1- La guerra en el Golfo y el (des)orden global

Impacto, lecciones y perspectivas (provisorias) de la tercera guerra del Golfo.

1.1 Una sacudida en las relaciones geopolíticas globales

Crisis en la relación EEUU-Europa y en la OTAN

En el marco de la continuidad de la puja por la hegemonía global con China, para Trump y EEUU la guerra redefine en parte las relaciones con los “aliados occidentales” (la Unión Europea y el Reino Unido, en primer lugar), así como con los de Medio Oriente y de Lejano Oriente. Ese cambio implica alejarse más y más del lugar de hegemón de aliados con los que establece un vínculo basado en la reciprocidad del paraguas protector, de un lado, y la colaboración subordinada, del otro. Ni uno ni la otra pueden darse por sentados en el escenario global que se abre. Más bien, lo que se consolida es el recelo, la desconfianza y la ausencia de compromisos clave que, en cierto modo, “liberan” a ambas partes y hacen su relación más frágil, más “transaccional” y sujeta a criterios de interés nacional que eran los que la alianza anterior quería, en principio, poner en segundo plano.

Tanto EEUU como sus aliados europeos perciben que hay a la vez menos compromisos firmes y menos ataduras. Y eso va a tener consecuencias tanto a nivel de las estrategias de seguridad nacional como en la posibilidad de respuestas conjuntas ante situaciones como la guerra en Irán.

Esa mayor labilidad en las relaciones se expresa también, cómo no, en una relativa menor hipocresía en cuanto a los supuestos “valores comunes” subyacentes a la alianza. En este punto sobran muestras de que estamos entrando a un mundo con otras reglas a las que rigieron tanto durante la Guerra Fría como durante el “interregno unipolar” desde la caída del Muro de Berlín hasta, digamos, la pandemia. No hablemos ya de Trump: los propios líderes de la Unión Europea, supuestamente el último bastión del “orden basado en reglas”, se suben al bando del “pragmatismo transaccional” que caracteriza a Trump (y a Xi Jinping, de paso).

Un ejemplo palmario son las expresiones del canciller alemán, Friedrich Merz, vertidas el 1º de marzo, al comienzo de la guerra. Consideró que, dado que el Irán del asesinado Ali Jamenei era un “régimen del terror”, no había motivo para “cuestionar la legalidad” de los ataques contra el ayatola y buena parte de los altos mandos iraníes. Merz aceptó que “el cambio de régimen es un riesgo”, pero de todos modos advirtió que Alemania no criticaría a EEUU e Israel.

No es de extrañar: ya Merz había dicho en ocasión de los –completamente ilegales desde el punto de vista del “derecho internacional”– ataques de EEUU e Israel contra Irán de junio de 2025 que había que agradecer a Israel por “hacer el trabajo sucio para el mundo”. En consecuencia, señaló en marzo, “no es momento de dar lecciones de moral a nuestros socios y aliados. Pese a nuestras reservas, compartimos muchos de sus objetivos, que no somos capaces de lograr por nuestra cuenta”. Es difícil concebir un cinismo mayor de parte de quien conduce los destinos de la principal potencia económica de la “democrática y liberal” Europa.

El resto de “Occidente” no se diferenció demasiado de esta canallada más que en las formas. El presidente francés Macron, que al principio expresó “preocupación” y sugirió una reunión del Consejo de Seguridad de la ONU, rápidamente se sumó al consenso y, junto con el Reino Unido y Alemania, se comprometió a colaborar en la destrucción de los misiles y drones iraníes.[1] En la misma sintonía fueron las declaraciones de los demás países desarrollados anglófonos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda.

Nadie parece preocuparse de la gravedad de los precedentes que se están dejando en cuanto a los procedimientos aceptables y legales en el terreno de las relaciones entre estados. Si este “vale casi todo” se consolida, no queda claro con qué argumento intelectual, moral, legal o político podría EEUU, o cualquier otro, oponerse a que China, por ejemplo, declarando que un partido ganador de las elecciones de Taiwán es “separatista e ilegal”, ejecute un operativo de secuestro (a lo Maduro) o de asesinato (a lo Jamenei) de sus líderes.

En realidad, es casi comprensible que Macron haya declinado recurrir al Consejo de Seguridad de la ONU, en la medida en que se trata de una institución cada vez más inane e irrelevante. Aquí también se hace patente el cambio de época: aun siendo el líder mundial y policía global indiscutido –o precisamente por eso–, George W. Bush, tal como lo hiciera su padre en 1991, buscó el respaldo y la anuencia de la ONU para su intervención en Irak y Afganistán, en una coalición de 41 países.

Hoy, mueve casi a la carcajada imaginarse a Trump teniendo la más mínima preocupación en ese sentido; Trump ni siquiera juzgó necesario consultar, mucho menos buscar consenso, entre los propios miembros de la OTAN, una alianza militar liderada por EEUU. Es verdad que el destrato a los aliados por parte de Trump se combina con la incoherencia: luego de burlarse de la debilidad de los miembros europeos de la OTAN, de amenazar con apoderarse de Groenlandia y de no hacer la menor consulta al resto de la alianza, se quejó amargamente de que los países europeos no corrieron en su auxilio en cuanto EEUU lo pidió… sólo para tuitear al día siguiente que “¡no los necesitamos!”

