Opinión

Una postal de la crisis desde los barrios populares

Testimonio desde el conurbano bonaerense.



La salida a la crisis actual que agitan muchos gobernadores y gente del ejecutivo nacional es un estado de sitio y el refuerzo de la presencia de las fuerzas represivas en los barrios.

Cabe preguntarse, cuál esa realidad que atraviesa a millones de personas, sobre todo en los principales centros urbanos, que desvela tanto a los de arriba, sus voceros y representantes. La medida del distanciamiento social y la cuarentena obligatoria afecta en primer lugar una de las fuentes principales de ingreso de los habitantes de los barrios de trabajadores y populares del Conurbano. La mayoría no tiene un ingreso fijo, depende de changas o rebusques, lo que hace que se viva al día.

1.240.000 mujeres trabajan actualmente como empleadas domésticas, la mayoría está en negro. Otros tantos trabajan en la construcción o en la venta ambulante, actividad que venía creciendo sobre todo como se veía en muchas de las plazas principales de las localidades, donde mayoritariamente mujeres trataban de  generar un ingreso para su familia con la venta de ropa, alimentos, etc. Estas actividades están totalmente paralizadas, salvo los casos de algunos patrones que llegan al extremo de meter a sus empleadas en el baúl del auto, para ingresarlas al country y continuar disfrutando de sus “servicios domésticos esenciales”.

Para fines del 2019, en Argentina un 40,8% de las personas eran pobres (16 millones de personas aproximadamente) y 8,9% indigentes.  Si la entrada mayoritaria de muchos y muchas se genera en las distintas formas de subempleo, el no poder salir a la calle lleva puertas adentro a la desesperación que genera la cuarentena.

Otro elemento del escenario donde transcurre para casi la mitad del país el confinamiento, es una situación habitacional desastrosa.

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Al hacinamiento que implica el hecho de muchas personas viviendo en pocos metros cuadrados, con construcciones precarias, se le suma la falta de cloacas y agua corriente. Tomar las medidas básicas de higiene que se recomiendan para prevenir al Covid-19, se vuelve imposible en este contexto.

Si el encierro parece que no podría ser más insoportable, es común escuchar los relatos que dan cuenta sino de la falta de comida, del racionamiento de la misma para poder sobrellevar la situación en el marco de una enorme incertidumbre y precios que continúan aumentando para los rubros esenciales como el de la alimentación.

Las calles por lo general están vacías, se procura cumplir con el aislamiento y las recomendaciones pese a todo. El movimiento está ligado a los vecinos que salen a trabajar, hacer compras si les es posible, a quienes pese a todo tienen que salir a cartonear. A este panorama hay que sumar la presencia, dependiendo del barrio, de la policía y otras fuerzas represivas que cometen los abusos de siempre.

Más allá del alto acatamiento de la cuarentena, hay espacios que no pueden frenar su actividad, que en este contexto se vuelve mucho más imprescindible, como es el caso de muchos comedores que no dan a basto. Por esa situación llamada hambre, a la que los políticos patronales tanto “preocupa”.

Otra muestra de las necesidades que no esperan, y se vuelven insoportables la dio la postal de los primeros días de esta semana, de los cajeros ubicados en los centros con enormes contingentes de personas haciendo fila, donde se esperaba el cobro de las AUH, jubilaciones y pensiones, porque ese ingreso insuficiente es la diferencia entre la nada y al menos algo para paliar la difícil situación.

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Lejos de ser suficiente el tipo de medidas que el gobierno anuncia (como el Ingreso Familiar de Emergencia, los refuerzos a la AUH), esta realidad se agudiza tan descarnadamente por la pandemia que no es posible suponer que con parches se pueda contener por mucho tiempo las consecuencias que genera.  Que son las de siempre, pero no pueden tolerarse más.

Por donde se la mire, esta realidad es violenta e inhumana y sólo encuentran a la represión en última instancia para contener la bronca que se mastica y crece, pero también la rabia que cuestiona y tarde o temprano reclama dignidad. Para el capitalismo eso que llaman pobreza estructural y ejército de reserva, que es hambre y exclusión, es un “mal” inevitable. Pero eso ya no va ni se aguanta más.

Esperemos que esta situación crítica abra nuevos horizontes para la sociedad, enfrentando las injusticias del capitalismo y sus gobiernos.

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