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El siguiente documento es el relato de lo sucedido en la madrugada del 30/09/1976, fecha que mis padres fueron secuestrados por un grupo (patota) formada por hombres, claramente con entrenamiento militar, mis padres, Hilda Graciela Leikis y Federico Eduardo Alvarez Rojas

Yo tenía 13 años en aquella época, los había cumplido en julio de aquel fatídico 1976. La mayor  pesadilla de nuestras vidas comenzó en la madrugada del 30/09 para el 01/10/1976, cuando eran casi las 24:00hs, mis padres y yo nos fuimos a dormir. Mis hermanos, Emiliano y Fernanda ya dormían en sus cuartos. Pocos minutos después tocaron el timbre, mi papá fue a atender la puerta. Esto es inusual pues normalmente para entrar en el edificio era necesario llamar por el “portero eléctrico”, habían entrado (en aquel momento no sabíamos cómo) directamente para el “palier” de nuestro departamento que daba al ascensor. Como yo estaba aún despierta, mi padre me mandó permanecer en mi dormitorio. Sin abrir la puerta escuché que mi papá preguntó: “¿quién es?” Voces de hombres respondieron que abriera la puerta.

Yo, a pesar que mi papá me había pedido que me fuera al cuarto, estaba en el pasillo que llevaba a los dormitorios, pudiendo ver cuando los citados hombres entraron en nuestro departamento. Ahí corrí para mi pieza y subí a mi cama. Mi hermana Fernanda (10 años) estaba durmiendo profundamente en la cama de abajo y mi hermano Emiliano (2 años y 11 meses) dormía en el cuarto vecino en su cuna.

Cuando mi papá abrió la puerta había un grupo muy numeroso de hombres que alcancé a ver, fuertemente armados, algo que jamás se me hubiera imaginado que existía, con granadas colgadas, que le dijeron de forma educada que entrara.

Recuerdo, y nunca olvidaré, que los hombres empezaron a entrar y circular en todos los ambientes del departamento, revolviendo con violencia placares, bibliotecas, cajones y tirando ropas, libros y todo lo que encontraban al piso.

A esa altura mi mamá todavía pasaba de vez en cuando por mi cuarto y me preguntaba: “¿qué será que quieren?”

Uno de los tipos agarró a mi hermano y lo llevó a mi cama. En ese momento Emiliano se despertó y miraba desconcertado todo lo que estaba pasando en mi pieza bastante asustado. Mi hermana Fernanda, por suerte, continuaba profundamente dormida, gracias a que siempre tuvo un  sueño muy pesado.

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De repente sentí que los hombres comenzaron a ser más agresivos en la forma de tratarnos a todos,  al mismo tiempo que me hacían preguntas a mí sobre dónde mi papá y mi mamá trabajaban, dónde mi hermana  y yo estudiábamos, escuchaba que les hacían las mismas preguntas a mis padres en el living. Mi mamá paró de pasar por mi cuarto como lo estaba haciendo antes y yo no escuchaba la voz de mi papá. Nunca olvidaré que en ese momento escuché a mi mamá llorando, preguntando lo que querían y uno de los tipos que estaba en mi pieza mandó que se callara sino la matarían ahí mismo.

De repente ese mismo tipo me dijo a mí que me preparara, que yo también tenía que ir con ellos. Pero el que parecía estar comandando los hombres que entraron en nuestra casa dijo que no, que yo tenía que quedarme a cuidar a mis hermanos.

Después de un tiempo que siguieron revolviendo y buscando no sé qué cosas por el departamento, el mismo hombre que dijo que debía quedarme con mis hermanos me entregó el monedero de mi mamá con el sueldo que ella había recibido ese día. Me dijo que no saliera de mi cuarto mientras escuchara que estaban ahí. Incluso me dijo: “Si Dios quiere, mañana están de vuelta”.

Se quedaron algún tiempo más, no sé decir cuánto, pero después escuché cuando cerraban la puerta del departamento. Esperé un poco más y como no oí ningún ruido más decidí salir de mi pieza.

Cuando llegué al living encontré todo roto, teníamos un sillón de cemento forrado de madera y habían arrancado todas las maderas, supongo que deben haber pensado que tenían alguna cosa escondida ahí dentro.

Estaba todo revuelto, no había nada en su lugar. Después fui para la habitación de mis padres con mi hermano a upa, cuando entramos, él me preguntó por mi mamá y yo no supe que contestar. Vi que había una sábana que fue arrancada la mitad, que me hizo pensar que les deben haber tapado los ojos para que no vieran a dónde iban.

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La desperté a mi hermana y traté de contarle lo que había pasado. Por supuesto yo tampoco sabía exactamente lo que había pasado y no entendía  que era todo eso.

Algunos minutos después golpearon la puerta, yo me asusté un poco, pero era la vecina del departamento de abajo, Brígida, que los tipos le habían avisado que estábamos solos y subió a llamarnos para que fuéramos a su casa. Nos quedamos con ella hasta la mañana siguiente cuando llegó la señora que trabajaba en casa, que también se llamaba Brígida, y nos fuimos a nuestro departamento con ella.

Brígida nos mandó a mí y a mi hermana hasta la casa de mi tío Ernesto, hermano de mi mamá, para que le contáramos lo que había pasado y ella se quedó con Emiliano arreglando el departamento. Durante ese tiempo la amiga de mi mamá, Mimí Burgos, pasó en casa para invitarnos al cumpleaños de uno de sus hijos y Brígida le informó lo que  había sucedido. Ella le pidió que los esperáramos a ella y su esposo Alfredo, que vendrían a la noche. Y saliendo de nuestra casa, les mandó un telegrama a mis abuelos paternos, que vivían en Mendoza, diciendo que mis hermanos y yo los necesitábamos urgente. Brígida se quedó con nosotros hasta que llegaron mis abuelos de Mendoza y siguió trabajando en casa por algunos años.

Esa “gente” (la patota) se robó nuestro auto un Renault 4, la máquina de fotos y un broche valioso en forma de guitarra que estaba guardado para dármelo a mí cuando cumpliera los 15 años. El broche era un regalo de la madrina de mi papá que se lo había dado antes de que viniera a fallecer.

Quiero encerrar este relato, extraído de lo más profundo de la memoria infantil de una adolescente, incompleto, entrecortado, desconcertante, traumático y doloroso que no tiene ni explicación ni justificación: ¿por qué de tanta crueldad?

El sufrimiento y dolor causados por la “patota” a mis padres y a nuestra familia es perenne e imposible de expresar en palabras. Y hace más de 15.695 días que esperamos por esedía prometido por el patotero mayor, coautor directo de la ignominia perpetrada y que había pronunciado la mentira cobarde y abyecta para liberar su conciencia: “Si Dios quiere, mañana están de vuelta”

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