En este mundo más feroz y menos sujeto a la Convención de Ginebra y demás tratados internacionales, es comprensible que sea EEUU el que adopte las formas brutales de Israel, cuando la dinámica del período anterior era que EEUU se encargaba de restringir los arrebatos ilegales del estado sionista. Así, “cuando EEUU e Israel atacaron en conjunto a Irán el 28 de febrero, elementos clave de la operación reflejaron una lógica israelí, empezando por el asesinato de líderes iraníes. Esto marca un cambio para EEUU” (“Trump’s war, Netanyahu’s rules”, TE 9489, 7-3-26). Por ende, y como reconoce con resignación el columnista geopolítico del Economist, “está tomando forma un orden global donde el derecho lo da la fuerza [might-makes-right], un orden donde Trump y Netanyahu se mueven con toda soltura. La mayoría de los aliados occidentales nunca deseó este mundo. Ahora que está llegando, tendrán que adaptarse a sus reglas” (ídem). Obsérvese: “adaptarse” a esa ley del más fuerte, no cuestionarla –aunque nunca la hayan “deseado”– desde una cándida defensa de los “valores occidentales”. El pragmatismo invade también a las tribunas del “orden liberal basado en reglas”…

En este marco, el daño a la alianza militar más poderosa de la historia, la OTAN, es tan profundo que roza lo existencial. El manejo arrogante y caprichoso de Trump, que contrasta brutalmente con la construcción de consensos políticos y militares de las dos guerras del Golfo anteriores, ha dejado a la OTAN en el estado de “muerte cerebral” que Macron denunciaba, con exageración, en 2017. “Europa (…) correctamente, consideró la campaña de Irán como apresurada y peligrosamente vaga. En eso, los gobiernos reflejaban la opinión de los votantes, que temían verse envueltos en una guerra por la cual no fueron consultados y que desaprueban. (…) Así, hasta los atlantistas más sinceros deben prepararse para lo peor. La terrible verdad es que si Europa se ve amenazada, la seguridad nacional ya no puede basarse sobre el supuesto de que EEUU va a ‘estar ahí para ayudar’. El artículo 5 de la OTAN, que define un ataque a uno de sus miembros como un ataque a todos, no está muerto, pero su efecto disuasivo, la convicción de sus adversarios de que los aliados van a actuar juntos, es más débil que en ningún otro momento de los 77 años de historia de la alianza. (…) Europa tampoco puede consolarse pensando que la irritación de Trump se va a disipar. Marco Rubio, su secretario de Estado, marcó un nuevo punto bajo al cuestionar también él el valor de la membresía. Y el próximo presidente puede estar de acuerdo con ellos” (“The transatlantic divorce”, TE 9494, 11-4-26).

En otro de sus memorables tuits, Trump adjudicó las grietas en la OTAN por su renuencia a ceder Groenlandia a EEUU: “No quieren dárnosla. Y yo digo: bye, bye” (6 de abril). El secretario de Estado Marco Rubio, una semana antes, había calificado a la OTAN de “calle de una sola dirección” (en el sentido de que todo lo debía hacer EEUU solo) y advirtió que terminada la guerra con Irán EEUU iba a “reexaminar la relación”. En verdad, desde cualquier ángulo que se lo mire, es muy comprensible la afirmación del Departamento de Estado de que el “aliado modelo” de EEUU no es ningún miembro de la OTAN sino Israel, lugar que supieron ocupar los británicos.

Es sabido que Italia, Francia y España se negaron a permitir el uso de bases y/o espacio aéreo para aviones con destino al Golfo (el Reino Unido inicialmente también, pero luego cedió con la condición de que el material se usara de forma “defensiva, no ofensiva”). También rechazaron el envío de buques de guerra; Francia, que envió aviones para ayudar a la defensa contra los drones, rechazó todo intento de reabrir el estrecho de Ormuz por la fuerza. Demasiado poca buena voluntad para la impaciencia de Trump, que le dio infinitos rapapolvos a la OTAN (“cuando los necesitamos, no están”, fue lo más suave que se le escuchó).

El problema para la Trump es que la moderada renuencia de los líderes europeos es el reflejo distorsionado de un nada moderado giro antiyanqui en la opinión pública europea. Una encuesta del conocido portal Politico difundida en marzo –las cifras actuales será sin duda peores conforme el conflicto se mantenga– revela que en los países más importantes de la UE (Francia, Alemania, Italia y España, además de Polonia y Bélgica), sólo el 12% de los consultados veía a EEUU como un aliado cercano, mientras que el 36% (¡el triple!) lo consideraba más bien como una amenaza (por comparación, China era visto como una amenaza sólo por el 29% en los seis países). Como observa un analista británico, “la alianza atlántica presupone el consenso no sólo de la Casa Blanca, sino de los pueblos de Europa” (Patrick Wintour, “Is Iran Trump’s Suez crisis”, The Guardian Weekly, 17-4-26)

Nadie (ni Trump) sabe lo que hará Trump con la alianza durante y sobre todo después de la guerra. Declararla muerta y retirarse no es la única opción: una variante más moderada –pero en el fondo casi igual de letal para la seguridad europea– sería retirar tropas y/o equipamiento de las bases en suelo europeo, o incluso retirar al comandante general militar de la OTAN, que por tradición es siempre estadounidense. Una cosa es segura: el destino y supervivencia de la OTAN están bajo el signo de interrogación más grande de su historia.[2]

Los aliados orientales de EEUU titubean; China vela las armas

Además de las consecuencias económicas de la guerra, que trataremos más abajo, los principales aliados asiáticos de EEUU –Japón, Corea del Sur, Australia, Filipinas y Tailandia– se ven en la obligación de repensar su estrategia de seguridad ante la posibilidad nada descabellada de que Trump los abandone o los deslice al último lugar de la lista de prioridades. Por otro lado, no quieren inmiscuirse en una guerra que, si ya en EEUU no es popular, en esos países lo es aún menos: el 80% de los japoneses, por ejemplo, se opone.

El dilema para ellos es que, después de haber invertido millonadas –más aún luego de las reconvenciones de Trump por, supuestamente, ahorrar en gasto de defensa–, no es seguro que EEUU vaya a proveer la asistencia militar estratégica prometida. Por ejemplo, para Corea del Sur el sistema de defensa antimisiles THAAD, desplegado en 2017, es crucial ante la amenaza de su vecino del norte. Pero los redespliegues de portaaviones, equipos y tropas en función de las necesidades de la guerra en el Golfo generan cuestionamientos cada vez más profundas sobre la posibilidad de conformar un escudo de defensa alternativo al de un aliado que exige mucho, da poco y para colmo parte de ese poco lo retira cuando tiene otras urgencias.

