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“(…) este semana hemos visto la entrada en masa a las protestas contra la sentencia [en Catalunya] de una generación en torno a los 20 años, algunas protagonistas también en las huelgas feministas o por la emergencia climática, otras sin experiencia política previa (…) [Podemos apreciar] ese espíritu generacional (…) del siguiente modo: si el 15M [se refiere a la Puerta del Sol en Madrid] fue la revuelta de quienes veían sus expectativas amenazadas, esta lo es de quienes han crecido sin más expectativa que la precariedad, el hastío y la represión. Es curioso ver cómo las protestas en Catalunya se nutren de referencias internacionales para renovarse. Hace unos meses fueron los Chalecos Amarillos franceses y ahora los punteros lasers u otras prácticas de Hong Kong. También circulan consejos para protegerse de la policía elaborados por los movimientos chilenos”. (Oscar Blanco, “La huelga general pone Catalunya en marcha”, Viento sur, 20/10/19)

Publicamos a continuación el Manifiesto que ha lanzado nuestra corriente en oportunidad del estallido mundial de rebeldía que se está viviendo internacionalmente en la actual coyuntura.

 

1. Un fantasma recorre el mundo

A comienzos de 1848, cuando Marx y Engels publicaron el Manifiesto Comunista, estaba a punto de desencadenarse el mayor ascenso de la lucha de clases moderna que viviera Europa hasta ese momento. Los fundadores del movimiento socialista contemporáneo habían alertado que un fantasma, el fantasma del comunismo, recorría el continente y era así: por primera vez se expresaba la lucha del proletariado moderno en toda su amplitud.

Recordamos esto, obviamente, en estos momentos en los cuales, internacionalmente, parece haberse desatado una ola de rebeliones populares sincronizadas en los 4 puntos cardinales del globo: desde Hong Kong, pasando por el Líbano, Catalunya, Ecuador, Chile, Haití, Honduras, el pueblo kurdo, anteriormente Puerto Rico, los Chalecos Amarillos en Francia, etcétera, y con reflejo en multitudinarias movilizaciones en las más diversas regiones -como el caso de Uruguay por días consecutivos y otros- lo que parece anunciar una nueva primavera de los explotados y oprimidos[1].

¿Cómo se explica que estos movimientos sociales profundos de la juventud y los trabajadores y trabajadoras se hayan manifestado de esta manera, al unísono, en un panorama internacional que venía girado hacia la derecha?

Es evidente que existen tanto condiciones materiales comunes vinculadas al capitalismo del siglo XXI, como una acumulación de experiencias de lucha que viene desde comienzos de este siglo que lo explican, y que a la vera de una nueva crisis económica mundial, están desatando esta ola de rebeldía internacional.

Las motivaciones generales son de dos tipos: por un lado, las condiciones de vida económico-sociales intolerables a las cuales se ha llegado bajo un capitalismo que pensando que “no estaría más amenazado por la revolución” –el relato del “fin de la historia”- ha avanzado estas últimas décadas de manera sistemática sobre las conquistas de los trabajadores y trabajadoras en todo el orbe. Las viejas generaciones trabajadoras se han empobrecido y las nuevas generaciones se encuentran sin futuro, en un mundo que sólo les ofrece miseria y precarización en materia laboral, de vivienda, de salud, de educación.

Y, junto con esto, también se amontonan reclamos democráticos –por unificarlos a todos bajo un mismo signo- de movimientos que se levantan por sus derechos a la autodeterminación, del movimiento de mujeres mundial, de los de abajo que no están dispuestos a soportar los toques de queda o los Estados de emergencia, los asesinados, los detenidos en masa, la represión y las Fuerzas Armadas en las calles.

En el trasfondo de ambas motivaciones está, sin duda, un sistema capitalista que ha aumentado de manera sideral la cuota de explotación de la clase trabajadora que, mediante un corrimiento a la derecha y extrema derecha, está afectando las conquistas y libertades democráticas más elementales, que pretende, últimamente, imponer criterios reaccionarios y oscurantistas en materia de las relaciones humanas, y que, además, y por si fuera poco, está poniendo a la humanidad a la vera de una catástrofe ecológica sin antecedentes.

