Marcelo Yunes
Intelectual marxista del Nuevo MAS

Presentación

Cumplida una década desde el inicio de la crisis financiera global que dio origen a la llamada Gran Recesión, primero, y a la Larga Depresión (según la definición de Michael Roberts) después, se impone una actualización de los desarrollos de la economía mundial. Este texto apunta a tres objetivos: a) establecer algunas definiciones sobre el curso más reciente y las perspectivas a corto y mediano plazo de la economía mundial, dejando claro que tanto uno como las otras siguen en el marco de la crisis desatada en 2007, que continúa sin resolverse; b) realizar un pantallazo en parte descriptivo, pero también con algunas precisiones conceptuales, del estado de situación y peso global de ciertos países y regiones, y c) proponer elementos para la intervención en lo que creemos son los principales debates sobre la dinámica más estratégica del orden capitalista. En este último sentido, concebimos este texto como un esfuerzo por darle continuidad temática y metodológica a la elaboración de nuestra corriente sobre el tema, en especial “El debate sobre la dinámica histórica del capitalismo”, de Roberto Sáenz, publicado en la edición anterior de esta revista.

Entre las definiciones iniciales, sostendremos, comenzando por lo más general, que la coyuntura económica mundial sigue signada por la crisis de 2007-2008, dado que ni siquiera los más optimistas apologistas del capitalismo se atreven a afirmar que ha sido superada. Creemos que la definición que planteamos en su momento desde la corriente Socialismo o Barbarie de que no se trataba de un ciclo a la baja más, sino de una crisis histórica a la manera de la de los años 30 (con otra intensidad y otras características, desde ya), da el marco apropiado para la comprensión de la actual coyuntura.

En segundo lugar, tanto el año pasado como 2018 (y, probablemente, 2019) parecen apuntar a ser años de crecimiento, si bien muy moderado, algo mayor a los verdaderamente raquíticos del período 2012-2015. Esto se debe, sobre todo, a una ligera aceleración de las economías desarrolladas, que empiezan a acompañar algo más a las regiones que hasta ahora venían sosteniendo el crecimiento mundial (China y sudeste asiático, sobre todo).

Tercero, y dicho esto, el panorama económico sigue siendo, a mediano plazo, no solamente con fuertes desigualdades (regiones enteras como África y América Latina se hallan estancadas o en retroceso, producto del impacto del fin de precios altos de materias primas), sino que incluso donde hoy se lo ve en mejor situación el capitalismo global parece incapaz de un crecimiento sostenido, algo que reconocen incluso los máximos foros imperialistas.

Más adelante, y ya en términos más estratégicos, señalaremos algunos de los debates que hacen al futuro más a largo plazo, entre los cuales nos parecen dignos de mayor atención los siguientes: a) los problemas de “envejecimiento” de la globalización; b) lo potencial y lo real de la disrupción por parte de las tecnologías digitales en las industrias tradicionales; tanto el primer como el segundo desarrollo podrían, eventualmente y de distintas maneras, dar paso a una tercera fase del orden capitalista de posguerra luego del “fordismo keynesiano” (Husson) y la fase neoliberal globalizadora, c) los problemas de distinto orden (aunque en parte relacionados) que plantean la evolución demográfica y la de la productividad, y d) la dialéctica entre ciclos económicos de distinta duración y su interjuego con la lucha de clases, como criterio metodológico a la hora de plantear escenarios del capitalismo global en clave no economicista.

En el plano de esos debates, adelantaremos argumentos para sostener que la dinámica futura del capitalismo enfrentará desafíos que desde hace décadas no termina de resolver: a) una tasa de ganancia que no revierte una tendencia secular a la baja; b) un crecimiento de la productividad que se ralentiza; en tanto factor privilegiado de aumento de plusvalía relativa, si no logra potenciarse, la lógica de la acumulación obligará a atacar la caída de la tasa de ganancia por el lado del aumento de la plusvalía absoluta; c) en ese marco, y dado que otras fuentes de plusvalía parecen ir mermando su rendimiento (el impacto de las cadenas globales de valor; la nivelación salarial hacia abajo producto de la globalización; entrada de nuevos trabajadores, sea por aumento poblacional o por incorporación de personas que estaban fuera del circuito productivo capitalista), el ataque a las condiciones salariales y de vida de los trabajadores se vuelve ya no una decisión sino una imposición de la acumulación, lo que no podrá dejar de generar nuevas tensiones políticas y sociales que se agregan a las existentes.

 

  1. Origen, fases y coyuntura de la crisis global

 

1.1 El marco histórico y el desarrollo de la crisis

 

Desde que se abriera la crisis financiera global en 2007-2008, a la que en su momento definimos como la más importante desde los años 30, sus desarrollos vienen atravesando una serie de altibajos que pueden puntuarse por los estados de ánimo de los principales representantes e ideólogos del capitalismo, así como de los “mercados”, especialmente las bolsas del mundo: desesperación, alivio, preocupación, optimismo, recaída en la angustia, euforia incluso, cautela…

Esta verdadera montaña rusa de sensaciones pasajeras sólo abre paso a una reflexión seria sobre la tendencia más de fondo de la economía en contadas ocasiones. Por lo general, los economistas del establishment tienden al impresionismo y a extrapolar a largo plazo los vaivenes del momento. Así, por ejemplo, cundió el pánico a comienzos de 2016 con una caída fuerte de las bolsas iniciada en China, pavor que dejó paso al alivio cuando ese cimbronazo pasó sin dejar mayor huella. En contraste, las “buenas noticias” del resto de ese año y 2017 (las buenas noticias eran, más bien, la ausencia de malas noticias) condujeron a los más apresurados a anunciar que “ahora sí” se estaba en el camino a la recuperación definitiva de la crisis global… hasta que el mini crash de la Bolsa de Wall Street a principios de febrero de 2018 puso en duda todas esas afirmaciones y volvió a hacerle correr sudor frío por la espalda a los apologistas de los “mercados”. Pasado ese susto, volvieron las sonrisas ante los pronósticos de crecimiento de la economía mundial para este año, y así por el estilo.

No es que falten indicadores optimistas. Por ejemplo, el índice de compras de gerentes del sector manufacturero (típica medida de la dinámica de la economía) marca récords tanto en Europa como en EEUU y en menor medida China (The Economist, en adelante TE, 9073, “Taking off the training wheels”, 6-1-18). Otros voceros de los mercados como Goldman Sachs y demás consultoras se ocuparon de perfumar el aire con aromas de recuperación (M. Roberts, “Optimism reigns”, 4-1-18).

Por su parte, instituciones como el FMI, el Banco Mundial y la OCDE coinciden en un relativo optimismo de corto plazo, pero no hacen más que sembrar dudas para cualquier plazo posterior a los dos años, lo que deja el estado de la economía capitalista global, para los más autorizados voceros del sistema, en un mar de incertidumbre. Una situación de lo más incómoda para gobernantes, inversores e ideólogos de un orden social que hasta hace no mucho se presentaba como único, indiscutible y el mejor imaginable.

Desde el ángulo de la crítica radical al capitalismo, algunos de los economistas marxistas más reconocidos como Michael Roberts y Michel Husson proponen un encuadre y unos criterios explicativos que, a nuestro juicio, son un mucho mejor punto de apoyo para comprender cómo se llegó hasta aquí y qué elementos deben tenerse en cuenta para proyectar el futuro de la marcha de la economía capitalista.

Antes de considerar el estado de situación de la crisis mundial y sus perspectivas inmediatas, es pertinente enmarcar la aparición de ésta en una periodización más amplia de lo que, siguiendo a Trotsky, podríamos llamar la “curva de desarrollo capitalista” desde la segunda posguerra. Existe amplio consenso entre economistas e historiadores económicos, sean liberales, keynesianos o marxistas, en reconocer en ese lapso dos períodos o “regímenes de acumulación” capitalista: el keynesiano de los llamados “30 gloriosos”, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta mediados de los 70, y el neoliberal, originado en la era Thatcher-Reagan, consolidado en los 80 y que asistió al proceso de mundialización-globalización capitalista de los 90, proceso que se desarrolló de manera siempre ascendente hasta la apertura de la crisis. Es por esta razón, entre otras, que la crisis iniciada en 2007 (en la que Michael Roberts distingue la “Gran Recesión” de 2007-2010, seguida de una “Larga Depresión” que continúa hasta hoy) plantea el interrogante respecto de la eventual llegada de un nuevo régimen de acumulación.

Para discutir este problema (que de todas maneras retomaremos con mayor detalle más abajo), es útil tener presentes algunos de los rasgos esenciales de esas fases del capitalismo.

El régimen económico nacido en Bretton Woods, que rigió el período de los “Treinta Gloriosos” (en realidad, no más de 28) se caracterizó por fuerte crecimiento económico, altos impuestos que redujeron la desigualdad por la vía de la edificación de “Estados de bienestar” y estrictos controles y regulaciones estatales al capital. El régimen neoliberal que le siguió, nacido luego del colapso del patrón oro (1971)y la crisis de los petrodólares (1973), marcó una liberalización general de controles al capital, privatizaciones de empresas estatales productivas y de servicios, baja inflación y menores impuestos al capital, que avanzó sobre los trabajadores ensanchando nuevamente la desigualdad.

Según The Economist, ese régimen terminó (o al menos se deslegitimó decisivamente) con la crisis de 2007-2008. ¿Qué rasgos tendrá el “tercer régimen”? Por lo pronto, cabe considerar los ingredientes políticos, que los otros también tenían, por supuesto: los “regímenes de acumulación” y la economía en general no son jamás independientes de la política o, en términos marxistas, de la lucha de clases. Pero para la revista británica decana del capitalismo, son fenómenos perturbadores como los que posibilitaron el triunfo electoral de Trump o el Brexit los que parecen dar el tono: “Los optimistas esperan una mezcla benévola de ambos esquemas, como los bajos impuestos y la desregulación de los años 80 y la intervención fiscal (no monetaria) para atenuar los ciclos económicos. Pero es posible un resultado mucho más sombrío, en el cual un creciente nacionalismo conduce a guerras comerciales y el envejecimiento de la fuerza de trabajo hace imposible que el mundo desarrollado retome las tasas de crecimiento de décadas pasadas. Llega el cambio, pero más que parecerse a los 80, el nuevo régimen podría tener más bien el aspecto de los años 30” (TE 9022, “The new regime”, 7-1-17).

Las nubes que se ciernen sobre el “nuevo régimen” son, en esta visión, más políticas que económicas, y más originadas en “populismos de derecha” que en una contestación al orden capitalista desde la izquierda y desde la clase trabajadora. Pero esta evaluación se vuelve rápidamente superficial cuando consideramos con más detalle sus dos premisas.

Por lo pronto, la idea de que el principal escollo del “nuevo régimen” es político da por sentado que no hay tremendas contradicciones específicamente económicas que la marcha actual del capitalismo no ha logrado resolver.1 Y desde el punto de vista marxista, el primer indicador problemático de la dinámica capitalista es el nivel de la tasa de ganancia. Las consideraciones sobre el avance tecnológico e incluso la productividad están supeditadas a ese factor decisivo que hace a la razón de ser misma del capitalismo en tanto orden económico con leyes propias: sin tasa de ganancia sana, no hay funcionamiento capitalista que evite la crisis.

No podemos repasar aquí las diversas vertientes que hubo y hay en el marxismo respecto del origen de las crisis capitalistas; sólo recordaremos que, junto con la que explica las crisis capitalistas, en última instancia, como resultado de la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia (formulada por Marx en el capítulo 13 del tomo III de El capital) la otra corriente de pensamiento apunta a la sobreacumulación (capitalista) y sobre todo el subconsumo (de las masas empobrecidas) como principal vector de la crisis. A nuestro juicio, y por supuesto sin negar la existencia de crisis de subconsumo, éstas son el fondo manifestaciones en el plano de la circulación (muy importante, puesto que es sólo allí donde la plusvalía generada en el proceso productivo puede realizarse) de un desorden más fundamental en el plano de la producción. Es a este consenso de varios de los principales economistas marxistas (los citados Husson y Roberts, pero también Anwar Shaikh, Paul Mattick y otros) respecto de la superioridad explicativa de la evolución de la tasa de ganancia al que adherimos aquí.

Tomando este criterio, Husson establece que el capitalismo keynesiano de posguerra tuvo como rasgo característico que tuvieron lugar a la vez dos procesos que son normalmente incompatibles, cuando no mutuamente excluyentes: una recuperación de la tasa de ganancia y una mejora del nivel de vida y de la capacidad de compra del salario. ¿Cómo fue posible este fenómeno, tan “anormal” que no ha vuelto a repetirse desde entonces? Según Husson, la explicación está en un aumento de la productividad del trabajo tan apreciable que permitió sostener, por un período, esa situación insólita en la que ambas clases fundamentales, la capitalista y la trabajadora, parecían “prosperar” a la vez. Esta situación que permitía alimentar la construcción ideológica de un capitalismo de armonía social donde “a todos nos puede ir bien” (sobre todo, aclarémoslo, en los países desarrollados) tuvo lugar, paradójicamente, en un período histórico en que el horizonte político de la revolución socialista estaba en el orden del día y donde se dieron inmensas convulsiones y revoluciones en todo el orbe, desde la revolución china hasta el proceso de descolonización de los países de África y Asia contra sus ex amos imperiales.

Ahora bien, este equilibrio excepcional no podía ser estable ni durar por siempre. Esta mejora de la situación social de las masas sin cuestionamiento de la tasa de ganancia podía y debía encontrar su límite en el estancamiento del aumento de productividad, a medida que el impacto de las innovaciones técnicas y científicas en la producción se iba desvaneciendo. Al llegar a ese punto, todo aumento o ulterior recuperación de la tasa de ganancia debe exigir un descenso de la masa salarial y de su participación respecto del ingreso total (ver M. Husson: “Capitalismo del siglo XXI: ¿punto sin retorno?”, Viento Sur 150, febrero 2017).

Esta “ingrata” y necesaria tarea de restablecer el principal motor de la acumulación, la tasa de ganancia, por los medios “habituales” fue la que vino a cumplir el siguiente régimen de acumulación, el del capitalismo neoliberal. Así, el capitalismo consiguió recuperar la tasa de ganancia en la fase neoliberal pese a la ralentización del aumento de la productividad. Así, “se rompe el vínculo que existía anteriormente entre aumento de productividad y rentabilidad en el período de posguerra” o, según Husson, 1955-1985 (“Dix ans de crise… et puis Macron”, À l’encontre, 25-8-17). La disminución continua de la participación del salario en la renta (según el FMI, más de cinco puntos porcentuales en las economías avanzadas entre 1975 y 2015), que es un indicador indirecto de la tasa de explotación, y el hecho de que el costo salarial disminuyera en proporción mayor al aumento de productividad, son lo que está detrás de los esfuerzos de recomposición de tasa de ganancia en esa fase.

 

Participación de los salarios en la renta nacional, en porcentaje

Promedio de países desarrollados

 

Fuente: FMI, citado por M. Husson, “Dix ans de crise… et puis Macron”, agosto 2017.

 

Ahora bien, “si este descenso de la parte de los salarios permitió restablecer la tasa de ganancia, no fue suficiente por sí misma para asegurar la dinámica capitalista”, en la medida en que la caída del salario conduce a problemas de realización de la plusvalía (y éste es el aspecto de la realidad que subrayan las teorías marxistas de las crisis por subconsumo). Según Husson, la “solución” del capitalismo en su fase neoliberal fue redistribuir beneficios a las capas sociales privilegiadas (el 10%, o más bien el 1%), con una capacidad de consumo cada vez más fuera de proporción con la del resto de la población. De allí que, según señala, “el capitalismo neoliberal esté intrínsecamente asociado al aumento de la desigualdad”, fenómeno que veremos más abajo.

Otro rasgo distintivo del período neoliberal respecto del anterior es el peso de los desequilibrios financieros y comerciales, y el consecuente festival de deuda tanto de los estados soberanos como de las empresas y los hogares. Esta dinámica no es sostenible a la larga y consiste en un continuo postergar del “Día del Juicio” en que habrá que saldar cuentas por la vía del endeudamiento continuo, el llamado “apalancamiento” (leverage) de pagar con deuda y devolver deuda con deuda. No obstante, y pese a la hipertrofia de los instrumentos financieros, no hay que perder de vista un instante que ni por su origen profundo ni por su desarrolla estamos ante “una crisis financiera, sino sistémica, aunque comience por lo financiero” (Husson, febrero 2017, cit.)

A este componente potencialmente explosivo se agrega lo lento del crecimiento de la productividad. Sucede que la recuperación parcial de la tasa de ganancia, al desvincularse del aumento de la productividad, se ata más bien a una disminución relativa de lo que Marx llama el capital variable (V) respecto del valor del producto final, a la vez que se da un aumento de la tasa de plusvalor (Pv). Así, fue una mayor tasa de explotación, no una mayor productividad, lo que aumentó la proporción del beneficio del capital en la renta nacional. De modo que un cierto agotamiento de la productividad del trabajo resulta también un rasgo esencial de la “fase neoliberal” (incluido el “tercer régimen” post crisis de 2007-2008).

Luego veremos con más detalle este vector decisivo. Aquí sólo adelantaremos que, pese a la mundialización productiva y la conformación de cadenas globales de valor, que en su momento representaron una ventaja considerable para las compañías multinacionales, en los últimos años sube poco o se estanca lo que produce un salario promedio por hora de trabajo. Por lo tanto, la tasa de ganancia del capital sólo puede aumentar vía reducción del costo laboral (ver M. Husson: “Une crise systémique qui plonge ses racines dans les rapports de production capitalistes”, Á l’encontre, 3-5-2017).

Estudios de diverso origen e intención coinciden en señalar que la tendencia descendente de la tasa de ganancia, en términos históricos, es perfectamente rastreable y documentable, y está, en una perspectiva marxista, en la base de las tribulaciones del orden capitalista en las últimas décadas. Por supuesto, esta tendencia no opera de manera mecánica y continua, sino de manera discreta, a saltos, con idas y venidas, pero se mantiene como un “flujo de fondo” que establece límites a cada paso al proceso de acumulación y lo obliga a la búsqueda de mecanismos de recomposición de la tasa de ganancia, de los cuales los más orgánicos son el aumento de la tasa de explotación del trabajo, las mejoras de productividad –sea por organización y calificación del trabajo o por avances tecnológicos aplicados a la producción– y el más indirecto del abaratamiento de los medios de vida del trabajador. Son estos aguijones los que representan el fundamento material de las políticas neoliberales de agresión permanente a los derechos y condiciones laborales, y resultan tanto más acuciantes cuanto que, pese a todos estos esfuerzos de los empresarios y los gobiernos, la línea general de la madre de los indicadores de salud del capitalismo, la tasa de ganancia, sigue sin dar señales de mejoría duradera:

 

Tasa global de ganancia (en porcentaje) y su mediana simple

 

Períodos: Depresión Larga / Recuperación / Guerra / Gran Depresión / Guerra / Era dorada / Crisis / Recuperación neoliberal / Crisis y nueva depresión.

Fuente: E. Maito, 2014, adaptada por M. Roberts, en “Recessions, depressions and recoveries”, diciembre 2015.

 

Es este estado de cosas el que representa el marco del estallido de la crisis de 2007. A más de una década desde su inicio, es posible identificar al menos tres fases o etapas que la recorren:

1) desde el comienzo hasta el pico de la crisis (2010 en Estados Unidos, 2011-12 en Europa), período en el cual la debacle originada en las hipotecas de baja calidad de EEUU pasó rápidamente a los bancos de EEUU y de allí a los de Europa, donde luego continuó como crisis de deuda soberana y peligro de desmembramiento de la Unión Europea a partir de un eventual estallido del euro;

2) un período de mediocridad (2013-2016) caracterizado por una detención del agravamiento de la crisis, pero sin un claro impulso ascendente del crecimiento económico, que seguía siendo raquítico en los países desarrollados. El avance de la economía mundial, en estas dos fases, estuvo centrado casi exclusivamente en los llamados “países emergentes”, con especial dinamismo en China, India y otros países asiáticos, y en menor medida Latinoamérica y África;

3) la fase actual, en la que parece resurgir el optimismo a partir de, por primera vez, una sincronización del crecimiento económico en las mayores economías desarrolladas, aunque en ningún caso se llega allí al 3% de crecimiento del PBI anual. Lo que permite un crecimiento de la economía mundial algo por debajo del 4% es que ese moderado establecimiento de la actividad en EEUU, Europa y Japón empalma con una continuidad del dinamismo de los países asiáticos, aunque con un marcado retroceso en Latinoamérica y África a partir del fin del ciclo de precios altos de materias primas y commodities. Sin embargo, como señalamos, los pronósticos de los propios organismos financieros globales son de extremada cautela, por no decir desalentadores, respecto de la economía global hacia 2020 y más allá.

 

1.2 El FMI y la OCDE: hoy optimismo, mañana incertidumbre

 

El informe anual de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, un foro de 35 países que incluye a todos los desarrollados (y algunos “emergentes” que hacen buena letra) comienza en tono alentador señalando que en la economía global se verifica el mayor ritmo de crecimiento desde 2010, con una previsión de suba del PBI mundial del 3,9% para 2018 y para 2019, aunque advierte que esa evolución está “amenazada” por posibles medidas proteccionistas de EEUU (el informe es anterior al actual conato de “guerra comercial” declarada por Trump contra China). Como señalamos, la novedad es el crecimiento sincronizado para el conjunto de los países, en su mayoría desarrollados, que componen el G-20 (salvo Rusia). Pero esos pronósticos no presentan números rimbombantes ni mucho menos: para EEUU, un alza del 2,9% del PBI para 2018 y un 2,8% para 2019; Alemania, 2,4 y 2,2%, respectivamente, casi igual que la zona euro (2,3 y 2,1%), mientras que el Reino Unido sigue con un lánguido 1,3% para 2018 y un 1,1% para 2019. Obsérvese que en todos los casos las previsiones para 2019 son algo más bajas que para este año. Punto, allí terminan las buenas noticias.

Las prevenciones que siguen dan como resultado un panorama bastante más oscuro de lo que hacía suponer el bienhumorado comienzo del informe. Por empezar, el PBI per cápita sigue por debajo de los niveles pre crisis (dato que recoge Michael Roberts para reforzar su argumentación de que seguimos en la Larga Depresión post 2007). La mejora en 2017-2018 no alcanzará a compensar del todo las caídas anteriores, y el crecimiento del PBI para el mundo desarrollado es modesto y sin claras perspectivas de sostenerse más allá de 2019.

Eso no es todo. No sólo el incremento global de productividad sigue limitado, sino que la inversión para los “buenos años” 2018-2019 estará un 15% por debajo del nivel necesario para asegurar un incremento neto de capital productivo al ritmo anual del período 1990-2007 (es decir, previo a la crisis). El pico de aumento del empleo podría darse ya este año y empezar a caer luego. Y más allá de alertar sobre peligros de recaídas en la crisis por el alto nivel de endeudamiento, lo más alarmante –y que relativiza todos los aspectos “positivos” del informe– es el reconocimiento de que buena parte del crecimiento es ficticio, ya que no representa un aumento del volumen de producción, de ventas o del comercio, sino de activos financieros y propiedades (citado en M. Roberts, “Boom or bust?”, 1-12-17). Lo que no es de extrañar cuando el banco Goldman Sachs estima que los precios de activos financieros contra ganancias están en su mayor nivel desde 1990.

Esta tendencia relativa a la “propensión a especular” contrasta con la debilidad de fondo que muestran otros indicadores más vinculados a la economía real: “En EEUU, entre 2000 y 2015 la formación bruta de capital fijo aumentó a una tasa anual de apenas el 1,1%; en la zona del euro lo hizo al 0,6% anual; en Gran Bretaña al 1,5% y en Japón disminuyó el 0,6% anual. Por otra parte, en los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) la inversión se desaceleró con respecto a los altos niveles de los años del boom de los precios de las materias primas (2003-2008). Y en los países atrasados de conjunto la inversión pasó de crecer al 10% en 2010 al 3,4% en 2015; y se volvió a desacelerar en 2016. Está por debajo no sólo de los niveles pre crisis, sino también por debajo del promedio de los últimos 25 años. En términos globales, la tasa de crecimiento de la formación de capital fijo se ha mantenido débil después de la recuperación de 2010” (R. Astarita, “Economía mundial en perspectiva”, 21-8-17.

El FMI presenta una perspectiva muy parecida, salvo, si cabe, todavía más alarmista a mediano plazo. Las cifras de crecimiento mundial son prácticamente iguales a las de la OCDE, con la precisión de que el crecimiento de los “emergentes” volvería a ser el principal impulsor, con una previsión para ese grupo de una suba del 4,9% para este año y del 5% para 2019. Sin embargo, en ese mismo documento, “Perspectivas mundiales y desafíos políticos”, elaborado para la reunión del G-20 en Buenos Aires, advierte que “el impulso positivo esperado para 2018 y 2019 finalmente se ralentizará, lo que implica un desafío a mediano plazo para muchos países”.

Esto está en línea con el World Economic Outlook (WEO, o Panorama económico mundial) editado por el FMI en octubre pasado, que estima una tasa de crecimiento potencial del G-7 (los principales países occidentales) de 1,9% para 2018, 1,6% para 2019 y 1,5% para 2020. Y la proyección para 2022, a 15 años de 2007, es que el PBI del G-7 sea un 20% mayor que en dicho año.

Al respecto, y como para establecer un parámetro, Roberts recuerda que a 15 años de 1929, incluyendo los años de la Depresión, el PBI mundial había aumentado un 62%. Roberts compara la evolución respectiva de la Depresión de 1929 y la Gran Recesión de 2007 en EEUU y el G-7, y muestra que en el primer caso el piso de caída del PBI llegó cinco años después de iniciado el proceso, y alcanzó el 30%. Tomó 11 años volver al PBI de 1929, pero la recuperación a partir de allí fue muy rápida: en 1942, el PBI estadounidense estaba un 20% por encima del nivel previo a la Depresión.

Esta dinámica de caída fuerte y larga, seguida de crecimiento también rápido y sostenido, es casi la opuesta a la que se verifica en la Gran Recesión. En este caso, el punto más bajo llegó antes (a los 3 años de iniciada) y fue mucho menos profundo: la caída del PBI no pasó del 5% respecto de 2007. Lo interesante es que la curva de recuperación posterior es notablemente plana: el PBI de EEUU está, luego de 10 años, apenas un 7% por encima del punto de inicio de la Gran Recesión, y la previsión para cuando se cumplan los 13 años es que se ubique un 11-12% por sobre ese nivel. El gráfico que sigue muestra la evolución del PBI del G-7, que siguió estrechamente la del de EEUU.

 

PBI del G-7 después de 1929 y de 2007

Porcentaje de variación desde el inicio del período

 

Las cifras inferiores (0-14) representan la cantidad de años desde el inicio de la crisis

Línea de mayor descenso y ascenso: luego de 1929

Línea plena y luego punteada: luego de 2007 (real y proyectada)

Fuente: Maddison Historical Statistics of the World Economy, World Economic Outllok 2017 (FMI), en M. Roberts, “Forecast for 2018: the trend and the cycles”, 29-12-17.

 

En este marco, y pese a los datos positivos para este bienio, nadie se atreve a hablar de “fin de la crisis”. Maurice Obstfeld, director de investigación del FMI, advirtió: “Los líderes políticos deben ser conscientes de que el impulso económico actual refleja una confluencia de factores que es poco probable que duren mucho tiempo. La crisis financiera mundial puede parecer atrás, pero sin una acción inmediata para abordar los impedimentos de crecimiento estructural, mejorar la inclusión y construir amortiguadores de políticas, la próxima recesión vendrá antes de lo esperado y será más difícil de combatir”. Según el WEO de enero de 2018, los riesgos para el pronóstico de crecimiento global parecen “ampliamente equilibrados en el corto plazo”, pero siguen sesgados a la baja en el mediano plazo (Ámbito Financiero, 22-1-18).

¿De dónde derivan esas prevenciones? El Fondo identifica los siguientes “riesgos a la baja” que “se están acumulando”: “debilitamiento de la calidad crediticia”, “alto apalancamiento corporativo” (es decir, endeudamiento de las empresas) y “endurecimiento de las condiciones financieras de EEUU” (léase suba de tasas de interés de la Reserva Federal, con la consiguiente dificultad para seguir endeudándose barato).

Pero lo peor viene a partir de 2020, con una caída del PBI orden de un tercio de la crisis entre 2008 y 2009 y una caída global del PBI del 1,7% entre 2020 y 2022. El FMI advierte la llegada de un “momento Minsky” (llamado así en homenaje al economista ruso que sintetizó la idea), es decir, cuando el mercado y los consumidores llegan al pico del crecimiento no sostenible y la especulación, en una espiral de deuda, con un colapso de valores de empresas y bursátiles como resultado.

 

Crecimiento anual del PBI de los países del G-7

Proyecciones del FMI

 

 

Línea plena: datos confirmados

Línea punteada: proyección del FMI

Fuente: FMI, “World Economic Outlook”, octubre 2017.

 

Esta falta de optimismo obedece a que el éxito de las medidas de contención de una depresión durante la Gran Recesión tuvo el paradójico resultado es que “dejó el trabajo de las reformas profundas a medio hacer, sobre todo en el terreno de regulación del sector financiero que fue liberalizado en el período 1980-2000. Se atacaron bien los síntomas, pero se mantienen las vulnerabilidades y los elementos fundamentales del sistema que generaron la crisis. El sector financiero fue tratado con relativa suavidad”, y de hecho hoy su participación en el PBI de EEUU es mayor que en 2007 (TE 9071, “A lost decade”, 16-12-17).

Por supuesto, lo que quedó “a medio hacer” fue la labor “saneadora” de las crisis en materia de destrucción de capital sobrante que ya no puede generar ganancia a la tasa necesaria y por lo tanto debe ser quitado del camino. Este capital es no sólo innecesario sino nocivo para el conjunto del ciclo de acumulación y reproducción, ya que representa una carga adicional para los capitales “sanos y activos”. Pero eso es lo que no ocurrió, en parte porque los bancos fueron “tratados con relativa suavidad”…

Por otra parte, el compromiso inestable con el conjunto de la masa de capital (tanto el que sigue generando una adecuada tasa de ganancia como el que no) que representaron las medidas de rescate y estímulo fiscal, además de no resolver el fondo de la cuestión, introduce nuevos desbalances y posibles “vías de contagio” que, al no distinguir los capitales por su calidad y potencial acumulativo, exponen a los “sanos” a las patologías de los “enfermos”. Volveremos sobre esto.

Un amago de “momento Minsky” que no pasó a mayores pero que es un anticipo de la facilidad con que se puede saltar de la euforia al pánico fue el mini crash de Wall Street y el resto de las bolsas del mundo a principios de febrero. También fue un recordatorio de que hay una burbuja de valuaciones bursátiles, “con un índice CAPER [sigla en inglés de la ratio entre precio de la firma y ganancias anuales, ajustada por ciclos. MY] de 33,4, contra un promedio histórico de 16,8. Se suma a eso que el recorte impositivo de Trump va a implicar un fuerte déficit fiscal que deberá ser financiado con bonos públicos. Esos bonos, justamente para competir con las acciones, deberán pagar un interés más alto. Y eso puede castigar el futuro crecimiento al aumentar el costo del financiamiento para productores y consumidores” (TE 9078, “Boo!”, 10-2-18).

Respecto de este episodio, Roberts propone una comparación con las crisis bursátiles de 1987, 2007 y 1937. Concluye que en 1987 la rentabilidad del capital estaba en un ciclo ascendente, lo que permitió una rápida recuperación, mientras que en 2007 la rentabilidad del capital venía en baja, lo que profundizó el desarrollo de la crisis. Ahora bien, aunque en 2018 las ganancias totales vienen en recuperación y el sistema financiero no está tan bajo presión como en 2007, las debilidades subyacentes asemejan la situación actual, según Roberts, a la de 1937: un capitalismo en recuperación desde la Gran Depresión pero todavía por debajo del pico de 1926.

La conclusión del susto (“Boo!”) de febrero es, para Roberts, en primer lugar, que las tendencias del próximo período estarán dictadas por la economía de EEUU y no por ninguna otra. Y en segundo lugar, que cualquier eventual recaída seguramente no será disparada por un zafarrancho inmobiliario o bancario, sino por el sector privado no financiero (esto es, industrial y de servicios). La masa de ganancia en los países más desarrollados se sigue recuperando, pero la deuda de las empresas (corporate debt) sigue siendo una espada de Damocles sobre la economía, porque no sólo no se ha reducido sino que sigue aumentando a niveles cada vez más peligrosos, incluso en comparación con 2007. En efecto, un estudio de Standard & Poor’s sobre una muestra global de 13.000 empresas concluye que las que exhiben un alto nivel de apalancamiento (en este caso, una ratio de deuda/ingresos superior a 5) son ahora un 37% del total, contra un ya elevado 32% en 2007 (aunque en EEUU bajó del 42% al 27%).

Resume Roberts: “La masa de ganancias en las economías más importantes sigue subiendo y las tasas de interés, de inflación y de aumento salarial siguen bajas en términos históricos. Esto debería aminorar el colapso de los precios del capital ficticio (que siguen altos). Pero la dirección de la tendencia de ganancias, tasa de interés e inflación podría cambiar pronto” (“Stock market crash: 1987, 2007 or 1937?”, 6-2-18).

Otros economistas coinciden con este diagnóstico que empieza rosa claro y termina gris oscuro. Para Dale Jorgensen, es probable una recuperación de dos o tres años, pero “se establecerá una tendencia de largo plazo a un crecimiento económico más lento. El principal impulsor real del crecimiento no es la innovación o la inversión en nueva tecnología, sino mayor inversión en equipos y tecnología existentes” (M. Roberts: “ASSA 2017, part one: Productivity and inequality”, 9-1-17).

