Estas corrientes que estamos criticando (y otras) se lanzan a integrarse en el PSUV embelleciéndolo19 y sin considerar el operativo de encuadramiento de las masas que lo caracteriza.

Se afirma que “Chávez no cuenta hoy con organizaciones de masas que solidifiquen al proceso de lucha contra sectores de la burguesía imperialista y contra el propio imperialismo (…) Chávez lanza el nuevo partido socialista reconociendo este hecho: no hay ninguna posibilidad de solidificar su proyecto político en un conglomerado de partidos sumidos en el desprestigio y las luchas de intereses” (“Clasistas y socialistas se suman al PSUV”, en Alternativa Socialista, 9-5-07). Esto es vergonzoso viniendo de corrientes que dicen ser “trotskistas”, porque aunque más adelante se hable de los “sectores burocráticos”, lo que no se tiene en cuenta es lo esencial: que la “solidificación” que busca Chávez con el PSUV consiste en avanzar en el disciplinamiento de las masas. ¿Qué otra cosa puede significar la simultaneidad del lanzamiento del PSUV con los crecientes y feroces ataques a la autonomía de la UNT, la denegación del rol estratégico de la clase obrera y la caza de brujas que desata contra dirigentes como Orlando Chirino?

Pero compañeros como los de Revista de América prefieren criticar por “sectaria” nuestra posición, aun cuando en su panegírico del PSUV deban ir contra las múltiples evidenciasde su carácter de partido de Estado y de la importancia de los elementos clientelares en su conformación. Así, el análisis marxista se reemplaza por el candor y la expresión de deseos: “Chávez sabe que para mantenerse en el poder y llevar adelante su política necesita el apoyo de las masas movilizadas. Y lo busca sinceramente a través de iniciativas como las nacionalizaciones, las misiones, las subvenciones a los productos alimenticios, los créditos a los pequeños emprendimientos” (“El PSUV: un nuevo fenómeno de la Revolución Bolivariana”, Revista de América Nº 2).

Respecto de la caracterización del PSUV, podemos invocar como “aliada” a alguien libre de toda sospecha de trotskismo o de posiciones independientes o “sectarias”. Marta Harnecker, reconocida intelectual castrista hoy devenida teórica del chavismo, señala que “decenas de miles de activistas de este nuevo proyecto político salieron a recorrer el país preparando una masiva inscripción de los aspirantes a pertenecer al PSUV, él más grande de la historia del país. Más de cinco millones de personas se habían inscripto hasta el 3 de junio (…). Desgraciadamente, todo hace pensar que para lograr esa alta cifra, en no pocos casos se usaron métodos de «acarreo» o de presión que empañan los resultados obtenidos y han causado malestar en mucha gente” (“Venezuela: golpes y contragolpes”, en “¿A qué sectores de clase representa el PSUV?”, www.socialismo-o-barbarie.org). Vergüenza para estos “trotskistas” que no se atreven a mirar de frente los hechos admitidos hasta por quienes vienen del estalinismo, que incluso en su defensa de Chávez al menos no niegan la realidad. Por otra parte, estos vicios de origen en la constitución del PSUV que describe Harnecker han sido confirmados por infinidad de observadores de todas las tendencias.

También es bastante artificial el supuesto “entusiasmo” que habría despertado el lanzamiento del PSUV. Un testimonio calificado, por venir de una barriada popular profunda de Caracas, observa: “El partido peronchavista no arranca. A pesar de todos los medios puestos en práctica para montar este partido, la cosa no cuajó; no tuvo para nada el ímpetu, participación y entusiasmo que tuvieron los «círculos bolivarianos». Se inscribieron cinco millones de personas; para muchos, la razón del ingreso al PSUV era «para ver si consigo un trabajo fijo». Muchos se inscribieron porque era obligatorio para los que se benefician de las misiones (Flor Beltrán, “El socialismo de Chávez: amable con los bancos y patronos, duro con los trabajadores”, en www.socialismo-o-barbarie.org).