La suma de estas crisis, sin olvidarnos de las peleas por arriba entre potencias mundiales y en el contexto de una dinámica hacia una crisis recesiva que parece estar a la vuelta de la esquina, la suma de ataques y ajustes económicos, de denegación de derechos elementales para los trabajadores, las mujeres y la juventud y los pasos de gigante hacia una crisis ecológica, es lo que ha puesto en pie inmensos movimientos de masas en varios países y regiones.

En los últimos días se está viviendo así, una aceleración de los tiempos, aceleración que es una marca característica de los tiempos revolucionarios, tiempo en los que, como dijera Lenin, las masas populares aprenden más en pocos días que en décadas de ritmos cansinos.

Es todavía, quizás, demasiado prematuro para definir que exista ya un giro político internacional hacia la izquierda. Sobre todo porque los más grandes países: Estados Unidos, China continental (a pesar de Hong Kong), Rusia, Alemania, el mismo Brasil, Sudáfrica –aunque al parecer, no Egipto-, India, etcétera, todavía se encuentran al “margen” de estos desarrollos.

Sin embargo, a su escala, estos países están afectados por los mismos problemas generales que el resto del mundo capitalista. Y no se puede descartar que, bajo el “efecto imitación” que ya está generando, el planeta entero vaya entrando en una misma vorágine: una nueva oleada de radicalización.

Un período de radicalización que, quizás, ya estemos transitando y que, por lo demás, expresa una acumulación de experiencias previas (nuestra corriente siempre marcó su existencia[2]) que se multiplica, si se quiere, en la medida que este renovado ascenso de la lucha de clases se topa con gobiernos más duros, con un giro reaccionario internacional, con una porción de las clases medias que, acompañando a la burguesía y al imperialismo, se encuentran a la derecha y extrema derecha.

En estas condiciones, habrá que ir evaluando cuánta disposición tiene la burguesía para soluciones de mediación y cuánta para intentar la vía represiva, para ir al choque.

El capitalismo siempre tiene márgenes para dar concesiones. Es mentira que la economía marque límites absolutos[3]. En la economía capitalista, con el desarrollo de las fuerzas productivas que ha supuesto, los límites son históricos y tienen que ver con la lucha de clases[4].

Como señalara Marx en El capital, las líneas variables entre el valor y el plusvalor, es decir, entre el trabajo pagado y el trabajo no pagado, sólo dependen de la lucha. De ahí que la mayoría de las conquistas sean subproducto siempre de la lucha revolucionaria.

Visto desde este punto de vista, podríamos decir que se ha desencadenado la “tercera oleada” de las luchas internacionales desde el comienzo del siglo. Comenzando en el año 1999, se expresó en el movimiento “antiglobalización”, decantó en la ola de rebeliones populares latinoamericanas y luego fue lentamente reabsorbido.

Una década después tuvimos el estallido de la Primavera Árabe y de los Indignados a la vera de la crisis del 2008, con experiencias como la Plaza Tahrir en Egipto, la Plaza Taksim en Turquía, la Puerta del Sol en Madrid y un larguísimo etcétera.

Y, posteriormente, sin que las rebeliones populares se hayan retirado del todo de la escena en los últimos años de giro derechista, tenemos ahora el actual despertar mundial de la rebeldía que podría ser el más amplio y radicalizado del siglo actual.

Ha estallado una primavera de los explotados y oprimidos. A continuación intentaremos profundizar en el análisis de la misma y dar algunos lineamientos generales para la lucha política y programática que se viene.

 

2. Un estallido sincronizado

Partamos de los hechos. Desde comienzos de este 2019 se han venido manifestando expresiones de rebelión popular en varias regiones del orbe. Puerto Rico estalló contra la corrupción, la misoginia y el desastre del huracán María que sólo sirvió para que sus autoridades hicieran negocios y desfalcos. Hong Kong viene de meses de movilizaciones por su derecho a la autodeterminación: elegir sus autoridades mediante elecciones libres. También en Honduras vienen sucediéndose procesos contra el fraude electoral y otros. Anteriormente, desde finales del año pasado, había estallado Francia con el movimiento social de los Chalecos Amarillos, que adquirió rasgos ciudadanos y radicalizados, organizándose embrionariamente sobre la base de asambleas populares. Latente estaba, también, el movimiento por la autodeterminación en Catalunya, que acaba de volver a estallar con renovados bríos y de manera radicalizada, incluso tomando el ejemplo de Hong Kong, por no olvidarnos del pueblo kurdo con sus experiencias comunales democráticas bajo el asedio del asesino Erdogan.

