico más largo desde los años 30. El impacto fiscal de crecimiento anémico y déficit financiado con deuda hace que el servicio de esa deuda esté en su nivel más alto, como porcentaje del PBI, desde 1987: 101%, con un déficit fiscal superior al 5%. La ministra de Economía británica, Rachel Reeves, prometió hacer de su país una “superpotencia de la industria de defensa”, pero si el gobierno laborista, o cualquier otro gobierno europeo, creen que incluso el cumplimiento de esa dudosa promesa puede pavimentar el camino al crecimiento, se van a llevar una amarga decepción.

Mientras tanto, la vía para atacar el déficit pasa en todos lados por el ataque al presupuesto social y el “Estado de bienestar”. Por ejemplo, todo el establishment británico clama por terminar con el “triple candado” que blinda los ingresos de los pensionados. Esa garantía es que las pensiones deben subir de acuerdo con a) el índice de precios, b) el aumento del ingreso promedio, o c) el 2,5% anual, lo que sea mayor. El gasto en pensiones asciende al 5% del PBI, y en razón del proceso de envejecimiento de la sociedad, se espera que continúe subiendo. Lo que no siempre señalan los profetas del ajuste en pensiones es que su nivel no parece tan atractivo para los trabajadores en actividad, a punto tal que en 2023 el 86% de los empleados hacía aportes a un fondo de pensión privado (en 2012, sólo el 43%).[8]

En realidad, las perspectivas para el conjunto de los países europeos no han modificado en nada el patrón anémico de los últimos quince años. Veamos el más reciente World Economic Outlook del FMI, con las previsiones de crecimiento para 2025 y 2026 haciendo referencia al conjunto del bloque y a sus cinco economías más importantes (incluimos como parámetro la previsión global y la de EEUU):

Obsérvese que en estas previsiones ni siquiera España sale bien librada, y menos aún cuando se considera no el PBI nominal sino el PBI per cápita real: para 2026, ninguna de las cinco grandes economías europeas llega siquiera al 1% de crecimiento, algo que se replica en toda la zona euro y que mejora apenas al incluir los países menos ricos de la UE con performances no tan malas. Europa queda así por debajo tanto de la principal economía desarrollada, EEUU,[9] como, desde ya, del promedio global.

Por lo demás, cuando examinamos el detalle del resto de los países de la UE, vemos que casi no hay excepciones al cuasi estancamiento general del continente (en orden descendente según la previsión de crecimiento para 2025):

Como se puede observar, las economías que en 2025 superan el 3% de crecimiento son apenas 4 sobre 24. Ya vimos las razones del asombroso, y engañoso, nivel de Irlanda; dentro de las 10 primeras hay sólo otras dos economías de Europa Occidental, y de las más pequeñas (Grecia y Portugal). En cuanto a 2026, incluso en las habitualmente optimistas previsiones del FMI se estima que nuevamente sólo cuatro economías crecerán por encima del 3%. Una de ellas es Ucrania, con lo que el Fondo evidentemente considera que el escenario más probable es el del fin de la guerra y el comienzo de la reconstrucción del país, lo cual es, una vez más, un optimismo no del todo fundado, como también lo es suponer que ningún país europeo sufrirá de recesión. Aun con todo ese entusiasmo, el panorama es claro: una continuidad de la mediocridad, estancamiento o crecimiento económico muy débil a lo largo y a lo ancho de todo el continente. En esta perspectiva coinciden incluso pronósticos que abarcan una extensión temporal mayor:

Dejemos fuera, una vez más, la anomalía estadística irlandesa. Por fuera de Polonia, la otra economía importante de la UE (y la única de Europa occidental) con una performance digna parece ser la española, que en 2024 creció un 3,2%, casi el cuádruple del promedio de la UE. Esto se reflejó también en el índice bursátil IBEX 35, con una suba anual del 14,8%, lejos de los saltos mortales de Wall Street pero muy por encima de las pálidas cifras del resto del continente. Pero cuando se toman plazos más extensos, como la década 2019-2028, España, si bien sigue mejor que las otras economías grandes, muestra un promedio de crecimiento apenas superior al 1%. Una cifra que, con lo modesta que es, parece inalcanzable para los tres socios mayores de la UE: Alemania, Francia e Italia ni en una década entera llegarían a dos dígitos de crecimiento total, con promedios anuales de entre el 0,4 y el 0,75%.

Entre las razones de esa diferencia se destacan dos: la energía barata y la inmigración. Ambos factores son altamente aleccionadores de las rémoras estructurales del bloque: uno, por la incidencia en los costos generales de la economía y la infraestructura; el otro, como muestra de en qué medida los problemas de la economía europea derivan en parte de una insuficiente base demográfica. En España, gracias al aumento de la proporción de energías renovables sobre el consumo total del 45% en 2021 al 65% en 2024, el costo de la energía eléctrica cayó un 20%. De aquí a diez años, el 90% de la energía generada en España será de origen solar, eólico o hidroeléctrico, lo que a la vez blinda a España de shocks de precios de hidrocarburos y la ubica mucho mejor que al resto de la UE en la transición energética.

En cuanto a la inmigración, ha sido el principal factor de aumento de la población total de en España; en los últimos seis años los trabajadores nacidos en el extranjero aumentaron en 1,2 millones de personas en un país de 49 millones de habitantes. Como la amplia mayoría de esos inmigrantes son latinoamericanos, de idioma y cultura similares, las tensiones respecto de la inmigración que son moneda corriente en el resto de la UE son más tenues en España (la ultraderecha racista de Vox, por ejemplo, busca hacer eje en los magrebíes, que son una clara minoría en el total de inmigrantes).[10] El contraste, en el plano estrictamente económico, entre esta relativa apertura a la inmigración y las contraproducentes medidas tomadas por las otras cuatro grandes economías del continente –empezando por el estúpido Brexit–[11] explica en parte la diferencia a favor de España. De allí que haya empezado, de manera muy discreta, una tendencia a un mayor equilibrio entre los aullidos nativistas que reclama parte del electorado europeo y las necesidades económicas que advierte con preocupación el empresariado, como desarrollaremos en sección aparte.

Es palmario el contraste con Alemania, que viene de dos años consecutivos de leve recesión (0,3 y 0,2% de caída del PBI en 2023 y 2024, respectivamente), que se sintió más en sectores productivos como la construcción (-3,8% en 2024) y la industria (-3,0%). El eje del avance económico alemán en la década de 2010 fue la reforma laboral (Harz), que redujo considerablemente el costo del trabajo para la clase capitalista alemana. Pero esa ventaja competitiva con el resto de Europa se fue erosionando. Esto se debió, en parte, al factor que tanto preocupa a la ultraderecha alemana, la inmigración. Claro que no por su exceso, sino por su falta: ante la caída del índice de fertilidad promedio, lo único que sostenía la expansión de la fuerza laboral era la inmigración. Luego del fuerte ingreso de 2015-2016, el fin de ese flujo reduce la oferta laboral y preanuncia un descenso de la población en edad laboral del 0,5% por año en los próximos cinco años, según el FMI (el más pronunciado de cualquier economía desarrollada, incluyendo Japón). El resultado es la economía de menos crecimiento entre las más grandes de la UE.

2.3 La floja productividad, detrás de la incubación de una crisis fiscal y de deuda

Si el crecimiento general de la economía está estancado, no puede sorprender que uno de los motores del crecimiento, el aumento de la productividad del trabajo, muestre niveles similarmente raquíticos, y más aún si se los compara con otras economías desarrolladas como EEUU (mucho peor todavía sería un contraste con China, cuyo resultado sería directamente humillante).

Tal como ocurriera con las cifras de crecimiento del producto, las del crecimiento de la productividad repiten el patrón de que cuanto mayor es el tamaño e importancia de la economía, más lenta es su evolución; en cambio, las mejores cifras corresponden a países o muy pequeños o poco relevantes en el marco de la UE:

Una vez más, los cinco mayores países de la UE están entre los de peor performance, mientras que el conjunto de la zona euro y la UE están por debajo de la media, así como detrás de Japón (una vara muy baja) y más de medio punto anual por debajo de EEUU, cuyas cifras tampoco son particularmente estelares. En la comparación con EEUU, la diferencia es particularmente notoria en el sector de tecnología y en los servicios, que representan en ambos casos el grueso del PBI (cerca del 70%):

Esta diferencia es atribuible sobre todo a la creciente brecha en la tasa de inversión de capital entre EEUU y la UE, y no tanto en las industrias tradicionales sino especialmente en el terreno de las nuevas tecnologías, investigación y desarrollo (I+D) y propiedad intelectual. El sector más importante en la tasa de inversión total en la UE es el de la inversión residencial, precisamente la que menos impacto tiene en el aumento de la productividad. La tendencia se hace mucho más clara especialmente luego del estallido de la crisis financiera internacional de 2008-2009:

La evolución es clara en uno y otro caso. Mientras EEUU aumentó su tasa de inversión fija en el período 2000-2024 del 8,36 al 14,15% del PBI (esto es, casi un 70%), en la UE sólo creció del 8,41 al 9,92%, apenas un 15%. La inversión en maquinaria y equipos en EEUU subió un 23% contra un ínfimo 4% en la UE (aunque en los dos casos hay un estancamiento desde los últimos 10-15 años. Pero la mayor diferencia se da en propiedad intelectual: mientras en EEUU se duplicó en lo que va del siglo, en la UE creció un 56%, pero sólo para superar recién en 2024, y por muy poco, el nivel que tenía EEUU hace un cuarto de siglo.

