Socialismo o Barbarie 32/33 | Editorial – Los nuevos problemas

    Roberto Saenz
    Dirigente y teórico de la corriente internacional Socialismo o Barbarie.


    1. Los nuevos problemas

    Aunque no se trate de fenómenos estrictamente nuevos, es real que constituyen “irrupciones” relativamente novedosas, en plena investigación y que requieren abordajes específicos, razón por la cual lo que sigue será una suerte de “guía de estudio” para estos temas. 

    4.1 Las formaciones de extrema derecha “postfascistas”

    Una cuestión a profundizar es la emergencia de nuevas formaciones de extrema derecha. En el último período han hecho su aparición universalmente. En los más variados países comienzan a emerger organizaciones de este tipo; formaciones muy distintas entre sí atendiendo a las historias nacionales y rasgos característicos en cada caso. En todo caso, aquí nos interesa responder a sólo uno de los elementos de la caracterización: cuán “fascistas” son las formaciones de extrema derecha. ¿Qué alcances y qué límites tiene el peligro que constituyen?

    En términos generales, podríamos arrancar subrayando dos rasgos generales (distintivos también de la extrema derecha en el pasado): la traducción de cierto pánico a la pérdida de sus adquisiciones entre las clases medias (adquisiciones puestas en jaque por la globalización capitalista), así como también la orfandad política de sectores de la clase obrera; la falta de alternativas al mundo de hoy.

    Estos rasgos se conjungan en el Front Nacional de Francia, que es una de las formaciones de extrema derecha más importantes en Europa. En el balotaje presidencial de abril 2017 alcanzó el 35% de los votos, su mayor cota histórica. También el caso del AfD (Alternativ für Deutschland), una organización antiinmigrante, islamófoba, apologista del nazismo, que ingresó en el Bundestag por la primera vez desde la posguerra con el 13% de los votos, transformándose en el tercer partido parlamentario, y que tuvo buena performance en las últimas elecciones municipales. No se trata de organizaciones con formaciones paramilitares (aunque hay grupos de extrema derecha en Francia con estas características, incluso provenientes del mismo tronco que el FN histórico, pero más bien marginales). Más bien, constituyen un fenómeno político y político-electoral.

    De todos modos, su mera existencia configura un grave peligro que sería un crimen menospreciar; un fenómeno que expresa la polarización en un país de la importancia de Francia. Por otro lado, la tradición de extrema derecha en ese país es más que centenaria, con corrientes monárquicas, restauracionistas, reaccionarias, católicas, que vienen desde la Revolución Francesa, con hitos históricos como la campaña contra Dreyfus a principios del siglo XX o el gobierno de Vichy durante la ocupación nazi.

    Las formaciones de extrema derecha han venido fortaleciéndose. Se han extendido internacionalmente (desde EEUU a las Filipinas, pasando por Italia, Francia, Alemania, países de Europa oriental, Medio Oriente, etcétera), expresando en muchos casos un cuestionamiento por derecha a la globalización. También se nutren de la bancarrota vergonzosa del neoreformismo tipo Syriza y la crisis de alternativas entre los trabajadores.

    Para abordar este nuevo fenómeno es un desafío metodológico evitar las unilateralidades. Un primer error sería desentenderse de los peligros que entrañan. En las corrientes objetivistas, vulgares, que sólo ven las cosas yendo siempre e invariablemente “para arriba”, la desestimación de todo fenómeno que marque la gravedad de ciertos desarrollos es característica. Una de las tareas obligatorias de las corrientes revolucionarias es tomar en serio los peligros. De ahí que en la actual coyuntura poner en pie frentes únicos de lucha en las calles para enfrentar y derrotar a las formaciones de extrema derecha es una de las tareas privilegiadas. Junto con esto, se trata de hacer una campaña política sistemática alertando que son enemigos de los explotados y oprimidos.