Mientras estos procesos “calentaban” el mundo, en las últimas semanas comenzó a estallar Latinoamérica contra el capitalismo neoliberal y los ajustes económicos sin fin. Esto se pudo ver en Ecuador, con la irrupción de una inmensa rebelión popular indígena-originaria con centro en Quito, una rebelión cuyo desenlace concreto todavía está abierto. Y cuando el país andino no se terminaba de “enfriar”, estalló Chile, donde sobre la base de experiencias anteriores de lucha contra la educación privada, en defensa del transporte público, contra el sistema de jubilaciones, etcétera, ha estallado el más profundo movimiento social en el país trasandino desde los años 70. Y todo esto sin olvidarnos del Líbano, de la heroica pelea del pueblo kurdo contra Erdogan, las movilizaciones de masas en Haití en estos mismos momentos, etcétera.

Es muy significativo que estos procesos estallen al “unísono”. Ocurre que el “efecto imitación” existe en la lucha de clases y tiene bases concretas. ¿Cuáles son dichas bases? Simple: aun con inmensas diferencias políticas y culturales, las bases materiales del capitalismo de hoy crean una serie de coordenadas comunes que multiplican en todas partes la explotación y opresión y dejan a las nuevas generaciones sin futuro: las condiciones están dadas en todas partes para que se incendie la pradera.

Pero en general falta la chispa. Los gobiernos capitalistas, los partidos del sistema, las burocracias sindicales de todos los colores, las fuerzas reformistas, todos trabajan por la estabilidad, por la gobernabilidad, porque no se desborde la movilización, porque todo proceso quede preso de la legalidad y de las elecciones cada 2 o 4 años.

Pero como ha subrayado León Trotsky hace muchas décadas, los aparatos son poderosos pero no todopoderosos. Aun con mil y una dificultades en su organización y conciencia, el acicate de la injusticia y la explotación es más fuerte y el movimiento revolucionario de las masas trabajadoras, de la juventud y las mujeres se nutre siempre de las nuevas generaciones que salen a la palestra, como está ocurriendo hoy[5].

Las condiciones de injusticia y explotación dan base a que, cuando aparece finalmente la chispa, cuando se ve el ejemplo de otros pueblos, cuando un presidente o ministro provocador le dice a los trabajadores y trabajadoras que se “levanten más temprano” para ir a trabajar para no pagar el aumento de un boleto o cuando se encarece el combustible en un país petrolero, cuando se deniegan derechos democráticos elementales, las cosas estallan.

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Y cuando estallan otros países o regiones y se ve que se puede, que hay posibilidades, que otros pueblos se están poniendo de pie, pues bien, explota la rebelión popular.

Así fue en la Europa del siglo diecinueve entre 1847 y 1848. Así fue, también, cuando la Revolución Rusa de 1917, que dio lugar a revoluciones y huelgas generales revolucionarias en todo el orbe durante varios años. Y lo mismo ocurrió cuando el último ascenso de la lucha de clases mundial en los años 60 y 70 con el Mayo Francés, el Cordobazo en la Argentina, las coordinadoras fabriles en Chile, el movimiento de derechos civiles y contra la guerra de Vietnam en los Estados Unidos, el inmenso ascenso obrero en Italia, la Revolución de los Claveles en Portugal, la Primavera de Praga contra la burocracia en el 68, etcétera.

Por supuesto, lo que estamos viviendo ahora es más inicial; no es tan radicalizado como en aquella época. Todavía no tiene en el centro a la clase obrera, es más popular juvenil en general; no tiene una conciencia clara anticapitalista y socialista como en aquel momento.

