2- Hacia un nuevo mapa político en Medio Oriente

Impacto, lecciones y perspectivas (provisorias) de la tercera guerra del Golfo.

2.1 Una dislocación profunda del equilibrio de actores de la región

El distanciamiento entre EEUU y sus aliados europeos en la campaña contra Irán cambió también las relaciones del imperialismo yanqui con su principal socio (Israel) y demás aliados (los países del Consejo de Cooperación del Golfo) en la región. Por ahora, el saldo es un aumento de los peligros y los problemas para las tres partes. La incógnita mayor, de todos modos, es qué pasará con el régimen iraní que Israel (de manera sistemática) y EEUU (al espasmódico y errático modo de Trump) quisieran erradicar.

La primera consecuencia de este desplazamiento de alianzas es que no se recuerda en la historia reciente un grado de operatividad conjunta entre las fuerzas armadas de EEUU y las de Israel como el que vimos en esta guerra. Con todo, tanto la decisión de Trump como todas las idas y venidas de las negociaciones fueron bilaterales entre EEUU e Irán: Israel no fue consultado ni para el cese del fuego, ni para el bloqueo, ni a ninguna de las instancias diplomáticas clave (cosa que sí ocurrió con el anfitrión Pakistán). Evidentemente, Trump no quería correr el riesgo de que se repitiera la citada gaffe de Marcos Rubio (en la sección sobre la política interna estadounidense trataremos con más detalle las percepciones y realidades sobre el tema).

Sucede que Israel siempre tuvo un objetivo muy claro: acabar con el régimen iraní. Trump, en cambio, fue de la ceca a La Meca y saltó de una meta a otra con su volatilidad habitual, desde el cambio de régimen hasta eliminar el programa nuclear iraní, pasando por la neutralización de su capacidad misilística actual y hasta compartir con Irán el peaje que podrían pagar los buques petroleros por pasar por el estrecho de Ormuz.[1] Dicho esto, Trump todavía afronta las dificultades de si, cómo y cuándo poner límites a la avanzada expansionista-anexionista de Israel en Palestina, Líbano y Siria. Como es sabido, Trump no se caracteriza por hacer un seguimiento sistemático ni ordenado de los conflictos “secundarios”, circunstancia que Israel aprovecha para generar situaciones de fait accompli militar en la región.[2]

El otro problema geopolítico para EEUU es cómo recomponer la relación con los países del CCG. Arabia Saudita y los Emiratos, en particular, son generosos compradores de armas y equipamiento militar yanquis, pero la colaboración va mucho más allá de lo comercial. Un indicador de esto es la buena voluntad de ambas monarquías para trabar relaciones diplomáticas y económicas con Israel. El caso más claro es que los Emiratos (y Bahrein) son firmantes de los acuerdos de Abraham de 2020, que abrían el camino para consolidar una alianza pro EEUU, pro Israel y anti Irán en la región, en la perspectiva de una mayor integración económica e incluso de seguridad.

Pues bien, la acción de EEUU e Israel, desde el punto de vista del CCG, es unilateral y pone en riesgo su propia seguridad para beneficio exclusivo del imperialismo y el sionismo; hasta estos traidores convictos y confesos a la causa palestina deben aceptar que en esa “alianza” terminaron siendo parte del menú y no de los comensales. No hay ningún canal formal por medio del cual los países del Golfo puedan ejercer presión por sus intereses contra los caprichos de Trump y la estrategia de Israel. Y entretanto, llueven bombas y misiles que amenazan no digamos a los ciudadanos de esos países, sino a la economía o incluso al “diseño de país” que venían construyendo desde hace décadas (volveremos sobre esto).

Sin duda, es posible que los ataques de Irán a los países del Golfo hayan realineado en parte a éstos con EEUU e Israel en el sentido de que verían con buenos ojos una caída del régimen o una reducción drástica de sus capacidades político-militares, incluida la de bloquear Ormuz. Pero hasta ahora no se han plegado a los ataques con sus propias fuerzas (que por otra parte difícilmente hagan la diferencia en lo militar). Por otra parte, tampoco han pedido a EEUU que detenga la ofensiva o dé por terminada la campaña. También en lo político, las monarquías del Golfo están en un lugar incómodo y esperando que sean otros los que resuelvan la situación en uno u otro sentido… siempre que el saldo no sea un régimen iraní que pueda presentar el fin del conflicto como una victoria política, ya que no militar.

Con este escenario, no hay solución fácil para el enigma de seguridad de los países del Golfo: la supervivencia del régimen iraní plantea una amenaza permanente y profunda a sus intereses vía la posibilidad de cerrar el estrecho de Ormuz, pero el único aliado con capacidad militar para evitarlo es un EEUU cada vez menos confiable y errático. Mientras tanto, la aproximación económico-diplomática a Israel está en suspenso, y no cabe ni hablar de cooperación militar directa entre el Estado sionista y las monarquías árabes; de hecho, éstas empiezan a ver a Israel y su política como lo que es: un factor de desestabilización, no de orden.

Como resume el ya citado canciller de Omán, Badr Albusaidi: “Los países árabes que depositaron su confianza en la cooperación de seguridad con EEUU ahora experimentan esa cooperación como una aguda vulnerabilidad”. Pero ¿existen alternativas? Europa y las demás potencias “medianas” (Turquía, Pakistán, Corea del Sur) no dan la talla militar ni la voluntad geopolítica, pese a los buenos oficios de Zelensky para proveer al Golfo tecnología de intercepción de misiles y drones. Quedan China y Rusia, que en el Golfo son más bien espectadoras satisfechas de las desgracias ajenas que socios reales de ninguna de las partes.

Si los aliados anteriores reales (EEUU) o potenciales (Israel) son los que patean el tablero de la región, a estos países les queda estrechar vínculos entre sí y con los vecinos a falta de nada mejor. Se habla incluso, por ahora como moción de anhelo más que como emprendimiento en marcha, de una “OTAN islámica” que incluya a Pakistán, Egipto, Turquía, Arabia Saudita y Emiratos (“A moment in the sun”, TE 9496, 25-4-26).