Posiblemente el diagnóstico reciente más descarnado del creciente rezago de la UE respecto de las dos grandes potencias económicas sea el documento del ex presidente del Banco Central Europeo y ex primer ministro de Italia Mario Draghi, “El futuro de la competitividad europea”. El trabajo, de septiembre de 2024, es insoslayable a la hora de tener parámetros de evaluación de la actualidad del capitalismo europeo y el proyecto de la Unión Europea. Encargado por la Comisión de la UE y de más de 600 páginas, define la situación del bloque nada menos que como “un desafío existencial”.

Con visión más estratégica –y menos responsabilidades– que los actuales gobiernos de la UE, Draghi sostiene, entre otras cosas, que sólo un shock de competitividad, innovación y eficiencia puede relanzar el proyecto europeo y ponerlo a la altura de los otros dos grandes actores geopolíticos, EEUU y China. El cálculo de Draghi es que si la productividad no crece a un ritmo mayor al de los últimos años, la economía europea va a tener en 2050 el mismo tamaño que hoy. Eso implica, entre otras condiciones, la necesidad de un salto en la inversión del 22% del PBI actual al 27%.

El problema es que eso representa una inversión anual adicional de 800.000 millones de euros para renovar el empuje económico del bloque. Por comparación, el “fondo de competitividad” del nuevo presupuesto de la UE asciende a 50.000 millones de euros, esto es, la dieciseisava parte de lo que reclama Draghi. Tal es el ritmo de la Comisión Europea, que Draghi conoce muy bien, y por ello alerta en tono que raya lo apocalíptico: “La UE ha alcanzado un punto en que, si no toma medidas, tendrá que sacrificar o bien su estado de bienestar, o su medio ambiente, o su libertad”. Podría llamárselo el trilema europeo, aunque una actualización a la era Trump ya debería ir dejando de lado la cuestión del “medio ambiente” en beneficio del presupuesto militar…

Así, el organismo europeo está mucho más debilitado que en 2017 a la hora de recibir su segunda dosis de Trump, con una política crecientemente desgarrada hacia los extremos y una economía que sigue sin dar buenas noticias: “La eurozona bien puede regresar pronto a un debate conocido: ¿hay que usar el déficit fiscal para impulsar la economía? (…) Muchos de los problemas de la UE remiten a temas que están en el centro de la política nacional: gasto de defensa, rol del Estado, impuestos. Los planes grandiosos de Draghi parecen cada vez más una expresión de deseos para otro mundo. Para Europa, éste será un año de manejo de crisis” (“Falling stars”, TE 9430, 11-1-25). En efecto, tal parece ser el destino europeo de los próximos años, y no sólo en lo económico, como veremos: no el regreso triunfal al primer plano de la escena con el que soñaban Draghi o Macron, sino una ardua pelea para no perder todavía más terreno en una arena ocupada, cada vez en mayor medida, por otros actores.

Esas tendencias, sin duda, vienen de antes: la brecha entre EEUU y la UE, por ejemplo, se ha ensanchado en favor de la economía yanqui en los últimos veinte años. El PBI de la UE era un 15% menor al de EEUU en 2002; en 2023, un 30% menor. La diferencia puede atribuirse a diversos factores, de los que se destacan dos: la menor productividad y la caída de la participación de la UE en el comercio global. Pero la aceleración creciente de esa distancia añade urgencia al problema.

¿Qué soluciones propone Draghi? En primer lugar, un salto en la inversión privada del orden del 4,5% del PBI (para tener una medida, el Plan Marshall de reconstrucción europea luego de la Segunda Guerra Mundial equivalía al 1,5% del PBI del continente). Esto es, pasar de una tasa de inversión del 22% del PBI a una del 27%, un salto que no se ha visto en Europa desde los años 50 y 60 del siglo pasado. Para facilitar este poco plausible escenario, Draghi propone una reducción del costo de financiamiento –esto es, sobre todo la tasa de interés– en un 2,5%. Pero esto no suena muy factible en un contexto en que a) la inflación no está del todo bajo control, b) la UE en su conjunto está comprometida a mayores ajustes fiscales, no a una expansión del gasto que podría generar condiciones más favorables al crecimiento, y c) la urgencia de aumentar sustancialmente el gasto militar ante la doble presión de la “amenaza rusa” y el no menos tangible chantaje de Trump.

Una salida a este laberinto, según Draghi, sería la posibilidad de aumentar el crédito bajo la forma de fondos especiales a cargo de la UE. Pero aquí encontramos el mismo obstáculo que condujo a la crisis del euro en 2011-2012: no hay suficiente consenso ni homogeneidad en la UE como para que algunos de los países acepten financiar a otros. No es una especulación: la primera reacción al informe Draghi (¡sólo tres horas después de presentado!) fue la del entonces ministro de Finanzas de Alemania, Christian Lindner, que advirtió que Alemania “no accederá a créditos conjuntos” porque eso “puede resumirse brevemente: Alemania tiene que pagar por otros”.

Draghi también recomienda mayor inversión pública en el área tecnológica… a expensas de los rubros actuales, es decir, el gasto social. De modo que la “solución” de quien es probablemente uno de los mayores cerebros de la burguesía europea y global a la declinación de la competitividad de la UE, en general y en particular en los rubros tecnológicos más innovadores, puede sintetizarse así: más facilidades para que el capital privado invierta y mejore su tasa de inversión y rentabilidad, por un lado, y más sacrificios para el conjunto de la población, por el otro.

Volviendo a la cuestión de la productividad, un estudio del Banco de Inversión Europeo profundiza en las razones de la brecha con EEUU. Si bien la distancia no es tan relevante en cuanto a la tasa de inversión, la diferencia se hace visible en las ramas que se priorizan. Mientras EEUU toma la delantera en propiedad intelectual, patentes y software, las compañías europeas se especializan en “tecnologías maduras” (con menos espacio para la innovación), a la vez que gastan relativamente menos en investigación y desarrollo. Según Draghi, “la UE está empantanada en una estructura industrial estática (…) con pocas nuevas compañías que desarrollen nuevos motores de crecimiento. De hecho, no hay ninguna compañía europea con un valor de más de 100.000 millones de euros que tenga menos de 50 años, mientras que las seis compañías de EEUU con un valor de más de 1 billón de euros (diez veces más) fueron creadas en ese período” (citado en M. Roberts, “Saving European capital: it’s an existential challenge”, 12-9-24).

Sucede que la mayoría de las grandes compañías europeas se dedican, en lo esencial, a versiones mejoradas de los mismos productos que fabricaban en el siglo XX. El contraste con los gigantes de EEUU, cuyo negocio son los chips, la IA y los cohetes y satélites, es muy marcado: Europa, sencillamente, se está quedando atrás en materia de innovación y de las nuevas industrias del siglo XXI.

Lo que no significa que la situación de las industrias tradicionales sea floreciente u ofrezca un camino alternativo de crecimiento. El peso de la industria en el conjunto de la economía no deja de retroceder: representa sólo el 16% del PBI europeo (el 20% en Alemania), contra un 70% de los servicios. Pero salvo que se consideren los servicios tecnológicos, la mayor parte de los rubros económicos calificados como de servicios son de relativamente baja productividad por hora trabajada, y son el sector menos indicado para habilitar el salto en productividad que requiere la economía europea.[12]

Ahora bien, el crecimiento anémico de la economía en su conjunto y del nivel de productividad son a la vez una causa y un resultado de su interacción con otro problema creciente, el de la peligrosa curva ascendente tanto del déficit fiscal anual como del peso de la deuda pública, ambos medidos respecto del PBI. Esa tendencia es general para el continente –y para el mundo entero– en los últimos años, pero es más notoria y preocupante en el caso de los cinco países más grandes e importantes (en negrita):

La tendencia al crecimiento del déficit fiscal está claramente delineada desde la pandemia, tanto a nivel global como al nivel de los países desarrollados, y es creciente motivo de preocupación en analistas del establishment europeo y global. En el caso de la ratio deuda/PBI, el resultado es más mixto, pero según el FMI, en el próximo lustro se va a consolidar un promedio para 33 países desarrollados del orden del 4,5% del PBI. Eso es apenas inferior al promedio de 2023-2024, pero muy por encima de la tendencia de los últimos 30 años, con excepción de los años de estallido de la crisis financiera (2008-2011) y de la pandemia 2020-2021.