Y sin embargo, configura, como hemos dicho, una acumulación de experiencias que viene de dos décadas y que podría comenzar a sumar elementos de radicalización política.

Sobre todo expresa la emergencia de una nueva generación estudiantil, de los trabajadores y el movimiento de mujeres. Una nueva generación frente a la cual puede ir abriéndoseles, paso a paso, las perspectivas estratégicas de la lucha por el socialismo.

 

3. El insoportable capitalismo del siglo XXI

¿Cuáles son las bases materiales de esta contestación generalizada? Como señalamos arriba, las fronteras de la explotación y opresión capitalista son móviles: dependen de la lucha.

El capitalismo, sintiéndose “ganador” por la pudrición burocrática de las revoluciones del siglo pasado y la posterior vuelta al redil, volvió a apretar el torniquete retirando conquistas y multiplicando la explotación.

El capitalismo se ha movido como por “oleadas”. Tuvo su apogeo liberal clásico en la segunda mitad del siglo XIX (marcado por una explotación casi esclava de los trabajadores, las mujeres y el trabajo infantil); posteriormente debió ceder conquistas democráticas y económico-sociales bajo la presión del movimiento obrero moderno y la Revolución Rusa durante gran parte del siglo XX; y salió nuevamente a recuperar condiciones de explotación luego de la caída del Muro de Berlín y el apogeo del capitalismo neoliberal.

En estas condiciones, el capitalismo del siglo XXI es un sistema que retiró conquistas y precarizó masivamente el trabajo, que mercantilizó y puso bajo producción de valor, es decir, de puro criterio de ganancias, los países donde el capitalismo había sido expropiado, así como la inmensa mayoría de los llamados “servicios públicos” y los recursos naturales, que privatizó los componentes de “salario indirecto” conquistado en décadas anteriores (como la salud pública, la educación pública, las jubilaciones, sistemas de viviendas, etcétera).

Es decir: hizo la vida de los explotados y oprimidos cualitativamente más intolerable robándoles, de paso, el futuro a las jóvenes generaciones y al planeta mismo.

Por lo demás, el curso de las conquistas democráticas ha sido más contradictorio. Ocurre que la democracia burguesa es un régimen de dominación política burguesa que tiene la ventaja en condiciones “normales”, de posibilitar que los de abajo puedan organizarse (un derecho democrático conquistado, como los demás, mediante la lucha)[6].

Pero sin embargo, y sin caer en ningún esquematismo, porque la democracia patronal es un régimen de dominación flexible que muchísimo resultado le ha dado a los de arriba, el giro a la derecha en países como Estados Unidos o Brasil, la pervivencia de regímenes capitalistas burocráticos autoritarios en China y Rusia, el que un fascista gobierne la India, la supuesta “democracia” más grande del planeta, etcétera, están poniendo en riesgo, también, las libertades democráticas.

Si las tendencias explotadoras y opresoras son siempre una de las tendencias actuantes, existen siempre contratendencias; contratendencias que vienen desde abajo y expresan los reclamos y reivindicaciones de los más variados movimientos de lucha: de los trabajadores y trabajadoras, de la juventud estudiantil, del movimiento de mujeres, de los movimientos por la autodeterminación nacional, de los crecientes movimientos en defensa del planeta.

El capitalismo no actúa sobre un cuerpo inerte. Es un sistema de explotación y opresión, que al mantener a la inmensa mayoría de la población bajo esas condiciones, condiciones que para colmo se han empeorado en las últimas décadas, no tiene cómo evitar la resistencia: estallidos sociales, revueltas, rebeliones y, porqué no, revoluciones.

La historia escrita es, como lo había dicho siglo y medio atrás Marx y Engels, la historia de la lucha de clases. Es decir: la historia de una sociedad que se ha puesto a sí misma en un enredo, que está en conflicto consigo mismo: la explotación de una parte de la sociedad por la otra.

Y la tremenda contradicción que late en su seno, una sociedad capitalista mundial que más que nunca significa la explotación de unos sobre otros, es que está marcada en sus entrañas por una falla irresoluble agigantada en las condiciones concretas del capitalismo del siglo XXI.

