Un fantasma recorre el mundo económico

¿Vuelve la inflación global?

Un fantasma recorre el mundo económico, el fantasma de la inflación global. Un debate económico catalizado por la pandemia.

Marcelo Yunes
Intelectual marxista. Especialista en economía.


  1. Un debate catalizado por la pandemia

El debate a nivel global está instalado: ¿vuelve o no la inflación? La posibilidad de un crecimiento acelerado de EEUU, a partir de un rebote de actividad permitido por la vacunación masiva, a la que se suma un estímulo fiscal que podría superar los 2,5 billones de dólares, alimenta los temores vinculados a la inflación. Según la cristalina metáfora de un columnista, “cuando EEUU estornuda, el resto del mundo se resfría. Pero ¿qué pasa cuando le agarra fiebre?” (The Economist 9233, “Radiant energy”, 20-2-21).

En efecto, el gran disparador del debate es la perspectiva de que la recuperación de la economía mundial en su lenta y muy desigual “salida” de la pandemia, y en primer lugar la de EEUU, traiga aparejada un recalentamiento de la economía y un salto de los índices de inflación, que vienen por los suelos desde hace años. El anuncio de la Reserva Federal (Fed, para abreviar; el banco central de EEUU) de mantener su programa de “laxitud monetaria” al menos hasta 2023 agitó las aguas en diversas latitudes y desde diversos enfoques económicos.

Sucede que de todas las economías desarrolladas de Occidente, la de EEUU es la que prevé un mayor crecimiento para 2021, en una franja del 4 al 8% del PBI, mientras que para la zona euro ese rango va del 3 al 6%; para Japón, apenas del 1 al 3%, y para China –una de las muy pocas economías que no retrocedió en 2020–, entre un 6 y un sorprendente 10% (The Economist 9233, “Forecast 2021”, 20-2-21).

El debate sobre el retorno de la inflación parte no sólo de las tasas muy bajas de las últimas dos décadas por lo menos, sino de la performance de la economía mundial en 2020, que no hizo más que continuar esa tendencia en las nuevas condiciones planteadas por la pandemia, con su retroceso de la actividad, múltiples cuarentenas, inyecciones de subsidios y pérdida de empleos.

En varios países hubo deflación en 2020, como resultado de una caída tanto de la producción (oferta) como de la demanda (consumo). Es verdad que los programas estatales de estímulo sostuvieron ingresos de hogares (vía subsidio de desempleo o de licencia; los ahorros de hogares se duplicaron o más en EEUU, la UE y el Reino Unido), de empresas “zombies” (rescatadas de una bancarrota inminente) y de empresas grandes y bancos (que aprovecharon para ganar liquidez, recomprar acciones y demás negocios que mantuvieron las bolsas mundiales en estado de euforia casi permanente). Pero en el bando mayoritario de los perdedores de la pandemia, millones de trabajadores precarios, informales y/o de baja calificación, especialmente en los países no desarrollados, perdieron sus empleos y sus ingresos. Lo propio ocurrió con los eslabones más débiles de las cadenas capitalistas de producción y servicios.

Ante la perspectiva de la masificación del programa de vacunación –desde ya, por ahora restringida a una minoría de los países desarrollados–, aparece en el horizonte la posibilidad de una recuperación económica importante y, con ella, el riesgo de “recalentamiento” de la actividad que conduzca a una suba significativa de la tasa de inflación.

Un caso testigo de esto debería ser el Reino Unido, donde, a diferencia del resto de Europa –donde la tasa de vacunación todavía bordea un penoso 5%– y a semejanza de EEUU, el porcentaje de población vacunada (ya por encima del 30%) abre expectativas más reales de un fin cercano a las restricciones por el covid-19. Pero ese horizonte abrió una brecha sobre cómo encarar una eventual suba de la inflación que se manifiesta, por ejemplo, en el seno mismo del Banco de Inglaterra (banco central), donde el debate tomó estado público.

Los contendientes son la “paloma” Gertjan Vlieghe, para quien ajustar la política monetaria demasiado pronto (es decir, enfriar la economía) “sería un error más grave que ajustar demasiado tarde”, en la medida en que puede demorar la recuperación, y el “halcón” Andrew Haldane, para quien es hora de preocuparse de que “un riesgo de inflación tangible resulte más difícil de controlar” (M. Gilbert, “Even central bankers can’t agree on reflation”, bloomberg.com, 5-3-21).

La polémica no es académica, sino que tiene premisas y consecuencias bien políticas. Para Haldane, los ahorros acumulados por hogares y empresas durante la pandemia, al liberarse, podrían generar una ola de gasto en bienes, servicios y activos a una economía en plena recuperación, con el consiguiente peligro de aceleración de precios. La réplica de Vlieghe es que en realidad ese “ahorro de los hogares” debe ser desagregado: ese ahorro se concentra sobre todo en el 20% de los hogares más ricos, porque el 40% de los hogares más pobres en realidad disminuyeron sus ahorros en términos absolutos. Y como los hogares ricos tienen una inclinación mucho menor al gasto que los pobres, el brusco aumento de demanda con riesgo inflacionario que teme Haldane simplemente no va a producirse.

El mismo desacuerdo se da respecto de la evolución salarial. Haldane apunta a que una combinación de una población achicada por la pandemia –muchos inmigrantes abandonaron el país durante la pandemia– y una mano de obra en disminución y envejeciendo (“el viento de cola demográfico se trasformó en viento de frente”, señala) va a mover el promedio salarial hacia arriba. Pero estos cambios son quizá más estructurales e impactan menos inmediatamente en las presiones inflacionarias. Por eso Vlieghe cita informes de que los salaries crecerían sólo un 2% este año, por debajo del 3% de los años anteriores “cerca de donde estuvieron durante el largo período de crecimiento salarial débil después de la crisis financiera” de 2008 (cit.). Si a eso se suma que una parte de los trabajadores bajo licencia en sus empleos privados a los que el estado que cobran el 80% no van a volver a la fuerza laboral con el fin de las restricciones, el resultado es que la presión salarial será “demasiado baja” como para esperar un retorno de la inflación”.

Como se ve, ni siquiera los funcionarios con la información más completa y actualizada del mundo pueden ponerse de acuerdo sobre puntos tan básicos, algo que se refleja en los salomónicos pronósticos del Banco de Inglaterra: hay “una chance en tres” de que la inflación duplica la meta del 2% anual… y exactamente la misma probabilidad de que hay deflación (inflación negativa).

