Socialismo o Barbarie 32/33 | Editorial – Las bases materiales de la polarización

    Roberto Saenz
    Dirigente y teórico de la corriente internacional Socialismo o Barbarie.


    1. Las bases materiales de la polarización

    Pasemos ahora al tercer elemento del análisis: las raíces materiales de la situación mundial de polarización (una situación que hoy se expresa por la derecha, pero que mañana podrían hacerlo por la izquierda). ¿Qué razones estruturales existen para un mundo donde el signo es la inestabilidad? Es un mundo donde se afirma una tendencia al descontento, a la crisis, y no a la parsimonia. ¿Qué fundamentos existen de eso que se expresa, políticamente, como giro a la derecha y polarización, y como creciente crisis entre Estados?

    Veremos a continuación someramente cuatro cuestiones desarrolladas in extenso en este número de nuestra revista.

    3.1 Una crisis económica que no termina

    La economía mundial conjuga graves problemas. Es consensual que la burguesía logró en los últimos 40 años un progreso estructural sobre las clases explotadas. Una triple ofensiva sobre las relaciones de explotación directas, la restauración capitalista en el tercio del globo que no lo era y una mayor mayor subordinación de las naciones dependientes. Nadie lo discute. Por eso es difícil explicar la razón (las razones) del persistente bajón de la economía mundial y las dificultades para una recuperación estructural, no coyuntural (las coyunturas van y vienen; ahora mismo los favorables pronósticos del FMI parecen estar ensombreciéndose). El gran misterio es, en todo caso, por qué, si se lograron semejantes avances sobre las masas explotadas y oprimidas, la economía mundial no está bien.

    Hace 40 años que el capitalismo viene avanzando sobre las relaciones de explotación y quitando conquistas. Ha aparecido una nueva clase obrera, pero que en materia de conciencia y organización arranca de mucho más atrás. Y, sin embargo, la economía mundial parece haber llegado a una nueva crisis estructural; lo que venimos llamando en otros textos el agotamiento del impulso ascendente de la globalización.

    En abril pasado el FMI anunció un crecimiento mundial del 3,9% para este año y el que viene. Sin embargo, el propio Fondo aclara que para 2020 la situación económica mundial volverá a deteriorarse (“Perspectivas de la Economía Mundial”, abril 2018). El pronóstico de crecimiento parece estar cumpliéndose en EEUU, donde se muestra sólido (por ejemplo, las cifras de empleo estarían en récords históricos). De ahí el persistente aumento de sus tasas de interés, que está introduciendo presiones a la crisis en economías emergentes (Michael Roberts ya está interrogándose si se avecina una “una nueva crisis de las deudas”). El aumento de las tasas en EEUU está llevando a una apreciación del dólar y a una depreciación de las demás monedas (sobre todo las del mundo emergente), así como a un retorno de los capitales hacia el centro del mundo, lo que impacta en países como la Argentina pero también en otros que se muestran más sólidos, como Brasil.

    Más allá de los pronósticos del FMI, las dudas vienen creciendo en relación a la UE, Japón y la propia China. Aquí hay un mix de problemas económicos, políticos y geopolíticos: la escalada de los precios del petróleo, las medidas proteccionistas que está tomando Trump, las nuevas restricciones crediticias en China, la salida de EEUU del acuerdo con Irán, la asunción del nuevo gobierno euroescéptico en Italia, etcétera. El consenso globalista prevaleciente hasta poco tiempo atrás, parece estar siendo derrumbado a mazazos. Volveremos sobre esto.

    La “recuperación” no ha resuelto ninguno de los problemas estructurales que minan la economía mundial: el débil crecimiento de la productividad, de la inversión productiva, la baja recuperación de la tasa de ganancias, la financierización económica, la dificultad para encontrar ramas de punta que saquen adelante la economía de conjunto, etcétera.

    La combinación de la baja productividad y el débil crecimiento de la inversión productiva no auguran nada bueno para un aumento del crecimiento o, incluso, para la sostenibilidad del bajo crecimiento actual: “Como Gavyn Davies lo resume: ‘¿Es sólo otro falso amanecer?’. Señala que ‘hay pocos signos de recuperación por el lado de la oferta y algunos indicios de exceso de riesgos en los mercados de activos (es decir, el crecimiento desbordado de los precios bursátiles). Por ello, algunos economistas sugieren que la economía global puede ser ‘bipolar’, con un aumento del riesgo de que el actual período de crecimiento de la actividad de las empresas, pueda ser pinchado por un súbito aumento de la aversión al riesgo en los mercados de activos. Así, ‘un choque de riesgo relativamente menor, por ejemplo geopolítico, podría dar lugar a una fuerte corrección de los precios de los activos, y ello podría frenar la recuperación económica mundial en seco’” (Roberts).