La consultora internacional KPMG, una de las más influyentes del mundo, es más específica aún a la hora de identificar las amenazas al crecimiento mundial a mediano plazo. Su economista jefe, Constance Hunter, dio en la conferencia Global Interdependece Center en Buenos Aires, en el marco de la reunión del G-20, una serie de definiciones a tener en cuenta. Sobre el pronóstico de crecimiento global, señala que “es la primera vez que el mundo se está expandiendo desde 2007, pero es una espada de doble filo porque hay muchas regiones que tienen limitaciones de capacidad. Por otro lado, en Europa hay demasiada capacidad ociosa. Mirando la economía de EEUU, todo parece perfecto: bajas tasas de interés, baja inflación y mercado laboral en crecimiento. Pero esta situación no puede durar porque es frágil. Para el corto plazo, la expectativa es favorable, pero para el mediano se espera que la tendencia sea a la baja, porque llegaremos a un punto donde tendremos restricciones de capacidad y desembocaremos en una recesión”.

Ahora bien, ¿en qué consiste esa “restricción de capacidad”? Para Hunter, sobre todo, en una combinación de insuficiente fuerza de trabajo y baja productividad: “Las proyecciones indican que el crecimiento del PBI en los próximos años será menor, por dos cuestiones. Primero, el incremento de la población activa ha disminuido en muchas partes del mundo, mientras que la productividad se ha desacelerado. El segundo problema está relacionado con que es difícil medir la productividad y los economistas todavía están tratando de entenderla. Adhiero a la postura de que no está bien comprendida. ¿Existe alguna relación entre el crecimiento de la fuerza de trabajo y la productividad? Quizá es como afirma Robert Gordon y ya se han desarrollado todos los buenos inventos, ya que nunca tendremos los mismos beneficios que adquirimos con la penicilina, las tuberías y la electricidad. Pero hay muchos inventos que están desarrollándose, como la inteligencia artificial y los vehículos autoconducidos, que podrían aumentar la productividad. Éste es el gran misterio y el Santo Grial” (Ámbito Financiero, 13-8-18). En el capítulo 4 trataremos los temas a los que remite esta asombrosa (también por honesta) confesión de desorientación.

Roberts resume la coyuntura como una recuperación desigual, en la que el grueso del aumento de ingresos ha ido al 10% e incluso al 1% más rico, mientras que los salarios reales de la amplia mayoría, en los países desarrollados, se estancaron o cayeron. Lógicamente, el 1% de los mayores ingresos incluye los activos financieros cuyos precios están en plena burbuja. De allí que identifique dos grandes obstáculos en el camino de un mayor crecimiento. Uno es que la rentabilidad sigue raquítica. En EEUU está por debajo de niveles pre crisis e incluso de 2014, en Europa subió muy poco y sólo en Japón la rentabilidad es mayor que en 2006. La masa global de ganancias empresarias se recuperó un poco sólo si se incluye a China, en un tono general de mediocridad. El otro es el endeudamiento general, que tanto preocupa al FMI –habla de “un mundo más apalancado” –, y en particular la deuda privada del sector no financiero, que asciende al 235% del PBI mundial (M. Roberts, “Forecast for 2018: the trend and the cycles”, 29-12-17).

A esto deben agregarse perturbaciones ya más mixturadas con factores políticos, como el potencial efecto de la suba de la tasa de interés sobre la deuda de los países emergentes, la incertidumbre que generan las espasmódicas políticas comerciales –por no hablar de las geopolíticas y militares– de Donald Trump y el súbito enfriamiento del entusiasmo por las compañías tecnológicas luego del escándalo de las filtraciones de Facebook, que derrumbaron el valor de su acción y pusieron sobre la mesa la necesidad de crecientes regulaciones al flujo de datos en Internet. Como se ve, una resistencia popular a recetas de ajuste no aparece en el radar del FMI, omisión miope e irresponsable que ya le ha costado caro al organismo en términos de credibilidad.

Pero incluso dejando de lado estos elementos, ya la combinación de deuda con bajo crecimiento económico y mayores dificultades para devolver los créditos es suficientemente preocupante para el mundo desarrollado. De allí las advertencias del FMI en cuanto al nivel de apalancamiento y el costo creciente de endeudarse ante la suba de tasas de interés. El endeudamiento a niveles de burbuja, el bajo crecimiento de la productividad y la baja rentabilidad difícilmente impulsen un ciclo de mayor inversión y crecimiento capitalista sostenido, lo que en buena medida explica la prognosis más bien sombría del FMI pasado el trienio de lenta recuperación. En resumen: después del invierno de la Gran Recesión y el otoño del crecimiento mediocre, esta muy tímida primavera no parece que vaya a dar paso a un luminoso verano sino, más bien, a otro otoño frío y gris.

 

  1. Por qué la crisis no terminó

 

Ya hemos señalado que un encuadre marxista de la crisis global y de sus perspectivas no puede limitarse a constatar fenómenos como el bajo crecimiento o el endeudamiento creciente, sino que debe explicarlos. En ese sentido, incluso a los economistas burgueses más lúcidos les cuesta salir de la descripción superficial para remitirse a los fundamentos materiales del funcionamiento económico del capitalismo. Esos fundamentos siguen estando en las condiciones de explotación del trabajo y el nivel de productividad, que determinan la tasa de ganancia, de la que a su vez depende el nivel de inversión productiva. En el fondo, incluso las variantes más alarmistas de la dinámica del capitalismo como la del “estancamiento secular” de Robert Gordon y su escepticismo por la capacidad de las innovaciones de la tecnología informática para generar un salto en la productividad suelen perder de vista las relaciones a la vez causales y dialécticas entre esos factores.

El economista marxista de los años 20 y 30 Henryk Grossman subrayó especialmente la idea de Marx de que cuando la caída de la tasa de ganancia ya no puede ser compensada con un aumento en la masa de ganancia, debe sobrevenir la crisis. David Brennan, un economista que intenta hacer una síntesis entre la teoría de la ganancia de Marx y la de Michal Kalecki y Keynes (ésta última de hecho establece una identidad entre ganancia e inversión), estudió las series de rentabilidad en los períodos inmediatamente anterior y posterior a la Gran Recesión. Más allá de las reservas teóricas que merezca su proyecto, los datos empíricos que registra son sugerentes y confirman el criterio marxista clásico: la tasa de ganancia alcanzó su pico en el primer trimestre de 2006, seguida de una caída en la masa de ganancia hacia el tercer trimestre de 2008. Durante la Gran Recesión se llegó a los pisos de las tasas de ganancia, acumulación e inversión. Para Brennan, “el sector financiero esencialmente estuvo intentando realizar ganancias que ya no estaban en la producción real. (…) Mientras que la crisis fue en efecto precipitada por el colapso inmobiliario, ese colapso fue causado por las dificultades tanto de la producción como de la realización de las ganancias” (en M. Roberts, “Value, profitability and crises”, 8-1-18).

También aquí cabrían objeciones de precisión a esta formulación; por ejemplo, no se consigna aquí en qué orden causal y cronológico aparecieron las “dificultades de producción y de realización”. No obstante, el estudio de Brennan alcanza para ilustrar la fecundidad y capacidad explicativa del marco teórico marxista llevado al terreno de la mayor crisis económica desde la posguerra. Aquí procuraremos dar un ordenamiento marxista a las bases explicativas del actual momento de esa crisis y de la debilidad, por ahora, de las fuerzas que podrían relanzar un nuevo ciclo ascendente de acumulación capitalista.

 

2.1 Tasa de ganancia y productividad

 

El primer punto que reúne amplio consenso respecto de la base material de la crisis es que, contra lo que sugiere el sentido común ante la abrumadora avalancha de nuevas tecnologías y su omnipresente aplicación en los procesos productivos y de servicios, no ha habido aumentos decisivos de la productividad que respalden un ciclo de crecimiento económico.

Veamos algunas formulaciones representativas. Michael Roberts cita un paper de economistas de la Reserva Federal de San Francisco titulado “La decepcionante recuperación de la producción en EEUU después de 2009”. El trabajo concluye que la tendencia a la desaceleración del crecimiento se debe esencialmente a dos factores: escasa innovación y declinación de la participación de la fuerza de trabajo (es decir, baja relativa de la población económicamente activa asalariada).

La menor inversión en innovación y nuevas tecnologías está en la base de un demasiado lento crecimiento de la productividad del trabajo. La expresión formal de esto en la teoría económica tradicional se conoce como productividad total de factores (PTF), que designa el incremento de productividad por unidad de producción, una vez descontado el aumento de la cantidad de trabajadores empleados y de medios de producción. Pues bien, para el estudio citado, el crecimiento de la PTF venía muy lento entre 2000 y la Gran Recesión, y luego prácticamente se estancó.

¿Cómo explican este resultado estos economistas de la Reserva Federal, es decir, del riñón de la teoría económica de defensa del capital? Pues apoyándose en la tesis de Robert Gordon, el teórico del “estancamiento secular”, de que el crecimiento de la PTF sólo está volviendo a su dinámica habitual, una vez superado el período de crecimiento “anormal” de los años 90. El otro factor que consideran es la baja en el crecimiento del empleo en la población entre 16 y 54 años. La fuerza laboral estadounidense, marcada por los “baby boomers” que ingresaron al mercado de trabajo en los años 60 y 70, está envejeciendo, y su tasa de reposición es insuficiente. Agreguemos aquí que esta tendencia demográfica no es privativa de EEUU, sino que se replica en casi todo el mundo desarrollado (en algunos casos extremos, como Japón, incluso con mayor fuerza). Pero este tema será tratado hacia la última sección de este trabajo.

El resumen de Roberts es que “lo que los economistas de la Reserva Federal quieren decirnos es que la Larga Depresión no es sólo un remanente de la Gran Recesión sino que refleja una desaceleración profunda del dinamismo de la economía de EEUU, que no va a corregirse con la pequeña recuperación actual. La economía de EEUU, sencillamente, está creciendo de manera más lenta en el largo plazo. Lo que los economistas de la Reserva Federal no explican es por qué la economía estadounidense viene ralentando el crecimiento de la productividad y la innovación desde 2000. (…) Gordon y otros simplemente aceptan la desaceleración actual como un ‘regreso a la normalidad’ después de la excepcionalidad de los 90. Lo que falta aquí es el motor de la inversión bajo el capitalismo: la rentabilidad. Estudios marxistas enfocados en este aspecto revelan que la rentabilidad del stock de capital en EEUU y la inversión nueva alcanzaron su pico alrededor de 1997 y luego empezaron a caer. Fue esta caída de la rentabilidad lo que provocó el colapso de la burbuja de las punto.com en 2000. La recuperación posterior de la rentabilidad no alcanzó los niveles de 1997, y de hecho el crecimiento de las ganancias se redujo sobre todo al sector financiero y, cada vez más, a un pequeño grupo de compañías líderes. La rentabilidad promedio permaneció igual o incluso bajó, y el crecimiento de las ganancias fue sobre todo ficticio (‘ganancias de capital’ de inmuebles, bonos y acciones), alimentadas por el crédito barato y las bajas tasas de interés. Ese castillo de naipes colapsó en la Gran Recesión” (“The underlying reasons for the Long Depression”, 14-2-18). Esa evolución histórica de la tasa de ganancia en EEUU es perfectamente discernible y comprobable, y admite comparación y evidentes vínculos con la tasa de ganancia global que mostramos en un gráfico anterior:

 

Tasa de ganancia de toda la economía en EEUU 1946-2016, en porcentaje

 

 

Períodos: Pico de la era dorada / Crisis de rentabilidad / Recuperación neoliberal /Nueva caída

ROP-HC = tasa de ganancia a costos históricos. ROP-CC = tasa de ganancia a costos actuales

Fuente: M. Roberts, “The underlying reasons for the Long Depression”, 14-2-18.

 

Sin embargo, esa vinculación entre la tasa global y la estadounidense no impide identificar subgrupos de la economía mundial donde algunos actúan como portaestandartes de la tendencia general mientras que otros operan aminorándola. Y al respecto hay una diferenciación entre la marcha en los últimos 30-40 años en la evolución de la productividad en los países desarrollados, por un lado, el “mundo emergente”, por otro, y China como categoría aparte. Un análisis de los datos disponibles sobre productividad del trabajo es elocuente respecto de dos puntos: el estancamiento de ese índice en los países desarrollados y el peso de China en el índice global.

En efecto, hacia 2016, según datos del Banco de Acuerdos Internacionales de Basilea (BIS Annual Report 2017), el crecimiento de la productividad global promedio era algo superior al 2%. En cambio, el índice de los países desarrollados era mucho más bajo (0,5%), mientras que el de los países emergentes incluyendo China rozaba el 4%… pero si ese grupo de países no incluía a China, apenas arañaba el 2%, esto es, incluso por debajo del promedio global. Este dato no sólo ilustra que el crecimiento de la productividad mundial fue globalmente raquítico (emergentes) o casi insignificante (países desarrollados), sino que da una medida de hasta qué punto la mayor productividad (y el crecimiento económico, como veremos más adelante) están concentrados en el apabullante avance de la economía china.

 

Tasa de crecimiento de productividad del trabajo, en porcentaje

 

(Nota: Las líneas de referencia de la derecha coinciden con el lugar y orden en que terminan las líneas quebradas)

Fuente: Banco de Acuerdos Internacionales de Basilea, citado por M. Husson, “Dix ans… “, 25-8-2017.

 

Estudios de origen privado o institucional no dan resultados muy diferentes. Así, Karim Foda, de la Brookings Institution, calcula que la productividad del trabajo en el mundo desarrollado crece a la tasa más lenta desde 1950, con una productividad total de factores (PTF) que creció en las economías avanzadas al 0,1% anual desde 2004. Y un estudio de la OCDE (OECD Compendium of Productivity Indicators 2016) muestra que el magro crecimiento de la productividad en las economías desarrolladas sigue muy por debajo del promedio de los últimos 35 años. Ese incremento promedia el 1% del PBI por hora trabajada, lo que, combinado con un estancamiento de la fuerza de trabajo, conduce a decepcionantes niveles de crecimiento del PBI. El estudio considera los siguientes factores explicativos, sin ponderarlos: a) curiosamente, un descenso de la inversión en tecnología informática respecto del PBI desde el boom de las punto.com; b) un cierto agotamiento del efecto de la conformación de cadenas globales de valor (volveremos sobre eso); c) desacople entre la calificación de la fuerza de trabajo y las necesidades de la industria (tanto hacia arriba como hacia abajo); d) mayor empleo relativo en el sector servicios, donde los aumentos de productividad son más difíciles (ver TE 8992, “Working hard for the money”, 4-6-16).

De nuevo en sentido contrario a lo que una percepción superficial sugeriría, EEUU no sólo no se diferencia de Europa y otros países desarrollados en esta tendencia sino que la refuerza. En referencia a la ralentización del crecimiento de la productividad en EEUU, Robert Gordon –el abanderado del “estancamiento secular”– compara la PTF a lo largo de cinco períodos. La variación interanual promedio para cada período muestra una evolución clara y significativa:

 

Aumento anual de la productividad total de factores en EEUU

 

1920-1950      2,17%

1950-1972      1,79%

1972-1996      0,52%

1996-2004      1,43%

2004-2014      0,54%

 

Fuente: Robert Gordon, “Secular Stagnation: A Supply-Side View”, American Economic Review, Papers and proceedings 2015: 55.

 

Comparemos ahora esto con los datos de otros países del mundo desarrollado para el período 2004-2014 y una desagregación de la tendencia para el subperíodo 2010-2014. Veremos así que la tendencia declinante del aumento de la productividad (que incluso llega a números negativos en el caso de EEUU y el Reino Unido) se concentra en los años inmediatamente posteriores a la crisis de 2007-2008:

 

País Crecimiento productividad (2000-04) Crecimiento productividad (2010-14)
EEUU +3.6 -0.2
Reino Unido +2.3 -0.2
Francia +1.5 +1.0
Alemania +1.7 +0.9
Suecia +2.9 +0.9
España 0.0 +1.4
Italia 0.0 +0.6

 

Fuente: Elaboración propia sobre datos del Mc Kinsey Global Institute, “Solving the productivity puzzle”, febrero 2018.

 

Ahora bien, es común que los panegiristas celebren, y los críticos denuncien, el obsceno nivel de riqueza acumulada de las grandes multinacionales cuyos accionistas y directivos conforman no el 1%, sino el 0,01% más privilegiado de la población del planeta. Pero esas empresas y ejecutivos visibles ocultan una profunda desigualdad también entre las compañías y su nivel de productividad y rentabilidad. Si se excluye la crema superior de las cinco mayores empresas de cada rama de la economía, la rentabilidad está cerca del punto más bajo en 30 años, y la masa de ganancias se concentra en las grandes firmas oligopólicas. Los niveles de consumo y de inversión respecto del PBI están hoy por debajo de los niveles pre crisis (M. Roberts, “Optimism reigns”, 4-1-17).

Semejante distancia entre los oligopolios multinacionales y las demás empresas de cada rama se explica en parte por el mecanismo ya citado de generar ganancias ficticias a partir de la suba del precio de los activos en la Bolsa mediante las recompras sistemáticas de acciones. Pero también hay quienes acuden aquí a la teoría de origen keynesiano de la “renta monopólica” que conduciría a un incremento del valor financiero de mercado de las acciones (que dan derechos sobre esa renta monopólica) por encima del valor de sus activos (el llamado valor libro).

Inclusive, según esta teoría, el creciente control del mercado por parte de empresas monopólicas las llevaría a restringir la producción y la inversión en capital productivo. Esta conceptualización, que recuerda a las de Baran y Sweezy en los 60, es, según Roberts, simplemente una versión modificada de la teoría neoclásica de que la ganancia se convierte en “renta” cuando una “imperfección en el mercado” como la formación de monopolios distorsiona la libre competencia y la “correcta” formación del beneficio capitalista “normal”, como si el origen de la ganancia no fuera la explotación del trabajo, para empresas “monopólicas” o no.

Esto no significa que el poder monopólico de las nuevas mega compañías del sector informático no contribuyera a aumentar sus ganancias gracias a la expulsión (o absorción) de competidores, la concentración de capital, el aprovechamiento de mano de obra relativamente más barata, el control de patentes, el crédito barato y, sí, la innovación tecnológica. Las ganancias de las grandes compañías aumentaron, lo que refleja en parte que hay menor competencia en la economía, con formación de oligopolios en muchas industrias; algunas tradicionales, como AT&T y Kraft, y otras vinculadas a la “nueva economía digital”, como Apple, Amazon, Alphabet (Google), Facebook, Microsoft, Netflix y otras por el estilo.

Esos factores existen y pesan. Pero, como dice Roberts, “el vector principal de las cosas es la rentabilidad general del capital estadounidense, más que cualquier cambio en el ‘poder monopólico’ del mercado. (…) Por su naturaleza misma, el capitalismo, basado en los ‘muchos capitales’ en competencia, no puede tolerar de manera indefinida ningún monopolio ‘eterno’, una plusganancia permanente deducida del total de ganancias que se reparte la clase capitalista como un todo. La batalla por el incremento de las ganancias y de la participación en el mercado implica que los monopolios están continuamente bajo la amenaza de nuevos rivales, nuevas tecnologías y competidores internacionales (…). El ‘poder de mercado’ puede haber reportado ganancias ‘rentísticas’ a algunas compañías grandes de EEUU en la última década (…), pero la ley de la ganancia de Marx aún sigue siendo la mejor explicación del proceso de acumulación. Las rentas para unos pocos se deducen de los beneficios de muchos. Los monopolios redistribuyen ganancia para sí bajo la forma de ‘renta’, pero no crean ganancia” (“The underlying reasons for the Long Depression”, 14-2-18).

Esto es completamente cierto aun si hoy, en efecto, existen ciertos rasgos específicos del mercado de la tecnología informática que favorecen temporariamente a los actuales detentadores de cuasi monopolios. Pero el salto en las ganancias empresarias (también concentrado en esos sectores) fue sobre todo ficticio, apoyado en la suba de precios de las acciones y bonos, fenómeno que ya se había dado cuando el estallido de la burbuja de las punto.com en 2000. Como resume Roberts, “la Larga Depresión es un producto de la baja inversión y el bajo crecimiento de la productividad, que son a su vez un producto de una más baja rentabilidad de la inversión en sectores productivos y un desplazamiento a la especulación financiera improductiva (y, sí, en parte un producto del poder oligopólico que refuerza a los grandes a expensas de los pequeños)” (cit.).

La rentabilidad promedio cayó en los sectores productivos no financieros, divorciándose cada vez más de la rentabilidad total en beneficio del sector bancario y tecnológico. Sucede que, en términos de un círculo genuino de acumulación de capital, este resultado es exactamente lo contrario de lo que se necesita.

 

La riqueza financiera de EEUU creció más que la inversión de capital desde 1980

EEUU: Ratios riqueza/PBI y capital/PBI

 

 

(Línea superior: riqueza. Línea inferior: capital)

Fuentes: Piketty-Zucman 2016, US Bureau of Economic Analysis, en M. Roberts, 14-2-18.

 

La consecuencia de este estado de cosas es una queja universal de la clase capitalista por la falta de canales atractivos para la rentabilidad del capital. Los inversores en Bolsa, aun a sabiendas de valores de acciones a niveles que se acercan a los de burbuja, siguen apostando allí a falta de nada mejor. El mayor gurú de las finanzas y una de las diez personas más ricas del planeta, Warren Buffett, fue de lo más directo al sostener en enero pasado que los 116.000 millones de dólares que su compañía Berkshire Hathaway tiene líquidos (en efectivo y papeles del Tesoro a corto plazo) rinden “una miseria” y que está en la búsqueda de “activos más productivos”. Buffett, acostumbrado a las adquisiciones de empresas en efectivo, se lamentó de que, mientras que los rendimientos son bajos, los precios de venta de las compañías son demasiado altos, y culpó a los inversores que se endeudan barato y luego salen a comprar firmas, lo que sube artificialmente su precio. Debe haber aliviado su angustia el hecho de que la rebaja de impuestos a las empresas operada por Trump, del 35 al 21%, le significó, de un plumazo, un ingreso extra en 2017 de 29.000 millones de dólares, el equivalente al PBI nominal de Letonia, Paraguay o Camerún. Pero se trata de otro ejemplo de ganancias que no revierten sobre el circuito productivo ni respaldan un ciclo de acumulación; al contrario, esa masa inmensa de capital-dinero se sumará a la anterior, renovando los lamentos de insuficientes fuentes de rentabilidad.

A muchos comentaristas y opinólogos superficiales les resulta increíble que los avances de la tecnología digital no hayan redundado en un salto en la productividad. Pero, una vez más, sucede aquí que se suelen extrapolar indebidamente las grandes ventajas (y ganancias extras) que genera el empleo de la robótica y los procesos de automatización fabril en algunas compañías de punta de algunas ramas al conjunto de la economía.

Como la lógica capitalista no es la de la innovación tecnológica per se, sino la de la obtención de ganancia, a ella se supedita la incorporación de nuevas tecnologías. Uno de los factores que retarda el progreso de la automatización es, irónicamente, la baratura del costo de la fuerza de trabajo, a punto tal que al capitalista le resulta más ventajoso pagar salarios bajos que automatizar. Como dice Marx, “el costo capitalista de la mercancía se mide por el gasto de capital, mientras que el costo real de la mercancía se mide por el gasto de trabajo” (El capital, tomo III/6: 31). O, como ilustra Grossman, “desde el punto capitalista de la rentabilidad, muchas veces es alcanzado el máximo de progreso técnico donde desde el punto de vista social es posible un mayor espacio para el desarrollo de las fuerzas productivas, esto es, un mayor ahorro de trabajo humano. (…) En territorios poco abiertos al capitalismo, (…) si bien el trabajo humano puede ser reemplazado por la máquina, esto es, puede ser economizado, de hecho es derrochado masivamente y el desarrollo de las fuerzas productivas es retardado. Pero incluso en países con el más elevado desarrollo capitalista, como Alemania o Estados Unidos, la técnica avanzada es limitada a un reducido número de empresas, mientras que junto a ellas existe gran cantidad de empresas técnicamente retrasadas que derrochan trabajo humano” (La ley de la acumulación y del derrumbe del sistema capitalista: 168-169).

Este mecanismo que describía Grossman en 1929 se aplica perfectamente a la realidad del capitalismo desarrollado post crisis global: “Parece evidente que una baja de los salarios reales en los últimos años implicó que algunas empresas vieran más atractivo emplear más trabajadores que comprar máquinas que mejoraran la productividad” (TE 9049, “How to kill a corporate zombie”, 15-7-17). Algo que se hace posible precisamente desde el cambio de fase del capitalismo de posguerra, del keynesianismo al ataque neoliberal a las conquistas y condiciones laborales de la clase trabajadora: “Hasta mediados de los 80, la productividad crecía con el aumento del crecimiento y retrocedía en las recesiones; desde entonces, pasa lo contrario. (…) Los cambios estructurales en la economía podrían explicar este cambio. La mayor flexibilidad del mercado laboral facilita los despidos en las épocas malas, lo que aumenta la productividad promedio; más adelante, esos trabajadores de baja calificación pueden ser contratados nuevamente” (TE 9046, “Diminished expectations”, 24-6-17).

Algunos economistas tratan de justificar esta aparente paradoja de avance tecnológico y bajo crecimiento de la productividad a partir de las dificultades, ya expuestas por la economista jefe de KPMG antes citada, para definir y medir la productividad en general y la de la robótica y la inteligencia artificial en particular. Otra variante es que las economías desarrolladas enfrentan el problema de la transición a otra forma de organización de la producción sin la posibilidad, física y política, de mudar trabajadores de las firmas obsoletas y pueblos estancados a compañías y ciudades más dinámicas.

Sin embargo, una línea explicativa de la caída de la productividad que encuentra cada vez más apoyo en la academia remite a lo que podría llamarse un daño autoinfligido de las políticas antiobreras: “Los salarios bajos permiten a las empresas emplear trabajadores de manera rentable en puestos marginales y seguir utilizando trabajadores incluso donde robots o software podrían reemplazarlos. (…) Economistas de la London School of Economics sostienen que los bajos salarios británicos, que se derrumbaron durante la Gran Recesión, son parte de la explicación del débil crecimiento de la productividad durante la recuperación subsiguiente, dado que las empresas se veían menos presionadas a ahorrar en salarios. Análogamente, el abundante trabajo barato explica en parte por qué la economía de EEUU muestra la inusual combinación de empleo creciente y bajo crecimiento salarial en los años recientes. Al permitir que las economías (…) se apoyen en empleos mal pagos para mejorar la competitividad, las políticas oficiales alentaron que las empresas utilizaran al descuido el trabajo de bajos salarios. Si priorizan un retorno al pleno empleo, los políticos podrían darle un necesario empujón tanto a los salarios como a la productividad” (TE 8981, “Doing less with more”, 19-3-16).

Robert Gordon no es el único pesimista respecto del bajo potencial económico de las nuevas tecnologías; ya el keynesiano Paul Krugman ironizaba que las compañías informáticas se centran en productos que son “más divertidos que fundamentales”. Pero la visión más sombría acaso sea la de “La ilusión de la innovación”, de Fredrik Erixon y Bjorn Weigel, que sostienen que “el motor mismo del crecimiento capitalista, la destrucción creativa que describió Joseph Schumpeter, se terminó. Aparte de un puñado de estrellas como Google o Amazon, el capitalismo envejece rápidamente. Las 100 empresas europeas más valiosas fueron fundadas hace más de 40 años. Incluso en EEUU, que es una nación más emprendedora, la proporción de firmas de más de 11 años pasó de un tercio del total en 1987 a la mitad en 2012, y el número de empresas nuevas cayó entre 2001 y 2011. (…) Según los autores, este estancamiento tiene que ver no con las regulaciones excesivas sino con la estructura misma del capitalismo. Las compañías ya no son propiedad de capitalistas audaces sino de gigantes financieros anónimos, los fondos de inversión. Tales instituciones están más interesadas en ganancias predecibles que en nuevos emprendimientos, y escapan a inversiones riesgosas en nuevas tecnologías” (TE 9012, “Techno wars”, 22-10-16).

Se trata de una ominosa y sugerente contribución a la interpretación de los problemas de un capitalismo que viola sus propias leyes: el necesario proceso de “destrucción creativa” schumpeteriana ya había sido descripto por Marx en El capital y se ve obstaculizado no sólo por los cambios en la forma de propiedad de las empresas, sino también por la capacidad política de los “capitales sobrantes” para resistir a su aniquilación, como veremos en el apartado siguiente.

Otra línea argumental es que el impacto de la revolución digital en todos los órdenes menos en la productividad del trabajo (la llamada paradoja de Solow de los años 80) se debe a que no ha hecho más que comenzar. Pero “la verdadera pregunta no es si la revolución informática se quedó sin nafta o si la destrucción creativa se ha detenido. De hecho, es probable que la revolución informática esté cobrando impulso (…). De lo que se trata es de si la nueva economía puede contrarrestar las fuerzas que se alinean contra ella: envejecimiento poblacional, una clase política que responde al populismo con restricciones al comercio y regulaciones excesivas a las empresas, sistemas educativos en decadencia. El gran peligro es que, mientras debaten optimistas y pesimistas, el mundo quede cada vez más dividido entre islas de alta productividad rodeadas de un vasto océano de estancamiento” (TE, cit.).

Desde ya, entre las “fuerzas alineadas contra la nueva economía”, incluidas las políticas, aquí no se hace referencia a la resistencia de la clase trabajadora. Pero, como muestra la formidable oleada de huelgas y manifestaciones en Francia contra las reformas “modernizadoras” de Macron, ni siquiera en coyunturas relativamente estables o incluso reaccionarias es posible dejar de lado el “factor lucha de clases”.

 

2.2 Capital enfermo y empresas zombies, o la negación de Schumpeter

 

“Según la concepción de Marx, la crisis es tan sólo un proceso de saneamiento del sistema, un establecimiento, aunque violento y con pérdidas, del equilibrio, y por tanto también del proceso de valorización, y así, desde el punto de vista capitalista, constituye una ‘crisis de purificación’” (Henryk Grossman, La ley de la acumulación y del derrumbe del sistema capitalista)

 

Un mecanismo clásico de recuperación de las crisis capitalistas es, simplemente, la destrucción de capital, incluso físicamente hablando. De hecho, las guerras mundiales han sido históricamente formidables instrumentos de destrucción de capital que ayudan a reconfigurar la acumulación sobre nuevas bases, una vez que el ciclo económico puede recomenzar “purgado” del capital “lastre”. Si la crisis se origina en un límite que el capital encuentra en sí mismo, en el hecho de que el capital ya no puede ser utilizado como tal, como valor que genera más valor, la salida de la crisis debe necesariamente implicar la desaparición de ese capital que ya no genera la suficiente ganancia y por ende, en el fondo, no es tal.

Este mecanismo clásico descripto por Marx en incontables ocasiones es, a su manera, reconocido incluso por los economistas burgueses más lúcidos, como Joseph Schumpeter, que llamó “destrucción creativa” al proceso por el cual las empresas más productivas (con mayor tasa de ganancia) fagocitan o destruyen a sus rivales que no pueden seguir el tren de la rentabilidad y la innovación.

Sin embargo, este proceso habitual de la dinámica capitalista empieza a encontrar obstáculos generados por el propio capitalismo, de una índole mixta político-económica. En particular, a partir de la hipertrofia del capital financiero y de capital ficticio (que parece representar capital real pero que no lo es), asoma una contradicción entre la necesidad que tiene el ciclo económico de destruir los capitales sobrantes y la resistencia que ofrecen los titulares de esos capitales.

Como observa Husson, es necesario destruir ingentes masas de capital ficticio, y también parte del capital productivo real. Pero en el caso del capital ficticio, las políticas neoliberales se niegan a cuestionar esos derechos de propiedad sobre capital que el capital ficticio representa, ya sea vía transferencias de deudas privadas al Estado, vía austeridad –ambos, mecanismos que respetan la ley del valor– o vía inyección de liquidez, recurso que, en cambio, niega o “circunvala” la ley del valor (Husson, cit., febrero 2017).

La política de “alivio cuantitativo” (quantitative easing) implementada primero por la Reserva Federal de EEUU y luego, algo tardíamente, por el Banco Central Europeo –el banco central de Japón la había puesto en marcha ya antes de la crisis– implica, ente otras cosas, un rescate de capitales que, desde el punto de vista del “sano funcionamiento” del ciclo capitalista debían haber sido destruidos. Naturalmente, aquí interviene la política como “perturbación” del ciclo económico (una prueba más de que ambos planos sólo pueden separarse temporariamente en el análisis, nunca en la realidad). Sea por el peso de los actores económicos implicados a los que el Estado no puede dejar de rescatar porque son “demasiado grandes para caer” o, en ocasiones, por la presión social y política de sectores del movimiento de masas que resisten una lógica puramente económica que puede dejarlos sin trabajo y en la miseria, el hecho es que el proceso “normal” queda trabado, obstaculizado, desviado, y el resultado es una disfunción económica cuyos efectos se acumulan y amplían. Como observan Husson y Roberts, se da aquí una contradicción esencial e insalvable entre el objetivo de reanudar y sanear la acumulación de capital, por un lado, y la decisión política de preservar el capital ficticio, por el otro.

De esa manera, las finanzas pasaron a ser de palanca del modelo neoliberal a un obstáculo a la dinámica “sana” del capital, con la capacidad de lobby que les da ser el sostén del 1% más rico de la sociedad. Sin exagerar la función de su hipertrofia –como ocurre a veces con François Chesnais–, ya que se trata de un síntoma, no de una causa ni un factor autónomo, es verdad que “en el conjunto de este esquema, la financiarización desempeña un papel determinante: asegura una redistribución del 1%; mantiene, es decir estimula, el sobreendeudamiento; facilita las transferencias internacionales y acompaña la globalización productiva, aquella que permite a su vez influir en los salarios” (M. Husson: “Dix ans de crise…”, 25-8-17).

