Debates en la izquierda

    Una vez más sobre la crisis del Partido Obrero

    La crisis del Partido Obrero, una organización con más de 50 años de historia en nuestro país y que fuera la más grande de la izquierda en las décadas del 90 y el 2000, requiere, por su gravedad, ser estudiada.

    Roberto Saenz
    Dirigente del Nuevo MAS y la corriente internacional Socialismo o Barbarie. Director general de izquierdaweb.com


    Como muchos han señalado ya, este partido, virtualmente dividido en dos, no volverá a ser el mismo; se resignificará, será otra cosa, se verá;pero no volverá a ser el Partido Obrero original.

    Escribimos semanas atrás un primer abordaje de su crisis (“A propósito de la crisis en el Partido Obrero”). Nos interesa avanzar un paso más sacando algunas lecciones, colocando el foco en las cuestiones de construcción revolucionaria.

     

    Una crisis global

    Lo primero a señalar es que la crisis del Partido Obrero es global: atañe a múltiples planos de su experiencia.

    La tradición histórica del altamirismo, sus bases fundacionales y programáticas, sus concepciones constructivas, son elementos que en conjunto con sus derivas políticas y constructivas(los elementos de adaptación a un funcionamiento porotero), hacen a una totalidad de problemas.

    Probablemente la actual dirección del PO no pueda o no quiera ahora procesar un balance, lo mismo que la minoría, no lo sabemos. Lo que sí sabemos es que una crisis de esta magnitud entraña problemas de fondo que deben balancearse[1].

    El marco más general es el que colocamos en nuestra nota anterior: el carácter minoritario y hasta muchas veces marginal de las corrientes del trotskismo subproducto de las condiciones en las que nos ha tocado actuar; entre ellas, hoy, las presiones que devienen de ser revolucionarios en condiciones no revolucionarias(un elemento que creemos tiene mucho peso en la crisis del PO).

    El elemento más general de su crisis remite, quizás, a la afirmación de una identidad fragmentaria por oposición a otra identidad fragmentaria.

    El PO se constituyó como corriente presentándose casi exclusivamente como una corriente “antimorenista”. Pero el morenismo fue solamente una de las tantas corrientes del trotskismo en la posguerra, caracterizadas todas ellas por un rasgo general común (cada corriente tuvo sus propias derivas, pero aquí nos referimos a otra cosa): la dificultad para protagonizar una experiencia que fuera universal. 

    Ninguna corriente del trotskismo posterior a Trotsky alcanzó esa universalidad sencillamente porque se hicieron experiencias riquísimas, militantes, heroicas, pero no se logró dirigir sectores de masas; mucho menos encabezar una revolución.

    Esto ocurrió por razones objetivas y subjetivas, de balance, pero atención: los elementos de objetividad tuvieron una presencia inmensa en las condiciones que el trotskismo quedó atenazado entre el imperialismo y el estalinismo[2].

    Incluso al bolchevisimo le costó alcanzar dicha universalidad nucleando a todas las fuerzas socialistas. La fundación de la III Internacional, en enero de 1919, contó con la (errónea) disidencia del luxemburguismo, que opinaba que no estaban dadas todavía las condiciones para fundarla…

    Sin embargo, al atraerse a Trotsky y lo mejor de las demás corrientes revolucionarias rusas, al tomar el poder, es evidente que alcanzó universalidad; algo que sólo se logra sobre la base de una experiencia real, siendo esta la experiencia más alta del marxismo revolucionario hasta nuestros días.

    Ninguna corriente particular del trotskismo logró hasta hoy algo así. Entonces, construir toda la identidad en relación a una corriente particular,y no en relación a un balance del marxismo revolucionario en su conjunto,sólo puede dar lugar a un desarrollo particular y, por lo tanto, demasiado falible[3].

    Insistimos. Uno de los fundamentos de la crisis del PO tiene que ver con no haberse universalizado. No haber tenido la sensibilidad de ir a un abordaje más general basado en la experiencia histórico-estratégica de la clase obrera, el balance del siglo XX;haberse creído que la crisis del “morenismo” era un talismán que le resolvía todos los problemas.

    De la referencia a un particular sólo puede emerger otro particular. Y este elemento general es uno de los fundamentos de la crisis del PO porque construyó una identidad con parámetros demasiado limitados: desaparecido su alter ego se quedó, paradójicamente, sin mayores referencias estratégicas.

    Esto que es muy general se “baja a tierra” en cuestiones más concretas, aunque todavía en el terreno de las concepciones teóricas: el PO es una corriente catastrofista al viejo estilo,que carece de todo balance estratégico de su propia trayectoria.