    ¿Cómo es esa dialéctica entre la “recuperación” y la crisis estructural en la economía mundial? Subsiste una serie de problemas que socavan el crecimiento: “Bajo el capitalismo, hasta que la rentabilidad no se recupere de forma suficiente y se reduzca la deuda (y ambas van de la mano), los beneficios de productividad de las nuevas ‘tecnologías de punta’ (…), de robots, IA, impresión en 3D, ‘big data’, etc., no permitirán una reactivación sostenida del crecimiento de la productividad y, por lo tanto, del PBI real” (ídem).

    Se trata de toda una serie de cuestiones que nuestra corriente viene abordando y que remiten a las dificultades para un nuevo ciclo de crecimiento de la economía mundial; para un relanzamiento de la acumulación (ver el trabajo de M. Yunes en esta edición, así como nuestros “Perspectivas del capitalismo a comienzos del siglo XXI” y “El debate sobre la dinámica histórica del capitalismo”).

    Como digresión, subrayemos que en materia económica también se aprecian las temporalidades largas que caracterizan la situación mundial, extendidas en varios planos: económico, político, geopolítico, en lo que hace a la carencia de un “horizonte de expectativas” de los explotados y oprimidos. Estas tendencias algo profundo deben estar expresando: la “cronicidad” de una serie de desarrollos, la fluidez de una situación globalmente no resuelta, una transformación del mundo en pleno desarrollo y que no decanta.

    Una de estas “temporalidades largas” es el alcance de la crisis del 2008, que a 10 años de comenzar aún no se ha superado; una crisis histórica (como la definimos en su momento), expresada en la tercera depresión económica en la historia del capitalismo moderno. Una depresión larga más parecida a la de finales del siglo XIX, que a la depresión catastrófica de 1929 (como para tener un parámetro, los índices de caída del PBI mundial durante la crisis de 2008 alcanzaron algo en torno al 5%; durante la Gran Depresión, el 30%)pero que no por ello deja de multiplicar sus efectos, incluidas las tendencias proteccionistas.

    Vivimos en un largo período de crecimiento débil que se revierte en una depresión persistente no catastrófica, pero bien real. Porque la economía mundial, con la excepción de China, que sigue siendo una enorme historia de éxito (volveremos sobre esto), no termina de recuperarse. Esa es la base económica del escenario actual de polarización. Y se combina con otro fenómeno socioeconómico, el grado de desigualdad, que es monstruoso. Esta desigualdad, estadísticamente, aparece como un retorno al siglo XIX; uno de los “alertas estructurales” que pesan sobre la situación mundial (y de los cuales hablaremos más abajo).

    Parte de esto es el desempleo mundial de la juventud, que luego de la crisis del 2008 alcanzó la cota del 24%. En 2012, Grecia y España estaban en un desempleo juvenil del 55%; Irlanda, Francia y la eurozona en algo en torno al 25%; Estados Unidos y Canadá, en un 15%, y solamente Alemania tenía índices por debajo del 10% (sin olvidarnos aquí de la epidemia de “minijobs” que recorre hace años el país germano); todo esto sin olvidarnos que en países como Polonia y España más del 70% de los adultos jóvenes tienen trabajos precarios (Roberts).

    Esto para nada disminuye la importancia estratégica del proletariado universal que ha supuesto la fase globalizadora; la clase obrera materialmente más poderosa que haya conocido el capitalismo, más allá de la fragmentación y heterogeneidad que también caracteriza a esta nueva clase obrera (amén de su atraso en materia de conciencia y organzación).

    Nuevos centros de acumulación se han establecido, y, en ellos, las potencialidades objetivas del proletariado son inmensas: “La industria automovilística se ha venido moviendo hacia el este: exceptuando México, Argentina y Brasil, el desenvolvimiento mayor ha ocurrido en áreas como Europa del Este, Turquía, Irán, Pakistán, India y China. En estos casos, las líneas de producción y las calificaciones son las mismas que en los países de vieja industrialización, pero los derechos sociales y la legislación laboral no son iguales (…). Incluso más: podemos observar situaciones de semiesclavitud, especialmente entre los trabajadores migrantes, y fábricas ‘subterráneas’ que escapan a toda legislación” (“Social upheavals, fightbacks and alternatives”). Por otra parte, corresponde agregar un hecho de importancia: en la mayoría de las nuevas áreas productivas del mundo hay ganancias salariales reales entre los trabajadores, algo que es especialmente cierto en China.

    La economía mundial plantea una serie de temáticas que, en definitiva, remiten a una dinámica histórica del capitalismo con pronóstico reservado, en la que un elemento fundamental es la ya señalada “crisis del globalismo”. Como señala un analista marxista: “Hay muestras de que la corrida en las últimas décadas a la expansión de las cadenas de abastecimiento y a tercerizar la producción en todo el mundo se ha lentificado y en algunos casos puesto en reversa. Algunas grandes corporaciones, como la estadounidense firma textil American Apparel y la española Zara, se han centrado en núcleos productivos locales más que en cadenas de abastecimientos globales, un modelo que ahora están adoptando otros como IBM en computadoras y Caterpillar en maquinaria agrícola (…). Todo indica que la globalización ha superado ya su momento bajo el sol. Pero si este es el caso, ¿cuán sostenible es la tendencia a alejarse de la globalización?” (Martin Upchurch, “¿Is globalisation finished?”).