En otro plano, en otra escala y por otros medios, algo similar sucede con las empresas “zombies”, que suelen definirse técnicamente como empresas que generan menos ganancias netas que los intereses que deben pagar por su nivel de endeudamiento, y por lo tanto no crecen. En este caso, el “rescate” no es vehiculizado directamente por decisión política del Estado (salvo, claro está, en el caso de las empresas estatales, como en China, Japón y otros países), sino que la destrucción de capital es impedida o postergada por la vía de recursos financieros, de los cuales el más común es, precisamente, nuevo endeudamiento o apalancamiento.

Según un informe de la OCDE, desde el punto de vista de la innovación tecnológica las empresas se dividen en pioneras (frontier), atrasadas (laggard) y zombies, con capital y empleo atrapados (sunk) en ellas. De hecho, hay regiones, ramas de la producción o países enteros que pueden ser definidos como ejemplos de capitalismo zombie (en M. Husson, agosto 2017, cit.).

La persistencia de empresas zombies tiene efectos a todos los niveles, pero especialmente de la productividad y de la tasa de ganancia, ya que en ambos rubros las compañías zombies bajan el promedio general. Para la OCDE, un aumento del 3,5% de empresas zombies se asocia a una baja del 1,2% en la productividad industrial. Son el equivalente a una especie de “proteccionismo” que desalienta la formación de nuevas empresas o mayor inversión de las más eficientes. Así, según la US Conference Board, la productividad total de factores (PTF) en EEUU, estancada en 2013 y 2014, cayó en 2015 (TE 9024, “The zombies ate our growth”, 21-1-17).

Como consecuencia de la no destrucción o desvalorización de esta plétora de capital, es inevitable un crecimiento débil de largo plazo, como señalan Husson, Roberts y también Astarita (“Economía mundial en perspectiva”, 21-8-17).

Las empresas zombies están en la mira de crecientes sectores que reclaman que se lleve a cabo la destrucción creativa schumpeteriana sin atender a tantos remilgos políticos o económicos como en el momento más candente de la crisis, porque ya es hora de un “retorno a la normalidad” del funcionamiento capitalista: “Robert Gordon, de la Northwestern University, ha sugerido que innovaciones como Internet fueron menos transformativas que desarrollos tecnológicos previos como el motor de combustión interna. Pero la idea de que hay una osificación del sector corporativo, como se ve en la declinación de formación de nuevas empresas, merece más atención. (…) Se ha hablado mucho de la flexibilidad de los mercados de trabajo para resolver el problema de la productividad, pero la flexibilidad del sector empresario puede ser igual de importante. De hecho, hay una creciente convicción de que la persistencia de compañías zombies –empresas que siguen operando pese a sus malos resultados financieros– puede explicar la débil performance de productividad de las economías desarrolladas en los últimos años” (TE 9049, “How to kill a corporate zombie”, 15-7-17).

Según un informe del Banco de Acuerdos Internacionales de Basilea (citado tanto por The Economist como por Husson), el promedio de empresas zombies en las bolsas de 14 países desarrollados subió de menos del 6% en 2007 al 10,5% en 2015. Una estimación de la OCDE calculaba en 2013 que la proporción de capital atrapado en empresas zombies era del 28% en Grecia, el 19% en Italia y el 16% en España.

 

Porcentaje de empresas zombies sobre el total

 

Fuente: BAI de Basilea

 

Finalmente, como señalamos, otro efecto perturbador de las empresas zombies es que se dificulta la renovación de empresas, especialmente en el extremo superior de la pirámide. Según un trabajo de la OCDE, esto se debería a un ensanchamiento de la distancia entre las empresas de la cima y sus competidoras, especialmente en términos de productividad. En la industria, las líderes aumentan su productividad en un 2,8% anual contra un 0,6% del resto; en servicios la distancia es todavía mayor, 3,6% contra 0,4%.

El otro factor diferencial es su carácter “cosmopolita”: una gran compañía británica y otra china tienen menos distancia entre sí que la que mantienen respecto de sus respectivos competidores locales. En ningún sector de la economía esto es más visible que en las empresas de tecnología de la información, en parte gracias al “efecto red” (el actor más grande, por el hecho de serlo, se vuelve más atractiva que el resto y lo desplaza). Un resultado de este panorama es que “la difusión tecnológica se ha estancado: las ideas de punta no se esparcen por el resto de la economía, y la compañía ‘frontera’ monopoliza el incremento de productividad”. El efecto red opera también en la contratación de los empleados más innovadores y talentosos, que son atraídos por la “compañía estrella” y de este modo no pasan a formar parte de un eventual retador. Claro que “es necesario encontrar una manera de abordar el problema si el mundo desarrollado quiere tener alguna chance de salir del estancamiento de la productividad” (TE 9015, “The great divergence”, 12-11-16).

Al respecto, llama la atención que las “historias de éxito” de este período del capitalismo por fuera de las compañías de tecnología digital vayan en la dirección opuesta al camino “virtuoso” de la inversión productiva y la innovación. Por el contrario, en el actual contexto de baja productividad e inversión, los empresarios que triunfan lo hacen a partir de combinar prácticas de especulación financiera con explotación laboral descarnada. Un caso paradigmático de esto es 3G Capital.

No se trata de un ejemplo marginal: 3G es la segunda entidad en adquisiciones de empresas de la historia moderna, con negocios por más de 470.000 millones de dólares. Warren Buffett, uno de los mayores gurúes de los inversores, considera a los brasileños fundadores de 3G Capital “entre los mejores empresarios del mundo”.

Ahora bien, ¿en qué consiste el ingenio capitalista de este modelo empresarial post crisis global del siglo XXI? En tres ideas: primera, que el costo de endeudarse para comprar empresas es mucho más bajo que la tasa de beneficio de las compañías de consumo masivo en las que 3G se especializa. Segunda, que las ventas de esas compañías son resistentes a las crisis gracias al peso de sus marcas y a su posición oligopólica. Tercero, la política de “presupuesto de base cero”, que significa que cada gerente debe justificar desde cero cada año el presupuesto de su área e implica brutales recortes de costos en salarios y personal, además de ahorrar en marketing innecesario, y queda delineado el “modelo de negocio 3G” (TE 9029, “Barbarians at the plate”, 25-2-17).

Por supuesto, nada más lejos de lo que recomiendan los manuales del emprendedor clásico que endeudarse barato para comprar firmas en problemas –pero con marcas conocidas y fuerte participación de mercado– y aumentar violentamente la explotación laboral. Entre sus víctimas (primero) y baluartes (después) están la mayor cervecera del mundo, AB InBev, y la multinacional alimenticia Kraft Food, y entre las marcas que controla 3G están Budweiser, Burger King y Heinz. Estuvo a punto de comprar Unilever, que logró a duras penas rechazar la adquisición hostil, pero al precio de, a contramano de su supuesto “capitalismo responsable”, imitar la idea de “presupuesto de base cero”.

La situación actual de 3G, sin embargo, revela un agotamiento de esas fuentes. En parte, porque la diferencia entre tasa de endeudamiento y tasa de ganancia ya no es tan favorable: la primera aumentó y la segunda decayó. Además, el crecimiento de los nichos amenaza el imperio de las grandes marcas. Pero, sobre todo, “el recorte de puestos de trabajo se ha vuelto más políticamente sensible”. Es posible que su mejor momento haya pasado, y que haya “aprovechado un período de tasas bajas, acciones baratas, bajo proteccionismo, escasa reacción a la pérdida de empleos y competencia digital todavía por florecer” (TE 9056, “And now for my next trick”, 11-11-17).

De esta manera, el nacimiento, ascenso y eventual decadencia de 3G son altamente simbólicos. Por un lado, del tipo de capitalismo que ha prosperado en las primeras décadas de este siglo. Por el otro, de que esa fiesta que parecía eterno encuentra, más pronto que tarde, no sólo límites propiamente económicos sino los que les impone el creciente descrédito político de un esquema que sólo puede aspirar a prosperar a costa de pisotear derechos y vidas de trabajadores.

 

2.3 Sobrevaluación y endeudamiento

 

“La superficialidad de la economía política se pone de manifiesto, entre otras cosas, en el hecho de que convierte a la expansión y contracción del crédito, mero síntoma del período alterno del ciclo industrial, en causa de éstos” (Karl Marx, El capital, tomo I)

 

“La banca y el crédito (…) se convierten en el medio más poderoso para impulsar la producción capitalista más allá de sus propios límites, y en uno de los vehículos más eficaces de las crisis y las estafas” (Karl Marx, El capital, tomo III)

 

Uno de los rasgos más preocupantes del desarrollo de la crisis financiera iniciada en 2007 fue el nivel de endeudamiento general de todos los actores económicos: los estados soberanos, las empresas privadas, los hogares. De hecho, como ya señalamos, fue el endeudamiento basado en hipotecas lo que detonó la crisis, que de allí pasó a los bancos estadounidenses, luego a los europeos y hacia 2011 puso en peligro, vía el endeudamiento de los estados, el andamiaje económico europeo.

Pues bien, este peligro no sólo no ha desaparecido sino que, de una manera bien que más discreta, se ha agravado. Sólo que ahora el principal candidato para generar cimbronazos es el sector privado no financiero. No es de extrañar: hemos visto cómo el sector financiero fue rescatado, protegido y blindado por las políticas estatales, que transfirieron esa carga al conjunto de la sociedad, incluyendo también los capitalistas industriales y de servicios: “La acción de los bancos centrales frena la crisis, pero cada ciclo arranca con niveles de deuda (y de precios de activos) cada vez mayores. El alto nivel de precios de activos significa que cualquier forma de retorno a niveles de valuación ‘normales’ constituiría una crisis, según los indicadores que utiliza el Deutsche Bank” (TE 9060, “When the cycle turns”, 30-9-17).

Así, informa The Economist que “en las economías avanzadas, la ratio deuda privada/PBI está por encima de los niveles precrisis, y sigue creciendo”. En efecto, según cifras del Banco de Acuerdos Internacionales de Basilea, “el promedio de los países ricos mostraba a fines de 2007 una deuda privada de 250% del PBI. En 2016 era del 275%. EEUU pasó del 225 al 250%, y en los mercados emergentes, del 125 al 190%” (TE 9031, “Borrowed time”, 11-3-17).

La deuda total de las compañías no financieras, según el último dato de 2017, es del 73% del PBI, una cifra récord: “La deuda neta de las compañías no financieras incluidas en el índice Standard & Poor’s 500 (las mayores del país) superaba en un 50% a sus ingresos, es decir, una ratio de 1,5. La proporción de empresas cuya ratio es superior a 5 (lo que indica un nivel riesgoso de apalancamiento) bajó del 42% en 2007 al 27% en 2017. Pero un escenario de guerra comercial puede deshacer ese progreso en cuestión de meses” (TE 9081, “On borrowed time”, 10-3-18).

La contrapartida de este endeudamiento es la sobrevaluación de activos, es decir, del valor de las empresas, especialmente las que cotizan en Bolsa. Esto se debe a varios factores concomitantes y relacionados: la deuda se garantiza con el valor de los activos; a la vez, endeudarse barato permite el recurso a la recompra de acciones, que hace subir su precio y genera ganancias (puramente especulativas y desligadas de toda producción de valor real, desde ya) por encima del pago de intereses, lo que realimenta el ciclo… hasta que el crédito se encarece y/o la burbuja estalla.

Así describe el comienzo del proceso un clásico de la economía marxista, Henryk Grossman, en su célebre La ley de la acumulación y del derrumbe del sistema capitalista: “El capital dinerario en busca de inversión no encuentra en la esfera de la producción ningún empleo provechoso. La tasa de interés de ahora en más debe descender permanentemente, y el capital dinerario ocioso, desocupado, abandona la esfera de la producción y durante el intervalo se vuelve hacia la Bolsa para pescar en río revuelto, hasta el restablecimiento de la rentabilidad (valorización) en la esfera de la producción. El funcionamiento de la Bolsa y de todos los títulos estatales está en estrecha relación con el movimiento de las tasas de interés, y tienen un movimiento independiente de su valor” (H. Grossman: 158). Es casi la descripción exacta de la conducta de los inversores del estilo del “oráculo de Omaha”, el magnate de las finanzas Warren Buffett, cuya desazón por la falta de “empleo provechoso” para su capital citáramos más arriba.

Para Grossman, “la función de la Bolsa consiste en la movilización del capital. (…) La exportación de capital hacia el exterior y la especulación en el interior del país son fenómenos paralelos y nacen de la misma raíz. (…) Frente a todos aquellos que piensan que la especulación es sólo una ‘excrecencia’ que no tiene nada que ver con la expansión, nosotros sostenemos la opinión de que constituye una función necesaria: posibilita a los capitales sobreacumulados una ‘inversión’ lucrativa” (cit.: 346 y 351). Por supuesto, lo lucrativo de esa inversión se sostiene hasta que la crisis pone las cosas en su lugar. Pero es justamente esa función de “limpieza” y “purificación” de las crisis la que está impedida de operar normalmente, como vimos en el apartado anterior.

La relación entre el precio del activo (acciones de una empresa) y las ganancias, ajustada por ciclo (sigla en inglés CAPER, que mencionábamos arriba) es una medida muy útil de si el valor de una empresa, o grupo de empresas, está inflado o no. En los últimos 136 años, la ratio CAPE sólo ha tocado los valores actuales en dos oportunidades: durante la burbuja de las punto.com en 2000 y en el crash de 1929. Además, por lo general, cuando hay burbujas de mercado se puede señalar un tipo de activo o sector en particular donde los precios están inflados. Sin embargo, hoy en EEUU y buena parte del mundo el mercado “bull” (en alza) se da en casi todas las ramas de las finanzas.

Desde 1881, la ratio CAPE promedio para el índice de Standard & Poor’s de las 500 firmas que listan en las Bolsas de EEUU fue 17. Hoy oscila entre 31 y 33 (llegó a 32 en 1929 y a 43 en 2000). Lo mismo ocurre con el índice de pasivos sobre ingresos (M. Roberts, “Optimism reigns”, 4-1-17). En EEUU, los precios de las casas ya están por encima, en términos nominales, del pico de 2008 que disparó la crisis de las hipotecas subprime, y en el Reino Unido, Canadá y Australia los precios de hogares son directamente propios de burbuja inmobiliaria (TE 9061, “The bubble without any fizz”, 7-10-17).

Así como la burbuja inmobiliaria de EEUU en 2008 arrastró casi inmediatamente al resto del mundo, es importante considerar que todo lo que ocurra en la Bolsa de Wall Street tendrá una onda expansiva instantánea en las demás. Esto es tanto más así cuanto que EEUU está sobrerrepresentado en los índices bursátiles. Por ejemplo, uno de los más importantes, el MSCI All World Country Index, que abarca todo el mundo, pondera el mercado de EEUU con un 54% de ese indicador, y EEUU representa el 60,5% del MSCI World Index, que incluye sólo a los países desarrollados, cuando en realidad EEUU representa sólo el 25% del PBI mundial (TE 9035, “Top-heavy”, 8-4-17).

La referencia a 2008 no es antojadiza. Michael Roberts observa el peligro de que “en caso de caída de rentabilidad, la deuda privada –tanto hogares como empresas– no fue desapalancada desde 2008. De hecho, lo contrario” (“Boom or bust?”, 1-12-17). También él menciona la alta ratio CAPE y agrega que “otra medida de la sobrevaluación es la capitalización bursátil sobre el PBI. El índice actual [en EEUU. MY] es el más alto desde 1951 excepto la burbuja de las punto.com en 2000” (M. Roberts, “Forecast for 2018: the trend and the cycles”, 29-12-17).

Una explicación evidente del valor excesivo de las empresas es que se endeudan barato: “El precio clave es la tasa de interés a largo plazo. En términos reales, esa tasa viene bajando desde los años 80, y está ahora cerca de su piso histórico” (TE 9061, “The bubble without any fizz”, 7-10-17). Las razones de este fenómeno son materia de discusión entre economistas burgueses, que lo atribuyen a factores como la “propensión al ahorro”, cambios estructurales en la economía como el creciente peso de los “activos intangibles” o la acción de los bancos centrales. Pero esas “explicaciones”’ no hacen más que postergar el estudio del fondo del problema: ¿por qué hay “propensión al ahorro” en vez de a la inversión, por ejemplo? Es difícil eludir la conclusión de que, de manera oblicua y distorsionada, la declinación del rendimiento de los bonos de largo plazo debe tender a reflejar de algún modo la también declinante tasa de ganancia del conjunto de capital a nivel global.

Por eso la sobrevaluación de activos no se vincula sólo a lo barato que venía resultando tomar crédito, sino justamente, como vimos más arriba, a lo difícil que es encontrar opciones rentables de inversión: según una encuesta de Merrill Lynch, el 45% de quienes manejan fondos de inversión globales opina que las acciones están sobrevaluadas, y curiosamente, un 48% de esos mismos gerentes reconoce que su exposición a las acciones es más alta de lo que debería. La explicación está en que quienes opinan que la otra variante importante de inversión, los bonos emitidos por los Estados, están sobrevaluados, son ya un 83%: “Muchos directivos de fondos de inversión ven con nerviosismo los altos valores de los activos, pero no les atraen nada los bonos soberanos. De modo que se aferran a las acciones por cuanto son la opción menos mala disponible” (TE 9066, “Adjusting the CAPE measure”, 11-11-17). Y, a diferencia de los bonos, las acciones de compañías privadas recibirán un impulso adicional con el regalo de las rebajas de impuestos a las empresas dispuesto por Trump (TE 9073, “Taking off the training wheels”, 6-1-18).

Asimismo, la sobrevaluación es un indicador indirecto de la tasa de ganancia. En el mundo financiero, la ratio CAPE se considera un fuerte predictor de bajas ganancias a largo plazo: “Un estudio de 12 países muestra que una suba de la ratio CAPE del 5%, digamos, de 20 a 21, tiende a reducir en cuatro puntos porcentuales la ganancia esperada total a diez años. (…) Los autores del paper aceptan que el actual nivel de ganancias puede ser alto, pero no creen que eso signifique que el crecimiento de las ganancias futuras vaya a ser fuerte. Hay una tendencia a volver a la línea promedio. (…) La ratio de EEUU es 32,8, mientras que en Canadá es de 20, en Alemania de 19 y en el Reino Unido de 14. En esos casos están cerca de sus promedios históricos; en cambio, en Wall Street la ratio está al doble de su nivel habitual (…). Medidas alternativas a la CAPE para evaluar acciones, por ejemplo, comparar el precio de la acción con las ventas o con los valores de los activos, también muestran que las acciones de otros países, en particular de los emergentes, se ven baratas, pero en Wall Street están caras” (TE 9084, “CAPE crusaders”, 24-3-18).

Este fenómeno no representa ninguna novedad para el marxismo. Roberts recuerda que para Marx la expansión excesiva del crédito es señal de caída de la rentabilidad de la inversión productiva: “Marx hizo la observación clave de que lo que mueve los precios de la Bolsa es la diferencia entre la tasa de interés y la tasa global de ganancia. Lo que mantuvo los precios de las acciones en alza ha sido el muy bajo nivel de la tasa de interés de largo plazo, engendrada deliberadamente por los bancos centrales (…). La brecha entre el retorno sobre la inversión (ganancia) en la Bolsa y el costo del crédito para llevar a cabo esa inversión ha sido enorme” (M. Roberts, “Stock market crash: 1987, 2007 or 1937?”, 6-2-18)

Y lo mismo constata con preocupación el establishment: “Como dice la OCDE: ‘Si el crédito se usa bien, el alto endeudamiento contribuye al crecimiento económico al aumentar la capacidad productiva o la productividad. Sin embargo, en muchas economías avanzadas, la acumulación de deuda corporativa luego de la crisis no se ha traducido en un aumento del gasto de capital’. (…) La deuda corporativa no financia inversión sino pago de dividendos a accionistas, lo que refleja ‘pesimismo sobre demanda y crecimiento futuros, lo que lleva a las compañías a diferir gasto de capital y retribuir a sus accionistas a falta de oportunidades de inversión atractivas’” (M. Roberts, “Boom or bust?”, 1-12-17).

Respecto de las compañías estadounidenses en su conjunto, se da una situación paradójica: atesoran ganancias inmensas en el exterior –se calculan en unos 2 billones de dólares– y, a la vez, se encuentran en un frenesí de endeudamiento que en 2016 era de 8,4 billones de dólares. Así, son acusadas al mismo tiempo de conducta conservadora con sus activos en efectivo y de audacia salvaje con su endeudamiento. ¿Cómo se explica? Pues por las perspectivas del capitalismo actual a mediano plazo: “El mensaje implícito en los balances no es que las firmas de EEUU reaccionan estúpidamente al clima de negocios actual, sino que creen que el decepcionante statu quo de altas ganancias, menor competencia, bajo crecimiento salarial y sistemas políticos y financieros disfuncionales va a continuar por un buen tiempo más” (TE 9049, “The United States of debt”, 15-7-17).

Una CAPE alta a veces se justifica cuando las ganancias son bajas respecto del PBI, pero el caso actual no es ése: “Quizá se deba a un giro hacia el poder del capital a expensas del trabajo; quizá se deba a la mayor concentración de ciertas industrias que permita márgenes de monopolio. Es posible que este cambio sea permanente (…), pero parece el colmo del optimismo creer que las ganancias van a crecer por encima del PBI, es decir, que la proporción de la participación del capital en los ingresos va a aumentar aún más. El crecimiento del PBI es impulsado o bien por una mayor cantidad de trabajadores o bien por un aumento de la productividad. Dado que el tamaño de la fuerza de trabajo aumenta cada vez con mayor lentitud (y en ciertos países está cayendo), y dado que el crecimiento de la productividad en el período reciente es decepcionante, es difícil ser más optimista en este punto. De modo que parece difícil de lograr un crecimiento rápido tanto del PBI como de las ganancias” (TE 9066, “Adjusting the CAPE measure”, 11-11-17). De esta manera, lo que refleja este índice es un pesimismo de fondo respecto de la posibilidad de un crecimiento genuino de la economía, de la productividad y de las ganancias, lo que paradójicamente resulta en una sobreconcentración optimista de valor –en buena medida ficticio– en los activos financieros.

Por último, haremos una breve referencia al endeudamiento no corporativo, es decir, a la deuda de los hogares. Si hemos visto que la situación de la deuda de las empresas y el endeudamiento de los estados soberanos sigue en zona amarilla (para algunos, anaranjada), la situación de la deuda de particulares es un reflejo, bien que de otro tipo, del festival de crédito fácil nacido al influjo de la crisis financiera.

 

Evolución de la deuda y del ingreso disponible de los hogares

 

(Línea superior: deuda de hogares. Línea inferior: ingreso disponible neto de hogares)

Fuente: OCDE, World Economic Outlook 2017.

 

Aunque desde el punto de vista del funcionamiento del circuito económico capitalista su influencia es mucho menor a la de las empresas, en caso de una corrida financiera su impacto social y político es potencialmente mucho más agudo e inmediato, porque en su inmensa mayoría el volumen de deuda de hogares corresponde a préstamos hipotecarios. No hace falta imaginar un estallido de deuda privada: ya ha ocurrido en 2008 con la crisis de las hipotecas subprime, que de la noche a la mañana puso a la orden del día el desalojo de miles de familias de sus hogares por insolventes. En EEUU y en España, especialmente, se vieron escenas dramáticas de desahucio que contrastaban vivamente con el blindaje a bancos y demás instituciones financieras a un costo fiscal mucho mayor. Es difícil exagerar el impacto político de una reedición de ese escenario, cuyo riesgo, como muestra el gráfico, parece hoy mucho más acentuado que aminorado.

En lo inmediato, la principal preocupación es lo que suceda con la tasa de interés de la Reserva Federal y con el fin del estímulo monetario dispuesto por el Banco Central Europeo. En palabras de un columnista, “como padres ansiosos, los bancos centrales les están sacando las rueditas de apoyo a las bicicletas de sus hijos, y ahora esperan que no se estrellen” (TE 9073, “Taking off the training wheels”, 6-1-18). El abandono paulatino de las intervenciones de los bancos centrales, bajo la forma de emisión, que permitían un endeudamiento fácil y barato, implica una búsqueda de “normalización” del mercado de crédito para la cual nadie sabe si están dadas las plenas condiciones.

 

2.4 La desigualdad y el problema de realización de plusvalía

 

Aunque hemos dejado sentado que el centro de los problemas del orden capitalista global está en el proceso productivo (falta de inversión productiva suficiente, tasa de ganancia que no se recompone, productividad con crecimiento raquítico pese a los saltos tecnológicos), lo que asoma en primer lugar a la vista de observadores, políticos y activistas del mundo no son los desequilibrios es la esfera de la producción sino los de la esfera de la distribución. Como señalara agudamente Michel Husson, “la crisis actual puede ser caracterizada como la crisis de las soluciones a la crisis precedente”, es decir, es el resultado de un intento fallido de superar la falla del ciclo anterior, la baja de la tasa de ganancia. El aumento de la explotación del trabajo ha permitido recuperar, como vimos, los beneficios de la clase capitalista, pero a costa de una mayor desigualdad.

La merecida fama que ha logrado el libro de Thomas Piketty El capital en el siglo XXI, aunque no hace honor a la matriz teórica marxista en cuanto al origen de las crisis, se debe a que no se equivoca al suponer que su estudio aborda el problema políticamente más impactante del momento: el papel del capitalismo en el aumento de la desigualdad. De hecho, la ya famosa “fórmula fundamental” de Thomas Piketty en su crítica al capitalismo actual, r > g (la riqueza aumenta más que el crecimiento económico, o, lo que es lo mismo, la riqueza se concentra y crece la desigualdad), es la expresión en términos no marxistas de esa contradicción.

De nuevo: si bien Piketty a nuestro entender se equivoca al situar la desigualdad como centro absoluto del análisis del capitalismo, es indiscutible que, junto con su evidente peso político, la desigualdad juega también un papel propio en la dinámica económica. Esto es así a punto tal que hay toda una escuela de teoría económica marxista, cuyo origen se remonta incluso a economistas clásicos como Sismondi y que incluye desde Rosa Luxemburgo a Natalie Moszkowska, pasando por Paul Sweezy, que deriva las crisis de insuperables contradicciones en la distribución, empezando por el descenso de la capacidad de consumo de las masas, que conduce a insalvables conflictos de realización de la plusvalía generada en el proceso de producción.

Sin adherir (ni discutir aquí) a esta concepción, sí es incuestionable, a nuestro juicio, que los desórdenes de la esfera de la producción se pueden y deben manifestar en la de la circulación, y representan en muchos casos el detonante o factor visible de picos de crisis cuyo origen profundo, no obstante, está en la primera. Como dice Husson, “la caída de salarios no puede asegurar la dinámica del capitalismo. Se plantea inmediatamente un problema de realización [de plusvalía. MY]: ¿quién va a comprar las mercancías producidas por personas asalariadas cuyo poder de compra progresa menos rápidamente que el valor producido? Al redistribuir una parte de los beneficios a las capas privilegiadas que la gastan, el capital financiero aporta una respuesta a esta cuestión” (“Capitalismo del siglo XXI…”, febrero 2017). Pero, claro está, semejante “solución” no puede ser más que temporaria, precaria y preparación para nuevas crisis de realización por subconsumo.

Por lo demás, son las cifras y las imágenes de la desigualdad terrorífica del planeta las que constituyen un acicate político para millones de jóvenes y de trabajadores que ven y sienten a cada paso cómo las promesas de progreso y prosperidad por parte de los capitalistas, sus políticos y sus voceros quedan flagrantemente incumplidas.

Esta realidad tiene manifestaciones nacionales, regionales y mundiales. Si comenzamos por lo más general, acaso el más sintético y apabullante dato sobre la desigualdad de distribución de la riqueza sea un conocido índice que se publica anualmente, el del Crédit Suisse: el 1% más rico tiene 50 veces más que la mitad más pobre de la población del planeta, y el 90% de debajo de la pirámide es dueña de sólo el 14% de la riqueza global (de donde se desprende que el 9% que viene después del 1% más rico se queda con un 35% del total).

 

Distribución de la riqueza global

 

% pob. adulta % ingreso
1% superior 51% total
9% siguiente 35% total
40% siguiente 13% total
50% inferior 1% total

 

Fuente: elaboración propia sobre datos del Crédit Suisse, Annual Report 2016

 

Tradicionalmente, la riqueza de los países se mide como Producto Bruto Interno (PBI), esto es, la suma de todos los bienes y servicios producidos fronteras adentro en un año dado. Pero hace tiempo que las Naciones Unidas,

reconociendo que considerar el PBI como único indicador no daba cuenta de una serie de desigualdades en educación, salud, expectativa de vida, comunicaciones y otros factores, consideran una nueva medida que abarca también dichos ítems, el Índice de Desarrollo Humano (IDH). Según este índice, ha habido un amplio y sostenido progreso en el desarrollo humano global desde mediados del siglo XIX, y especialmente en el período 1913-1970. Inclusive, la distancia entre las economías capitalistas desarrolladas y el llamado Tercer Mundo, si bien se hizo mayor en términos absolutos, se achicó en términos relativos.

Todo este panorama encuentra una tendencia a la reversión después de la década de 1970, período en el que, a caballo de la globalización y las políticas neoliberales, se verifica un nuevo aumento de la desigualdad y de la brecha entre naciones ricas y pobres, con una sola excepción importante: China, que sí ha reducido esa distancia (el 33% de los habitantes del mundo de riqueza media son chinos, casi el doble de la proporción de población china sobre la global). De hecho, muchas estadísticas que suelen esgrimirse para mostrar las bondades sociales del orden capitalista globalizado actual respecto del Tercer Mundo tendrían un aspecto muy diferente si desagregaran a China del resto del lote subdesarrollado.

Aun así, el IDH no da cuenta de las diferencias en distribución del ingreso, un fuerte indicador de desigualdad.

Por lo tanto, no es de extrañar que otra medida de la desigualdad global de ingresos, el llamado coeficiente de Gini, haya subido casi ininterrumpidamente desde los comienzos del capitalismo industrial, según un estudio del ex funcionario del Banco Mundial Branco Milanovic (recordemos que, en esa medición, 0 es igualdad absoluta y 1 es desigualdad absoluta). Una vez más, sólo la mejora de los estándares de vida de la población china logró hacer retroceder algo, desde 2000, esta tendencia.

Por otra parte, la desigualdad mundial entre naciones es mucho mayor que la desigualdad al interior de los países. El coeficiente global de Gini es 0,7, muy superior al del país más desigual (Brasil). Según Milanovic, la desigualdad global tiene dos componentes principales: el de clase social, que remite a diferencias de ingresos dentro de cada país, y el de locación, referido a las diferencias entre países. Y observa que, hacia 1850, el componente de clase representaba casi el 50% de la desigualdad global. En cambio, en 2011, el componente “locación” explicaba el 80% de la desigualdad. Sin embargo, los últimos datos relevados por el propio Milanovic sugieren que las desigualdades de clase han vuelto a incrementarse respecto de las de locación, de manera tal que hacia 2050 las desigualdades de origen interno volverían a dar cuenta del 50% de la desigualdad global, como dos siglos antes (ver M. Roberts, “The wealth of nations”, 9-2-18).

Es importante tener en cuenta otro dato, surgido de la creciente desigualdad de ingresos y riqueza como característica permanente del capitalismo desde el período neoliberal comenzado a fines de los años 70. En países como EEUU y el Reino Unido, si bien los ingresos reales (esto es, medidos contra la inflación) de la clase trabajadora y los estratos inferiores de la clase media aumentaron desde los años 80, el 80% inferior de la pirámide laboral ha bajado su porcentaje de participación en el PBI. Lo que significa que si bien sus ingresos reales absolutos han subido, lo han hecho en una proporción mucho menor a la del aumento general de la riqueza de la sociedad, de modo que su ingreso relativo es claramente menor que hace tres décadas.

Roberts considera estas cifras como una demostración a largo plazo de la validez de la predicción de Marx de una creciente brecha entre la clase propietaria y la clase trabajadora. Pero no son sólo los marxistas los que rehabilitan el pensamiento del gigante nacido en Tréveris hace dos siglos. Son muchos de los más renombrados voceros del establishment los que empiezan a preguntarse si, por así decirlo, al capitalismo no se la ha ido un poco la mano, y si no será hora de abordar políticamente los aspectos más irritantes de la desigualdad generada por el sistema. Así, desfilan en las principales publicaciones del capitalismo global informes especiales sobre “los olvidados de la globalización”, “los que quedaron afuera”, “cómo reducir la desigualdad” y otras bienintencionadas formas de aliviar con filantropía la catástrofe social del capitalismo mundializado.

Esto incluye ciertas recomendaciones con diverso grado de sinceridad sobre la necesidad de hacer algo contra la desigualdad en términos de impuestos, por ejemplo (la vieja propuesta de la “tasa Tobin” tiene ahora abundante compañía). Y no es de extrañar, dado el sesgo brutalmente regresivo que viene adoptando en general el sistema tributario de muchos países, especialmente los desarrollados. Un reciente informe del Financial Times muestra que a nivel global las alícuotas efectivas de impuestos que pagan las grandes compañías multinacionales cayeron, desde el año 2000, del 34 al 24%. Como contrapartida, según la consultora internacional KPMG, citada por el propio Financial Times, en los países de la OCDE, donde la alícuota máxima a las empresas cayó 5 puntos porcentuales, los impuestos que pagan trabajadores y consumidores subieron 6 puntos porcentuales. En suma: los ricos pagan menos impuestos que antes; los pobres, más.

