por Redacción Izquierda Web

La batalla del Senado era enorme por muchos motivos. El movimiento de mujeres tenía por adversarios a quienes dominan Argentina desde siempre. Ganar esta pelea era un golpe mortal para muchos, para todos aquellos que constituyeron una verdadera “Santa Alianza” contra las mujeres: la Iglesia católica con Bergoglio a la cabeza, el gobierno PRO, las instituciones de la “democracia”, los partidos clásicos del capitalismo argentino. Las mujeres tenían de su lado la mayoría de la sociedad y las organizaciones independientes de mujeres.

La discusión del derecho al aborto pone en cuestión las bases mismas del sometimiento de las mujeres en esta sociedad, discute su rol como meras reproductoras y sirvientas, abre la pelea para tener su derecho a decidir sobre sus cuerpos y sus propias vidas. No es una lucha más, es parte estructural de todas las relaciones sociales y familiares clásicas.

La discusión está abierta y la marea verde demostró su enorme fuerza, que estuvo a punto de pasar por arriba a quienes dominan la sociedad. En una lección dura pero importante, hay que sacar conclusiones: el movimiento de mujeres viene en ascenso, pero ahora sabe que la pelea es más dura de lo esperado; que necesita un nivel más alto de organización y de cuestionamiento a las instituciones que le birlaron antidemocráticamente una conquista histórica.

También sabe ahora que sólo puede conquistar sus derechos con la movilización, en las calles; que el “cabildeo” parlamentario como centro de la estrategia, el convencer uno por uno a los dinosaurios que nos gobiernan, es un callejón sin salida.

Se engañan quienes crean aliviados que la “guerra de las mujeres” está terminada. La realidad es incontrastable, indiscutible. Mientras la Iglesia pierde influencia cada año que pasa, el movimiento de mujeres con su programa de construcción de unas relaciones sociales igualitarias, de acabar con el sometimiento servil de las mujeres en el hogar, no para de crecer nacional e internacionalmente.

Esta tendencia no puede ser negada por nadie. Ya perdieron la guerra contra el divorcio; casi nadie sigue sus consejos sobre los anticonceptivos; la educación laica gana terreno a su costa en muchos lados, nadie sigue sus consejos de evitar la sexualidad fuera del matrimonio.

Según ellos mismos, la pérdida de fieles es del 1% por año. Parece poco, pero si se proyectara de acá a cien años de forma mecánica (nunca ocurren así las cosas), implicaría la completa desaparición de una institución con 2 mil años de historia. No es poco.

El triunfo del aborto legal no hubiera hecho más que acelerar esta tendencia en uno de sus últimos baluartes, América Latina, donde alrededor del 60% de la población se dice católica contra un 90% durante todo el siglo XX, apenas el 10% es “practicante”.

Como dijera Gramsci, en la sociedad de hoy, quien sigue al pie de la letra los preceptos cristianos de cómo hay que vivir no puede aparecer frente al resto más que como un monstruo. Manuela Castañeira lo planteó muy claramente en el cierre de la jornada de ayer: de lo que se trata es de poner a la Argentina en el siglo XXI. La sociedad ya avanzó, el régimen político es el que atrasa.

El zarpazo reaccionario del Senado no puede frenar el ascenso del movimiento feminista. Es así de simple. La pelea de las mujeres se ganó para su causa a una aplastante mayoría social contra la voluntad de la mayoría del partido de gobierno, del PJ, de todas las instituciones del Estado, de la Iglesia.

El Senado puso al descubierto muy claramente su carácter antidemocrático, se enfrentó a la mayoría de la sociedad en nombre de la “democracia”, se mostró a sí mismo como una institución completamente reaccionaria. A través de su “Cámara Alta”, el régimen político de la democracia capitalista se mostró al desnudo, sin siquiera una hoja de parra que la cubra: la base de su existencia no es la “soberanía popular” sino el sometimiento popular a una minoría. Y el Senado, la llamada “Cámara Alta”, se mostró como uno de los mecanismos de este sometimiento. ¡Hay que abolir el Senado!

La jornada del 8A fue de masas, enorme y también internacionalista. No haremos un recuento total aquí de todos los puntos en los que hubo movilización en defensa de las mujeres argentinas, pero con una breve mención basta: Francia, Alemania, México, Kurdistán, Costa Rica, Chile, Brasil, Italia, España, etc. Se trató de una acción coordinada internacionalmente como hacía mucho tiempo que no se veía, un despertar de los de abajo que rompió fronteras. 

Un millón de personas hubo en Plaza Congreso contra algunas decenas de miles “celestes”. ¡Hay que seguir en las calles! La pelea está abierta y no nos derrotaron, sólo ganaron un tiempo que se les agota. Se impone ahora avanzar en una agenda de lucha del movimiento de mujeres, que tiene un espacio privilegiado para dar batalla en el próximo Encuentro Nacional de Mujeres.

Finalmente, queremos destacar la aguerrida participación de Las Rojas, que mostró ser una de las más combativas y consecuentes organizaciones del movimiento de mujeres. Estando a la vanguardia desde el primer minuto, hicieron el aguante hasta el final con cientos y cientos de compañeras. Las Rojas se postulan como una gran organización para dar pelea, que no tiene techo en su crecimiento. Y lo mismo ocurre con nuestro partido, con las camadas de nuevas compañeras y compañeros que están entrando cada día.

Las posibilidades abiertas son inmensas. De la militancia diaria, del activismo en cada lugar de trabajo y estudio, de sacar lecciones del 8A, depende la evolución de esta lucha. Sumate a Las Rojas y el Nuevo MAS para dar todos los días, sin descanso, las luchas que la situación nos impone. ¡Sigamos en las calles! ¡Aborto legal en el hospital!

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