    También en esto su deriva es contradictoria. La mayoría partidaria parece enarbolar hoy una suerte de pragmatismo cada vez menos socialista revolucionario: la minuta de Guillermo Kane sobre Cuba es un escándalo oportunista del cual el propio Altamira llegó a decir que “no podía pertenecer a un militante del Partido Obrero”…

    Ya la minoría,que pareció con el debate de Cuba tratar de volver a algunos parámetros estratégicos, se la ve ahora en una suerte de “pastiche objetivista” con rasgos sectarios, que dan la impresión de ser una fuga hacia adelante.

    Al parecer, la mayoría no tiene otra alternativa que ser pragmática, esto en la medida que ha perdido su núcleo fundador. No se trata del “hombre programa”, ni idioteces por el estilo. Pero sí es un hecho que determinado dirigente en determinadas condiciones,concentra un conjunto de determinaciones.

    Cuando se rompe con los fundadores, hay que tratar de pasar un balance:entender qué pasó. Lenin en textos (quizás tardíos, es verdad) como El renegado Kautsky, o El Estado y la revolución, entre otros, nos ha enseñado sobre esto.

    El balance no puede ser algo exclusivamente organizativista del tipo “Altamira es personalista”:debe haber algo más para que se haya desatado semejante crisis[4].

    La mayoría no parece saberlo y sólo se dedica a refritar viejas citas,amén que la elaboración de Kane,la única “estratégica” que se les conoce es, repetimos, un canto horrible al castrismo,que poco y nada tiene que ver con el socialismo revolucionario.

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    La mayoría parece apelar al pragmatismo cuestionando los costados más objetivistas de Altamira. Pero no está claro si este cuestionamiento no es más que una función de los elementos oportunistas que vienen caracterizándolo: su falta de iniciativa, cierta timidez en momentos culminantes de la lucha de clases, aparte de elementos de adaptación políticos y sindicales que veremos abajo.

    Por su parte,Altamira y Ramal parecen recurrir al viejo discurso objetivista, como si el mismo fuera una funciónincuestionable de una política revolucionaria. Pero análisis y política tienen una relación dialéctica; sea cual sea la situación, la política debe ser revolucionaria.

    Pero es revolucionaria siempre en relación a las circunstanciasconcretas de tiempo y lugar; no porque se repita machaconamente “la dictadura del proletariado”, o porque se crea, invariablemente, que existe “una crisis de poder”…

    Decididamente,la lógica del catastrofismoestá mal y desarma. El análisis jamás puede reemplazar a la política. Y, por lo demás, es falso que la revolución esté siempre a la vuelta de la esquina, o que haga falta trasmitirle eso al partido para que el mismo mantenga su espíritu revolucionario.

    Una ubicación abstracta de ese tipo aplana el análisis concreto del marxismo, la evaluación concreta de las circunstancias; pierde de vista el peso material que tienen nuestros enemigos, sus puntos de apoyo:desarma a la hora de la política y la lucha revolucionaria concreta.

    El marxismo no se va a caer porque reconozca el peso específico de nuestros enemigos en cada momento de la lucha. Pero se transforma en unacaricatura cuando los análisis de 30 años atrás, 20 años atrás, 10 años atrás, 5 años atrás y de hoy… son similares (algo demasiado recurrente en los textos de Altamira).

    Altamira abrió un debate programático alrededor de Cuba que es perfectamente extensible al resto de las revoluciones anticapitalistas de posguerra, de corte similar. Repetimos. Es una pena que no haya retomado este debate como centro de la cuestión, extendiéndolo incluso al resto de las revoluciones de posguerra, de corte similar a la cubana.

    La minoría no parece discurrir por ese camino. Camino que, teórica y programáticamente,es mucho más fructífero que la opción objetivista. Apunta en profundidad a las causas reales de que a varias décadas de la caída del Muro de Berlín, muchísimas corrientes provenientes del trotskismo carezcan de balance.

     

    Los insensibles mecanismos de la adaptación

    No seamos injustos. Es probable que Altamira haya desempolvado el debate sobre la Revolución Cubana como por elevación contra los elementos de adaptación de su partido.

    ¿Cuáles son las bases de la adaptación oportunista? El problema que surge en la encrucijada entre el programa revolucionario y la realidad no revolucionaria.

    El partido es una relación social, no una cosa que pueda mantenerse incólume, no importa en qué condiciones. La propia idea del programa de transición, del vector reforma/revolución, establece una dinámica contradictoria entre el terreno de la realidad del cual se parte y la perspectiva a la cual se pretende ir.

    Hacer política revolucionaria implica estar sometido a presiones sociales tremendas. El partido es una relación social:está sometido a determinadas correlaciones entre la clase trabajadora, la vanguardia, las clases enemigas y el Estado.

