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Editor en Jefe del portal IzquierdaWeb - Noticias de los trabajadores, las mujeres y la juventud.
Marcelo Giecco


“Histórico Acuerdo de Asociación Estratégica”,  “uno de los más importantes en la historia a nivel global”; así  presento el gobierno al acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea: “una nueva etapa para la inserción económico-comercial de la Argentina”. De yapa “establece un vínculo político, cultural, económico, estratégico y permanente con la Unión Europea”.

Las maravillas parecen no tener fin: el Acuerdo  promueve el comercio, impulsa el aumento del PBI, genera calidad institucional, crea un mercado de bienes y servicios de 800 millones de consumidores y de casi un 25% del PBI mundial, brinda acceso a mercados a bienes agroindustriales e industriales argentinos, brinda beneficios a las PyMEs, facilita las exportaciones y la inversión extranjera (aunque no aclara si como lluvia o goteo),  y encima la Unión Europea hace concesiones sin precedentes, estableciendo plazos más extensos para la baja de aranceles del Mercosur, mientas que ellos los bajarían en forma  casi inmediata.

Finalmente, el acuerdo “reconoce los distintos niveles de desarrollo e integración de los bloques, por lo que no implica una apertura inmediata del Mercosur, protege el medioambiente y los derechos laborales, no cambia las reglas de juego en materia de propiedad intelectual,  no significa apertura sin contención.”

Hasta aquí los anuncios. Si los dejamos seguir hablando, pareciera que estamos ante una refundación de la Argentina.

Como todo acuerdo de Libre Comercio entre países o bloques, las partes se comprometen a eliminar las trabas, básicamente impuestos a las importaciones que limiten el comercio de bienes y servicios entre ellos: la teoría es que así todos ganan, sin importar las diferencias de desarrollo industrial.  Sin embargo, esta receta no fue la aplicada ni por Gran Bretaña ni por Estados Unidos en su ascenso como potencias mundiales: primero fueron proteccionistas de sus industrias y una vez alcanzado el predominio, se transformaron en campeones del liberalismo.

 

¿Cómo Roca-Runciman o como el ALCA?

El Pacto Roca-Runciman de 1933, popularizado como el Estatuto Legal del Coloniaje,  entre Argentina y el Reino Unido, fue un acuerdo comercial por el cual éste se comprometía a continuar comprando carnes argentinas en tanto y en cuanto su precio fuera menor al de los demás proveedores mundiales. Como contrapartida, Argentina aceptó la liberación de impuestos para productos británicos. La Argentina se aseguraba una cuota de exportación no menor a 390.000 toneladas de carne enfriada, de las cuales el 85%  debían realizarse a través de frigoríficos británicos. La Argentina dispensaría a las empresas británicas “un tratamiento benévolo que tendiera a asegurar el mayor desarrollo económico del país y la debida y legítima protección de los intereses ligados a tales empresas” y encima, Argentina se comprometió a otorgarle al Reino Unido el monopolio de los medios de transporte. La “década infame” tuvo en este acuerdo uno de los exponentes más altos de subordinación política y de reforzamiento de la división internacional del trabajo.

Por su parte, con el ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas) Estados Unidos intentó establecer una baja generalizada de los aranceles de importación para todo el continente, excepto Cuba. Así se aseguraba un mercado cautivo contra la competencia europea, y de una China en ascenso, reventando de paso las industrias locales. Pero el proyecto que nunca se pudo concretar, tuvo su fin en la cumbre de Mar del Plata de 2005, por la oposición de Chávez, Lula, Evo y Kirchner: eran los tiempos del vendaval de las rebeliones populares latinoamericanas como reacción a una década de neoliberalismo y entrega,  y del ciclo de los gobiernos de centro izquierda regionales.

Ahora, según el gobierno, el actual Acuerdo UE-Mercosur elimina para los bienes industriales en  forma inmediata los aranceles de la UE para el 80% de las exportaciones del Mercosur, y en  ciertos plazos el 20% restante, mientras que se establecen cuotas (topes) para alrededor de 100 productos agroindustriales.

El Mercosur, por su parte, liberaliza sus aranceles para el 91%  de los bienes, con plazos progresivos de 10 años que se extenderán hasta 15 años para algunos sectores, como el automotriz

Así los aranceles que hoy establece el Mercosur a los autos europeos (35%), piezas de autos (14% a 18%), equipos industriales (14% a 20%), a la química (18%), vestidos y calzados (35%), productos farmacéuticos (14%), serán eliminados paulatinamente entre 5 y 10 años.

También se eliminarán al vino (27%), chocolate (20%), galletitas (18%), lácteos y quesos (28%).

La Comisión Europea acaba de publicar un borrador a manera de síntesis del acuerdo, donde ya empiezan las contradicciones con la “versión Mercosur”: mientras que éste asegura que “la UE ofrece la liberalización completa e inmediata de aranceles para el 80% de las exportaciones del Mercosur de productos industriales a la UE”, la versión europea asegura que “la  UE liberalizará el 92% de sus importaciones del Mercosur en un período de transición de hasta 10 años”.