    Pero esta tarea requiere el esfuerzo simétrico de no impresionarse, apreciando en su justa medida los alcances y límites de estas formaciones. Cabe tomar nota de que, por el momento, en Europa occidental, EEUU y Latinoamérica sus desarrollos se dan centralmente en el terreno político y político-electoral: no se trata aún en general de formaciones lisa y llanamente fascistas, con cuerpos francos o grupos de asalto en las calles, si bien formaciones como Alba Dorada en Grecia o los grupos nazi fascistas del “sector derecho” en Ucrania sí organizan grupos activos de acción directaSe trata, más bien, de fenómenos “adaptados” hasta cierto punto a los criterios de la democracia burguesa, que no movilizan sectores de masas. Pero que, de todas maneras, y atendiendo a la tendencia a una polarización creciente de los asuntos, constituyen un grave peligro que nos plantea estar alertas a su evolución ulterior.

    De ahí que haya que actuar desde ahora para neutralizarlos y combatir en las calles y en el terreno de la conciencia sus “cantos de sirena” reaccionarios: su prédica antiinmigrante, sus ángulos misóginos y en contra la libertad sexual, su reivindicación de las fuerzas armadas, su discurso contra el islam, etcétera. Una batalla concreta es la que se presenta hoy en Brasil. Jair Bolsonaro, un ex capitán del ejército ultrarreaccionario, que va segundo en las encuestas y podría pasar a la segunda vuelta electoral (aunque difícilmente ganar la presidencia). Constituye un fenómeno nuevo, y no en cualquier país, sino en el más importante de Latinoamérica (algo sin precedentes a esta escala).

    Al respecto, un artículo valioso pero impresionista es “Wilhelm Reich e o fascismo no presente” (de Michel Goulart da Silva, Blog Convergencia, Esquerda on line), que se excede al sugerir cierta “aproximación” entre los contextos de la Alemania nazi y el Brasil de hoy. Hace esto inspirándose en Michel Löwy, que afirma unilateralmente el carácter lisa y llanamente “fascista” de las formaciones de extrema derecha en Europa (“Diez tesis sobre la extrema derecha”). La nota aporta elementos para comprender las relaciones no mecánicas entre crisis económico-social y conciencia política: “Reich, analizando la Alemania pre nazi, recuerda que el trabajador no es ni nítidamente reaccionario ni nítidamente revolucionario, sino que está enredado en las contradicciones entre tendencias reaccionarias y revolucionarias”.

    Para una apreciación equilibrada de estas formaciones tomaremos algunas definiciones del historiador Enzo Traverso. Se trata de un fenómeno que abarca situaciones muy diversas, entendiendo que experiencias como las de la extrema derecha integrista en Medio Oriente y Pakistán o la extrema derecha hongkonesa, son distintas en muy variables grados respecto de las de Europa o Latinoamérica.

    Traverso establece una delimitación entre el fascismo clásico y los fenómenos actuales, a los que caracteriza como “posfascistas”. Subraya que el ascenso de las “derechas radicales” es uno de los aspectos distintivos de la actual coyuntura internacional. El ámbito específico de su investigación es EEUU y Europa. En este segundo continente, señala la necesidad de trazar una línea entre los países de Europa occidental y oriental. En los primeros, ubica el rasgo específico más característico en el rechazo a la inmigración y la creación del Islam como nuevo “demonio” (amén de los rasgos nacionalistas antieuropeos). En los segundos (salidos del antiguo “bloque soviético” luego del viraje de 1989), identifica la creación de condiciones para un renacimiento de los nacionalismos de preguerra de características fascistoides, anticomunistas e, incluso, antisemitas, amén de tocar también la cuerda antiimigrante). Ejemplo de esto son el partido húngaro Jobbik, el “Partido de la Gran Rumania”, Atak de Bulgaria, así como partidos similares en las repúblicas balcánicas y Ucrania, que se consideran “herederos de los movimientos nacionalistas y/o fascistas de los años 1930” (Lowy, “Conservadurismo y extrema derecha en Europa y Brasil”). Haciendo alarde de su voluntad de restituir en esos países una conciencia nacional (reaccionaria) reprimida durante cuatro decenios de hibernación “soviética”, gozan de cierta legitimidad en el seno de la opinión pública. Traverso insiste que el Viejo Mundo no había conocido un ascenso semejante de las derechas radicales desde la década de 1930.