Párrafo aparte merece el rol de Pakistán, que sin ser propiamente hablando un país de Medio Oriente no puede dejar de ser un actor en la región: tiene amplias fronteras con Irán y Afganistán, además de la India y China; tiene costas sobre el Mar Arábigo, y su extremo oriental se halla a no más de 500 km del estrecho de Ormuz. Ya desde antes de la guerra era un carta importante en el juego del CCG; Arabia Saudita y Pakistán firmaron el año pasado un pacto de defensa recíproca en virtud del cual ya hay 13.000 soldados pakistaníes y 18 aviones de guerra en la península.

El lugar de Pakistán como candidato a mediador o al menos sede de negociación apareció casi por descarte: entre los vetos de EEUU y los de Irán, sólo Pakistán emergía como interlocutor mínimamente confiable. Para Irán, porque Pakistán compuso viejas cuitas mostrando su apoyo tras el bombardeo de junio estadounidense-israelí en junio pasado; para Trump, porque el hombre fuerte del régimen se ganó su confianza proponiéndolo como candidato al Nobel de la Paz luego de que intermediara en las escaramuzas militares entre India y Pakistán.

Desde ya, la mediación de Pakistán no tiene nada de desinteresada: además del prestigio geopolítico que le da su intervención en el escenario más visible de la política mundial, al hombre fuerte del gobierno pakistaní, el mariscal Asim Munir, le preocupa sobremanera la posibilidad de una implosión caótica del régimen iraní y la eventual afluencia masiva de refugiados chiítas a través de una frontera común de casi 1.000 km de longitud.

Aun con lo abierto que cabe dejar el escenario tras el fin de la contienda –si es hay un fin claro y no una ciénaga militar de duración indefinida al estilo Irak o Afganistán–, una cosa es segura: la configuración política, económica y militar del Golfo, y con ellas la del mundo, ya han cambiado irrevocablemente: “Durante casi medio siglo, el conflicto entre EEUU e Irán ha definido Medio Oriente [exagerado, ya que deja demasiado en segundo plano el conflicto palestino-israelí, pero prosigamos. MY]. Era una pelea que ambos preferían mantener a distancia (…). Dieron forma a esferas de influencia, (…) pero una guerra directa era inimaginable: las consecuencias eran demasiado grandes. Trump, siempre trasgresor, hizo real lo inimaginable. Las consecuencias serán irreversibles. (…). EEUU tendrá que decidir si permanece en una región de la que hace tiempo intenta salir, o abandonar a sus aliados. De una u otra manera, Medio Oriente deberá lidiar con las consecuencias de la ‘pequeña excursión’ de Trump en los próximos años” (“With a whimper”, TE 9494, 11-4-26).

Israel busca tapar con éxitos militares un fracaso estratégico mayor

Como vimos, hay un consenso generalizado en que la guerra con Irán es un error monumental de Trump y EEUU. Menos atención recibe, sin embargo, el hecho de que algo similar (y también algo más) puede decirse de la política de Netanyahu e Israel en el conflicto, y no sólo porque, luego de atraer o seducir a Trump para intervenir en Irán, ahora está fuera de la mesa de las decisiones. Hay riesgos estratégicos y hasta existenciales más profundos en juego.

Los propios amigos de Israel están preocupados por lo que consideran un error estratégico crucial de Netanyahu que pone en cuestión, en cierto modo, toda la política exterior tradicional del estado sionista. “Israel ha abandonado una doctrina de seguridad nacional de larga data que favorecía guerras cortas y decisivas. (…) Trump se cansó de lo interminable de las guerras de Israel y de la disrupción que causan. Es posible que el presidente de EEUU reconozca lo que Israel –tanto el gobierno como la mayoría de sus ciudadanos– se niegan a aceptar: que las guerras actuales de Israel son fracasos. (…) Inspirada por Ben Gurion. la doctrina de seguridad nacional israelí fue formulada alrededor de tres conceptos en hebreo: harta’a (disuasión), hatra’a (advertencia temprana) y hachra’a (acción decisiva). La esencia de la doctrina era que un país pequeño de escasa población en una región hostil no podía darse el lujo de ir a la guerra con frecuencia. (…) Israel no puede apoyarse sólo en su ejército, decía Ben Gurion (…); Israel necesitaba alianzas y legitimidad internacional para asegurar su futuro. (…) La devastación de Gaza (…) ha erosionado en gran medida el apoyo y la legitimidad internacional de Israel incluso entre sus aliados” (“A new way of war”, TE 9496, 25-4-26).

Sucede que, inmersa en una burbuja de odio racial, militarismo expansionista y supremacismo judío cada vez más asfixiantes, buen parte de la sociedad israelí ni siquiera registra, o parece no importarle, esa pérdida de aprobación en el exterior, y en particular en lo que fue siempre el sostén principal de Israel: el consenso bipartidista en el establishment (y en la sociedad) de EEUU al sionismo como proyecto y como aliado.

La cada vez más derechizada sociedad israelí es un factor ultrarreaccionario en la ecuación política de Medio Oriente. A principios de marzo, el 81% de los israelíes apoyaba la guerra contra Irán, aunque sólo el 38% expresaba confianza en Netanyahu. El desarrollo de la guerra ha mellado en parte ese consenso, pero partiendo de niveles muy altos: el respaldo cayó a fines de marzo al 68%. Pero no hay que engañarse: esas cifras no indican que casi un tercio de la población pretenda la convivencia pacífica con los vecinos, sino, en su mayor parte, que tienen diferencias esencialmente tácticas respecto de la conducción militar de Netanyahu, incluso criticándolo por derecha. En esto, la “opinión pública” israelí está en su amplia mayoría ganada para la mirada del fanatismo sionista, lo que abre un divorcio creciente, o más bien un abismo, con la percepción del resto del planeta.