La idea de que la globalización ha aumentado la desigualdad tanto intra como entre naciones ha logrado amplio consenso incluso entre economistas del establishment tan conocidos –y de pensamiento tan diverso– como Joseph Stiglitz (premio Nobel y ex economista jefe del Banco Mundial) y Dani Rodrik, profesor de Harvard. Ambos concedieron en la última conferencia de la Asociación Económica de EEUU (sigla inglesa ASSA, uno de los foros de economistas más respetados) que el libre movimiento del capital debe por fuerza agrandar la desigualdad de ingresos en razón de los “fracasos de mercado” (Rodrik) y que como la globalización y el libre comercio no ofrecen iguales beneficios a los actores económicos, es necesaria la intervención del Estado para “compensar los desequilibrios de ingresos” (Stiglitz). Otro economista de Harvard, Jeffry Frieden, reconoce que “la liberalización de la cuenta capital es seguida por un incremento del coeficiente de Gini [es decir, de la desigualdad. MY] y una baja de la participación del trabajo en el ingreso total. La globalización financiera es un fuerte determinante de la desigualdad, incluso luego de descontar los efectos del comercio, la tecnología y otros vectores” (en M. Roberts, “Globalization, inequality and populism”, 7-1-18).

Desde ya, para estos gurúes del capital la principal amenaza a la “democracia” que se cierne sobre este curso peligroso del capitalismo neoliberal actual es la reacción nacionalista y el populismo, incluso el fascismo. Pero otros son más lúcidos. El editor de política británica de The Economist, en una columna sugestivamente titulada “El momento marxista” (y subtitulada “La dirección laborista tiene razón: Karl Marx tiene mucho que enseñar a los políticos de hoy”), reconoce –a su sesgada manera– la actualidad de las ideas de Marx sobre la concentración de la economía, el peso creciente de las finanzas, la precarización del trabajo, el peso decisivo de los empresarios sobre la política… y el aumento de la desigualdad. Y luego de citar a Trotsky (“puede que no estés interesado en la dialéctica, pero la dialéctica se interesa por ti”), concluye que “la mejor manera de salvarse de ser la próxima víctima de Marx es empezar a tomarlo en serio” (TE 9040, 13-5-17). A confesión de parte…

Por otra parte, los mismos desarrollos tecnológicos en los que el capitalismo cifra sus esperanzas de un salto en la productividad son los que, del lado de la distribución, son potenciales generadores de tremendos desequilibrios por aumento del desempleo, baja del salario y reducción global de la demanda y el consumo. “Este sombrío panorama conduce a la siguiente conclusión: el capitalismo ha perdido prácticamente toda legitimidad social, porque no tiene ya nada que ofrecer. Esto lo proclama en voz alta: su buena salud depende del grado de regresión social que es capaz de imponer. (…) En estas condiciones, las luchas sociales defensivas adquieren casi inmediatamente un carácter anticapitalista” (M. Husson, “Capitalismo del siglo XXI…”, febrero 2017). Es la misma conclusión que millones están sacando hoy, y que socavan la “sostenibilidad” no ya económica, sino política, del orden capitalista.

 

  1. Viejos y nuevos candidatos a “potencias globales”

 

En este capítulo no pretendemos en modo alguno hacer un recorrido completo y sistemático de las economías de los países y regiones que examinaremos a continuación, tarea que excede completamente los límites de este texto. Lo que nos interesa es subrayar en cada caso algunos rasgos particulares que, por su novedad o importancia, merecen atención específica en función de los núcleos conceptuales que venimos trabajando y otros que se desarrollarán más abajo. Así, por ejemplo, no nos referiremos al conjunto de la economía alemana, o japonesa, o india, etc., sino que deliberadamente hemos seleccionado como objetos de estudio los puntos débiles, desigualdades y contradicciones que ofrecen cada uno de los potenciales “candidatos” a constituir un posible nuevo motor del crecimiento económico mundial, a la manera del rol que desde hace un tiempo viene cumpliendo China.

 

3.1 Las inercias del centro capitalista

 

Estados Unidos, el motor fatigado

 

Como señalara Roberts, EEUU es el “núcleo estratégico de la dinámica capitalista” en los próximos años, sin reemplazo a la vista pese a sus múltiples problemas no sólo económicos, sino políticos, sociales y geoestratégicos. La errática y muy poco orgánica presidencia de Trump presenta vaivenes en casi todos los planos: salir del Tratado Transpacífico (TPP) y luego considerar volver al TPP; amenazar con liquidar el NAFTA y luego desdecirse; ser amigo de Rusia y luego acusar a Putin de desmanejos con los británicos y sirios; invitar a Xi Jinping a Mar-a-Lago, el complejo turístico de Trump, para luego lanzar una guerra comercial (también con idas y venidas); hacer una carrera de bravuconería con el líder norcoreano Kim Jong Un y luego invitarlo a negociar, para no hablar de las decisiones de economía doméstica y sus negociaciones en el Congreso con los demócratas (y los republicanos)… Todo el accionar de Trump, incluyendo los cambios permanentes por renuncias, designaciones y expulsiones de miembros clave de su equipo de gobierno, presenta un grado de improvisación y desorganización que son el terror de la burguesía norteamericana.

Curiosamente, la economía de EEUU se ha mostrado bastante inmune a los arranques de su conductor político, y es en parte el aspecto satisfactorio de sus indicadores principales lo que ha alimentado el optimismo respecto de la marcha de la economía mundial en su conjunto. Pero el aparente éxito de la “Trumponomics” no puede considerarse territorio definitivamente ganado, y no sólo por la volatilidad política de Trump sino por la eventual fragilidad de la recuperación económica, algunos de cuyos rasgos ya hemos mencionado.

Un resumen rápido indica caída del desempleo, crecimiento del PBI que supera el 2% y se acerca al 3% y tasas de productividad aún lejos de las previas a 2007, pero mejorando. Por otro lado, “las tasas de interés subirán, pero no mucho, lo que limita el margen de acción para recortarlas si viene una recesión. En ese caso, también van a ser de lamentar los recortes fiscales de Trump, que representan un reparto de dinero a manos llenas a un sector empresario que no necesitaba estímulos adicionales” (TE 9071, “Can the Trump boom last?”, 16-12-17).

Sin embargo, una mirada más allá de la coyuntura detecta desarrollos más preocupantes. Pese a que aumenta el consumo y el empleo en EEUU, la inversión no sigue ese ritmo. La explicación parece estar en que “la tendencia al bajo crecimiento reduce las oportunidades de inversión rentable a largo plazo. Según esta visión, la baja inversión de las empresas parce menos un indicador cíclico que una señal de lo que está por venir. Las economías crecen cuando agregan personas o cuando obtienen más de su fuerza de trabajo. EEUU no cumple ninguna de ambas condiciones. La Oficina de Estadísticas Laborales proyecta que la fuerza de trabajo crecerá en promedio un 0,5% por año entre 2014 y 2024, frente al 1,2% anual entre 1994 y 2004, debido al envejecimiento de los ‘baby boomers’ y la baja tasa de fertilidad. Y el crecimiento de la productividad está atascado. Entre 2005 y 2015, el producto por hora trabajada aumentó sólo un 1,3% anual, contra un 3% entre 1995 y 2005. (…) Los optimistas creen que esta situación se debe a la resaca de la recesión y que terminará pronto. (…) Pero esta explicación es poco convincente. (…) El crecimiento de la productividad ya debería haberse recuperado; en cambio, sigue retrocediendo. Los pesimistas creen que el problema de la productividad es crónico. Los avances tecnológicos son menos revolucionarios que los anteriores. (…) Los tecno-optimistas replican la posibilidad de grandes avances en robótica e inteligencia artificial. (…) Por ahora, los datos están del lado de los pesimistas. La mejor medida del avance tecnológico es la productividad total de factores, que mide lo producido luego de descontar el aumento del número de trabajadores y de capital. En 2015 creció sólo el 0,2%, contra un promedio del 1,1% en los décadas previas a la crisis financiera” (TE 9004, “Econundrum”, 27-8-16).

Estos datos son consistentes con la evolución de más largo plazo en los indicadores esenciales desde un punto de vista marxista. Roberts observa que la recuperación de la inversión es, en EEUU, la más débil de todas las recesiones de posguerra. La inversión cayó más y antes que el consumo, lo que obedece a la declinación de la tasa de ganancia en términos históricos. La composición orgánica del capital –capital fijo sobre capital total, o c/C– subió un 20% entre 1946 y 2014, y, tal como predice la teoría marxista, la tasa de ganancia, en consecuencia, cayó en ese período, e incluso con una sorprendente coincidencia, también un 20%. Sugestivamente, entre 1982 y 1997 hubo una contratendencia por mayor tasa de explotación (Pv) que condujo tanto a la caída de la composición orgánica del capital como a una recuperación de la tasa de ganancia. Y, contra lo que creen las miradas apologéticas del “progreso de las fuerzas productivas”, la suba de la tasa de ganancia en el período 1980-2014 se explica sólo en un tercio por el abaratamiento de insumos gracias al desarrollo tecnológico; los otros dos tercios corresponden a una mayor explotación del trabajo (M. Roberts, “Recessions, depressions and recoveries”, 4-1-16).

En el estancamiento relativo de la productividad incide también una mayor concentración del mercado en compañías grandes, lo que sugiere un declive de la competencia, y hay una proporción decreciente de trabajadores en empleos innovadores. Y como las empresas anticipan un bajo crecimiento económico, difícilmente hagan inversiones grandes de largo plazo.

Además de los ya citados, Robert Gordon señala como otros dos factores concomitantes para el declive del crecimiento de la productividad en EEUU. Uno es el agotamiento del peso del factor educativo. El aumento de la tasa de egresados de la escuela secundaria fue, a su juicio, “un motor central del crecimiento económico del siglo XX”, pero esa tasa está estancada desde los años 70, y la universidad enfrenta problemas de calidad promedio y de accesibilidad, que se reflejan en alto endeudamiento de los estudiantes y creciente elitización de la educación superior. Esta situación pone a EEUU lejos de un liderazgo que tuvo por décadas entre los países desarrollados en materia de porcentaje de población con formación universitaria (“Secular stagnation…”, cit.: 57).

El otro es lo que llama “decadencia socieconómica”, que puede resumirse en las conclusiones de un estudio que cita Gordon: “La familia en EEUU está cambiando, y los cambios garantizan que la desigualdad será mayor en la próxima generación. Por primera vez, los niños de EEUU casi con seguridad tendrán menos nivel educativo, menos salud y serán menos ricos que sus padres” (J. Carbone y N. Chan, “Marriage markets: How inequality is remaking the American family”, Oxford University Press, 2014).

En este marco se dio el reciente debate sobre el recalentamiento relativo de la economía de EEUU, potenciado por las rebajas impositivas que favorecen a las grandes empresas pero a la vez amenazan con desmantelar lentamente la red de seguridad de la política monetaria. El déficit fiscal de EEUU estará por encima del 5% del PBI por varios años. Pese a que la tasa de trabajadores sindicalizados continúa en declive y ya no llega al 10% del total, el bajo desempleo y la caída relativa de la población en edad de trabajar pueden motorizar una suba del salario real, que obliga a una mayor productividad o una reducción de ganancias (ver TE 9078, “Running hot”, 10-2-18).

Precisamente, el factor demográfico en su relación con el mercado de trabajo representa un obstáculo estructural sin solución a la vista (y menos si se consolida la política migratoria, o más bien antiinmigratoria, de Trump). Los pronosticadores más creíbles son unánimes: “La tasa de crecimiento sostenible, con una población estadounidense que envejece, está más cerca del 2% que del 3%, diga lo que diga Trump. En el tercer trimestre de 2017 la economía creó un promedio de 170.000 empleos por mes. Y sin embargo, hasta 2026 la población de entre 20 y 64 años, según las proyecciones oficiales, va a crecer en menos de 50.000 personas por mes. El desempleo no puede caer indefinidamente, de modo que, a menos que la productividad se acelere, el crecimiento económico debe caer” (TE 9071, “The weight of expectations”, 16-12-17).

 

Los decepcionantes rostros de la Unión Europea

 

Europa fue probablemente la región más castigada, en términos relativos, por la crisis global en curso, especialmente en el período 2008-2012. Para tener una medida del impacto de la recesión post crisis, consignemos que el PBI de la zona euro está 1,7 billones de dólares (¡el PBI de Italia!) por debajo del que tendría si hubiera crecido un muy modesto 2% anual desde 2007. En 10 años, toda la zona euro creció un 5%, con “picos” como Alemania (+10%) y pisos como Grecia (-27%) o Italia (-8%), mientras que Francia acompañó el promedio de 5%, y España recién el año pasado volvió al mismo nivel de 2007.

Sobre la base de ese panorama más bien desolador, suena desproporcionada la cuasi euforia de las bolsas europeas ante un pronóstico de crecimiento del orden del 2,3% para 2018. Ese moderado rebote de las economías europeas, por otra parte, se apoya en las exportaciones, ya que la austeridad derrumbó el consumo interno por caída de salarios reales y aumento de la desocupación. Y si bien el empleo empieza a recuperarse, lo hace muy lentamente, desde caídas muy profundas y con empleos que son en promedio de mucha menor calidad que los perdidos durante la crisis. Así, la eurozona apenas empieza a salir de la caída primero y del marasmo después, que se extendieron casi diez años, “pero está muy poco mejor preparada que antes para una eventual recesión futura” (TE 9069, “The second chance”, 2-12-17).

Por otra parte, desde el punto de vista de un reinicio genuino de una acumulación capitalista “virtuosa”, a la Unión Europea le queda un largo camino por recorrer. La inversión (excluyendo la compra de viviendas) está en su nivel más bajo desde los 90. Y esto obedece esencialmente a la reducción del nivel de rentabilidad, como reconoce el Banco de Acuerdos Internacionales de Basilea: la inversión productiva sigue siendo más riesgosa y menos rentable que los activos financieros líquidos (M. Roberts, “Recessions, depressions and recoveries”, 4-1-16). Situación que se mantiene y explica los desproporcionados rendimientos de las bolsas europeas.

Como intento de conformación de un bloque económico con dinamismo propio, la Unión Europea es un proyecto inacabado (y para muchos, fallido). Sus logros son mixtos: si, por un lado, de las diez economías más productivas del mundo (por hora de trabajo), nueve son europeas –con EEUU en quinto lugar–, la UE carece de escala: la mediana del tamaño de sus empresas es 48% la de las de EEUU, mientras que la mediana de las firmas chinas está casi a la par (94%). En parte por eso es que la tasa europea de retorno sobre activos es del 9%, mientras que la china es del 10% y la de EEUU del 13% (TE 9052, “Le long layoff”, 5-8-17, y TE 9065, “Making Europe great again”, 4-11-17).

No obstante, hay un factor estructural que la Unión Europea no ha resuelto: el desacople entre sus instituciones políticas y económicas, incluida entre éstas las que hacen a la moneda única de la mayoría de sus integrantes, el euro. La situación es que todo avance en el sentido de una mayor integración económica es percibido políticamente como un deterioro de la capacidad soberana de los estados nacionales (motivo muy explotado por los partidos derechistas hoy en boga en muchos países europeos, y que estuvo en el centro del triunfo del Brexit en el referéndum británico). Pero, a su vez, si esa mayor integración no tiene lugar, crece el riesgo de disrupciones de tipo económico que también pueden ser pasto para la crítica de derecha… o de izquierda.

Las tensiones respecto del euro, que alcanzaron su punto más alto en 2011-2012, se han manejado de manera de evitar su estallido, pero de ninguna manera se ha resuelto el nudo de la cuestión, que es la diferencia relativa de tamaño, productividad e inserción global de economías que comparten la misma moneda. Por otro lado, la falta de coordinación y unidad estratégica entre los tres miembros principales (Alemania, Francia y el Reino Unido) sólo empezó a “resolverse” a expensas de la salida de la UE de los británicos. La mirada relativamente común del futuro del bloque que comparten Merkel y Macron, a cargo de los dos socios principales, no representa ninguna garantía, porque la historia de la UE es la de que el diablo está en los detalles, no en las grandes visiones.

En este marco, queremos detenernos en las contradicciones de la economía más importante, pujante y productiva de Europa, la alemana, empezando por la situación de una clase trabajadora que viene de un alto nivel de sindicalización.

Alemania, a diferencia de la mayoría de los países desarrollados, no ha sufrido una caída de empleos industriales. Mientras el empleo industrial era en 2016 un 12% del total en Francia, un 10% en EEUU y un 9% en el Reino Unido, en Alemania ronda el 18%. Esto se sustenta en buena medida en el sistema de aprendices, en base a un esquema educativo restrictivo y clasista: las escuelas secundarias se dividen entre las que preparan para ir a la universidad (Gymnasium) y las que orientan excluyentemente al mercado laboral de baja calificación.

Alemania salió de la crisis de la reunificación en los 90 con una combinación de restricciones salariales y flexibilización del mercado de trabajo, lo que le dio fuertes ventajas competitivas y aumento de la productividad por hora. La colaboración de la burocracia sindical, bajo un esquema de “relaciones industriales cooperativas” típico de Alemania, fue decisiva para, entre otras cosas, favorecer acuerdos salariales y de condiciones de trabajo por empresa. Este enfoque propatronal en las relaciones laborales, además de debilitar la capacidad negociadora de los trabajadores, generó una profunda dispersión y estratificación de salarios y condiciones de trabajo. El resultado fue que los trabajadores mejor pagos fueron justamente los que recibieron mayores mejoras, mientras que los trabajadores de la base de la pirámide vieron caer sustancialmente sus ingresos y nivel de vida. “El costo decreciente para las patronales fabriles de los servicios locales, donde los sueldos cayeron más, jugó un gran papel en el revival de las exportaciones alemanas” (TE 9048, “Vorsprung durch Angst”, 8-7-17).

El canciller “socialista” Gerhard Schröder le encargó una propuesta para “combatir el desempleo” a una comisión presidida por… un ejecutivo de Volkswagen, Peter Hartz. La llamada Agenda 2010 se implementó en cuatro etapas (que llevaron, significativamente, el nombre de Hartz I, II, III y IV). Por supuesto, el PSD perdió el apoyo obrero y las elecciones siguientes. Pero el empresariado alemán, en particular el Mittelstand, que agrupa a las numerosas empresas medianas de origen familiar, nunca dejó de agradecerle a Schröder por sus servicios.

Junto con los “mini jobs” de 20-25 horas promedio (y salarios de 400-500 euros), se implementó el sistema de “banco de horas de trabajo”.

Carsten Schneider, secretario de organización parlamentaria del PSD alemán, señala que “las condiciones estructurales del mercado de trabajo alemán están sumamente distorsionadas. Aunque el salario real por hora ha aumentado ligeramente, la creciente proporción de empleo atípico, especialmente en los segmentos bajos del mercado laboral, en parte anula ese crecimiento. La importancia de las convenciones colectivas disminuye (…) y el número de hogares que viven en o por debajo de la línea de pobreza es récord. Además, las diferencias de productividad están aumentando” (TE 9051, 29-7-17).

Las reformas Harz en Alemania hicieron que los contratos de trabajo fueran cada vez más locales y flexibles. En 1995, el 75% de los trabajadores pactaban su salario en negociaciones por rama de industria; esa proporción bajó al 56% en 2008; el resultado es que el costo laboral por unidad de producto bajó más de un 20% entre 1995 y 2015. Esos bajos costos laborales redujeron el incentivo a la deslocalización y alimentaron la competitividad de las exportaciones alemanas, factores ambos que redujeron el desempleo. Pero, contra el mito liberal, el impacto en la baja de la tasa de desempleo fue menor que la suba de productividad: “El empleo aumentó, pero la cantidad total de horas trabajadas no. En gran medida, en Alemania hubo una redistribución de horas de trabajo antes que creación de ellas. Aunque los salarios mejor pagos subieron rápidamente, especialmente en la industria, cayeron para los peor pagos. De modo que la desigualdad de ingresos siguió, en Alemania, una curva notablemente similar a la de EEUU” (TE 9042, “Looking east”, 27-5-17). En efecto, según datos de la OCDE, la participación en el ingreso nacional del 10% más rico, entre 1995 y 2011, subió en EEUU del 39 al 46%; en Alemania subió del 31 al 39%; en Francia prácticamente no se movió del 30%.

La locomotora económica alemana se basa entonces en esas exportaciones muy competitivas que dejan un saldo de balanza comercial extremadamente superavitario, pero con el desequilibrio de un consumo interno relativamente muy bajo: “Pese al crecimiento del empleo, la proporción del PBI que va a los hogares cayó del 65 al 60% o menos, para beneficio de las ganancias empresarias. El consumo ha caído al 54% del PBI, muy por debajo de EEUU o el Reino Unido. Si a los trabajadores se les pagara más, podrían gastar más. Eso implicaría menos exportaciones y más importaciones. Pero Alemania está insalvablemente atrapada en un modelo que siempre prioriza las exportaciones sobre todo lo demás” (TE 9048, cit.).

Esta preeminencia de las exportaciones tiene otra explicación: la tradicional ingeniería de precisión en la que se especializa la economía alemana exige una escala que a su vez requiere producir para un mercado global; autos caros, maquinaria y productos químicos sofisticados no pueden tener como destino exclusivo, o principal, un mercado local.

Tanto el Banco Central como las políticas públicas apuntan a domesticar todo intento de aumento salarial en el sector estatal que esboce ser inflacionario. Como contrapartida, el Estado ofrece entrenamiento laboral que asegure la provisión de obreros con las capacidades necesarias. “El cemento para esto es una sociedad con una fuerte inclinación por la estabilidad. Hay una cultura de la responsabilidad, de aversión extrema al riesgo (…). Las personas trabajan mucho pero esperan a cambio seguridad laboral (…). Un aumento de los salarios alemanes podría ser beneficioso por muchas razones. Pero ¿puede ocurrir? (…) Las instituciones están armadas para la restricción salarial; los empleadores la desean; los sindicatos la negocian a cambio de seguridad laboral” (cit.).

Estas condiciones le dan a Alemania una estabilidad política y un sopor de la lucha de clases que son la contracara de la convulsionada y combativa Francia. Esta doble cara económica, social y política del “comando doble” de la UE es también una síntesis de sus contradicciones como bloque: aún mantiene el Estado de bienestar, pero cada vez más asediado por la avanzada neoliberal; hay estabilidad del régimen político pero con socavamiento del viejo sistema de partidos (mucho más desarrollado en Francia que en Alemania, desde ya); tiene una industria de relativa prosperidad basada en la alta productividad, pero con una población obrera que envejece a la que la inmigración no termina de operar como recambio (por razones, entre otras, de integración incompleta o fallida). Sin embargo, a favor de su dinámica política juega una tradición histórica obrera y de lucha, especialmente en Francia, que en EEUU y Japón vienen de mucho más atrás.

 

Japón: ¿hacia la extinción demográfica?

 

Japón se ha convertido casi en un caso de manual de estancamiento económico desde hace un cuarto de siglo. Hoy, después de casi dos años de crecimiento continuo –récord para los últimos 16 años– y una línea general ascendente desde la asunción de Shinzo Abe y su “Abenomics”, el PBI nominal de Japón está prácticamente al mismo nivel (medido en yenes) que en 1996. Curiosamente, o no tanto, considerando las tendencias a la burbuja bursátil que ya hemos mencionado, el índice Nikkei 225 de la Bolsa de Tokio subió un 150% en cinco años.

Para los magrísimos índices de crecimiento desde el estallido de la burbuja inmobiliaria a principios de los 90, la Abenomics puede llamarse casi un boom. En ese período de cinco años se crearon 2,8 millones de empleos, aunque la población en edad de trabajar, dado el envejecimiento de la población, la baja tasa de fertilidad y la casi inexistencia de inmigración (apenas un millón de trabajadores, en general vietnamitas y de otros países del sudeste asiático), cayó en más de 4 millones de personas. En consecuencia, la tasa de desempleo es prácticamente nula (menos del 3%, que es lo que se considera “desempleo de fricción” por las personas que cambian de trabajo) y por cada postulante a un empleo hay… 1,5 puestos.

Sin embargo, y contra los manuales clásicos de economía, esta situación no ha generado un aumento importante del salario real (lo que a su vez explica que la inflación se halle desde hace décadas por debajo de la meta oficial del 2% anual). Según explica The Economist, “los trabajadores permanentes no pueden ser despedidos sin más, pero tampoco pueden renunciar fácilmente sin una pérdida enorme de status. Como resultado, su poder de negociación no presenta las alzas y bajas correspondientes a una relajación o endurecimiento del mercado de trabajo. Los acuerdos salariales por lo general sólo siguen el ritmo del costo de vida”, que, como hemos visto, es bajísimo (TE 9067, “The slow-grilled economy, 18-11-17).

Si el conjunto de las economías capitalistas desarrolladas se ve afectado por el problema del bajo crecimiento de la población, en Japón esa situación llega al paroxismo de que la baja tasa de natalidad –1,39 nacimientos por mujer en edad fértil, cuando se considera que la “tasa de reposición” es de 2,1– y la casi ausencia de inmigración (es sabido que, además, los inmigrantes suelen tener una tasa de fertilidad superior a la de los nativos) han conducido a un descenso del número absoluto de habitantes. Un informe de la BBC da cuenta de que hoy hay menos habitantes (127 millones) que en 2010.

Por razones culturales que no podemos tratar aquí, no hay señales de que esta tendencia se vaya a revertir en lo inmediato. Más bien, y a contramano de la globalización de hábitos sexuales y reproductivos, los japoneses tienden a casarse poco, tarde y con pocos hijos (y la tasa de hijos extramatrimoniales es de las más bajas del mundo). Más del 28% de los japoneses tiene hoy 65 años o más (la tasa más alta del mundo), y según un estudio oficial, para 2060 el número de habitantes se reducirá a 87 millones, de los cuales casi un 40% tendrá 65 años o más. Sin inmigración o cambio drástico de pautas culturales, se trata de un país en vías de muerte natural por envejecimiento. Agrava la situación que la tasa de participación de las mujeres en el mercado laboral –en parte también por esos rasgos culturales específicos–, aunque ha aumentado a partir de recientes iniciativas oficiales, sigue siendo muy baja para un país de su nivel de desarrollo.

A estas características del capitalismo japonés cabe agregar una conducta extraordinariamente cauta, por no decir timorata, de su burguesía en cuanto a inversiones se refiere: Japón es uno de los países en que la clase empresaria tiene un volumen mayor de atesoramiento respecto del PBI, lo que es más sorprendente si recordamos que las tasas de interés bancarias son de cero o negativas en términos no ya reales sino nominales. El resultado de las últimas décadas es valores de crecimiento del PBI, de la inflación y de la productividad que casi nunca rondaron otra cifra que el 0, el 1 o el 2% (hacia arriba o, a veces, hacia abajo). Cuando agrupamos las piezas –inversión, crecimiento del PBI, población– llegaremos a la conclusión de que, por el simple agotamiento físico de la fuente de valor y plusvalor, el trabajo humano, junto con la reticencia a la inversión de riesgo, la economía japonesa está condenada, en las actuales circunstancias, a no cumplir más que un rol subsidiario en la dinámica del capitalismo global, muy lejos del empuje que supo darle en el período 1950-1985.

 

3.2 Se apaga la estrella del “mundo emergente”

 

Durante los años más duros de la crisis global, cuando las economías desarrolladas languidecían alrededor de crecimiento cero o directamente retrocedían, tomaron la posta del crecimiento del PBI mundial los llamados países emergentes, de los cuales se destacaba el grupo bautizado como BRIC (Brasil, Rusia, India y China, al que a veces se le agregaba Sudáfrica).

Un segundo pelotón lo constituían los otros países incluidos en el total de 24 del índice MSCI (ex Morgan Stanley): once asiáticos (además de China e India, Pakistán, Corea del Sur, Indonesia, Malasia, Filipinas, Tailandia, Taiwán, Qatar y Emiratos Árabes), seis europeos (Rusia, Turquía, Polonia, Hungría, República Checa y Grecia), cinco latinoamericanos (Brasil, México, Chile, Colombia y Perú) y dos africanos (Sudáfrica y Egipto). Pero el fin del viento a favor para las materias primas –originado en buena medida en un “giro autocentrado” (Husson) de China–, sumado al retiro de capitales y devaluación de monedas locales, dejaron en una situación de crecimiento mediocre o comprometido a la mayoría de esos países, que en vez de traccionar hacia delante la economía y la productividad globales pasaron a compartir el promedio, como vimos en un gráfico anterior. Según la definición de Husson, “los países denominados emergentes juegan cada vez menos su papel de bisagra en la dinámica del sistema” (“Capitalismo del siglo XXI…”: 61).

El brillo de los BRIC está hoy muy deslucido, dado que Brasil viene de años de recesión y Rusia debió atravesar una crisis de los precios de los hidrocarburos de la que sólo ahora está empezando a reponerse. Del resto de los emergentes de la lista citada, posiblemente los de performance económica más consistente sean los asiáticos, sobre todo los del sudeste, con tasas de crecimiento promedio del orden del 5% desde hace varios años. Sin embargo, el hecho de que partan –salvo Corea del Sur– desde un punto muy bajo en términos de acumulación capitalista implica que su papel en la marcha de la economía mundial es sobre todo el de acompañar a las “locomotoras”.

 

India, todavía un peso liviano de la globalización

 

En consecuencia, nos interesa aquí considerar sobre todo el carácter de India, que por su escala demográfica (para 2022 será el país más poblado del planeta, con 1.450 millones de habitantes), su crecimiento económico sostenido (sólo inferior al de China en los últimos 20 años) y la supuesta “expansión de la clase media a 300-400 millones de habitantes”, según un informe del HSBC, ha sido señalado más de una vez como candidato a tomar la posta de China como eventual locomotora económica global. Discutiremos aquí algunos elementos que ponen seriamente en duda esa posibilidad.

En primer lugar, la “clase media” india sólo puede considerarse tal en términos relativos a ese país, pero de ninguna manera se acerca a los patrones de ingreso y capacidad de consumo de otras “clases medias” del planeta. Ese sector puede que haya superado la línea de pobreza del Banco Mundial (muy poco exigente, por otra parte: 1,90 dólares por día), pero sus ingresos, una vez cubiertas –y muy moderadamente– las necesidades más básicas, apenas alcanzan para algo más.

Los indicadores básicos de nivel de consumo de clase media son, en India, cinco: televisor, heladera, computadora, auto o moto y aire acondicionado. Sólo el 3% de los hogares indios posee las cinco cosas. La mediana de hogares sólo tiene una de las cinco. Lo que en términos internacionales se puede llamar clase media, con ingresos superiores a los 11.000 dólares anuales, no abarca más de unos 27 millones de hogares, esto es, el 2% de la población.

Esta base tan estrecha –compuesta sobre todo de funcionarios estatales y empleados en el sector informático– no es de extrañar cuando se consideran las rémoras estructurales del país. Recién este año puede hablarse de un mercado nacional unificado en términos impositivos (algo que Alemania, por ejemplo, logró en 1834, incluso antes de constituirse políticamente como nación). Durante siglos y hasta ahora, cada región tenía su estructura tributaria y su aduana; cruzar un límite regional era, a los efectos de los impuestos, equivalente a cruzar las fronteras nacionales.

Los datos laborales y sociales no son muy distintos, y a veces peores, a los países del fondo de la tabla económica de África subsahariana. El 93% de los trabajadores se desempeña en la economía informal, con unidades económicas que emplean menos de diez trabajadores. La participación de las mujeres en la fuerza de trabajo es de apenas el 27%, cifra para colmo inferior a diez años atrás, ya que ¡el aumento de ingresos alienta a los maridos a hacer volver a sus mujeres al hogar! La mayoría de los niños no recibe más de seis años de escolaridad; el 11% de los niños es analfabeto y el 38% de los menores de cinco años tienen daño cerebral o físico irreparable como consecuencia de la malnutrición. Para no hablar de la pervivencia del infame sistema de castas, una rémora premoderna inaceptable.

Los compradores online no superan los 50 millones, que comprenden el 5-10% más rico de la población. Los sitios web rara vez están en lenguas locales en vez de inglés, lo que restringe su acceso prácticamente a la elite. Los gigantes tecnológicos sacan bien poco de la India. Apple no obtiene allí más de un 0,7% de sus ingresos anuales, mientras que Facebook, pese a tener 240 millones de usuarios (probablemente más que en ningún otro país del mundo), computa un ingreso miserable de apenas 50 millones de dólares anuales. Los celulares son ubicuos, pero se trata de versiones muy básicas, alejadísimas de los smartphones de la clase media del resto del mundo.

Esto no asombra si se tiene en cuenta que un iphone nuevo representa el ingreso de medio año de alguien que está dentro del 10% de mayores ingresos. Bienes que pertenecen al imaginario de la clase media y a los que tienen acceso sectores incluso de ingresos medio-bajos en países emergentes, como un Smartphone, calzado deportivo o una suscripción a Netflix, por ejemplo, son de costo prohibitivo para el 90% de la población. Si no se ajusta por poder de compra y se consideran precios internacionales, el 99% de los hogares indios está por debajo del nivel de pobreza de EEUU (25.000 dólares anuales para un hogar de cuatro personas). Y tampoco asombra que quede tan escaso margen para la compra de bienes de consumo típicos de clase media, siendo que cualquier mejora de ingresos va invariablemente a la educación y salud privadas, ya que las prestaciones estatales son pésimas en cantidad, calidad y frecuencia.

En India hay un auto o camión cada 45 habitantes, ratio que es nueve veces inferior a la de China. La cadena Mc Donalds tiene en India la misma cantidad de locales que en Polonia. Hay 100 locales Starbucks en India, la misma cantidad que en los Emiratos Árabes (130 veces menos población), contra 3.000 en China. Zara tiene menos locales en India que en Lituania o Kazajistán. El 97% de los indios jamás se ha subido a un avión; los viajeros al extranjero fueron menos de uno cada 40 adultos (TE 9074, “The elephant in the room”, 13-1-18). En este aspecto como en casi todos los otros, la comparación con China es lapidaria: sólo los cuatro mayores aerolíneas chinas transportaron en 2017 400 millones de pasajeros, y 130 millones viajaron al exterior.