    Sin embargo, agrega que no le parece correcta la caracterización de estos fenómenos como lisa y llanamente “fascistas”. Los identifica, más bien, como posfascistas, subrayando la necesidad de trazar analogías pero también diferencias: “Pensar el fascismo hoy significa tomar en consideración las formas posibles de un fascismo del siglo XXI, no la reproducción de aquel que existió en la entreguerras”. El posfascismo extrae su vitalidad de las crisis económicas y del agotamiento de las democracias liberales que han conducido a las clases populares a la abstención electoral, y se identifican con las políticas de autoridad. Su ascenso, con todo, ocurre en un contexto muy diferente de aquel que vio nacer al fascismo en las décadas de 1920-30.

    Otro autor afirma algo semejante: “El fascismo es un movimiento de masas organizado, e incluso armado, dispuesto a combatir al movimiento obrero (partidos y sindicatos) en la calle antes de tomar el poder, y de aplastarlo mediante una violencia masiva tras haber tomado el poder (instituyendo un Estado totalitario para hacerlo). La clase dominante no recurre a esta solución extrema mientras su dominación no haya sido amenazada por los trabajadores. No existe una amenaza así en los EEUU, hoy por lo menos” (Barry Sheppard, “El ascenso del trumpismo”).

    El posfascismo está desprovisto del impulso vital y “utópico” de sus ancestros; está limitado por una temporalidad “presentista”. Lejos de ser o presentarse como “revolucionario”, el posfascismo es profundamente conservador. Se presenta como una “muralla” frente a los enemigos que amenazan a la “gente común” –la mundialización, el Islam, los inmigrantes, el terrorismo–, y sus soluciones consisten siempre en retornar al pasado: retorno a la moneda nacional, reafirmación de la soberanía, repliegue identitario, “protección a la gente humilde” que se siente “extranjera en su patria”, etc. El posfascismo no oculta su pasión por la autoridad: exige un poder fuerte, leyes de seguridad, la reintroducción de la pena de muerte, etcétera.

    Mirá también:  Manuela Castañeira defendió la necesidad de un paro general en Crónica TV

    El problema en muchos casos es que las derechas radicales adquieren una suerte de monopolio de la crítica del “sistema”. Aunque, claro está, no son la opción 1, ni 2, de las elites dominantes. Para que lo fueran, deberían tener lugar un derrumbe de los Estados establecidos y la instalación de una inestabilidad permanente y generalizada. El hecho de que aparezcan como más “radicales” que la centroizquierda adocenada y reformista, atada a la legalidad, es un verdadero problema, porque ésta última ata las manos a los explotados y oprimidos en su acción (como la presentación de Lula ante la justicia sin llevar adelante una verdadera resistencia; una obra maestra del cretinismo institucional), y muchos de los sectores que se desmoralizan ante el deterioro de las condiciones de vida subproducto del capitalismo globalizado de hoy pueden entonces ser carne de cañón de las derechas radicales. En todo caso, está claro que el desborde de la legalidad y la democracia burguesa por parte de la izquierda revolucionaria tiene otros caminos y otras vías que las de la extrema derecha, como veremos más abajo.

    En síntesis: una de las principales tareas de la coyuntura es combatir y seguir estudiando estas formaciones que parecen haber llegado para quedarse, y que podrían radicalizarse conforme los elementos de polarización muestren una tendencia a profundizarse, al desfondamiento del centro y el fortalecimiento de los extremos. 

    4.2 La persistencia de la rebelión popular

    Como contraparte del punto anterior hay que subrayar la persistencia de la rebelión popular. Aunque no se trate del fenómeno dominante hoy, esta persistencia –que se reitera una y otra vez– se evidencia en los cuatro puntos cardinales del globo: es la forma que asumen los desbordes sociales cuando la situación no da para más.

    Por tomar ejemplos del último período tenemos los casos de las jornadas de diciembre en la Argentina, las explosiones populares en Nicaragua, Irán, Honduras, Armenia, Catalunya, Jordania, etcétera; todas circunstancias que muestran un conjunto de características comunes: la insurgencia desde abajo, su carácter popular masivo, sus banderas democráticas y económico-sociales, el hecho de que le cueste todavía asumir formas sociales de clase definidas (en el sentido de centralidad obrera, organismos de poder, partidos revolucionarios con influencia de masas y programas revolucionarios). En este sentido subrayemos que aun en ausencia de otros elementos de subjetividad, en el caso nicaragüense actual la aparición de formas de organización independientes, como sustitución de las intendencias y otros organismos oficiales, amén de cierta organización de autodefensa, es una característica presente y también visible en varios otros procesos.