    Sería el final de lo que algunos autores llaman “la ventana de oportunidad” que significó la caída de los Estados burocráticos no capitalistas 30 años atrás; el agotamiento de las tendencias expansionistas de la globalización (la extenuación de lo que dimos en llamar el “momento Rosa Luxemburgo”) y los crecientes peligros de fragmentación del mercado mundial: “Lo específico del momento actual, sin embargo, es que este impulso ascendente parece estar agotándose, llegando al límite de sus potencialidades. ¿Cómo explicar, si no, la mediocridad en los desarrollos en las principales economías del centro imperialista? Es verdad que EEUU resultó ser el país avanzado que mejor se recuperó luego de la crisis. Pero las dudas respecto de la dinámica de la economía estadounidense persisten, y nadie cree que haya resuelto sus problemas más estructurales, como el agotamiento en las condiciones de largo plazo en su acumulación, un fenómeno sin el cual sería inexplicable Donald Trump” (R. Sáenz: “Marx, Trotsky y Mandel. El debate sobre la dinámica histórica del capitalismo”, Socialismo o Barbarie30/31).

    En este sentido, uno de los fenómenos visibles es el estancamiento del comercio mundial, factor dinámico del capitalismo desde la segunda posguerra; esa pérdida de dinamismo da base material a pulsiones proteccionistas que se están haciendo recurrentes. Trump está introduciendo las primeras medidas proteccionistas en relación al acero, el aluminio y las ramas tecnológicas que, en el fondo, buscan contrapesar los desbalances comerciales con las dos grandes naciones superavitarias: China y Alemania. Sin embargo, todavía está muy lejos de las cifras de los años 30: un aumento generalizado de las tarifas que, según Callinicos, las llevó al 45% (Smoot-Hawley Act). Esto no quiere decir que las medidas de Trump no estén teniendo efectos no previstos incluso para EEUU: Harley Davidson acaba de anunciar que sacará parte de su producción del país para poder seguir vendiendo en Europa.

    El capitalismo funciona y domina, pero su dinámica entraña graves elementos de crisis. Éste es el fundamento material de la inestabilidad mundial. 

    3.2 Una tendencia creciente a la conflictividad geopolítica

    Un segundo elemento de polarización es la tendencia a la ruptura del equilibrio entre Estados, un dato que se confirma cada vez más. Roberto Ramírez escribió sobre esto en la edición anterior un estudio largo y profundo. Se trata de un tema instalado ya como parte de la “geografía política” internacional y que significa un vuelco de importancia cuando hace sólo pocos años discutíamos con intelectuales marxistas que afirmaban que los conflictos entre Estados eran “cosa del pasado” debido a que la mundialización capitalista los hacía “imposibles”.

    Se trataba de un abordaje unilateral que perdía de vista que la globalización no había resuelto el problema de la subsistencia de los Estados nacionales; en primer lugar, de los Estados imperialistas y de las relaciones de jerarquía y subordinación que entraña el sistema mundial de Estados. En Adam Smith en Pekín Giovanni Arrighi afirmaba que la ascensión de China al podio mundial sería pacífica; Claudio Katz también defendía años atrás una similar mirada ingenua de los conflictos interimperialistas

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    Una problemática compleja cuyo eje es la cada vez más conflictiva relación entre EEUU y China, pero que se complica también con la intervención de la Rusia de Putin en Ucrania y Siria, amén de las crecientes contradicciones de EEUU con la UE en general y Alemania en particular, y por hablar solamente de las contradicciones entre potencias, esto es, interimperialistas, a las que cabe sumar los conflictos de tipo regional como los que se dan entre Irán-Turquía-Arabia Saudita, India-Pakistán, etcétera.

    Llama la atención un comentario de Pierre Rousset (especialista en el sudeste asiático) señalando que está instalado entre las masas chinas que en algún momento puede haber “un enfrentamiento con EEUU”; dato de extrema gravedad a mediano plazo. Otro dato de importancia es el profundo antagonismo que la población china siente todavía con Japón. Durante 8 años (1937-45) el Imperio japonés ocupó alrededor del 50% de China: 7 millones de soldados chinos y 28 millones de civiles fueron asesinados, algo que no deja de alimentar tensiones geopolíticas al rojo vivo en esa región.

    Un comentario similar es el que expresa un observador que ha viajado a China de manera continua durante los últimos 45 años: “Lo que le preocupa [a la población china] es cómo continuar creciendo luego de quince años donde fue considerado normal crecer al 10-12 % anual. Tienen conciencia de que es insostenible y no tienen claro cómo sería el país con una tasa más normal (…). Les preocupa [también] la inevitable confrontación con los EEUU por el liderazgo mundial; algo que consideran ineludible dado el tamaño, los recursos y la voluntad de lograr esto que, sin embargo, requerirá asegurarse las materias primas (mayormente en África y Latinoamérica), incrementar las Fuerzas Armadas y la investigación y desarrollo” (“Celebrating 45 years of visiting China”).