Mientras tanto, la ubicación de China, comprador de más del 80% del crudo que exporta Irán (aunque eso representa no más del 10% de las importaciones de petróleo del gigante asiático), es por ahora de cauto optimismo. Por supuesto, no puede sino disfrutar de las contradicciones permanentes y los desaguisados de Trump, pero, contra lo que algunos creen, en Beijing hay cierta inquietud por un desenlace demasiado desordenado. Una de las tantas asimetrías del conflicto es que China es mucho más importante para Irán que Irán para China. Y quizá lo que más preocupa al gigante asiático es que el saldo de la contienda sea un levantamiento del tabú de las armas nucleares para quienes hoy carecen de ellas, con la consiguiente carrera por la bomba no sólo en Medio Oriente sino en Lejano Oriente, con Japón y Corea del Sur en primera fila.

Desde el punto de vista económico, hay países de la región donde China tiene más intereses que en Irán, como Arabia Saudita y los Emiratos, ambos aliados de EEUU y víctimas de los ataques iraníes. Con este panorama, “todo contribuye a un enfoque nada sentimental de China. No va a abandonar a Irán como socio. Pero puede que no le importe mucho si a su frente siguen los clérigos o si otro grupo, salido quizá del Cuerpo de Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), ocupa su lugar. Lo que a China le importa más son sus intereses en Medio Oriente. Si las acciones de EEUU dan como saldo un gobierno iraní que renuncie a las armas nucleares, tanto mejor. (…) Y si EEUU finalmente levanta las sanciones contra Irán, el precedente de Irak es instructivo: cuando comience la reconstrucción, las compañías chinas, con su experiencia en infraestructura, tecnología y comercio, van a tener su oportunidad” (“An ice-cold calculus over Iran”, TE 9489, 7-3-26).

Por otro lado, todo lo que sea distraer a EEUU de la confrontación en Mar de China Meridional, más aún si implica divisiones en Occidente, pérdida de prestigio y consenso de EEUU y, no menor, un desgaste militar importante que no puede revertirse en cuestión de meses sino de años será bienvenido por la jerarquía del PCCh. Si el enemigo estratégico se mete en problemas solo, no hay ninguna razón para ayudarlo…

1.2 Economía de guerra: disrupción en commodities, más inflación, menos crecimiento

La interrupción del comercio marítimo que entra y sale del Golfo Pérsico ha dado lugar, ante todo, a una crisis en el mercado global de energía no vista desde los 70. Según la Agencia Internacional de Energía, la guerra ya está creando “la mayor disrupción de suministro de la historia del mercado de petróleo”. El precio del crudo y del gas se llevan, en principio, las portadas de todos los análisis económicos, pero el impacto de la guerra no se limita a los hidrocarburos, sino que rebota sobre la producción de alimentos por la vía de insumos básicos para el agro, como los fertilizantes, y sobre muchos otros rubros industriales. El conjunto redunda en una sacudida de la economía mundial, que ahora espera mayor inflación y menor crecimiento para este año, además de problemas no ya de precio sino de aprovisionamiento en muchos países asiáticos, y presión sobre el balance fiscal sobre los países emergentes.

La economía mundial es una de las primeras víctimas de la guerra EEUU-Irán, incluso antes de y sin tener en cuenta el bloqueo (iraní, estadounidense o de ambos) al estrecho de Ormuz. La lista de commodities afectados es inmensa y no se limita a los hidrocarburos. Pero la disrupción de los mercados de petróleo y gas está, lógicamente, en el primer plano. No es exagerado decir que “más allá de lo que pase, el mundo está entrando en una nueva era de inseguridad energética” (“An attack on the world economy”, TE 9490, 14-3-26).

Esa inseguridad, desde ya, no es sólo económica, sino geopolítica: “Incluso cuando la guerra termine, el mundo habrá cambiado. (…) Mojtaba Jamenei ahora sabe que el precio de la energía es un flanco débil de EEUU. (…) La disrupción en los mercados de energía va a ir al compás de las tensiones geopolíticas, especialmente si Irán saca la conclusión de que necesita armas nucleares para su seguridad. Tal es la nueva realidad en la que deberán actuar ahora los inversores, las empresas y los políticos. (…) Pero incluso si los gobiernos aciertan con sus políticas, ya está quedando claro que la guerra dejará una economía mundial menos próspera, más volátil y más difícil de gestionar” (ídem).

El desbarajuste energético y los precios rehenes de las perturbaciones geopolíticas ya están forzando a muchos gobiernos a tomar o al menos considerar medidas preventivas, desde la ampliación (o creación, donde no las había) de las capacidades de almacenamiento de reservas de petróleo y gas hasta formas de proteccionismo energético, subsidios y asistencia fiscal para atenuar el efecto de las subas de precios sobre la población.

El actual bloqueo de hidrocarburos equivale al doble de la disrupción de la oferta que en la crisis del petróleo en los años 70. Se disparan los precios de fertilizantes, nitrógeno, amoníaco, azufre, urea y otros insumos esenciales para muchas industrias y, sobre todo, para el agro. Es verdad que el estrecho de Ormuz no es el mayor cuello de botella del comercio marítimo del planeta, título que se lleva el estrecho de Malaca (Malasia-Indonesia-Singapur). Pero el 22% de la urea, el 24% del aluminio, el 26% de los diamantes de uso industrial, el 26% del glicol (para pinturas), el 30% del metanol (esencial para la fabricación de ciertos plásticos), el 33% del helio y el 45% del azufre que se comercian globalmente deben pasar por el Golfo. La lista de cadenas de producción y suministros afectadas por el bloqueo de Ormuz es prácticamente interminable.

Los más de 700 barcos varados en el Golfo deben sumarse al recorte de la producción y distribución. No son sólo demoras –que en el caso de Europa pueden ser de cuatro a seis semanas– para recibir la carga, sino un problema de oferta puro: la sexta parte de la mayor planta de GNL del planeta, la de Ras Laffan, en Qatar, quedó inoperable tras un ataque iraní; las reparaciones podrían llevar entre tres y cinco años.

No tiene sentido hacerse ilusiones sobre la posibilidad de hacer un by pass al estrecho de Ormuz. Es cierto que Arabia Saudita y los Emiratos tienen posibilidad de desviar parte importante de su producción –entre un tercio y la mitad–, vía oleoductos, a puertos sobre el Mar Rojo y el Mar Arábigo, respectivamente. Pero eso sólo aminora el problema sin resolverlo, y los mismos oleoductos pueden ser un factor de vulnerabilidad.