Una medida de esa distancia y de esa “disonancia política” la dan las “explicaciones” no ya de Netanyahu sino de uno de sus principales opositores supuestamente “moderados” y “centristas”, Yair Lapid. En una columna reciente Lapid hace la absurda analogía entre una “Al Qaeda con armas nucleares en 2001”, que, afirma, sin duda las habría usado, y el régimen iraní. De allí pasa al disparate de “siguiendo exactamente la misma lógica, si el régimen iraní consigue armas nucleares, las usará; (…) ésa es la naturaleza del régimen”. Por eso, “sostengo al gobierno y las operaciones en Irán. (…) Todo Israel está unido frente a la amenaza iraní, sosteniendo a nuestros soldados y pilotos, y unido en la gratitud al presidente Donald Trump por el inusual coraje y liderazgo que ha demostrado. En este tema no hay oposición ni coalición. En todos mis años en política, no recuerdo semejante consenso [en la sociedad israelí] sobre ningún otro tema” (TE 9489, 7-3-26).

No hace falta decir que las “amenazas” tras las que se escuda este cómplice del genocidio no se apoyan sobre ninguna base real. Incluso si tomamos como de quien viene la afirmación de Trump tras los ataques a Irán de junio de 2025 de que el programa nuclear iraní había sido completamente “aniquilado” (obliterated), la ya más seria Defence Intelligence Agency informaba que Irán estaba a al menos diez años de poder fabricar misiles balísticos intercontinentales (suponiendo que se lo propusiera).

En este marco, y mientras el foco de la guerra está puesto en Irán, el Golfo y el estrecho de Ormuz, Israel continúa con su ofensiva colonizadora tanto en Gaza como en Cisjordania y, sobre todo, en el sur del Líbano.

En el caso de Cisjordania, tanto el ministro de Finanzas Bezalel Smotrich como el jefe de la policía y líder del partido Poder Judío, Ben Gvir, le han pedido reiteradas veces a Netanyahu que anexe formalmente el territorio entero y termine con la farsa de la “gestión conjunta”. Aunque la idea tiene por ahora el veto de Trump, la anexión está teniendo lugar de hecho, y de manera sangrienta: ya son más los palestinos muertos en Cisjordania que las víctimas israelíes de la incursión de Hamas el 7 de octubre de 2023. Mientras tanto, recrudece la campaña violenta e intimidatoria de los colonos para desalojar a la población palestina.

En Gaza, la “línea amarilla” divide el territorio prácticamente en dos mitades, quedando la parte costera del lado “palestino” (en realidad, ni la ayuda, ni los suministros civiles ni las decisiones tienen lugar sin la aprobación de Israel). Y los asesinatos a la población civil nunca han cesado y son un goteo incesante.

En tanto, en el Líbano parece confirmarse la intención de Israel de ocupar de manera permanente todo el territorio al sur del río Litani, cerca del 10% de la superficie total del país, a la vez que los civiles desplazados superan el millón de personas, la quinta parte de la población. La excusa de “erradicar a Hezbolá” tiene por ahora la complicidad o anuencia del gobierno libanés, que ha declarado ilegal la actividad de esa organización. El nivel brutal de violencia israelí está generando por ahora una fractura mayor entre la población cristiana –que en muchos casos se niega siquiera a acoger a los refugiados musulmanes por miedo a los bombardeos– y la población del sur, de mayoría chiíta. El resultado bien podría ser, sin embargo, que Hezbolá termine erigiéndose en líder y símbolo de la resistencia a esta nueva ocupación israelí, que viola cualquier norma imaginable del derecho internacional.

Todo esto parece estar dando una imagen victoriosa de las fuerzas de ocupación israelíes, y como tales son saludadas por la mayoría de los medios de comunicación, partidos políticos y ciudadanos del estado sionista. Pero detrás de esa aparente marcha arrolladora se ocultan contradicciones que no tardarán en aflorar: “El ejército israelí está sobreextendido en cuatro frentes [Líbano, Siria, Gaza y Cisjordania]. (…) Pese a todos los éxitos operativos de corto plazo, no está claro qué beneficios puede acarrear la prolongación de estos conflictos, y los costos se acumulan. La forma en que Israel conduce estas guerras se ha vuelto sangrienta e ineficaz. (…) Las tácticas que ha utilizado desde [octubre de 2023] causaron muchos miles de muertes injustificadas y siguen causando sufrimiento a millones de civiles desplazados de sus hogares. A pesar de años de combate. Israel no ha logrado eliminar las amenazas en sus fronteras. Tanto Hamas como Hezbolá, aunque debilitados, mantienen su influencia. Para complicar estos fracasos humanitarios y militares, están los estratégicos. (…) La abrumadora superioridad militar no es una solución en sí misma. Una consecuencia es que muchos que simpatizaban con Israel en las democracias del resto del mundo, es especial en Europa y EEUU, se hacen cada vez más hostiles a él. Esto es obra, en gran medida, de Netanyahu. (…) Pero pocos [dentro de Israel] parecen dispuestos a preguntarse si Israel tiene que combatir todas estas guerras de manera tan extendida o tan cruel. Las principales figuras de la oposición no ofrecen alternativa atractiva” (“The price of forever wars”; TE 9496, 25-4-26).

Como vemos, entonces, no se trata de que la política exterior de Israel esté “secuestrada” por un líder afín a Trump como Netanyahu –mirada que defienden sectores “moderados” del sionismo–, sino, también aquí, de una mirada que permea a buena parte de la sociedad israelí: según Dan Meridor, un ex ministro del partido Likud de Netanyahu que en 2006 estuvo a cargo de revisar la doctrina de seguridad nacional israelí, “la ciudadanía israelí no quiere escuchar que simplemente no se puede destruir a Hamas o Hezbolá, o derrocar el régimen de un país como Irán. (…) Lo que quieren oír es que el IDF [ejército israelí] es omnipotente. Pero mientras los objetivos sean poco realistas y las únicas soluciones sean exclusivamente militares, estamos condenados a fracasar”. Y, en el mismo sentido, el ex embajador israelí en Alemania Jeremy Issacharoff sostiene que las guerras de Netanyahu “se estiran sin claros resultados ni propósitos diplomáticos” (ídem).