La contradicción aquí es que a estas “condiciones sistémicas” se les suma la concreta crisis de la economía que está en ciernes. Sin que la crisis del 2008 haya quedado resuelta realmente, con las políticas monetarias de los Estados agotadas, con un conjunto de empresas “rescatadas” pero que deberían haber quebrado para que se reestableciera la “salud” de la economía global, con el agotamiento, también, de los impulsos ascendentes del mercado mundial –guerra comercial y tecnológica de los Estados Unidos y China mediante- y todo otro conjunto de factores que configuran una crisis estructural no resuelta, ahora resulta que está en ciernes una nueva crisis.

Este no es un análisis de la izquierda sino de la nueva jefa del FMI, Kristalina Georgieva, entre tantos otros analistas. En su primera alocución como jefa de esa venerable institución del capitalismo que es el Fondo Monetario Internacional, Kristalina anunció que el 90% de las economías del mundo ya se encontraban en una “recesión sincronizada” y que la evaluación para el próximo período es que podría avecinarse una recesión mundial.

También dio un dato muy grave al afirmar que la deuda privada corporativa por 19.000 billones de dólares, un tercio del PBI mundial anual, estaba en peligro de cesación de pagos y cargó las tintas contra Trump, afirmando que lejos de ser la guerra comercial algo “pasajero y fácil de ganar”, ésta comenzaba a tener efectos concretos sobre el crecimiento de los Estados Unidos y China (¡dos de los pocos países que aún crecen!) y sobre el comercio mundial.

En estas condiciones no es casual que, universalmente, los planes de los gobiernos capitalistas se parezcan como un calco: todos buscan descargar la crisis sobre las clases trabajadoras. De ahí que las contrarreformas jubilatorias y laborales, sumándoles las impositivas, estén a la orden del día en casi todos los países.

También los discursos sobre la necesidad de reducir el déficit fiscal y pagar deuda externa, lo que está derivando en aumentos de los combustibles como en Ecuador y el Líbano, o aumentos del subte y los transportes como en Chile, etcétera; todos con la misma lógica de paliar déficit del Estado y reducir gastos para pagar deuda.

La perversidad aquí es que no se tocan un milímetro las ganancias capitalistas. En todos los casos, lo que se opera es una redistribución regresiva de los ingresos para que sean las clases populares las que paguen los ajustes; de ahí, por ejemplo, los discursos universales sobre “acabar con los impuestos distorsivos”, que no quiere decir otra cosa que avanzar en quitar imposiciones fiscales a los capitalistas y avanzar en impuestos universales al consumo.

Las contrarreformas jubilatorias son parte de esto, porque en la medida que el sistema previsional es una parte importante de los gastos del Estado y no se quiere tocar la carga impositiva a los capitalistas, el tijeretazo pasa por los gastos vinculados a la previsión social, entre otros.

Sumariamente lo que tenemos aquí, entonces, es la combinación -como hemos dicho- de las características sistémicas de este capitalismo voraz del siglo XXI (que para colmo está avanzando a pasos agigantados en la destrucción del planeta), sumándole a esto los elementos económicos de “coyuntura”, donde las recurrentes crisis de la economía capitalista pretende hacérselas pagar nuevamente a los de abajo.

 

4. Luchar para que la clase obrera tome la palabra

Avancemos un poco más en la caracterización de lo que se viene. El marxismo revolucionario siempre ha dicho que las crisis no llevan mecánicamente las cosas hacia la izquierda; depende del contexto –de la lucha de clases- en el cual se desencadenan.

A este respecto, hay dos datos fundamentales en relación a la crisis que viene y a la respuesta reaccionaria y represiva que están teniendo los gobiernos frente a las explosiones populares.

Por una parte, de desencadenarse una nueva crisis mundial en el actual contexto de rebelión popular creciente, la crisis agigantará el rechazo y la pelea. Y partiendo de un piso alto por los elementos de rebelión que recorren el mundo, la lucha de clases podría radicalizarse como hace años no se ve.

Pero a esto se le suma un elemento más: los gobiernos están reaccionando con Estados de emergencia, toques de queda, represión a granel, detenidos a granel, luchadores muertos, etcétera, polarizando los desarrollos y masificando la respuesta popular.