    China es la mayor historia de éxito de la mundialización en los últimos 30 años. Posee un grado de productividad del trabajo mucho más bajo que EEUU. Pero expresa un dinamismo, que aunque se ha reducido, sigue siendo alto para la media mundial (su crecimiento pasó del 12 al 6% anual). Un dinamismo que de sostenerse, tendría a mediano plazo la posibilidad de desplazar a EEUU en términos de tamaño del PBI (algo muchísimo más difícil sería hacerlo en materia de productividad global); una cuestión que fogonea la conflictividad geopolítica: “Detrás de las tarifas está los que los analistas consideran el objetivo más amplio de la Casa Blanca de quebrar la estrategia china llamada ‘Made in China 2025’, que busca que un número de empresas en sectores como robótica, semiconductores, aviación y computación se transformen en líderes mundiales” (A. Callinicos: “Trump gets serious”).

    China consume la mitad del cemento y el acero mundial. Posee la mayor cantidad de kilómetros de vías férreas y trenes de alta velocidad del mundo. Tiene el mayor número de ciudades con más de 1 millón de habitantes y se aproxima aceleradamente a la producción automotriz de los Estados Unidos: 20 millones de automóviles. Todos sus índices son récord, incluidas obras de infraestructura gigantescas.

    Y esta historia de éxitos no se verificaría solamente en las grandes ciudades. También el interior chino está desarrollándose a pasos agigantados. Al menos, el interior de la China costera (la región más cosmopolita, que incluye las ciudades de Shanghai, Cantón, Shenzhen, Hong Kong y otras), donde se aprecian autopistas ultramodernas y urbanizaciones sin grandes signos de pobreza.

    Más allá de otras determinaciones, la “infraestructura” de este dinamismo se basa en la creación de un nuevo proletariado urbano-rural multitudinario que trabajo bajo las condiciones del hukou (ancestral pasaporte interno al que volveremos más abajo), así como bajo un régimen laboral específico de superexplotacion que podríamos llamar como “cama adentro”: los trabajadores durmen en grandes alojamientos dentro de las plantas que están atiborrados compartiendo incluso las camas (el documental We, the workers es un testimonio extraordinario de esto). El gigantismo de esta nueva clase obrera y de las plantas donde concentra su actividad se puede apreciar en una de las plantas de la Foxconn (fábrica se semiconductores de origen taiwanés) que agrupa 400.000 trabajadores bajo un mismo techo.

    Existen en China varias “comunas de trabajadores” de esta magnitud, lo que habla de las potencialidades estrategicas de esta nueva clase obrera, más allá que la burocracia del PCCh no es idiota y restringe permanentemente sus posibilidades de expresión independiente.

    De ahí que no sea sorprendente que en China es inexistente cualquier atisbo de “sociedad civil” (una sociedad con elementos independientes más allá del Estado). Au Loong-Yo lo confirma y señala que en la década del 30, pleno régimen fascista del Kuomintang (KMT) de Chiang Kai-shek, Chen Du Xiu, ex fundador del PCCh y posteriormente dirigente trotskizante, tuvo más cobertura en los periódicos que el premio Nobel de la paz, Lui Xiaobo, que acaba de morir en cautiverio en el más completo ostracismo.

    Au Loong-Yu denuncia que su enjuiciamiento y muerte prematura tuvieron menos garantías judiciales y difusión que el caso de Chen: “En la China actual no existe un solo periódico independiente. Razón por la cual, aunque la prensa de los años 30 reprodujo fielmente la defensa de Chen contra el KMT, la declaración pública de Lui Xiaobo –afirmando que el PCC ‘no es mi enemigo’– fue censurada en la China del PCC (…). El KMT le brindó a Chen un mejor tratamiento en prisión que el mal tratamiento infligido a Lui por el PCC” (Au Loong-Yu: “Lui Xiabo, ‘un mártir, un hombre de gran coraje moral’ ha muerto, liberen a Lui Xia”).

    China es hoy una sociedad capitalista de Estado; un imperialismo en construcción (Rousset) caracterizado por un conjunto de especificidades: “La tesis principal de Au Loong-Yu es que China es una potencia capitalista-burocrática, donde ‘la burocracia es la clase capitalista’. Al identificar el capitalismo burocrático como subespecie o ‘variante’ del capitalismo de Estado, la tesis de Au rechaza el calificativo de ‘socialismo de mercado’ de pensadores como Giovanni Arrighi. Au sostiene que la propiedad estatal, en sí misma, no opera como una especie de propiedad socializada; al contrario, la propiedad estatal permite a la burocracia controlar directamente la apropiación de plusvalía” (“China. Ascenso y crisis emergente”, reseña de Pierre Rousset a un libro de Au Loong-Yu).

