Por Federico Dertaube

El impacto del triunfo del neofascista Bolsonaro en las elecciones brasileras el domingo pasado no podría ser exagerado. Nadie, ni el mismo ganador, esperaba un triunfo tan contundente sobre sus adversarios tratándose de un ultra derechista abiertamente militarista, racista, misógino, homofóbico, violento, retrógrado. Es evidente que se está procesando una polarización política y social brutal.

En primer lugar, veamos los números totales en cuanto a participación electoral. El total fue de un 79% de participación respecto a la totalidad de los habilitados para votar, con unas 30 millones de personas que no fueron a las urnas. Los votos nulos y en blanco estuvieron en torno a los 10 millones sumando ambos. Tenemos entonces un 27% del total de votantes inscriptos que no se pronunciaron por ningún candidato. De la totalidad de votantes entonces, Bolsonaro contó con el sufragio del 33%. Una mirada rápida y superficial podría pensar que en la abstención o el voto nulo se expresaría la crisis política. Pero no es muy diferente del de otras elecciones. Para comparar, en 2014 el porcentaje sumado de abstención, voto nulo y blanco fue mayor con un 37%. No hay entonces un fenómeno político nuevo de abstención electoral.

Tal vez lo más impactante haya sido la diferencia que sacó Bolsonaro con Haddad, con un 46,3% de los votos válidos el primero frente al 29,28% del segundo. El neofascista estuvo al borde de ahorrarse la segunda ronda. Anotemos que no hay elección presidencial en primera ronda en Brasil desde la primera elección de Henrique Cardoso en 1994, todas las siguiente se dirimieron en segunda vuelta. En 2014 la diferencia había sido de un 41% a 33% entre Dilma Roussef y Aécio Neves respectivamente. Hay que remontarse a las elecciones que dieron el triunfo a Lula para encontrar una mayoría tan abrumadora. En 2006 fue de un 48 a 41% la diferencia entre Lula y Alckmin, que se amplió en segunda vuelta del 60% y 39% respectivamente; en 2002 el escenario fue porcentualmente más parecido al actual, con Lula triunfando en la primera vuelta con un 46% de los votos contra el 23% de quien le siguió, José Serra del PSDB.

No hay duda alguna de que el gran derrotado políticamente es el PT, pero analizando los números comparativamente las cosas son algo más complicadas. El PT está entre los dos primeros puestos en las elecciones presidenciales ininterrumpidamente desde 1989, las primeras hechas de forma directa luego de la desaparición del régimen de “colegio electoral”. Y desde 1994 hasta hoy todas las disputas por la presidencia se dieron entre el PT y el PSDB. Y si el primero cayó respecto a la elección anterior del 41% a un magro 29% en primera vuelta, el PSDB se derrumbó estrepitosamente del 33%… ¡a un miserable 4,7%! En cuanto al partido de Temer, el histórico PMDB, sus guarismos fueron de un miserable 1,2%. Y Marina Silva, que irrumpió en las elecciones pasadas con un importante 10%, cayó ahora al 1%. Estamos evidentemente frente a una caída generalizada de casi todos los partidos tradicionales de Brasil.

El único que parece haberse sostenido y hasta haber crecido es Ciro Gomes del PDT, que tuvo un 12,4% de los votos con un perfil “progresista” de recambio del PT, tratando de ocupar su lugar luego de que éste quedara enchastrado hasta la cintura de causas judiciales en su contra y del impeachment que lo eyectó del poder. Hacía ya bastante que el PDT no tenía candidato propio, pues estaba integrado al gobierno petista. No caben dudas de que se llevó una parte de los votos “progresistas” de Lula.

Todo lo que dijimos hasta ahora se centra en la disputa central, la presidencial, pero todo lo demás aparece más complejo y hace más fragmentado el escenario. En cuanto a las gobernaciones de los Estados, la ola de votos nacionales al PSL de Bolsonaro simplemente no parece notarse. En primera vuelta no se aseguró el gobierno de ningún Estado, mientras el PT ya tiene tres en sus manos, el PSB tres más, el DEM 2, mientras cinco más están en manos de fuerzas que triunfaron sólo en una región. De todas formas, la mayoría irá a segunda vuelta. En distritos de suma importancia, claves para el triunfo de Bolsonaro y la derrota del PT, como Sao Paulo y Río de Janeiro, ninguna de las fuerzas que disputan la presidencia llegó a segunda vuelta. Mientras en Sao Paulo la disputa será entre el PSDB y el PSB; en Río serán el PSC y el DEM quienes pelearán por gobernar. El de los Estados no es un dato menor, pues ellos tienen un poder bastante mayor que las provincias argentinas, por ejemplo. Brasil es un país mucho más “regionalizado” y los estados locales tienen un peso mucho mayor; sin ellos no se puede gobernar.