Un aspecto crucial en el que India se distingue de países como China y los emergentes de mejor performance es que en éstos últimos el crecimiento de la clase media ha sido consistente con un mejoramiento general de las condiciones de la población y un retroceso de la desigualdad. En cambio, en India lo que avanza es la desigualdad. Comparando con 1955, el 50% más pobre bajó del 20% del ingreso total al 15%; el 40% del medio bajó del 41 al 30%, mientras que el 10% más rico pasó del 39 al 55%. El 80% de la población tiene ingresos inferiores a 1.700 dólares por año. Incluso ajustando esa cifra por poder de compra, los ingresos promedio son menos de la mitad que en China. El 1% más rico se queda con el 22% del ingreso (en China, el 14%). A diferencia de casi todos los demás emergentes, en India los ricos son menos y más ricos en promedio: los que tienen activos de más de 140.000 dólares son apenas un millón y medio de personas; hay 200.000 que exceden el millón de dólares de patrimonio, y en la lista de “milmillonarios” hay más de 100.

Finalmente, ambos gigantes poblacionales tampoco resultan comparables en términos de peso económico regional y proyección geopolítica. Mientras China es un socio comercial de primer orden para casi un centenar de naciones y aspira a extender esa influencia con el lanzamiento de la Belt and Road Initiative (ver más abajo), a la vez que organiza con toda seriedad su capacidad militar, los vínculos comerciales y diplomáticos de India incluso con sus vecinos se dan a una escala mucho menor, y pese a su inmenso gasto militar –superior incluso al de China respecto del PBI–, el ejército indio fue bautizado por su ineficiencia y retraso tecnológico como un “elefante de papel”.

En suma, “el 1% de mayores ingresos está al nivel de Hong Kong; el 9% siguiente se asimila a Europa del Este; el 40% siguiente no es muy distinto de los vecinos pobres de la India como Bangladesh y Pakistán, y el resto está al nivel de las partes más miserables de África” (TE 9074, “The missing middle class”, 13-1-18). Respecto de esta última franja de población, la más numerosa, hay un dato lapidario: casi el 40% de los indios no puede (y en muchos casos, tampoco quiere) defecar en un inodoro en su casa; la alternativa es el patio o el descampado. Con semejantes atrasos y desigualdades en su estructura social y económica, el camino que le queda por recorrer a India para aspirar a transformarse en una nueva China es mucho más arduo que simplemente exhibir altos –y a veces estadísticamente dudosos– índices de crecimiento del PBI.

 

Los “hermanos pobres” del mundo emergente

 

El resto del mundo emergente o que aspira a serlo cumplió un rol nada despreciable en los años de la Gran Recesión. En textos anteriores (“Tendencias de la economía mundial”, SoB 28, y “El fin de la ‘década dorada’”, SoB 29), señalábamos que se había dado un “relevo” de impulsores del crecimiento económico ante la evidente defección del mundo desarrollado. Si bien como países individuales la mayoría ocupa un lugar muy subsidiario o marginal en la economía mundial, cuando se los considera como bloques regionales su peso no es en absoluto insignificante. Las tasas de crecimiento del PBI de continentes enteros como Sudamérica y África movieron de manera efectiva la aguja de la dinámica económica global.

Ya no es el caso. Lo que muchos –también nuestra corriente– caracterizaron como una anomalía histórica que debía tener relativamente corta duración, para luego volver a la “normalidad” de ensanchamiento de la brecha entre países desarrollados y “emergentes”, de deterioro de los términos del intercambio comercial, de renovación de los lazos de dependencia financiera vía el servicio de deuda y otras, se empezó a verificar como tal hace ya tres o cuatro años, y esa tendencia no ha hecho más que afianzarse.

Las consecuencias de ese nuevo escenario confirman las previsiones que hiciéramos en los textos citados, de modo que no abundaremos en detalles. Como definición más general, las economías de Latinoamérica todavía se están adaptando al fin del boom de las commodities. Pero esto significa que la penuria de recursos “fáciles” que antes se multiplicaban por obra y gracia de la demanda china desemboca en dificultades de orden presupuestario que marcan un regreso a la normalidad y al terreno tristemente conocido en el continente del ajuste fiscal. El déficit fiscal primario (antes del pago de intereses de deuda) de la región en su conjunto pasó del 0,2% del PBI en el ciclo anterior al 2,6% en 2016. Y con el crecimiento del déficit vuelve la vieja noria del endeudamiento externo.

Así, prácticamente todos los países de la región están reeditando situaciones y prácticas típicas de los años 80 y 90: planes de austeridad, reducción o desaparición de superávits comerciales, servicio de deuda en aumento, recurso a los inversores y acreedores externos para financiar arcas exhaustas que no llegan a tapar los agujeros internos y externos (TE 9050, “The long squeeze”, 22-7-17).

En cuanto a la actualidad de África, unos pocos años han sido suficientes para aventar las fantasías nacidas en el período “dorado”. Incluso más que en Latinoamérica, en el continente negro los organismos internacionales alentaban expectativas de catch up (acercarse a los desarrollados) y leapfrogging (saltar etapas tecnológicas y/o de desarrollo). En conferencias del FMI y la OCDE se hablaba del uso habitual de drones en Ruanda o del alto porcentaje de la población de Kenia que hace operaciones financieras con celulares.

Pero, también aquí, la realidad se abrió paso a través de estas cortinas de ensoñaciones. El pavoroso atraso tecnológico, de infraestructura logística y energética, educativo e industrial del África subsahariana no podía superarse con “enclaves modelo”, por otra parte sin vasos comunicantes con el resto de la economía. El fin del boom de las commodities la afectó particularmente, con una fuerte baja de la demanda china.

Pasemos a los hechos. En una muestra de 19 países africanos, la proporción de empleo rural sobre el total cayó 11 puntos. Pero no hubo ninguna “revolución industrial”. De cada diez empleos rurales menos, sólo dos fueron a la industria; el resto fue al sector informal de servicios en las ciudades, esto es, a la venta callejera y otros empleos de bajísima productividad. Este patrón es opuesto al de la industrialización del sudeste asiático, donde hubo un movimiento de trabajadores desde el sector agrícola al industrial, mucho más productivo.

Por lo tanto, “la industrialización tradicional difícilmente tenga lugar. La mano de obra africana ya no sólo tiene que competir con los bajos salarios de países como Bangladesh, sino con la robotización. Es posible que el camino al desarrollo seguido por Japón, los tigres del sudeste asiático y, más espectacularmente, China –el paso de la agricultura a la manufactura trabajointensiva de bajos márgenes, como textiles o juguetes–, se esté cerrando rápidamente. La manufactura africana está estancada y su contribución está en niveles muy similares a los de los 70” (TE 9054. “Always something new”, 19-8-17).

El cambio social en África en este período fue efectivamente estructural, pero no se traduce en mejora de las condiciones de vida. Inclusive, la productividad agrícola cayó, lo que no resultó compensado ni con aumento de la productividad industrial ni con mayor crecimiento. Según el Banco de Desarrollo Africano, sólo el 13% de los africanos gana más de 4 dólares al día. El crecimiento económico se ha desacelerado por debajo del 2%, con pobres performances de las dos economías más grandes, Sudáfrica y Nigeria (TE 9051, “Consumption conundrum”, 29-7-17).

Digamos de paso que, en el fondo, estos fracasos no remiten aquí a otra cosa que a la limitación estructural que la configuración asimétrica del orden imperialista, que establece relaciones funcionales de dependencia entre los países centrales y los “periféricos”, hoy púdicamente llamados “emergentes”.2

Es algo que ha recibido una inesperada confirmación empírica y sanción académica en el paper “China 2030”, de Lou Jiwei, ministro de Finanzas de China, publicado por el Banco Mundial en 2012, en el que describe lo que denomina “trampa de los medianos ingresos”. En ese estudio, de los 101 países considerados de ingresos medios en 1960, sólo 13 habían pasado a ingresos altos en 2008. En realidad, los países de ingresos medios deberían llamarse de ingresos mixtos, debido a las desigualdades (mucho mayores que en los países de ingresos bajos o altos) que el promedio encubre. Por supuesto, el paper generó vivas protestas de parte de los ideólogos de que la “carrera del desarrollo” está abierta a todos los países, análogamente a como los liberales sostienen que la “carrera al éxito” está abierta a todos los individuos, una vez asegurada la “igualdad de oportunidades”.

Volviendo a la experiencia de ambos continentes, el resultado fue que quedaron atrapados en el medio de dos estrategias de desarrollo: la clásica de los años 50 y 60 de la industrialización por sustitución de importaciones (ISI), y la “moderna” del impulso a la “economía del conocimiento” (esto es, las herramientas y servicios digitales).

En América Latina se intentó la primera y fracasó. Sucede que según Dani Rodrik (Harvard University), “la curva de industrialización ha cambiado”: en los emergentes, el pico de empleo industrial total llega antes y es más bajo que en décadas anteriores, lo que genera el fenómeno de la llamada desindustrialización prematura. Es decir, y a diferencia de los países desarrollados, que hacen una transición menos crítica (aunque también traumática) de la industria tradicional a los servicios digitales, en el mundo emergente el entramado industrial queda obsoleto y no competitivo, con síntomas de degradación, antes de haber tenido tiempo de consolidarse y de transformar la estructura productiva del país. Lo que conduce al proceso de reprimarización que se ha verificado en países como Brasil (M. Husson, febrero 2017, cit.).

Esto se nota mucho más en Latinoamérica que en Asia y África subsahariana, y está más vinculado a la crisis del esquema de sustitución de importaciones y la influencia de China que a la robotización. Por ejemplo, el pico de empleo industrial en China empezó a caer en 2013 (TE informe especial emergentes: “Out of the traps”, 7-10-17). Para África, en cambio, la ISI llega demasiado tarde; la estrategia digital, demasiado pronto, porque pasar de los caminos de tierra a las autopistas informáticas ya no es un salto de rana (leapfrogging), sino dar imposibles pasos con botas de siete leguas. Sin la mínima base de infraestructura y educación, sin preparación o transición, el salto a la “nueva economía digital” es un salto al vacío.

 

3.3 El irresistible ascenso de China

 

Un plan estratégico de modernización tecnológica

 

Ya hemos puntualizado el rol decisivo de los emergentes y en particular de China como sostenes del crecimiento mundial durante la crisis. Lo que acaso se ha subrayado menos es el papel de la industrialización acelerada china entre los 90 y la primera década del siglo como inyección de ingentes masas de plusvalía absoluta en el conjunto de la economía capitalista. Incluso hace 20 años, cuando EEUU era el principal impulsor del crecimiento mundial (30% del total), el aporte de China como receptor de inversiones y proveedor de mano de obra barata era considerable. Pero hoy, China representa por sí sola el 37% del crecimiento económico mundial (y llegó a ser el 50% en 2013), seguida de India, con el 17%; EEUU aparece recién en tercer lugar, con un 11%.

Un estudio hecho por The Economist sobre datos del FMI considera 60 países que representan el 83% del PBI mundial, no en precios nominales sino ajustados por poder de compra, lo que refleja mejor el aporte de las economías menos desarrolladas (“World GDP”, 17-3-18). La contribución del mundo emergente (excluyendo los países BRIC) representa el 24% del crecimiento global; la de la Unión Europea, apenas el 7%.

Estas cifras nos dan una medida de hasta qué punto incluso hoy, en plena “recuperación” de los países desarrollados, el crecimiento económico mundial no depende todavía de la dinámica del centro capitalista. Veamos cómo se refleja esa diferencia de dinamismo en términos de variación del PBI en los últimos 20 años:

 

Comparación de la variación del PBI 1998-2018

1998 = 100

 

Economías avanzadas               130

Mundo                                    200

Economías en desarrollo                      300

India                                        400

China                                      550

 

Fuente: FMI, en TE 9085, “Chugging along”, 31-3-18.

 

En este período, China dejó de ser la “fábrica del mundo” con mano de obra barata, tecnología importada y base para inversiones externas, una especie de factoría de dimensiones monstruosas, para pasar a ser, en rápida transición, generadora de sus propios productos y su propia tecnología. Por otra parte, como es sabido, su demanda de materias primas en colosal escala estuvo en la base del excepcional ciclo de precios altos de las commodities, que tantos espejismos y confusión causara en la teoría económica y la práctica política. El doble giro de China, hacia una mayor provisión de un mercado interno más desarrollado y hacia las industrias especializadas de mayor valor agregado por producto, ha tenido a su vez un doble efecto. Por un lado, se redujo relativamente la demanda de materias primas –lo que a su vez empujó a sus precios a la baja, con el consiguiente efecto negativo para sus proveedores–; por el otro, el crecimiento económico chino, si bien se desaceleró, se empezó a notar en los parámetros de ingresos y nivel de vida de la población.

De la larga lista de debilidades y desigualdades que se ponían como prevención a la idea de China como “superpotencia emergente”, algunas se han superado (como una preocupante ola de especulación bursátil que fue neutralizada con fuertes medidas), otras se han relativizado (su nivel de endeudamiento sigue siendo preocupante, pero se ha estabilizado en vez de crecer sin parar) y muchas se mantienen (los desbalances ecológicos y el irresuelto problema del status legal de los trabajadores migrantes). Pero la definición cualitativa ya no puede ser la de un gigante con pies de barro.

Aunque su ritmo de crecimiento anual ya no es el del período de mayor expansión, que superó los dos dígitos (12-14%), el nivel actual del orden del 6-7%, pasados algunos momentos de zozobra, parece estabilizado y por ahora sustentable. Es el único caso en la historia económica reciente de crecimiento continuo a ese ritmo durante tanto tiempo, con la posible excepción de la India (con dos salvedades: que el ritmo de aumento del PBI no llegó nunca a los dos dígitos y que sus estadísticas son mucho menos confiables que las chinas). Parece claro que el “giro autocentrado”, como lo llama Husson, implica una maduración de la economía china, una vez superada la etapa del crecimiento acelerado: “Gracias en parte a una población en edad laboral ahora decreciente, tras su pico de 2011, los ingresos de la población crecen más que la economía en general. Esto genero un rebalanceo de la economía: el peso excesivo de la inversión está cediendo paso al consumo, y la industria pesada retrocede frente a los servicios, que ahora representan la mitad del PBI, contra sólo un tercio hace dos décadas” (TE 9088, “Life after digging”, 21-4-18). Estos rasgos son, justamente, propios de una economía en transición del desarrollo capitalista bajo o medio al avanzado.

Este conjunto de factores explica que, pese a la popularidad académica y periodística que había logrado el rótulo BRIC, en los hechos ha caído en desuso, y por una muy buena razón: sencillamente, no hay forma de que China sea agrupada en el mismo conjunto con Brasil, India y Rusia… ni con ningún otro país. Forma una categoría aparte que desafía las comparaciones por lo idiosincrático de su evolución.

Tampoco puede encuadrarse el caso chino en la conocida figura de “cabeza de ratón” (esto es, el primero entre los emergentes) o “cola de león” (una potencia imperialista en ciernes), que resulta demasiado simplificadora de las asombrosas desigualdades del país. Más bien, habría que hablar de un monstruo mitológico que combina a la vez cabeza y cola de león, de ratón y de otros mamíferos. ¿Cómo describir, si no, un desarrollo tecnológico en el terreno digital cuyo único rival podría ser EEUU, a la vez que priva de derechos elementales a cientos de millones de personas con el pasaporte interno o hukou, y da lugar a la formación de una clase media con nivel educativo de país desarrollado, capacidad de consumo mediana y rasgos culturales propios del atraso?

De todos modos, y pese a sus indudables desigualdades “ratoniles” en diversos planos, lo que está pesando cada vez más es su dinámica, la más clara y sostenidamente ascendente de todo el mundo capitalista, desarrollado o no.

Siguiendo lo que parece un plan estratégico serio a largo plazo, con etapas, metas parciales y transformaciones profundas, China, luego de dejar de ser la fábrica del mundo que sólo aporta mano de obra barata para pasar luego a ser un actor con peso propio en el plano de la producción, la inversión externa y la tecnología, parece prepararse para el siguiente nivel: establecer su liderazgo.

Al menos, tal es lo que surge del plan Made in China 2025, que define diez sectores clave para la modernización y el crecimiento, con muy fuerte respaldo (y planificación) estatal. Esos sectores ya van más allá de planes de modernización anteriores que se concentraban en industrias tradicionales como acero, petroquímica o astilleros, o incluso otra iniciativa de 2010 que agregaba otras siete industrias como biotecnología y energías alternativas. Made in China 2025, lanzado en 2015, combina tecnologías de punta con las necesidades estratégicas de bienes de capital: vehículos y equipos para las nuevas formas de energía renovable (baterías eléctricas para los autos, paneles solares para la red de electricidad), componentes de buques de alta tecnología, equipamiento médico de alta complejidad, robots industriales, grandes tractores y cosechadoras, aviones de pasajeros de gran capacidad y tecnología aeroespacial. No se equivoca un analista cuando sostiene que esta iniciativa “es única en el mundo por su amplitud y su peso” (TE 9064, “Biting the bullet”, 23-9-17).

En todos los casos se plantean metas de abastecimiento del mercado interno que van en general del 60 al 80% en cada rubro, reduciendo drásticamente la dependencia externa; también se asignan objetivos de captura de mercados externos. Aunque la mano del Estado suele disimularse para evitar sanciones de la OMC –cuyo marco legal, por otra parte, no está bien diseñado para que otros países compensen las ventajas que reciben las firmas estatales chinas–, no hay duda alguna de que tanto las líneas estratégicas como la provisión de fondos y know-how quedarán garantizadas por bancos y/o empresas estatales.

¿Cuál es la chance de éxito de estos planes extraordinariamente ambiciosos? Los antecedentes de programas estatales en otras industrias muestran una performance mixta que no siempre cumple todos los objetivos iniciales, pero incluso en esos casos el avance es considerable, y donde se alinean factores como apoyo estatal sostenido, demanda de mercado, tecnología extranjera y capacidad local para asimilarla, los resultados pueden ser asombrosos. Es el caso de los trenes de alta velocidad, un plan iniciado recién en 2004 con ingeniería alemana (Siemens) y japonesa (Kawasaki), que recibieron los contratos a condición de ceder el know-how. En tres años empezaron a circular los primeros trenes; en 2017, China tenía 20.000 km de vías de alta velocidad, más que todo el resto del planeta.

Sin embargo, quizá la novedad más importante de China en el plano tecnológico es el lugar que está ocupando en inversión, innovación y desarrollo en el mundo digital, porque ya no se trata de dejar de ser un simple proveedor de mano de obra, ni siquiera de estar en condiciones de competir en el mercado interno: en este terreno, el único rival posible de China es EEUU. Y tiene como objetivo sobrepasarlo.

Al respecto, es instructivo constatar cómo en cuestión de una década o menos las compañías informáticas han debido cambiar su actitud hacia la tecnología digital china. En los 90 era considerada sencillamente irrelevante; para darse una idea, en los años 80, en China todavía se usaba el ábaco de manera regular para la contabilidad, y en los 90 los empleados bancarios debían aprobar un test de habilidades básicas con el ábaco. Ya a comienzos de siglo el panorama era otro, pero las empresas digitales eran vistas como incapaces de generar otra cosa que copias ilegales o espionaje industrial (la llamada “era de los copycats”, por la que Trump ahora quiere reclamar compensación). Hasta hace cinco o diez años, ya se les reconocía su condición de fabricantes de tecnología, pero del estilo “Galápagos”, es decir, que podía ser viable para el mercado chino pero ciertamente no ir más allá de sus fronteras. Ahora estamos asistiendo al fin de la arrogancia tecnológica imperial y cunde el temor de que China esté, finalmente, alcanzando la paridad…

Ese momento no ha llegado todavía: un estudio de The Economist que compara los gigantes tecnológicos de uno y otro país tomando una serie de parámetros como valor de mercado, permeabilidad hacia la economía industrial, inversión, cantidad de especialistas en inteligencia artificial, papers citados, etc., calcula que su industria tecnológica representa el 42% de la de EEUU. Pero la cifra de 2012 era de sólo el 15%, de modo que la dinámica es clara: “En las viejas épocas, los ejecutivos de las tecnológicas estadounidenses sólo necesitaban salir a la puerta para ver lo último de punta. Ahora también tienen que viajar a China” (TE 9079, “Chinese tech v American tech”, 17-2-18).

Esa dinámica se manifiesta también en la competencia por el inmenso mercado digital chino, con mucha diferencia el mayor del mundo, que hoy supera los 700 millones de usuarios. Google se fue, mortificado por la competencia y la censura; Facebook y Amazon no logran hacer pie del todo; Uber vendió el negocio a su competidor chino cuando concretó 1.000 millones de viajes en 2015 después de cinco años; Didi, su comprador, hizo 1.400 millones de viajes sólo en 2015 y sólo en China. Para los usuarios chinos, las apps occidentales resultan viejas y poco prácticas. WeChat tiene 700 millones de usuarios que no sólo pueden enviar mensajes y navegar en Internet, sino hacer pagos como una billetera electrónica, algo que en Occidente está todavía poco desarrollado; el HSBC estima el valor de WeChat en más de 80.000 millones de dólares (TE 9001, “China’s tech trailblazers”, 6-8-16).

Incluso en un terreno donde tradicionalmente el capitalismo anglosajón, y en particular el de EEUU, le sacaba ventaja al resto, como el de “emprendedurismo” (entrepreneurship), es decir, el empuje y la voluntad de creación y desarrollo de nuevas empresas innovadoras, China está a la altura o por encima de los propios yanquis: “China superó a Japón el año pasado para convertirse en el segundo mayor generador de patentes de calidad internacional, después de EEUU. SU inversión de riesgo produce casi tantos ‘unicornios’ [empresas tecnológicas nuevas valuadas en más de 1.000 millones de dólares. MY] como EEUU. Y China supera a EEUU en sectores que van desde los pagos con celulares a la mensajería. (…) Aunque no van a admitirlo, las compañías de alquiler de bicicletas y scooters de EEUU le copian el modelo de negocios a Mobike y Ofo, los unicornios chinos que desarrollaron ese mercado hace varios años” (TE 9088, “Red capitalism vs red tape”, 21-4-18). Los empresarios chinos señalan con satisfacción que el enfoque del gobierno chino es permitir el desarrollo de novedades y regular después, al revés de lo que ocurre en EEUU.

Así, Alibaba compite con ventaja con Amazon en e-commerce. Y en general, con ingresos basados en comisiones de pagos, apuestas y servicios virtuales, las compañías chinas de Internet son mucho menos dependientes de la publicidad que las occidentales. Por otra parte, el caso chino ilustra la concentración y el efecto de red en el mercado digital: Didi, Alibaba, WeChat, Baidu y Tencent son cuasi monopolios. Pero, ¿acaso Facebook y Google no constituyen prácticamente un duopolio?

El otro ramo de la industria digital donde China ejerce un peso sólo comparable al de EEUU es el de las “fintech” (compañías de servicios tecnológicos financieros). Por ejemplo, es líder en pagos con celular, que es el vehículo financiero del 95% de los usuarios conectados a Internet. Alipay (brazo de Alibaba), WeChat y Baidu tienen cientos de millones de usuarios de billeteras electrónicas como apps de celular. Efectuar pagos o enviar dinero es para las apps chinas tan sencillo como enviar un mensaje de texto en los teléfonos occidentales. En 2016, el 65% de todos los celulares fungían como billeteras virtuales, de lejos la mayor proporción del planeta.

Justamente, la explosión de las fintech chinas obedeció a la lenta respuesta de los bancos chinos a la fulminante masificación de la conexión a Internet. Y no sólo como medio de pago, sino de crédito: las apps de las fintech permiten acceso al crédito, en general por montos pequeños, en un proceso mucho más rápido, ágil y barato que el de los bancos estatales, ya que el 60% de estos usuarios jamás ha usado una tarjeta de crédito (algo que en la creciente tendencia a dejar de usar no ya el efectivo sino incluso los plásticos es de hecho una ventaja). Casi dos tercios de todos los pagos no en efectivo que se hacen en China tienen como vehículo los pagos digitales, muy por encima de las tarjetas de débito y crédito.

La fase siguiente de las fintech fue transformarse en vehículos de inversión para la creciente capa social china con ahorros. Antes de las fintech las opciones eran las cuentas de ahorro en la banca pública, seguras pero de bajísimo rendimiento, o aventurarse en la Bolsa, donde los fraudes y estafas proliferan aún más que en sus contrapartes occidentales. El lanzamiento de Yu’e Bao en 2013, que atrajo a casi 200 millones de ahorristas, les dio la opción de conseguir rendimientos mayores (al nivel de la tasa interbancaria) sin perder el respaldo de los bancos. Y a diferencia de Europa o EEUU, esta posibilidad está al alcance no sólo de inversores sofisticados sino de cualquiera que tenga un smartphone y disponga de 1 (un) yuan para invertir. Este arsenal de posibilidades genera admiración en Occidente: “Para los mercados emergentes, la lección es que con la tecnología apropiada es posible quemar etapas a nuevas formas de bancarización. Para los países desarrollados, China ofrece el ejemplo de lo que sería la gran concentración –apps que combinan pagos, acceso al crédito e inversión– que nos puede deparar el futuro” (TE 9029, “The age of the appacus”, 25-2-17).

Digamos que el peso del control y censura estatales, en un régimen político donde la mano del PC chino es cada vez menos invisible y más omnipresente, también dan pistas de que “lo que nos puede deparar el futuro”, a saber, asumir rasgos alarmantemente orwellianos. Por ahora, las plataformas privadas utilizan información de las transacciones (y personal) de sus usuarios como mecanismo de calificación de crédito. Pero el tecnosistema que está modelando China puede llegar a diferenciarse mucho del occidental, por su capacidad de integración y coordinación y por la posibilidad de las autoridades estatales de acceder a los datos. Así, el sistema de “créditos sociales” aspira a combinar todos los datos de una persona en una “calificación”, que puede usarse para, por ejemplo, determinar quién puede o no viajar al exterior. Esto es posible porque el Estado tiene acceso garantizado a los datos (y metadatos, esto es, los datos sobre los datos) que recopilen Alibaba, Tencent o Baidu en sus miles de millones de transacciones diarias.

Este desarrollo casi sin antecedentes de la tecnología digital, así como su uso extendido, no obedece sólo a habilidad comercial o a haber acertado con tal o cual producto, Hay una base estructural, nacida de una estrategia específica, que le da un marco y una promesa de sustentabilidad al nuevo lugar que ocupa China en el panorama digital. Salvo EEUU, ningún otro país tiene tantas empresas y técnicos abocados al desarrollo de inteligencia artificial. De las 500 computadoras más rápidas y poderosas del planeta, 202, incluida la mayor del mundo, son chinas, con un 35,4% de la capacidad computacional de la lista, contra 143 y 29,6% de EEUU. China tiene 4,6 millones de profesionales recientes en ciencia, tecnología y matemáticas, la gran mayoría ingenieros. EEUU, con cuatro veces menos población, tiene ocho veces menos de esos especialistas (TE 9083, “The challenger”, 17-3-18).

Por otra parte, el hecho de haber llegado más tarde a la industrialización, pero haber entrado, posibilita en verdad ese “quemar etapas” que para la gran mayoría de los países emergentes es una quimera. Por ejemplo, el hecho de que los chinos sean ajenos a la cultura del auto los ubica mucho mejor que, digamos, Alemania o EEUU para el cambio de lógica industrial, comercial y cultural que representa la revolución de los vehículos autónomos (TE 9059, “The next wave”, 23-9-17). Súmese a eso que en China se desarrolló una clase capitalista moderna, muy vinculada a la innovación digital, en muchos casos formada en Occidente y con mirada global, no provinciana, y se entenderá por qué se ven a sí mismos como en condiciones de asumir la conducción del cambio tecnológico e incluso de la dinámica misma del orden global. Algo que se vincula a sus pretensiones “imperiales”, como veremos a continuación.

 

Un imperialismo en construcción… acelerada

 

Cuando hace unos años el intelectual marxista Pierre Rousset definió a China como un “imperialismo en construcción”, desde estas páginas señalamos que, si bien muchos de los elementos que consideraba Rousset eran reales, preferíamos ser cautos con una síntesis de conceptualización que, a nuestro entender, reclamaba más elementos de juicio, aunque sin tampoco descartarla.

Desde nuestra casi completa ajenidad –estamos literalmente en las antípodas de China– y desconocimiento de la lengua y la cultura, además de tradiciones políticas a las que se accede de manera indirecta en un país con fuerte bloqueo de información, nos parece aventurado –insistimos: mirando China desde América Latina– dar por cerrada la cuestión. No obstante, también sería pura necedad no reconocer que en estos años se han venido acumulando múltiples elementos y dinámicas que van, en su abrumadora mayoría, en el sentido de abonar la hipótesis de Rousset.

Este punto tiene su importancia en la medida en que hay diversas corrientes e intelectuales marxistas (Michael Roberts, por nombrar uno) que se resisten no ya a hablar de imperialismo sino incluso de capitalismo chino. A nuestro entender, no hay manera de sostener esa negativa ni de soslayar que China se está postulando no como abanderado de la resistencia al capitalismo global, sino todo lo contrario, como uno de sus principales actores y garantes. En ese sentido, resulta altamente significativo por su poder simbólico el rol estelar que cumplió el líder chino Xi Jinping en el foro de Davos, Suiza, el año pasado. En la máxima cumbre política y económica de la globalización capitalista, y ante el giro proteccionista y unilateralista que representa la política de Trump, Xi se presentó ante el gran capital como adalid del libre comercio y las decisiones consensuadas.

Por otro lado, es cada vez más claro que ese papel que China aspira a jugar en la economía y la política globales será en los términos de China (es decir, del PC chino) y no los de Occidente. Desde ese punto de vista, la apuesta de las potencias occidentales a una “liberalización” de China o a un curso de conformación de un régimen político con rasgos más o menos autoritarios pero emparentado a las formas de la “democracia” occidental –como pasó con Rusia y, en mucha mayor medida, con Europa del Este– ha fracasado completamente. El ascenso y consolidación de Xi Jinping como líder casi vitalicio con un poder crecientemente centralizado, a una escala sólo vista en la época de Mao, indica que la “democracia” al uso occidental no es una condición indispensable para la nueva fase del capitalismo global tal como la conciben el “pensamiento de Xi” y el “socialismo con características chinas” (Constitución china dixit). Una síntesis algo brutal pero no del todo inexacta de este pensamiento podría ser: capitalismo y mercado, sí; apertura política y pérdida de control del PC chino sobre la sociedad, no. Si ambas definiciones pueden conciliarse en el largo plazo, y cómo, es materia de debate de los sinólogos del mundo entero.

Esta amarga decepción con el curso propiamente político de China se manifiesta en un reciente documento de la National Security Strategy, organismo de defensa de EEUU. Allí se admite que durante décadas la política de EEUU hacia China “estuvo basada en la creencia de que el apoyo al ascenso y la integración de China al orden internacional de posguerra iba a liberalizar China. Contra lo que esperábamos, China expandió su poder a expensas de la soberanía de otros”. Por ejemplo, en lo económico las promesas de apertura comercial hechas por el gobierno chino no se cumplieron, o sólo se cumplieron cuando esa apertura ya no tenía relevancia, como sucedió con el mercado de tarjetas de crédito, que al abrirse ya estaba cuasi monopolizado por bancos o firmas con fuerte respaldo (y subsidio) estatal.

La pretensión (que se reveló mera expresión de deseos) de que China siguiera este camino no era de tal o cual gobierno, sino una verdadera política de Estado de EEUU: “La idea de que la creciente prosperidad y el compromiso con el orden global iban a hacer converger los valores chinos y los occidentales fue una de las últimas creencias compartidas por todos los bandos de la elite de Washington” respecto de China (TE 9081, “Not the partner you were looking for”, 3-3-18).

El optimismo respecto del potencial liberalizador de las nuevas tecnologías (sostenido ya en los 90 por Rupert Murdoch) sostenía que Internet o las redes sociales iban a ser imposibles de controlar, a menos que el gobierno dedicara cientos de miles de personas y vastos recursos a hacerlo. Pero eso fue casi exactamente lo que sucedió: como hemos visto, la inédita expansión del uso de Internet convive por ahora con un férreo control y censura por parte del régimen. Por lo demás, como tiene la honestidad de reconocer un analista pro occidental, “es difícil medir con objetividad el desafío del ascenso chino cuando coincide, y no por azar, con una crisis de confianza en Occidente respecto de las bondades y superioridades de las sociedades abiertas y los valores democráticos” (ídem).

Este perfil posiblemente esté asociado a la forma que adquiere el liderazgo chino allende sus fronteras. China ejerce no el poder duro (hard power) ni el blando (soft power), sino el “agudo” (sharp power). No implica ni fuerza militar como el primero ni una difusa influencia cultural como el segundo, sino una compleja combinación de formas de presión: económica, diplomática, manipulación comercial y política, vigilancia, compra de influencias, soborno y formas de financiamiento parientes del chantaje o la extorsión. Los instrumentos de este sharp power son en general las empresas y bancos estatales, en primer lugar, junto con universidades, ONGs –por ejemplo, de cooperación cultural– y medios de comunicación (TE 9071, “At the sharp end”, 16-12-17).