    Como digresión, digamos que la reflexión de Au se aplica también a los “Estados obreros” donde, en ausencia del poder de la clase obrera, la propiedad estatizada, per se, no garantizar el carácter obrero del Estado. Algo que va contra lo que afirma, por ejemplo, Michael Roberts en cuanto a que el desarrollo de China se estaría produciendo por una vía “no capitalista” (en “Xi toma el control total del futuro de China”, un análisis con puntos en contracto con Arrighi). Esta afirmación no tiene sustento alguno en la realidad y parece basarse en la equivocada idea de que propiedad estatizada sería igual a modo de producción no capitalista.

    En síntesis: está en curso una profunda reconfiguración geopolítica. Como lo señalamos más arriba, intelectuales como Claudio Katz escribieron años atrás que en el actual contexto globalizador serían “imposibles” las guerras interimperialistas. No sabemos si sigue opinando lo mismo. Lo que sí sabemos es que una mayoría creciente de los analistas están alertando sobre el incremento de la conflictividad geopolítica: es más difícil que en el pasado descartar hoy la posibilidad de enfrentamientos militares entre grandes potencias para el mediano plazo.

    Esta tendencia creciente al incremento de los enfrentamientos, la posibilidad de conflagraciones, es el segundo fundamento material de este escenario mundial de polarización, sin olvidar en este rubro las tendencias contradictorias entre la salida de Trump del acuerdo con Irán (que inmediatamente agigantó las tensiones geopolíticas en la región y disparó el precio del petróleo), y la “distensión” en la península coreana en la medida en que se pudiera avanzar a un acuerdo de paz entre ambas Coreas (ver al respecto, de Pierre Rousset, “Corea y la crisis del nordeste asiático”).

    En cualquier caso, todas las tendencias en obra de la situación mundial marcan que, lenta pero sostenidamente, se van creando las condiciones materiales de una reapertura de la época de contradicciones, crisis, conflictos, guerras y revoluciones. Esta es la base material de las tendencias crecientes a la polarización. 

    3.3 El adelgazamiento del centro político

    Un tercer elemento de la polarización universal de los asuntos, es la tendencia al adelgazamiento de la democracia burguesa: el adelgazamiento del centro político. Es decir: las tendencias que socavan el imperio pacífico, “light” y postmoderno de la democracia burguesa, expresadas muchas de ellas en el establecimiento recurrente de medidas estilo “Estado de excepción”.

    Esto incluye la crisis del bipartidismo, la tendencia a la aparición de 3 o 4 fuerzas políticas, a la fragmentación político-electoral y, en materia de representación, al crecimiento de formaciones de extrema derecha que, si todavía son minoritarias, vienen cobrando importancia político-electoral.

    Se trata de dos fenómenos. El primero, vinculado a los regímenes políticos: la tendencia del Poder Ejecutivo a avasallar los elementos de tipo democrático, democrático-burgueses, para imponerse: el “Estado de excepción (…) [es] ese momento del derecho en el que se suspende el derecho precisamente para garantizar su continuidad, e inclusive su existencia”. O, en el mismo sentido, “la forma legal de lo que no puede tener forma legal, porque es incluido en la legalidad a través de su exclusión. Su tesis de base es que ‘el Estado de excepción’, ese momento –que se supone provisorio– en el cual se suspende el orden jurídico, se ha convertido, durante el siglo XX, en forma permanente y paradigmática de gobierno” (Agamben 2014: 7-8).

    Aunque el impeachment (juicio político) figura en todas las constituciones, cuando es utilizado como herramienta para tirar abajo gobiernos más o menos “populares” a partir de maniobras palaciegas parlamentarias como en Brasil para derribar a Dilma Rousseff, constituye una forma de gobierno de excepción, que puede abarcar muchas otras, como la suspensión de derecho y garantizas constitucionales que supone el Estado de sitio o el Estado de excepción reafirmado en Francia sine die y establecido bajo el gobierno de Hollande en respuesta a los atentados integristas.

    Repetidas veces hemos escuchado a Michael Temer en Brasil afirmar que no le importa si su popularidad se derrumba al 5%, de cualquier manera llevará adelantes las “reformas” necesarias. Esto, de manera palmaria, significa pasar por encima de todos los elementos de legitimación de la propia democracia burguesa; el no someterse siquiera al escrutinio de las formas de democracia indirecta del voto popular.

    Incluso más: en este último país cada vez se reivindica más abiertamente a las Fuerzas Armadas: “Visto desde Brasil (…), las Fuerzas Armadas evocan el orden antes que el autoritarismo (…). El problema no es que los militares hablen, sino que los civiles hayan abdicado de controlarlos. En palabras del periodista Elio Gaspari, la declaración extemporánea del jefe del Ejército [afirmando que si la corrupción continuaba, las FF.AA. deberían intervenir. RS] ‘expuso el peor legado de la breve presidencia de Michel Temer’ (…). Brasil es hoy una democracia tutelada en la que los uniformados no gobiernan, pero tienen poder de veto” (La Nación, Buenos Aires, 11-4-18).

