Marcelo Yunes
Intelectual marxista del Nuevo MAS


No sólo lo han señalado diversos analistas sino que lo han manifestado tanto Cristina en el famoso spot de anuncio de su candidatura como el propio Alberto Fernández, con expresiones como “sé cómo salir de esto porque ya lo hice”, “ya pasamos por esto y salimos”, “esto que vivimos es como 2003” y otras parecidas. Ambos miembros de la fórmula Fernández-Fernández parecen creer que puede darse una situación análoga a la de la asunción de Néstor Kirchner tras el default y la crisis de 2001. Recordemos que, por entonces, la economía empezó a recuperar uso de la capacidad instalada, lo que generó un fuerte crecimiento de la producción y el empleo, así como una recomposición de las finanzas públicas. Era el período de los “superávits gemelos”, fiscal y comercial, base material sobre la cual empezó a construirse el kirchnerismo como movimiento político y como “relato”.

Pues bien, si el kirchnerismo y sus candidatos realmente creen en la reedición de ese esquema, están (y estamos) en un grave problema. Porque cuando se sale de los elementos que están más a la vista (el deterioro social, el ajuste de las cuentas públicas), lo que resalta son, más bien, las cruciales diferencias con ese período.

La primera, la más influyente, es el contexto económico internacional. En 2003 estaba comenzando un inesperado boom internacional de los precios de las materias primas a partir de la demanda de China que generó ingresos extraordinarios para la mayoría de los “emergentes” e incluso una temporaria reversión de los históricamente desfavorables “términos de intercambio” (la diferencia relativa de precios entre bienes industriales y bienes primarios). Ese ingreso extra fue decisivo para que el kirchnerismo pudiera reorganizar las arcas públicas y tener margen para mayor gasto fiscal (sobre todo el social). En suma, para aprovechar políticamente los superávits gemelos.

Desde ya, nada de esto ocurre hoy. Más bien al contrario: los precios de los renglones de exportación argentinos se han estabilizado a la baja (la soja no supera los 300 dólares la tonelada), la locomotora china ya no tracciona como antes y, sobre todo, el superávit comercial, fuente de los dólares genuinos que necesita la economía de cualquier país como Argentina, ha desaparecido. Todo en un mundo mucho más inestable, proteccionista y hostil a las economías emergentes.

Lo propio ocurre con la situación fiscal: Alberto Fernández oculta u olvida que el Estado argentino en 2003-2007 tenía mucho más margen de gasto ¡precisamente porque venía de un default, lo que implicó que, salvo los sacrosantos pagos al FMI, hasta 2005 no se les pagó un centavo a los acreedores externos, y a partir de esa fecha la carga de la deuda no fue tan pesada porque se había negociado una quita!

El hecho de que se hubiera negociado esa quita da cuenta de otra importante diferencia: las condiciones políticas nacionales y regionales. Néstor Kirchner pudo negociar quitas de los acreedores desde una cierta posición de fuerza, ya que podía exhibir como amenaza el fantasma de la rebelión de 2001, el odio a las empresas privatizadas (recordemos que sus sedes estuvieron blindadas durante meses para que los manifestantes indignados no las arrasaran), el “que se vayan todos” y la agitación social. Y si alguno no entendía del todo el mensaje, no tenía más que ver el panorama continental, con el gobierno de Chávez o las rebeliones en Ecuador y Bolivia que dieron origen a otros gobiernos “progresistas”. No había duda de que había cambiado el viento político en Sudamérica.

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Imposible buscar analogías con el presente regional. El chavismo-madurismo está en crisis terminal, el sucesor de Correa en Ecuador, Lenín Moreno, se convirtió al credo neoliberal en un santiamén, y es verdad que Bolsonaro está en serios problemas… pero es un ultraderechista que gobierna el país más importante de la región.

Ni siquiera lo que asoma como parecido es tan parecido. La crisis social post default se caracterizó por un altísimo índice de desempleo, del orden del 20%. Hoy, aun con el pavoroso deterioro del ingreso salarial, que ha extendido el fenómeno de la pobreza con empleo, los planteles no están tan diezmados. Aunque sin duda se multiplican los cierres de empresas, especialmente pymes y en algunos rubros industriales, el signo de la industria está dado menos por las quiebras y cierres que por el aumento de la capacidad instalada ociosa. La clase trabajadora está hoy más golpeada en sus ingresos y menos golpeada por la desocupación que en 2001-2002, aunque la tendencia es, desde ya, negativa.