    ¿Cómo se ejercen las presiones sobre el partido? Simple. La acción directa es una parte de la acción del partido, su terreno principal. Sin embargo, en su acción sindical, en los movimientos sociales, en su acción electoral, en las reivindicaciones de todos los días, estas actividades, por su naturaleza, no son necesariamente revolucionarias; eso depende del ángulo desde el cual se las encare.

    Los sindicatos, por ejemplo, procesan la negociación reivindicativa de la clase trabajadora con los patrones; no cuestionan como tal el trabajo explotado:suponen que el trabajo siga siendo asalariado y el patrón siga siendo el patrón.

    Esto introduce presiones sindicalistas, reformistas, en la medida que no se trace una “diagonal revolucionaria”,por así decirlo;lo que no quiere decir ni vanguardismo ni propagandismo, sino simplemente esto que estamos afirmando: la necesidad de introducir una tensión que cuestione en parte la presión reivindicativa de los trabajadores.

    El parlamentarismo, ni qué decirlo, introduce la presión de la que hablaba Rosa Luxemburgo: creer que el centro de la dinámica social está en la “creación parlamentaria” en las cámaras, y no fuera de ellas, en el seno de las grandes fuerzas sociales[5].

    Los pequeños grupos izquierdistas que afrontan sectariamente la cuestión, están condenados a la marginalidad. Pero cuando se logran diputados y representaciones(una enorme conquista repetimos), las presiones a la adaptación se multiplican porque el ámbito parlamentario, como los medios, el codearse con las figuras políticas burguesas, etcétera,encandilan y pueden hacer perder de vista que las grandes fuerzas históricas son extraparlamentarias.

    Con los movimientos de desocupados pasa algo similar, pero más grave aún que el sindicalismo. Los sindicatos no son los que pagan los salarios; eso lo hace la patronal.  Pero cuando se dirigen movimientos piqueteros que administran miles de planes y decenas de cooperativas, la cosa es más peligrosa: las presiones a transformarse en burócratas que administran las necesidades y el hambre, se multiplican.

    Un partido que pierda el balance en la “administración” de estas respuestas cotidianas, que, en cierto modo, “deje de hacer política” (en el sentido estratégico del término), que al crecer aumente su estructura interna significando esto que se rente gente a troche y moche, gente que dependa de dicha renta por demasiado tiempo para su supervivencia sin haber pasado por la escuela de la lucha de clases, que genera en ellos la expectativa de más puestos, de más cargos, que dicha expectativa se transforme en una fuente de reclutamiento (como suele llamar el PO a la captación), empieza, sin darse cuenta, insensiblemente, a cambiar los rieles sobre los que desarrolla su acción: de la acción política desinteresada dominada por las perspectivas estratégicas –que no tienen por qué significar izquierdismo infantil, insistimos-, se pasa, sin darse cuenta, a la adaptación oportunista/aparatista[6].

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    Y cuando esto ocurre en un partido que, como el Partido Obrero, caracterizó al movimiento piquetero como un “movimiento socialista”, y no, en todo caso, un movimiento reivindicativo de trabajadores desocupados dirigido por socialistas, que es algo muy distinto, que acumula fuertes inercias burocráticas, que en la experiencia de la FUBA hizo escuela en la lógica porotera, que se ha acostumbrado, insensiblemente también, al cambio de las grandes perspectivas por criterios de aparatos, lo que se tiene es el peligro de una desviación oportunista.

    Por qué ocurre esto en corrientes de mucha tradición histórica como el morenismo en su momento y ahora el altamirismo o, en casos como el mandelismo en Europa, sencillo: porque se requiere de mucha vigilancia y mucha politización para pasar por estas experiencias de manera revolucionaria; para que las presiones organizativistas, los cargos, las conquistas inmediatas, la “pragmática” del día a día, no se “coman” la política y la estrategia[7].

    Y atención que esto lo afirmamos a sabiendas que la negativa a afrontar estos desafíos es sólo un camino de secta, de marginalidad, de propagandismo intelectualoide.

    Aplicar el programa de transición de manera revolucionaria, es decir, concreta, no sectaria, partiendo de la realidad tal cual es, pero sin perder las grandes perspectivas, no es nada fácil.

    Sobre todo, insistimos, si las condiciones no son revolucionarias. Condiciones que no son las mismas que cuando se formularon las enseñanzas de los 4 primeros Congresos de la Internacional Comunista;enseñanzas clásicas, de aplicación universal, pero que contienen complicaciones y desafíos multiplicados en condiciones que, como las actuales, aún no son revolucionarias.