    Cuanto irrumpe la bipolaridad, aparece la rebelión popular. Apareció en Honduras contra el fraude electoral; apareció en Cataluña defendiendo el derecho a la autodeterminación; apareció en Irán contra la carestía de la vida; apareció en la Argentina en las jornadas de diciembre; por todas partes se evidencia la contratendencia al desafío desde abajo.

    En la Argentina hubo en diciembre pasado una batalla campal con cientos de miles de trabajadores, jóvenes, mujeres, de compañeros y compañeras. El trotskismo y nuestro partido estuvieron a la vanguardia de la pelea con sus banderas. El gobierno tardó meses en reconstruir la Plaza Congreso.

    La persistencia de la rebelión popular es un factor tal que sería ceguera política mayúscula perder de vista. Con ella se dan una serie de fenómenos progresivos, contratendencias en el concierto internacional: el movimiento internacional de mujeres, las nuevas generaciones militantes, el surgimiento de una nueva clase obrera, las luchas democráticas: “La clase obrera está afectada, pero no paralizada. Este último año se han producido en Estados Unidos movilizaciones de una amplitud sin igual desde hace mucho: la Women’s March del 20 de enero de 2017, las movilizaciones contra el decreto de Trump que prohibía la entrada en territorio americano a personas ciudadanas de siete países de mayoría musulmana y a las personas refugiadas, que han seguido a la derogación del programa que permite a las personas Dreamers, jóvenes sin papeles que entraron en los Estados Unidos cuando eran niños y niñas, trabajar y estudiar legalmente, las manifestaciones contra la extrema derecha tras los acontecimientos de Charlottesville, etcétera” (Entrevista con el sindicalista Sherry Wolf, “Un real potencial de resistencia”).

    Desde ya que esto no niega el persistente bajón en las luchas obreras en Estados Unidos. Más allá del reciente ascenso de importantes luchas docentes, tanto en este país como en Inglaterra, es sintomático el fenómeno de la caída de los conflictos en los lugares de trabajo. Si entre 1947 y 1979 hubo un promedio anual de 303 huelgas “importantes” (que implican 1.000 o más trabajadores), esa cifra se hundió a 50 o menos desde los años 90 (Doug Henwood, “EEUU: La desaparición de la huelga”).

    En Polonia, en la lucha en defensa del derecho al aborto, hace su aparición una nueva generación de mujeres y de la juventud en general, joven y “ultra joven” (al igual que en otros países). Niños y niñas que salen a militar. No son simplemente jóvenes: “Las movilizaciones más importantes han estado organizadas por militantes de diversos grupos y organizaciones (…), así como sinnúmero de no organizados, con apenas 20 años y bajando a las calles por primera vez” (Przemyslaw Wielgosz, “Ne pas galvauder la victorie remportée contre le régime”).

    Es algo que apreciamos también en nuestra corriente: jóvenes de 17 o 18 años, una nueva generacion hace su entrada en escena. En Irán, entre el millar de personas arrestadas, el 95% eran menores de 25 años (Houshang Sépéhr, “Après le tremblement de terre, le tremblement social”).

    El movimiento internacional de mujeres, la nueva generación militante, una generación joven y muy joven, el surgimiento de una nueva clase obrera en muchos lugares y, en especial, en los grandes centros de acumulacion capitalista hoy, son todos temas que deben profundizarse y que hacen a las inmensas potencialidades por delante.

    Esta persistencia se anuda a otra cuestión también: las tareas democráticas y la necesidad de tener sensibilidad política respecto de ellas, sin sectarismo, sin perder de vista su potencialidad movilizadora y disruptiva en relación al giro reaccionario de los regímenes. Y, al mismo tiempo, la capacidad de conectarlas con el resto de las tareas económico-sociales y políticas, con la salida estratégica de la mano de la clase obrera.

