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Cambiemos volvió a la carga con los tarifazos y vuelve al debate el problema del acceso a los servicios, el llamado “derecho a la ciudad”, las líneas de clases que dividen a las ciudades, el rol de la producción capitalista y las verdaderas responsabilidades detrás de los aumentos de los servicios. Trataremos de darle una mirada global al problema de los servicios básicos y cómo enfrentar el ajuste del macrismo.

Un poco de historia

Para referirnos al problema de los tarifazos y el ajuste del gobierno de Macri hace falta volver un poco el tiempo atrás. Siendo prácticos, podemos empezar diciendo que esto es una consecuencia inevitable para un país periférico como el nuestro, ya que los vaivenes de la economía mundial (sobre todo desde la apertura de la actual crisis, en 2008) tienen un efecto mucho mayor en las economías dependientes que en aquellos países que dirigen la producción global, las potencias imperialistas (que no están exentas de problemas, pero que tienen otros recursos a su alcance). Los tarifazos del macrismo tienen distintas causas, pero responden a un solo interés: que los empresarios sigan facturando millones con los recursos que son de todo el pueblo, que sufre el déficit habitacional, mientras el Estado “achica” gastos para cumplir con los requisitos del FMI y reducir la presión fiscal sobre la clase empresarial.

Vamos a dar un paneo histórico para entender la cuestión en profundidad. Luego del 2001, cuando la mitad del país vivía en condiciones de pobreza o indigencia, los vientos favorables provenientes de un nuevo boom agroexportador[1], de la mano de la soja como capitana del equipo, y la gran presión popular desatada en el Argentinazo, propiciaron la apertura de una etapa de concesiones hacia la clase trabajadora y los sectores populares. El gobierno de N. Kirchner asumió en esas condiciones, con la venia de la burguesía argentina e imperialista para otorgar ciertas concesiones que frenaran de una buena vez la rebelión popular.

En ese período se dio un aumento generalizado de los subsidios para los servicios básicos (entre otros rubros) para garantizar que la mayor parte de la población pudiera acceder a ellos. Esto, sumado al aumento del empleo (sin romper con los marcos de flexibilización impuestos en los 90), ayudó a encauzar la crisis y estabilizar el país. El macrismo vino a romper con todo esto, ya que las cuentas, ahora, “no cierran”, por ende, es hora de que cada uno pague lo que “realmente” valen las cosas.

Con la crisis internacional del 2008, la cuestión se empezó a poner de a poco cada vez más dura, los mercados internacionales clamaban por una reactivación que no llegaba y Argentina sobrevivía exportando, fundamentalmente, soja a China, quien se va asentando cada vez más como el motor del mundo, con un rol cada vez más imperialista. Crisis que no se ha resuelto, y ya cumpliendo su décimo año, no hay vistas de que se resuelva en el corto plazo, agudizando cada vez más los problemas internos debido a la fuerte dependencia económica del país.

La ciudad burguesa

 

“La urbanización ha sido siempre, por tanto, un fenómeno relacionado con la división en clases, ya que ese excedente se extraía de algún sitio y de alguien, mientras que el control sobre su uso solía corresponder a unos pocos” (D. Harvey, 2012).

Los servicios básicos (agua, luz y gas) no salen de la nada. Todos estos son generados a partir de la extracción de recursos naturales, y muchos de ellos de génesis antiguas (o considerados no renovables) como el petróleo y el gas. La burguesía ha hecho gala de “dominar la naturaleza” para servir a las necesidades de estos servicios básicos para toda la humanidad. La realidad es que sólo ha destruido gran parte del valor natural y los recursos naturales por un simple motivo: acumular ganancias, y cada vez mayores.

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La ciudad, el ámbito urbano, en términos históricos, ha ganado la batalla al espacio rural por determinar el dominio territorial. La ciudad es también el espacio predilecto para la acumulación de capital (en ella se encuentran las principales ramas industriales), y allí la burguesía intenta crearla y recrearla en base a sus deseos y necesidades.

Esto genera otro problema, factor decisivo también en el problema de las tarifas de los servicios básicos: la segregación socio-territorial. Si bien este parece ser un fenómeno nuevo, propio de la posmodernidad y el neoliberalismo que expulsa gente del sistema, no lo es. Y su razón no es sólo económica sino también política.

Por un lado, los procesos de gentrificación del centro de las ciudades ayudan a elevar los costos del nivel de vida y el valor de las propiedades, los altos impuestos son impagables para gran parte de la clase trabajadora que huye hacia las afueras de las ciudades, donde la provisión de servicios de todo tipo suele ser escasa, cuando no inexistente. Por el otro lado, esto ayuda a que los elementos más “conflictivos” del sistema empiecen a estar alejados de los centros políticos y económicos de las ciudades, es así que se genera una segmentación y segregación territorial con base socio-económica.