 

2.2 El modelo económico del Golfo Pérsico, en riesgo

 

Los dos países más importantes y poderosos del CCG, Arabia Saudita y los Emiratos, tienen en común una estrategia económica –inaugurada por los segundos– que consiste en preparar una inserción global que no dependa exclusiva ni fundamentalmente de la producción y exportación de hidrocarburos. La idea central es la diversificación de sectores, dándole prioridad en primera instancia al turismo, el comercio, y las finanzas, y últimamente ambos apuestan fuerte por la tecnología informática (con centro en la IA) y satelital, llegado el caso con aplicaciones militares.

Esto se ve reflejado en la inversión en infraestructura como el aeropuerto de Dubai, uno de los tres de mayor tránsito del mundo y el principal de la región, ligado al desarrollo de dos líneas aéreas de bandera de importante peso comercial y otras formas de “poder blando” (compañías como Ettihad y Emirates son sponsors, por ejemplo, de varios de los principales equipos de fútbol y eventos deportivos del planeta; Qatar organizó la última Copa del Mundo de fútbol). Empresas como Dubai Ports (DP) tienen una cartera de inversiones en infraestructura que exceden largamente la región y están entre las principales compañías logísticas de África.

Arabia Saudita no quiso quedar por detrás de Abu Dhabi y Dubai en la erección de edificios gigantescos de superlujo y proyectos faraónicos de infraestructura como Neom, una ciudad futurista con forma de línea recta en pleno desierto. Los fondos soberanos de Emiratos y en particular el de Arabia Saudita, el Public Investment Fund, con activos por casi un billón de dólares, son actores de primera importancia en el mundo financiero.

Toda esta proyección de “marca país” y construcción de imagen más allá del petróleo se basaba en premisas geopolíticas muy claras: en una de las regiones históricamente más inseguras y convulsivas del planeta, los Emiratos y Qatar primero, y más tardíamente Arabia Saudita, querían presentarse como oasis de tranquilidad, estabilidad para las inversiones –también las financieras: las monedas del Golfo tienen un tipo de cambio invariable desde hace décadas–, infraestructura moderna (el Metro de Dubai fue considerado casi futurista en su inauguración hace menos de dos décadas) y atractivos especiales para inversores y “expatriados” (la versión “rica y blanca” de los inmigrantes). Entre ellos, complejos habitacionales y hoteleros de lujo, shopping centers gigantescos y un entorno cultural “Western friendly”, con discretas venias para consumir alcohol en países muy ortodoxos en su versión del Islam.

Para tener una idea, la “modernización y occidentalización” de Arabia Saudita son muy recientes, motorizadas por el príncipe heredero –y gobernante de facto, dada la mala salud de su padre– Mohammad Bin Salman. Entre las asombrosas “novedades” introducidas por MBS, como se lo conoce, como parte del proyecto estratégico “Visión 2030”, aparece la revocación de la potestad de la policía religiosa para detener gente en la calle (2016), la reapertura de los cines después de cuatro décadas (2018) y el permiso de conducir para mujeres (2019), seguida de la aprobación de visas de turismo (antes, las únicas que se emitían eran exclusivamente para musulmanes en peregrinación a La Meca). De esta manera, aunque muy tardíamente, el país más grande, rico y poblado de la región entró en el mapa del turismo internacional, con 30 millones de visitas en 2024.[3]

Además de un imán para grandes inversores –incluidos muchos de dudosa reputación como lavadores de dinero, contrabandistas de alto rango y funcionarios corruptos caídos en desgracia en su país de origen, pero a los que no se les hacían muchas preguntas–, el modelo requería de ingentes masas de mano de obra barata inmigrante. Así, más de la mitad de la población total del CCG nació en el extranjero, y los inmigrantes representan casi el 90% de la población de los Emiratos y de Qatar. En su amplia mayoría, provienen del subcontinente indio –India, Pakistán, Bangladesh, Nepal–, de los países árabes del Magreb africano y de otros países asiáticos como Filipinas. Esta marea policroma contribuye decisivamente a dar a los países del Golfo un perfil globalizado, cosmopolita y multicultural que es uno de sus grandes atractivos, especialmente cuando aparecían como libres de los riesgos geopolíticos tradicionales de la región.[4]

Es precisamente esta imagen casi idílica la que se ha mellado de manera acaso irreparable con el comienzo de la guerra en Irán. Los países del CCG han sufrido daños reales por parte de los misiles y drones iraníes. En algunos casos, ese daño es a la infraestructura de explotación, procesamiento y logística de hidrocarburos, como la planta de gas qatarí de Ras Laffan, refinerías de petróleo en Abu Dhabi y Bahrein y un puerto en Omán. Pero, sin duda alguna, el perjuicio mayor ha sido al corazón del “modelo de negocios” y la “marca país” de los miembros del CCG.

Por ejemplo, los daños al aeropuerto de Dubai no fueron considerables en términos materiales, pero la reputación de Dubai como destino turístico, centro de negocios, sede de expatriados de lujo y nudo de transporte aeronáutico será mucho más difícil de reparar. Los vuelos comerciales se interrumpieron durante días de manera total y desde hace semanas funcionan con esquemas reducidos en frecuencias (y muchos aviones llegan prácticamente vacíos). Sólo en concepto de reducción de ingresos por viajes y turismo, los países del Golfo están perdiendo 500 millones de dólares diarios.

