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Editor en Jefe del portal IzquierdaWeb - Noticias de los trabajadores, las mujeres y la juventud.

Hace 78  años era asesinado León Trotsky. Es difícil exagerar las dimensiones históricas de esta figura: presidente del soviet de Petrogrado durante la revolución rusa de 1905, nuevamente al frente del proletariado victorioso en octubre de 1917, organizador del Ejército Rojo que derrotó a las fuerzas imperialistas y a los ejércitos reaccionarios durante la Guerra Civil. Su nombre, junto con el de Lenin, estuvo desde el minuto uno, soldado a la gesta de la Revolución Rusa.

En los años 20, con la temprana muerte de Lenin, el retroceso del proletariado mundial, y el aislamiento de Rusia revolucionaria produjeron el afianzamiento de las tendencias más conservadoras en el seno de la patria de los soviets, y con ellas, el fortalecimiento de la burocracia y de Stalin. En este escenario, mientras muchos le capitulaban al cada vez más poderoso Secretario General, Trotsky se mostró como la más filosa y tenaz de las espadas del marxismo, combatiendo a la casta burocrática y al “sepulturero de la revolución”.

Stalin primero lo acorraló en la Unión Soviética, después lo expulsó del país y lo persiguió por toda Europa. Finalmente en México logró asesinarlo.

Ese 20 de agosto de 1940, la burocracia estalinista y la burguesía mundial celebraron la muerte de un hombre a quien, finalmente, habían vencido. Pero cuánto se equivocaron, a los revolucionarios se los puede matar, pero a la revolución no.

Trosky tiene el mérito imperecedero de haber salvado al marxismo de la ignominia. Él trazó una línea roja entre la revolución y la contrarrevolución. El balance histórico es contundente, mientras que el nombre de Stalin y las organizaciones stalinistas han sido barridas al basurero de la historia, el marxismo mantiene su vitalidad en los miles de jóvenes y trabajadores que siguen luchando por un mundo libre de toda opresión y explotación. Y si eso es así es, ante todo, por la tenaz batalla que supo dar León Trotsky.

Presentamos a continuación el capítulo dedicado a Trotsky del libro “Semblanzas de revolucionarios” de Anatoli Lunacharski. Publicado por primera vez en 1923, hace una descripción de la personalidad y la vida de los principales dirigentes del bolchevismo de 1917 en los años de exilio y militancia anteriores a la toma del poder. Esta obra fue prohibida por el estalinismo por contener una omisión imperdonable: no hacía referencia alguna a Stalin. Su autor, primer Comisario del Pueblo de Educación y cultura del gobierno bolchevique, tenía una larga trayectoria partidaria y decidió no falsear su historia. Esta decisión le valió la censura.

LIEV DAVIDOVICH TROTSKI

Trotski  entró a la historia  de nuestro partido de manera bastante inesperada y con gran brillantez. He oído que comenzó su actividad socialdemócrata en los bancos del liceo y que lo deportaron antes que cumpliera los 18.

Huyó de su lugar de deportación. Se comenzó a hablar de él cuando apareció ante el II Congreso del partido, en el cual se produjo la escisión. Trotski sorprendió evidentemente a la gente en el extranjero por su elocuencia, su cultura, que era notable para un joven, y su aplomo. Se cuenta de él una anécdota, probablemente no verídica pero, no obstante, característica, según la cual Viera Ivánovna Zasúlich, expansiva como de costumbre, tras haber conocido a Trotski, exclamó en presencia de Plejánov: “Ese joven es un genio, sin duda”; la historia afirma que cuando Plejánov abandonó la reunión le dijo a alguno: “Nunca le perdonaré esto a Trotski”. Es un hecho que Plejánov no gustaba de Trotski, aunque creo que ello no se debía a que la buena de Zasúlich lo tuviera por un genio, sino porque Trotski lo había atacado con desusado vigor y en términos realmente poco halagadores. En esa época Pléjánov creía ser una figura de majestad absolutamente intangible en los círculos socialdemocráticos; aun los forasteros que discrepaban con él se le aproximaban con las cabezas descubiertas, y el desparpajo de que Trotski hizo gala tenía que enfurecerlo. El Trotski de aquel entonces ostentaba sin duda una buena dosis de petulancia juvenil. A decir verdad, a causa de su juventud nadie lo tomaba demasiado en serio, pero todos admitían que poseía un talento singular como orador y que no se trataba de un pollo, sino de un aguilucho.