    Complementario a lo anterior, al giro a la derecha que significan estos regímenes de excepción, el conculcamiento de derechos democráticos elementales, están las tendencias al desborde, a los enfrentamientos más directos entre las clases; no todos los días y en todo tiempo y lugar. Sucede que también están las fuerzas sistémicas que operan sistemáticamente para mediar los desarrollos, para cuidar la gobernabilidad: el juego parlamentario, las burocracias, las elecciones mismas. Operan como diques de contención de la acción directa, entre las cuales la burocracia sindical es un factor universal, expresado en todos los países del mundo. Una suerte de agente del orden establecido en el seno del movimiento obrero, caracterizado por una perfidia mayúscula, por una administración sistemática del conflicto que muestra internacionalmente regularidad en sus prácticas: las “mesas de negociaciones”, el “respeto a la democracia” (gobernabilidad), las medidas aisladas sin continuidad, la apuesta a la pasividad, etcétera.

    Pero de todas maneras, el actual escenario de polarización se expresa tanto en los zarpazos reaccionarios como en las tendencias al desborde por la izquierda; a mayores enfrentamientos directos entre las clases: “El problema del Estado de excepción presenta evidentes analogías con el del derecho de resistencia. Se ha discutido mucho, particularmente en el seno de asambleas constituyentes, acerca de la oportunidad de incluir el derecho de resistencia en el texto de la constitución (…). El hecho es que ya en el derecho de resistencia, ya en el Estado de excepción, lo que está en cuestión, en suma, es el problema del significado jurídico de una esfuerza de acción en sí misma extrajurídica” (Agamben 2014: 41).

    Se está haciendo visible así, de manera tendencial, una lucha de clases menos posmoderna, con enfrentamientos más directos entre las clases, amén de una mayor discusión tanto acerca de estas medidas excepcionales como el debate sobre la “violencia” o las posiciones supuestamente “destituyentes” vinculadas al desborde, a la acción directa de las masas trabajadoras (ver a este respecto las jornadas de diciembre pasado en la Argentina o, la incipiente preocupación por la posibilidad, todavía remota, de una salida anticipada de Macri).

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    Por supuesto que, por lo demás, en el mundo coexisten muchos regímenes políticos variados. Las democracias burguesas con más bien características de los países imperialistas tradicionales, de Europa occidental y de una buena parte de Latinoamérica (aunque hay muchísimos matices). Sin embargo, si dirigimos nuestra mirada a China, Rusia, Pakistán y tantos otros países garndes, se apreciará a simple vista que sus regímenes son más bien bonapartistas, con o sin elementos de representación electoral.

    Pero en cualquier caso, incluso en los países caracterizados por un imperio de décadas de la democracia burguesa, lo que se aprecia es una degradación de ésta, y ése es uno de los factores que hace al actual escenario de polarización, de tendencia al crecimiento de los extremos, del adelgazamiento del centro político: “Fue lo que ocurrió en Francia después que Manuel Valls, en su época de primer ministro, diera su apoyo a los decretos ilegales adoptados por determinados municipios contra el burkini [prenda para mujeres musulmanas. RS], descartando de un manotazo la opinión del Consejo de Estado (de ese modo, actuando anticipadamente como Trump): ‘El Consejo de Estado habla de leyes; yo hago la política’, situándose por encima de la Ley (¿puede hacerlo un primer ministro?)” (Rousset). Volveremos sobre esto. 

    3.4 Trump contra el globalismo

    Existe otro factor que hace a la polarización mundial: la creciente división en el seno de la burguesía imperialista, algo inexistente –al menos en esta proporción– en el período anterior. Se trata de una división que se anuda alrededor de la creciente crisis del consenso globalista: la aparición de pulsiones nacionalistas y/o nacional-imperialistas como subproducto de la crisis del 2008, y las crecientes tensiones geopolíticas: el retorno de la competencia entre Estados (que es lo mismo que decir el retorno de las fronteras nacionales).

    El consenso mundializador neoliberal sigue dominando las instituciones supranacionales (Banco Mundial, FMI, OCDE, etcétera), incluso con un funcionariado burocrático burgués internacional que encarna la burguesía multinacional; una suerte de capa burguesa-burocrática supranacional globalista que incluye a muchos de los funcionarios de las instituciones multinacionales de más renombre. Pero el gobierno de Trump es la expresión más evidente –aunque más bien empírica– del cuestionamiento a este consenso. De ahí que, por lo demás, sea un gobierno minoritario (por lo menos, hasta ahora) de la burguesía yanqui; no parece que tenga el apoyo de la mayoría de la clase capitaista ni en EEUU ni en el resto de los países imperialistas. Sin embargo, cabe no olvidar el sugimiento de gobiernos nacionalistas/populistas en otros países imperialistas como Gran Bretaña o Italia, cada uno con matices propios. Parecen crecer los gobiernos imperialistas incómodos con el lugar de su país en el seno de la globalización y que desatan “pulsiones nacionalistas” y un cuestionamiento al statu quo globalista.