Sólo mirar las cifras de los cientos de detenidos en Catalunya y en Chile, por ejemplo, o de asesinados por las fuerzas represivas en el propio Chile y en Ecuador, se puede tener una dimensión de la polarización en curso, como también los desarrollos en Hong Kong y otras latitudes.

Estos elementos de los de arriba están generando creciente respuesta por abajo: experiencias nuevas, radicalizadas. Por ejemplo, la ocupación del aeropuerto en Hong Kong que se replicó, meses después, en Catalunya. También los duros enfrentamientos entre la policía, el ejército y los manifestantes, que desafían el toque de queda en Chile o, anteriormente, en Quito, Ecuador.

Los métodos de lucha se radicalizan porque se endurece la represión estatal y gubernamental. Se sacan las fuerzas armadas a la calle, algo nuevo con pocos antecedentes en las últimas décadas. Pero los manifestantes no se amilanan y multiplican sus métodos combativos para enfrentarlas.

Paralelamente, se puede prever que irán creciendo nuevas formas de organización y la conciencia. Es que de nuevo, la crisis económica y la represión no actúan en el vacío. Y tampoco es que el movimiento de lucha nace sin experiencia alguna.

Existe una acumulación que viene de las últimas décadas de ciclo de rebelión popular así como, también, tienden a establecerse –o reestablecerse- alguna incipiente referencia general con experiencias como la Revolución Española (ver los cantos antifascistas durante las últimas movilizaciones en Barcelona) o con el período de la Unidad Popular en Chile.

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Sumando métodos más radicalizados de lucha, la tendencia a la autoorganización y cómo se exprese esto en la conciencia –una conciencia que viene con elementos anticapitalistas difusos del movimiento de mujeres o ecológico-, lo que se tiene es una tendencia potencial al aumento de la radicalización política en las nuevas generaciones que entran a la pelea.

El internacionalismo que crece, la referencia a procesos de lucha en otros países, lo que significan las redes sociales a este respecto, es otro dato del actual estallido. Un dato que venía desde años atrás, pero que se reitera y multiplica en cada oleada de lucha.

Un elemento internacionalista de inmenso valor que va en un sentido exactamente contrario al nacionalismo y el nacional-imperialismo que inoculan gobiernos reaccionarios como el de Trump, Xi Jinpig, Putin, Modi, Bolsonaro, Johnson y tantos otros gobiernos reaccionarios imperantes hoy en los principales países.

El punto flojo en los desarrollos es todavía la clase trabajadora como tal. Este es el sector de los de abajo más difícil –¡y más estratégico también!- porque está atado a las responsabilidades del día día, al sostenimiento de la familia, etcétera.

Por lo demás, en general, la clase obrera, que es en definitiva la que mueve el mundo, está desorganizada -como en los modelos antisindicales de los Estados Unidos, Centroamérica, etcétera-, precarizada masivamente –como en el caso de la juventud trabajadora-, o controlada por las burocracias sindicales.

No hay que olvidarse ni por un instante que la clase obrera es, por así decirlo, el “último anillo” de resistencia del sistema; el que garantiza las condiciones de producción y reproducción del sistema. Y, entonces, el control sobre ella es mucho mayor[7].

Además, la clase trabajadora suele estar dominada por una conciencia reivindicativa dependiente, como hemos dicho, de la presión de la vida del día a día; le cuesta más en esta etapa los relatos generales.

Sin embargo, atención: ninguna clase social vive en el aislamiento de las demás -y de los problemas de la sociedad en su conjunto-; menos que menos la clase obrera. Es materialmente inevitable que el actual fermento de la rebelión popular, que se extiende internacionalmente, la impacte de una u otra manera.

Por ejemplo, en el caso de Chile, y mientras redactamos este Manifiesto, la burocracia sindical se ha visto obligada a convocar a una huelga general por 48 horas que, si bien es difícil que le dé continuidad, ya el solo hecho de sumarse por dos días al fermento general, hace que comience el contagio

Aunque hoy día un ingreso en la escena de los trabajadores y trabajadoras parezca de momento más difícil que en otras épocas, no hay que naturalizar las cosas. No hay nada esencialista en esto: más que nunca antes en la historia porciones multitudinarias integran las filas de la clase trabajadora.