Me encontré con él por primera vez en una fecha relativamente temprana, en 1905, después de los acontecimientos de enero.  Trotski había arribado, no recuerdo procedente de dónde, a Ginebra y ambos debíamos hablar ante una gran reunión convocada como resultado de aquella catástrofe. Trotski era entonces inusitadamente elegante, a diferencia del resto de nosotros, y muy apuesto. Su elegancia y su forma despreocupada, condescendiente de hablar a la gente, fuera ésta cual fuere, me produjeron una sorpresa desagradable. Me resultaba extremadamente insufrible ese joven dandi cuando cruzaba las piernas y garabateaba algunos apuntes para el discurso improvisado que debía pronunciar en la reunión. Pero Trotski hablaba muy bien, a no dudarlo.

Habló también en una reunión internacional; yo tuve que hacerlo en francés, por la primera vez, y él en alemán. Para ambos los idiomas extranjeros significaban un obstáculo, pero mal o bien sobrevivimos a la ordalía. Entonces, recuerdo, fuimos nombrados —yo por los bolcheviques, él por los mencheviques— para una comisión que trataría la división de fondos comunes, y en esa ocasión Trotski adoptó un tono peculiarmente áspero y arrogante.

Hasta que volvimos a Rusia después de la primera revolución (1905) no lo vi nuevamente, ni supe mucho de él durante la mencionada revolución. Trotski se mantuvo aparte no sólo de nosotros, sino también de los mencheviques. Centró su actividad en el Soviet de Diputados Obreros, y junto con Parvus organizó una especie de grupo separado que publicó un diario pequeño y de bajo precio, muy militante y sumamente bien dirigido.

Recuerdo que una vez dijo alguien en presencia de Lenin: “La estrella de Jrústalióv declina; el hombre fuerte en el Soviet actualmente es Trotski”. El rostro de Lenin se ensombreció por un instante y luego afirmó: “Bien, Trotski se lo merece por su labor brillante e infatigable”.

De todos los mencheviques era Trotski el que estaba más cerca de nuestra línea, pero no recuerdo que participara en las larguísimas conversaciones entre nosotros y los mencheviques sobre el problema de la reunificación. Cuando el congreso de Estocolmo, él ya estaba arrestado.

Su popularidad entre el proletariado petersburgués en oportunidad de su arresto era enorme, y aumentó aun más de resultas dé su comportamiento heroico y pintoresco ante el tribunal. Debo decir que de todos los líderes socialdemócratas de 1905-6 Trotski se reveló, sin duda, como el más preparado, pese a su juventud. Menos que cualesquiera de ellos presentaba Trotski la im pronta de cierto tipo de estrechez de visión, característica de los emigrados y que, como he dicho, afectaba aun a Lenin por esa época. Mejor que todos los demás, Trotski comprendió lo que significaba dirigir la lucha política en una escala amplia, nacional. Emergió de la revolución habiendo ganado un grado enorme de popularidad, mientras que Lenin y Mártov no habían adquirido prácticamente ninguna. Plejánov la había perdido en buena medida, por obra de sus tendencias cuasi-kadetes.  Trotski quedó entonces en un primer plano.

Durante la segunda inmigración. Trotski se radicó en Viena, y por lo tanto; mis encuentros con él fueron infrecuentes.

En la conferencia internacional de Stüttgart procuró estar en un segundo plano y nos propuso que hiciéramos otro tanto, ya que la reacción de 1906 nos había hecho perder el tren y por ende, no estábamos en condiciones de ganarnos el respeto del congreso.

Con posterioridad Trotski se vio atraído por la línea conciliadora y por la idea de alcanzar la unidad del partido; Dedicó sus esfuerzos, más que cualquier otra persona, a ese objetivo en varias sesiones plenarias, y consagró las dos terceras partes de su labor-en el periódico vienes “Pravda” y del trabajo de su grupo a la tarea, completamente sin esperanza, de reunificar el partido.