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El desarrollo  desigual  de ambos bloques es patente: el 68% de las importaciones de origen europeo que realiza el Mercosur se concentra en manufactura de alto valor agregado, mientras que el 63% de las exportaciones del Mercosur a Europa se componen  de productos agrícolas o manufacturas de origen agropecuaria de escaso valor agregado. Dada esa diferencia, el interés de Macri y Bolsonaro se encuentra en una mayor liberalización del mercado agropecuario europeo, a costa de la industria local.

Sin embargo sería un error pensar que el sector agropecuario de la región en bloque sería el ganador absoluto: también aquí habrá perdedores, por la competencia de la UE para sus productos agrícolas procesados: quesos, leche en polvo, aceite de oliva, duraznos en lata, ajo y vinos. No en vano las “economías regionales”, como el caso de Mendoza (ajo y vinos), después de la euforia inicial  se han empezado a preocupar por la “letra chica”.

Es que Europa tiene una larga historia de protección a su producción agrícola. No sólo destina este año 190 millones de euros en la promoción de productos agroalimentarios en mercados externos, sino que además la Política Agraria Común de la UE tiene una larga historia de subvenciones a sus productores agrícolas: para hacerla corta,  la Unión Europea los  subsidió en casi 59.000  millones de euros en 2018.

 

Impacto comercial para la Argentina

La Unión Europea es el segundo destino de las exportaciones argentinas,  siendo la balanza comercial deficitaria: les vendemos productos primarios o poco elaborados y les compramos bienes de capital y sus piezas, bienes intermedios y bienes de consumo por mayor valor.

En 2016 el 28% de las exportaciones con ese destino fueron productos primarios, y el 60% manufacturas de origen agropecuario, con casi el 40% del total correspondiente a harina y pellets de soja y el 5% a carne bovina.

En vano buscaremos las palabras “trigo” y “maíz” en el Acuerdo: la UE liberaliza lo que ya nos compra, y que no produce: derivados de soja, rubro en el cual Argentina es líder mundial, con lo que la producción agrícola de la UE seguiría protegida. Y en carnes bovinas, se ofrecen 70.000 toneladas a todo el Mercosur con arancel diferencial, un volumen bajo comparado con las 29.500 toneladas que otorga la UE sólo a Argentina por cuota Hilton. Sin embargo, así y todo, países como Francia ya muestran desacuerdo, por la posible competencia a su producción agrícola: no porque sean un destino importante para las exportaciones argentinas, sino por los mercados en otros países europeos que pueden perder.

Lo que nos lleva directamente a la relación comercial de Argentina con Brasil, que es mayor destino de las exportaciones nacionales, y el principal origen de nuestras importaciones; por lo que la desprotección arancelaria generará un déficit adicional para ambos países. En el caso argentino, sus exportaciones corren el riesgo de caer porque las manufacturas de origen industrial hacia todos los países del Mercosur no gozarán más de preferencias arancelarias, mientras es dudoso que se puedan incrementar significativamente a la UE, dado su proteccionismo agrícola. El resto de la manufactura, que no puede competir hoy, no lo hará por más aranceles que le bajen.

Y además, las importaciones provenientes de Europa de alto valor agregado, por las rebajas arancelarias, inundarán el mercado argentino: este tipo de tratado sólo puede reforzar la inserción argentina como proveedor de materias primas y alimentos, e importador de bienes de mayor valor agregado y tecnología.

Como si nada fuera suficiente, el Mercosur abre su mercado de compra estatal a empresas europeas: una sociedad alemana o francesa podrá competir en igualdad de condiciones con una empresa argentina para compras del Estado nacional u obras públicas.

 

La base teórica del libre comercio y sus consecuencias prácticas

Hay numerosos aspectos técnicos y específicos sobre los que no nos queremos detener porque aún no están definidos, pero aún en el  utópico supuesto que todas las controversias fueran favorables a nuestros países, ello no alteraría el fundamento principal de cualquier tratado de Libre Comercio entre países o bloques de desigual desarrollo económico. Los que desprecian a Marx por “vetusto” se siguen rigiendo por el “principio de la ventaja comparativa” en el comercio internacional, postulado por el economista pre-marxista  David Ricardo: a  cada país le conviene especializarse en aquellas mercancías para las que su ventaja sea comparativamente mayor o su desventaja comparativamente menor: los aranceles sólo perjudican a la economía. Créase o no, este es el “postulado teórico” a favor del libre comercio. Ricardo, que murió en 1823 y al que Marx estudió críticamente, difícilmente deba haber sospechado que postulaba un principio hasta el fin de los tiempos. Pero viniendo de quienes aún sostienen  la teoría, anterior a la ventaja comparativa, de “la mano invisible del mercado”  como regulador de la economía, nada puede sorprender.