Volviendo a EEUU, quienes rompieron el fuego en el debate, curiosamente, no fueron los neoliberales febriles (en todo caso, sí los más civilizados del Financial Times, como Gillian Tett, que se quejó de que la Fed “no puede prometer ser irresponsable) sino Larry Summers, ex secretario del Tesoro (ministro de Economía) de EEUU bajo Clinton, y Olivier Blanchard, ex economista jefe del FMI, que hablaron del peligro de “presiones inflacionarias como no hemos visto en una generación” y advirtieron sobre el peligro de un retorno a tasas de inflación al estilo de los años 70. Otros, como el presidente de la Reserva Federal de Nueva York Bill Dudley, se refirieron al aumento del ahorro en los hogares, aunque omitió desagregar esa cifra para ver cuánto de ese ahorro correspondía a hogares con acciones de Bolsa, cuánto a hogares que recibieron generosos subsidios que difícilmente continúen en la misma magnitud y cuánto a hogares cuyos ingresos se desplomaron y que engrosan las filas de nuevos pobres en EEUU.

Académicos, políticos y publicaciones especializadas tallan en la discusión. Un indicador interesante es un artículo (“Does the National Debt Matter?”) del vicepresidente de la Reserva Federal de Saint Louis, David Andolfatto, cuyo titular es uno de los más influyentes miembros del directorio de la Fed, James Bullard. Para Andolfatto, EEUU debería “prepararse para un aumento brusco y temporario de la inflación”, pero mientras esa suba sea temporaria, la política fiscal (el Tesoro) y la monetaria (la Fed) no deberían ser astringentes (esto es, recesivas). Pero, aportando a la incertidumbre, Andolfatto reconoce que no hay manera de saber de antemano cuánto puede crecer la deuda pública hasta el momento en que la inflación se vuelva preocupante. Por eso, “sólo podemos decir que por ahora las presiones inflacionarias parecen contenidas. (…) No obstante, sería prudente que el gobierno tenga un plan a mano en caso de que tenga lugar esta contingencia”  (“Does rising national debt portend rising inflation?”, https://www.stlouisfed.org, 2-3-21).

¿Se entiende? Sólo por ahora “parece” que no hay problemas… pero no nos vamos a enterar de que existen hasta que los tengamos encima, de modo que “sería prudente tener un plan” por si todo sale mal. A todo esto, la Fed de Saint Louis es considerada una de las regionales “testigo”, en el sentido de que suele preanunciar el rumbo que va a tomar el conjunto del directorio. Como vemos, estamos ante un nivel similar de desorientación que en el caso del Banco de Inglaterra.

Por su parte, para The Economist, “un salto parece asegurado”, en parte por la suba sostenida del precio del petróleo, pero evita sacar conclusiones tremendistas (The Economist 9233, “Jumping ship”, 20-2-21). Como veremos, comparte esta cautela incluso con economistas de cuño marxista.

Los argumentos de los “inflacionistas” son a esta altura bien conocidos: a) la recuperación de la economía y de los ingresos conduciría a un aumento del consumo por encima de la capacidad de ampliación de la oferta de bienes; b) el relativo achicamiento del volumen de mano de obra, por envejecimiento de la población en los países desarrollados y también por un cierto retroceso del proceso de globalización –que nivelaba salarios hacia abajo– va a generar presiones al alza de salarios; c) las autoridades políticas y monetarias son demasiado complacientes (“palomas”) frente al riesgo de inflación, e impulsan mayores estímulos y déficits fiscales sin medir las consecuencias.

Frente a estas agorerías, el consenso actual –que, desde ya, puede durar meras semanas– es que un rebote inflacionario temporario es perfectamente probable y hasta beneficioso, en la medida en que mientras su efecto sobre la recuperación será positivo, sus eventuales riesgos (que se sostenga demasiado en el tiempo) son comparativamente bajos. En esta evaluación talla, en buena medida, el cambio de frente en las concepciones económicas establecidas respecto de las causas y efectos de la inflación.

  1. Nuevas, viejas y perimidas teorías sobre la inflación 

“Los muertos que vos matáis gozan de buena salud”, decía don Juan Ruiz de Alarcón allá por 1630. La frase le cabe perfectamente al estado de cosas del mundillo económico hasta sólo meses antes de la pandemia, cuando se aprestaba poco menos que a escribir el epitafio de la inflación como fenómeno permanente de la economía. Haciendo gala de su habitual superficialidad, cortedad de miras y falta de sentido crítico, la academia, los think tanks y las consultoras que viven de glorificar lo existente y pontificar su continuidad estaban a punto de borrar de los manuales de economía los capítulos dedicados a la inflación (el informe especial de The Economist de octubre de 2019, “The end of inflation?”, al menos tuvo la elemental prudencia de poner un signo de interrogación). La sobrerreacción que vemos ahora, aunque todavía no llega al pánico, es una función bastante directa de su irresponsabilidad teórica.

Quizá la novedad más saliente es el casi universal descrédito en que ha caído la concepción monetarista más ortodoxa, tal como fuera formulada por la llamada “escuela de Chicago” y en particular Milton Friedman –repetida cual mantra por la iglesia neoliberal clásica–, que reducía la inflación a un fenómeno esencial, o aun exclusivamente, monetario. No es de extrañar este cambio de frente en el pensamiento económico mainstream, cuyas variantes veremos más abajo. Ocurre que el punto fuerte de los monetaristas fue su combate a la inflación cuando ésta tenía un lugar prominente en la realidad económica de todos los países, como ocurrió en especial durante los años 60, 70 y buena parte de los 80. Pero si el centro de la elaboración teórica del monetarismo era la inflación, los últimos treinta años habían corrido el problema del centro de la escena. Hagamos un breve repaso de ese recorrido.

En los años 70, incluso los países desarrollados promediaron una inflación anual del 10%, con picos bastante mayores; en los países atrasados, tasas de dos dígitos altos o de tres eran casi habituales. Pero ya desde los 90, y a caballo de la “victoria del capitalismo” tras la caída del Muro de Berlín y el desarrollo del proceso de globalización, los países desarrollados con tasas de inflación superiores al 4% se contaban con los dedos de una sola mano, y sólo en momentos de crisis como 2001 y 2009. Desde 2010, el número de países desarrollados con más del 4% de inflación es cero.