El único resultado que logró fue el pleno en el cual expulsó del partido a los “liquidadores”, casi proscribió a los partidarios de “Vperiod” y aun se las arregló para zurcir — aunque con un hilo extremadamente débil— el desgarrón entre leninistas y martovistas. Fue esa reunión del Comité Central la que, entre otras providencias, envió al camarada Kámenev como cancerbero general de Trotski (Kámenev era, incidentalmente, cuñado de Trotski), pero entre ambos se produjo un desacuerdo tan profundo que muy pronto Kámenev regresó a París. Debo decir aquí y ahora que Trotski era sumamente ineficaz no sólo para organizar el partido, sino aun un pequeño grupo del mismo.

Prácticamente no tenía un solo partidario incondicional; si lograba impresionar al partido, ello se debía exclusivamente a su personalidad. Su completa incapacidad de adaptarse a las filas de los mencheviques hizo que éstos reaccionaran frente a él como si se tratase de una especie dé anarquista socialdemocrático; su conducta los fastidiaba soberanamente. De una identificación total de Trotski con los bolcheviques, en aquel entonces no se podía ni hablar. Parecía estar más cerca de los martovistas y, por cierto, actuaba como si así fuera.

Su arrogancia colosal y una incapacidad o nolición de revelar cualquier tipo de benevolencia humana o de ser atento con la gente, la ausencia de esa atmósfera seductora que siempre rodeaba a Lenin, condenaron a Trotski a cierta soledad. Basta sólo con recordar que incluso muchos de sus amigos personales (me refiero, desde luego, a los de I3. esfera política) se convirtieron en sus enemigos jurados; ocurrió así, a título de ejemplo, en el caso de su principal lugarteniente, Semkovski, y lo mismo sucedió más adelante con el hombre que era virtualmente su discípulo favorito, Skóbeliev.

Trotski tiene poco talento para trabajar dentro de cuerpos políticos; no obstante, en el gran océano de los acontecimientos políticos, donde esas características personales se vuelven completamente irrelevantes, todas las virtudes de Trotski pasan a un primer plano.

La próxima vez que me encontré con Trotski fue en el Congreso de Copenhague. A su llegada, por alguna razón, encontró oportuno publicar en “Vorwarts”  un artículo en el cual, tras atacar indiscriminadamente a toda la delegación rusa, declaró que en realidad no representaba nada más que un puñado de emigrados. Esto irritó tanto a los mencheviques como a los bolcheviques. Plejánov, que no podía soportar a Trotski, aprovechó la oportunidad para emplazar a Trotski ante una especie de tribunal. Me pareció que eso era  injusto y me pronuncié con toda energía en favor de Trotski; serví de instrumento (junto con Riázánov) para desbaratar el plan de Plejánov. En parte por ese motivo, y en parte, quizás más aun, por casualidad, Trotski y yo comenzamos a encontrarnos más durante el congreso: pasamos cierto tiempo juntos, charlamos de muchos temas, principalmente políticos, y nos separamos como buenos amigos.

Poco después del Congreso de Copenhague los partidarios de “Vperiod” organizamos nuestra segunda escuela partidaria en Bolonia e invitamos a Trotski para que viniera, dirigiera nuestro curso práctico de periodismo y diera un ciclo de conferencias en torno — si no me equivoco— a las tácticas parlamentarias de los socialdemócratas alemanes y austríacos y la historia del Partido Socialdemócrata Ruso. Trotski  aceptó amablemente esa propuesta y pasó alrededor de un mes en Bolonia. Es verdad que mantuvo su propia línea política y procuró apartar a nuestros alumnos de su posición de extrema izquierda y empujarlos hacia una actitud conciliadora y centrista, actitud, que, dicho sea de paso, él consideraba que era sumamente de izquierda. Aunque su juego político resultó infructuoso, nuestros alumnos disfrutaron mucho de sus conferencias, extremadamente talentosas. En general durante toda su estada Trotski estuvo inusualmente jovial; era brillante, fue singularmente leal para con nosotros y dejó de sí mismo la mejor de las impresiones. Se constituyó en uno de los colaboradores más sobresalientes de nuestra segunda escuela partidaria.