Las consecuencias de este descalabro fiscal son cada vez más preocupantes. En el Reino Unido, por ejemplo, el monto del pago de intereses de la deuda pública se duplicó en cinco años a unos 150.000 millones de dólares para 2025-2026, según el Tesoro británico, cifra que excede el presupuesto educativo, por ejemplo. Esa evolución tiene una relación de retroalimentación con la tasa de interés (rendimiento) que pagan los bonos de deuda pública a diez años –el bono que se considera medida estándar–, que hoy es el más alto del G-7. Sucede que, a diferencia del beneficio que recibe EEUU por el status del dólar como moneda internacional y del paraguas protector que ejerce el Banco Central Europeo para las tres grandes economías de la zona euro, la economía británica y la libra esterlina no tienen salvaguarda adicional. Lo que no significa que las economías de la zona euro esté blindadas: uno de los mayores dolores de cabeza para el gobierno francés es la creciente brecha de tasa de interés de los bonos de deuda francesa respecto de los alemanes (algo que en su momento atormentó a Grecia, luego a Italia, y que es una amenaza permanente para todas economías atadas al BCE).[13]

Por dar otro ejemplo, Italia, si bien recibió el permiso de la UE para endeudarse un 1,5% extra del PBI a fin de atender el aumento del gasto militar –técnicamente, para duplicarlo, ya que hoy es precisamente del 1,5% del PBI–, tiene sólo cuatro años para hacer uso de esa dispensa (¿hasta que se vaya Trump?). Es una muestra más del funcionamiento del “estilo europeo”, en el que las políticas implementadas en principio para todo el bloque estén constantemente salpicadas de excepciones, cláusulas provisorias y medidas ad hoc, trabajosamente negociadas en el mercado persa que son las comisiones de la UE en Bruselas. Pero estos parches eternos no hacen más que volver lento, viscoso, trabado y parcial el avance sobre cualquier terreno, incluso en el que ya se hubiere logrado consenso.

Todo esto pone de relieve lo que es acaso la mayor contradicción de todas, a saber, que la sábana económica europea es, sencillamente, demasiado corta. No alcanza para sostener a la vez un crecimiento que dé perspectiva a una población en creciente descontento (y en proceso de envejecimiento), un esfuerzo militar mayor y permanente (con o sin final de la guerra en Ucrania) y un rebalanceo de cuentas fiscales agobiadas por el peso de la deuda. Si a eso se le agrega el posible impacto de una guerra arancelaria global o con EEUU, no es de extrañar que todas las agencias y consultoras estimen hacia abajo la tasa de crecimiento europea en el próximo lustro.

La cuestión de la fragilidad financiera, que al aumentar el peso del servicio de deuda empeora la situación fiscal de los estados, es posiblemente el problema estructural más importante en la agenda de los actuales gobiernos europeos, y representa el vértice de lo que podríamos llamar el “trilema económico europeo”, a saber, la imposible tarea de conciliar el impulso al crecimiento, poner en caja las cuentas públicas (deuda y déficit fiscal) y financiar el rearme europeo vía el aumento de los presupuestos militares y de defensa.

En los trilemas, hay que elegir, en el mejor de los casos, dos de tres elementos. Pero en realidad habría que hablar de cuatrilema, si es la clase capitalista europea se ve obligada por las acciones directas de la clase trabajadora y las masas a preservar más de lo que quisiera del gasto social. En ese caso, de los cuatro elementos hay uno –la reducción del déficit fiscal y del peso de la deuda pública– que se opone a los otros tres, el crecimiento, el aumento del gasto en defensa y la continuidad del “Estado de bienestar”. La ecuación, así como está, es de resolución imposible en lo económico, en lo político y en lo social… salvo que en el terreno de la lucha de clases opere una rotunda derrota para la clase obrera que hoy no hay ninguna razón para vislumbrar.

2.4 El atraso en nuevas tecnologías: ¿chips o autos de lujo?

Como señalamos, en el terreno de las nuevas tecnologías, cuyo peso en el conjunto de la dinámica económica general es cada vez mayor, Europa lo es todo menos de vanguardia: sólo 4 de las 50 compañías más importantes globalmente del sector son europeas. En diez años, la proporción de los ingresos de las firmas tecnológicas respecto del total pasó en EEUU del 30 al 38%; en la UE, cayó del 22 al 18%. Es decir, la distancia con EEUU pasó de ser más del 70% a menos de la mitad. Aquí la UE padece otra vez de la misma desventaja respecto de EEUU y China: la falta de escala de sus compañías. La arquitectura misma del bloque, que a la vez que permite la libre circulación de capitales establece un complejo entramado de cuotas, salvaguardas y regulaciones nacionales, hacen casi imposible el surgimiento de una Tesla o un Alibaba. De todas las compañías clave del sector tecnológico a nivel global, las europeas a la altura de la tecnología de punta para IA son las excepciones, como la señalada de la holandesa ASML.

De hecho, en el terreno de la tecnología digital el lugar más destacado de Europa no está ni en los volúmenes de producción,  ni en sus cuotas de mercado, ni en la innovación tecnológica, sino en los (actuales y prospectivos) marcos regulatorios, como la ley de servicios digitales y la ley de mercados digitales establecen límites de funcionamiento y de competencia a las redes sociales mucho más estrictos que en EEUU, incluyendo fuertes multas. Este marco regulatorio en algún momento había sido visto como un modelo internacional a seguir, e incluso tenía la venia de Biden, conocido crítico de los gigantes de Silicon Valley. Es lo que se conoce como “efecto Bruselas”: una medida adoptada por la UE que, al parecer equidistante de las demandas de EEUU y de China, resulta atractiva para el resto de los países y bloques, que no quieren verse arrastrados a tomar partido abiertamente en la disputa geopolítica entre las dos grandes potencias.

Sin embargo, también en este terreno más “cultural”, si se quiere (la regulación de las plataformas y redes sociales excede con mucho la cuestión económica), la UE empieza a dejar de ser un punto de referencia y se ve obligada a plegarse a las condiciones de la negociación/extorsión de Trump y China. El vicepresidente yanqui, J. D. Vance, llegó a sugerir que EEUU podría tomar represalias vía la OTAN si la UE acciona contra X, la red social de Musk. Y ese está lejos de ser el único caso: al lobby de los magnates tecnológicos de EEUU no le costó nada lograr que Trump tronara contra las regulaciones europeas a las plataformas. De allí que, en otra exhibición brutal del perfil de negociación trumpiano, más cercano al de la mafia siciliana que al de un estadista, Vance deslizara no muy sutilmente que “el poder militar de EEUU viene con ciertos condicionamientos”. Y Europa no puede ofrecer un contrapeso propio en materia de compañías líderes globales.

La fragmentación nacional y la austeridad fiscal explican por qué, por ejemplo, los vehículos autónomos, “una tecnología que empieza a ser de rutina en Guangzhou [China] o Phoenix [EEUU] todavía parece de ciencia ficción en Varsovia o en Roma. (…) ¿Será que la ausencia de robotaxis en Europa marcará el momento que sus ciudadanos descubren cuán atrás han quedado? Los europeos a esta altura están acostumbrados a morder el polvo en el terreno tecnológico. (…) Los productos más modernos que asombran a los consumidores hoy en día son invariablemente importados de EEUU o China. (…) Pero en los vehículos autónomos hay una diferencia: se trata de una tecnología que no sólo no se desarrolló en Europa sino que ni siquiera está disponible para los europeos. (…) El riesgo para los políticos europeos es que sus ciudadanos pronto se van a dar cuenta de lo que se están perdiendo. Volver de vacaciones en el exterior luego de haber visto en acción tecnologías a años luz de las de su país va a ser un momento sombrío y aleccionador para los europeos” (“Europe’s Sputnik moment”, TE 9464, 6-9-25).

Es típico de los usos y costumbres de la UE detectar un problema e inmediatamente crear un ente para abordarlo. Así, la Comisión Europea tiene un vicepresidente de “soberanía tecnológica”, que refleja a la vez el creciente “nativismo tecnológico” ante el preocupante avance –y consiguiente dependencia– de EEUU y China y la impotencia europea para replicar las grandes ventajas de esas dos potencias: la movilización de ingentes recursos públicos y privados y la existencia de un inmenso mercado unificado. Pero las “comisiones” son un contrapeso patéticamente insuficiente a la fragmentación económica, financiera y de toma de decisiones de la UE.

Quizá la única excepción real a este panorama de creciente irrelevancia tecnológica, aunque no se refleja del todo en su valuación bursátil, sea hoy la compañía holandesa ASML, la única fabricante del mundo de equipos para la producción de chips de 7 nanómetros o menos, los más avanzados de la industria. Incluso en equipos para chips de 14 nanómetros ASML representa casi el 90% del mercado.