En el mundo no desarrollado, la situación es menos diferente de lo que cabría esperar. Considerando que se trata de más de 150 naciones, desde 1995 nunca hubo más de 20 países que superaran la línea del 4% anual de inflación, excepción hecha el pico de 62 países en la crisis de 2008; desde 2010, esos países ni siquiera llegaron a la decena, según datos del Banco Mundial.

En resumen, en lo que va del siglo XXI, las economías capitalistas desarrolladas promediaron una inflación anual del 1,5%, con picos del 3% en 2008. Los emergentes tuvieron un desempeño bastante similar: desde 2010, el promedio apenas excede el 3,5% si se exceptúan Argentina y Turquía; contando ambos, no supera el 5% (The Economist, “Fewer exceptions?”, 12-10-19).

Pasando ya a los datos de 2020, de las 42 mayores economías del mundo cuyos datos macroeconómicos releva The Economist semanalmente, sólo dos llegaron a los dos dígitos (Argentina, con el 36%, y Turquía, con el 13%), y apenas tres más superaron el 4% (Pakistán 9,8%, India 6,5% y Egipto 4,9%).

Ahora bien, en la teoría económica burguesa, el enigma de la baja inflación, como tantos otros (el origen del valor, los motores del crecimiento, la productividad, el inexplicable aplanamiento de la curva de Phillips y la lista sigue), sigue sin resolución ni consenso establecido.

Por lo tanto, uno de los grandes debates políticos, económicos y académicos a nivel global es si la tendencia al adormecimiento de la inflación que caracterizó a todo lo que va del siglo XXI se mantendrá o si se revertirá a instancias de las transformaciones en todos los órdenes que generó la pandemia. No la menor de ellas es el inédito volumen de emisión monetaria y de instrumentos fiscales en apenas un año (a diferencia del quantitative easing post crisis de 2008, que se extendió a lo largo de más de un lustro): “El hecho de que casi la quinta parte de los dólares que existen se hayan creado este año [2020] resulta claramente perturbador” (The Economist 9224, “Prognostication and prophecy”, 12-12-20).

Conforme al modelo monetarista ortodoxo, esta brutal inyección de dinero debería haber generado tendencias inflacionarias casi de inmediato. Pero, como recuerda The Economist, “incluso el archimonetarista Milton Friedman, que inspiró a Margaret Thatcher, reconoció hacia el final de su vida que el vínculo de corto plazo entre oferta monetaria e inflación se había quebrado” (TE 9224, “Will inflation return?”, 12-12-20). Por su parte, los neokeynesianos creen que el motor de la inflación, lejos de ser la emisión, es “una combinación de las expectativas de aumento de precios por parte del público (que suelen autocumplirse) y la situación del mercado laboral. Ambos apuntan hoy a una baja inflación” (“Prognostication and prophecy”, cit.).

Así, el famoso dictum de Milton Friedman de 1963 de que “la inflación es un fenómeno monetario” está poco menos que en la picota, salvo en los templos administrados por los arciprestes neoliberales (cuya presencia en los medios de comunicación y la academia es completamente desproporcionada). La experiencia reciente, según el citado Larry Summers, revela que “lo que antes se consideraba axiomático es, de hecho, falso. Los bancos centrales no siempre pueden establecer la tasa de inflación mediante la política monetaria” (The Economist, “A new monetarism”, 12-10-19).

La reacción a este dogma en decadencia adopta diversas formas. Una de ellas es reconocer la necesidad de un rol más político –y, por ende, menos tecnocrático e “independiente”– de los bancos centrales, lo que asume incluir objetivos macroeconómicos más “sociales” como el nivel de empleo y el del crecimiento económico. Trataremos más abajo este punto en específico.

Otra respuesta que se presenta como más integral es la llamada “teoría monetaria moderna” (TMM), que lleva al extremo la tendencia de desacoplar completamente la emisión monetaria de los efectos que le atribuía la escuela de Chicago (una especie de monetarismo friedmaniano de signo invertido). Esta corriente sostiene –infundadamente, desde el punto de vista marxista– que una política fiscal basada en una generosa oferta monetaria puede orientar el ciclo económico. El problema con la TMM es que una cosa es tirar por la borda el evangelio monetarista de la relación estrecha entre oferta monetaria e inflación, y otra muy distinta es concebir la dinámica económica como si las restricciones de la ley del valor no existieran. Los problemas de la baja inversión, la baja tasa de ganancia, el desacople entre las ramas productivas y el desarrollo desenfrenado del capital ficticio no se resuelven tapando agujeros en las finanzas públicas con una emisión despreocupada.

Es interesante observar que, sin ser en absoluto un representante de la TMM, el citado Andolfatto de la Fed de Saint Louis sostiene muy suelto de cuerpo que “en principio, un gobierno puede refinanciar (roll over) su deuda de manera indefinida (…). La deuda pública puede ser considerada como una forma de dinero en circulación”

Mirá también:  La economía mundial a un año de pandemia

(“Does rising national debt portend rising inflation?”, https://www.stlouisfed.org, 2-3-21). Este abordaje mucho más laxo de la deuda pública está a años luz de la ortodoxia neoliberal, y rinde tributo tanto a la retirada de escena ignominiosa de la Biblia monetarista como a la necesidad de los bancos centrales de poner un oído en el “ruido” político y social, como detallaremos más abajo.

Otra de las consecuencias del ciclo económico de las últimas décadas de baja inflación y bajas tasas de interés es el citado aplanamiento –que para muchos equivale a una refutación empírica– de la curva de Phillips, es decir, la relación inversa entre tasa de inflación y tasa de desempleo. Si la curva mantuviera la vigencia que se le atribuyó desde la década del 60 hasta hace no mucho, dos décadas de muy baja inflación deberían haber tenido como contrapartida una alta tasa de desempleo. Pero esta correlación –aun considerando las múltiples variantes teóricas que admite la curva, todo un clásico de la economía burguesa contemporánea– no se cumple en prácticamente ninguna región del mundo desarrollado, sumándose a la larga lista de enigmas sin resolver que atormentan a la teoría económica tradicional, que tiene bien ganado su apodo de dismal science (ciencia lúgubre o deprimente, pero también pobre, floja o deplorable).

Con la ventaja al menos de cierta originalidad, tercia también en el debate el reciente (fines de 2019) libro de Charles Goodhart (ex miembro del comité de política monetaria del banco de Inglaterra) y Manoj Pradhan (ex director del equipo global de economía de Morgan Stanley), La gran reversión demográfica, que atribuye el descenso continuo de la inflación a los cambios demográficos y (geo)políticos globales.