Por lo pronto, aunque no es masivo aún, ha empezado un éxodo de inmigrantes (el 90% de la población de los Emiratos). Quizá más preocupante sea la cantidad de inmigrantes que deciden no entrar: la cantidad de bengalíes que recibieron permiso de entrada al Golfo para trabajar cayó de 92.000 en marzo de 2025 a 31.000 en marzo de este año. Este derrumbe no se debió, claro está, a restricciones migratorias de los países del CCG, sino a que faltaban voluntarios en el país emisor, desalentados por la guerra, el frenazo económico y las dificultades de transporte.

Algunas empresas ya decidieron que en estas condiciones lo más sensato es abandonar la región como sede de negocios. Y las que se quedan ya deben factorear el seguro de riesgo político en su ecuación financiera. En suma, el hecho de haber sido arrastrados, por primera vez en su historia reciente, a un conflicto bélico directo, no sólo es un momento traumático sino que pone a las monarquías de la región de cara a un abismo que nunca habrían pensado tener que contemplar: el de una amenaza existencial a su proyecto de país y a su estrategia de inserción económica global.

 

Una amenaza en común ¿y un futuro en común?

 

En las décadas anteriores, los seis países del CCG –Arabia Saudita, Emiratos Árabes, Qatar, Kuwait, Bahrein y Omán–, todos sunitas, tenían entre mala y muy mala relación con Irán; eso no significa que se llevaran siempre muy bien entre ellos. Qatar y los Emiratos tuvieron suspendidas sus relaciones bilaterales durante años, en razón de las simpatías y antipatías, respectivamente, que ambos profesan por el Islam político; los Emiratos fueron aliados de Arabia Saudita en los primeros años de su campaña contra los hutíes chiítas de Yemen, pero luego se retiraron en medio de acerbas recriminaciones mutuas. La ecuménica amenaza de los drones iraníes ha logrado el regreso de cierto frente común en el CCG, pero su continuidad es difícil de asegurar.

Hoy, el principal temor en las monarquías del Golfo es que el fin del conflicto deje al régimen iraní dañado pero en pie. Eso genera divisiones: mientras que los halcones proponen sumarse a EEUU sin más, otros temen que eso deje a los países del Golfo como traidores que, para colmo, podrían perfectamente ser traicionados por su socio mayor si Trump, con su volubilidad característica, decide de pronto armar las valijas y abandonar la región (y al CCG) a su suerte.

Algo similar, con otros aditamentos, sucede en la relación con Israel, ya de por sí delicada para estos países árabes que no movieron un dedo por Palestina. Algo que enfureció a los emires fue una campaña de Israel anunciando que los Emiratos habían atacado una planta de desalinización iraní (entre otras cosas, un crimen de guerra) y que Qatar había atacado objetivos en Irán. Ambos países denunciaron las fake news, que tenían el evidente objetivo de arrastrar a Emiratos y a Qatar a un punto de no retorno con Irán a partir de supuestos hechos consumados.

Así, los países del CCG enfrentan, como vimos, el dilema de no poder confiar en nadie: ni en EEUU, aliado que les ha costado ser el blanco del fuego iraní; ni en Israel, con quien venían tejiendo trabajosamente lazos de cooperación cuya conveniencia está ahora en duda; ni en el régimen iraní, con el cual también se estaba desarrollando un deshielo tras décadas de resentimientos.

Por otro lado, como vimos, no hay homogeneidad entre los propios miembros del CCG, cuya unidad ante la adversidad esconde grietas que el conflicto se encargó de reabrir, y ni siquiera en el frente interno de cada país. Un ejemplo es que uno de los magnates más poderosos de los Emiratos, Jalaf al-Habtur, criticó a EEUU y su decisión de ir a la guerra como perjudiciales para el CCG, en un posteo con millones de reproducciones en las redes. Luego debió eliminarlo, pero el caso expresa un matiz histórico entre Abu Dhabi, el emirato más rico y capital del país, que suele tener una política exterior más agresiva, y Dubai, que como centro comercial y turístico se inclina por una mayor neutralidad. Para no hablar de Bahrein, donde la elite gobernante es sunita pero la mayoría de la población es chiíta (como la mayoría de los iraníes): se conocieron videos donde los propios habitantes de Bahrein festejaban los ataques iraníes al país.

Es sabido que los dos países más importantes del CCG, Arabia Saudita y los Emiratos, tienen serias aspiraciones a potencias regionales; en particular, los Emiratos tienen una proyección de política exterior en el continente africano que los hace intervenir como actores con peso propio en función de lo que consideran intereses estratégicos, como la seguridad del Mar Rojo (pese a que ninguno de los siete emiratos es ribereño de ese conducto hacia el canal de Suez).[5] Esto introduce elementos adicionales de potencial fricción, en la medida en que sus intervenciones fuera de la región afectan sus relaciones con potencias regionales (los chispazos entre Emiratos y Turquía por Sudán y Libia) o globales (vía los vínculos comerciales entre China, África y los Emiratos). La guerra y el escenario de posguerra pondrán a prueba hasta qué punto los vínculos históricos, culturales y regionales de ambos vecinos son compatibles con intereses que empiezan, crecientemente, a mostrar divergencias.

2.3 Irán: un régimen en la cornisa

Para entender en qué situación quedó o puede quedar el régimen iraní, hay que considerar al menos tres planos en la guerra: el operacional militar, el político y el económico. En lo militar, Irán ha quedado seriamente limitado, ya que perdió casi la totalidad de su armada y de su fuerza aérea –que no eran muy de temer de todos modos–; sin embargo, el carácter asimétrico de la guerra hace que Irán pueda sostener su capacidad de daño basándose en una también menguada estructura de lanzamiento de misiles y drones. Y, sobre todo, la mera supervivencia es para el régimen iraní ya una victoria no sólo política sino incluso militar.

La guerra económica es aún más asimétrica y en la que, paradójicamente, Irán lleva más ventaja por su posibilidad estratégica de cerrar el estrecho de Ormuz, por donde pasa el 20% del transporte marítimo de petróleo y de gas natural del planeta. La redescubierta capacidad de Irán para la disrupción de la economía mundial vía el cierre del estrecho de Ormuz abre la posibilidad para el país persa de una negociación casi desde una posición de fuerza.

