Grecia

Syriza y la crónica de una muerte anunciada

El pasado domingo se realizaron en Grecia las elecciones parlamentarias. En el régimen griego (al igual que en muchos otros países de Europa), es el Parlamento el que elige al gobierno, por lo que se trata de unas elecciones para definir quién va a gobernar. Traición y decepción del neorreformismo

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Editor en Jefe del portal IzquierdaWeb - Noticias de los trabajadores, las mujeres y la juventud.
Ale Kur


 

El resultado de las elecciones fue una esperada (pero no por eso menos impactante) derrota de Syriza, el partido de Alexis Tsipras que viene gobernando el país desde 2015. El triunfo fue para el partido neoliberal de centroderecha Nueva Democracia (de ahora en más ND), el mismo que gobernó Grecia entre 2012 y 2015 aplicando feroces planes de ajuste. Se trata, por lo tanto, del regreso de los que fueron echados con las urnas hace cuatro años atrás, cuando el pueblo se hartó de gobiernos neoliberales.

Veamos algunos números. ND obtuvo este domingo casi un 40% de los votos, cuando en las elecciones de septiembre de 2015 había obtenido poco más del 28%. Syriza obtuvo este domingo un 31,5% de los votos, cuando en septiembre de 2015 había obtenido casi el 35,5%. En números absolutos: de una elección a otra, ND ganó alrededor de 700 mil votos, mientras que Syriza perdió alrededor de 200 mil.

Se habla, por otra parte, de que el presentismo en estas elecciones fue particularmente bajo (56%), aunque no parece diferente del que hubo en las elecciones de septiembre de 2015. Por lo tanto, el fenómeno más objetivo de estas elecciones es la re-legitimación del partido ND, que en 2015 se encontraba fuertemente golpeado luego de años de políticas de austeridad. Es decir, un indiscutible retroceso en la conciencia popular.

Por otra parte, el propio carácter de Syriza se transformó fuertemente a partir de su elección en enero de 2015. Durante los años anteriores a dicho triunfo, se trataba de un partido de oposición a las políticas de austeridad, ligado a los movimientos sociales. Su propio nombre significa en griego “coalición de la izquierda radical”. Si llegó al gobierno a comienzos de 2015 fue precisamente gracias a ese programa y ese perfil: fue el vehículo que el pueblo griego eligió para ponerle fin a las políticas de ajuste llevadas a cabo durante más de una década por los gobiernos neoliberales. Sin embargo, Syriza rápidamente traicionó las expectativas populares. Y lo hizo de la manera más descarada posible.

Grecia se trataba de un país enormemente endeudado, al filo de la bancarrota, con una gravísima crisis económica y social, sin moneda propia y dependiente del Euro, sostenido mediante la financiación por parte de la  llamada “troika” del FMI, el Banco Central Europeo y la Comisión Europea. La Troika amenazó a Grecia con cortar el financiamiento en Euros si su gobierno no aceptaba firmar un nuevo acuerdo con durísimas condiciones, que implicaban continuar y profundizar las medidas de ajuste implementadas en los años anteriores. Era un chantaje brutal, ya que implicaba la amenaza de hacer quebrar al sistema bancario y evaporar los ahorros de la población, así como liquidar todo el sistema de pagos.

En julio de 2015, el gobierno de Tsipras convocó a una referendum popular para definir sobre la aceptación o no, por parte de Grecia, de esas condiciones planteadas por los acreedores. El referéndum popular expresó un masivo rechazo a ese chantaje: un 62% de la población votó “OXI” (no). Esto le otorgaba al gobierno de Tsipras un clarísimo mandato de ruptura.

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Pero para llevarlo adelante, era necesario avanzar en toda la línea con medidas anticapitalistas. Era necesario suspender el pago de la deuda, nacionalizar la banca y el comercio exterior, confiscar grandes fortunas y aumentar fuertemente los impuestos a los capitalistas. De esta manera, el Estado podría haber resistido el chantaje de la Troika sin ir a una quiebra masiva, y controlando una importante cantidad de divisas. Además era necesario prepararse para lanzar una moneda propia, capaz de darle al Estado griego soberanía en políticas monetarias, fiscales, financieras, etc.

El gobierno de Syriza no estaba dispuesto a tomar ninguna de estas medidas, por no querer confrontar a la clase capitalista europea y griega. Al igual que todas las fuerzas de la izquierda reformista, pretendían obtener mejoras para las condiciones de vida populares sin molestar a ningún capitalista, o por lo menos sin tener que forzarlos a entregar una parte de sus ganancias. Se trata de una concepción totalmente ingenua que mostró inmediatamente sus límites, tanto en el caso griego como en todos los procesos históricos similares.