Por lo tanto, el FMI ya ha alertado que los gobiernos del mundo deben prepararse para lo “impensable”, según Kristalina Georgieva. El daño a la economía mundial en parte ya está hecho y en parte es incierto, según lo que suceda con las hostilidades y la reapertura o no del estrecho de Ormuz. Sin duda, el impacto es y será muy desigual, tanto por regiones como por sectores económicos. Pero es casi seguro que los ganadores serán muy pocos.

Las economías asiáticas y emergentes son las más expuestas: en 2025 Asia absorbió el 87% del crudo y el 86% del GNL que pasaron por el estrecho de Ormuz. Qatar representa el 30% de las importaciones de gas natural licuado (GNL) de China, el 45% de las de India y el 90% de las de Pakistán. Pero a pesar de ser la mayor importadora por volumen, China no será la más castigada en lo inmediato. Puede amortiguar el golpe en función de varios factores: la diversificación de proveedores, la magnitud de sus reservas tanto de crudo como de gas y los controles de precios, que evitarán un shock inflacionario que ya se está notando en otras economías de la región.

Corea del Sur, Japón y la India ya anunciaron que recurrirán a medidas que incluyen subsidios, topes de precios y protección de mercados para limitar el daño a empresas y consumidores. Pero el espacio fiscal que tienen los estados para reducir la cuenta energética es muy desparejo: mientras India se prepara para aumentar su ya abultado presupuesto de subsidios, países como Filipinas o Bangladesh ya debieron recurrir a medidas de racionamiento. No se trata sólo de los hidrocarburos: muchas importaciones de origen agrícola se harán más caras. Y el frenazo económico en los países del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) puede afectar una fuente importante de divisas de varios países asiáticos: las remesas de los trabajadores que migraron al Golfo y que serán afectadas por la pérdida de empleos. Por ejemplo, en el turismo, que representa el 12% del PBI de los Emiratos y que ha quedado reducido prácticamente a cero desde el inicio del conflicto. Para países como Pakistán, la disrupción económica se traduce en problema fiscal: las remesas de sus inmigrantes en el exterior equivalen al 10% del PBI, y la mitad de esos inmigrantes están radicados en países del Golfo, sobre todo Arabia Saudita y los Emiratos.

Los países asiáticos son también los más dependientes del gas del Golfo (Qatar, sobre todo, que representa por sí solo un quinto del GNL global). Y, por razones técnicas –el gas licuado debe mantenerse a temperaturas de 160º bajo cero–, las reservas de GNL son mucho más limitadas que las de petróleo crudo: Corea del Sur, la economía más “holgada” en ese sentido, tenía a mediados de marzo 52 días de reservas de gas; Japón, 20, Taiwán, 11, y la India, apenas 5-6 días. Todos esos países ya están implementando alguna forma de racionamiento. También aquí, el único proveedor que podría tallar –aunque sin llegar a tapar el agujero que deja Qatar– es Rusia. Pero es sabido que los gasoductos que conectan a Rusia con Europa están bajo sanciones de la UE, y reanudar suministros de gasoductos en desuso es una pesadilla tanto logística como geopolítica.

Tomando en cuenta todos estos elementos, “un conflicto de dos meses de duración puede causar una contracción del PBI de dos dígitos en Bahrein, Qatar y Kuwait, del 8% en los Emiratos y del 5% en Arabia Saudita, según estimaciones de Goldman Sachs” (“Epic consequences”, TE 9490, 14-3-26).

Ante este panorama, la Agencia Internacional de Energía, fundada en 1974 a instancias de la crisis petrolera de los 70 y a la que pertenecen 32 países, decidió, a diez días de empezada la guerra, vender 400 millones de barriles de sus reservas de crudo, un tercio del total. Es la mayor liberación de reservas de la historia de la AIE, que se corresponde con el hecho de que el cierre del estrecho de Ormuz es el mayor shock de oferta de petróleo de la historia. El director de la mayor compañía petrolera del planeta, Saudi Aramco, ya habla de “consecuencias catastróficas” si la guerra se extiende en el tiempo.

Las cifras en juego son ciclópeas en todos los terrenos. Las mega aseguradoras, acostumbradas a lidiar con desastres de magnitud colosal, se ven totalmente desbordadas: aunque la Development Finance Corporation reservó 20.000 millones de dólares para pérdidas por los barcos atrapados en el Golfo, la JP Morgan estima que harán falta 350.000 millones para cubrir las pérdidas sólo de los buques petroleros varados en el Golfo, cifra que excede completamente los márgenes de actuación de la DFC.

El bloqueo del estrecho genera tal shock de demanda que EEUU debió conceder a India un permiso de 30 días para comprar 140 millones de barriles de crudo ruso, en contradicción con todas las sanciones impuestas desde el inicio de la guerra en Ucrania. Además, India es el segundo importador de GNL del Golfo después de China. La falta de stock obliga al racionamiento, y mientras tanto el tubo de gas para hogares (en India casi no hay tendido de red de gas) no se consigue, salvo en el mercado negro, donde vale cuatro veces más que precio oficial regulado.

Para los países asiáticos, las consecuencias económicas más problemáticas como consecuencia de la guerra son tres, en estrecha interconexión: el aumento de los precios del combustible, el aumento del déficit fiscal (en parte, para amortiguar la cuenta energética para los hogares y empresas) y la suba de la inflación, no sólo en energía sino, cada vez más, en alimentos.

Una continuidad del cierre del estrecho de Ormuz, por lo demás, generaría un problema no ya de precios sino de suministro mismo, lo que explica los racionamientos en áreas tan diversas como horarios de oficina (Filipinas), crematorios (India) y vuelos internacionales (Nueva Zelanda y Filipinas). A diferencia de otros países que podrían intentar tapar el agujero petrolero y de gas con energías renovables, en Asia es de esperar un retorno a la fuente de energía tradicionalmente más abundante: el carbón. Y, por supuesto, los pruritos ideológicos y las presiones de EEUU para no comprar petróleo ruso, en este contexto, serán lujos que los países asiáticos no podrán darse. La guerra en Ucrania está mucho más lejos en el tiempo, en el espacio y en las prioridades que las restricciones que impone la guerra en Irán.