En la mirada de Goodhart/Pradhan, la integración de China, Europa del Este y otros países emergentes a los mercados globales insufló al capitalismo una dosis de millones de nuevos trabajadores. Se trata de la situación que el compañero Roberto Sáenz llamó el “momento Rosa Luxemburgo”, en referencia a la teoría de la acumulación de la revolucionaria polaca, según la cual el capitalismo, en su fase imperialista, requiere constantemente la conquista o anexión de nuevas áreas antes vedadas al capital para continuar su expansión (lo que ella llamaba los “mercados exteriores” al capitalismo).

En el marco de esa incorporación de nuevas áreas a los mercados y cadenas globales de valor, “cayó el poder de negociación de los trabajadores en los países desarrollados, y los aumentos de precios para cubrir el incremento de los salarios pasaron a ser cosa del pasado. Esta teoría encaja con el hecho de que una proporción mucho mayor de la baja de la inflación en las últimas décadas proviene de precios estables o en descenso de los bienes físicos [goods], cuyo lugar de producción se puede cambiar, y no de los servicios, que deben prestarse in situ” (cit.). Digamos que aunque el marco teórico de referencia de los autores no es ni remotamente marxista, es imposible no establecer un vínculo con el concepto marxista de plusvalor (trabajo no pagado al trabajador y apropiado por el capitalista), que se genera precisamente en el sector de producción de bienes, no en el de servicios. Veremos enseguida ciertos vasos comunicantes entre este punto y la teoría de la inflación de los marxistas Roberts y Carchedi.

Ahora bien, la novedad para Goodhart y Pradhan es que esta situación originada en los 90 se ha modificado radicalmente con el envejecimiento de la población en edad laboral no sólo en EEUU y Europa sino en China y Corea. Aunque numéricamente India y África podrían equilibrar esa escasez relativa, la falta de movilidad por las restricciones a la inmigración y la falta de cualificación de esa “población laboral de reemplazo” o, en términos marxistas, aspirantes a integrar el ejército industrial de reserva, impiden que cumplan ese papel. De este modo, según los autores, el poder de negociación salarial de los trabajadores en los países desarrollados debe subir, y con él los salarios y los precios. La sorprendente (y optimista) conclusión a la que arriban es que estos cambios demográficos están en la base de la posibilidad de erigir una sociedad menos desigual. Como resumió Pradhan en una entrevista, dirigiéndose a las nuevas generaciones, “si quieren cambiar el mundo, están en el momento adecuado” (“Asúmanlo: no volveremos a vivir como hace veinte años”, modaes.es, 21-12-20).

Volviendo a la explicación teórica sobre la inflación, y ante el obvio contraejemplo de Japón –donde la tremenda escasez de trabajadores y envejecimiento poblacional no han generado ninguna tendencia a la recuperación salarial–, Goodhart y Pradhan replican que los empresarios japoneses esquivaron el problema por la vía de mudar inversiones e instalaciones a países de salarios bajos (de paso, otro tributo involuntario a la teoría del imperialismo de Rosa Luxemburgo). En Japón, además, las importaciones baratas, producto de una moneda muy fuerte, ayudaron a mantener la inflación prácticamente en cero.

Por su parte, el marxista británico Michael Roberts, por un lado, rechaza la idea de que el fin de la pandemia –y de las penurias económicas que trae aparejadas– esté tan cerca como “inflacionistas” y “antiinflacionistas” parecen asumir; por el otro, propone una visión alternativa al “enigma de la desaparición de la inflación”.

Roberts constata un hecho muy conocido pero que suele pasarse por alto: los gigantescos programas de estímulo fiscal –subsidios, emisión de bonos, compra de activos, “alivio cuantitativo” (quantitative easing) y demás instrumentos– no comenzaron con la pandemia, sino que, con picos y pausas, están en funcionamiento desde el inicio mismo de la crisis global de 2008. Y sin embargo, en ningún caso el resultado de esas inyecciones de dinero ha conducido a un aumento significativo de la inflación en ningún país desarrollado. Y agrega: “En cambio, lo que ha ocurrido es un aumento del precio de los activos financieros. (…) Bancos y empresas especularon en los mercados de acciones y de bonos, y dadas las bajas tasas de interés incluso consiguieron más préstamos (vía la emisión de bonos corporativos), con los que incrementaron el pago de dividendos a los accionistas y recompraron sus propias acciones [para hacerlas subir de precio. MY]” (“Deflation, inflation or stagflation?”, 14-2-21).

De este modo, el dinero bombeado por los bancos centrales no podía causar inflación porque jamás llegaba a la “economía real”, que en toda la década pasada no pasó del crecimiento raquítico o mediocre. En contraste, “la economía ‘ficticia’ explotó. Es allí donde ha tenido lugar el proceso inflacionario” (cit.).

Con respecto a la explicación de la baja inflación y la eventualidad de un aumento ahora, Roberts y el marxista italiano Guglielmo Carchedi proponen una aproximación al problema basada en el criterio de que la inflación está en tendencia descendente desde hace años en razón de que la proporción de la masa salarial respecto del valor agregado total también tiende a declinar, a lo que se suma una tasa de ganancia en descenso a raíz de una creciente composición orgánica del capital. En esta elaboración, ambos toman como punto de partida la conocida ley de la baja tendencial de la tasa de ganancia formulada por Marx en la sección tercera del tomo III de El capital (capítulos 13 a 15), que también se anuda alrededor de la tendencia creciente a la composición orgánica del capital, esto es, la proporción de capital asignado a medios de producción (máquinas, equipos, instalaciones, etc.), que Marx llama capital constante, respecto del capital asignado al pago de salarios (variable, en la terminología de Marx). La inyección de dinero en forma de gasto público social y de infraestructura debe considerarse como un factor que opera contratendencialmente, pero no es el vector principal de la dinámica.

Sin abrir juicio aquí aún sobre la validez de esta propuesta de teoría marxista de la inflación, y aclarando que compartimos el criterio de conservar como parte de la explicación de la dinámica de la acumulación la ley de la baja tendencial de la tasa de ganancia –estamos preparando un trabajo más extenso sobre el tema–, nos permitimos sugerir la incorporación de un elemento: la tasa de interés. Muchos marxistas (incluido Roberts y Carchedi) sostienen la posibilidad de demostrar empíricamente, a través de diversos indicadores directos e indirectos, la dirección secularmente descendente de la tasa de ganancia. A nuestro juicio, la evolución de la tasa de interés ha mostrado un sesgo descendente similar y, en razón de los nuevos roles (y del refuerzo de los anteriores) que asume el crédito en la dinámica capitalista, es posible, hasta cierto punto y tomando los debidos recaudos metodológicos, considerar a la tasa de interés como un relativo “proxy” –es decir, como una representación cercana, o una variable correlacionada– de la tasa de ganancia capitalista.