Por otro lado, la creación del PSUV como herramienta de disciplinamiento corre paralela a otros mecanismos chavistas de control político. Todos ellos tienen en común apuntar a disolver a la clase trabajadora en un conglomerado social no orgánico y por tanto con menos defensas frente a las iniciativas emanadas del Estado. Al respecto, Chris Harman señala: “Las «comunidades» no son en sí mismas fuerzas sociales. Ocasionalmente, ellas representan el segmento local de una clase particular: por ejemplo, cuando todos los trabajadores de una fabrica viven en el mismo barrio pobre. Pero usualmente, implican una mezcla de personas cuyas bases de existencia son diferentes, muchas veces opuestas (…). Es por esta razón, que los movimientos de «comunidades» raramente se caracterizan por vínculos orgánicos. La apuesta por el carácter «comunal» del «poder popular» se acomoda con las tendencias del chavismo, que busca evadir el ejercicio de la democracia de masas. Estas tendencias van a encontrar las estructuras comunales abiertas a la manipulación desde arriba” (International Socialism 114).

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Sin embargo, posiblemente la “teoría-justificación” más “original” –viniendo de gente que dice ser marxista– para argumentar a favor del ingreso al PSUV sea que se trataría de una formación política vacía, una arena “neutra” para la lucha política. Veamos:

“La iniciativa de formación del PSUV contiene (…) ingredientes contradictorios (…) Una necesidad de consolidar y dinamizar el propio aparato burocrático (…) se traduce en la convocatoria a una ampliación de los espacios políticos de las masas y la toma de decisiones democrática en un partido de masas. Tendencias contradictorias que se procesarán en su interior, al que se trasladarán todas las tensiones vivas que existen en el amplio movimiento bolivariano. Por su carácter de masas, dicho partido no puede ser definido en términos categóricos, sino como una formación centrista, vacua, a la manera en que se dieron partidos o movimiento de masas en pleno proceso revolucionario como el sandinismo y el FMLN salvadoreño, o formaciones con control estatal en proceso revolucionario, como el ejemplo, según Trotsky, de la SFIO francesa en el ascenso del Frente Popular en Francia en 1936” (J. Sanmartino, “Populismo y estrategia socialista en Latinoamérica”).20

Respecto de que el PSUV significaría una “ampliación de los espacios políticos para las masas” en los cuales se podría tomar “decisiones democráticas”, ya hemos señalado que el objetivo esencial de la puesta en pie de esta organización por parte del gobierno chavista es el opuesto: lograr un mejor encuadramiento de las masas. Aun con todos los aspectos “contradictorios” que, efectivamente, esta formación pueda tener, la definición principal, que no se puede perder de vista a la hora de la acción política es este carácter de institución disciplinadora del accionar de las masas.

Sin embargo, lo que más llama la atención es la caracterización del PSUV como “vacuo”, esto es, como formación socialmente “vacía”, sin carácter social y de clase alguno.

Pero desde un punto de vista marxista –y hasta científico–, definir formaciones políticas y en general fenómenos sociales como socialmente vacías es, para decirlo sin rodeos, un disparate. Estamos frente al mismo y recurrente problema teórico: la inspiración “laclauiana” de nuestros autores; que los lleva a una absolutización de la separación entre lo político y su fundamento económico-social y material.