Por su parte, la estrategia china en lo que hace a la cadena de suministros es conocida: lograr la autosuficiencia. Lo que no equivale exactamente a la autarquía aislacionista (meta utópica en el capitalismo globalizado actual), sino más bien a una reducción de vulnerabilidades mediante una dispersión del riesgo. Esto incluye desde la mayor diversificación posible de proveedores (sea de commodities o de chips de alta tecnología) hasta, en el caso de la energía, la acumulación de robustos stocks de reservas y la ampliación de las posibilidades de energías alternativas. Esta política discreta resulta tan realista que empieza a ser vista casi como modelo, tanto por potencias europeas como por grandes empresas occidentales.

Por otro lado, la dirigencia china, habitualmente renuente a estímulos estatales que les resultan sospechosos –vaya con los “comunistas” enemigos furiosos del Estado de bienestar–, podría tener que recurrir a ellos si la guerra y la disrupción continúan. A diferencia de la mayoría de los países de la región, margen fiscal no le falta.

Mientras tanto, varios gobiernos de las potencias capitalistas ya están implementando vías de protección contra el shock de precios de energía. Las recetas van desde impuestos a las ganancias extraordinarias de las empresas del sector (propuesta del Partido Demócrata yanqui) hasta subsidios (Japón, Reino Unido), precios máximos (Corea del Sur) o reducciones de impuestos temporarios (Italia, España). Pero la dimensión del impacto y el limitado margen fiscal incluso en la UE –que viene de un esfuerzo especial, primero con la pandemia y luego con el “blindaje energético” tras el comienzo de la guerra en Ucrania– hacen que muy probablemente no haya escapatoria a una suba sostenida del costo de la energía para vehículos y hogares, y mucho más si el conflicto no se resuelve en pocas semanas.

Así las cosas, no son pocos los que empiezan a ver con buenos ojos un reacercamiento a Rusia, aunque más no fuera que por razones de force majeure. Una medida de la renovada grieta europea respecto de la política a seguir con Rusia de cara a la crisis energética fueron las declaraciones del primer ministro belga, Bart De Weber, advirtiendo que “la UE necesita normalizar relaciones con Rusia y recuperar el acceso a la energía barata”. No sólo para los países asiáticos el Golfo Pérsico está más cerca que Ucrania; para algunos países europeos parece que también…

Por último, pero no en importancia, hay que tomar nota de un tema que aunque está fuera de las portadas de los diarios y de las páginas de análisis financiero del impacto de la guerra, podría significar lo que el Economist llama “una tragedia en cámara lenta” por la disrupción de los mercados y precios de los alimentos. Ya la guerra en Ucrania se calcula que dejó más muertos en los “países emergentes” por el daño alimentario de los que hubo en el propio campo de batalla. Según el World Food Programme de la ONU, si para mediados de año el estrecho de Ormuz sigue cerrado, la cantidad de personas en situación alimentaria crítica podría pasar a nivel global de 300 a 345 millones de personas. Esto se debe a que el hemisferio norte y parte de África están en época de siembra, pero si los fertilizantes no pueden salir del Golfo, la producción de alimentos caerá y su precio subirá, con el saldo social señalado. E incluso si la guerra terminara ahora, buena parte del daño ya está hecho: Michael Werz, del think tank Council on Foreign Relations, llama a esta situación “una máquina de generar hambrunas en cámara lenta” y además extendidas geográficamente, por oposición a las hambrunas convencionales que son fulminantes y localizadas (“Farm alarm”, TE 9495, 18-4-26).

1.3 Se sigue reconfigurando el mapa de técnicas y tácticas militares

La tercera guerra del Golfo confirma y profundiza tendencias ya esbozadas desde la guerra en Ucrania, como la centralidad de los drones en las “guerras asimétricas”, la deshumanización de la toma de decisiones, la normalización del recurso al terrorismo de Estado y la violación sistemática de las “reglas” de posguerra (aunque esto últimamente, claro está, no es estrictamente una novedad). Otro elemento a tener en cuenta es la hipótesis de que esta gigantesca “distracción” de EEUU en una región que tenía pensado –y había prometido– dejar en segundo plano abra una ventana de oportunidad para las aspiraciones de China respecto de la “reunificación” con Taiwán.

Esto debe entenderse en el marco de que, como señalaron casi todos los observadores, EEUU está librando una guerra sin estrategia clara. Si el objetivo de la guerra era arrasar la capacidad militar general iraní, está ampliamente cumplido. Pero si los objetivos eran el cambio de régimen en Irán, asegurar la paz en Medio Oriente y cerrar el camino a Irán para que se transforme en potencia nuclear, la guerra ha sido hasta ahora un rotundo fracaso. Y también ha revelado debilidades insospechadas para muchos, como la incapacidad de su industria militar para reaprovisionar con la rapidez suficiente las municiones gastadas, o su vulnerabilidad en una guerra asimétrica contra un rival de armamento mucho más limitado en volumen y sofisticación.

La guerra en el Golfo está dejando una lección militar que recuerda la guerra de Ucrania: el poder aparentemente omnímodo de los grandes ejércitos tiene entre sus puntos débiles la necesidad de reponer las municiones y el material táctico más importante, como en este caso los interceptores de misiles y drones.

No se trata sólo del costo económico, aunque sólo reponer las municiones gastadas en los primeros cuatro días superaría los 20.000 millones de dólares. Más preocupante para el poderío militar yanqui es la tasa de desgaste de los misiles de intercepción THAAD, de los cuales ya se habían usado la cuarta parte del stock para defender a Israel el año pasado y que no reciben remesas nuevas desde 2023. Algo análogo pasa con los misiles Tomahawk: mientras que al inicio de la guerra se lanzaron más de 300, el presupuesto de este año preveía incorporar sólo 57.