  1. La tasa de interés, la Bolsa y la vida

Respecto de la política de la Fed en caso de recalentamiento inflacionario, por ahora todo son especulaciones, considerando además que los directores regionales de la Fed, como vimos, no piensan todos igual. Según un paper del Massachussetts Institute of Technology (MIT), si bien la inflación local es cada vez más proclive a reflejar factores de orden global, eso no sucede con la “inflación salarial”, lo que sugiere que la Fed podría condonar una suba de la inflación sin tocar las tasas. En ese caso, el resultado sería un relativo debilitamiento del dólar, con el consiguiente alivio para los países emergentes altamente endeudados en divisas.

Ahora bien, cualquier amago de suba de tasas dispararía reacciones de temor en los mercados globales y forzaría a los gobiernos de los países emergentes a adoptar políticas fiscales y monetarias más restrictivas, es decir, recesivas. En suma, “todavía parece improbable que la Fed se pase al bando de los halcones [esto es, que suba las tasas de interés para contener una suba de la inflación. MY], pero si la temperatura de la economía de EEUU sube lo suficiente, al resto del mundo le puede hacer sudar frío” (TE 9233, “Radiant energy”, 20-2-21).

Por un lado, en razón del nivel de apertura de la economía –en este punto, apenas mellado por el proteccionismo de Trump–, un aumento del gasto público y del consumo privado debería impulsar la demanda no sólo en EEUU sino en el exterior, beneficiando a sus socios comerciales. De este modo, la mayor actividad en EEUU debería a su vez movilizar el comercio exterior (lo que, indirectamente, podría contener alzas excesivas de precios en EEUU). Por el otro, buena parte del efecto global de una mayor inflación en EEUU dependerá de cómo reaccione la autoridad monetaria, es decir, la Reserva Federal. Sobre todo, es crucial lo que suceda con el instrumento de intervención monetaria por excelencia, la tasa de interés, como desarrollaremos más abajo.

Con el aumento de la inflación en EEUU, sin duda, se debilitaría la postura de las “palomas” que se oponen a tomar medidas de astringencia monetaria hasta que la recuperación económica esté confirmada. Por ejemplo, la Fed hace poco estableció como meta de inflación no el tradicional 2% anual (en EEUU, como en otros países, hace años que la cifra está por debajo), sino un “promedio del 2%” por un período no del todo definido, pero que si abarca varios años, daría un margen respetable para que por un año se exceda el 2% sin que la Fed decida intervenir.

Sin embargo, como dijimos, esta indeterminación deja la puerta abierta para posturas menos pasivas. El vice de la Fed, Richard Clarida, insiste en que el promedio sólo debe incluir el año anterior, lo que, en caso de aceleración de inflación, significa que el límite a partir del cual la Fed debe subir las tasas llegaría bien pronto. Las consecuencias de esa eventual suba de tasas son conocidas: un enfriamiento de la economía y una restricción a la suba de precios (y salarios). Pero la jugada no está exenta de riesgos, ya que en el marco de una economía como la yanqui, que viene de una fuerte pérdida de empleos y de un importante deterioro de los ingresos y la situación social de millones de personas, un enfriamiento demasiado prematuro de la economía puede matar en el huevo una recuperación económica que por ahora está en las previsiones más que en los hechos.

Con todo, no es el único peligro, y ni siquiera el más importante, de la suba de tasas: “Casi todo el panorama financiero actual parte de la premisa de que los bancos centrales van a mantener las tasas bajas por un buen tiempo. Detrás de la idea de que el Estado puede gastar todo lo que quiera está el dinero barato”, que depende a su vez de tasas de interés negativas o casi en términos reales (The Economist 9232, “Inflategate”, 13-2-21). Ya hay un antecedente serio: el “taper tantrum” de 2013, es decir, el espanto en los mercados globales cuando la Fed anunció que iba a discontinuar el esquema de compras de bonos (“quantitative easing”) suponiendo que lo peor de la crisis global ya estaba superado. Incluso los más preocupados por la inflación –salvo los ultra liberales más recalcitrantes– admiten que la economía global está demasiado habituada a la dieta de tasas bajas: “Para Wall Street, una suba de tasas sería un shock. Para los mercados emergentes sería desesperante” (TE 9232, ídem).

En efecto, un fortalecimiento del dólar y una salida de capitales desde los países emergentes más endeudados, como ocurrió en 2013, tendrían un efecto potencialmente mucho más destructivo para las chances de recuperación de economías que ya vienen muy castigadas por la pandemia.

Muchos ven el curso de la economía post 2020 –aún es demasiado pronto para siquiera pensar en hablar de economía post pandemia– como una oportunidad para salir del ciclo de mediocridad global surcado por el paradigma del “triple low” (tasas bajas, bajo crecimiento, baja inflación). Sin embargo, cuando la idea de subir la tasa de crecimiento económico se ve acompañada por una suba de la inflación que implicaría un aumento de la tasa de interés, el deseo puede quedar empañado por el temor. Y una de las razones es que a la fragilidad de una economía acostumbrada a las tasas bajas se le suma la volatilidad de un mercado bursátil de capitales ficticios que hace tiempo parecen vivir en el mejor de los mundos.

La distancia cada vez más amplia entre el desierto económico en el terreno industrial (con escasas excepciones) que dejó la pandemia y la continua fiesta a puro champán del mundo financiero, la Bolsa y las inversiones especulativas es un fenómeno que lleva años, pero lo ocurrido el año pasado adaptó rasgos francamente obscenos.

Sin embargo, a diferencia de lo ocurrido en la mayor parte de 2020, cuando las ganancias (tanto las reales como las derivadas del mercado de acciones) se concentraron en un puñado de ramas y empresas mientras el resto la pasaba mal, en los últimos dos o tres meses aparecieron indicios de que la bonanza ahora puede ser algo más amplia. Por ejemplo, de los dos mayores índices de compañías que cotizan en Bolsa, el Standard & Poor’s 500 (las 500 compañías listadas más grandes) y el Russell 2000 (las 2.000 más grandes, cuya composición refleja un espectro mucho más variado en tamaño y rubro de las empresas), es el segundo el que ahora muestra un avance muy importante en sus ganancias, más que duplicando al SP 500.

