Con el fin del recuento en el estado de Pennsylvania, el triunfo electoral de Biden en la disputa presidencial es irreversible. Más allá de que acaba de ganar un representante del establishment imperialista, las grandes mayorías populares en Estados Unidos y el mundo festejan la derrota de un proto fascista, opresor descarado y brutal, en el mando de la principal potencia mundial.

La derrota electoral de Trump es sin duda un producto de la crisis de su gobierno por la gestión de la pandemia, su política de defender los negocios de los ricos a toda costa. Pero, fundamentalmente, se trata de un triunfo distorsionado (mutilado por el sistema político estadounidense) de la inmensa rebelión antirracista y democrática que estalló este año en el corazón del imperialismo mundial.


La imagen que dejan los resultados electorales, de extrema polarización entre dos candidatos, es muy distorsionada: oculta movimiento profundos mucho más complejos que se dan por abajo. De un lado, el ala de Trump, la derrotada: la derecha conservadora más «clásica», base electoral hace décadas de los republicanos, y un fenómeno nuevo, base social más firme propia de Trump, la nueva extrema derecha xenófoba y racista organizada en diversos grupos a lo largo del país.

Del otro lado, el ala electoral «triunfadora» tiene una composición política aún más variada. Una mitad votó por la continuidad de la política imperialista clásica con cara más «progresista», apoyó a Biden y la política demócrata. Pero también también hay allí millones que no votaron por Biden sino contra Trump; la juventud que viene evolucionando ideológicamente hacia el «socialismo», los protagonistas de la rebelión, los movimientos de trabajadores y mujeres que vienen estando hace años en la calle. Es decir, un movimiento de lucha que ha cobrado un peso importante en la realidad norteamericana y que sin duda confrontará con Biden en los próximos años. La rebelión todavía no ha dicho su última palabra.

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Si bien celebramos la derrota de Trump, advertimos lo obvio: no se puede esperar nada bueno del nuevo gobierno demócrata. Intentarán regresar a las formas más «normales», tradicionales, de dominación yanqui. Nada cambiará en las relaciones de explotación y opresión contra las que se rebelaron los jóvenes negros, la política de sometimiento del mundo bajo el garrote del gendarme «democrático» del planeta por supuesto seguirá plenamente vigente. Los pueblos del mundo siguen teniendo en la Casa Blanca a un enemigo.

Con el fermento de la rebelión antirracista, de los movimientos de lucha de los trabajadores, de las mujeres, de la juventud socialista, hay que construir un «tercer partido» que rompa el corset del bipartidismo: un partido de los trabajadores.

 

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