Otro sector en el que Europa se destaca es el de servicios comerciales y financieros. Las cuatro mayores multinacionales productoras de containers son europeas, así como más de la mitad de los buques para containers y casi la mitad de los buques petroleros; sólo en Londres está la sede de más del 40% de los seguros marítimos y de energía offshore del mundo. Y aunque están más bien lejos de sus pares estadounidenses y asiáticos, los laboratorios europeos son las compañías de mayor presencia entre las empresas por valor bursátil (hay cuatro entre las diez primeras).

La industria automotriz es la más importante de Alemania, que a su vez es el país industrial más fuerte de Europa. Las terminales automotrices alemanas cumplen un papel de primer orden en varias economías del Este europeo, como Hungría, Eslovaquia y Chequia, con plantas de miles o decenas de miles de empleados. Según el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (CERE), la industria automotriz es la “joya de la corona” de toda la industria centroeuropea, y genera el 9% del PBI total de Chequia y Eslovaquia. Alemania provee, además, la sexta parte de la inversión extranjera directa en Polonia.

Ahora bien, todo ese tinglado económico está bajo la amenaza de la competencia china. Y no sólo por precios más bajos de vehículos fabricados en China, sino por la avanzada de inversiones productivas en ese mismo hinterland industrial que era privativo de las firmas alemanas. BYD, la primera automotriz china y la cuarta del mundo, va a instalar una inmensa planta de autos eléctricos en Hungría, donde otro gigante chino, CATL, está construyendo otra enorme fábrica de baterías; el citado paper del CERE ya habla de una “sinicización” del sector, sea por desplazamiento de rivales europeos o directamente por la compra de empresas europeas incapaces de competir en precio y escala con los colosos chinos.

Por otra parte, en la industria automotriz se replica una tendencia significativa a la concentración del valor de mercado (y de las ganancias) en el segmento de consumo de ultra lujo. La mayor empresa europea por valor de mercado, LVMH, y la cuarta, Hermès (datos de 2023; recientemente, Hermès superó a LVMH), son fabricantes y diseñadoras de ropa, perfumes y accesorios para los ultra ricos. Con las automotrices sucede algo similar: entre las 20 mayores compañías del sector por valor de mercado se encuentran las alemanas BMW (puesto 6) Mercedes Benz (7) y VW (8); la formalmente neerlandesa Stellantis (fusión de Fiat y Peugeot) está en el puesto 19. Sin embargo, la compañía automovilística europea más valiosa no es ninguna de las anteriores sino Ferrari (puesto 5), ya que formalmente está separada de su controlante Stellantis, lo mismo que ocurre con Porsche, (puesto 10) y su controlante Volkswagen. Ahora bien, Ferrari vende menos de 14.000 autos por año pero vale casi 90.000 millones de dólares, mientras que Stellantis, que vendió en 2024 5,7 millones de vehículos, vale tres veces menos. Similarmente ridículas son las proporciones en su par germana: VW, que vende 9 millones de vehículos por año, sólo detrás de Toyota, vale 58.000 millones de dólares, apenas un 20% más que Porsche (49.000 millones de dólares) aunque ésta sólo vende 311.000 autos por año.[14]

La cuestión de la industria armamentística la trataremos por separado más abajo, pero adelantamos que el patrón se repite: en escala, innovación y capacidad tecnológica Europa queda detrás de EEUU y China, pero también de Rusia y hasta de Ucrania. Y el panorama en otro sector clave para la era de las futuras guerras que empieza a asomar, el de tecnología satelital y aeroespacial, no es mucho mejor. El gasto público anual en esa industria es en EEUU casi ocho veces el europeo. Por supuesto, “las empresas aeroespaciales privadas europeas están a años luz de pares como SpaceX, de Elon Musk, que el año pasado representó la mitad de todos los lanzamientos de cohetes en el mundo. (…) Europa quiere con ansiedad reducir su dependencia de EEUU en materia espacial; por ejemplo, de Starlink, el servicio de internet satelital de SpaceX vital para la defensa de Ucrania. Pero no será fácil. La empresa francesa, Eutelsat, que opera en Ucrania con una subsidiaria, OneWeb, que compite con Starlink con fondos alemanes, no está a la altura ni en precios ni en escala. La UE lanzó una iniciativa para desarrollar IRIS2, una red de satélites. Pero tendrá sólo 290 satélites contra los 9.100 de Starlink, y estaría operativa recién en 2030 como pronto” (“Eclipsed”, TE 9476, 29-11-25). Con estas cifras, la “autonomía estratégica” seguirá siendo una moción de anhelo.

Finalmente, tampoco en el crucial terreno de la transición energética Europa tiene mucho para ofrecer más que problemas. No por falta de alternativas, sino, irónicamente, por exceso de ellas. Es muy difícil poner en pie un sistema de tendido de electricidad integrado que abarque la energía solar de España, la eólica del Reino Unido o Alemania, la nuclear de Francia… También aquí, el problema para la UE es que le resulta imposible competir con la escala china en la fabricación de paneles solares o aspas eólicas, o con la ingente producción de gas natural licuado de EEUU (que aporta la mitad de las necesidades de Europa en ese rubro, palanca que Trump no dejará de utilizar en sus negociaciones). El reemplazo del gas natural a precios relativamente bajos que proveía Rusia no será rápido, sencillo ni barato. Es una muestra más de dependencia de un bloque que despertó bruscamente de sus sueños de autosuficiencia y proyección global.

En promedio, el precio de la energía eléctrica en Europa es el doble o el triple que en EEUU. En este terreno como en otros, el mayor obstáculo es la insuficiente integración, en este caso de las redes de electricidad. Aunque la generación de energía, y de energía limpia, ha crecido exponencialmente, su distribución despareja no se ve compensada por la posibilidad –técnicamente, al alcance de la mano– de interconexión de redes. Sucede que “los países con energía estable y barata suelen temer que establecer conexión con sus vecinos termine subiendo los precios locales” (“Power-hungry”, TE 9472, 1-11-25). También aquí, la mezquindad nacional conspira contra los nobles ideales de la unión continental.

Para colmo, en Europa se da la novedad de que ya no son sólo las fuerzas de ultraderecha las enemigas juradas de cualquier acción frente al cambio climático, al que consideran una farsa o una conspiración “woke”, sino que partidos de centroderecha más tradicionales están empezando a romper la unidad sobre la agenda ecológica que hasta ahora dejaba a los negacionistas del cambio climático en un lugar marginal en la UE.

Naturalmente, lo que cambió no es el consenso científico, sino las necesidades políticas, lo que da una medida de lo superficial de la adopción de la agenda climática por parte de amplios sectores de la derecha clásica. Sucede que a medida que se deteriora el panorama económico en términos de ingresos, costo de vida y acceso a la vivienda y los servicios sociales, las acciones orientadas a enfrentar el cambio climático van bajando en la lista de prioridades de los votantes… y de los partidos. En su momento, la rebelión de los chalecos amarillos (gilets jaunes) en Francia había llamado la atención sobre la eventual colisión entre la agenda climática y las necesidades de los ciudadanos de a pie, sobre todo cuando ese equilibrio queda en manos de gobiernos muy sensibles a los reclamos de las grandes empresas energéticas, que ya están haciendo lobby para diluir todavía más el ya muy moderado esquema de compensación de importaciones de energías no limpias.

A esas urgencias reales se le agrega ahora otra que no lo es tanto pero es presentada como tal por los gobiernos: el gasto en defensa. Cañones y tanques primero; los subsidios a la electricidad y a energías renovables van al fondo de la fila de espera de recursos fiscales crecientemente tironeados por otros rubros. Así, las metas climáticas europeas encontrarán no sólo la resistencia de la derecha negacionista sino las restricciones presupuestarias para impulsar la transición energética.

De esa manera, entre los eventuales mayores costos económicos –y, llegado el caso, políticos– de una política de reducción de emisiones de carbono y el chantaje militar de Trump, mansamente aceptado por la UE, la agenda atenta al cambio climático, de la que Europa había sido vanguardia en los años prepandemia, va retrocediendo sin prisa y sin pausa. Las metas se hacen menos ambiciosas y su incumplimiento se vuelve menos angustiante, en la medida en que no acarree daños electorales, cosa que rara vez sucede; también los votantes tienen preocupaciones más apremiantes. Ya es un consenso aceptado con resignación que prohibir la incorporación de autos a nafta a partir de 2035 o alcanzar el cero neto en emisiones de carbono para 2050 son objetivos que se alejan hasta lo inalcanzable. En suma, otro rubro en el que el “liderazgo europeo” se baja del ring.