    Así las cosas, no deja de ser paradójico que la presidencia yanqui esté encabezada por una administración que cuestiona el punto de vista todavía mayoritario, aunque en crisis creciente, de la burguesía imperialista: “Para los movimientos de extrema derecha en Europa, la victoria de Donald Trump aparece, antes que nada, como una buena noticia. ¡La prueba de que es posible romper con la ‘globalización’ por la derecha! Igual que rechazar a las ‘elites’ por la derecha” (Rousset).

    Este punto de vista mayoritario admite crecientes matices si tenemos en cuenta las tendencias nacionalistas de gobiernos como el de Abe en Japón, que impulsa un rearme militar prohibido por la constitución, o la gestión de Theresa May en Gran Bretaña, que representa alguna versión del Brexit, se verá cuál; o ahora el nuevo gobierno populista de derecha en Italia, expresiones todas ellas de cuestionamiento al globalismo.

    Un dato a ser anotado, entonces, es el crecimiento de los nacionalismos de gran potenciaen varios de los principales países imperialistas, así como en China, Rusia, Turquía, Irán y otro conjunto de potencias regionales: “La finalidad última del nuevo nacionalismo chino es la recuperación de la gloria del histórico Gran Imperio, de modo que la propaganda sobre el ‘ascenso de China’ no contiene nada que sea progresista” (Rousset, “China. Ascenso y crisis emergente”).

    En cualquier caso, la burguesía yanqui en su conjunto parece gozar de ciertos favores económicos con Trump (ver la inmensa exención impositiva en torno al 1 o 2% del PBI), sin perder vista, paralelamente, los sectores específicos a los que busca beneficiar y/o proteger de manera más directa como la industria del carbón (cuestionando los acuerdos de París), el arancelamiento a las importaciones de acero y aluminio (reafirmada en relación a la Unión Europea, China y Canadá, reunión de criris del G-7 incluida), la renegociación en curso del NAFTA (una región comercial de envergadura que incluye a EEUU, Canadá y México), entre otras medidas proteccionistas. Aunque The Economistno entiende por qué Trump le agrega demanda a una economía que ya estaba en crecimiento, quizá la respuesta no sea tanto estrictamente “económica” sino vinculada a lograr que el país vuelva a ser un lugar favorable a las inversiones capitalistas, una medida vinculada a los esfuerzos de “relocalización” económica.

    En su segundo año de gestión, Trump parece haber logrado un pulso más asertivo y menos errático en su agenda nacional imperialista, como lo simboliza el reemplazo de Rex Tillerson por Mike Pompeo en la Secretaría de Estado. Ejemplo de esto son las medidas proteccionistas que parecen esbozarse (se verá si alcanzan para desatar una guerra comercial en regla), sumándole a esto el giro en política exterior vinculado a la salida de Estados Unidos del acuerdo con Irán, el traslado de la embajada yanqui a Jerusalén y, en sentido contrario, la detente ahora con Corea del Norte.

    Esto último recién comienza, y la iniciativa del diálogo correspondió, en realidad, a Kim Jong-un y al nuevo presidente de Corea del Sur, Moon Jae-in, cuyo movimiento político de centro izquierda (aunque no rompe con los cánones del neoliberalismo) concede gran importancia a la cuestión nacional, es decir, la reunificación del país mediante la negociación. Moon se había opuesto al despliegue de baterías de misiles THAAD en suelo surcoreano, y desde su elección ha defendido la apertura del diálogo con Pyongyang (Rousset, “La inestabilidad geopolítico y la proliferación nuclear”). Además, atención, el régimen de Kim Yong-in no es puro dominio totalitario. Según el investigador Philippe Pons (citado por Rousset), si no hubiera factores de legitimación más allá del régimen stalinista, éste no habría sobrevivido.

    Volviendo a la recuperación económica yanqui que está verificándose (sin resolver ninguno de sus problemas estructurales, claro está), ésta configura un punto de apoyo para que Trump aparezca algo más estabilizado, incluso manteniendo vivas sus esperanzas para las elecciones de medio término de este año: “Esto son más que cambios de personal [el reemplazo de Rex Tillerson y H. R. McMaster por Mike Pompeo y John Bolton. RS]. Le permiten a Trump desarrollar su políticas económicas proteccionistas que, más allá de todas sus incoherencias, viene siendo un elemento consistente de su pensamiento por muchas décadas” (Callinicos, “Trump gets serious”).

    En cualquier caso, la división burguesa internacional es un hecho nuevo que llegó para quedarse. Si a Trump le sumamos Theresa May (en relación al Brexit) y el nuevo gobierno Italiano, incluso en el G-7 el balance entre globalistas y “proteccionistas/nacionalistas” aparece como muy inestable.