Esto no quiere decir que China renuncie a formas típicas del “poder duro”. Por el contrario, quizá por primera vez en su larga historia China se propone una presencia militar estable en el extranjero, que sólo ha comenzado y está, por supuesto, muy por detrás de la de EEUU, de sus principales socios de la OTAN y de Rusia… pero no de muchos más. Si la primera forma de intervención militar fue casi en su frontera naval, con el intento de transformar el Mar de China Meridional en un lago interior a expensas de sus vecinos vía la construcción de siete islas artificiales en arrecifes y atolones, bien pronto mostró su intención de sacar músculo más lejos de casa. Así, inauguró su primera base militar fuera del país en Yibuti, África (un estratégico punto sobre el Mar Rojo y cerca del canal de Suez) y ha hecho ejercicios militares navales conjuntos con Rusia en el Mediterráneo y en el Báltico.

De todos modos, por ahora el brazo principal de las pretensiones imperiales de China es el económico, a través de la creación de crecientes lazos de inversión, patrocinio, sociedades comunes y préstamos bancarios con decenas de países, especialmente en Asia, África y América Latina. Cada una de ellas es oportunidad para el ejercicio del “poder agudo”, que va desde asegurarse una salida al océano Índico (acuerdo bilateral con Pakistán, que de paso explota la rivalidad de ambos países con India) hasta sentar las condiciones para futuras bases militares (la relación con Islas Maldivas). Y como esos lazos de “ayuda” interesada vienen sin los condicionamientos que a veces, por falso pudor, plantean los bancos e instituciones de crédito de Occidente, el “modelo” de crecimiento económico con represión política resulta atractivo para muchos países de régimen militar o sesgo autoritario (Tailandia, Filipinas, muchos países africanos y una larga lista).

El volumen del flujo económico así creado puede sintetizarse en un dato: en 2000, sólo el 8% de la inversión extranjera directa global estaba a cargo de compañías de países emergentes. En 2016, esa cifra subió al 28%, más del triple (TE 9078, “Developing ties”, 10-2-18). Y la mayoría absoluta de esa suba sustancial debe atribuirse a la inversión de firmas chinas.

La pieza maestra estratégica, la más ambiciosa e integral del desembarco económico chino es la “Belt and Road Initiative” (BRI), antes llamada “One Belt, One Road” (OBOR), que se inspira en las dos antiguas rutas de la seda: la marítima (Mar de China Meridional, océano Índico, Mar Rojo, Mediterráneo) y la terrestre (China, Kazajistán, Pakistán, Irán, Turquía y Levante), a las que se agrega ahora la ruta vía Moscú, Europa del Este y Rotterdam. El proyecto asume una inversión de casi un billón de dólares en una primera etapa, que podrían llegar a 4 y hasta 8 billones (el rango temporal del proyecto está planteado en términos de lo más vagos). Abarca obras de infraestructura y logística, energéticas, minería, edificación de ciudades nuevas y un interminable etcétera. Se trata, además, de un proyecto presentado por primera vez por Xi Jinping a poco de asumir, al que considera casi un objetivo personal.

Desde las potencias occidentales se lo mira con desconfianza y aprensión: “Es un desafío a EEUU y su enfoque tradicional del comercio mundial. En esa visión, hay dos grandes bloques principales, el transatlántico y el transpacífico, con Europa en uno, Asia en el otro y EEUU como punto focal de ambos. (…) OBOR considera a Europa y Asia como un solo espacio comercial, y el punto focal es China, no EEUU” (TE 8996, “Our bulldozers, our rules”, 2-7-16).

Con toda la relevancia que asume la BRI –se la ha comparado con el Plan Marshall en cuanto a envergadura–, China no se limita a postularse como líder (y reemplazo de EEUU) para el conjunto de los países involucrados en la iniciativa, que son más de 70, casi todos con un nivel de desarrollo inferior. Otra novedad que demuestra la audacia y autoconfianza de la dirección china son las oleadas sucesivas de compras de empresas en los países núcleo de la Unión Europea por parte de inversores chinos privados, pero que muchos ven con preocupación como “una extensión de la estrategia del gobierno de Made in China 2025, que apunta a superar a Occidente en innovación” (TE 9084, “Capital control”, 24-3-18).

Es que no se trata de clubes de fútbol o cadenas hoteleras, sino de plantas nucleares (Inglaterra), robótica (Alemania) o telecomunicaciones (Italia), una nueva etapa luego de inversiones en infraestructura (el puerto del Pireo, en Grecia) y energía (red eléctrica de Portugal). Por otra parte, los países del este y el sur de Europa no pueden darse el lujo de rechazar la abultada billetera china en el marco de su programa de inversión del BRI, y los países nórdicos y Holanda prefieren no poner trabas a China para evitar más tensiones comerciales en una coyuntura ya enrarecida (además, como dijimos, el puerto holandés de Rotterdam ocupa un lugar importante en la nueva ruta norte de la BRI).

Concluiremos este apartado matizando estos elementos casi apologéticos de la “superpotencia emergente”, como muchos la denominan, con lo que probablemente sea su talón de Aquiles. Que no remite a la economía –por más que son conocidas las dudas respecto de burbujas inmobiliarias y financieras, excesivo endeudamiento, falta de sustentabilidad ambiental y otros puntos oscuros que no trataremos aquí– sino a la relación del Partido Comunista con la clase obrera china, la más populosa del planeta.

El conocido China Labour Bulletin informa regularmente sobre una creciente agitación laboral, si bien aclara que su detalle de incidentes (huelgas, protestas) representa quizá el 10-15% de la cifra real. A los motivos habituales (bajos salarios, atrasos en los pagos, malas condiciones de trabajo) se agregan ahora los despidos y cierres, por cuanto en particular en la industria hay más vía libre oficial para la liquidación de empresas estatales deficitarias.

Según un especialista de izquierda, “se han sistematizado las luchas. Por lo general son luchas duras, temporales, que a menudo finalizan con victorias. En su mayoría son de carácter local, contra la construcción de presas, por ejemplo, y pueden llegar a ser muy violentas: el número de locales públicos incendiados cada año es impresionante.

El esquema clásico es que la autoridad local comprende que el descontento requiere alguna concesión: se sanciona a los cabecillas y se satisface una parte de las reivindicaciones. Por lo tanto, hay luchas, pero lo que está estrictamente prohibido es la organización duradera y la que abarque varias localidades. Así, el movimiento choca con una doble imposibilidad. La primera es que los sindicatos oficiales (existe una única confederación sindical legal) se conviertan en instrumentos en manos de los trabajadores. Son la correa de transmisión del poder del PC chino contra los trabajadores. La segunda “es la de crear sindicatos autónomos. Todo intento en este sentido desencadena una represión inmediata” (Pierre Rousset, “¿Adónde va China?”, entrevista de Viento Sur, mayo 2017).

A estas expresiones en general espasmódicas de trabajadores con cierto grado de estabilidad y organicidad, como los que protagonizaron el movimiento de protesta contra la cadena Walmart, debe sumarse el creciente descontento contra mecanismos de trabajo informal que sufren decenas de millones de trabajadores migrantes sometidos al infame hukou, el esquema de pasaportes internos que niega ciudadanía plena a los que van del campo a las ciudades en busca de empleo. Estos obreros son contratados sobre todo en la construcción y otros empleos de baja calificación sin vínculo formal alguno de por medio, pese a que eso es ilegal. Es significativo que los trabajadores de “cuello blanco” (trabajos no manuales) reciben mucha mayor protección legal y formal por parte de las estructuras del PC chino que los de “cuello azul” (de la industria), mucho más expuestos a los abusos de los patrones. Es probablemente por eso que “los funcionarios del Partido Comunista responden con mucha más brutalidad contra los trabajadores de cuello azul que contra los de cuello blanco. Cuando no duermen a la noche pensando en la agitación laboral, la imagen que se les viene a la cabeza no es la de oficinistas esgrimiendo lapiceras, sino la de trabajadores manuales con picos y palas” (TE 9054, “Workers, disunited”, 19-8-17).

La figura es tan gráfica como certera: la peor pesadilla de los burócratas del Partido “Comunista” chino no es Trump, no es la competencia de las multinacionales occidentales, no es la carrera tecnológica, no son siquiera las brutales desigualdades económicas, sociales y regionales que dejó en China la industrialización frenética; no, son simples trabajadores que con sólo “picos y palas” pueden tirar abajo el orgulloso edificio que aspira a ser la guía del futuro orden capitalista mundial.

 

  1. Debates y perspectivas

 

4.1 ¿Retroceso de la globalización?

 

El proceso de mundialización del capital, el peso creciente en la economía de las compañías multinacionales, la conformación de cadenas globales, la tendencia de las grandes compañías a “independizarse” de sus países de origen –en residencia legal, en pago de impuestos, en generación de empleo, en fuente de ingresos, etc.–, la inusitada expansión del comercio global, fueron todos rasgos de la economía capitalista de los últimos 30 años que mostraban una sola dirección: hacia delante. No sólo eso, sino que esta tendencia se asumía con la fuerza de un fenómeno tan natural como la ley de la gravedad. Cuestionar esta marea o intentar pelear contra ella era, por tanto, no sólo ineficaz sino irracional; tanto hubiera valido intentar detener el avance tecnológico (otro motor de la globalización) o esgrimir las virtudes de la máquina de escribir frente a los procesadores de texto. La globalización podía celebrarse o lamentarse, pero su marcha arrollaba todo intento de limitarla, cuya inutilidad era sólo menos grande que su utopismo romántico e incluso reaccionario. Tal era el estado de cosas hasta la crisis global de 2007-2008.

A poco más de diez años, aparecen voces (y realidades) bastante disonantes respecto de la anterior y aplastante unanimidad. Esas voces atraviesan todo el espectro, desde la derecha liberal al marxismo, pasando por el keynesianismo. Examinaremos a continuación los elementos nuevos en este terreno desarrollados en la última década, así como sus límites y los posibles escenarios de su evolución.

La crisis de 2007, más allá de sus manifestaciones fenoménicas (crisis de hipotecas, de finanzas, de deuda…), era también una crisis de exceso de globalización, es decir, una incapacidad de la configuración del capitalismo global, en ese momento y en esas circunstancias, para procesar sus contradicciones. La norma de las crisis capitalistas, como hemos visto, es que pasada la instancia de “purga” o destrucción del capital sobrante se reanuda la acumulación; hemos visto también algunas de las tendencias que obstaculizan esa purga. Esta ausencia de “dieta purificadora” de capitales es la que se halla en la base de la explicación de un freno al impulso globalizador tan generalizado como inesperado. Que esto se trate de una traba pasajera o que empantane todavía más el relanzamiento de la acumulación es algo que no depende exclusivamente, como veremos, de la dinámica puramente económica.

Comencemos por dar cuenta de los nuevos y sorprendentes hechos económicos. Aunque relativiza sus efectos a largo plazo, en un ya célebre artículo publicado en la revista del FMI, Paul Krugman advierte que “la marcha hacia un comercio y una política de inversión cada vez más liberales parece haberse detenido. De hecho, estaba perdiendo impulso incluso antes de la Gran Recesión, para no hablar de Trump; la Ronda Doha [de la OMC para impulsar el libre comercio. MY] hace largo tiempo que es un zombie. (…) ¿Debería preocuparnos haber llegado hasta aquí? Entiendo que no. El comercio ya es notablemente libre en términos históricos (…). Una guerra comercial global, que tendría efectos devastadores sobre los países pobres dependientes de exportaciones trabajo-intensivas, sería, por supuesto, algo muy distinto. Pero si podemos evitar ese tipo de abismos, la mejor actitud podría ser tratar a la globalización como un proyecto más o menos terminado, y bajar el volumen sobre el tema” (“Leave zombies be”, www.imf.org, diciembre 2016).

Hasta aquí, se habla no de que la globalización retrocede sino de que no tiene mucho más para avanzar. Pero no hace falta aclarar que, para la dinámica histórica del capital, decir que la globalización está terminada es casi postular el comienzo de la decadencia o la reversión de la tendencia: está en la base misma del orden capitalista que sólo puede moverse hacia delante, sólo puede estar todo el tiempo abatiendo obstáculos, expandiendo fronteras, ocupando nuevos territorios (geográficos y simbólicos), creando nuevas tendencias. De otro modo, parafraseando el “fin de la historia” que postulaba Francis Fukuyama tras la caída del Muro de Berlín, lo que tendríamos es el “fin de la globalización”, y por extensión de la dinámica económica. El capital no puede, cual Espíritu Absoluto hegeliano, satisfacerse en la autocontemplación del camino recorrido y ya completo, sino que debe seguir su marcha incesante, so pena de perecer. Tal es la lógica de la modernidad capitalista, que Marx describió en el Manifiesto Comunista y demostró científicamente, en el plano económico, en El capital.

La primera señal de alarma, sobre la cual hay amplio consenso, es la desaceleración –por momentos, incluso retroceso– del comercio mundial. Desde el fin de la Gran Recesión, el crecimiento del comercio mundial está casi al mismo nivel del crecimiento del PBI mundial, algo sin precedentes desde la posguerra: siempre había sido mayor y, en las décadas pasadas, cerca del doble que el PBI. Ahora ambos indicadores van, en el mejor de los casos, al mismo (lento) ritmo, con caídas ocasionales y estancamiento del comercio.

 

Comercio mundial respecto del PBI

 

(Línea punteada: tendencia antes de la crisis. Línea plena: ratio comercio mundial/PBI mundial)

Fuente: M. Roberts, “Globalisation, inequality and populism”, 7-1-18.

 

El aumento de los intercambios comerciales obedecía a diversos factores, incluida el nuevo lugar de los “países emergentes” a medida que sus economías se integraban a la globalización y aprovechaban el auge de las materias primas ante la demanda china. Pero lo decisivo fue “la interconexión de las economías bajo la forma de cadenas de valor mundiales (global value chains); en otras palabras, la creación de estructuras de producción transnacionales. Entonces se podía pensar que los países emergentes servirían de relevo a los ‘viejos’ países capitalistas ofreciendo no sólo la ventaja de los bajos salarios sino también los fuertes aumentos de productividad. Sin embargo, numerosos indicadores muestran que el proceso está agotándose (…). Esta involución se puede explicar por una disminución muy clara de las cadenas de valor mundiales a partir de la crisis, que se explica fundamentalmente, por el giro de la economía china hacia un modelo más autocentrado. El mismo fenómeno se observa en el comercio mundial” (M. Husson: “Dix ans…”, 25-8-17).

Hay datos estadísticos que respaldan esta conclusión. Según un estudio de R. Auer, C. Borio y A. Filardo, “The globalisation of inflation: the growing importance of global value chain”, citado por Husson, las cadenas de valor –definidas como la parte del valor agregado en el extranjero en las cadenas de exportación– subieron de un 18 a un 30% del total entre 1985 y 2007; con la crisis cayeron al 26% en 2009, volvieron al 30% en 2011 y desde allí se estancaron o incluso bajaron algo hasta el 29% en 2015. Casi exactamente la misma curva siguió el comercio mundial como porcentaje del PBI global: del 18 al 28% entre 1985 y 2007, caída, recuperación y estancamiento a la baja, sin llegar al 26% en 2015 (datos del FMI).

 

Cadenas de valor y comercio mundial

 

 

Línea superior (en 2015): Comercio mundial (porcentaje de exportaciones + importaciones sobre PBI mundial)

Línea inferior (en 2015): Cadenas de valor (porcentaje de valor agregado en el extranjero sobre exportaciones)

Fuentes: Banco Mundial, Data Bank, Auer-Borio-Filardo 2017, citado por Husson, septiembre 2017.

 

De este modo, y análogamente a la idea de Krugman como “proyecto terminado”, lo que encontramos aquí es un cierto límite autoimpuesto de la mundialización. Así como, en palabras de Marx, “el capital es su propio límite”, esto es, el proceso de valoración de capital no puede seguir avanzando y deriva en crisis por las propias contradicciones de la acumulación, algo similar sucede con la mundialización: si no puede seguir avanzando, debe retroceder o al menos estancarse. El salto en productividad y en ganancias originado en las cadenas globales de valor y la explotación de mano de obra barata no podía continuar indefinidamente; en este caso, la maduración del proceso de desarrollo chino puso a la vez a) un tope a una demanda de materias primas que parecía inagotable, y b) un piso más alto a los salarios. Así, “las cadenas de valor globales han entrado en una fase de rendimientos decrecientes y asistimos a fenómenos de relocalización” (M. Husson, “Une crise systémique…”, 3-5-17).

Esta relocalización, entendida como un proceso por el cual firmas nacionales o locales ganan terreno a expensas de compañías multinacionales, es perfectamente identificable con múltiples ejemplos. Si consideramos como multinacionales, por tomar una definición convencional, aquellas empresas con al menos un 30% de sus ventas fuera de su región de origen, el 85% de ellas nació después de 1990: en 1970 había en todo el mundo 7.000 multinacionales, en 1990, 24.000, y en 2015, 110.000, según datos de la OMC. Las multinacionales emplean sólo el 2% de los trabajadores a nivel global, pero unos pocos miles de empresas influyen decisivamente en el consumo de miles de millones de personas en comida, vestido, entretenimiento, etc. Además, coordinan las cadenas de suministros de más del 50% del comercio y representan un 40% del valor de las bolsas occidentales.

El impacto de este “boom” en la llamada inversión extranjera directa (IED) –la base de las cadenas globales de valor– fue inmenso: si representaba el 10% del PBI antes de la Primera Guerra Mundial, y no superó ese límite hasta 1990 –de hecho, entre 1950 y 1990 promedió el 8%–, a partir de los 90 se disparó hasta alcanzar el 30% del PBI mundial en los 2000. Un tercio del comercio mundial se explica por el comercio intrafirma de las multinacionales, y otro tercio corresponde a los vínculos con sus empresas proveedoras.

Ahora bien, esa dinámica parece haberse, si no cerrado, al menos detenido. La proporción de exportaciones que participaban en cadenas de valor internacionales, que no había dejado de crecer nunca en las últimas décadas, se ha estancado o retrocedido un poco desde 2011. Según la algo dramática definición de The Economist en un informe especial de hace un año, “la empresa global está en retirada” (TE 9025, “The retreat of the global company”, 28-1-17).

En el quinquenio 2012-2016, las ganancias de las multinacionales cayeron un 25%, de modo que su participación en las ganancias globales bajó del 35 al 30%. El 40% de las multinacionales tiene una tasa de ganancia sobre valor accionario (return on equity, o ROE) inferior al 10% que se considera la medida mínima aceptable.

Las ventajas de escala, de tecnología y capital conseguidas en sus países desarrollados de origen, sumadas a la mano de obra barata y regulaciones ambientales más laxas de los países “emergentes”, hicieron suponer que “las firmas globales crecerían más rápido y generarían mayores ganancias. Esto fue cierto por un tiempo. Ya no. Las ganancias de las mayores 700 multinacionales del mundo desarrollado cayeron un 25% entre 2012 y 2016, según la consultora FTSE, de la Bolsa de Londres. (…) La debilidad de varias monedas respecto del dólar es parte de la explicación, pero explica sólo un tercio de la caída. Las ganancias de las firmas locales [i.e., no multinacionales. MY] aumentaron un 2%” (cit.).

No hay que suponer que esta situación se debe a una mala performance de las multinacionales en sus países de origen, que sus ganancias en el extranjero vendrían a compensar. El caso es casi el opuesto: las ganancias generadas en el exterior cayeron entre 2012 y 2016 un 17% para las multinacionales con sede en países de la OCDE (y las no estadounidenses cayeron un 20%). El resultado es que si el citado índice ROE de las 700 mayores multinacionales cayó de un pico de 18% antes de la crisis financiera a un 11%, apenas por encima de lo aceptable, las ganancias en el extranjero son buena parte de la explicación de esa caída. En efecto, el promedio de ROE sobre la inversión externa para las multinacionales de la OCDE es del 4%, y el más alto, el de EEUU, no supera el 8% (datos de la OCDE).

La única excepción a este panorama son los gigantes de la tecnología informática. Sus ganancias en el extranjero, que eran en 2006 el 17% del total, representan ahora el 46%, reflejando tanto su propio ascenso como el declive de las otras. Apple, por ejemplo, ganó fuera de EEUU más que cualquier otra multinacional y cinco veces más que una multinacional emblemática como General Electric.

Un estudio de The Economist sobre las 500 compañías más grandes del mundo muestra que en 8 sectores sobre 10, sus ventas se expandieron menos que las de compañías locales, y en 6 sobre 10 su ROE es inferior. En el caso de las firmas de EEUU, sus ganancias fronteras adentro –gracias, entre otros factores, a su posición oligopólica– son un 30% mayores a las que obtienen fuera del país.

A todo esto, desde el punto de vista político, el viento pasó a ser de hostilidad a las multinacionales en el orden local, donde eran vistas como ejemplos de codicia y agentes de desigualdad, que no sólo no generaban empleos nacionales sino que los destruían en busca de mano de obra barata en los países emergentes. Y el entramado de beneficios legales e impositivos, formales e informales, que daba ventajas adicionales a las multinacionales, empieza a exhibir grietas por las que se pierden ganancias antes garantizadas por esa trama institucional.

Ejemplos de esto son las mayores regulaciones y multas a compañías por evadir pago de impuestos –la multinacional típica opera con más de 500 entidades legales propias, muchas de ellas basadas en paraísos fiscales– o incluso por obtener ventajas legales permitidas por los estados soberanos. El caso más espectacular de esto es el fallo contra Apple que la obliga a pagar 13.000 millones de dólares al Estado irlandés, que le había preparado el terreno legal para pagar menos que en otros países. Pero a menor escala sucede lo propio no sólo por los criterios más estrictos de la Unión Europea, sino también por la creciente ofensiva sobre los paraísos fiscales, que son a su vez paraísos de las multinacionales. Al mismo tiempo, países como China empiezan a poner condiciones a los inversores extranjeros en términos de compartir tecnología, crear más empleos, asegurar inversiones y aceptar marcos regulatorios nacionales más severos. Por supuesto, no todos los países que quieren recibir inversiones pueden ponerse tan firmes como China. Pero son cada vez menos los que aceptan un enfoque totalmente cipayo y entreguista al estilo México o Argentina.

Precisamente, la atención que presta China a la cuestión de la tecnología extranjera que se radica en el país obedece a una tendencia que se consolida: para las 50 mayores multinacionales de EEUU, el 65% de las ganancias en el extranjero deriva de industrias basadas no en bienes ni servicios sino en la propiedad intelectual, como la tecnología, las finanzas o las patentes medicinales. Hace una década representaban el 35%.

Las multinacionales ya no tienen la intención (ni acaso la posibilidad) de recrear en India o África núcleos industriales como los generados en China en el período anterior. El impacto de la inversión externa ya no es el que era: en 2000, 1.000 millones de dólares de inversión externa generaban 7.000 empleos y 600 millones de dólares en exportaciones. Hoy, esos 1.000 millones no representan más de 3.000 empleos y 300 millones de dólares en exportaciones.

Así, muchas empresas que antes tenían intenciones de globalizarse –algunas lo intentaron y el experimento no terminó bien– ahora descubren que limitarse a marcos nacionales o regionales es más ventajoso; es el caso de la cadenas de supermercado Tesco (Reino Unido) y Casino (Francia), o de las telecoms AT&T y Verizon. Por no hablar de Ford y General Motors, que generan más del 80% de sus ganancias fronteras adentro de EEUU.

No hay que pensar que esta tendencia obedece a los “golpes políticos a la globalización” como la victoria de Trump o el Brexit en 2016; ya venía operando desde antes como resultado de un proceso lento y sistemático de maduración y envejecimiento de un mecanismo económico que perdió su lozanía original y debe reverdecer o decaer. “Se está cerrando una ventana de oportunidad de 30 años”, se lamenta The Economist, que admite que las multinacionales, “agentes de la integración global”, muestran una performance financiera inferior a la de firmas locales, “y muchas parecen haber agotado su capacidad de recortar costos e impuestos respecto de sus competidores locales” (TE 9025, “In retreat”, 28-1-17).

Los salarios chinos ya no son tan bajos; en tanto, las empresas locales ya no están a distancia tan grande, en tecnología y escala, de las multinacionales, cuyo alcance global se convierte a veces en una carga, no una ventaja, o son simplemente demasiado grandes. Muchas empresas de vanguardia en sus sectores son locales: e-commerce en China, telecoms de la India, bancos brasileños, petroleras de esquisto en EEUU.

El escenario global para las multinacionales, según el citado informe de The Economist, parece mostrar tres tendencias. La primera es que una estrecha franja de las mayores multinacionales va a integrar sus ramas extranjeras de manera más profunda en la economía de sus países anfitrión, asumiendo compromisos de empleo, transferencia de tecnología, pago de impuestos y otros, siguiendo el modelo chino. La segunda es la consolidación de una presencia más frágil, más “intangible”, de multinacionales vinculadas al mundo digital, la propiedad intelectual y el uso de franquicias, creando muchos menos empleos directos. La tercera es el desarrollo de compañías nacionales chicas o medianas que utilizarán de manera creciente el comercio electrónico para operaciones a escala global.

Si este panorama se afirma, las consecuencias serán serias, en primer lugar para los países acostumbrados a compensar déficits de cuenta corriente con inversiones de multinacionales extranjeras. Pero, sobre todo, “el resultado será un tipo de capitalismo más fragmentado y provinciano, y muy posiblemente menos eficiente… aunque, quizá, con menos rechazo popular” (cit.).

¿Qué consecuencias puede tener esto sobre la productividad y la pujanza del capitalismo mundializado? Casi un 80% de todo el comercio mundial lo generan las cadenas globales de valor, según datos de la Unctad. Pero, superado su empuje juvenil y llegando a la madurez, generan mucho menos comercio de bienes de capital y mucho más de insumos, lo que, de nuevo, implica una meseta en las ventajas de la deslocalización. Este “cambio en la composición de la demanda” (FMI) implica que la inversión, el principal componente del comercio internacional en los últimos 20 años, viene cayendo. Y, según el FMI, un 60% de la desaceleración del comercio mundial se explica por este factor: entre 2002-2007 y 2012-2015, el crecimiento del comercio de bienes de capitales se redujo un 50% en bienes de consumo, pero un 75% en bienes de capital (M. Elisondo, Ámbito Financiero, 23-1-18).

Y la relocalización, por racional que pueda parecer tanto a las empresas nacionales como a las corporaciones multinacionales tomadas individualmente, puede golpear al orden global en su conjunto, invirtiendo la tendencia que se imponía hasta ahora: “Desde los años 90 el signo que preside el índice de ganancias de las compañías individuales es la volatilidad, comparada con la mayor estabilidad relativa de las ganancias en las cuentas nacionales. Esto se debe en parte a la importancia mucho mayor para las compañías de EEUU de las ganancias obtenidas en el extranjero: del 18% del total de ganancias en 1982 pasó al 38% en 2015” (TE 9070, “Keep dancing”, 9-12-17). Esa mayor ponderación de las ganancias de origen foráneo sobre el total agrava la situación mencionada más arriba de una tasa de ganancia relativamente menor en el extranjero. De todos modos, hay que tener en cuenta la situación impositiva particular de EEUU en cuanto a que las mayores empresas solían dejar fuera del país las ganancias internacionales para evitar el pago de impuestos sobre ellas en EEUU. Esta situación ha cambiado, aunque es pronto para saber hasta qué punto, con los cambios tributarios pro corporaciones instrumentados por Trump.

Hay otra manifestación indirecta del “giro localista” de las compañías globales. Las multinacionales de “pasaporte múltiple” eran parte del paisaje económico del capitalismo global. Muchas compañías tenían, y tienen, domicilio legal en un país, base de operaciones en otro y cotizan en la Bolsa de un tercero, a fin de maximizar acceso a mercados y disfrutar de bajos costos laborales y la menor carga impositiva posible. Pero ahora se está dando una tendencia cada vez más clara y firme a anclar la nacionalidad de las multinacionales en un solo país.

Veamos algunos ejemplos, que dan cuenta de las razones diversas para esa tendencia. Qualcomm es una gigante tecnológica que tiene dos tercios de su negocio en China y cotiza en la Bolsa de Singapur, pero su domicilio legal está en EEUU. Ante una amenaza de compra hostil por parte de Broadcom, otra compañía del ramo, Qualcomm hizo lobby para que el gobierno de Trump bloqueara la operación, con el argumento de “asegurar la primacía estratégica” de EEUU frente a China (aunque Broadcom tiene domicilio en Singapur… y cotiza en Wall Street). Parte del éxito de la operación se debió a la promesa de Qualcomm de pasar su domicilio legal a EEUU.

El caso de Unilever, una multinacional con doble sede en Londres y Rotterdam, fue casi el inverso. Luego de pedir ayuda a las autoridades británicas para rechazar una compra hostil de Kraft-Heinz, Unilever decidió unificar su base legal en Rotterdam, precisamente porque las leyes holandesas son mucho más protectoras que las británicas en caso de intento de compra hostil.

El tercer ejemplo es el de Alibaba, otro emporio tecnológico que ya hemos citado. Aunque es de origen chino, claro está, tiene su oficina principal en Hong Kong, domicilio legal en las Islas Caimán y cotiza en la Bolsa de Nueva York. Pues bien, el gobierno le ha hecho la gentil (e irrechazable) propuesta de pasar a cotizar en la Bolsa de Shanghai.

La moraleja de estos episodios, más allá del evidente oportunismo cínico de las multinacionales, es que “después de años de tener más de una identidad, al estilo de los espías de ficción que tienen un cajón lleno de pasaportes, las compañías eligen, o son forzadas a, mostrar más lealtad a un país particular. Durante tres décadas, en la era dorada de la globalización, la tendencia había sido la opuesta” (TE 9084, “Citizens of somewhere”, 24-3-18). Esto es, a dividir la identidad de la firma en varios países, considerando muchas dimensiones: domicilio legal, domicilio real, país de residencia de sus directivos principales, sede productiva y/o de negocios, bolsa de valores donde cotiza. Además de las ventajas específicas que podía obtener en cada uno de estos aspectos (cotizar en bolsas importantes, tener sede impositiva en paraísos fiscales, hacer residir a sus ejecutivos en ciudades atractivas, etc.), también se podía lograr el apoyo, o al menos la neutralidad, de varios gobiernos para operaciones comerciales y fusiones.

Ahora bien, “todavía es posible encontrar empresas que prefieren trascender las nacionalidades (…). Pero la tendencia abrumadora es a que las compañías se desprendan de sus pasaportes múltiples, por tres razones. Primera, muchos accionistas sostienen que es demasiado caro mantenerlas. (…) Segunda, algunas firmas buscan la protección de un gobierno [particular], como en el caso de Qualcomm o, quizá, Unilever. Tercera, a medida que se va instalando un clima más proteccionista, los gobiernos quieren que las empresas localicen más actividad ‘localmente’. Un ejemplo reciente es Saudi Aramco [la petrolera estatal saudí. MY]. (…) El fin de la era dorada del cosmopolitanismo empresario puede llegar a hacer sentir más seguros a algunos gobiernos. Pero puede resultar en un juego de suma cero, en el que cada país tironea para quedarse con una porción más grande de la misma torta. (…) Las multinacionales pueden llegar a extrañar los días en que podían recorrer el planeta perteneciendo a todos y a nadie al mismo tiempo” (cit.).

Frente a estas tendencias, hay a nuestro juicio dos peligros. Uno es el de minimizarlas o ignorarlas, suponiendo que todo funciona como antes y que no hay ningún cambio apreciable en la dinámica de estos “agentes de la integración global”. Parece ser el caso de Rolando Astarita, que en “Mundialización del capital en perspectiva” (26-8-17), aunque afirma correctamente que “no hay retroceso estilo años 30”, sigue subrayando la buena salud de la internacionalización de los procesos productivos en cadenas globales de valor y el abaratamiento de mano obra, como si no hubiera que tomar registro de que la línea sigue ahora una trayectoria diferente. El otro es el de algunos impresionados con el auge de los “populistas iliberales antiglobalización” –sea para admirarlos o para angustiarse– y suponen entonces que representan per se la principal amenaza a la globalización.

Al respecto, parece más equilibrado el juicio de Husson al hablar de repliegue de la economía mundial, más que desglobalización, con un horizonte a mediano plazo de “estancamiento secular” (“Capitalismo del siglo XXI…”, febrero 2017). El concepto de maduración de la globalización nos parece apropiado tanto para distinguir la actual etapa de la anterior de “nacimiento y juventud” de la mundialización en tanto proceso de expansión de la lógica del capital como para tomar distancia de los que temen, o desean, un imposible retroceso al punto de partida previo, digamos, antes de los 90.

Las cadenas globales de valor ven limitadas sus ventajas, pero no desaparecerán fagocitadas por gigantes locales. El empuje de las compañías tecnológicas (digitales), el futuro desarrollo de la inteligencia artificial o de la automatización son y serán procesos de alcance global, no nacional o regional. Las contradicciones de la globalización no están única ni fundamentalmente en el plano de los “populismos de derecha” de Europa y EEUU, ni en el mayor dinamismo de compañías locales ante el relativo agotamiento de las ventajas de inicio con que contaron las multinacionales. Más bien, hay que encontrarlas en los límites de una “ventana de oportunidad de 30 años” que dio de sí todo, o casi, lo que podía dar para sostener la dinámica de un capitalismo que no termina de recomponer su tasa de ganancia ni su productividad a largo plazo.

La “ventana de oportunidad” incluyó, además, el ingreso de ingentes masas de trabajadores provenientes de los ex “países socialistas” al proceso de creación de valor y plusvalor, lo que Roberto Sáenz llama el “momento Rosa Luxemburgo”. Pues bien, esa fase se agota y comienza a asomar una nueva, que parece signada por un desarrollo de tecnologías digitales que todavía debe pasar afrontar dos grandes desafíos. En primer lugar, el económico: mostrarse capaz de superar el “estancamiento secular” y la paradoja de Solow sobre la falta de impacto de la tecnología en la productividad, contra los juicios y pronósticos como el de Robert Gordon y otros. Y en segundo lugar, el de la lucha de clases, porque ya vimos que las nuevas tecnologías, lejos de ser socialmente neutras, resultan, en manos de compañías que son los grandes colosos del capitalismo de hoy, un instrumento para redoblar la explotación, el sometimiento y la alienación de los trabajadores en el proceso productivo y de creación de valor. A ese debate nos abocaremos en lo que sigue.