2.5 Ausencia de una estrategia comercial común

Habíamos señalado como uno de los problemas acuciantes de la economía europea el retroceso en su cuota de mercado global respecto de EEUU y, sobre todo, de China. Europa depende económicamente del comercio más que otras regiones: el comercio exterior representa el 29% del PBI de la UE; el comercio de EEUU, sólo el 19% de su PBI. Se ha beneficiado del libre comercio a la vez que se ha encargado de establecer protección para sectores específicos, en primer lugar el agro; sin esa protección, los campos europeos serían un páramo económico y demográfico. El problema es que, como sostuvo Jakob Kirkegaard, del think tank Bruegel, “antes el comercio era una cuestión económica; ahora también es una cuestión geopolítica”. Las cadenas globales de suministro pierden su atractivo en términos de eficiencia económica si vienen con el riesgo político incorporado (ejemplo obvio: la dependencia que supo tener Alemania de la provisión de gas ruso).

Particularmente en este terreno, hablar de “Europa” como si fuera un ente único que toma decisiones centralizadas es ignorar el funcionamiento de la arquitectura institucional de la UE. Los países que la componen están lejos de haber resuelto una política común, siquiera en el plano comercial. Una cosa es que Trump converse con la presidenta de la Comisión Europea; otra muy distinta es que los países individualmente no tengan –secretamente o no tanto– intenciones de pisar los callos del vecino en su propio beneficio. El enfoque pragmático y “transaccionalista” no se limita a Trump o a Xi Jinping; el ejemplo cunde también en el Viejo Continente.

Con una economía de crecimiento casi plano desde hace más de una década, el bloque no está en condiciones de rechazar una ofensiva económica china que reparte parejamente zanahorias y palos, pero la relación política con EEUU no ayuda a definir un criterio unificado: ¿conviene doblar el espinazo ante cada capricho de Trump o es mejor cubrirse en parte recurriendo al mercado y las inversiones chinas, a riesgo de provocar las iras de Mr. Orange?

Aquí, como en otros aspectos, afloran divisiones en la UE, aunque todavía es pronto para llamarlas tendencias. Por dar dos ejemplos, mientras Alemania se muestra más dura, España sostenía en mayo que “los BRICS son una pieza clave del orden global”. Pero esas posturas pueden variar sin mucho aviso previo. La industria automotriz alemana, parte del núcleo industrial del país, tiene una fuerte dependencia del mercado chino; en tanto, las amenazas de Trump de nuevos aranceles contra los BRICS y sus socios pueden hacer flaquear las (no muy sólidas) convicciones de Pedro Sánchez.

El flujo de inversión europea al exterior también ha experimentado cambios sensibles. Para muchas compañías, la elección solía ser entre EEUU y China. En conjunto, para las empresas que cotizan en bolsas europeas sus ventas en EEUU representan un 20% del total; las ventas en China no llegan al 10%. Estos promedios, naturalmente, esconden fuertes diferencias nacionales: EEUU representa el 42% de las ventas de las compañías holandesas, pero sólo el 8% de las italianas; China es el origen del 13% de los ingresos de las multinacionales alemanas,[15] pero apenas el 2% de las españolas. De todos modos, la volatilidad económica y arancelaria que promete Trump ciertamente no estimula un “giro occidental”, lo que alimenta el interés por redoblar los vínculos con China. La consigna del momento no es ya el “de-risking” (disminuir el “riesgo China”) que proponían las autoridades europeas como Ursula von der Leyen y Margrethe Vestager, sino el “re-engagement” (renovar el compromiso) (“Eastward ho!”, TE 9450, 31-5-25).

Por ejemplo, el modelo defendido por la UE desde 2019 en cuanto a las relaciones con China era llamado “tres pilares”: China es un socio para los temas de cooperación, un competidor en lo económico y un rival en lo estratégico. Este enfoque sirvió durante años como guía para las relaciones bilaterales, hasta la llegada de Trump 2.0 y sus inclementes ataques a Europa, a la vez que daba a entender la intención de llegar a un “gran acuerdo” con el líder chino Xi Jinping.

Así, no sólo se relativizó el “de-risking”, sino que se ha abierto una grieta en toda la ubicación estratégica europea hacia China. Ursula von der Leyen, la titular de la Comisión Europea, sintetizó el cambio de tono como la entrada a una “era de geopolítica hipercompetitiva e hipertransaccional” (traducción: “lo que importa son los intereses, no los elevados principios occidentales”), y que por lo tanto llegó la hora de que Europa “establezca relaciones constructivas con China y encuentre soluciones acordes a nuestro mutuo interés” (no hace falta traducción).

Por supuesto, la UE siempre había sostenido la necesidad de áreas de cooperación con China (el “primer pilar”), como el cambio climático. Esto es más cierto que nunca, dado el lugar absolutamente dominante del gigante asiático en materia de paneles solares, turbinas eólicas y baterías, entre otros rubros. La novedad es que China detecta la grieta abierta por Trump y lanza una ofensiva de seducción diplomática y comercial que alienta a la UE y demás gobiernos de Occidente a profundizar lazos con una potencia seria, ordenada, predecible, coherente y capaz de pensar en el largo plazo, por oposición a ya sabemos quién.

En parte como contrapeso al caos de Trump y en parte como arma de negociación contra él, como para mostrar a EEUU que la UE también maneja sus opciones, ahora la UE está evaluando desempolvar el largamente congelado Acuerdo General de Inversiones (Comprehensive Agreement on Investment) entre la UE y China.

Eso no significa que la relación vaya a ser armoniosa. Un ejemplo es la cumbre de fines de julio en China entre las autoridades del PCCh y de la UE, una reunión al máximo nivel, con la asistencia de Xi Jinping y Ursula von der Leyen, que coincidía con el 50º aniversario de las relaciones bilaterales. Pero las tensiones previas frustraron buena parte de las expectativas y de los resultados.

Esas tensiones versaron en primer lugar alrededor del comercio. Las exportaciones chinas a la UE fueron en 2024 de unos 560.000 millones de dólares (un 30% de lo que China exportó a EEUU); las de la UE hacia China, 230.000 millones, menos de la mitad de lo que la UE exporta a EEUU. La UE esgrimió los “subsidios” estatales chinos a la industria automotriz (¡como si la UE no subsidiara aún más generosamente a infinidad de sectores, empezando por el agro!) para justificar aranceles de hasta el 45% a los autos eléctricos chinos. La diferencia de productividad y calidad es tan grande a favor de los vehículos chinos que incluso así pueden competir y ganar: BYD espera ser el mayor fabricante de autos eléctricos de la UE para 2030. Las restricciones chinas al acceso a tierras raras (también un insumo de los autos eléctricos) también fueron motivo de queja.

También se ventilaron las reservas de la UE en materia de seguridad. Aquí se incluye no sólo la “amistad ilimitada” entre China y Rusia, que inquieta profundamente a un amplio grupo de países europeos, sino también una serie de ciberataques y ciberespionaje a entidades europeas. A lo que China replicó mostrando su descontento con las medidas proteccionista de la UE y con las señales de apoyo europeo a Taiwán, como el paso de dos naves de guerra alemanas por el estrecho de Taiwán por primera vez en 20 años. El enturbiamiento de las negociaciones hizo que la UE cancelara el Diálogo de Alto Nivel Económico y Comercial que tradicionalmente se hacía previamente a la cumbre, en clara señal de frustración y escepticismo. Así, concluye una analista, “que éste sea el quinto año sin un diálogo constructivo entre la UE y China podría leerse como una realidad estructural más que como un problema temporario, especialmente en momentos en que las difíciles relaciones entre EEUU y la UE podrían haber favorecido un renovado diálogo China-UE” (“Towards an EU-China non-summit?”, Alicia García-Herrero, bruegel.com, 9-7-25).

El comunicado conjunto final de la reunión y, sobre todo, las declaraciones posteriores de Xi y Von der Leyen mostraron que las tensiones siguen irresueltas en todos los frentes importantes. El mayor punto de encuentro fue la reivindicación conjunta del “multilateralismo” y la “cooperación” en temas como el cambio climático, en una muestra de toma de distancia de la UE respecto del negacionismo climático de Trump de cara al encuentro COP 30 de noviembre.

En verdad, para China el negocio es la división del bloque y la negociación por separado con sus miembros, aprovechando las profundas divisiones e intereses encontrados de los países miembros de la UE en su relación con el gigante asiático. Por ejemplo, el 40% de las exportaciones europeas a China corresponde a empresas alemanas, que ven el asunto desde una óptica muy distinta a la desconfianza visceral de los países bálticos.

En cuanto a la guerra entre Rusia y Ucrania, y dado que la mayor preocupación de China –evitar una derrota humillante de Rusia que libere la atención de EEUU hacia China– parece resuelta por los desarrollos bélicos, el mayor interés de China está en participar de contratos para la futura reconstrucción de Ucrania, que los asiáticos ya están negociando con el gobierno de Zelensky. En consecuencia, “los diplomáticos occidentales no ven motivo para excluir a China de las conversaciones de paz, ya que notan pesarosos que la postura de Trump es mucho más dura con Ucrania que la de la propia China. A puertas cerradas, admiten que muchos gobiernos occidentales tienen escasa o ninguna gana de confrontar a China por la represión en el Tíbet, en Xinjiang o en Hong Kong, aduciendo que es hora de ser pragmáticos. (…) Muchos sienten que confrontar con el lado duro de China es hoy un lujo, no una necesidad” (“Zipping its slip on China”, TE 9441, 29-3-25).