    Y si a esto le sumamos las características específicas de China y Rusia como capitalistas de Estado, podemos tener una medida sencilla, gráfica, del profundo desarreglo que se expresa en el sistema mundial de Estados. Caído el acuerdo alrededor de la “agenda globalista”, se aprecia una proliferación de desacuerdos cruzados. Si Macron y Merkel (que viene sumamente debilitada) expresan la agenda globalista, dicha agenda choca evidentemente con la de Trump, en varios aspectos delicados con Theresa May y, si paradójicamente, en algunos puntos (como la globalización) coincide con China, geopolíticamente no es el caso, por no hablar de que también choca con Putin. El listado de problemas podría seguir extendiéndose dando cuenta del desorden mundial”imperante, una situación no vista desde finales de la II Guerra Mundial.

    Así las cosas, existe un dato que se repite internacionalmente: la palabra “grieta” (división, polarización). Un escenario donde la burguesía está más dividida que en el período anterior (pre crisis del 2008) y sus gobiernos se muestran más agresivos (pero dialécticamente, más débiles también), con bases sociales y políticas más inestables; de ahí la recurrencia a medidas de excepción: el deslizamiento a crecientes rasgos bonapartistas.

    Más allá de lo anterior, sin embargo, la globalización capitalista sigue dominando: no se han introducido aun modificaciones estructurales en ella. Además, las instituciones internacionales siguen atrincheradas en la defensa de esta fisonomía del mercado mundial. Es interesante volver a subrayar aquí la autonomización relativa de las jerarquías administrativas del imperialismo en relación a gobiernos como el de Trump, por ejemplo. Sin embargo, es un hecho que el consenso globalista está cada día más cuestionado, puesto a la defensiva, sin que quede claro todavía cuál será el desenlace de los desarrollos en curso.

    Es claro que el de Trump es un gobierno defensivo respecto de la actual configuración del orden mundial, un gobierno de una potencia que parece haber perdido, de momento, la iniciativa estratégica. De ahí también que ensaye un “arbitraje bonapartista” (en cierto modo), porque tiene que pasar por arriba de acuerdos que estaban consagrados: “Sin duda alguna estamos presenciando un reordenamiento del centro del poder en el seno de la economía mundial, con la hegemonía de EEUU desafiada y visiones de un mundo más policéntrico. Trump y el ‘trumpismo’, definido en sentido amplio como una forma de populismo centrada en el proteccionismo económico y una inmigración más restrictiva, aparece como una reacción desde la derecha diseñada para agradar a trabajadores dañados por el aislamiento de los supuestos beneficios de la globalización economica” (M. Upchurch: cit.).

    Con marchas y contramarchas, sumando incoherencias, Trump ensaya, de todos modos, una defensa del lugar de los EEUU en el mundo. Expresa a Estados Unidos “despertádose” del “sueño” globalista; asumiendo que lo ha perjudicado en ciertos aspectos: “Tomemos nota de que Trump tiene enfrente un problema al que Obama fue incapaz de dar respuesta: ¿cómo recuperar la iniciativa en Asia oriental después de haber dejado durante tanto tiempo la iniciativa a China? (…) La militarización en propio beneficio del mar de la China del Sur es un hecho consumado (…). La situación es más controvertida y fluida en Asia del Nordeste con el cara a cara belicoso entre Japón y China” (Rousset).2

    La iniciativa de Trump en Corea (Norte y Sur) parece ir en ese sentido, más allá que no se sepa en qué va a deparar y de que su salida del Tratado del Transpacífico parece haberle dejado la iniciativa a China en materia comercial, lo que condujo, po ejemplo, al realineamiento de Duterte en Filipinas detrás de China cuando Filipinas era un tradicional vasallo de los EEUU en la región.

    Lo anterior no quita que, internamente, el de Trump sea un gobierno ultra reaccionario y a la ofensiva (más allá de sus incoherencias), con mayoría en ambas cámaras; rasgos todos ellos coherentes con su ubicación internacional, aunque la división burguesa le pasa factura sin permitir afirmarse del todo. Un ejemplo de esto es la causa judicial armada alrededor de la complicidad de Rusia con su campaña electoral, que tiene como posible tipificación la de “traición a la patria”. Es una espada de Damocles de un juicio político en la eventualidad de que su gobierno pierda pie, lo que no es, de momento, la perspectiva más probable.

    En síntesis: Trump ha logrado un curso más asertivo que no anula su al erratismo y al desorden (que expresa las tensiones contradictorias de los sectores burgueses, los Estados en competencia y las masas también): “Trump tiene motivos que la razón diplomática ignora. No conoce nada del mundo (más allá de los negocios) y no solicita la opinión de las embajadas o de los respectivos servicios de la Administración. Su acción política es errática; tras su elección, ha cambiado de opinión sobre la situación internacional, de forma brusca, más de una vez. Constituye un factor de inestabilidad, de imprevisibilidad, y los aliados de Estados Unidos en Japón, Corea del Sur o Australia son conscientes de ellos. El unilateralismo de los EEUU preocupa. Saben que la Casa Blanca puede tomar decisiones graves que los afecte sin consultarlos” (Pierre Rousset, “El desorden global”). 

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