La explicación más aceptada para este reacomodamiento de compañías más pequeñas es que el precio de sus acciones está incorporando las expectativas de un fuerte y rápido rebote de la economía a instancias de un horizonte de fin de las restricciones por el covid-19 con el plan de vacunación, junto con el masivo esquema de estímulo fiscal para empresas y hogares propuesto por el gobierno Biden. Ahora bien, ¿qué pasaría si a) el paquete fiscal no es aprobado (al menos, no en el monto previsto) y/o b) la aparición de una nueva cepa deja en suspenso la reanimación económica que hoy deja entrever el avance de la vacunación?

Uno de los problemas es que los exuberantes precios de las acciones, cuyo desacople con los números de la operación concreta de las empresas nadie ignora desde hace tiempo, en buena medida asume como hechos lo que por ahora son expectativas. En palabras de Michael Wilson, de Morgan Stanley, si en 2020 se vio un robusto mercado de acciones en el marco de una economía en declive, en 2021 podría darse la situación inversa, porque el precio actual de las acciones “ya incluye demasiadas buenas noticias”, que además deben confirmarse. Si, por las razones que fuere, la recuperación llega a demorarse, la brecha entre “la Bolsa y la vida” puede llegar a ser insostenible (The Economist 9232, “Harbingers of boom”, 13-2-21).

Veremos más abajo que, según el citado Roberts, hay una relación estrecha entre el aumento de la deuda sin inflación de precios y la disparada de las cotizaciones bursátiles en Wall Street (sobre todo) y otros mercados. Esta suba continua lleva años, pero no dejó de sorprender que la peor recesión mundial en casi 90 años no hiciera la menor mella en la exuberancia de los precios de las acciones: “La única manera de justificar semejante euforia bursátil es la expectativa de un rebote económico fuerte pero sin inflación para 2021 y después” (The Economist 9224, “Will inflation return?”, 12-12-20).

Este sendero de gloria para las acciones, en completa divergencia con la marcha de la “economía real”, es algo que con demasiada frecuencia el establishment económico da por sentado como normal. De allí que en fecha tan cercana como diciembre pasado el consenso entre los economistas mainstream era que la evolución más probable para las economías desarrolladas fuera el de Japón, con una continuidad de crecimiento, inflación y tasas en niveles bajos: “Predecir el fin de esta tendencia es una especie de apostasía” (TE 9224, cit.).

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La reversión de este estado de ánimo más bien sombrío respecto del crecimiento, por otro lado, ha generado una corriente de profetas del pesimismo, pero en este caso respecto de las consecuencias negativas de un rebrote inflacionario. Pero no sólo, ni acaso principalmente, para EEUU, sino sobre todo para el mundo “emergente”, como veremos a continuación.

  1. Emergentes: la tasa, la deuda y la “politización” de los bancos centrales

Hay una relación de dependencia recíproca entre la premisa de la baja inflación, el descenso “decenal” –ya que no secular– de la tasa de interés y el mayor endeudamiento de estados soberanos, empresas y hogares. Como suele señalar Michael Roberts, en los tres rubros el nivel de deuda no ha parado de crecer en la última década; en el caso de los países desarrollados, el promedio es un inédito 125% del PBI, más que duplicando el “umbral Maastricht” del 60% que la Unión Europea sostuvo durante décadas como límite aceptable.

Pero no se trata sólo del mundo desarrollado: en 53 de las 60 economías emergentes, según Standard & Poor’s, la tasa de interés de la deuda pública está por debajo de la tasa de crecimiento de la economía esperada para 2021; así, la llamada “tasa de interés ajustada por crecimiento” es negativa. Esto parece sin duda una buena noticia, pero regodearse en ella puede resultar peligroso. De allí que en una conferencia reciente, el ex economista jefe del FMI entre 2008 y 2015 y actual investigador del MIT Olivier Blanchard, lanzara la advertencia sobre la necesidad de revisar las políticas fiscales en el sentido de “no enfocarse en el número mágico de la ratio deuda/PBI. (…) Esos números eran contraproducentes, lo serían todavía más hoy” (The Economist 9232, “Some pleasant fiscal arithmetic”, 13-2-21).

Dejemos de lado que Blanchard no parece hacer el menor asomo de autocrítica por el dogma de la relación entre la deuda y el PBI, con el que atormentó, entre otros, a Grecia, sacrificando incontables sufrimientos humanos en el altar de esos “números mágicos” (tradicionalmente, el límite para el volumen de deuda sobre el PBI era del 60% para los países desarrollados y del 40% para los emergentes), que ahora resultan ser no sólo “contraproducentes”, sino, como reconoció en la misma conferencia, “absurdos” (nonsensical). Lo que es importante retener es que en un mundo de tasas tan bajas por un período tan largo es posible para muchos estados emitir deuda y acumular déficits sin que eso, a priori, empeore significativamente la ratio deuda/PBI, el indicador históricamente más aceptado para medir el estado de las cuentas de un país (y su consiguiente riesgo de insolvencia o default).

De hecho, hace por lo menos una década –en muchos casos, bastante más– que esos umbrales son holgadamente superados por ambas categorías de países (Blanchard sostiene que de todos modos el diferencial entre ellos debe mantenerse, aunque no aclara si en el rango del 20%, en un tercio o en cuál). En general, los vaticinios agoreros respecto de quienes excedían sistemáticamente el “número mágico” no se han cumplido, lo que da una pauta de lo arbitrario de su uso. Como admite el arriba citado Andolfatto, de la Fed de Saint Louis, “nadie sabe realmente cuán alta puede ser la ratio deuda/PBI [antes de que se vuelva peligrosa. MT]. Sólo podemos saberlo una vez que hayamos llegado allí. (…) Mientras la inflación esté en un nivel tolerable, no hay mayor motivo para preocuparse por el aumento de la deuda pública” (“Does Rising National Debt Portend Rising Inflation?”, https://www.stlouisfed.org, 2-3-21).