Y en verdad, ¿quién podría culpar a esos desdichados “diplomáticos occidentales” por intentar ser “pragmáticos” o, como diría Von der Leyen, “hipertransaccionalistas”, cuando el ejemplo que baja desde la primera magistratura del país más poderoso de la Tierra y líder de Occidente es exactamente ése? En la etapa que vivimos, la clase capitalista no puede darse lujos “ideológicos” y debe atenerse estrictamente a soluciones “acordes con su interés”…

2.6 Cada vez más lejos de EEUU… y de China

El problema más de fondo en cuanto a la escala es que el nivel de integración en la construcción política de la UE no tiene un verdadero correlato económico. Las compañías “europeas” en realidad no son propiamente tales, sino nacionales, esto es, pertenecientes a una de las naciones europeas. Entre las escasas excepciones se encuentran Airbus y Stellantis (resultado de la fusión entre Peugeot y Fiat); otros intentos como crear una “Airbus ferroviaria” mediante la fusión de la alemana Siemens con la francesa Alstom terminaron en el fracaso. Peor le fue a Northvolt, fabricante de baterías de origen sueco y con financiamiento alemán y de la UE, que fue a la quiebra.

La UE está redescubriendo, a sus propias expensas y a la vista del éxito de las empresas chinas en rubros como baterías, vehículos eléctricos, IA y energías renovables, las bondades del capitalismo de Estado y de la “política industrial”, anatema en el siglo XXI a instancias sobre todo de alemanes y británicos. Pero, a diferencia de China, los estados nacionales no tienen margen fiscal para generosos subsidios y exenciones fiscales que permitan el surgimiento de gigantes europeos. El exiguo saldo con que puedan contar las arcas fiscales de los países europeos se destinará al gasto en defensa; a lo más que podrán aspirar las empresas que quieran competir con las compañías estadounidenses o chinas es a alguna forma de proteccionismo que no implique costos adicionales.

Europa carece tanto de los gigantes tecnológicos capitalistas de EEUU como de la promoción estatal china, ambos caracterizados por su ancha espalda financiera. Las dos primeras grandes diferencias entre las compañías que cotizan en Bolsa en EEUU y en Europa son el tamaño absoluto y el precio relativo. Todo el índice STOXX 600, que agrupa a ese número de firmas europeas, no llega a la tercera parte de la valuación de las siete grandes tecnológicas. Y el precio de las acciones de las compañías del índice S&P 500 de EEUU equivale a 23 veces las ganancias esperadas (price/earnings ratio), contra 14 de las europeas. Las empresas europeas que, si no por escala, al menos por dinamismo y aumento reciente de su valuación bursátil pueden considerarse a la altura de sus pares estadounidenses son realmente pocas: algunos laboratorios, las marcas de superlujo y no mucho más. En el área de tecnología digital, sólo la holandesa ASML tiene relevancia global. Curiosamente, es en las empresas medianas (en este contexto, las que están después de las 1.000 más grandes) donde las europeas se muestran mucho más competitivas, incluso superando a sus pares de EEUU. Pero la era Trump, por un lado, y la pálida performance de la economía europea en su conjunto, por el otro, hacen que eso resulte menos una ventaja real que un salvavidas para algunos ante las emergencias que se vienen.

Una comparación entre las performances económicas respectivas de las grandes empresas de EEUU y de Francia muestra una creciente distancia en las últimas décadas. Mientras que las ganancias de las empresas de EEUU pasaron del 15% del PBI en 2003 al 18,5% en 2022, las de las firmas francesas no se movieron del 15-16%. Mucho mayor es la diferencia en la elite: las empresas del índice S&P 500 multiplicaron su valor bursátil por cinco desde 2005, con un rendimiento promedio anual del 8,2%, contra sólo el 3,5% de las compañías del índice CAC 40 francés. Por esa razón, mientras que tres gigantes yanquis (Nvidia, Microsoft, Apple) valen cada una más que las 40 empresas del CAC 40, la firma francesa de mayor valor de Bolsa, LVMH, no lograría entrar al top 25 de multinacionales estadounidenses.

Por lo tanto, no es de extrañar que las más grandes compañías europeas prefieran evitar cotizar en bolsas europeas y apunten a las de EEUU. La otrora legendaria Bolsa de Londres es una sombra de su glorioso pasado, con grandes compañías haciendo fila para saltar a Wall Street a la primera oportunidad. Buscan escapar así de la llamada “brecha de valuación”, es decir, el hecho de que la misma empresa vale más si cotiza en EEUU que si está listada en una Bolsa europea. Aunque Europa representa la sexta parte del PBI global, entre las primeras 20 compañías del mundo por valor de mercado no hay una sola europea. La única compañía europea fundada este siglo con un valor superior a los 100.000 millones de dólares, la sueca Spotify, pasó a cotizar en Nueva York a en 2018.

Este último dato subraya otro rasgo de las economías europeas: la (excesiva) estabilidad de las mayores empresas. Las cinco multinacionales más grandes de Alemania tienen en promedio 120 años de existencia; las cinco mayores del Reino Unido, 116 años; las de Francia, 152 años. En contraste, las cinco más grandes de EEUU, todas tecnológicas, tienen en promedio 39 años. Es un indicador simple pero efectivo de la diferencia en dinamismo y “destrucción creativa” schumpeteriana a uno y otro lado del Atlántico.

La situación empeora cuando se incorpora a la ecuación el ascenso de China, con lo que el retroceso de Europa ya no se mide sólo con EEUU sino también con el gigante asiático. También aquí, lo que hace la diferencia es el salto en productividad (y volumen productivo) de China, sobre la base de un avance tecnológico en las áreas “de punta” que le permite desplazar a las compañías europeas en participación de mercado, exportaciones y saldo comercial en industrias clave.

Precisamente una de las que sigue siendo de las industrias más importantes de Europa, la automotriz, está viviendo una crisis importante. Las cinco grandes (VW, Stellantis –ex Fiat y Peugeot–, Renault, BMW y Mercedes) vienen cayendo sostenidamente en su valor bursátil combinado. Y no se trata de un simple vaivén de las acciones, sino acaso, esta vez, de un declive más estructural, donde inciden dos factores clave: la competencia externa y las dificultades para reconvertir el conjunto de la industria del motor de combustión interna al motor eléctrico.

El pivot que une ambos factores es China. Las automotrices chinas le están quitando su parte del mercado a las terminales europeas dentro de China… y ahora también dentro de Europa. El retroceso en China es tan marcado como acaso irreversible: en menos de 4 años, las marcas extranjeras en el gigante asiático pasaron del 63% del mercado de autos al 37%. La que llevaba la tajada más grande, VW, pasó del 19% al 14%, y se estima que quedará en un dígito en 2030, según el banco suizo UBS. Para Mercedes y BMW, China representa el 37 y el 48%, respectivamente, de sus utilidades. Stellantis prácticamente dejó de operar en China, pero sufre la competencia china en Sudamérica y Medio Oriente. Si a esto se agrega la disrupción de los aranceles de Trump, no es de extrañar que suenen los tambores de guerra en los sindicatos europeos en Alemania (donde VW cerraría plantas por primera vez), Italia y Francia.

Pero lo más grave no es ya la pérdida de  cuotas de mercado en China, sino en la propia Europa. Y atención, que el espectro de industrias amenazadas ya no se limita a los rubros conocidos como los autos (eléctricos o no), software para IA o suministros para energía eólica y solar. Áreas más tradicionales –y de larga tradición europea–, como la química y los laboratorios, sufren el doble embate de una competencia abrumadora en precio y (cada vez más) calidad, por un lado, y la dependencia de proveedores chinos, por el otro. Según el Bundesbank, casi la mitad de la industria farmacéutica alemana depende de productos e insumos chinos.

Otra fuente importante de preocupación para la industria europea es su dependencia respecto de las tierras raras, sobre cuya elaboración China goza de un cuasi monopolio. Como condición para mantener la provisión de éstas, China exige ahora a las empresas europeas un nivel de detalle sobre productos, cadenas de suministros y clientes que ni la propia UE se atreve a pedir.  Pero lo más humillante de la negociación por las tierras raras fue que todo se resolvió entre EEUU y China, a espaldas de una UE que no tuvo arte ni parte en el asunto a pesar de que el acuerdo acarrearía serias consecuencias para el bloque.

De hecho, la calidad tecnológica de los productos chinos es tal que “las compañías alemanas necesitan seguir operando en China para poder seguir siendo capaces de competir globalmente. ‘Si no compitiéramos en China, no podríamos innovar tan rápidamente como lo hacemos’, explica un directivo de una firma fabricante de instrumentos de medición de precisión” (ídem).