Una de las razones clave para la decisión de Trump de bloquear por cuenta y orden de EEUU el estrecho de Ormuz es que Irán, pese a su inferioridad militar, estaba ganando con comodidad la guerra económica. El volumen de exportaciones de hidrocarburos iraníes (unos 2,6 millones de barriles diarios, de los cuales 1,6 millones eran de crudo) era igual o superior al del año pasado, obviamente sin guerra. Y con precios mucho más altos que alimentaban directamente las arcas del Estado vía la Compañía Nacional Iraní de Petróleo y otras instituciones muy ligadas al CGRI.

Por eso, pese a los reveses militares, la llave del estrecho es una palanca tan poderosa que Irán podría incluso obtener algo mejor que un simple retorno al statu quo previo al 28 de febrero. En la agenda de negociación iraní está el levantamiento de las sanciones, la retirada de EEUU de algunas de sus bases, el compromiso de EEUU de controlar a Israel y la cuestión, que merece tratamiento aparte, de los programas nuclear y balístico.

Una parte central del inicio de la guerra, en la visión de Israel (sobre todo) y de EEUU, era descabezar el régimen con el asesinato de varias de sus figuras más prominentes, incluyendo el líder supremo Ali Jamenei. Pero, contra las expectativas de los agresores, el régimen no implosionó, ni hubo disrupción de la estructura de la toma de decisiones.

Es verdad que Mojtaba Jamenei no tiene ni por asomo la misma autoridad religiosa que su padre. No es un ayatola, sino un clérigo de rango medio. Su verdadera influencia reside en sus lazos con el Cuerpo de Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), aunque su paradero actual es un misterio y abundan los rumores sobre que fue herido –quizá de gravedad– en el mismo ataque que mató a su padre Ali Jamenei, a su madre, a su esposa, a su hermana y a su hijo.

En un sentido fáctico, e irónico, el “cambio de régimen” en Irán ya ha tenido lugar: el poder político ya no está siquiera formalmente en manos de una teocracia, sino de algo parecido a un régimen de junta militar al estilo Pakistán, Egipto, Myanmar o Tailandia entre 2014 y 2019. El líder supremo Ali Jamenei era tal por su condición de ayatola; su hijo Mojtaba –más allá de los rumores sobre su salud, o incluso sobre su vida– comparte el apellido pero no la autoridad religiosa ni política de su progenitor. Hoy, la institución que concentra las decisiones políticas y militares, sin contrapeso religioso, es el CGRI.

Dicho esto, la diferencia con los regímenes habituales de juntas militares es que no hay ni un líder excluyente ni un comando político-militar altamente centralizado; más bien al contrario. En realidad, es posible que el nivel de descentralización del CGRI haya contribuido a la capacidad de resistencia del régimen (contra las esperanzas de los estrategas israelíes y yanquis). En cuanto a las posibilidades de un alzamiento popular contra el régimen, parece claro que mientras se mantengan las hostilidades serán menores que antes de la guerra.

Además, el régimen refuerza el control y la represión sobre la población. Una medida brutal es la cuasi total desconexión a Internet que operó el gobierno iraní. Pero a diferencia del apagón total de ocasiones anteriores, ahora se implementó una red local cerrada, la Red de Información Nacional, que evita la disrupción del corte total de Internet pero mantiene el acceso totalmente controlado. Toda conexión a Internet debe pasar por esa red, y la autorización para empresas y particulares está, como era de esperar, sujeta a los controles más estrictos. Desde ya, cualquier intento de burlar la medida –por ejemplo, usando terminales satelitales de Starlink– es ilegal, técnicamente complejo y además muy caro. Salvo excepciones, el grueso de la población sólo tiene en el mejor de los casos un acceso a Internet para fines puramente operativos, sin posibilidad de entrar a medios o plataformas internacionales.

Estas restricciones se suman a las dificultades mismas de la supervivencia cotidiana, que sacan de foco a quienes quieran manifestar su descontento. También es un factor inhibidor de las protestas como las que pusieron al régimen contra las cuerdas a principios de año el hecho de que los ataques de EEUU e Israel generan cierta galvanización natural alrededor de las autoridades de la resistencia, y les confieren mayor legitimidad. Asimismo, el régimen parece evitar medidas inútilmente irritativas. Por ejemplo, se ha vuelto común ver presentadoras de televisión que no usan el velo, algo nada habitual antes de la guerra, y en una manifestación reciente una mujer conducía los cánticos, cuando durante décadas fue tabú que una mujer cantara sola en público delante de hombres (y sin velo, también). Lo que es otro elemento que remite al debilitamiento del ala teocrática en el funcionamiento y administración del Estado iraní.

Sin embargo, la descentralización oculta mal las disputas internas, donde se distinguen al menos dos facciones claras. Una es el ala “pragmática” y nacionalista (no islamista) que representan el vocero del Parlamento Mohammad Bagher Ghalibaf y el canciller Abbas Araghchi (y que probablemente tengan detrás parte del aparato militar del CGRI). Para este sector Realpolitiker, la meta debe ser negociar el fin de las sanciones, conseguir garantías contra futuros ataques y llegar a un acuerdo de seguridad con los países del Golfo; en ese marco, el programa nuclear, el control de Ormuz y el destino de sus aliados y proxies en Líbano, Palestina, Siria, Irak y Yemen[6] son moneda de cambio, no estrategia. En cambia, para el ala más islamista e “ideológica”, el sostén a los aliados regionales, seguir el programa nuclear hasta conseguir la bomba y usar el estrecho de Ormuz como peaje petrolero internacional son banderas no negociables. No es de extrañar que, según trascendidos, los anfitriones pakistaníes hayan pasado más tiempo calmando las rencillas internas de la (extrañamente nutrida) delegación iraní que oficiando de puente con los diplomáticos de EEUU.[7]

De modo que ante la alternativa de tener que negociar con el actual gobierno iraní, EEUU no termina de tener claro quiénes están realmente al mando, y qué nivel de profundidad tienen los matices y divisiones al interior del CGRI. Es paradójico que si la idea de la diplomacia yanqui era buscar una figura del régimen que pudiera cumplir un papel análogo al de Delcy Rodríguez, haya sido la misma ola de asesinatos la que se haya encargado de hacer inviable el plan. Uno de los candidatos a una eventual “segunda República Islámica” con un perfil más pragmático y abierto a una negociación con EEUU era Ali Larijani, ex vocero parlamentario y ministro de Cultura, vinculado a los tres sectores importantes del régimen iraní: los clérigos, el CGRI y la burocracia estatal. Sigue habiendo personajes que expresan el ala “pragmática” y la “línea dura”.