Además, históricamente el patrón de los desarrollos ha sido más o menos similar: no suele ser la clase obrera la que ingresa primero en la lisa de la lucha.

Pero cuando lo hace, va hasta el final. Es la clase social más concreta y consecuente entre los explotados y oprimidos.

En estas condiciones, un gran peligro estratégico para los capitalistas es que el actual fermento termine contagiándose bajo la forma de un gran ascenso en las luchas de los trabajadores y trabajadoras como hace décadas no se ve, lo que ya daría un vuelco revolucionario liso y llano a los eventos.

La centralidad en la lucha de la clase obrera es central, entonces, para darle un definido contenido socialista a la pelea, cuestión que en las últimas décadas el capitalismo logró evitar pero, que de romperse los equilibrios creados, de estallar por los aires los compartimientos estancos bajo el hierro de la explotación capitalista y la crisis, de una u otra manera la clase obrera va a terminar saliendo a la palestra.

 

5. Un programa anticapitalista   

De las rebeliones populares hay que pasar a las revoluciones sociales. Ese viene siendo el gran límite de los levantamientos en este nuevo siglo. Se consiguen eventualmente conquistas. Pero la explotación no termina y estas mínimas conquistas pueden ser afectadas cuando la derecha levanta cabeza y la burguesía vuelve por todo.

Por lo demás, el sistema está podrido de raíz; no se trata que el “modelo neoliberal” -como lo llaman los reformistas y “progresistas” de todo pelaje- pueda ser reemplazado por un modelo capitalista alternativo supuestamente más “benigno”…

Los límites de esto ya lo hemos visto en las experiencias latinoamericanas (con casos extremos como la bancarrota en Venezuela, entre otros). Y si, de todas maneras muchas conquistas lograron mantenerse, esto ha sido por los límites interpuestos a las ofensivas capitalistas por las relaciones de fuerzas más generales.

En cada rebelión popular se ponen en marcha experiencias de organización por abajo. Surgen asambleas populares que cuestionan las formas de representación tradicional. Se cortan rutas y ocupan fábricas cuestionándose el monopolio de la violencia del Estado y la propiedad privada.

Los movimientos de lucha comienzan a adquirir formas radicalizadas al desafiar toques de queda y Estados de emergencia. Se desarrollan instancias de coordinación independientes que superan los límites corporativos de los sindicatos.

A las movilizaciones multitudinarias y los paros cívicos se les suma la huelga general a partir de los lugares de trabajo.

Sin embargo, se trata de dar un paso más. Profundizar estos procesos avanzando en la comprensión que hay ir más allá del capitalismo y la democracia de los ricos hacia el poder de los trabajadores.

No vamos a hacer aquí un largo decálogo de consignas, sino insistir en que la gran tarea es trascender los límites de la rebelión popular hacia una dinámica de revolución social, lo que implica necesariamente la construcción de nuestros partidos socialistas revolucionarios.

Al calor de los procesos de lucha es fundamental poner en pie un programa de transición que ayude a los trabajadores y las trabajadoras, a las mujeres y la juventud a ir desde las condiciones actuales a una salida anticapitalista.  