A su vez, esto choca con los nuevos procesos de periurbanización cerrada (countries, clubs de campo, barrios privados, etc.), que tanto abundan en nuestro país y en todo el globo. Dos realidades contrapuestas se ven las caras a través de un paredón o un doble cerco perimetral con vigilancia las 24 hs y electrificadas. De un lado, barrios creados espontáneamente por la demanda urgente de vivienda, con crisis habitacional, hacinamientos, falta o escasez de servicios; del otro, opulentos barrios cerrados, planificados por algún(os) especuladores financieros e inmobiliarios, que hasta parecen mini-ciudades (algunos de ellos cuentan con escuelas en su interior, centros comerciales, clínicas), con todos los servicios (luz, agua, gas, cloacas, etc.). El capitalismo en su máxima esencia.

 

Crisis energética

Un aspecto que cabe abordar, es el de la crisis energética. Argumento infaltable en el discurso del gobierno de Macri para justificar los brutales tarifazos que se vienen aplicando. Que “tenemos que importar energía”, que “consumimos más de lo que producimos”, etc., etc., etc.

Si bien esto tiene una base material, y es que hay un exceso de consumo (no sólo a nivel nacional, sino global[2]) para la no tan escasa producción nacional en materia de energía (ya sea derivada de hidrocarburos como hidráulica), la realidad es que el mayor derroche energético se da en el proceso mismo de producción capitalista. Ya dijimos anteriormente que el fundamento principal de los empresarios es producir para obtener ganancias, a toda costa; por ende, siempre hay un factor de exceso de producción, y, por lo tanto, de derroche de energía y otros recursos.

Bajar el calefactor, apagar una luz, bañarse 5 minutos menos, todos reclamos que hace Macri por cadena nacional, no son equivalentes ni a la milésima parte de todos los excesos de consumo y derroche que generan las industrias capitalistas. Sólo una administración de la producción en manos de la clase obrera puede hacer posible cambiar el esquema de producir para generar ganancias a producir para satisfacer necesidades, implementando gestión eficiente de los recursos naturales.

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Luchar contra los tarifazos es luchar por el derecho a la ciudad

En nuestro país, hay más de 3,5 millones de familias que viven con problemas habitacionales. El déficit habitacional es del 25%. Más de 1,3 millones de familias viven en condiciones de hacinamiento. Y todo esto sin hablar de los millones de personas que no tienen acceso a una vivienda propia; se estima que faltan alrededor de 4 millones de viviendas en todo el país, sino más.

Una de las grandes hipocresías de este gobierno fue que vino a prometer pobreza 0, y que la pobreza aumentó en 1,5 millones de personas, llegando a más de un tercio de la población. Los barrios populares representan el 58% del espacio urbano argentino: el ajuste de Macri expulsa cada vez más trabajadores/as hacia las afueras de las ciudades, donde los servicios básicos escasean o, de tan caros que se están volviendo, se utilizan lo mínimo posible.

El urbanismo posmoderno pone en valor el centro de la ciudad no para goce y disfrute de toda la población, sino para que una élite o minoría pueda explotarla económicamente. Históricamente, la ciudad absorbía los excedentes de capital generados por la sobreproducción para generar mejoras en las condiciones de vida, y los reinvierte para generar mayores ganancias a unos pocos empresarios y especuladores inmobiliarios.

Por contrapartida, la clase trabajadora y los sectores populares sufren el aumento indiscriminado de las tarifas de servicios básicos. Servicios que están en manos de empresarios que se enriquecieron en base a los suntuosos subsidios y nunca reinvirtieron ni un peso (ni menos un dólar) en mejorar la infraestructura del país: tal es así que, en el sudeste de la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, no se pueden hacer conexiones nuevas en la red de gas hasta tanto no esté terminado el nuevo gasoducto cuya obra ni siquiera comenzó.

Es necesario que los y las trabajadores/as salgamos a las calles a enfrentar este ajuste del gobierno. No hay 2019 que valga si el ajuste pasa. Tenemos que seguir el ejemplo del movimiento de mujeres que lucha a brazo partido por conquistar el derecho al aborto libre, legal, seguro y gratuito.

Luchar contra los tarifazos es luchar por el derecho a la ciudad, pero esto no puede suceder, como dijo Lefevbre, sin la participación la clase trabajadora como agente de cambio.

Facundo Goldstein

 

Fuentes

Harvey, D. Ciudades Rebeldes. Del derecho a la ciudad a la revolución urbana. 2012.

Lefevbre, H. El derecho a la ciudad. 1968.

Subsecretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda de la Nación.

 

[1] A esto debemos sumarle el default declarado durante las jornadas de diciembre del 2001 y el abandono de la convertibilidad con la devaluación del peso que realizó Duhalde en el 2002.

[2] Hay estudios que afirman que si todo el mundo quisiera consumir al nivel de un norteamericano promedio necesitaríamos 7 planetas para abastecernos de recursos, mientras que el promedio mundial supera levemente los 2 planetas. Una muestra más de la depredación a la naturaleza que significa el capitalismo.

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