Del otro lado, la pretensión de EEUU de elevar la figura del repulsivo hijo del sha, Reza Pahlavi, como potencial líder de la oposición “pro occidental” al régimen quedó en serios problemas. El nivel de cipayismo de Pahlavi y sus festejos desmedidos por los bombardeos yanquis mientras morían civiles de a cientos por día cayeron tan mal que hasta sus propios seguidores y patrocinadores le aconsejaron que saliera de escena por un tiempo.

Un parámetro de ese rápido deterioro de imagen lo da la diáspora iraní, que los medios occidentales presentaron al comienzo de la guerra como respaldando con entusiasmo los bombardeos, el curso de la guerra ha cambiado mucho el tono. Las manifestaciones que se veían en Londres, Los Angeles o Toronto con banderas iraníes de la era del sha Pahlavi, de EEUU y de Israel han hecho, en casi todos los casos, mutis por el foro.

Lo cual tiene lógica cuando se recuerdan atrocidades como el bombardeo de la escuela en Minab que dejó 160 niñas asesinadas, o las repugnantes declaraciones de Reza Pahlavi calificando los bombardeos como “humanitarios” y derramando lágrimas por los (muy pocos) soldados estadounidenses caídos en combate pero ninguno por los más de 2.000 civiles iraníes muertos en “daños colaterales”. Ahora, organizaciones de iraníes que en su amplia mayoría son opositoras del régimen, como el Iran Freedom Congress, toman distancia de Israel y EEUU, denuncian los ataques a instalaciones civiles y recuerdan que el cambio de régimen debe ser un resultado de la acción de los iraníes y no de ninguna nación extranjera. Hay menos banderas monárquicas y más republicanas, kurdas y beluchis (“Not in my name”, TE 9493, 4-4-26).

En resumen, no hay oposición “liberal” o “pro occidental” unificada y organizada, ni dentro del país ni en el exilio. El descontento con el régimen sin duda se mantiene, pero en estado larvado bajo la doble tenaza de lo duro de la represión interna y la continuidad de la amenaza yanqui, máxime cuando ni siquiera antes de la guerra la organización de la protesta era demasiado orgánica.

Dicho esto, otra de las paradojas del régimen iraní es que los beneficios políticos que le otorga la continuidad del conflicto pueden convertirse en lo contrario si hay un fin de las hostilidades relativamente estable y controlado. Las ventajas de la descentralización se podrían convertir en un problema y en una fuente de rencillas internas al CGRI. El daño a la infraestructura al país no hará más que agravar una situación de penuria económica y social que ya había motorizado las protestas más grandes contra el régimen desde 1979. Las tendencias centrífugas de minorías separatistas pueden exacerbarse. Un escenario estilo Iraq o Siria de estado fallido, caótico y en guerra civil, con la integridad territorial comprometida, no está para nada fuera de la agenda.

En este marco, el frente interno iraní es, o debería ser, materia de preocupación incluso para EEUU. Casi el 40% de los 90 millones de iraníes pertenece a alguna etnia no persa (árabes, azeríes, kurdos, beluchis), muchas de ellas con viejos reclamos de autonomía y en algunos casos con conatos de resistencia armada. Un derrumbe desordenado del régimen, lejos de acercar a Irán a Occidente bajo la égida del ultra cipayo Mohamed Pahlevi, podría abrir la puerta a un escenario de larga guerra civil al estilo de Irak post caída de Saddam Husseim o de Siria bajo Bashar Al Asad.

Una negociación empantanada y con parámetros opacos

A esta altura, posiblemente el punto más controversial de la negociación en Pakistán o cualquier otra termine siendo la cuestión del uranio iraní y su programa nuclear. Las opciones son múltiples, y el erratismo de Trump y su equipo, lógicamente, no ayuda nada a quienes pretenden trazar escenarios de salida. EEUU propuso, alternativamente y sin un criterio claro, desde que Irán entregue a una autoridad internacional fuera del país su uranio enriquecido, luego de diluirlo, hasta que renuncie a todo enriquecimiento de uranio de ahora en más. Luego empezó a hablarse de una moratoria por tiempo limitado, que para EEUU debería ser por un mínimo de 20 años y para Irán por un máximo de cinco. Pero hay halcones y palomas en ambos bandos, y todo dependerá también de las novedades en el campo militar… y en el económico.

En todo caso, si todo termina en un acuerdo, éste sin duda será peor que el firmado por Obama y las otras cuatro principales potencias imperialistas con Irán, entre otras cosas porque en el tiempo transcurrido los ingenieros persas no sólo consiguieron estar en el umbral de material fisionable para fabricar bombas nucleares (entre diez y veinte), sino porque, como admitió el director de la Agencia Internacional de Energía Atómica, el argentino Rafael Grossi, ya consiguieron el know how del enriquecimiento de uranio, y “lo que se aprendió no se puede desaprender”.