El colmo de esta situación es que el “Vicepresidente Ejecutivo para la Prosperidad y la Estrategia Industrial de la Comisión Europea” (el versallismo de la UE para la descripción de cargos roza siempre lo hilarante), Stéphane Sejourné, sostuvo que se está evaluando la posibilidad de requerir “transferencias tecnológicas” a las empresas chinas que quieran hacer negocios en Europa… exactamente al estilo de lo que hacía China con la UE quince o veinte años atrás. O tempora, o mores![16] Sucede que el volumen de inversión china en Europa no sólo ha crecido sino que ha cambiado de carácter: crecientemente, no se trata ya de adquisiciones de empresas europeas “llave en mano” sino del establecimiento de plantas de tecnología propia propias en el Viejo Continente.

Con este panorama, no es de extrañar que, en la elite china, la mirada sobre Europa ya sea casi menos competitiva que conmiserativa. Así, un académico de la Universidad Fudan sostiene que “Europa es incapaz de liberarse verdaderamente de EEUU y ser independiente”, mientras que fronteras adentro crece el desdén sobre Europa, como lo ejemplifica otro académico, Zhang Weiwei, que dijo en la televisión china que “es toda una pregunta si la Unión Europea podrá sobrevivir más allá de 2035”. En privado, “las opiniones son todavía  más mordaces. Europa es comparada a una concubina entrada en años que no puede aceptar que el emperador americano la ha dejado de lado, dice un consultor; ‘Europa odia la innovación’, agrega otro” (“Studied indifference”, TE 9475, 22-11-25). Esta visión, con todo lo unilateral y exagerada que probablemente sea, ilustra bien las diferencias de autopercepción entre una potencia naciente y un bloque desgastado.

La reacción de, por ejemplo, los industriales europeos a la competencia y desplazamiento del mercado por parte de las compañías chinas tiene menos el tono de propuesta de acción que de queja resignada: “China no juega limpio”, dice un informe de VDMA, una central patronal alemana de máquinas-herramienta.

La reversión de la relación se manifiesta con claridad en el intercambio comercial: el déficit comercial de Alemania con China en 2025 está estimado en 100.000 millones de dólares, más de un 2% del PBI alemán… pero a la vez el mercado chino representa el 6% de las exportaciones alemanas, de lejos la mayor proporción en la UE. La tendencia es tan profunda que los mismos empresarios alemanes empiezan a agitar el fantasma de la desindustrialización. Un vocero de la citada VDMA sostiene con alarma que “estamos perdiendo cuotas de mercado, estamos perdiendo trabajadores. Esto podría crear un serio problema de empleo en Europa”. Otra fuente autorizada de la patronal germana, el Instituto Económico Alemán (sigla alemana IW), informa que la mitad de las compañías industriales que afrontan la competencia china están planeando recortes de puestos de trabajo, y que “el temido shock chino ha llegado” (“From customer to killer”, TE 9475, 22-12-25).

La presión china genera dos reacciones, ambas peligrosas. Una, la del establishment de Bruselas, es la de responder a la política de promoción industrial y los subsidios chinos con política de industrial y subsidios de la UE. La otra es la de los partidos de derecha populista y nativista, que aspiran a una reafirmación de los capitales nacionales. Pero esto sólo conduciría a un quiebre de la cooperación intraeuropea, a la fragmentación, las rencillas nacionales y el estancamiento económico.

Desde ya, a la burguesía europea le encantaría tomar medidas más duras con China, pero la necesidad tiene cara de hereje. Por empezar, no hay unidad de abordaje del problema: pese a las quejas, el nivel de inversiones en China de ramas decisivas de la industria europea como la automotriz y la química disparan lobbies inmediatos para prevenir cualquier acción seria contra China. Ni hablar de los países menos hostiles a China: Hungría recibió el 44% de la inversión china en toda la UE en 2023, y es sede de una planta de la automotriz china BYD con una inversión de 4.500 millones de dólares, mientras que España –de economía mucho más complementaria con China– también se frota las manos ante la perspectiva de inversiones.

En caso de que alguien decida tomar medidas, China ya demostró que no va a quedarse brazos cruzados; el affaire Nexperia es aleccionador al respecto. Nexperia es una compañía de capital chino radicada en Holanda que fabrica chips… en China. El gobierno neerlandés, invocando una oscura y antigua ley –el método Trump hace escuela también en Europa–, desplazó al directorio íntegro y tomó el control de la empresa… sólo para retroceder a las seis semanas ante el brutal boicot chino a la exportación de los chips en cuestión.

¿Qué camino se abre, entonces, para la atribulada UE? Para los eurócratas la respuesta parece ser, por ahora, aferrarse a lo que Europa hace mejor: “En el reino de las leyes y regulaciones, la superpotencia global era Bruselas. (…) [Pero] la UE fue diseñada para prosperar en un mundo predecible de normas y procedimientos. Hoy, está atrapada entre dos orangutanes que afirman la ley de la selva” (“Europe’s partnership with China”, TE 9475, 22-11-25). Pero no alcanza con erigirse en el “defensor de las reglas” liderando a los países que quieran continuar en ese marco –lo que sin duda no incluye a EEUU– y profundizar la integración (un mantra que se repite desde la fundación de la UE). Para la clase capitalista europea, es hora de llevar adelante de una vez las sempiternamente prometidas “reformas”, empezando por “un estado de bienestar demasiado caro”, para lo cual los líderes europeos deberán “convencer a los votantes de que el cambio sobrevendrá de una forma u otra” (ídem).

Europa enfrenta aquí un verdadero dilema. Por un lado, quiere rebalancear la relación con China en cuanto al flujo de importaciones y exportaciones, hoy ampliamente deficitario. Pero no puede darse el lujo de amenazar con un corte en la relación, que llevaría a la ruina, por dar sólo un ejemplo, a todo el complejo automotriz alemán. Y por el otro, la UE tendrá que lidiar con las medidas que tome Trump contra sus propios aliados, incluidos los europeos. Dada la fragilidad de su dinámica económica, Europa no está hoy en condiciones de librar una guerra comercial en dos frentes. Ceder en cualquiera de ellos le hará pagar un precio muy alto, pero hoy no tiene mayores alternativas.


[1] Este problema y su vinculación con la contradicción entre la necesidad económica de incorporar población inmigrante y las condiciones políticas que apuntan en sentido contrario, incluido el avance de la extrema derecha xenófoba, serán considerados más abajo. Por otra parte, la cuestión de la importancia económica a largo plazo para el capitalismo global del fantasma de la crisis demográfica es de una importancia y envergadura tales que ameritan un trabajo separado, que esperamos concretar en próximos estudios.

[2] Conste que ni siquiera estamos considerando dentro de estas urgencias una que en el fondo es decididamente tal: la cuestión de la transición energética y la lucha contra el cambio climático. Si un actor global podía ser calificado de “responsable” en su preocupación por el abordaje de este tema absolutamente determinante del futuro no ya de la economía capitalista, ni del capitalismo, sino de la humanidad en su conjunto, era la Unión Europea. Pues bien, este punto crucial de la agenda continental ha ido a parar al fondo de la lista de los líderes europeos, abrumados como están por la polarización política, las exigencias de Trump, el desafío de China, la amenaza de Rusia, la carga de la deuda, el descontento de la población, los agujeros presupuestarios y el raquitismo económico. En este marco, cabe computar a la cuestión climática y energética como víctima propiciatoria y elemento subordinado a preocupaciones menos “estructurales” pero más urgentes.

[3] Hasta los paladines históricos de la superioridad del libre mercado sobre la intervención estatal se ven obligados a reconocer que el apabullante éxito de las empresas chinas que hoy son líderes mundiales en cada vez más áreas tecnológicas, desde las tecnologías limpias hasta la IA, desde los autos eléctricos hasta la industria farmacéutica de alta complejidad, hubiera sido impensable sin a) política industrial de sectores priorizados para la inversión estatal central y local, b) créditos estatales baratos, c) regulaciones ágiles que no sólo “dejan actuar al mercado” sino que direccionan sus esfuerzos. La angustia del editorialista es patente: “En el terreno farmacéutico, mientras los ensayos clínicos de los laboratorios chinos siguen subiendo en proporción al global, Europa está perdiendo terreno. Sus economías necesitan desesperadamente integrarse más poder financiar y desarrollar nuevas tecnologías. (…) Si Occidente quiere poder competir en vehículos autónomos y medicinas, para no hablar de vehículos eléctricos, energía solar y otras tecnologías clave, debe aprender las lecciones correctas del ascenso chino” (“What China will dominate next”, TE 9476, 29-11-25). Tema para otra ocasión es la racista pero sobre todo estúpida política de Trump de dificultar el acceso o directamente expulsar investigadores de origen extranjero, en particular si son chinos. Claro que en este terreno como en otros, la clase dominante europea está más cerca de imitar ciegamente a Trump que de afirmar su propia impronta e identidad.