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En el ejemplo de Ricardo, casualmente a Portugal le convenía producir vino (producción primaria) y vendérselo al Reino Unido y comprarle telas (producción industrial) sin distorsiones arancelarias: eso sí todos ganaban.

Las consecuencias prácticas de la teoría, sin embargo, no son desconocidas por sus impulsores y beneficiarios. Gustavo Grobocopatel (El rey de la soja) declara “no hay que temerle a las consecuencias (del acuerdo) y permitir que sectores económicos desaparezcan”, “en vez de vender trigo, vamos a poder vender pastas. En vez de aceite crudo, una latita con marca”. La idea no parece muuuy ambiciosa, pero sólo pasará si “somos competitivos”. Y más: “los europeos están muy felices porque van a poder vender quesos al país”; si la industria láctea argentina no produce quesos de calidad y a menor costo que los europeos va a sufrir, pero es un desafío para el sector mejorar su calidad.

Si este escenario está planteado en este tradicional rubro, pensemos el destino del resto de la manufactura local. Y cuán felices estarán los industriales europeos.

El ministro Sica piensa lo mismo, pero por supuesto se ve obligado a disimular un poco:   ”tenemos que mejorar la competitividad del país”, declara y, además, que la economía debe “rediseñarse”. Insiste con “empujar en temas de competitividad”  donde el gran responsable es “el sector público a la hora de bajar la presión fiscal, los costos logísticos” (o sea, invertir en infraestructura) y mejorar los “temas laborales”.

En criollo, el gobierno baja impuestos e invierte en rutas, puertos, comunicaciones y energía; los trabajadores resigan salario y condiciones de trabajo y los empresarios… recogen el fruto: la baja productividad nacional por la costumbre empresarial de no invertir y fugar al exterior no tendría nada que ver: son las víctimas del virus criollo  de la “falta de competitividad” sobre la que no tendrían ni arte ni parte. Apurémonos en señalar que de estos tres factores (impuestos, logística y trabajo), la parte del león la pondrán los trabajadores, porque lo que no dice Sica es que, a pesar de su “empuje”, habrá sectores condenados a cerrar, desindustrializando el país y actuando como factor disciplinador  hacia el conjunto de los trabajadores.

 

Rechacemos activamente el Acuerdo  

A pesar que toda la negociación se llevó a cabo sin ningún debate público y un marcado hermetismo, el complejo mecanismo de entrada en vigor, que requiere una futura revisión legal, su firma y la  aprobación de cada Parlamento, lo que supone un plazo de tiempo suficiente para impulsar su rechazo, el kirchnerismo se ha limitado a un tímido rechazo.

 

Alberto Fernández se limitó a un tweet “No queda claro cuáles serían los beneficios concretos para nuestro país. Pero sí queda claro cuáles serían los perjuicios para nuestra industria y el trabajo argentino”. La conclusión es que “Un acuerdo así no genera nada para festejar sino muchos motivos para preocuparnos”, más propio de un periodista que de un candidato a Presidente, que tendría las facultades, de asumir, de no ponerlo en vigencia.

Kicillof, en el mismo sentido, se limitó a retuitear una nota(1) “para entender la tragedia que acaban de anunciar”, como lamentándose de un hecho consumado. Ninguno expresó que, de llegar al gobierno, Argentina no entrará en esta trampa mortal.

Es un error también subestimar el anuncio, presentándolo sólo como parte de la campaña electoral macrista y como fake “algo falso que no es lo que aparenta. No es un acuerdo final; la letra chica no se definió; lo que se avanzó se mantiene en secreto; es un anuncio político en tiempos de campaña electoral; no tiene beneficios generales para la economía argentina; aumentarán las importaciones y disminuirán las exportaciones porque se perderá el mercado brasileño a manos de los europeos. El festejo oficialista del acuerdo Mercosur-UE es fake”(2).

Por el contrario, el tratado será un arma en manos del macrismo para fortalecerse y tratar de pasar a la ofensiva contra los trabajadores. Pero si Macri hoy lo puede presentar y sacar pecho, el kirchnerismo tiene una importante cuota de responsabilidad por haberse jugado todo a “achatar” la situación, que nadie piense en luchar y todos en votar, mientras ellos negocian con los empresarios y el FMI.

Se impone entonces el más claro y contundente rechazo al Acuerdo, impulsando no sólo su denuncia, sino también poniendo en pie un amplio movimiento contra su aprobación.

 

1 Carlos Bianco, ex secretario de Relaciones Económicas Internacionales, sobre el acuerdo entre el Mercosur y Europa, en “No hay ningún beneficio para la Argentina en este acuerdo. Ninguno. Cero. Es como el tratado Roca-Runciman de 1933 pero sin la carne”.

2 Alfredo Zaiat en Página 12

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