En 40 días de guerra, EEUU agotó casi la mitad de sus municiones totales de defensa aérea de alto calibre (las más caras). Y a esto hay que agregar los problemas de la cadena de suministros, un cuello de botella para una industria como la armamentística, que durante décadas se manejó sin urgencias y con plazos de entrega que podían estirarse a lo largo de años.

Eso explica que esté en curso un cambio drástico en las reglas, perfil de proveedores y tipo de equipamiento que definen la relación entre el Estado yanqui y las empresas de armas. Las grandes compañías como RX (ex Raytheon) o Lockheed Martin estaban habituadas a proveer material bélico “tradicional” con largos plazos de aprobación de contratos y aún más largos plazos de entrega, algo totalmente inadecuado para operaciones bélicas en curso.

El recurso a los drones y otros dispositivos autónomos sin personal humano dentro (y a veces ni siquiera operándolos desde fuera) ya es cada vez más parte del paisaje armamentístico desde el comienzo de la guerra en Ucrania. En este plano, asoman como novedad las compañías llamadas “neo-primes” como Space X (de Elon Musk, especializada en redes satelitales), Palantir (de Peter Thiel, proveedora de software para sistemas de inteligencia) y Anduril (de Brian Schimpf, dedicada a la producción de drones y artillería anti drones).

Las dos últimas –además de sus nombres tomados de la saga El Señor de los anillos de J.R.R. Tolkien– comparten la flexibilidad, capacidad de innovación y respuesta rápida y, sobre todo, por poner en el centro de los equipamientos que fabrican el uso de software, inteligencia artificial y equipos mucho más baratos, ligeros y adaptables.

El ejército yanqui y el israelí usan herramientas de IA como Maven para “apoyo de decisiones militares” con el objeto de convertir el mando militar en una “ciencia predictiva, con ayuda de sistemas”. En particular Israel ha dado amplia autonomía a esos sistemas que identifican blancos y crean bases de datos para eventuales ataques. Pero la posibilidad de un exceso de autonomía preocupa no sólo a las propias empresas creadoras de esos programas (aunque por ahora más a Anthropic, que tuvo choques con la Casa Blanca por el tema, que con Palantir, la diseñadora de Maven), sino a oficiales de la OTAN, que se preguntan si no se está cerca de una “pérdida de control humano”. La cuestión de la “reevaluación de blancos” que no se actualiza con la precisión y velocidad necesarias estuvo, según una fuente oficial citada por el New York Times, detrás del infame ataque a una escuela de niñas en Minab, Irán, que dejó casi 180 muertos, en su mayoría alumnas de la escuela.

En contraste, las armas y equipos convencionales, que siguen siendo irreemplazables, muestran el costado negativo de su lentitud de aprovisionamiento y manejo. Por ejemplo, mantener los portaaviones en acción y cerca del Golfo durante tanto tiempo también tiene un costo material, logístico y operativo. El Gerald Ford sufrió un incendio accidental de 30 horas y el mantenimiento se resiente en el equipo y el personal. El despliegue militar es una manta corta: lo que se pone en funciones en una región debilita las posiciones en otra, algo que China tiene muy presente. Según Tom Karako, un especialista del think tank CSIS, de Washington, “la escala del gasto reciente de municiones y la degradación de las capacidades de defensa antimisiles bien pueden recortar la capacidad disuasiva en el Pacífico por el resto de la década” (“Fire-retardant spray”, TE 9491, 21-3-26).

Aquí es donde talla el aspecto asimétrico del uso de artillería y misiles. La asimetría es en primer lugar económica: usar interceptores que valen millones de dólares para frenar drones de unos pocos miles le da ventaja al vado más débil. Pero también tiene un costado militar: mientras que los misiles caros y poderosos deben ser utilizados con criterio para no malgastar preciosos recursos, Irán –como también Ucrania en su guerra con Rusia– puede lanzar enjambres de drones baratos apostando a la fuerza estadística del número: aunque la mayoría sea destruidos, los pocos que se filtren pueden generar daños significativos. Es lo que ocurrió, por ejemplo, con varias bases estadounidenses en la región y con blancos económicos o logísticos en los países del Golfo.

En efecto, aun con toda la superioridad militar de EEUU –aérea, naval, tecnológica y de artillería–, Irán se las ha ingeniado para hacerle pagar un precio sorprendentemente caro en instalaciones de bases, radares de detección de misiles y aeronaves. No en gran cantidad, pero sí en costo absoluto y en stock, ya que en el caso de los aviones -radares E-3 AWACS, perder uno solo es una baja considerable, ya que existen sólo 16. De allí que “las pérdidas planteen interrogantes sobre si EEUU no ha sido complaciente en materia de protección de instalaciones y equipos valiosos, y si no cabe la posibilidad de que Rusia o China estén proveyendo información a Irán” (“Defending the base”, TE 9493, 4-4-26).

Ayuda poco a la causa imperialista que Trump se maneje con tan poca seriedad en la comunicación de los hechos de guerra. Sin contar los bombardeos de junio del año pasado, y tomando sólo desde el comienzo de la guerra, el 28 de febrero, Trump anunció no menos de cuatro veces el triunfo concluyente sobre Irán… que misteriosamente volvía a transformarse en amenaza días u hora después. Y no es sólo Trump el afecto a anunciar victorias arrolladoras que luego no se verifican: después de los bombardeos a Irán en junio de 2025, Netanyahu se jactó de haber “eliminado dos amenazas existenciales para Israel”, a saber, su capacidad misilística y su programa nuclear. Pero los muertos que matan Trump y Netanyahu suelen gozar de buena salud.

Las fantasiosas estimaciones israelíes sobre la inutilización de tres cuartas partes de la capacidad misilística iraní en el ataque de junio de 2025 fueron, como es de esperar, exageradas y desmentidas por los hechos. Es cierto que la cantidad de misiles lanzados por Irán se redujo drásticamente a partir de la segunda semana del conflicto. Pero no hay una sola lectura posible de ese hecho. La realidad es que nadie puede saber si esa capacidad está efectivamente tan limitada o si, aunque indudablemente disminuida, el ejército iraní mantiene en reserva cierta cantidad esperando el momento –no tan lejano– en que las defensas antimisiles de EEUU, Israel y los países del Golfo estén casi agotadas.

