Breve biografía cinematográfica

Treinta años sin Manuel Puig, literatura de amor correspondido

Este 22 de julio se cumplen treinta años del fallecimiento de uno de los grandes escritores de la Argentina y Latinoamérica toda: Manuel Puig.



Había nacido en un pueblo de la provincia de Buenos Aires, General Villegas (que se convertiría en “Coronel Vallejos” en sus novelas), en diciembre de 1932 y la muerte lo sorprendió en Cuernavaca México, en donde residía, luego de una complicación en el post operatorio que estaba atravesando.

Su padre, Baldomero Puig, atendía un fraccionamiento de vinos en la parte delantera de su casa. Su madre, María Elena Delledonne (Male), estaba diplomada en química y trabajaba en el hospital regional; ​ fue ella quien le transmitió a Manuel su amor por el cine​. Asistió por primera vez a una función a los tres años de edad, pero la oscuridad de la sala lo aterraba y era imposible lograr que permaneciera allí sin llorar. ​Su padre solucionó el problema consiguiendo que viera su primera película, a los cuatro años, desde la cabina de proyección. ​ Se trataba de La novia de Frankenstein, dirigida por James Whale con Boris Karloff y Elsa Lanchester como protagonistas.​ A partir de entonces, su pasatiempo predilecto sería el de ver películas. En una época en donde no existían ni el dvd ni los sitios digitales, dicho pasatiempo sólo podía  obtenerse con la concurrencia (a veces por horas, “en continuado”) a la sala céntrica del pueblo. El cine clásico de Hollywood con sus divas y galanes lo marcaron entonces desde pequeño.

Desde su pubertad se asumió como homosexual, escribió​ y militó respecto a este tema, llegando a declarar que algo tan «banal» como la sexualidad no puede definir la identidad de una persona y, por otro lado opinó, en lo que es un acierto político, que la actividad de las agrupaciones homosexuales tendían a incurrir en el error de separar la cuestión homosexual de otras agrupaciones, comunidades o sectores sociales.​ Con todo, fue miembro fundador del Frente de Liberación Homosexual en 1971 junto al sociólogo e historiador Juan José Sebreli, el abogado y escritor Blas Matamoro y el poeta y escritor Néstor Perlongher[1].​

Debido a que en General Villegas no había colegio secundario, en 1946 sus padres lo trasladaron a la ciudad de Buenos Aires donde cursó sus estudios de bachiller. En 1951 cambió por Filosofía y Letras. Al culminar la carrera, ya estaba trabajando en cine. En 1956, con 23 años cumplidos y luego de cursar en el instituto Dante Alighieri, ganó una beca para viajar a Roma, Italia y estudiar en el Centro Sperimentale di Cinematografia. Allí «Hollywood era una mala palabra, la imaginación el enemigo número uno del cine, las obras de autor una blasfemia». ​Era la época del neorrealismo.​Tras ver en una clase Metrópolis, de Fritz Lang, el expresionismo alemán lo deslumbró. Durante las vacaciones visitó París, en el auge de la Cahiers du Cinéma, la revalorización del cine imaginativo y de la obra de autor.

Al año siguiente se trasladó a Londres y luego a Estocolmo, donde enseñó español e italiano. También trabajaba en un restaurante donde todos los empleados, además del dueño, eran actores desempleados.​Fue en estas ciudades donde escribió sus primeros libretos para la pantalla grande​.Entre 1961 y 1962 trabajó como asistente de dirección de cine en Buenos Aires y Roma.

Nos detuvimos en estos aspectos biográficos porque tendrán una incidencia clave en su obra literaria. No es casualidad entonces que su primera novela se titule La traición de Rita Hayworth, trabajo que verá la luz en 1968.

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Una obra estéticamente vanguardista y vigorosamente política

Puig escribe en pleno ascenso de los trabajadores y estudiantes en la Argentina y el mundo todo, atravesado además por los reclamos de las minorías discriminadas del planeta y las cuestiones de género en su más vasta acepción. Su obra sería inentendible sin este marco. Pero ese marco también dio vida a otros autores con mucho menor vuelo estético que Puig y que fueron  renuentes a todo cambio que insinuara cierta renovación. En el plano de la forma (aunque sea ocioso recordemos una obviedad: no hay forma sin contenido) y haciendo nuestra una hipótesis sugerente de Ricardo Piglia, digamos que desde Rayuela o mejor aún en 1967 con la publicación de Museo de la Novela de la Eterna de Macedonio Fernández, se cierra un gran momento de la novelística argentina, lo que planteó un campo nutricio para la aparición de determinadas vanguardias. Para el autor de Respiración Artificial, Puig junto a Saer y Walsh (siendo muy distintos los tres) serían sus representantes más destacados[2].