Sin embargo, nada de esto significa que hay espacio para caer en la complacencia, y menos ahora. Por lo pronto, detrás de la ratio deuda/PBI, (con el “número mágico” anterior o con otro) hay una serie de variables que deben considerarse y pueden cambiar todo el panorama. La primera es, desde ya, la composición de monedas de la deuda. Hay una diferencia crucial entre endeudarse en moneda local o en divisas. La primera alternativa –aunque conlleva sus propios riesgos– permite un mayor margen de maniobra con el servicio de deuda y el pago de intereses. En cambio, la deuda en divisas está expuesta a saltos no directamente vinculados a la performance económica, lo que relativiza completamente la utilidad de la “tasa de interés ajustada por crecimiento” negativa. Dado que los ingresos de los estados nacionales son esencialmente en moneda local, una devaluación aumenta proporcionalmente y de manera inmediata la ratio deuda/PBI sin que intervenga la tasa de interés. Así, el problema que estaba “resuelto” por la vía de la reducción del riesgo crediticio (tasas bajas) vuelve por la vía del riesgo cambiario.

Un segundo factor es el eventual desplazamiento (crowding out) del crédito público a inversores privados en razón de que los fondos públicos deben destinarse al servicio de deuda. Este efecto es menos relevante allí donde el Estado tiene un rol importante en la inversión de capital vía las empresas y las obras públicas. Es el caso de India, por ejemplo, pero situaciones tales son más bien excepcionales; la norma es que los estados de países emergentes cuenten con pocas empresas públicas relevantes y que su presupuesto propio para obras de infraestructura sea limitado, como en América Latina, o casi inexistente, como en África.

En tercer lugar, y en estrecha relación con el riesgo cambiario mencionado en primer término, tenemos las expectativas de inflación (algo que observó Andolfatto, como vimos). Países como Argentina (especialmente), Turquía, Egipto o Pakistán tienen un piso de inflación demasiado alto como para asignar volúmenes mayores de gasto público a la promoción del crecimiento (sea a través de obra pública, promoción del consumo masivo u otras herramientas similares) sin exponerse a una crisis cambiaria. Es verdad, sin embargo, que en los países con baja utilización de la capacidad instalada el margen de estímulo a la demanda es mayor y menos riesgoso. Pero no suelen ser la mayoría.

Finalmente, aunque no en importancia, el “optimismo fiscal” que abrazan keynesianos y “progres” de todas las latitudes da por sentada la continuidad del escenario de tasas de interés reales negativas (por debajo de la inflación) y además muy bajas en términos absolutos. Ahora bien, cualquier decisión intempestiva o no tanto de la Fed en el sentido de una suba de tasas derrumbaría en cuestión de meses o semanas el castillo de naipes de esquemas de financiación de deuda soberana anclados en el “dinero barato”. Como dice el informe especial del Economist, “las tasas bajas facilitan a los gobiernos el financiamiento de las demandas de las arcas públicas, (…) pero también los vuelve dependientes de una política monetaria laza y [por ende] vulnerables a tasas de interés altas, en caso de que regresen” (“The eternal zero”, cit.).

Nadie puede garantizar que las tasas bajas, condición sine qua non de cualquier enfoque fiscalista –en el Primer Mundo o en el tercero–, vayan a mantenerse, y mucho menos en el contexto de un casi seguro reanimamiento de la tasa de inflación en EEUU (sobre todo) y también global.

Siguiendo en cierto modo este criterio de concebir el fenómeno de la inflación en términos menos estrictamente económicos y atender más a sus costados políticos y sociales, otro argumento planteado por quienes ven con prevención un posible rebote inflacionario es el de los cambios en los márgenes de acción de los bancos centrales. Recuerdan que la instancia decisiva de la derrota de la inflación en EEUU tuvo lugar en EEUU con la decisión de la Reserva Federal y de su titular Paul Volcker (1979-1987) de subir las tasas e inducir deliberadamente una recesión hasta que los precios bajaran. Digamos que esa acción fue la piedra de toque del credo neoliberal de la “independencia” de los bancos centrales, concepto en los 70 era minoritario en el propio establishment. La idea entonces –y hasta hoy defendida por los ultraliberales más recalcitrantes– era que las autoridades monetarias tuvieran capacidad de tomar “medidas antiinflacionarias” –lo que equivalía casi siempre a suba de tasas y enfriar la economía hasta la recesión y el desempleo– “sin importar lo que pudieran querer los gobiernos y el público” (TE 9224, “Prognostication and prophecy”, cit.).

Naturalmente, bajo la tapadera de la “tecnocracia de Estado” y de “darle poder de decisión a los que saben”, la ideología de la independencia de los bancos centrales apunta a dejar resortes clave de la política económica en manos de cuadros “técnicos” de la clase capitalista, sin necesidad de rendir cuentas a ningún gobierno ni al electorado, como reaseguro frente a eventuales oscilaciones políticas “populistas” (para usar el lenguaje político actual, no el de los 80). Este verdadero blindaje, además, partía de asumir que los bancos centrales tenían como objetivo principal, casi único, la estabilidad de precios y el control de la inflación. Es verdad que algunos bancos centrales, en particular la Fed, establecen también metas como el “pleno empleo”; en ocasiones también se hace referencia al crecimiento. Pero más allá de lo establecido en sus cartas orgánicas o criterios fundacionales, en la práctica política concreta la norma en ese período fue desentenderse de todo lo que no fuera “preservar el valor de la moneda”.

Ahora bien, uno de los indicadores indirectos de que las relaciones de fuerza globales entre las clases no son las de la era dorada del ciclo neoliberal es precisamente que “es posible que esas normas se estén debilitando. En los últimos años ha habido crecientes ataques a la independencia de los bancos centrales (…). Los bancos centrales admiten ahora en todas partes, aunque en voz baja, que además de cuidar de la estabilidad de precios también buscan mantener bajos los costos de fondeo de largo plazo de los estados, a fin de facilitar estímulos fiscales” (cit.). Pero admitir esto es asumir la derrota del antiguo orden monetario, ya que ambos objetivos son en el fondo, por supuesto, incompatibles. En la medida en que el instrumento privilegiado para combatir el alza de precios es la suba de tasas, a la vez que el mecanismo obvio para garantizar financiamiento barato a los gobiernos es bajarlas, a lo más que puede aspirar la autoridad monetaria es a un casi imposible equilibrio entre ambas metas. Lo cual, por otra parte, no hace más que subrayar que ese tipo de decisiones nunca fue una cuestión de gestión tecnocrática sino un ejercicio de administración política, sujeto a las condiciones de la lucha de clases.