Descartando tomar medidas anticapitalistas (o aunque más no sea nacionalistas radicales), Tsipras se rindió en toda la línea frente al chantaje de la Troika y terminó firmando el acuerdo con los acreedores, tan solo una semana después del referéndum que lo mandataba a NO hacerlo. Durante los siguientes cuatro años se dedicó a aplicar una por una las provisiones del acuerdo, ajustando el gasto público, aumentando impuestos a las clases populares, privatizando empresas y entregándolas al capital extranjero. Esto profundizó aún más la crisis social, llevando a una fuga masiva de jóvenes que no encontraban en Grecia ningún futuro.

Pero el problema no se detuvo allí. El giro en el programa económico de Syriza llevó también a un giro político-ideológico para sustentarlo. Tsipras buscó apoyo en los gobiernos más reaccionarios del mundo, como el de Israel y Arabia Saudita. Siguió los mandatos de la Unión Europea en torno al tratamiento de los migrantes, tratándolos como a perros en centros de detención hacinados. Continuó reprimiendo las protestas populares. Syriza se reinventó como un partido liberal centrista “honesto”, sólo diferenciado de la centroderecha neoliberal en (supuestamente) no ser tan corrupto. De esta manera, perdió hasta el último de sus rasgos progresivos.

Luego de cuatro años de ese desastre, se desarrolló una profunda oleada de desmoralización entre los trabajadores y el pueblo. Amplios sectores terminaron aceptando la idea de que no había otra salida que el ajuste. Un enorme retroceso, considerando que desde 2008 se desarrollaron en Grecia poderosas luchas populares con movilizaciones masivas, y desde 2010 alrededor de 32 huelgas generales.

Pero si el ajuste era la única salida, ¿para qué apoyar a Syriza, una fuerza que decía rechazarlo, en vez de a los ajustadores de toda la vida? Es precisamente eso lo que explica el crecimiento en 700 mil votos de Nueva Democracia de una elección a la otra. Amplios sectores (inclusive entre la juventud) fueron convencidos de que había que ir hasta el final con el ajuste, avanzando aún más con la flexibilización laboral y la explotación de los trabajadores, la reducción del gasto público y las privatizaciones. Esto explica también la pérdida de 200 mil votos de Syriza, que ya no veían a esta fuerza como una opción capaz de sacar adelante al país.

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Tras aceptar su derrota electoral, Tsipras declaró que se enorgullecía de dejar un país “libre (de rescates), en crecimiento y con reservas en sus cajas, con el interés de la deuda al mínimo histórico”[1]. Se trata de un cinismo repugnante: ¿de qué le sirve a los millones de desempleados, hambreados y muertos de frío que se hayan reducido los tipos de interés y que exista superávit? La lógica del reformismo muestra aquí que se trata de un camino muerto para los intereses populares.

La experiencia de Grecia debe servir de advertencia para todos los países que, como Argentina, se encuentran fuertemente endeudados y bajo la tutela del FMI y los acreedores. No existe una salida “progresista con ajuste”: el ajuste implica necesariamente tirar por la borda todo progresismo, y despejarle el camino al regreso de las fuerzas conservadoras tradicionales. Una salida realmente progresiva implica necesariamente suspender el pago de la deuda, romper con los acreedores, revertir las medidas de ajuste y tomar medidas anticapitalistas que le otorguen al país plena soberanía sobre sus asuntos. Es decir, seguir un curso de enfrentamiento con la clase dominante, que sólo puede ganarse con la más amplia movilización obrera y popular, con su organización libre, democrática e independiente.

Por otra parte, debe servir también como enseñanza a las fuerzas de izquierda alrededor del mundo[2]: no sirve para nada construir fuerzas supuestamente “anticapitalistas” pero sin un claro programa y estrategia de lucha de clases. La experiencia griega reafirma que es necesario construir organizaciones políticas socialistas dispuestas a ir hasta el final en la confrontación con la clase dominante, y no engendros preparados para capitular ante el primer chantaje del capital.

La izquierda tiene una necesidad legítima de dialogar con las experiencias y nivel de conciencia de las masas populares (si no quiere ser solamente un grupo de autoconsumo), pero esto de ninguna manera puede servir de excusa para hacer seguidismo a cualquier cosa que se vista de rojo (o ni siquiera). La perspectiva de la izquierda debe ser contribuir, de manera paciente, pedagógica y sin soberbia, a que las masas superen las expectativas en el reformismo, en vez de adaptarse pasivamente a esas mismas expectativas. Esa es la perspectiva que impulsamos desde la corriente internacional Socialismo o Barbarie.

[1] “Grecia votó a la derecha y despidió a Tsipras”. Página/12, 8/7/19. En: https://www.pagina12.com.ar/205015-grecia-voto-a-la-derecha-y-despidio-a-tsipras

[2] Esto es por ejemplo un debate con el MST argentino, fuerza que apoyó descaradamente a Tsipras y sostiene al día de hoy su política de construir “partidos amplios anticapitalistas”.

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