Mis siguientes reuniones con Trotski fueron aun más prolongadas y cordiales. Tuvieron lugar en París, en 1915. Trotski ingresó al cuerpo de redacción de “Nashe Slovo”, lo cual estuvo acompañado, naturalmente, por las intrigas y sinsabores habituales: algunos recelaban de su actitud, temerosos de que una personalidad tan fuerte pudiera apoderarse totalmente del periódico. Pero este aspecto del problema era de importancia menor. Una dificultad mucho más espinosa lo era la actitud de Trotski hacia Mártov. Queríamos sinceramente promover, sobre una nueva base internacionalista, la reunificación completa de nuestro frente partidario, en todo lo ancho del espectro, desde Lenin hasta Mártov. Me pronuncié por esta orientación y fui en cierta, medida el creador de la consigna: “¡Abajo los «derrotistas»,  viva la unidad de todos los internacionalistas!”  Trotski se sumó plenamente a esa posición. Era su sueño de hacía mucho tiempo y parecía justificar toda su actitud del pasado.

No teníamos discrepancias con los bolcheviques, pero con los mencheviques las cosas marchaban de mala manera. Trotski procuró de mil modos persuadir a Mártov de que rompiera sus vínculos con los defensistas. Las sesiones de la junta editora derivaban en interminables discusiones, durante las cuales Mártov, con pasmosa agilidad mental, diría que con una especie de sofistería taimada, eludía responder directamente a la pregunta de si cortaría o no sus relaciones con los defensistas. En ocasiones Trotski lo censuraba encolerizado. Las cosas llegaron al punto de una ruptura casi total entre Trotski y Mártov — a quien el primero, sin embargo, siempre respetó como intelecto político y al mismo tiempo de una ruptura entre todos nosotros, los internacionalistas de izquierda, y el grupo de Mártov.

En ese período llegó a haber tantos puntos políticos de contacto entre Trotski y yo que manteníamos una relación muy estrecha; me ocurría que en todas las discusiones con los demás redactores sostenía el punto de vista de él, y viceversa. Ambos hablábamos muy a menudo, desde el mismo estrado, en las diversas reuniones de estudiantes exiliados, redactábamos en común proclamas partidarias; en suma, manteníamos una alianza sumamente firme.

Siempre consideré que Trotski era un gran hombre. ¿Quién, desde luego, podría abrigar dudas al respecto? En París su estatura como estadista se había agigantado a mis ojos, y en el futuro crecería más aun. No sé si ello se debía a que lo conocía mejor y él estaba en mejores condiciones para demostrar la medida plena de sus talentos, al trabajar en una escala mayor, o porque de hecho la experiencia de la revolución y de sus problemas lo había hecho madurar y había ampliado el alcance de sus alas.

El trabajo agitativo de 1917 no cae dentro del marco de estas memorias, pero debo decir que bajo la influencia de la tremenda actividad y de los éxitos deslumbrantes de Trotski, algunas personas cercanas a él estaban inclinadas aun a ver en el mismo al verdadero líder de la revolución rusa. Así, por ejemplo, el difunto Moisiéi Solomónovich Uritski, que sentía por Trotski un profundo respeto, una vez me dijo a mí y creo que a Manuilski; “Ahora que ha llegado la gran revolución uno siente que por inteligente que pueda ser Lenin, comienza a eclipsarse ante el genio de Trotski”. Esta evaluación me pareció incorrecta, no porque exagerara las dotes de Trotski y su fuerza de carácter sino porque aún no se  había manifestado plenamente el alcance del genio político de Lenin. Es cierto, empero, que durante ese período, después del tempestuoso éxito de su arriba a Rusia y antes de los días de julio, Lenin se mantuvo más bien en un segundo plano, no hablaba a menudo, no escribía mucho, por hallarse empeñado en dirigir el trabajo organizativo, en el campo bolchevique, mientras que Trotski fulminaba a sus rivales en los mítines de Petrogrado.

Las dotes más notorias de Trotski eran su talento como orador y como escritor. A mi juicio, Trotski es probablemente el orador más grande de nuestros tiempos. He escuchado a los principales parlamentarios y tribunos populares del socialismo y a muchos oradores famosísimos del mundo burgués, y me resulta difícil nombrar a cualquiera de ellos, salvo Jaurés (a Bebel sólo lo oí cuando era ya un anciano), que pueda parangonarle con Trotski.