 

4.2 Los límites y el “lado oscuro” de la disrupción digital

 

Desde hace años que se viene planteando como realidad, como posibilidad o como escenario para el futuro próximo la llamada “disrupción” que originaría el advenimiento de la tecnología digital en diversos planos. Según las versiones más tecnófilas (y tecnófobas), esta disrupción afectaría desde el funcionamiento de la economía hasta la vida cotidiana: la “economía del conocimiento” implicaría a) la creciente automatización de la industria (con la consiguiente catástrofe de empleo), b) un salto gigantesco en la productividad a partir de avances como la impresión en 3D y la aplicación de la inteligencia artificial a la industria y los servicios, lo que daría nuevo impulso al ciclo de acumulación, c) un cambio completo en las relaciones laborales, a partir de la fragmentación de la jornada laboral, el trabajo a distancia y el fin de los contratos de trabajo tradicionales, y d) una revolución de la vida doméstica, con los electrodomésticos inteligentes y la “Internet de las cosas”, por nombrar sólo los temas de tratamiento más habitual.

Es imposible aquí referirse a este conjunto de problemas, algunos de los cuales son, por otra parte, estudiados en otro texto de esta edición. Aquí, como en el capítulo anterior, nos limitaremos a una selección de aspectos que nos interesa subrayar en función del tema principal que nos ocupa, la dinámica actual y futura de la acumulación capitalista.

Comencemos por el impacto de la disrupción digital en el empleo. Al respecto, debe tenerse en cuenta la evolución anterior, que se caracterizaba por un aumento relativo de puestos de trabajo en los servicios en detrimento del empleo industrial. Por ejemplo, la proporción de empleos industriales respecto del total en el Reino Unido se mantuvo en un tercio entre 1840 y 1960; desde entonces, ha caído a la décima parte. En EEUU, la industria representaba uno de cada tres empleos no agrícolas; hoy, uno de cada once. Incluso en Alemania, el país desarrollado que más ha mantenido el empleo industrial, sólo uno de cada cinco puestos de trabajo está en la industria.

También es cierto que las industrias de tecnología informática y otras de alta tecnología y diseños industriales complejos presentan hoy un panorama alejado del esquema tradicional de empleo de masas industrial, con un aumento de la productividad y un peso relativo del empleo mucho menor. El sector de nuevas tecnologías representa en EEUU, según el Brookings Institute, casi un 90% de la investigación y desarrollo del sector privado, un 80% de las patentes y de los ingenieros, casi un 60% de las exportaciones y una sexta parte del PBI, pero sólo el 8% del empleo. Si a esto se suma la continuidad de la tendencia anterior sobre la relación entre servicios e industria –de la que la disrupción digital es a la vez parte componente y elemento independiente– el resultado es que “desaparecieron decenas de millones de empleos. (…) En 1991, había 234 millones de personas trabajando en la industria en los países en desarrollo. En 2014 habían subido a 304 millones. En el mundo desarrollado, en cambio, los trabajadores industriales son sólo 63 millones, pero son los que agregan dos tercios del valor final. (…) El trabajo que se deslocalizó suele abarcar las etapas finales de ensamblado, tarea que parece la esencia del proceso manufacturero, pero que suele agregar poco valor al del producto terminado. (…) El ensamblado agrega menos valor que la fabricación de las partes (…). El ensamblado en China representaba sólo el 1,6% del costo minorista de los primeros iPads de Apple” (TE 9023, “They don’t make ’em like that any more”, 14-1-17).

Tal es la tendencia general. Ahora bien, es necesario también tener presentes ciertas reservas sobre las cifras y estadísticas, al tratarse de fenómenos nuevos que no siempre son medidos con precisión. Es el caso, por ejemplo, de la medida de la pérdida de puestos de trabajo como resultado de las nuevas tecnologías: “La declinación de la industria en el mundo desarrollado se ha exagerado. (…) La forma en que el trabajo manufacturero se representa en las estadísticas suele subrepresentar su importancia (…). En el pasado, empleos que hoy no serían considerados industriales eran computados como tales, inflando el total; a la inversa, hoy algunos empleos que parecen obviamente parte de la industria manufacturera no son computados como tales, reduciéndolo. (…) Como las estadísticas en general categorizan a las empresas según la ocupación de la mayoría de sus empleados, pérdidas de puestos de trabajo en áreas de servicios, marketing o contables figuran como menos empleos industriales. El reemplazo de camareras por una cantina subcontratada es estadísticamente indistinguible de la pérdida de empleos en la línea de producción (y hasta es posible que las camareras sigan trabajando en la cantina). Y el efecto inverso se da con otras formas de tercerización, como Jaguar hizo con DHL para la logística de sus cadenas de suministros. Cuesta no ver ese servicio como parte integral del proceso industrial [aunque esos empleos no figuren como industriales en las estadísticas. MY]. (…) En EEUU, según un estudio del Brookings Institute, un think tank, los 11,5 millones de empleos que en ese país se computaban como industriales en 2010 se complementaban con casi el doble de empleos en servicios vinculados a la industria, llevando el total a 32,9 millones. (…) Establecer el número de empleos industriales va a ser cada vez más difícil. No sólo porque los proveedores de servicios penetran cada vez con más profundidad en el proceso industrial, sino porque las industrias se consideran cada vez más vendedoras de servicios”. Es lo que ocurre, por ejemplo, con el servicio de mantenimiento post venta en Rolls Royce y otros fabricantes de motores de aviones. Pero no sólo en productos de tanto valor y duración: “La industria automotriz, que fue durante el siglo el arquetipo de ‘golpear metal’, ve su futuro cada vez más en la provisión de ‘servicios de movilidad’ en vez de como vendedores de cajas de metal con cuatro ruedas” (cit.).

Sin embargo, por ahora este reciclado de compañías industriales como empresas de servicios es música del futuro. Las mayores víctimas de la disrupción digital, las que más han sufrido el impacto a punto tal de arruinar gigantes y eliminar altos porcentajes de la fuerza de trabajo de los sectores en cuestión no son precisamente los rubros industriales clásicos, sino el negocio de la edición y venta de libros (dislocado por Amazon), de videos (la caída de Blockbuster fue en su momento comparada con la de Kodak), la producción y venta de música para público de masas (Napster primero, Spotify después), así como diarios (amenazados por las noticias online y las redes sociales), ropa (Amazon otra vez), taxis (desplazados por Uber y similares)…

Más serio parece el desafío de los vehículos eléctricos y las flotas de vehículos autoconducidos, que podría no sólo revolucionar la tecnología de producción sino amenazar el esquema de propiedad individual de vehículos, nacido con la misma industria, jamás modificado y uno de los grandes pilares culturales del capitalismo occidental. Sin embargo, también aquí hay proceder con cautela. Desde hace tiempo que Tesla, la firma de Elon Musk dedicada a la producción de autos eléctricos, es un símbolo de la pujanza de la “nueva economía” a tal extremo que su valuación bursátil llegó a superar la de los dinosaurios Ford y General Motors… aunque su nivel de producción está cientos de veces por debajo de ambas. Sin embargo, por ahora no se da una ola de reestructuración similar a la de los 90, cuando la conformación de las cadenas globales de valor. En 2016, sólo el 1% de los vehículos vendidos estaba equipado con tecnología básica de conducción autónoma parcial. Eso va a cambiar, pero lentamente: ocho de las diez mayores automotrices anunciaron planes para la fabricación de vehículos autónomos hacia 2025, y se calcula que para 2030 el 15% de los autos nuevos serán autónomos o casi autónomos (Mc Kinsey Global Institute, “Solving the productivity puzle”, febrero 2018).

Por lo tanto, “los gigantes cuasi monopolios digitales, como Alphabet-Google, Apple, Amazon, Facebook y Microsoft seguirán siéndolo, pero aún no aparece la disrupción en las grandes ramas de la industria y los servicios. (…) No hay disrupción aún en supermercados, hotelería, televisión o tarjetas de crédito. En parte por las altas barreras de entrada, en parte porque las mismas compañías amenazadas están desarrollando sus divisiones de e-commerce” (TE 9060, “Uneasy accomodation”, 30-9-17).

Estas dudas abren paso a otra: la de si estamos ante una burbuja en la valuación de las compañías de tecnología informática. Algunos indicadores muestran mayor salud que burbujas groseras como la de las firmas punto.com o las hipotecas subprime. Por ejemplo, la mayoría tienen flujos de caja reales y es posible distinguir entre activos de calidad y firmas dudosas. Pero tomando otros parámetros, hay como mínimo señales sospechosas. Si se toma la relación entre valor actual de mercado y activos físicos o intangibles de las diez mayores compañías tecnológicas, la ratio promedio es 8 a 1. Pero en muchas otras esa cifra se multiplica por cinco, o por diez. Gigantes como Amazon o Apple están en la cresta de la ola; Amazon está valuada en tres cuartos de billón de dólares, y Apple encabeza desde hace seis años el índice Bloomberg de las compañías más grandes del mundo por capitalización de mercado. Pero el 92% de la valuación de Amazon, y el 99% de la de Tesla, se justifican por la estimación de las ganancias que van a obtener después de 2020. Samsung es la más “material” de las tecnológicas, con “apenas” un 35% de su valor de mercado respaldado por ganancias post 2020. Esa promesa de ganancias futuras sostiene el 58% de la valuación de Apple, el 70% de la de Alphabet (Google) y entre el 75 y el 80% de las de Microsoft, Oracle, Intel y Facebook (TE 9029, “A trip to the shrink”, 25-2-17).

La hipótesis de la disrupción debe considerarse por ahora, entonces, como no verificada. Los desarrollos de la “economía digital” que sí se pueden identificar son al menos dos: una desproporcionada cuota de ganancia para las grandes ganadoras de la carrera informática, aprovechando las ventajas de productividad, efecto de redes, carácter monopólico u oligopólico, etc., y un comienzo de disrupción de las relaciones laborales, en al menos uno de dos sentidos (a veces ambos): reducción relativa del peso de la mano de obra sobre el capital total y precarización de las condiciones de trabajo en términos de salario, tipo de contrato y flexibilidad horaria, entre otros aspectos.

En ese sentido, el caso quizá emblemático de devastación de la relación laboral es la compañía de viajes de alquiler Uber, que incluso ha engendrado el neologismo de uberización del trabajo. Los choferes de Uber tienen un status laboral muy por debajo del de los choferes de una flota. No hay relación formal de dependencia; los choferes son “proveedores independientes” sin derecho alguno a reclamarle nada a Uber, algo que ha generado múltiples conflictos legales en varios países. Pero el chofer debe estar disponible en cualquier momento, con lo que su horario de trabajo es casi coextenso con el de su vida personal. Como señala correctamente Husson, “los progresos tecnológicos ya llevan, a través de la economía de las plataformas (Uber, etc.) a la extensión de la precarización, a la corrosión del status de la persona asalariada, así como de la protección social. Por otra parte, no es la técnica en sí misma la causa de esto, sino su inmersión en una lógica de rentabilidad” (“Dix ans…”, 25-8-17)

Hagamos un breve paréntesis para ver esta situación en términos marxistas. El aumento de la composición orgánica del capital (c/C, o volumen de capital constante sobre capital total) es un indicador de descenso tendencial de la tasa de ganancia, en la medida en que la fuente de plusvalor es v (el capital variable). Por supuesto, esto vale sólo como indicador global, porque, de hecho, una empresa individual que gasta relativamente menos en salarios probablemente sea más eficiente –y tendrá una tasa de ganancia mayor– que otra firma del mismo rubro cuyo gasto en salarios sea mayor (y así es como ve el asunto el capitalista individual).

Al respecto, el advenimiento de las grandes compañías informáticas muestra una doble tendencia: son gigantes empresarios más “livianos” en términos de activos y cantidad de empleados, pero que generan ingresos y “valor de mercado” mayores.

Veamos una medida de este proceso. En 1990, las tres mayores automotrices de Detroit sumaban ingresos nominales de 250.000 millones de dólares y una capitalización de mercado de 36.000 millones, con 1,2 millones de empleados. En 2014, las tres mayores firmas de digitales de Silicon Valley tenían casi los mismos ingresos (247.000 millones de dólares), pero una capitalización de mercado de más de 1 billón de dólares –es decir, 30 veces mayor– y con sólo 137.000 empleados, casi nueve veces menos.

De esta manera, su productividad más alta (y también su posición monopólica) les permite una tasa de ganancia más alta que al resto de la “vieja economía”, pero esto da lugar a un interrogante: ¿qué ocurrirá con la producción de plusvalía si esta tendencia al adelgazamiento de v se extiende al conjunto de las ramas? ¿Estamos realmente a las puertas de un salto en la productividad motorizado por la tecnología digital?

En todo caso, no todavía. Según un informe del Mc Kinsey Global Institute (MGI), uno de los think tanks más conocidos y prestigiosos a nivel global, la digitalización “contiene la promesa de significativas oportunidades de impulsar la productividad, pero esos beneficios aún no se han materializado, al menos en escala”. Las razones que identifica son varias: la demora en alcanzar la madurez tecnológica y la escala necesaria (MGI calcula que sólo el 18% de las firmas de EEUU y el 12% de las europeas operan en su “pleno potencial digital”), los costos de transición (estructuras duplicadas, pérdida de clientes), pérdidas de ingresos por competencia o ineficiencia propia y fuertes desigualdades por sector en el proceso de digitalización (salud, educación y comercio minorista están entre los más rezagados), entre otras. Así, “el impacto neto a corto plazo de la digitalización no queda claro” si es beneficioso o perjudicial.

El informe reconoce que las empresas “destinan recursos sustanciales a la innovación digital; sin embargo, ésta no tiene todavía un impacto directo e inmediato en la producción y en el crecimiento de la productividad. Puede que estemos experimentando una reedición de la paradoja de Solow de los 80: la era digital nos rodea pero aún no es visible en las estadísticas de productividad” (website de MGI, “Solving the productivity puzzle”, febrero 2018).

El mismo informe advierte sobre la posibilidad de que las tecnologías digitales socaven sus propias promesas de aumento de la productividad por vías como la cuasi eliminación de la competencia, lo que a su vez reduciría los incentivos a la innovación y la “performance operativa”. El “efecto red” (network effect), que consiste en que cuanto más abarca una red, más atractiva se vuelve (algo que conocen todos los usuarios de las redes sociales) genera a su vez una dinámica de “el ganador se queda con todo”. En efecto, no hay espacio para tres o cuatro Facebooks; si así fuera, perderían su principal atractivo, que es “hay que estar porque están todos”. Según MCI, este escenario de menor competencia es probable en aquellas industrias donde tengan lugar estos fenómenos; si no ahora, en el futuro cercano.

Por otro lado, los gigantes de la tecnología digital sin duda aparecen como mucho más productivos, pero eso no necesariamente significa, como se ha argumentado a menudo, que ese aumento de productividad se deba exclusiva o esencialmente al avance tecnológico operado por una mano de obra más calificada (plusvalía relativa). El ejemplo de una de las compañías líderes del mundo digital, Amazon, es muy ilustrativo de que para muchos trabajadores la tecnología informática, lejos de ser un reemplazo para el desgaste de energía física y mental, puede ponerse al servicio de formas de control, explotación y aumento de la plusvalía absoluta que habrían hecho las delicias de los industriales de Manchester en el siglo XIX.

En los inmensos depósitos y almacenes logísticos de Amazon, la tarea número uno es armar y ordenar los pedidos de entrega de mercadería. Mediante el uso de una muñequera (pérfidamente menos invasiva que los chips injertados bajo la piel que empiezan a usar otras industrias), patentada en febrero de este año, Amazon puede guiar a los trabajadores por los corredores interminables con la máxima eficiencia. Así, se logra una inmensa diferencia de productividad respecto de otras empresas de logística gracias a que sus tres categorías de empleados, los “apiladores” (stowers) que estiban las mercaderías, los “recolectores” (pickers) que las seleccionan para armar los pedidos y los “empacadores” (packers) que arman las cajas para los despachos individuales, ven reducidos los “tiempos muertos” casi a cero. Mediante vibraciones y otras señales, la muñequera no sólo indica el camino más corto y rápido, sino que avisa a los capataces de cualquier demora o desvío del trabajador, que no tiene, literalmente, un minuto de descanso (TE 9081, “Better, stronger, faster”, 3-3-18).

Las brutales técnicas de explotación del trabajo de Amazon son ya legendarias, y conducen a una de las tasas más altas de rotación de empleados en la industria, con una estadía promedio de un año. La presión física y sobre todo psíquica es tan abrumadora que es habitual ver trabajadores estallar en crisis, bañados en lágrimas. Por ejemplo, mientras buscan en los estantes, los dispositivos de mano que los guían cuentan los segundos que se toman para sacar cada artículo. Para cumplir los objetivos de productividad, los empleados deben, en cada jornada, caminar hasta 24 kilómetros y recoger unos 1.000 artículos (TE 9075, “Unfulfilled”, 20-1-18).

El círculo siniestro de esta tecnología se cierra con la descualificación laboral. Lejos de los cantos de sirena que hacen los apologistas digitales de “salarios altos” y “recualificación de la mano de obra” que supuestamente acompañarían a la “economía del conocimiento” (dejemos de lado por ahora si este fenómeno es generalizado o instituye nuevas formas de estratificación y fragmentación laborales), el resultado en muchos casos es exactamente el opuesto. Las muñequeras y aparatos de ese tipo pueden funcionar perfectamente con –de hecho, son ideales para– trabajadores muy poco o nada entrenados, ya que aparte de caminar y mover los brazos no pueden tomar casi ninguna otra decisión autónoma. Los 125.000 trabajadores de Amazon que operan en los 75 “centros de cumplimiento” (así se llaman) de EEUU no sólo son más jóvenes que el promedio de la industria (la mitad tiene menos de 35 años), sino que la estructura del funcionamiento logístico “se apoya en trabajadores sin formación y de mínima calificación”, lo que genera una diferencia salarial del 10% menos que otros trabajadores de tareas similares en otras empresas (TE 9075, cit.).

En este esquema, como se ve, todos los beneficios y ventajas quedan del lado de la compañía y todas las angustias y sufrimientos del lado del trabajador, crecientemente agobiado.3 Si esto se puede considerar representativo, o al menos un símbolo del recorrido de la “nueva economía” surgida de la aplicación de la tecnología informática al mundo del trabajo ¿a quién le puede extrañar que el resultado sea el crecimiento obsceno de la desigualdad social, educativa y, por supuesto, de ingresos?

Tiene toda la razón Husson, entonces, cuando en referencia a las reformas neoliberales en el terreno laboral afirma que “extender el campo de la precarización (…) se presenta como la forma necesaria de la modernidad digital” (“Capitalismo del siglo XXI…”: 64). Toda supuesta tendencia en contrario pertenece, por ahora, al mundo de las hipótesis… o de los panegíricos interesados.

 

4.3 Dos problemas estratégicos: población y productividad

 

En último análisis, el cuestionamiento más profundo que plantea la continuidad de la crisis de 2007-2008 es si, cuándo, bajo qué lógica y en qué condiciones el capitalismo estará en condiciones de generar un ciclo económico claramente ascendente. Es decir, si podrá cumplir la promesa de bienestar y prosperidad que, como orden social, formula a todos los habitantes del planeta que por ahora, en su mayoría, son más bien las víctimas de una u otra de sus calamidades.

El crecimiento genuino es el resultado de una expansión de la inversión productiva, que a su vez sólo tiene lugar si hay una expectativa razonable de alto retorno de esa inversión. El problema que abruma a economistas y empresarios es que sin entrada de nuevos contingentes de carne de explotación capitalista, esto es, si no se amplía la masa de trabajadores pasibles de de producir trabajo no pagado, la extracción de plusvalía, fuente de la ganancia, se está obligado a forzar límites económicos, políticos y sociales contra la clase trabajadora. Y el dilema es que, incluso luego del avance sobre derechos y conquistas de los trabajadores a nivel global desde el establecimiento de la mundialización neoliberal, hace falta más aún.

Como ha señalado Marx (y muchos economistas marxistas después de él, como Grossman), una de las formas de compensar o contrarrestar temporariamente la baja de la tasa de ganancia es aumentar la masa de ganancia. Pero eso requiere de una expansión productiva que tiene diversas variantes: 1) aumentando la tasa de explotación a los trabajadores actuales (plusvalía absoluta), 2) un aumento de la inversión y la capacidad productiva que incorpore nuevos trabajadores al proceso de generación de valor (algo que sucedió, por ejemplo, con el aumento de la tasa de trabajo femenino, o con la entrada al circuito capitalista global de los trabajadores del “bloque soviético”), y 3) aumentando la productividad de esos trabajadores (y así, la tasa de plusvalía relativa) a través de innovaciones tecnológicas que aumenten el rendimiento de la fuerza de trabajo, abaraten sus medios de consumo, etc.

Ahora bien, el relativo estancamiento de la dinámica del capital obedece en el fondo a que ninguna de estas alternativas presenta un camino despejado. Aquí nos concentraremos en los dos últimos; sobre el primero, sólo diremos que el campo fértil para la explotación del trabajo se vino reduciendo en la medida en que avanzó la maduración de esa formidable fuente de plusvalía que representó la inserción en el engranaje capitalista global de la clase obrera china (sobre todo) y de la del ex bloque soviético. Una vez terminado el “momento Rosa Luxemburgo”, toda nueva vuelta de tuerca de explotación del trabajo requiere de condiciones políticas que no son fáciles de recrear. Aun si el escenario político de los últimos años no estuvo caracterizado por revueltas generalizadas contra el capital, los procesos de rebelión popular, el surgimiento y desarrollo de amplios movimientos de la juventud y de las mujeres, e incluso la extensión de un “sentido común anticapitalista” y contra la desigualdad social de difusos contornos, vago y difícil de medir, pero presente, operan como contratendencias y límites a una marcha del capital que tuerza sustantivamente las relaciones de fuerza. Y no es menos que inclinar de manera duradera la balanza para el lado del capital lo que éste necesita para salir de su marasmo.

 

El (poco visitado) lado demográfico de la economía

 

“Es característico de la economía política burguesa actual no el temor por la sobrepoblación sino, por el contrario, por la subpoblación” (Henryk Grossman, La ley de la acumulación y del derrumbe del sistema capitalista)

 

A primera vista, parecería que para el orden social la población sólo puede ser un problema por su exceso, habida cuenta del salto poblacional de las últimas décadas; el planeta duplicó su cantidad de habitantes desde 1970, desde 3.700 millones a más de 7.500 millones. Pero mirado más de cerca, el panorama es otro. Hay una clara tendencia al envejecimiento poblacional en los países centrales como EEUU, la Unión Europea y Japón (y también en otros “emergentes” que están llegando asimismo a un límite de maduración de su proceso económico, como Tailandia). Esta tendencia de la población “nativa” ha sido durante años disimulada o morigerada por importantes flujos migratorios: latinoamericanos y otros en EEUU, africanos y asiáticos en Europa (y casi nada en Japón, como ya hemos visto). Pero este efecto ahora se ve atenuado por dos razones: primera, y nuevamente, una maduración de los flujos migratorios, combinada con un descenso en la tasa de fertilidad de la mayoría de los países emisores, y segunda, la novedad política de un creciente freno, por razones políticas, a la inmigración extracontinental, algo particularmente visible en la Unión Europea (y que fue uno de los leitmotivs del Brexit).

Este último punto es particularmente serio por cuanto los flujos migratorios históricamente han cumplido el papel de renovación y ampliación de la base de trabajadores disponibles. Desarrollaremos aquí en términos conceptuales hasta qué punto esto representa la obturación de una vía a una reanudación vigorosa de la acumulación capitalista global.

Respecto de la relación entre la evolución de la población y el curso del proceso de valorización, Marx es taxativo: “Para que la acumulación pueda ser un proceso continuo, ininterrumpido, es condición indispensable que mantenga este crecimiento absoluto de la población, aunque ésta disminuya proporcionalmente al capital empleado. El aumento de la población constituye la base de la acumulación como un proceso continuo” (Teorías sobre la plusvalía, II: 14).

Desde ya, este “aumento de la población” no debe entenderse, como hacen algunos críticos superficiales de Marx, necesariamente como un crecimiento de la cantidad de proletarios respecto de la población total. Ésa era la tendencia dominante en tiempos de Marx, y cabe agregar que un rasgo distintivo de las últimas décadas fue la extensión de la relación salarial, algo que la citada disrupción digital no ha revertido. Sin embargo, aun así Marx aclara que “sólo es una necesidad del modo capitalista de producción que el número de asalariados aumente en forma absoluta, a pesar de su disminución relativa” (El capital, II/6: 338).

Aunque no tiene el carácter espectacular de las crisis de crédito, de subconsumo, etc., el factor población es uno de los fundamentos materiales de la reproducción del ciclo capitalista. Si no ha sido tan estudiado se debe a que no es el desencadenante más habitual de las crisis, y por lo general la dinámica capitalista aborda la cuestión antes de que se transforme en un obstáculo serio a la marcha de la acumulación; así, consideremos por ejemplo el impulso a la colonización, que, como decía Grossman contra Rosa Luxemburgo, lejos de ser simplemente una búsqueda de mercados para la realización de la plusvalía, adquirió en el siglo XX un creciente carácter de fuente de producción de nuevo plusvalor, incorporando regiones y países enteros, incluidas amplias capas de su población, a la esfera del capital.

Por tanto, “corresponde a la esencia de la acumulación capitalista el hecho de que el capital tenga la constante tendencia a expandirse por encima de la estrecha base de valorización dada por la población. (…) La población comienza a ser un obstáculo para la acumulación de capital, pero no porque la base de consumo sea demasiado estrecha, sino porque la base de valorización se vuelve insuficiente en tanto ‘la producción de plusvalor encuentra un límite’ [Marx: tomo I/1: 373].” (H. Grossman, La ley…: 246-247).

Y así es, en efecto. Hay múltiples ejemplos en la literatura económica mainstream actual de la creciente preocupación por esta necesidad del capitalismo de mantener el flujo de trabajo vivo en la producción. Veamos si no lo que dice un vocero de la “economía política burguesa actual”: “El envejecimiento de la población implica que la fuerza de trabajo en las economías desarrolladas posiblemente se estanque, o incluso retroceda, en las próximas décadas. Esto significa que casi toda la carga de crecimiento económico probablemente deba recaer en mejoras de la productividad” (TE 9049, “How to kill a corporate zombie”, 15-7-17).

En términos marxistas: si la “base material de valorización”, es decir, el número de trabajadores incorporados al proceso de producción, no crece lo suficiente como para acompañar el proceso de acumulación –o incluso decrece–, es necesario redoblar la extracción de plusvalía sobre los trabajadores actuales. Pero aquí también operan los límites de la lucha de clases y hasta físicos para que esa plusvalía adicional sea absoluta; por lo tanto, concluye el redactor del Economist, sólo quedan las “mejoras de la productividad”, esto es, la plusvalía relativa. Y veremos enseguida que ese sendero también está erizado de espinas.

Ahora bien, lo interesante de esta cuestión es que no se trata de una ley abstracta y siempre igual a sí misma, sino que opera con distinto peso según el período histórico de la acumulación de capital de que se trate. Es lo que en nuestra corriente hemos dado en llamar el problema de las edades del capitalismo, en el sentido de rechazar la idea de ciclos de auge y crisis cuyo flujo es un continuo ir y volver donde nada se pierde y nada se agrega, como en las estáticas cosmovisiones hindúes. No hay tal: por el contrario, la evolución de la “curva de desarrollo capitalista” implica necesariamente modificaciones en el tipo, número y peso de los factores incidentes a medida que el capitalismo acumula historia y envejece. Este decurso implica cambio y movimiento, una dialéctica específica que no está predeterminada, sino que es un resultado histórico concreto de tendencias vivas (económicas, políticas, sociales y la interacción de todas ellas). Esta dialéctica excluye por definición la idea de relaciones fijas e inmutables entre los distintos elementos del proceso de acumulación y eventualmente modifica –dentro de los límites más generales de las características estructurales del sistema– su rango y esfera de influencia.

En ese sentido, es robustamente marxista esta conceptualización de Grossman sobre el papel de la población en la dinámica capitalista: “Con la multiplicación de la población también se extiende el límite máximo de la acumulación de capital. (…) Pero, por otra parte, de la ley de la acumulación resulta que por cada población dada existe un límite infranqueable por la acumulación de capital, más allá de la cual carece de sentido continuar la tal acumulación puesto que ésta viene acompañada por el descenso de la tasa de ganancia y, junto con ello, el surgimiento del ejército de reserva. (…) En las fases iniciales de la acumulación de capital [en el siglo XIX. MY], y en relación al reducido volumen del capital, la población, en términos generales, era demasiado grande. De allí se explica la concepción de Malthus y sus secuaces. En la fase tardía de la acumulación de capital se presenta la relación inversa. En relación con la poderosa acumulación de capital, la población, y por lo tanto también la base sobre la que se apoya la valorización, deviene progresivamente más reducida. De allí que se produzca una agudización de las tensiones en los países capitalistas de la primera hora en el curso de la acumulación, (…) de allí el creciente temor de los representantes del actual modo de producción frente al descenso de la tasa de natalidad” (H. Grossman: 113). En su crítica a Otto Bauer, Grossman le reprocha que parte del supuesto metodológico de que “el modo de producción capitalista lleva en sí mismo el mecanismo que reajusta la acumulación al crecimiento de la población; (…) nosotros, en cambio, demostramos lo contrario, a saber, que hace su aparición una tendencia que conduce necesariamente a la sobreacumulación absoluta de capital, rebasando los límites del crecimiento de la población. (…) Dentro de los límites de la valorización anteriormente establecidos, el ritmo de la acumulación de capital es independiente de la magnitud del crecimiento de la población” (H. Grossman: 117 y 147). Es justamente la dinámica separada de ambos procesos la que conduce a los conflictos entre ellos, porque, contra la visión “armonicista” de Otto Bauer, el gran teórico del reformismo socialdemócrata alemán, no hay “ajuste automático” de la acumulación capitalista a los movimientos demográficos, sino desequilibrios y contradicciones que son, asimismo, abono para las crisis.

En los análisis de los defensores del capitalismo, la preocupación por el problema demográfico, especialmente en los países avanzados, surge sobre todo a partir de la llamada “sostenibilidad del régimen de retiro”. Uno de los elementos más poderosos para garantizar la estabilidad del orden keynesiano de posguerra fue la extensión universal de la prestación de retiro para los trabajadores a la edad de 60 o 65 años. Esa prestación se apoyaba sobre una ratio de trabajadores activos sobre retirados que ha cambiado de manera muy paulatina, pero dramática cuando se ven sus efectos acumulados. De allí el ataque neoliberal también a este pilar del Estado de bienestar, bajo la forma de reducción de beneficios, de monto de la pensión y, sobre todo, de aumento de la edad de retiro, en aras de reducir el déficit crónico de las cajas de retiro estatales, a la vez que se promueven esquemas de seguro de retiro privados e individuales. Este proceso es generalizado y la intención de la clase capitalista en este tema es unánime; las diferencias nacionales no remiten a otra cosa, por lo general, que a la relación de fuerzas entre las clases y a la mayor o menor resistencia que el capital encuentra para imponer su voluntad.

Sin embargo, se trata sólo de un costado del problema, el que hace a la carga del sistema de retiro sobre las arcas fiscales. El otro costado es aun más difícil de resolver, porque hace, como vimos, al estrechamiento de la base material de extracción de plusvalía y a los límites en la productividad que se derivan de un progresivo envejecimiento de la mano de obra.

De más está decir que también aquí aparecen las determinaciones extraeconómicas como “interferencias” (o respaldos) para la marcha de la acumulación de capital. Uno de los motivos conductores de la globalización y sus panegiristas es el aumento de la “libre circulación de bienes y personas” (consagrada, por ejemplo, como parte del marco legal básico de la Unión Europea). Pues bien, justamente en los últimos años hemos presenciado una creciente facilidad para la circulación de bienes y capitales, acompañada de trabas cada vez más explícitas a la “libre circulación de personas”. La creciente fobia a la inmigración que explotan –con bastante éxito– las fuerzas políticas europeas de derecha y ultraderecha es una clara evidencia de esto.

Alentar estas tendencias tiene, para las burguesías europeas, acaso racionalidad electoral, pero es un despropósito económico. Todas las poblaciones “nativas” de Europa occidental, sin excepción, están en declive, con envejecimiento y baja de la fertilidad promedio, por razones culturales de todo tipo. Siendo así las cosas, la única posibilidad de reponer población trabajadora, fuente de plusvalía, es subiendo el número de habitantes vía la inmigración (que además tiene una tasa de fertilidad mucho más alta, si bien ese efecto se disipa luego de una o dos generaciones). Cerrar esa canilla demográfica o transformarla en un goteo augura para los países involucrados el tenebroso panorama que hemos visto para Japón de estancamiento (y luego retroceso) económico y poblacional.

En otro orden, hay que ser cuidadoso respecto de las capacidades de los países emergentes para proveer de manera indefinida esa “carne de explotación” que el capital global necesita. Salvo excepciones, la tasa de fertilidad en África, que hace no más de 20 años estaba por arriba de 5 hijos por mujer en edad fértil, va convergiendo rápidamente a las –mucho más bajas– tasas “occidentales”, un proceso que ya tuvo lugar en América Latina, por ejemplo. Además, esa mano de obra tiene que poder desplazarse físicamente; si es frenada en la frontera libia o en el Mediterráneo (¡o en el muro de Trump!), no podrá incorporarse a las necesidades del capital. Y tampoco es seguro que eso suceda fronteras adentro: no hay que igualar proceso de urbanización de la población con proceso de proletarización, es decir, de extensión de la relación salarial. Como vimos en el caso de África, y a diferencia del proceso asiático, la reducción de la población rural condujo no a más proletarios sino a formas precarias de autosubsistencia individual precapitalistas y de bajísima productividad, que es exactamente lo contrario de lo que necesita el orden global. A ese tema nos abocaremos ahora.