  1. Abajo el ajuste económico. No a los planes del FMI. No pago de la deuda externa. Abajo los aumentos de los combustibles, del boleto de los transportes públicos y de los servicios en general. No a las privatizaciones. Apoyo a los pueblos como el ecuatoriano, chileno, libanés, etcétera, que luchan por estos reclamos.
  2. No pago de las deudas externas. Ruptura con el FMI. Nacionalización de la banca y el comercio exterior. Estatización bajo control obrero de toda empresa que despida masivamente o vaya al cierre.
  3. Impuestos progresivos a los grandes capitales. Retenciones a las grandes exportaciones agrícolas y mineras. Eliminación del IVA y demás impuestos al consumo.
  4. Aumentos generalizados del salario y prohibición por ley de despidos. Escala móvil de horas de trabajo y salario. Derogación de todo impuesto al salario.
  5. Abajo los manotazos reaccionarios. No a la represión. Abajo los toques de queda y los Estados de emergencia. Disolución de los aparatos represivos. No a las leyes de impunidad para los militares. Libertad a los presos por la represión. Fuera las Fuerzas Armadas y represivas de las calles.
  6. Derecho a la autodeterminación de los pueblos que así lo deseen, como el pueblo kurdo, Catalunya y Hong Kong. Basta de pisotear sus reclamos democráticos. Defensa de las comunidades originarias y sus derechos a la autodeterminación.
  7. Abajo los gobiernos represores como Piñeira y Lenin Moreno. Es el pueblo el que tiene que resolver los destinos del país. Asamblea Constituyente Soberana para discutir y dar una salida.
  8. Impulso a las formas de organización de los trabajadores y la juventud que surgen desde abajo sean asambleas populares, coordinadoras, comités de lucha, etcétera. Impulso a la ocupación de fábricas que vayan al cierre y coordinación efectiva de todas las luchas.
  9. Defensa del planeta de la voracidad capitalista. Por una planificación ecológica de la producción sin afectar los puestos de trabajo.
  10. Defensa del derecho al aborto y demás derechos de las mujeres y las minorías sexuales.
  11. Por un gobierno de los trabajadores y el socialismo.

Cerramos este Manifiesto con un llamado a todos aquellos y aquellas que quieran un puesto de lucha revolucionario y socialista, que consideren que el capitalismo no va más y que se trata de relanzar la lucha por el socialismo teniendo a mano las lecciones de la batalla contra el estalinismo en el siglo pasado, a que se sumen a construir nuestra corriente internacional.

Corriente Internacional Socialismo o Barbarie, Buenos Aires, 23 de octubre del 2019

 

 

[1] Se llama Revoluciones de 1848 o Primavera de los pueblos a la oleada revolucionaria que acabó con la Europa de la Restauración; es decir, el predominio del absolutismo en el continente europeo una vez derrotada la Revolución Francesa y el mismo Napoleón y que había dado lugar al orden reaccionario del Congreso de Viena. Significativamente, fue una experiencia de “efecto imitación” facilitada por el desarrollo, ya en aquel momento, de los modernos medios de comunicación.

[2] Hace tiempo que señalamos que a comienzos del siglo XXI hubo una suerte de ruptura con la des-acumulación de los años 90; que lentamente comenzaba una nueva acumulación de experiencias de lucha, esto por oposición a las corrientes que, equivocadamente, vienen apreciando los eventos con una dosis de escepticismo.

[3] Existen situaciones extraordinarias, claro está, como las grandes crisis o las guerras, que hacen las condiciones de vida intolerables, sin duda alguna. Pero aquí estamos rebatiendo el argumento de que tendríamos que aceptar los ajustes económicos y demás porque “no habría margen para otra cosa”…

[4] No nos olvidamos acá de las fuerzas destructivas que también ha generado el sistema y que se hacen valer hoy en la destrucción ecológica del planeta. Esto comporta un nuevo conjunto de problemas que hemos tratado en “Presupuestos generales de un programa anticapitalista para el medio ambiente”.

[5] El movimiento revolucionario se renueva por generaciones, ha señalado Trotsky y es una aseveración aguda porque así es: las viejas generaciones, muchas veces cargadas de derrotas, son reemplazadas por las nuevas que salen a la palestra.

[6] Lenin insistía en que la democracia burguesa es el régimen de dominación político preferido por los capitalistas en condiciones normales. Además, Marx y Engels se encargarían de subrayar que tenía la ventaja sobre los demás regímenes capitalistas de posibilitar la organización del proletariado, cosa que Trotsky también subrayaría sin perder de vista, por lo demás, que las conquistas democráticas en el seno de dicho régimen siempre han sido subproducto de la lucha misma de los de abajo (ver, por ejemplo, la conquista del sufragio universal por parte de las mujeres).

[7] Hay que entender que una cosa es que se movilice la juventud en general, la población en general, y otra muy distinta que se paralicen las labores económicas de manera sistemática y continua. Cuando eso ocurre, ya se entra en otro terreno, mucho más radicalizado.

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