En resumen, no hay forma de verde qué manera Alberto Fernández les va ahacer entender razones a los acreedores como lo hizo Néstor Kirchner (por las buenas o por las más o menos malas) en 2005. El contexto internacional, económico, político y social es muy distinto, de modo que poner este ejemplo como muestra de lo que podría ser una reedición del “nestorismo económico” es engañarse y engañar a millones.

 

Al rescate de algunos de los “10 puntos” de Macri

De todos modos, en el fondo, tanto Alberto Fernández como Cristina son muy conscientes de los límites con los que se va a encontrar en materia de política económica si se mantiene la relación con el FMI. Por eso ya desde ahora ambos miembros de la fórmula están emitiendo señales inequívocas a la militancia de que la hora de “vamos por todo” ya pasó. No es sólo una cuestión del nuevo “estilo zen” de Cristina o los modales pulidos de Alberto Fernández: el kirchnerismo ha asumido que el horno no está para bollos “épicos”. Las “urgencias” que va a dejar la pesada herencia macrista son tales que esos lujos ya no son posibles.

Y llegamos a la palabra clave. El kirchnerismo siempre fue “posibilista” en su relación con la izquierda marxista, argumentando que estamos en un mundo capitalista y de ese marco no se puede salir. Pero hecha esa concesión, el cristinismo puro, en su época de oro, decía que se comía los chicos crudos: escupía bilis contra el FMI, los bancos, los empresarios acaparadores, las multinacionales voraces y la mar en coche. Bueno, ya no. Hay que ser sensato, moderado y posibilista como Alberto.

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Es como si Macri hubiera corrido el péndulo tan a la derecha que la dosis de “progresismo” K ya no alcanzara para ponerlo a la izquierda de casi todo menos el chavismo, sino apenas a la altura de, digamos, el Frente Amplio uruguayo. Esto es, cada vez menos retórica incendiaria y cada vez más adaptación a las reglas de juego del capitalismo global en su versión actual, que no es la de 2003, o 2008.

Así, escuchamos a Alberto Fernández decir que “hay que animar a sectores a invertir y darles ventaja. Todo lo energético debería estar privilegiado si son inversiones nuevas y genuinas. Si pudiéramos alentar la radicación de paneles solares en San Juan, o baterías de litio en Jujuy y Salta, habría que promoverlo, al igual que la industria que genera Vaca Muerta” (cit.). Si ésa es la prioridad (y lo es, por la sencilla razón de que esos proyectos generan dólares), no estamos tan lejos de la agenda de Macri y sus “10 puntos”. Como tampoco reniega de la quita de subsidios a las tarifas que hizo Macri (otro de sus 10 puntos), que es algo que “había que hacer”, aunque por supuesto critica el negociado de la dolarización.

Es por eso que el candidato, aun conociendo su histórica relación con el mundo empresario (fue consultor de diversas compañías en los últimos años), sabe que su currículum y modales moderados deben ser reforzados con más señales de compromiso con el establishment.

Tal vez por eso recurrió, como vocero y nexo con lo más granado del empresariado y las finanzas, a Guillermo Nielsen, ex miembro del equipo de Lavagna hasta 2005, cercano al peronismo renovador hasta hace poco (como el propio candidato, por otra parte) y, sobre todo, hombre absolutamente insospechable del menor “progresismo”. Por el contrario: hasta hace menos de un año, Nielsen se quejaba de que “se debería haber sido más agresivo con el gasto y con la eliminación del déficit fiscal”, y abogaba por la “eliminación total de las retenciones que quedan” como parte de la reducción de la “exorbitante carga impositiva” (la eterna queja de los sojeros), pedía continuar con la “reducción a los subsidios, cosa que es muy difícil políticamente, pero hay que hacerlo” y reclamaba “ajustar los salarios públicos a las restricciones presupuestarias” (Perfil, 30-7-18).

Alberto Fernández sostiene que el principal problema que deberá atender en un eventual próximo gobierno es el de la deuda. Que acabe de designar a Guillermo Nielsen como su “asesor principal en temas de deuda” es un claro indicador de la voluntad de respetar el último y más importante de los 10 puntos de Macri: el que dice “cumplimiento de las obligaciones con los acreedores”.

Todo esto forma parte del plan electoral más general del kirchnerismo: intentar convencer a la clase capitalista y los “mercados”, que siguen desconfiando de él, de que, finalmente, ha decidido que la cosa no da para “ir por todo”. Más bien, bajo la prudente mano del moderado Alberto, todo indica que va a ir por lo poquito que el FMI y los acreedores le autoricen.

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