Puig escribe durante esos años y en el exilio empujado por el gobierno peronista primero y la dictadura después, pero tiene todo ese “bagaje” de experiencias y de “desajustes”: chico “rarito” y pueblerino que se refugia en las películas y contra la opinión furibunda de su padre se larga a estudiar cine. Sin estos aspectos particulares (en sentido hegeliano “salir de la inmediatez, conformando la primera negación”), tampoco se comprendería integralmente su obra. Llamativamente, lo que un gran escritor como Onetti veía como un defecto de la estética puigiana nos parece en verdad, un mérito. El uruguayo decía que sabía cómo hablaban los personajes de Puig pero ignoraba cómo escribía Puig. En relación a eso, Piglia afirma:

Puig percibe esa relación entre modelo de experiencia y vida  -una vida confusa, vacía, sin ilusión-, frente a la cual se levanta una especie de mundo alternativo en donde  todo es más intenso y tiene una forma más pura. Para Puig, esa es una problemática básica de la novela, que en su obra está planteada con toda claridad en relación con la cultura de masas: el bovarismo, el efecto Bovary, los relatos de los medios de masas como modeladoras de la experiencia.(…) Porque para Puig, el artista trabaja con la pura pulsión y sobre esa base trabaja. Esa poética está narrada, es el inconsciente el que construye. Puig ha dicho algo maravilloso, que el inconsciente tiene la estructura de un folletín. Y tiene razón. Porque el inconsciente es el mundo de las pasiones desencadenadas, de los deseos que no tienen registro ni sanción social. Siempre se desea lo que no conviene.

 Señalamientos breves: Boquitas Pintadas pasó a ser lectura semi obligatoria en los colegios secundarios de nuestro país, pero sin cierta mínima referencia pierde entendimiento y lo que es peor, placer. El cuarteto conformado por The Buenos Aires affair, El beso de la mujer araña, Pubis angelical y Maldición eterna a quien lea estas páginas, presentan una riqueza estilística y una denuncia política como pocas novelas contemporáneas. El militante político (casi siempre masculino, es cierto) alejado de todo estereotipo, adquiere una estatura literaria considerable. El fresco social (como decían admirados Marx y Engels de la Comedia Humanabalzaquiana) es impactante y el lector no puede abandonar el libro.Las que terminaron siendo su “canto del cisne”: Sangre de amor correspondido y Cae la noche tropical, ambas de la década de los ochenta, son menos vigorosas, aunque el drama de un amor prohibido en la primera y el minimalismo de la segunda forman parte también de la gran literatura latinoamericana. Puig además escribió guiones y obras de teatro junto a algunos relatos breves y comentarios artísticos que fueron luego recogidos en volúmenes independientes[3]

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Para terminar y como dato curioso (o no) se informaba en los diarios del día posterior a su fallecimiento, que cuando se le pidió al embajador de Argentina en México, Jorge Abelardo Ramos, que pronunciara unas palabras por la muerte de Manuel Puig para los medios, él se limitó a explicar que “no estaba al tanto de la muerte de un argentino con ese nombre”.​Si bien el término socialista tuvo infinidad de significados (y de experiencias concretas) cuando Puig escribía su obra, él entendía que una sociedad más justa y sin discriminación de ningún tipo, sólo merecería el nombre de socialista. Invitando hoy y siempre a su lectura, entendemos que esta relación entre nosotrxs y él debe significar entonces una literatura de amor correspondido.

 


 

[1] En esto seguimos a Páez, Roxana; Manuel Puig, Del Pop a la Extrañeza, Editorial Almagesto, Buenos Aires, 1995.

[2]Piglia, Ricardo: Las tres vanguardias. Saer, Puig, Walsh. Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2016.En ese libro que en verdad son clases que dio en la UBA en 1990, amonestando por cierta unilateralidad tanto a la crítica formalista como a la sociologicista, Piglia es muy agudo cuando en relación a las vanguardias señala:Benjamin de alguna manera resuelve el problema de la autonomía diciendo que debe ser pensado en términos de recepción y no de producción; que nunca el arte es autónomo desde el punto de vista de la producción pero puede serlo desde el de la recepción: esta es la problemática del aura. La pregunta de Benjamin es qué hace el arte en la sociedad y no al revés, que sería lo que plantea la crítica sociológica al preguntar cómo actúa la sociedad en el arte. Entonces, el punto de discusión es qué tipo de relación se establece entre la obra y la vida de los sujetos. Esta es la posición vanguardista: preguntarse de qué manera actúa la práctica artística en la sociedad. Por eso la vanguardia pone en primer plano los problemas de propaganda, de intervención, de ruptura de los espacios establecidos como espacios de circulación autónoma (museos, salas de teatro,libros) y tratar de resolver el problema atacando en primer lugar a la institución artística.

 

[3]  Entre las primeras,La cara del villano y Recuerdo de Tijuana, en donde realiza una introducción contando su experiencia en Cinecittá en donde, como ya señalamos, conoció  de cerca el neorrealismo italiano. Entre los segundos:Los ojos de Greta Garbo y Estertores de una década.Nueva York78.

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