Veamos este punto de vista teórico-metodológico, en versión original del verdadero mentor de este tipo de elucubraciones, Ernesto Laclau: “una identidad popular funciona como un significante tendencialmente vacío (…). En una relación equivalencial, las demandas no comparten nada positivo, sólo el hecho de todas ellas permanecen insatisfechas. Por lo tanto, existe una negatividad especifica inherente al lazo equivalencial (…) Sería una pérdida de tiempo intentar dar una definición positiva de «orden» o «justicia» –es decir, asignarles un contenido conceptual por mínimo que fuera–. El rol semántico de estos términos no es expresar algún contenido positivo, sino, como hemos visto, funcionar como denominaciones de una plenitud que está constitutivamente ausente (…). No constituye un término abstracto sino, en el sentido más estricto, vacío. Una discusión sobre la cuestión de si una sociedad justa será provista por un orden fascista o socialista no procede como una deducción lógica a partir de un concepto de justicia aceptado por ambas partes, sino mediante una investidura radical cuyos pasos discursivos no son conexión lógico-conceptuales, sino atributivo-preformativa (…). El carácter vacío de los significantes que dan unidad o coherencia al campo popular no es resultado de ningún subdesarrollo ideológico o político; simplemente, expresa el hecho de que toda unificación populista tiene lugar en un terreno social radicalmente heterogéneo” (E. Laclau, La razón populista, Buenos Aires, FCE, 2007, pp. 125-128).

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Discrepamos radicalmente con esta fuga hacia el idealismo.21 Suponer que las demandas y reivindicaciones sociales pueden considerarse “vacías” es un absurdo completo. ¿Cómo podrían ser “vacías” reivindicaciones como la reducción de la jornada laboral, el control obrero, la reforma agraria, la independencia del imperialismo, la expropiación de los capitalistas? Lejos de ser “vacuas”, se trata de tareas históricas con un contenido material y “positivo” bien definido, y que apuntan a la liquidación de la clase capitalista.

Todo fenómeno político tiene –y no puede dejar de tener– una raíz social, más allá de las modas posmarxistas (y posmodernas). Sin duda, el PSUV está plagado de contradicciones sociales, y tiene, políticamente, elementos de organización “centrista”; a su interior, esto se puede expresar en tensiones políticas e ideológicas hacia las cuales habrá que darse una orientación. Pero definirlo como socialmente vacío sólo conduce a la confusión.

Ya León Trotsky se había manifestado en contra caracterizar al Kuomintang chino y a otras formaciones de tipo similar como “neutras”, es decir, como arena de una lucha supuestamente “abierta”, donde el carácter social de dicha organización permanecería sin definición.

Así, explica que “la sociedad burguesa está construida de tal forma que las masas no poseedoras, descontentas y engañadas se encuentran abajo, mientras que los que las engañan están arriba. Es así, según este principio, como está construido todo partido burgués, si es verdaderamente un partido, es decir, si incluye a las masas en unas proporciones bastante considerables. En la sociedad dividida en clases, no hay más que una minoría de explotadores, estafadores y aprovechadores. Así, pues, todo partido capitalista se ve obligado a reproducir y reflejar, de una forma u otra, en sus relaciones internas, las relaciones que existen en la sociedad burguesa en general. Por consiguiente, en todo partido burgués de masas, la base es más «democrática» y más «izquierdista» que la cumbre (…). Las cumbres del Kuomintang (…) son en realidad el alma del Kuomintang, su esencia social. Ciertamente, la burguesía no es en el partido más que una «cumbre», al igual que lo es en la sociedad (…) considerar al Kuomintang no como un partido burgués, sino como una arena neutra, en la cual se lucha para tener al lado a las masas; utilizar como un triunfo a las nueve décimas partes constituidas por la base de izquierda para camuflar la cuestión de saber quien es el dueño de casa, significa consolidar la potencia y el poder de la «cumbre»” (León Trotsky, Stalin, el gran organizador de derrotas, Buenos Aires, El Yunque, 1974, pp. 271-277.

En suma, toda formación política tiene una “alma social”. Era el caso ayer del Kuomintang y es hoy el del PSUV y su “comando de dirección”. Porque este partido es una formación estatal (o para-estatal) cuya esencia social sólo puede ser –dadas las condiciones específicas mismas de su formación– el de una organización estatista-burguesa, no “vacía”. Porque independientemente de que formen parte de ella o no grandes representantes burgueses, se trata de una formación organizada desde el aparato del Estado burgués venezolano a instancias del propio Chávez.

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