    Frente a la ofensiva reaccionaria y el ajuste, la combinación de planteos democráticos con reivindicaciones de los explotados y oprimidos tiene una potencialidad tremenda. Porque, además, muchas de las reivindicaciones democráticas y del movimiento de mujeres se encuentran en el centro de la escena en muchísimos países, a las que debemos vincular con las perspectivas de la clase obrera, con la perspectiva socialista, sin quedar como planteos democráticos aislados. Este ida y vuelta es el abc de la política revolucionaria en el actual período, que no se puede resolver mediante deslizamientos sectarios ni oportunistas, sino que requiere una síntesis que, como tal, siempre es global.

    Profundicemos algo más respecto de la política hacia la democracia burguesa, un tema vital hoy tanto por las tendencias a socavar sus aspectos democráticos vía zarpazos reaccionarios como también por los peligros que exhiben muchas corrientes revolucionarias a la adaptación oportunista a ella.

    Muchos analistas señalan que, debido a la irrupción de las derechas radicales, la democracia burguesa aparece más cuestionada desde la derecha que desde la izquierda. Tenemos la impresión de que esto es más complejo. Es verdad que se la desafía más abiertamente desde la extrema derecha que desde la centroizquierda, lo que deriva del cretinismo parlamentario y legalista de la centroizquierda, de su carácter de formaciones puramente electorales (Syriza) y/o su cretina profesión de fe institucional (Lula).

    Por otro lado, no se pueden desconocer las presiones electoralistas y/o institucionalesque genera el mayor peso político-electoral alcanzado por distintas expresiones de la izquierda revolucionaria en el último período, lo cual es una conquista que debe manejarse sosteniendo las enseñanzas históricas del marxismo revolucionario al respecto. En el caso europeo estas presiones se resuelven en una adaptación lisa y llana al régimen como es el caso de Anticapitalistas en el seno de Podemos; en países como Brasil y la Argentina las cosas son más complejas. En este último país, la izquierda trotskista conserva su fisonomía revolucionaria, lo que no niega que estas presiones también se hagan presentes en determinados casos; ver al respecto nuestra elaboración “Cuestiones de estrategia”.

    Pero también es verdad que la extrema izquierda no puede “desafiar” de igual manera la democracia burguesa que la extrema derecha. Debe hacerlo de una manera que plantee la necesidad de que sea superada por una democracia superior: la democracia directa de los explotados y oprimidos desde abajo. Además, existe internacionalmente un elemento de desborde propio de las rebeliones populares; incluso dando paso a experiencias de un fragmentario poder alternativo como es últimamente el caso de Nicaragua, más allá de las confusiones en la conciencia popular.

    Mirá también:  Lamiendo las botas de Lagarde y Trump

    Frente al giro a la derecha de los regímenes, no podemos salir a desafiarla de igual manera: somos campeones de la defensa de las conquistas democráticas frente a los zarpazos reaccionarios. Toda otra actitusd sería un desastre político. Pero el desarrollo de la experiencia, la lucha por esas tareas democráticas, puede abrir elementos de autoorganización. Ser campeones de las tareas democráticas puede llevar a acciones directas independientes, incluso con elementos de autodefensa. Y eso también es desborde de la democracia burguesa. No salimos a denunciar la democracia burguesa de la manera en que lo hace la extrema derecha, que cuestiona toda democracia. Pero impulsamos progresar en experiencias de acción directa que la superen.

    Es por esto que siguiendo las enseñanzas de Rosa Luxemburgo y el bolchevismo, una tarea obligatoria de los revolucionarios es llamar a la desconfianza en el parlamento (¡una tarea más obligatoria aún si actuamos en él!). Insistimos en que la clave de las conquistas pasa por la calle. Buscamos desbordar las instituciones en la acción, en la puesta en pie de formas de organización alternativas.

    Se trata de una tarea doble que pasa por combatir de manera implacable los “Estados de excepción”, los “golpes parlamentarios”, y acciones semejantes de socavamiento reaccionario de la propia democracia burguesa, al tiempo que impulsamos que la institucionalidad sea desbordada desde abajo, en la acción. 