Su apariencia imponente, sus gestos elegantes, majestuosos, el ritmo poderoso del discurso, su voz estentórea pero infatigable, la notable coherencia y calidad literaria de su fraseo, la riqueza de sus imágenes, su quemante ironía, su tremendo pathos, su lógica rigurosa, límpida como el acero pulido: tales son las virtudes de Trotski como orador. Al hablar puede enhebrar una serie de frases lapidarias, o arrojar unos cuantos dardos certerísimamente dirigidos; puede pronunciar un discurso político improvisado de una calidad que nunca había apreciado yo salvo en Jaurés. He visto a Trotski dirigiéndose durante dos y media y hasta tres horas a un público que de pie; totalmente silencioso, escuchaba, como hechizado por su monumental exposición política. La mayor parte de lo que Trotski tenía para decir era conocido por mí, y, desde luego, todo político tiene que repetir a menudo las mismas ideas una y otra vez ante nuevas multitudes. Pero Trotski se ingeniaba para vestir cada vez el mismo pensamiento con diferente ropaje. No sé si pronunció tantos discursos cuando se convirtió en el comisario de guerra de nuestra gran república, durante la revolución y la guerra civil: lo más probable es que el trabajo organizativo y sus incesantes recorridos de un cabo a otro del amplísimo frente le hayan dejado muy poco tiempo para la oratoria, pero aun entonces Trotski era por encima de todo un gran agitador político. Sus artículos y libros son, si se me permite decirlo, discursos congelados: era literario en su oratoria y un orador en literatura.

Es obvio, así, por qué Trotski ha sido también un descollante publicista, aunque, naturalmente, con frecuencia sucede que esa capacidad magnética de sus verdaderos discursos se pierde un tanto en su escritura.

En lo tocante a sus cualidades personales como dirigente, Trotski —ya lo he señalado— era torpe e incompetente en el trabajo en pequeña escala de la organización partidaria. Este defecto llegaría a ser de una evidencia incontestable en lo futuro, ya que fue sobre todo el trabajo realizado en la clandestinidad por hombres como Lenin, Chernov y Mártov el que más tarde les permitió a sus partidos competir por la hegemonía en Rusia y después, tal vez, en el mundo. Trotski se vio trabado por esas limitaciones muy concretas de su personalidad.

Trotski, como persona, es cáustico y arrogante. No obstante, después de plegarse a los bolcheviques, en su actitud hacia Lenin siempre mostró —y continúa mostrando— una conmovedora docilidad, llena de tacto. Con la modestia de todos los hombres realmente grandes, reconoce la primacía de Lenin.

Por lo demás, como consejero político las cualidades de Trotski compiten con sus dones retóricos. Difícilmente podría ser de otra manera, ya que por diestro que pueda ser un orador, si el pensamiento no ilumina su discurso es tan sólo un virtuoso estéril, cuya oratoria semeja a un címbalo tintineante. Puede no ser estrictamente necesario que un orador esté inspirado por el amor, pese a lo que al respecto sostiene el apóstol Pablo, ya que puede estar lleno de odio, pero es esencial que sea un pensador. Sólo un gran político puede ser un gran orador, y como Trotski es en lo fundamental un orador político, sus discursos son la expresión natural de un pensamiento político.

A mi entender Trotski es incomparablemente más ortodoxo que Lenin, por más que a muchos esto pueda sonarles extraño. Toda la carrera política de Trotski ha sido un tanto tortuosa: no era ni menchevique ni bolchevique, pero buscó la línea media entre ambos antes de mezclar su arroyo en el río bolchevique, y sin embargo Trotski realmente se ha guiado por las reglas precisas del marxismo revolucionario. Lenin es a la vez experimentado y creador en el reino del pensamiento político y muy a menudo ha trazado líneas políticas que a posteriori mostraron ser altamente efectivas. Trotski no descuella por tal audacia intelectual: se funda en el marxismo revolucionario y extrae de él conclusiones aplicables a una situación dada. Es extremadamente audaz en la lucha contra el liberalismo y el semi-socialismo, pero no es un innovador.

A l mismo tiempo, Lenin tiene mucho más de oportunista, en el más profundo sentido del término. Esto puede también resultar chocante: ¿otrora no estuvo asociado Trotski con los mencheviques, esos oportunistas pluscuamperfectos? Pero el oportunismo menchevique era tan sólo la flojedad política de un partido pequeñoburgués. No me refiero a tal suerte de oportunismo; aludo a ese sentido de la realidad que mueve a un hombre a alterar sus propias tácticas, a esa tremenda sensibilidad ante las demandas de la época que impulsa a Lenin ora a afilar ambos filos de su espada, ora a envainarla.