En cuanto a la Cámara de diputados, el golpe recibido por el PT es más suave que el presidencial, siendo todavía el partido con más diputados federales pasando de 61 a 56. Allí, tanto ellos como (sobre todo) los demás partidos fueron desplazados por el PSL de Bolsonaro, que logró obtener 52 bancas contra las 8 que tenía antes. Mientras la mayoría de los partidos tradicionales cae, se abre una situación de mucha mayor fragmentación en el poder legislativo. La Cámara de Senadores, que refleja mucho menos el estado de ánimo general de las amplias masas, es evidente que expresa muy distorsionadamente los votos. En ella siguen siendo mayoría partidos que quedaron afuera de la segunda vuelta. El partido con más senadores es el PMDB de Temer, con 12, seguido por el PSDB y luego los partidos que obtuvieron más votos.

Más en general, hay un corte regional importante en los resultados de la disputa presidencial. Mientras Haddad triunfó cómodamente en los Estados del norte y noreste, Bolsonaro se alzó con un triunfo aplastante en los Estados del sur. Este dato no es poca cosa. El lulismo triunfa entre las poblaciones más rurales y empobrecidas, mientras el neofascismo lo hace en las principales concentraciones urbanas: Sao Paulo, Río, Brasilia y Belo Horizonte vieron triunfar a los ultra derechistas mientras el PT logró obtener la mayoría en Salvador de Bahía. Los resultados entre las tres primeras ciudades (las más importantes del país sin olvidarnos de Porto Alegre) es simplemente impactante con Bolsonaro obteniendo el 53%, 59 y 58 respectivamente.

Esto es todo un balance del “Partido de los Trabajadores” en el poder. Su núcleo inicial se forma con las luchas obreras en el ABC paulista (de ellas surge Lula como dirigente), allí obtuvieron su primer triunfo electoral importante cuando ganaron el gobierno de la ciudad hace ya casi tres décadas, su base militante inicial era de Sao Paulo. ¿Qué significa esto? Que el PT ha perdido el apoyo que le dio forma, el de la clase obrera que es a su vez su base social. Mientras los obreros paulistas arrastraban a las clases medias urbanas al apoyo al PT, hoy estas se han ganado la opinión pública de muchos trabajadores para votar a un terrible verdugo. En São Bernardo do Campo, el neofascista ganó con un 46% de los votos contra 23 del PT; en Santo André, la proporción fue de 52% contra 17%; en São Caetano do Sul, 57% contra 8,4%. El derrumbe petista en su lugar de origen es particularmente duro. Las zonas rurales y urbanas del noreste son las que sostienen un firme apoyo a Lula por ser los sectores más empobrecidos que lo habitan los más beneficiados por las ayudas estatales, subsidios e incentivos que impulsó el PT en el poder. La clase obrera, en cambio, evidentemente no tiene un buen balance del lulismo.

Finalmente destaquemos en este adverso escenario los positivos resultados del PSOL. Aun a pesar de los límites políticos de la campaña de Boulos, de la extrema dificultad en diferenciarse y pasar un balance del PT, de cierto retraso incluso en tomar el eje del combate contra Bolsonaro, de su baja elección en el rubro presidencial, en los rubros de diputados y gobernadores, su desempeño fue mejor que bueno.En diputados, los resultados totales superan ampliamente los del 2014 y casi sextuplican los votos de Boulos a presidente. De 1.745.470 votos para diputados federales en 2014 a 2.783.019 en 2018, el crecimiento es de un más que significativo 60%. Pasa entonces el PSOL de tener 6 diputados federales a 11 (al mismo tiempo, habría obtenido 21 diputados estaduales). También es interesante que quintuplique a gobernadores sus votos presidenciales, teniendo un total de dos millones y medio de votos en los diferentes Estados.

No obstante, la candidatura presidencial de Boulos – sumamente prometedora al principio – obtuvo un flojo resultado de algo más de 600 mil votos, un millón de votos menos que los obtenidos por Luciana Genro por el mismo partido cuatro años atrás y ciertamente mucho menos que los 6 millones de votos del 2006. Es evidente la afectó la polarización, y también la dificultad para diferenciarse del lulismo. Pero a pesar de todo, es un hecho que la elección del PSOL fue muy digna.

En suma, el triunfo de Bolsonaro en primera vuelta y las posibilidades que se imponga en segunda sino estalla un gran proceso de movilización en Brasil, no excluye la complejidad que muestran estos resultados. La institucionalidad capitalista brasilera está fragmentada, y la lucha de clases tendrá la última palabra. En las calles y las urnas (votando críticamente a Haddad el 28) hay que derrotar al neofascismo.

 

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