Los negociadores iraníes, por su parte, a sabiendas de que la cuestión del uranio no deja mucho margen a EEUU, también están preocupados por el aspecto económico de un eventual acuerdo, empezando por el levantamiento de las sanciones. Y no sólo las primarias (contra empresas de EEUU que tengan relaciones económicas con Irán), sino también las secundarias, esto es, las que afectan a terceros países. Dicho esto, según un ex oficial de inteligencia israelí, Danny Citrinowicz, Irán parece preferir la guerra antes que un acuerdo demasiado malo: “Irán es como un jugador de póquer que no sólo cubre la apuesta sino que la sube”, grafica (“Shooting for peace”, TE 9495, 18-4-26).

Hay una paradoja problemática en la autopercepción de ambos protagonistas del conflicto de su propia situación: mientras la delegación iraní cree que puede poner el fin del bloqueo yanqui a los puertos como condición para simplemente iniciar las conversaciones, Trump cree que el bloqueo es tan eficaz que Irán está desesperado por negociar. El resultado es un empantanamiento de las negociaciones, o su postergación sine die, mientras cada bando cree que el tiempo juega a su favor. Como observa melancólicamente el Economist, “es difícil terminar una guerra cuando cada uno de los bandos cree estar ganando. (…) Esto no es sostenible. En algún momento o EEUU o Irán se tentarán con romper el impasse reanudando la guerra. Pero eso sólo va a empeorar el daño a la economía. (…) Con temor a las consecuencias, Trump parece renuente a reanudar el combate. Irán también preferiría evitar más destrucción. La lógica indicaría que deben encontrar un compromiso a mitad de camino que no los deje mal parados. Pero en la guerra, la lógica rara vez es la vencedora” (“No war, but no shipping” TE 9496, 25-4-26). Razón de más, por si hacía falta, para dejar abiertos los posibles desenlaces de una guerra que plantea, si cabe, más incertidumbres y vectores de imprevisibilidad de lo habitual.


[1] En este tema como en otros –la anuencia a que los dueños chinos de TikTok sigan en posiciones claves en la versión yanqui de la plataforma a cambio de una “tarifa tremenda”, o el permiso a Nvidia para que le venda a China chips de última generación a cambio de un 25% para el fisco yanqui– “Trump ofrece la lógica de un gángster, no de un planificador: mientras nos quedemos con una parte del negocio, ¿qué importa?” (“Paper Leviathan”, TE 9496, 25-4-26).

[2] Además, está claro que en cierto estadio del conflicto los intereses reales de Israel y EEUU pueden ser divergentes: que Israel no quiere el fin de la guerra se hizo especialmente evidente cuando, apenas horas después de que Trump anunciara el cese de fuego, Netanyahu ordenó redoblar la ofensiva en el Líbano con la nada disimulada intención de provocar a Irán para hacer caer el acuerdo.

[3] Un ejecutivo bancario árabe cuenta que en los años 90, mientras trabajaba en Riyadh, la capital saudita, debió enviar a su hija de 9 años a estudiar a Dubai porque las escuelas de Arabia prohibían la educación física para niñas… (Ali Shihabi, “How MBS transformed Suadi Arabia over a decade”, times.com, 8-9-2025).

[4] La contracara de esta “apertura al mundo” son las condiciones pavorosas de trabajo y de residencia que deben soportar los trabajadores inmigrantes: sin ciudadanía, sin permiso de residencia permanente, sometidos a los caprichos del empleador que, al retener sus pasaportes, es el dueño de la vida y la libertad de sus trabajadores, para ni hablar de jornadas de trabajado eternas y condiciones de seguridad tan precarias que generaron el escándalo de las muertes por accidentes de trabajo durante las obras de construcción de los estadios del mundial de Qatar. Con todo, los sueldos en moneda dura son tan superiores a las cifras paupérrimas que recibirían en sus países de origen –donde, por otro lado, las condiciones de trabajo tampoco serían mucho mejores– que muchos inmigrantes aceptan todo sin chistar. Claro que la comparación del nivel de vida de los trabajadores no debería hacerse sólo con el que tendrían en su país natal sino con el tremendo contraste entre esas condiciones y la imagen hiperglamorosa de Dubai, Doha o Abu Dhabi.

[5] Eso explica, por ejemplo, el serio involucramiento de los Emiratos en la guerra civil en Sudán, donde apoya a las Fuerzas de Apoyo Rápido (sigla inglesa RSF) del caudillo Muhammad Hamdan Dagalo (Hemedti). Oficialmente los emiratíes niegan el vínculo actual (ahora aceptan que lo hubo en el pasado). Lo cual es lógico si se tienen en cuenta las gravísimas acusaciones de limpieza étnica que pesan sobre las RSF, en un país de 50 millones de habitantes de los cuales 33 millones requieren asistencia, 19 millones enfrentan una hambruna inminente y hay 14 millones de desplazados. Pero en las circunstancias actuales, difícilmente Trump ejerza presión sobre los Emiratos para que dejen de hacer la vista gorda sobre los turbios negocios de Hemedti, que incluyen contrabando de oro y contratación de mercenarios colombianos, entre otras lindezas.

[6] No queda claro si Irán no juega la carta de los hutíes de Yemen porque quiere reservarla para más tarde o porque la relación con los chiítas yemeníes no es todo lo aceitada que parecía. En todo caso, el estrecho del otro extremo del Mar Arábigo, el de Bab-el-Mandeb, es la mitad de angosto que el estrecho de Ormuz y acaso más vulnerable. Cabe recordar que durante el ataque genocida de Israel a Gaza los hutíes lograron prácticamente cerrar el tránsito en el Mar Rojo, dejando operacionalmente inútil el canal de Suez.

[7] En ese sentido, y por una vez, no faltaba del todo a la verdad Trump al justificar la demora en la continuidad de las conversaciones en Islamabad en que el gobierno iraní estaba “seriamente fracturado” y sencillamente no sabían bien quién tenía autoridad para negociar qué. Dicho esto, otra razón importante del estancamiento de las negociaciones es, como señalamos, que ninguno de los dos bandos parece tener mayor apuro, esperando que el costo mayor lo termine pagando el otro.

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