En cuanto al programa nuclear iraní, y su peso como amenaza potencial y herramienta de negociación, dependen en primer lugar de un stock de unos 400 kilos de uranio enriquecido al 60% bajo la forma de un compuesto gaseoso, el hexafluoruro de uranio (UF6). Todo el stock entra en unos 20 recipientes del tamaño de un tubo de oxígeno para buceo. Los estrategas de EEUU se rompieron y se rompen la cabeza buscando cómo diseñar operativos rápidos, a cargo de comandos especializados, para la localización e incautación del uranio. Pero no es fácil pasar de la fantasía hollywoodense a la realidad sobre el terreno. La búsqueda de esa aguja en un pajar de decenas de miles de kilómetros cuadrados no puede hacerse de manera fulminante y discreta, al estilo del secuestro de Maduro. Los obstáculos logísticos y técnicos, por no hablar de los militares, hacen de la operación una quimera a menos que, como dijo un ex jefe militar de la OTAN, Trump esté dispuesto a “esencialmente, convertir a esa parte de Irán, por un tiempo, en territorio estadounidense” (“Only the mission matters”, TE 9490, 14-3-26). Y eso no puede hacerse sin una invasión terrestre a gran escala, que involucre decenas de miles de soldados. Sólo un Trump increíblemente desesperado se atrevería a una apuesta de ese calibre.

Sucede que desde el punto de vista geográfico-militar, el estrecho es inconquistable. Con 54 km de ancho en el punto más angosto y rodeado de montañas de ambas riberas, no hay forma de ocupar sus costas ni de evitar que Irán lance una lluvia de drones o misiles desde casi cualquier parte de su territorio. Otra cosa es la factibilidad militar del bloqueo yanqui al estrecho, que no ofrece mayores obstáculos para la flota más poderosa del mundo. Pero, de nuevo, la cuestión aquí es quién tiene mayor –o más larga, lo que es lo mismo– resistencia a la disrupción económica: una economía como la iraní, acostumbrada al aislamiento relativo, o los mercados globales de energía y otros commodities.

Otra alternativa que se barajó, se descartó y –según la marcha de los acontecimientos– podría ponerse de nuevo sobre la mesa es la isla de Kharg, casi en el otro extremo del Golfo, por donde se carga el 90% del petróleo iraní, y por la cual Trump tiene verdadera obsesión. Al comienzo de la guerra EEUU bombardeó instalaciones militares en la isla, pero dejó intactas las terminales de carga. Según Trump, por “razones de decencia” (!); es obvio que tenía en mente una eventual ocupación de Kharg. Pero esa operación, que militarmente no revestiría mayor dificultad dada la abrumadora superioridad naval y aérea de EEUU, se puede convertir rápidamente en una pesadilla logística si la idea es mantener la ocupación. Por eso, Trump se decidió por afectar las exportaciones de crudo iraní por una vía más simple y expeditiva: hacer su propio bloqueo de los puertos iraníes y el estrecho de Ormuz.

En otro orden, digamos que una de las marcas de agua de la administración Trump es su perfecto desdén por las normas legales de guerra que en otras épocas, con las licencias del caso, solían respetarse. Ni Trump ni su equipo muestran la menor consideración por ellas, en lo que, en otro contexto, sería considerado una incitación abierta a perpetrar crímenes de guerra. El ministro de Defensa (autodenominado “de Guerra”, nomenclatura inédita desde la Segunda Guerra Mundial para cualquier país), el ex columnista de Fox News Pete Hegseth, dejó muy claro que le interesa priorizar la “letalidad” por sobre la “tibia legalidad”. Prácticamente eliminó el presupuesto del Pentágono para minimizar daños a civiles, incluyendo los equipos legales que podrían llegar a limitar decisiones militares invocando reglas de guerra y tratados que Hegseth despreció explícitamente como “reglas estúpidas”. También se encargó de echar a varios generales de altísimo rango sin ninguna justificación más que su fanatismo por la “batalla cultural” (una mujer, un afroamericano, uno que se atrevió a formular reservas sobre pasar por encima de las reglas de combate en áreas civiles). Ni hablar del criterio abiertamente medieval de Hegseth de “sin cuartel y sin misericordia” contra enemigos incapaces de combatir. En eso, no hace más que seguir la “filosofía” de Trump: “Las reglas son para los perdedores”, lo que significa no que las reglas sólo se aplican contra los perdedores sino que la mera creencia de que deban existir reglas implica sacar patente de perdedor.

Precisamente como parte de la circunstancia de una guerra entre estados donde no está muy claro cuáles “reglas de combate” siguen vigentes y cuáles no es que ambos bandos han tenido pocos pruritos en atacar infraestructura civil. Trump dijo con la soltura de cuerpo que lo caracteriza que “las plantas desalinizadoras, las centrales de generación de energía, serían muy fáciles de atacar”, aunque aclaró, sin mucha convicción, que “odiaría” hacerlo. Dadas las características geográficas de la región, las plantas desalinizadoras para proveer y almacenar agua con cruciales para los países del Golfo: representan el 90% del agua potable de Qatar, Bahrein, Omán y Kuwait, el 70% de Arabia Saudita y el 40% de los Emiratos; en Irán la cifra es menor, pero el agua no sobra: un tercio de su población sufre de escasez de agua. El agua de Riyadh, la capital saudita, depende en un 90% de una sola planta desalinizadora.

La idea es tan bestial que varios legisladores demócratas llamaron a los mandos militares a desobedecer ese tipo de órdenes, completamente ilegales y que constituirían crímenes de guerra ante cualquier tribunal de EEUU o del extranjero. No obstante, no suele pasar que militares de alto rango de EEUU (o de Israel, que es directamente responsable de genocidio, ya no de crímenes de guerra) sean acusados con éxito de violar las cada vez más tenues reglas del “derecho internacional de guerra”. Y aparentemente ha habido ataques contra instalaciones de ese tipo, un crimen de guerra que parecen haber perpetrado tanto EEUU (en la isla iraní de Qeshm) como Irán (en Bahrein).

