El país vive casi un mes de durísimos enfrentamientos con el gobierno con un bloqueo mediático por parte de la prensa internacional y con parte del país incomunicado sin acceso a redes sociales o conexión a internet.

Con casi 160 muertos tras las manifestaciones, los sucesivos toques de queda, casi 5 mil heridos, la censura local e invisibilización por parte de la prensa mundial, se ha desencadenado la rebelión del golpeado pueblo iraquí. Aunque las protestas más masivas vienen ocurriendo hace ya algunas semanas, la revuelta social se viene gestando hace meses.

Esta verdadera rebelión popular llega a estos días en consonancia con las demás rebeliones en América Latina y el mundo. Son millares de manifestantes en las calles del país aglutinados por la exigencia de la renuncia inmediata del primer ministro, Adel Abdel Mahdi, y toda su cúpula que, además de ignorar toda la situación desesperante de la economía y de las condiciones de vida de los trabajadores –que sufren la escasez de agua potable, electricidad y ausencia de infraestructura-, están envueltos en un mega esquema de corrupción.

Las manifestaciones se producen en varias ciudades del país, pero es en la icónica Plaza Tahrir, en Bagdad, donde los manifestantes están sufriendo una brutal represión. La policía reprime a la población con disparos de armas letales.

Los iraquíes reclaman principalmente contra el desempleo desbocado, la decadencia de todos los servicios públicos y contra un gobierno corrupto.

El elemento político más valioso, independientemente de si las masas iraquíes seguirán en las calles o no, después de tanto tiempo de lucha respondida con una dura represión, es que después de esperar una respuesta superadora de los problemas políticos y económicos, desde arriba, luego de la invasión norteamericana, la mayoría de la población recobró la responsabilidad de llevar por si misma las transformaciones sociales del país.

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Llama la atención el nivel de organización con que cuentan los manifestantes. Muchos llegan en micros desde varios lugares del país y copan toda la Plaza Tahrir de forma concentrada. Cuando llegan ya hay bloqueo policial de la plaza, pero con la fuerza de la multitud van “empujando” fuera de la plaza a los tanques de las fuerzas armadas.

La represión descargada por el gobierno en las protestas del 4 de octubre aumentó la polarización y radicalización de las mismas. Después de eso, los manifestantes se cubrieron de legitimidad en las calles afirmando que tal violencia, venida de un gobierno deshonesto y fracasado políticamente, es inaceptable. Y, más que nunca, siguen movilizados exigiendo que el presidente y todo su gabinete presenten su renuncia.

 

Años de crisis gestan una situación insostenible

Esa explosión de indignación popular resulta, entre otras cosas, de la crisis del capitalismo del 2008, de las dos invasiones norteamericanas y de los más de 100 años de pillaje y saqueo imperialista. La única forma por parte del pueblo iraquí para vencer es a través de la unidad, derrumbando de un solo golpe todo el sistema político descompuesto títere del imperialismo yanqui.

La burguesía está aterrorizada con esa posibilidad. Porque unidos los trabajadores iraquíes olvidaron por un momento las divisiones sectarias y religiosas -muchas incentivadas y azuzadas por el imperialismo estadounidense y por el Estado Islámico (EI)- entre la población chiita y suniita.

Lo que toda la clase dominante, al lado de sus aliados occidentales, temen más que a nada es que las protestas se masifiquen aún más y que las poblaciones de la región se unan a través de las banderas de lucha que van más allá de las diferencias nacionales, étnicas y religiosas.

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La Federación de los Consejos de Trabajadores, Sindicatos de Irak y el Partido Comunista de los Trabajadores Iraquíes, vienen exigiendo frenar la escalada de privatizaciones, que pesan sobre el país a través de sus sucesivos gobiernos. En tanto, no proponen ninguna política para evitar que las sucesivas manifestaciones sean capitaneadas por fracciones y milicias sectarias que utilizan innumerables veces al movimiento para obtener apoyos de sectores totalmente ajenos a los intereses de las grandes mayorías. Sobre las tradicionales direcciones del movimiento obrero y el PC estalinista pesa aún el estigma de haber apoyado al nacionalismo burgués que derivó en la dictadura de Sadam Hussein.

En ese sentido, es fundamental un programa que pueda unir a los oprimidos y al mismo tiempo desafiar las raíces de todos los problemas de la sociedad iraquí, convocando a una huelga general por el Fuera Mahdi y que exija la renacionalización de las industrias y grandes compañías del país, bajo control democrático de los propios trabajadores, para que esa lucha sea encauzada hacia un estado obrero y popular, socialista, democrático, secular y libre de toda explotación y opresión.

 

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