[4] Posiblemente el plano económico en que Europa haya avanzado más en la integración sea el financiero, especialmente después de la crisis del euro de 2010-2012, saldada con una intervención “federalista” del Banco Central Europeo bajo la dirección del italiano Mario Draghi. Pero incluso en ese aspecto la “integración” obedece más a la aceptación por parte de la banca europea del rol prominente del BCE en caso de emergencia que a una auténtica configuración financiera continental; los bancos siguen siendo esencialmente de capitales de cada nación europea. En cuanto a las regulaciones, lo que caracteriza a la UE es lo contrario de una integración fluida, es decir, un pantano permanente de negociaciones infinitas en Bruselas (sede de la Comisión Europea) y Estrasburgo (sede del Parlamento Europeo). El resultado es una maraña normativa por momentos kafkiana, a punto tal que la propia Comisión Europea recientemente ha lanzado una iniciativa para recortar el exceso burocrático de disposiciones administrativas.

[5] De hecho, se trata casi de un paraíso tributario, ya que el argumento de que las multinacionales estadounidenses radicadas allí por los beneficios impositivos tienen “sustancia” (esto es, operatoria) local es imposible de sostener. La relación entre las operaciones de esas compañías en Irlanda y el volumen de ingresos y ganancias que declaran allí está casi tan fuera de proporción como el que tendrían con alguna isla del Caribe o del Canal de la Mancha. Situación que no es inocua para Irlanda, cuya exposición al destino de esos pulpos extranjeros es monstruosa: el 38% de toda la recaudación del fisco irlandés correspondiente a impuestos a las empresas corresponde a sólo tres compañías

[6] Y probablemente del mundo, si se tiene en cuenta que los pocos países que superan a Noruega en PBI per cápita caen en distorsiones parecidas como ser ciudades-estado (Singapur), paraísos fiscales (Irlanda, Luxemburgo, Suiza, Singapur otra vez), petroestados (Qatar, Brunei) o países de muy baja población (Luxemburgo, Brunei).

[7] El cálculo del PBI a paridad de poder de compra (PPA) tiene la ventaja de medir mejor que el PBI nominal las diferencias en el nivel de vida de países con precios internos muy disímiles entre sí. Por otro lado, hay que considerar que a veces nivela en exceso y genera distorsiones nuevas: por ejemplo, en PBI per cápita PPC, el Reino Unido está por debajo del promedio de la UE; Polonia está en el mismo rango que España, Japón y Nueva Zelanda; Rusia queda por encima de Alemania; Kazajistán se equipara con Grecia y Turquía, etc.

[8] Una disfuncionalidad específica de la economía británica es su increíble nivel de centralización fiscal, que no se corresponde para nada con sus patrones demográficos. El 95% del ingreso tributario se recauda a nivel nacional, lo que convierte a las grandes ciudades de Inglaterra en rehenes de las decisiones del gobierno central. Los alcaldes de Londres, Birmingham o Manchester son lobbistas de lujo ante los funcionarios del Tesoro o los ministros de cada área; su capacidad de recaudar y administrar recursos propios es mínima.

[9] Pero no por mucho, como se ve: los cantos de sirena del establishment global sobre EEUU como “la locomotora del mundo” –cuando su crecimiento no llegaba al 3% anual–, a la que se quería absurdamente contrastar con “los problemas de la economía china” –¡que mientras tanto crecía al 5% anual!–, han dado paso a una preocupación cada vez más generalizada. El potencial daño que puede generar en la economía yanqui el erratismo arancelario, político e institucional de Trump aún está por venir, a la vez que la “exuberancia irracional” –para usar la vieja expresión de Alan Greenspan en los 90– de los índices bursátiles de Wall Street, basada en la sobrevaluación de las empresas tecnológicas, ya es motivo de alarma por cuándo –no “si”– va a estallar esa burbuja, y con qué consecuencias. Pero estos problemas caen fuera de los límites de este trabajo.

[10] Es cierto que, en España como en Canadá, Australia y otros lugares que aún reciben un flujo inmigratorio importante, el aumento de la población inmigrante pone bajo presión al mercado inmobiliario. Allí aparecen cuellos de botella habitacionales, explotados por el discurso xenófobo de la ultraderecha. La creciente demanda de vivienda dispara los precios a punto tal que es prácticamente imposible para las personas jóvenes pensar en independizarse, no ya comprando vivienda sino ni siquiera alquilando, a menos que se lo haga entre varias personas. La situación no es mucho mejor para los que sí consiguen alquilar: según datos de bancos españoles, el 40% de las familias gasta más del 40% de su ingreso en vivienda. En los últimos diez años el costo promedio del alquiler se duplicó, mientras que los salarios crecieron sólo el 20%. Los bajos salarios y el costo de la vivienda son, por lejos, los dos grandes problemas que aquejan a la juventud y la clase trabajadora, tema que expandiremos más abajo.

[11] Todas las encuestas sobre el tema dan cuenta de que una mayoría muy clara de británicos –casi dos tercios, si no se cuentan los indecisos– considera que salir de la UE fue un error y una decisión perjudicial. Pero es tarde para lágrimas: ni siquiera el actual gobierno laborista de Keir Starmer tiene pensada la menor vía para revertir legalmente el Brexit, que se considera cosa juzgada. A lo más que pueden aspirar las negociaciones en curso entre el Reino Unido y la UE es a retoques formales que alivien en algo los problemas de los exportadores de bienes y los estudiantes universitarios.

[12] El sector de servicios, pese a emplear proporcionalmente más trabajadores –lo que a priori supondría mayores oportunidades de extracción de plusvalía–, casi por definición es menos propenso a saltos de productividad como los que puede aportar el desarrollo tecnológico en la industria. A menos, claro está, que el desarrollo de la IA permita el desplazamiento de decenas de miles de enfermeros, docentes, personal de limpieza y otros rubros de mano de obra intensiva. Sólo que, en ese caso, la disrupción económica, laboral y social concomitante hará que la cuestión del aumento de la productividad parezca el más insignificante de los problemas para la clase capitalista europea.

[13] Algo de estas tribulaciones del bloque se refleja en que, pese a la revaluación del euro respecto del dólar –resultado inmediato de los desaguisados de Trump–, el oro desplazó al euro del segundo lugar como valor de reserva de los bancos centrales del mundo, sólo detrás del dólar. De entre las monedas utilizadas como reserva, el dólar se queda con el 60% del total, el euro con el 20% y todo el resto el 20% restante.

[14] No acaban allí las paradojas del lugar que ocupan los artículos de consumo de los ultra ricos. En la lista de las 25 firmas europeas más valiosas por valor bursátil, además de LVMH a la cabeza y el cuarto puesto de Hermès, encontramos a Essilor Luxxotica (conocida por sus anteojos de sol) en el puesto 17, por encima del gigante aeronáutico Airbus (el segundo productor de aviones del planeta), y a Christian Dior en el puesto 23, por encima de la minera Rio Tinto y el banco suizo UBS. Que haya tanta aparente desproporción entre el valor de mercado de empresas de capacidad productiva y utilidad social tan desigual dice mucho sobre las taras del capitalismo actual, pero es tema para tratar en otra ocasión. Lo que vale la pena retener aquí es la idea de que, en su horizonte de crecimiento económico, la clase capitalista ve cada vez con mejores ojos a Europa no como proveedora de bienes de consumo y servicios para las propias masas europeas, sino como un ícono de la producción de artículos de lujo para las elites globales.

[15] Particularmente sensibles a la demanda china son las automotrices alemanas, como ya señalamos. En 2024, VW vio caer sus ventas y beneficios en primer lugar por la desaceleración de sus operaciones en China. EN respuesta, ya está planteando lanzar 11 modelos nuevos exclusivamente para ese mercado. La cuestión apremia porque VW corría el riesgo de, por primera vez en su historia, cerrar plantas en Alemania. Un acuerdo con los sindicatos finalmente mantuvo las fábricas abiertas, al costo de eliminar 35.000 empleos hasta 2030 –un 25% del personal empleado en Alemania–, claro que de manera “socialmente responsable” (retiros voluntarios y otras formas “voluntarias” de reducción). Las autopartistas tuvieron menos suerte: de los 54.000 empleos que recortó el sector en toda Europa, sólo la alemana Bosch es responsable por 12.000.

[16] Una anécdota es significativa del cambio de época en las relaciones industriales y tecnológicas entre Europa y China. Cuenta un empresario alemán de una compañía de sensores que en 2012, en su primera visita a China, sus pares chinos estaban eufóricos de subirse a un Volkswagen con la mejor tecnología. En su última visita, en cambio, sus colegas chinos consideraban a los autos alemanes con algo de vergüenza ajena, y se negaban a subirse a nada que no fuera un auto chino de última generación.

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