    4.3 Alertas estructurales de la barbarie capitalista

    Más allá de los aspectos señalados, queremos enumerar aquí una serie de cuestiones a desarrollar posteriormente: las “alertas estructurales” de la actual dinámica capitalista, entre ellas las tendencias del sistema a la barbarie, que están profundizándose en estos comienzos del siglo XXI. Señalamos cuatro alertas estructurales: el problema ecológico, el migratorio, la desigualdad social creciente y el rearme militar. Esbozaremos someramente los dos primeros, dejando los otros para un próximo documento.

    El problema ecológico es una cuestión cada vez más dramática. El cambio climático es cada vez más perceptible, como así también la imposibilidad del capitalismo de resolverlo. El capitalismo es un sistema competitivo cuyo objetivo es la ganancia; ése es su motor específico. En ese sentido, por más cumbres que se hagan, es difícil ir más allá de la retórica.

    Esto se hace agudo con Trump en la presidencia de los EEUU; una figura portaestandarte del negacionismo climático y representante casi directo de sectores capitalistas directamente ligados a la polución ambiental (las industrias del carbón, del petróleo, del acero…). Simultáneamente con estos desarrollos, ha crecido en los últimos años la sensibilidad respecto de los problemas del cambio climático, bandera que están tomando los explotados y oprimidos en las más vastas regiones del globo. De ahí que también haya crecido, en la izquierda revolucionaria, la preocupación por esta dinámica adversa que se hace cada vez más central en la perspectiva de la humanidad en este siglo XXI, así como la elaboración teórica al respecto.

    Existen dos premisas básicas, programáticas, al respecto. La primera es que, más allá de las presiones por “reformas”, parece evidente que en ninguna otra temática como en ésta la perspectiva revolucionaria se hace más necesaria, en la medida en que la cuestión climática cuestiona en su centro mismo la lógica de un sistema cuyo único vector es acumular ganancias sobre ganancias, sin importar si esto se hace sobre el cadáver de la humanidad y de la naturaleza.

    Por lo demás, otro desafío programático de primer orden es cómo lograr que las reivindicaciones ecológicas combinen con los problemas de los trabajadores. Es decir, no oponerlas sino encontrar un ángulo que permita asumir la cuestión desde la clase trabajadora. Hay muchas tendencias ecologistas que tienden a escindir la problemática y a plantear la naturaleza por encima de las clases sociales. Se trata de una cuestión que, como otras no directamente clasistas, exige un esfuerzo de parte de los marxistas revolucionarios por evitar un reduccionismo sectario. Pero, también, no adaptarse a una presión posmoderna, que coloca a los trabajadores como “un tema aparte”, como si la problemática ambiental pudiera resolverse separada de las perspectivas de la revolución socialista.

    De índole más teórica son los debates apasionantes alrededor de si hemos ingresado a una nueva era geológica (antropoceno o capitaloceno), caraterizada por la interacción de los seres humanos sobre la naturaleza. A nuestro modo de ver, el debate es útil a los efectos de entender que el actual desarrollo de las fuerzas productivas, en manos del capitalismo, tiene la potencialidad de revertirse negativamente sobre el planeta.

    Aquí el problema no es el desarrollo de las fuerzas productivas como tales; el inevitable sustrato material de toda perspectiva emancipadora (socialista y comunista), sino en manos de quién están unas fuerzas productivas cuyas potencialidades liberadoras se multiplican, pero que también revierten contra la humanidad y la naturaleza en la medida en que no sean liberadas con la revolución socialista. Se trata, entonces, de una problemática que ha adquirido status universal, y que tenemos atraso en abordar.

    Otro alerta estructural es la crisis migratoria. Desde Marx sabemos que los flujos de población siguen a los de la acumulación; las leyes de la poblacion están estrechamente vinculadas a las de la acumulación capitalista. Por eso, no es casual que los flujos migratorios sigan hacia los polos más fuertes y/o dinámicos de la acumulación capitalista. La barbarie en África, en Centroamérica y México, en el Este europeo, en Medio Oriente, lleva a millones a apilarse en la frontera sur de los Estados Unidos, a embarcarse en el Mediterráneo, incluso a buscar el territorio chino para encontrar una “salvación”, un futuro que no encuentran en su casa.