Trotski tiene menos de esa capacidad; su sendero hacia la revolución ha seguido una línea recta. Esas características diferentes se aprecian en la famosa disensión entre los dos líderes de la gran Revolución Rusa respecto a la paz de Brest-Litovsk.

De Trotski suele decirse que es ambicioso. Cabal disparate, desde luego. Recuerdo que Trotski formuló una observación muy significativa cuando Chernov aceptó una cartera ministerial: “ ¡Qué torpe ambición, renunciar al lugar de uno en la historia a cambio de la extemporánea oferta de un puesto en el gabinete!”.  No hay en él una pizca de vanidad, es totalmente indiferente a todo título o a los halagos del poder; es, no obstante, inmensamente celoso de su propio papel en la historia, y en ese sentido sí es ambicioso. En esto creo que es tan sincero como lo es en su amor natural por el poder.

Lenin tampoco es ambicioso, ni en lo mínimo. No creo que Lenin se detenga nunca a reflexionar sobre sí mismo, o siquiera a pensar en lo que la posteridad dirá de él: simplemente, realiza su misión a cabalidad. Lo hace mediante el ejercicio del poder, no porque encuentre dulce a éste sino porque está convencido de la justeza de lo que hace, y no puede tolerar que quienquiera que sea perjudique a la causa. Su ambición deriva de su colosal certeza en la rectitud de sus principios y también, quizás, de una incapacidad (rasgo muy útil en un político) de ver las cosas desde el punto de vista de su oponente. Lenin nunca mira una polémica como una simple discusión; para él una polémica es siempre un choque entre diferentes clases o diferentes grupos, como si fuera un choque entre diferentes especies de humanidad. Una polémica para él es siempre una pugna que bajo ciertas circunstancias puede tornarse en lucha abierta. Lenin siempre acoge con agrado la transición de una pugna a una lucha abierta.

En contraste con Lenin, Trotski sin duda a menudo es propenso a detenerse y reflexionar sobre sí mismo. Trotski valora altamente su papel histórico y probablemente estaría dispuesto a hacer cualquier sacrificio personal, sin excluir el mayor de todos — el de su vida—  con tal de permanecer en el recuerdo de la humanidad circundado por la aureola de un genuino jefe revolucionario. Su ambición tiene las mismas características que la de Lenin, con la diferencia de que es más a menudo proclive a cometer errores; por carecer, como carece, de ese instinto de Lenin casi infalible y por ser un hombre de temperamento colérico, está sujeto, aunque sólo temporariamente, a que la pasión lo ciegue, mientras que Lenin, siempre dominándose a sí mismo, es virtualmente incapaz de dejarse arrastrar por la ira.

Sería inexacto suponer, empero, que el segundo gran líder de la Revolución Rusa es inferior a su colega en todo: existen, por ejemplo, aspectos en los que Trotski indiscutiblemente supera a Lenin: es más brillante, más claro, más activo. Lenin está dotado corno ningún otro para presidir el Consejo de Comisarios del Pueblo y guiar la revolución mundial con el toque de su genio, pero nunca hubiera podido habérselas con la misión titánica que Trotski echó sobre sus hombros, con esos desplazamientos, rápidos como el rayo, esas asombrosas alocuciones, esas órdenes dadas en el lugar, resonantes como clarinadas; ese papel que ha consistido en ser el constante galvanizador de un ejército debilitado, hoy en un sitio, mañana en otro. No existe sobre la Tierra un solo hombre que pudiera remplazar a Trotski en ese aspecto.

Dondequiera que ocurra una auténtica gran revolución, un gran pueblo siempre encontrará al actor necesario para desempeñar cada papel, y uno de los signos de grandeza de nuestra revolución es el hecho de que nuestro Partido Comunista ha producido en sus propias filas o tomado de otros partidos e incorporado en su propio organismo suficientes personalidades relevantes, aptas como ningunas otras para ejercer cualquier función política que se requiriese.

Y los dos más fuertes entre los fuertes, totalmente identificados con sus papeles, son Lenin y Trotski.

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