¿Una oportunidad para China?

Es un lugar común de los think tanks geopolíticos la referencia a la meta de Xi Jinping de la “unificación” de China y Taiwán para 2027. Algunos se apresuran a señalar que el redespliegue de “activos militares” yanquis desde el Pacífico al Golfo Pérsico favorece esa “ventana de oportunidad” temporal. Pero la idea no convence a los autores del último informe de la Evaluación Anual de Amenazas (Annual Threat Assessment) de la inteligencia de EEUU, que afirma con sorprendente seguridad que “los líderes chinos actualmente no planean llevar a cabo una invasión de Taiwán en 2027”, y en cambio sostiene que el período de riesgo pasaría a algún momento entre 2028 (elecciones presidenciales en EEUU y Taiwán) y 2032 (fin del cuarto mandato de Xi). En particular 2028, si Xi percibe que el eventual sucesor de Trump puede asumir un compromiso mayor en la defensa de la isla.[3]

Mientras tanto, China ha siso muy activa en la conformación de una capacidad aeroespacial que sólo está detrás de EEUU, con una flota total de 640 satélites en órbita, lo que “marca el fin del monopolio occidental en la generación de las imágenes más avanzadas desde el espacio (…). Jilin-1 [la constelación china más importante, con más de un centenar de satélites] parece estar por delante de sus pares de EEUU en cadencia –la cantidad de veces que un satélite puede revisitar una zona–, en gran medida debido al tamaño de su flota. Y también están a la par en tecnologías de punta como la capacidad computacional que permite procesar los datos en el espacio antes de remitirlos de nuevo a la Tierra. (…) Las imágenes chinas ayudaron a revelar los daños a plataformas militares de EEUU e instalaciones de energía en el Golfo que esos gobiernos hubieran preferido mantener ocultos” (“Views of the Middle East” TE 9496, 25-4-26).

Si uno de los objetivos tangenciales de la guerra de EEUU contra Irán era lanzar una advertencia a China, la jugada salió decididamente mal. La visión de China al respecto no es muy distinta a la del resto del planeta: Trump cometió un error garrafal que difícilmente le acarree algún beneficio. Un nuevo pantano de EEUU en Medio Oriente es quizá lo último que necesitaba la mayor potencia mundial, en un contexto en que el eje geopolítico se desplaza decididamente hacia Lejano Oriente y el Pacífico. Sin embargo, un elemento que inocula no temor pero sí sobriedad en el análisis es el uso profuso de IA que está demostrando el comando militar estadounidense, terreno en el que indiscutiblemente –junto con la obvia experiencia sobre el terreno– China está por detrás.

Por otro lado, el desbarajuste económico en energía y cadenas de suministros, para Xi Jinping, confirma la prioridad la autosuficiencia nacional en ésos y otros planos. China también puede salir beneficiada de que muchos países saquen la conclusión de la necesidad de buscar formas de energía alternativas en las que el gigante asiático hace tiempo ocupa un lugar predominante.

Irónicamente, quizá la principal preocupación en cuanto al desenlace de la guerra no sea una victoria categórica de EEUU, sino una pérdida tan evidente de control y prestigio en la arena internacional que induzca a Trump a jugadas peligrosamente desesperadas. Nada alarma tanto al Partido Comunista Chino como la perspectiva de un desorden global con un EEUU fuera de control. Con bastante cinismo, y realismo, analistas chinos estiman que lo ideal para el PCCh sería una guerra no tan corta como para que EEUU no sufra sus consecuencias, pero tampoco tan larga que perturbe demasiado la economía global… y la china.[4]


[1][1] No es la única “flaqueza institucional” reciente de Macron. Cuando Nicolás Maduro fue desvergonzada e ilegalmente secuestrado por un operativo yanqui en Venezuela, Macron, tras la formalidad de aclarar que “no apoyaba los métodos” de EEUU, dijo lo que importaba: que la “salida” de Maduro era “una buena noticia para los venezolanos”. Exactamente la misma tónica de Merz aplaudiendo el “trabajo sucio” de Israel. He aquí los paladines y defensores del “orden legal global” contra los caprichos de Trump y el expansionismo ilegal sionista…

[2] Por lo pronto, el vínculo bilateral más estable de toda la OTAN, la “relación especial”, como la bautizó Winston Churchill, entre EEUU y el Reino Unido está, según el Economist, “en su peor momento desde 1956”, cuando la crisis del canal de Suez separó momentáneamente a británicos y franceses de EEUU. El desgaste es hasta personal. Que Trump diga del primer ministro Keir Starmer “no es ningún Churchill” es casi galante, viniendo de quien viene, pero que el circunspecto y anodino Starmer se atreva a decir “estoy harto, no voy a ceder” (veremos cuánto le dura la resolución al hamletiano primer ministro británico) da una medida de cuánto estropicio han causado los infinitos caprichos del presidente yanqui.

[3] Un elemento a considerar en estas especulaciones es la reciente purga, o más bien sucesión de purgas, que viene llevando adelante Xi Jinping desde hace casi un lustro. A nivel de los mandos medios y altos, la purga afectó a cerca de la quinta parte de los generales, mientras que en el escalón máximo de autoridad, la Comisión Militar Central, de siete miembros, el único que queda del equipo original designado por Xi es el propio líder. Todos los demás han sido removidos. La acusación más habitual es la de corrupción, tema recurrente en todas las purgas en otros ámbitos y en el PCCh. La intensidad y profundidad de las purgas genera serias dudas sobre la real solidez de la estructura militar china, en la medida en que vive bajo un ambiente de sospecha permanente donde las competencias y calificaciones “profesionales” quedan en un segundo plano (algo propio, por lo demás, de todas las instituciones stalinistas desde la época de la burocratización de la URSS).

[4] Otras miradas ya exageradamente irónicas plantean la preocupación de que Trump salga tan mal librado de la guerra que quede demasiado debilitado y a merced de los antiguos halcones anti China que marcaron la tónica de su primer mandato.

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