El hecho de “que el estímulo monetario no haya provocado inflación en los precios al consumidor sólo demuestra que los bancos centrales estuvieron reaccionando a las fuerzas del mercado, no distorsionándolas” (The Economist Special Report, “The eternal zero”, 10-10-20) Claro que para el dogma monetarista neoliberal, toda intervención de los bancos centrales es “distorsiva”.

  1. Perspectivas y primeras lecciones

Para Roberts, es un error encarar las perspectivas económicas como si la cuestión de fondo fuera la futura tasa de inflación. Contra las preocupaciones de algunos keynesianos de que el paquete de estímulo sea demasiado grande –cual súbitos conversos a la ortodoxia monetarista–, la observación de Roberts es que, incluso si se aprueba en su totalidad, puede resultar no demasiado grande sino insuficiente. En efecto, si lo que se busca con la lluvia de subsidios es recomponer la llamada “demanda efectiva” de los hogares, lo que puede suceder es que “las transferencias a los hogares se usarán probablemente para pagar deudas, acrecer ahorros, pagar alquileres atrasados y afrontar gastos de salud. No va a quedar mucho para viajes, restaurants y gastos por el estilo” (cit.). Desde ese punto de vista, la visión de Roberts parte de premisas similares a las del citado Vlieghe, del Banco de Inglaterra.

Sucede que muchos de los que agitan el fantasma inflacionario parecen no registrar de manera cabal el nivel de deterioro del tejido social estadounidense, que la pandemia vino a agravar. En textos anteriores hemos referido algunos datos estadísticos sobre el alarmante ascenso de la pobreza, las familias con déficit alimentario y los hogares en riesgo de desalojo. A este panorama, Roberts agrega un factor que sólo desde la crítica marxista se suele señalar en toda su magnitud: el abismo que hay entre las cifras oficiales de desempleo y las reales. Mientras la tasa de desempleo oficial señala un moderado 6,7%, “hasta las autoridades estadísticas y la Fed admiten que probablemente orilla el 11-12%, o incluso más si se incluye el 2% de la fuerza de trabajo que ha abandonado del todo el mercado laboral” (cit.).

Ahora bien, el gran interrogante entonces es si asistiremos o no a un crecimiento del volumen de inversión productiva necesario para absorber esa masa de desempleados. Pero la inversión, a su vez, depende del nivel de rentabilidad esperado, que, precisamente en los sectores más críticos –en el sentido de ser los más apropiados para generar empleo–, no es alentador. El nivel de rentabilidad general de las empresas yanquis es un número engañoso si no se lo desagrega por rama, y es allí donde se constata que por fuera de las grandes compañías tecnológicas que disfrutan de tasas de retorno elevadísimas y de las ganancias generadas en o desde el rubro financiero –que a la larga pueden resultar tan ficticias como el capital que les dio origen–, el panorama no augura ninguna lluvia de inversiones en los sectores que crean más empleo.

Si esto se verifica, no hay “multiplicador keynesiano” del gasto estatal que compense ese déficit de inversión de capital genuino. El cálculo no es difícil: el paquete de estímulo fiscal, suponiendo que alcance el máximo de 2,8 billones de dólares (los 1,9 billones propuestos por Biden más los 0,9 billones ya aprobados con Trump) equivalen al 13% del PBI de EEUU pre pandemia. Pero esa inyección de dinero no se inocula a la economía de un golpe, sino que se propone dosificarla a lo largo de cuatro o cinco años, lo que significa un refuerzo del orden del 3-4% del PBI por año, en el mejor de los casos. Y esa cifra “no puede ser decisiva si la inversión del sector privado (alrededor del 15 al 20% del PBI) sigue estancada” (cit.).

Para no hablar de que todo el panorama cambiaría drásticamente en caso de una reversión, por la razón que fuere, de las bajas tasas de interés. Con el nivel actual de endeudamiento, tanto del fisco estadounidense (hoy, 110% del PBI, y en ascenso) como de las compañías (y hogares), cualquier suba no episódica de tasas obligará a discutir todo de nuevo sobre bases mucho más endebles, en primer lugar, como vimos, para las economías emergentes.

Volvamos ahora a la evolución de la economía en general y de la yanqui en particular en el año del covid-19. Como señalamos, en el balance global tanto ganancias empresarias como salarios cayeron (aunque hubo sectores que ganaron), y el resultado fue de una inflación muy débil (prácticamente deflación en la primera mitad del año). Pero esto se dio mientras los bancos centrales del mundo desarrollado, y en especial la Fed, emitían dinero furiosamente: el cálculo de Roberts es que el M2 (el circulante monetario que incluye dinero en efectivo en poder del público más depósitos bancarios a la vista) subió un asombroso 40% en 2020. ¿Y el efecto inflacionario? Pues hay que buscarlo no en los precios de bienes –que recién a fin de año arañaron el 1,5% anual– sino en la exuberancia de los precios de las acciones de Wall Street.

El pronóstico de Roberts es que incluso suponiendo un generoso envión del orden 5 al 10% en salarios y en ganancias empresarias, la inflación de bienes y servicios en EEUU rondará el 3% anual, “no exactamente algo ‘no visto en una generación’”, apunta con sorna contra los keynesianos asustados, de modo que “en los próximos años la economía de EEUU tiene más probabilidad de sufrir de estanflación que de ‘recalentamiento’ inflacionario” (cit.).

Una de las primeras lecciones que se desprenden del lanzamiento al ruedo del debate sobre la inflación es hasta qué punto la economía, la dismal science, está perdiendo su lustre de disciplina tecnocrática para uso y abuso de especialistas formados en abstrusas teorías, curvas, ecuaciones y funciones, y está de a poco empezando a mancharse del barro, el sudor y la sangre de las personas que trabajan.

La inflación no es (sólo) cosa de burócratas detrás de escritorios en bancos centrales, sino también una función de la explotación del trabajo humano. Las tasas de interés no se deciden atendiendo (sólo) a fórmulas aprendidas en la universidad, sino también en respuesta a presiones sociales que se materializan en personas desempleadas, salarios insuficientes, desiertos demográficos y flujos inmigratorios. La economía no es (sólo) matemática; es, como siempre dijimos los marxistas, también, y fundamentalmente, lucha de clases. Enhorabuena si la nueva situación creada por la pandemia empieza a poner eso de manifiesto con más claridad; no ya para los privilegiados que toman decisiones, sino para los millones que puedan salir a las calles a cuestionarlas.

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