    Son conocidas las catástrofes sociales y económicas de países como Honduras, Guatemala, México, los países del Norte de Africa, Siria, etcétera, que llevan a la expulsión de sus poblaciones trabajadoras. Por experiencia de la corriente y propia del autor, conocemos en profundidad la situación de Honduras, un país con su economía quebrada y uno de los tantos países donde el mayor ingreso de divisas proviene de las remesas de dólares del exterior; esto es, un país que lisa y llanamente exporta fuerza de trabajo.

    Pero el drama no termina ahí. Debido a la permanencia mayormente ilegal en los Estados Unidos, las familias no pueden volver a reunirse. El padre (o la madre) va en busca de trabajo a EEUU y, como está ilegal, no puede retornar; no puede ir de visita a su país de origen. Y no estamos hablando de un par de años. Hablamos de circunstancias que cristalizan a lo largo de dos o tres décadas y, en el ínterin, poco queda de dicha familia. Son muchísimos los niños, niñas y adolecentes que no conocen a sus padres.

    El fenómeno migratorio es connatural al capitalismo. Los flujos migratorios acompañaron a comienzos del siglo XX las historias de éxito de Estados Unidos o Sudamérica; las generaciones de campesinos irlandeses, españoles, italianos, etcétera, huyendo de sus países a “hacerse la Ámerica”. Tambien, los flujos migratorios desde Rusia y Europa oriental (población judía y no judía), hacia Europa occidental o América como un todo en la misma época. O, en la segunda posguerra, migraciones masivas como la turca para colaborar con la reconstrucción de Alemania, sin olvidar los países metropolitanos sedes de un gran imperio, como Inglaterra y Francia.

    El tema actualmente es que con la crisis del 2008 se ha acentuado la restricción en los países de destino al arribo migratorio. Sus países y regiones expulsan anualmente cientos de miles o millones. Pero la crisis económico-social del capitalismo neoliberal globalizado ha dado lugar al ascenso de formaciones de derecha y extrema derecha, que hacen de los inmigrantes los chivos expiatorios de la crisis capitalista.

    Esto es lo que ha planteado el tema en el centro de la agenda en los últimos años; se trata de una suerte de “olla a presión” donde los flujos migratorios se multiplican por la falta de expectativas de vida en sus países de origen. Y las naciones que deberían ser receptoras de estas nuevas poblaciones migrantes endurecen sus políticas de una manera que ha transformado al tema migratorio en uno de los aspectos de barbarie capitalista más característicos.

    Está claro que el populismo de derecha y extrema derecha como el de Trump tiene este perfil reaccionario antiinmigrante como portaestandarte, en un país como EEUU donde la población de origen latino alcanza ya los 50 millones (su segunda población más importante). En otros textos abordamos esta cuestión característica del capitalismo de hoy, otro de los alertas estructurales de la barbarie capitalista y de este mundo que tiende a la polarización creciente bajo un sistema que toma como enemigos y rehenes a los inmigrantes. Una experiencia directa reciente de nuestra corriente con el tema es la participación en los “encierros” que están ocurriendo al cierre de esta edición en Barcelona. 

    Print Friendly, PDF & Email

    Colaborá con la izquierda


    Nuestra actividad se mantiene con el aporte solidario de los trabajadores, las mujeres y la juventud.

    Suscribite para que podamos seguirte brindando la mejor información y análisis.

    Me quiero suscribir




    Recomendadas

    Rebelión Antirracista en EEUU

    Lectura recomendada

    Deutscherismo y estalinismo

    “Para que el concepto de la personalidad adquiera un sentido real y el desdeñoso concepto de las ‘masas’ deje de ser una antítesis que se alza ante la idea filosófica privilegiada de la ‘personalidad’, es necesario que las propias masas conquisten por sí mismas una etapa históricamente más elevada por medio de la palanca de la revolución o, mejor dicho, de una serie de revoluciones” (León Trotsky, Mi vida). El 80° aniversario del asesinato de León Trotsky es una oportunidad para volver sobre su vida y su obra, así como sobre el balance de la c...

    Trabajadores

    Las Rojas

    Últimas noticias

    DEJAR UN COMENTARIO

    Ingresar comentario
    Ingrese su nombre