    Para colmo, si se concibe el partido como un “Estado dentro del Estado”, si se cree que el partido, como tal, contiene todas las relaciones “resueltas” en su seno, si se pierde de vista que el partido revolucionario es una función esencial, un destacamento específico, pero “nada más” que una función de la misma clase, que el partido no tiene futuro sin ella, el plato queda servido para una crisis como la que estamos viendo en el Partido Obrero.

    Y si, para colmo, se avanza en teorizaciones caracterizadas por un sustitucionismo total de la clase obrera en la revolución por un aparato tipo el castrismo, en fin,se pierden todos los contrapesos por el camino.

    Y lo mismo que estamos señalando para el PO se aplica al FIT. No queda claro que el PTS tenga un análisis crítico de estas cuestiones; no se le conoce una línea profunda sobre la crisis del PO.

    Su sustitución de la política por la maniobra; su apreciación esencialista de que no se sabe por qué gen el PTS estaría inmune de toda lógica “centrista”; su falta total y absoluta (que es más bien una cerrada negativa dogmática y doctrinaria; dogmatismo y doctrinarismo que han sido siempre taparrabos del oportunismo[8]) de todo balance de la experiencia del siglo pasado, su idea sustituista del partido, lo hacen pasible de deformaciones como las del PO.

    En fin: no podemos extendernos más en esta nota que sigue siendo meros apuntes sobre la crisis de un partido de importancia del movimiento trotskista, experiencia de la cual nuestra obligación es extraer lecciones críticas para la construcción revolucionaria.

     

     

     

    [1]Más aún cuando la crisis toma la forma de una ruptura con el dirigente histórico y fundador de dicha corriente. Volveremos sobre esto.

    [2]Sólo recordemos cómo el estalinismo masacró a los bolcheviques leninistas en la propia ex URSS y tendremos una idea de la cosa sumándoles, además, el prestigio que obtuvo por la derrota del nazismo.

    [3]Desarrollo para colmo, en el caso del PO, demasiado nacional.

    [4]Las corrientes revolucionarias somos siempre corrientes en construcción; jamás podemos cristalizar del todo porque eso adelanta crisis. Aquel que crea que tiene “la vaca atada”, que pierda de vista el sentido crítico, está muerto.

    [5]Al parecer en el Partido Obrero se ha creado toda una concepción oportunista de “parlamentarismo positivo” que pierde de vista la enseñanza elemental de Rosa, que planteaba que los revolucionarios vamos a las Cámaras, fundamentalmente, en calidad de oposición irreductible al sistema.

    [6]La idea de “cambio de rieles” de la actividad nos fue sugerida por una argumentación similar de Moshe Lewin en relación de la burocratización del Partido Bolchevique en el poder.

    [7]De esto también dejó enormes enseñanzas la socialdemocracia y el estalinismo. Rosa Luxemburgo destacó cómo la excesiva división de tareas en la socialdemocracia fue un factor de oportunismo; con Trotsky y Moshe Lewin podemos subrayar cómo la administración del aparato –inevitable hasta cierto punto, claro está-, se come la política.

    [8]Ver en este sentido la crítica de Karl Korsch a Karl Kautsky, muy atinada al respecto.

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    2 COMENTARIOS

    1. Un piquetero que cobra, un subsidio del Estado por cortar pastito, es un empleado público que marca y arrastra a la baja, el sueldo mínimo del trabajador privado, o sea, la vara a la baja del salario, ya que si cobra, digamos 6.000 $ esa será la medida del salario mínimo, ya que menos, simplemente se da por despedido y cobra un subsidio.
      Un piquetero, es por tanto, un empleado público mal pago.
      Pero esa actividad, crea parasitismo en los trabajadores y los desmoraliza en su lucha diaria por la subsistencia, así nunca va luchar por cambiar su situación, salvo el caso de una profunda lucha política.
      Así que un dirigente piquetero, debe cobrar por su trabajo, que es ser dirigente, y de esa forma, nunca será revolucionario, más o menos lo que pasa, con delegados obreros, que.aceptan la transa y terminan siendo Burocratas Sindicales caros, como son los de nuestra CGT.
      Tuvo suerte el NMAS, cuando no los aceptaron, por que el PO reventó y lógico,.así va a reventar el FIT, cuando deban elegir si votan por Kretina o se abstienen, y, cualquiera sea el resultado,
      La grieta “Reforma o Revolucion”, hará volar el frente en pedazos, más temprano que tarde.
      Más vale tener una cuchara en la mano, cuando a fin de año, llueva sopa.

    2. Hay que afinar un poco la prosa. Se vuelve redundante el texto por parte. El poder de síntesis también hace al buen escritor.

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