 

El “enigma de la productividad” sigue sin resolución

 

“Si el despliegue ilimitado de las fuerzas productivas fuera posible bajo el capitalismo, entonces el problema del socialismo no sería un reordenamiento del proceso de producción, sino un ‘calculado’ reparto dentro de la situación productiva existente” (Henryk Grossman, La ley de la acumulación y del derrumbe del sistema capitalista)

 

La inversión productiva, como correctamente observa Roberts, no es un motor inicial sino una función derivada de la tasa de ganancia, hoy con una mediocre performance que más bien estimula el redireccionamiento de la inversión a los activos financieros y la especulación en sus múltiples canales. Ya hemos citado al FMI, el Banco Mundial y la OCDE en referencia a las pálidas perspectivas a mediano plazo para el crecimiento económico. Yendo un poco más lejos en el tiempo, el Mc Kinsey Global Institute (MGI) realizó uno de los estudios más profundos sobre la dinámica económica global a largo plazo que se hayan hecho fuera de los organismos multilaterales. El informe, de 2016, se titula “Diminishing returns: Why investors may need to lower their expectations” (Rendimientos decrecientes: por qué los inversores pueden tener que bajar sus expectativas), y calcula que el escenario de tasas de rentabilidad más bajas que el promedio reciente en la Bolsa y en bonos (no en el sector productivo) se extenderá por lo menos otras dos décadas.

En su argumentación, el informe subraya el contraste con las décadas anteriores en tasas de productividad, inflación y crecimiento demográfico (todas elevadas desde los 70, bajas ahora), y concluye que en términos de crecimiento del PBI, la tasa de los próximos 20 años será notoriamente más baja que la del promedio de los últimos 50 años. Agrega que “la mayor parte de los inversores de hoy han vivido siempre en esta era dorada [sic], y un período de bajos retornos va a requerir ajustes dolorosos”. Por ejemplo, ahorrar más para jubilarse con el mismo nivel de vida que antes e incluso consumir menos.

El estudio propone dos escenarios alternativos, uno de crecimiento más lento y otro de recuperación, que estará necesariamente atada a la mejora de productividad. A dos años de ese informe, otro estudio del MGI de febrero de este año, citado más arriba a propósito de la digitalización en la industria, reconoce que sigue pendiente “resolver el enigma de la productividad” (“Solving the productivity puzzle”).

En su análisis de la coyuntura, Mc Kinsey identifica tres vectores que confluyen en una recuperación “alta en empleo pero baja en productividad”, que promedió un 0,5% de aumento anual entre 2010 y 2014 contra un 2,4% anual entre 2000 y 2010. Esos vectores son “el desvanecimiento del boom de la productividad iniciado en los 90, los efectos de la crisis financiera –que generan una incertidumbre y una demanda débil persistentes– y la digitalización. La tercera es fundamentalmente distinta de las otras dos porque contiene la promesa de un aumento significativo de la productividad, pero esos beneficios no se han materializado” (cit.).

En efecto, ante la ausencia, al menos en grado suficiente, de una clara tendencia a relanzar la inversión productiva, y ante las dificultades políticas que supone redoblar la explotación – los que no tengan dudas al respecto no tienen más que preguntarle a un tal Emmanuel Macron–, sólo queda la posibilidad (o más bien, la “promesa”) de un salto en la productividad a partir de la irrupción de la “economía digital”.

Sobre este punto, hemos mencionado el escepticismo de Robert Gordon –de amplia difusión en círculos económicos de todas las tendencias– respecto del potencial de las nuevas tecnologías en comparación con las revoluciones industriales de los siglos XIX y XX. Pero no hace falta subirse al carro ni de los apologistas ni de los detractores para constatar que el eventual efecto balsámico de la revolución digital sobre el conjunto de la dinámica económica capitalista es, a casi dos décadas de su inicio, una hipótesis que debe considerarse aún indemostrada. ¿Ha permitido este proceso el ascenso fulgurante de gigantes tecnológicos que ocupan los primeros puestos del ranking de empresas por valor de mercado y márgenes de ganancia? Sí, sin duda alguna. Pero el éxito de esas compañías no ha logrado irradiar al resto, de modo que aparecen como “islas de alta productividad en un océano de estancamiento”, según la aguda y sintética definición que citáramos más arriba.

El informe de MGI comparte esa inquietud: “La desaceleración del crecimiento de la productividad laboral aumenta la preocupación en un momento en que unas economías envejecidas dependen de subas de la productividad para impulsar el crecimiento económico. Sin embargo, en la era de la digitalización, la desconexión entre un crecimiento de la productividad que desaparece y el rápido cambio tecnológico no podría ser más pronunciada” (cit.).

Entre los patrones de esa desaceleración del crecimiento, que está “en sus mínimos históricos”, Mc Kinsey identifica un “bajo numerador” de valor agregado en relación con un “alto denominador” de horas trabajadas, y no logra responderse la pregunta de por qué las compañías aumentan el empleo, o las horas de trabajo, sin que se registren los correspondientes incrementos en la productividad. La respuesta, sin embargo, está en otra parte del informe, cuando se hace referencia a otros dos problemas: la “aversión al riesgo” y la “debilidad de la demanda”.

El informe aclara que no hay que pensar que la debilidad de la demanda obedece exclusivamente a los efectos de la crisis, sino que son expresión de una tendencia previa y más estructural: “Hay muchos agujeros en el ciclo virtuoso de crecimiento. El crecimiento de los ingresos de amplios sectores se ha divorciado del crecimiento de la productividad, porque una participación del trabajo sobre el ingreso total en baja y una creciente desigualdad erosionan la mediana de los salarios, y los altos costos de vivienda y educación ejercen un efecto depresivo sobre el poder de compra de los consumidores. Aparece como cada vez más difícil compensar un consumo más bajo con mayor inversión, ya que esa inversión está influenciada en primer lugar por la demanda de bienes y servicios” (cit.).

Así, no es difícil ver que la renuencia a correr riesgos frena la inversión productiva, que podría permitir mayor agregación de valor por hora trabajada. Y la demanda débil es un correlato directo del aumento de la desigualdad, que a su vez deriva de lo mal paga que está la fuerza de trabajo. Todo se relaciona: los bajos salarios enflaquecen la demanda, lo que desalienta la inversión de riesgo que podría hacer más productivo el trabajo. Por eso mismo, sube la cantidad las horas de trabajo pero no la productividad. Los capitalistas que pueden huyen de la inversión productiva para refugiarse en los activos financieros, lo que alimenta la burbuja de valuación excesiva y las ganancias del capital ficticio, aumentando la desigualdad… y así sigue la rueda.

La crisis escaldó de tal manera a los inversores que antes de dirigir su capital a la producción cuentan hasta cien mil: “Desde la Gran Recesión, la intensidad de capital, o capital invertido por trabajador, aumentó en muchos países desarrollados a la tasa más lenta desde la posguerra. Este lento crecimiento del capital por hora trabajada explica la mitad o más del declive de la productividad” (cit.).

En este contexto, el impulso a la digitalización, como vimos más arriba, no conduce ni a más empleos de alta calificación ni a mayor productividad: “La digitalización puede agrandar aún más estos agujeros, por ejemplo, si la automatización comprime aún más la parte del trabajo en el ingreso total y aumenta la desigualdad de ingresos al eliminar empleos de clase media y polarizar el mercado de trabajo entre ‘superestrellas’ y el resto. A menos que el trabajo desplazado pueda encontrar puestos de alta productividad y altos salarios, los trabajadores pueden terminar en empleos de bajos salarios que resulten un freno al crecimiento de la productividad” (cit.). Es el mismo proceso que hemos visto en relación con a) muchas empresas que demoran la transición a la tecnología digital porque resulta más cara que salarios baratos, y b) empresas tecnológicas como Amazon que sí aumentan la productividad, pero a fuerza de la explotación y descualificación más brutales del trabajo y del trabajador.

Es por eso que en la búsqueda de sectores de vanguardia (jumping sectors), el panorama es desolador. A diferencia del promedio de las últimas dos décadas, con un 18% de sectores de vanguardia, en 2014 en EEUU sólo el 4% de los sectores contaban como de vanguardia en la digitalización, y lo propio sucede en otros países desarrollados, lo cual es “consistente con un entorno en el cual la digitalización y sus beneficios para la productividad están teniendo lugar de manera lenta y despareja” (cit.).

Entonces bien, ¿cómo se resuelve el “enigma de la productividad”? Las respuestas del Mc Kinsey Global Institute no pueden ser más decepcionantes. Lejos de un plan serio o de propuestas específicas, todo lo que tiene para ofrecer este respetado “tanque de ideas” es una lista de buenas intenciones, expresiones de deseo y apuestas en el aire: “Dar prioridad fiscal a la inversión productiva” (¿encima hay que bajar impuestos a los capitalistas para que superen su “aversión al riesgo”?), “promover el crecimiento de la demanda y aumentar el poder de compra de los consumidores de bajos ingresos” (¿eso significa aumentar los salarios? Si es así, díganlo, como The Economist, por ejemplo, aunque no aclara cómo piensa convencer a los patrones), “ampliar los beneficios de la digitalización” (¿cómo y a quiénes?), y así por el estilo.

Lo que sí queda claro es que la “nueva economía digital” se trata de la apuesta más importante para reencaminar la productividad, y con ella la inversión, la demanda y el crecimiento económico, ya que se estima que de todas las vías posibles “un 60% vendrá de las oportunidades digitales” para “desatar una poderosa tendencia de crecimiento de la productividad en al menos un 2% promedio por año en los próximos diez años”. No parece una meta particularmente ambiciosa, pero quizá eso mismo sea un indicador tanto de lo profundo del marasmo actual como de lo exagerado de las expectativas de quienes ven en las nuevas tecnologías la vía regia para un nuevo período de desarrollo del capitalismo global.

 

4.4 Ciclos y lucha de clases: algunas consideraciones metodológicas

 

“La tendencia al derrumbe en tanto que ‘tendencia básica’ natural del sistema capitalista se descompone en una serie de ciclos, en apariencia independientes, donde la tendencia al derrumbe se impone sólo periódicamente. (…) De este modo, el derrumbe absoluto se transforma en una crisis transitoria, luego de la cual se reinicia el proceso de acumulación sobre una base distinta. (…) Naturalmente, no existen, como afirma acertadamente Lenin, situaciones absolutamente imposibles de superar. (…) El mecanismo capitalista no está abandonado a sí mismo. En él actúan fuerzas vivas: por un lado, la clase obrera, por el otro, la clase empresarial” (H. Grossman, La ley de la acumulación y del derrumbe del sistema capitalista)

 

Saldremos ahora del terreno del análisis empírico de los elementos de la marcha de la economía capitalista para puntualizar algunos problemas de índole metodológica relativos a la manera de enfocar el análisis de los elementos de la crisis en su relación con los factores “exteriores”. El carácter recurrente de las crisis ha sido señalado por críticos y apologistas como un rasgo permanente del sistema capitalista industrial desde su origen mismo. Incluso antes de la redacción de El capital, Marx (y muchos otros) identificaban la existencia de “ciclos industriales” que conducían a crisis periódicas aproximadamente cada diez años. En los años 20, un famoso debate tuvo como protagonista a Nicolai Kondratiev y su teoría de las “ondas largas”, con ciclos ascendentes y descendentes del capitalismo de unos 50 años, que fuera cuestionada por Trotsky en su texto “La curva de desarrollo capitalista”.

Desde entonces, en la teoría económica ha brotado una insólita profusión de ciclos. En su visión sobre la crisis actual, Michael Roberts propone sincronizar las tendencias de al menos cuatro ciclos: el ciclo Kondratiev “que puede durar entre 54 y 72 años, basado en la innovación tecnológica y los precios globales de las commodities”, el que llama “ciclo de rentabilidad”, con una duración de 16 a 18 años; el “ciclo de negocios” (aproximadamente equivalente al “ciclo industrial” de Marx), de 8 a 10 años, y el más corto “ciclo Kitchin” (por Joseph Kitchin, economista de los años 20), de entre 40 y 70 meses, originado en las alteraciones de los flujos de información que inciden en las decisiones de los agentes económicos. Para Roberts, cuando este conjunto de ciclos se alinea de manera descendente sobreviene una depresión, como ocurrió en 1873-1893, en los años 30 y en 2007-2008, ya que es algo que se da “sólo cada 60 o 70 años”. La coyuntura actual de recuperación no sería otra cosa que un “ciclo Kitchin ascendente” en ese marco, luego de un ciclo corto descendente en 2013-2015 (“Forecast for 2018: the trend and the cycles”, 29-12-17).

En medio de las múltiples combinaciones a que dan lugar los cruces de ciclos de distinta duración, es en razón de un fondo material de baja productividad y caída de la tasa de ganancia, con menos inversión productiva y crecimiento débil, que una lentísima “salida” de la Gran Recesión augura, según Roberts, “todavía unos años de recesión”. Para el economista británico, la depresión termina por un conjunto de resultados económicos o por “una acción política que ponga fin o reemplace al modo de producción capitalista” (aunque parece olvidar el otro motivo posible: una victoria del capital en imponer relaciones de fuerza contra los trabajadores por todo un período). Por supuesto, Roberts admite que las depresiones difieren entre sí y tienen rasgos específicos; en el caso de la de 2007-2008, el rol del crédito y un volumen de deuda excesivo que se arrastra desde los 80. El elemento común es que el crecimiento del capital ficticio (inversión especulativa en acciones, bonos, títulos) y del beneficio del capital en los sectores improductivos como las finanzas busca compensar la baja tasa de ganancia en el proceso de acumulación de capital “real”.

Dicho esto, cabe un primer alerta metodológico respecto de una concepción demasiado mecánica de los ciclos (en la que parece caer Roberts) que les confiere una autonomía tal que se ponen por encima de los procesos sociales y la lucha de clases. La existencia misma de los ciclos –y con mayor motivo, la duración de éstos– no está separada por una muralla china de los desarrollos extraeconómicos, por lo que un excesivo apego a supuestas regularidades puede confundir más que aclarar el análisis. Los ciclos, como argumentara Trotsky, tanto en carácter como en extensión temporal, “están determinados no por la dinámica interna de la economía capitalista, sino por las condiciones externas que constituyen la estructura de la evolución capitalista. La adquisición para el capitalismo de nuevos países y continentes [como el “momento Rosa Luxemburgo” al que hacía referencia R. Sáenz tras la caída del Muro de Berlín. MY], el descubrimiento de nuevos recursos naturales, hechos mayores de orden ‘superestructural’ como guerras y revoluciones determinan el carácter y el reemplazo de las épocas ascendentes, estancadas o declinantes del desarrollo capitalista” (“La curva de desarrollo capitalista”, 1923).

Este enfoque y este alerta –que también comparte Michel Husson; ver por ejemplo su “Capitalismo del siglo XXI: ¿punto sin retorno?”, de febrero de 2017– parten de aunar una serie de criterios. En primer lugar, no separar, o autonomizar, la economía de la política y la lucha de clases. Segundo, comprender que incluso en el plano específicamente económico, “los ciclos no son fenómenos económicos fundamentales, sino derivados” de otros factores más profundos que les dan origen, empezando por la tasa de ganancia. Tercero, que “el capitalismo no se caracteriza sólo por la periódica recurrencia de los ciclos; de otra manera, sería una repetición compleja y no un desarrollo dinámico”, y cuarto, que, por lo tanto, “una visión clara de conjunto sobre la historia económica de un período dado no puede conseguirse nunca en el momento mismo, sino con posterioridad” (Trotsky, cit.).

No puede ser de otra manera, porque el carácter y duración de un ciclo no están predeterminados por un mecanismo cíclico que, cual reloj de precisión dudosa pero reloj al fin, indicara que cada tantos años debe asomar el cucú de la crisis (o de la recuperación de la acumulación de capital). Tales “relojes” no existen de manera absoluta más que en las teorías económicas, porque el devenir de auges y crisis está sujeto además a variables extraeconómicas que queman los papeles de los eruditos.

Así ha sido siempre. La revolución rusa trastrocó todos los cálculos de la economía clásica burguesa y, junto con el crack de 1929, obligó al surgimiento de toda una nueva escuela de pensamiento económico de defensa del orden capitalista, el keynesianismo, cuando se hizo evidente que los manuales y recetas liberales no eran suficientes para entender (y revertir) el marasmo económico y el descrédito político en que había caído éste. Irónicamente, la teoría económica capitalista dominante de todo el siglo XX jamás hubiera visto la luz del día sin la primera revolución socialista triunfante. Y si esto es verdad para los economistas burgueses, tanto más debe serlo para los marxistas, que por definición y concepción de origen comprenden los fenómenos económicos como parte de un todo global, dinámico y con relaciones dialécticas entre las esferas que lo componen.

Al mismo tiempo, tampoco es metodológicamente correcto otorgar una primacía mecánica a los desarrollos directos de la lucha de clases a la hora de explicar el origen de las crisis o los ciclos, lo que no sería más que otra variante de marxismo vulgar. Por dar otro ejemplo, la misma revolución rusa no habría existido sin el catalizador que significó la Primera Guerra Mundial. Pero esa guerra no se desató como resultado directo de enfrentamientos de clase. Más bien, hay un amplio consenso en que la Gran Guerra tuvo como origen el proceso de agudización de las contradicciones interimperialistas, que a su vez derivaban de los problemas de la acumulación de capital. Un economicista mecánico podría citar este caso como demostración de la primacía a priori de la economía sobre la lucha de clases, a lo que un politicista mecánico podría replicar que las contradicciones de la acumulación de capital que llevaron a la Primera Guerra Mundial eran a su vez una manifestación distorsionada de la resistencia obrera al capital constituida a partir de la organización de los sindicatos y partidos obreros de masas en Europa a fines del siglo XIX… y este juego del huevo o la gallina podría continuar ad infinitum.

La manera más atinada y dialéctica de salir de este círculo de determinismos mecanicistas es encontrar, en cada “análisis concreto de la situación concreta”, la combinación particular de líneas de fuerza económicas y políticas, de bases materiales y desarrollos de la lucha de clases que dan forma a cada período histórico y a sus coyunturas específicas.

Ahora bien, nada de esto significa negar la existencia de leyes, regularidades y ciclos en el funcionamiento de la economía capitalista, sino de reconocer el alcance de su movimiento autónomo, límite que ni las propias teorías económicas mainstream logran resolver. Por ejemplo, respecto de la periodicidad de las crisis, señalaba Grossman –y la situación apenas ha cambiado en casi 90 años– que “la economía burguesa ha fracasado por completo en lo que se refiere a esta cuestión. Mientras para una serie de teóricos la periodicidad de las crisis es un hecho que se produce con ‘necesidad natural’, por lo cual no están en condiciones de señalar las causas de tal periodicidad, los otros niegan tanto el hecho de la periodicidad como la posibilidad de determinar la duración de la fase” (La ley…, cit.: 132). El escepticismo o el nihilismo epistemológicos –tan caros a muchos pensadores posmodernos– son tan malos compañeros de viaje como el determinismo mecánico, sea para explicar los ciclos económicos o para lo que fuere.

Asimismo, respecto de los ciclos es importante dejar sentado otro criterio metodológico, en este caso de orden histórico. Es completamente equivocado suponer que las crisis pasan, se reanuda la acumulación, vuelve la crisis, se sale otra vez, y que todo este proceso no deja huella alguna en el derrotero histórico del orden capitalista. Si así fuera, estaríamos casi en el mundo nietzscheano del “eterno retorno” donde siempre se vuelve al punto de partida, donde el progresivo depositarse de marcas de la historia no conlleva desgaste, no modifica rumbos, no deja arrugas ni cicatrices. Tal no sucede con los ciclos económicos capitalistas. Es cierto que cada relanzamiento del proceso de acumulación deja atrás la crisis, de la que la burguesía no quiere guardar ni el recuerdo, entusiasmada como está por haber salido del atolladero y eufórica ante las nuevas posibilidades que se le abren (porque ha encontrado tecnologías superiores, porque ha infligido una derrota a la clase obrera, etc.).

Pero, visto desde la perspectiva del materialismo histórico, no hay forma de reverdecer la lozanía de un orden social. Por más “tratamientos antiage” e inyecciones de juventud que logre obtener o intente aplicarse –sean los “momentos Rosa Luxemburgo”, la pretendida panacea de la robotización u otros–, el capitalismo no puede más que acercarse progresivamente al final de su vida útil y ser reemplazado por otro orden superior… o inferior, y ése es el sentido histórico profundo de la disyuntiva “socialismo o barbarie”. Las concepciones que consideran la marcha de la economía capitalista como una anodina sucesión de crisis y auges, como ciclos que no pueden hacer otra cosa más que repetirse con alguna variante, en el fondo niegan el carácter histórico, y por ende transitorio, del orden capitalista, y en consecuencia niegan toda posibilidad de una alternativa a él.

 

  1. Resumen y conclusiones

 

No discutiremos aquí en sus premisas más teóricas la cuestión del límite capitalista a la automatización –esto es, que la automatización es una gran herramienta de creación de valores de uso, pero no así de valor de cambio y plusvalor–, tema clásico trabajado por Ernest Mandel, abordado asimismo en el texto citado de R. Sáenz en la edición anterior y que es objeto de análisis en otro artículo de esta edición. Tampoco examinaremos otra de las contradicciones a más largo plazo del orden social capitalista, a saber, el conjunto de efectos económicos, sociales y políticos del cambio climático y su eventual ruptura de equilibrios ecosistémicos. En una palabra, la cuestión del llamado “antropoceno”, de la “especie humana” como fuerza geológica efectiva capaz de modificar (destruir, más bien) su propio “cuerpo inorgánico”, el entorno natural. En esta edición hay un texto que trata el tema en su especificidad; sólo señalaremos aquí el alerta de François Chesnais, que compartimos, de no diluir la responsabilidad del orden del capital bajo el manto de la actividad “humana” en general, contra lo cual Chesnais sugiere el no muy eufónico pero acaso más preciso concepto de “capitaloceno” (ver, por ejemplo, “Una nueva fase prolongada de acumulación de capital no es posible”, entrevista de H. Wilno, en Viento Sur, mayo 2017). Nos interesa aquí, en cambio, formular una síntesis de las principales conclusiones.

A modo de repaso de los temas y definiciones de este texto, proponemos la siguiente síntesis, bajo la forma de algunos enunciados sin mayor desarrollo ni argumentación, que remitimos a los capítulos y apartados correspondientes.

La definición inicial es que, en el marco de diversos momentos desde su inicio, y pese a un curso coincidente en el crecimiento económico –moderado, por otra parte– de países desarrollados y emergentes, no hay ninguna razón de fondo para dar por concluida la crisis global. Por el contrario, incluso desde el mismo establishment que celebra este mini ciclo de crecimiento no quieren hacerse muchas ilusiones; más bien, los organismos multilaterales son los primeros en sembrar dudas sobre la performance de la economía mundial en la entrada a la tercera década del siglo. El carácter histórico de la crisis de 2007-2008 queda patentizado por lo extendido en el tiempo de su onda expansiva, que está lejos de haberse agotado. Dicho esto, cabe consignar los elementos más profundos que explican precisamente esa persistencia de la crisis.

De ellos, el más decisivo es la continuidad de una tendencia muy anterior y de rango mucho más amplio referida al debilitamiento de la tasa de ganancia global del capital. Este punto es tanto más llamativo cuanto que en los últimos años, incluso décadas, ha habido avances considerables del capital sobre el trabajo, tanto en los países centrales como fuera de ellos, que sin embargo no han logrado revertir de manera duradera esa evolución.

Un indicador relacionado con y hasta cierto punto derivado del anterior es el débil crecimiento de la productividad, vinculada a su vez a una insuficiente inversión en capital productivo. También aquí se trata de un desarrollo que puede sorprender, habida cuenta del potencial salto en la productividad que debería haberse verificado como resultado del avance de las nuevas tecnologías digitales. No ha sido el caso, lo que es motivo de un debate en el que tallan economistas de todas las tendencias.

También hay que señalar como lastres de la economía capitalista una serie de fenómenos de diverso origen pero cuyos efectos van todos en el sentido de obstaculizar la salida de la crisis.

El primero de ellos es la “plétora de capital”, es decir, la falta de una destrucción o desvalorización de capitales que podría abrir paso a un “saneamiento” de la acumulación. Esta no destrucción de capital –sea por mantener con vida a las “empresas zombies”, sea por la negativa a pasar a pérdida ingentes masas de capital ficticio derivado de la especulación, vía el rescate de bancos y otras medidas– es uno de los factores que tira hacia abajo las tasas de ganancia y de productividad, en la medida en que impide la llamada “destrucción creativa” de que hablaba Schumpeter y que hace a la esencia misma del capitalismo como régimen competitivo donde necesariamente debe haber perdedores también entre las filas del capital.

El segundo es, aquí también, la continuidad de un proceso de sobreendeudamiento, tanto de empresas como de hogares e incluso de estados soberanos –la llamada “economía apalancada”–, que no sólo no ha retrocedido sino que se ha agravado respecto del estallido de la crisis. Un fenómeno concomitante a éste –y también, en cierto modo, a la no destrucción de capital sobrante– es la sobrevaluación de empresas, que en determinadas ramas llega al nivel de burbuja. La euforia que se vive en la mayoría de las Bolsas importantes del mundo puede terminar mal, lo que es tanto más grave cuanto que se trata de uno de los pilares de un “crecimiento” cuyos beneficiarios están cada vez más concentrados.

Esto nos conduce al siguiente problema: el creciente nivel de desigualdad social, que resulta un rasgo estructural de esta fase del capitalismo (a diferencia del Estado de bienestar keynesiano de posguerra). La obscena riqueza de los ganadores de la globalización contrasta cada vez más con las estrecheces y sufrimientos del resto. Esta realidad socava los cimientos del capitalismo tanto política como económicamente. En lo político, erosiona su legitimidad y da paso a formaciones nuevas que aparecen como “contestatarias”, tanto de izquierda como de derecha. En lo económico, obliga a concentrar el consumo de manera creciente en las capas pudientes, mecanismo que más pronto que tarde se revela insostenible y conduce al problema de realización en la esfera de la circulación de la plusvalía generada en la producción.

En otro orden, uno de los mayores obstáculos para la reanudación de un ciclo “sano” de acumulación capitalista es que no queda claro cuál será el país o región de la economía mundial en condiciones de transformarse en el motor de ese crecimiento. Desde hace años, es el mundo emergente el que sube los promedios de crecimiento del PBI mundial, sobre todo a partir de la demanda china. Hoy, China sigue siendo –a tasas de crecimiento más moderadas que hace uno o dos lustros– la fuerza motriz más sólida y sostenible de la economía mundial, lo que se manifiesta en ambiciosos planes de desarrollo industrial e innovación y de ponerse a la cabeza de la inversión global y la tecnología informática. Pero, contra las miradas superficiales que hablan de “crecimiento convergente”, sigue sin tener apoyos sólidos y sostenibles en el mundo capitalista desarrollado.

En efecto, EEUU, pese a una coyuntura económica de cierto dinamismo (apoyada también en algunos rasgos de la “Trumponomics”), no logra revertir tendencias de más largo plazo en la productividad, y presenta el problema –compartido con casi todo el mundo desarrollado– de un creciente envejecimiento poblacional. La Unión Europea, que se ha presentado casi como una estrella de la economía luego de dos años de mayor –pero todavía muy moderado– crecimiento, padece los mismos problemas, pero corregidos y aumentados, con el agravante de que el margen político de las burguesías europeas para resolver los problemas de la acumulación a cuenta de los trabajadores es mucho menor. El ejemplo de Francia no es el único pero sí el más significativo para demostrar esto. Por su parte, Japón parece haber quedado fuera de la carrera por asumir un rol de liderazgo en la dinámica económica global, en la medida en que a su conocido estancamiento del crecimiento y la productividad, que lleva décadas, se le suma una cada vez más marcada tendencia al envejecimiento e incluso retroceso en términos absolutos de la población.

Por fuera de China, tampoco asoman candidatos a “titanes de la globalización” en la escala necesaria. El que pronto será el país más poblado del mundo, la India, presenta demasiadas rémoras sociales, económicas y hasta culturales, con una brutal desigualdad e inmensos bolsones de atraso, como para aspirar a convertirse en lo que fue China para la economía global en las últimas décadas. América Latina está en retroceso en todos los indicadores, desde el menor crecimiento del PBI –en varios casos, recesión abierta– hasta el regreso con todo del déficit fiscal, con mayor endeudamiento, ajuste económico y más desigualdad y pobreza. Finalmente, África, cuyo potencial demográfico e importante crecimiento del PBI en la primera década del siglo fue señalado por varios analistas como indicador de una posible salida de su carácter de “continente olvidado”, ha defraudado esas no muy fundadas expectativas. El crecimiento económico se ha ralentizado –y detenido en los países más importantes como Sudáfrica y Nigeria–, y la acelerada urbanización no ha derivado en una modernización económica con desarrollo industrial, sino más bien en un aumento de la pobreza en las ciudades, con alto desempleo, informalidad laboral, baja productividad e inmensos problemas de infraestructura.

En este marco de incertidumbre respecto del futuro de la acumulación capitalista, se abren una serie de interrogantes y debates, algunos de los cuales hemos intentado recoger aquí.

El primero es si hay un retroceso en el proceso de globalización, hipótesis que resultaba impensable antes del estallido de la crisis. Tomando una serie de indicadores –comercio mundial, peso de las empresas multinacionales, procesos de relocalización ante las cadenas globales de valor–, podemos constatar un relativo impasse en la marcha de la globalización. Más que reversión o retroceso de la globalización, y sin descartar la más cauta categoría de “repliegue” (Husson), preferimos definir la actual situación como una maduración del proceso de globalización, en el sentido de estar llegando a cierto techo de sus posibilidades, que para ser perforado necesita de nuevos desarrollos, políticos, económicos o tecnológicos.

El segundo debate es el que se ha iniciado en torno de la disrupción digital, su impacto tecnológico en la economía y las posibilidades que abre. Sin entrar a fondo en la cuestión –hay un texto en esta edición dedicado al tema–, queremos constatar que por ahora las promesas de una “nueva economía” o de un salto sustantivo en la productividad no se han cumplido. Esto puede deberse a una todavía insuficiente extensión de la digitalización a escala global, incluso en el mundo desarrollado –es una hipótesis que dejamos abierta–, pero lo que sí se ha verificado es un evidente avance sobre los derechos, las condiciones de trabajo y hasta la subjetividad misma de los trabajadores en aquellas áreas donde la “economía digital” impone sus reglas. Y resulta difícil pensar que pueda ser de otra manera si es que la digitalización piensa honrar esas promesas que ha hecho al orden capitalista.

En tercer lugar, ponemos sobre la mesa más en profundidad dos problemas de arrastre del sistema capitalista global de las últimas décadas, cuyo posible agravamiento será un nuevo obstáculo para el relanzamiento del proceso de acumulación: los límites demográficos –en especial el envejecimiento de la población en edad laboral– y el relativo estancamiento del crecimiento de la productividad. Ambos aspectos han sido trabajados clásicamente por la teoría marxista. No obstante, en particular el primero ha recibido menos atención de la que debería, y el segundo adquiere particular relevancia a la luz del impacto de las nuevas tecnologías de la información, análisis que efectuamos en diálogo con el apartado anterior.

Finamente, hemos desarrollado una reflexión de orden metodológico sobre los peligros del economicismo –en este caso, el de absolutizar la dinámica propia e independiente de los ciclos económicos– y de un enfoque poco dialéctico sobre las relaciones entre las leyes, regularidades y tendencias económicas, por un lado, y el devenir siempre abierto de los conflictos de clase y los grandes procesos políticos que a la vez son consecuencia de y reactúan sobre la economía.

Este último alerta resulta, en nuestra visión, especialmente pertinente en un intento de evaluación del estado de la economía mundial, en un contexto político internacional que está signado por las tendencias contradictorias y “bipolares” que se describen en el comienzo de esta edición. Una mirada marxista revolucionaria seria, no impresionista y que pueda contribuir efectivamente a la comprensión del momento histórico y de las tareas que éste plantea tiene la obligación de tomar distancia de todo mecanicismo y objetivismo, así como del “ombliguismo”, el provincianismo y la falta de rigor empírico y conceptual. A esa intención hemos querido aportar.

 

 

  1. Por supuesto, esto no significa negar la subsistencia de obstáculos políticos, que tampoco se reducen a la breve y sesgada lista del Economist. Las contradicciones entre las necesidades de la acumulación capitalista (que implicarán una creciente presión sobre el nivel de vida de la población en general) y el margen político para imponer las medidas del caso estallan a cada paso, y representan siempre una batalla de la lucha de clases en la que la victoria del capital no está nada garantizada. A este problema debe agregarse el peso específico de los desafíos económicos, tan agudos que Husson concluye que la pregunta de si el capitalismo global está en condiciones de poner en pie un tercer régimen debe contestarse negativamente.
  2. Hemos desarrollado el origen y las consecuencias de estas limitaciones estructurales para los países de la periferia capitalista en el libro Revolución o dependencia. Imperialismo y teoría marxista en Latinoamérica, Buenos Aires, Gallo Rojo-Antídoto, 2010
  3. Digamos de paso que dispositivos como los de Amazon cumplen cabalmente el mismo papel de instrumentos de alienación y embrutecimiento que la maquinaria en la gran industria; un mero repaso del capítulo 13 del tomo I de El capital revela analogías sorprendentes.

 

 

 

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